Disclaimer: Naruto solo pertenece a Kishimoto. El fanfic Itami no satsu pertenece al escritor de fanfiction Dantefox, yo solo lo público con el permiso de Dantefox. Este va a ser un darkfic, con situaciones muy complejas y fuertes, sugiero su lectura a los que sean mayores de 16 años.
Un infierno perdido, oculto en la oscuridad, se desvelaba. Sombras, sin apariencia definible, devoraban, desgarraban y aniquilaban todo cuanto tenían frente a sí. Seres rabiosos hicieron de la noche territorio de muerte, de gritos belicosos y voraces cuyo vigor rasguñó el cielo. La luna, testigo de los horrores causados por demonios que no conseguían saciar su sed de sangre, condenaba los actos con fulgor solemne. ¿Cómo diferenciar el bien y el mal cuando todo es tan confuso al punto de no entender en dónde termina el valor y comienza la crueldad? Menos determinar la cordura, cuando incluso esta parece locura.
El febril fuego esparcido en la planicie se tornaba combustible para una llamarada uniforme que brindaba nuevos bríos al odio de aquel pandemonio. ¿Los humanos eran así de depravados o solo ingenuos? ¿Es acaso cuerdo razonar que el sufrimiento del otro se justifica por la noción de lo correcto? Tal vez solo trataban de ocultar que la esencia que los define se pierde, y lo que queda es el caos y la destrucción. ¿Acaso el odio los ciega al punto de olvidar aquello por lo que luchan, pues se les escapa de las manos y se torna lodo en el frenesí de la ira? Al final, no queda nada sino el recuerdo de que alguna vez fueron llamados guerreros, protectores, hombres valientes.
La séptima semana de invierno, la tercera que conoció lo horrible de la guerra. Igual a cada noche vio a los combatientes —soldados con poca habilidad para manejar el cuchillo —pelear, embutidos de falso valor y negando el temor, gritando a pleno pulmón que defenderían lo que fuere que defendían. Jóvenes, que aún no empezaron a vivir, que no conocían el calor de una mujer o la delicia de la amistad y el licor, morían cercenados, delirando en el más puro y absurdo horror. ¿Qué los motivaba? ¿Por qué luchaban hasta tal punto? ¿Por qué granjeros, herreros, simples civiles, peleaban contra shinobis si sabían que no ganarían? Para Naruto era una estupidez disfrazada en el sentimiento de honor. Por lo contrario, los shinobis, abrumados por el desequilibrio que causaba la locura y la muerte, no tenían opción y daban rienda suelta al instinto primitivo de supervivencia, aunque significara ser cruel, brutal, aunque significara dejar de lado su humanidad.
El plenilunio llegó al punto más alto. La señal de tregua se inició. Después que despojos más que hombres salieran del campo de batalla, algunos otros, de cada bando, eran los encargados de constatar si sus compañeros servirían para volver a luchar; si no, matarlos para que dejen de estorbar. Era la realidad de la guerra. Si no sirves a la guerra, no hay derecho a la vida. Las medicinas, los doctores, los cuidados eran costosos. En guerras así, ser herido de gravedad era igual a morir.
Fue una noche igual a muchas otras. Lo había visto en la realidad y en sus pesadillas. Y en ninguna de ellas consiguió evitar derramar lágrimas. Ahora entendía la forma de la guerra, y el sinsentido de la misma.
—Es hora.
Fue el susurro que llegó a los oídos de Naruto. Giró a ver a su maestro, quien, como siempre, tenía una actitud templada, expuesta por sus aterradores ojos rojos que parecían estar listos para matar. Al advertir su atención, continúo: —Iremos a la prisión del campamento sur. Hoy acabaremos con la guerra —concluyó en tanto se destinaban al lugar que era más horrible que ese infierno.
Naruto persiguió a Itachi a través de interminables cadáveres y heridos que rogaban por compasión. Corrió a todo pulmón por el campo de batalla; sus sentidos, en tal infierno, eran una verdadera maldición: podía oler, oír y sentir todo, a pesar de moverse a gran velocidad. La primera vez que lo hizo no pudo evitar vomitar. Después de tantos días, las arcadas al ver viseras, intestinos y quemados, cuyos huesos y carnes apestaban, se desvanecieron. Aprendió la anatomía del ser humano de forma cruel y repugnante, tanto en las batallas como en los calabozos. Asimismo, comprendió qué tan retorcidos pueden llegar a ser los hombres sometidos a grandes presiones. La guerra trasfigura la moral. Se entiende pues que los prisioneros sean animales. Mujeres, niños y niñas se vuelven juguetes. Era lo común en ambos bandos. Los honorables soldados saciaban sus bajos instintos con los más débiles y menos afortunados. Recordó la primera vez que entró a una prisión y descubrió que, a pesar de respirar, los prisioneros tenían ojos sin vida. Recordó la locura de las mujeres, desnudas, con las piernas abiertas de forma repugnante, arrojadas como bultos en las celdas. Recordó los gritos de dolor que se fugaban desde atrás de las puertas, llantos y suplicas que no cesaban. Voces de jóvenes, de niñas y niños por igual. Quizá fue la primera vez que sintió odio genuino y quiso asesinar a cada uno de los soldados como si fueran los ciervos que solía cazar en el bosque de la muerte.
Perdido en sus pensamientos, no notó cuando llegaron a la improvisada prisión del campamento sur. Al notarlo, cerró los ojos; no quería ver tal miseria. La última vez, Itachi dejó en claro que, viera lo que viera, no podía hacer nada. Después de todo, los habían contratado para ganar la guerra. Al oírlo le pareció indigno y sucio; solo porque el feudal era aliado comercial de Konoha, ellos los ayudarían. No en batalla, pero sí en información y táctica. Naruto descubrió que un shinobi no es el héroe que pintan los relatos; también son los villanos, si es la misión. Mas si existía la posibilidad de parar ese infierno, lo haría. Naruto se convirtió así en un shinobi que odiaba la guerra.
Tras unos cuantos minutos llegaron al lugar de la reunión. Un hombre con excesivas carnes extras, calvo y de mal olor los recibió. Itachi se detuvo frente al tipo e hizo un ademán de saludo. Naruto lo imitó. El inmenso hombre, al ver al niño, se acercó y se relamió los labios. Luego se agachó para tocarle la cara; Naruto colocó tres dedos en el cuello del hombre tan grotesco. Las uñas del pequeño guerrero eran largas y afiladas como cuchillos; a pesar de tenía los ojos cerrados, un gran instinto asesino amenazó al gordo. Los guardias apuntaron las lanzas a la cabeza del niño. El hombre obeso quedó estático, enclaustrado en el terror. Las dos últimas semanas, Naruto quería matar a ese sujeto tan inmundo. Agradecía que él le diera un motivo, pero la voz de mando de su maestro lo detuvo.
—¡Déjalo! El general no morirá hoy —ordenó. Después se dirigió a los guardias. —Si quieren ver el mañana, bajen las armas—dijo. Los guardias obedecieron más por miedo que por subordinación. Itachi entonces se dirigió al gordo: —Gonta, ¿dónde está el prisionero? Queremos terminar pronto.
Naruto bajó la mano y sus uñas volvieron a la normalidad. El General se irguió, sobándose la parte delantera del cuello que el niño estuvo a punto de desgarrar. Sin decir palabra alguna, se destinó a una puerta al final del pasillo. Los shinobis de Konoha le siguieron; cuando faltaban unos metros, Gonta empezó a hablar con una voz aguda y chillona:
—Lo capturamos hace dos días. Lo torturamos de todas las maneras posibles, incluso cercenamos los dedos y un brazo… pero nada. Ha estado sin comer ni dormir, será fácil para Itachi-sama. —Llegaron al final del pasillo y Gonta abrió la puerta dejando ver al capturado. El general se acercó al desgraciado y le dio un golpe seco en la cabeza—. Es un jōnin altamente entrenado. Parece que no siente dolor. Restringimos su chakra y amordazamos su boca por si intenta suicidarse. ¿Desea que hagamos algo más? —preguntó con una sonrisa.
—Es suficiente. Obtendré la información. Hoy sabremos la localización del feudal.
Itachi se acercó al jōnin y lo apresó del mentón para obligarlo a verle a los ojos. Irises cafés chocaron contra el sharingan. En apenas segundos, el tipo empezó a gritar de forma atroz y a decir lo que sabía. Cuando Itachi lo soltó, el jōnin cayó al piso botando espuma por la boca; sus nervios fueron destrozados. Ahora era un cuerpo sin alma ni voluntad.
—¡Increíble! —exclamó Gonta.
Itachi pasó del general, se detuvo frente a Naruto y empezó a hablar: —Hoy alcanzaremos al feudal en la frontera sur, entre el País del Arroz y la Aldea del Sonido. Al parecer quiere negociar con esa aldea shinobi. Según deduzco, alguien poderoso reside ahí. ¡Naruto, nos vamos enseguida… y abre los ojos! —Al pasar al lado del niño, se cubrió con una capa. Antes de salir de la habitación, con su tono neutro, advirtió: —¡Imbécil, dile a tu señor que a primera hora firme la alianza con el sucesor al trono! Es el trato, y las dos partes están de acuerdo. También recuérdale que, si no lo hace y se resiste a firmar la paz, yo mismo me encargaré de visitarlo. ¿¡Entendido!?
—S-sí —susurró Gonta; un poco más y sus pantalones tenían un accidente.
Tras la respuesta, Itachi salió. Fue el turno de Naruto para acercarse al general. —Es tu día de suerte, pero es seguro que algún día te mataré —dijo esbozando una sonrisa tétrica, luego completó: —Es una promesa—. Al dar palabra su palabra abrió los ojos y dejó al descubierto dos irises rojos que provocaron que los presentes se abstuvieran de respirar. Gonta retrocedió pálido, chocó contra una mesa y cayó de trasero al suelo. Naruto caminó hasta el obeso general y lo sostuvo del rostro. Imitando a Itachi, bisbiseó: —Si quieres que tu muerte no sea dolorosa, esta misma noche liberarás a todos los que tienes aquí. La guerra se acaba hoy, ¿entendido?
Gonta apenas afirmó con la cabeza. Los ojos del niño se parecían a los de Itachi. El gordo general sintió entonces cómo era traspasado por las uñas que antes amenazaron su cuello. Sabía que no estaba sucediendo en realidad, pero lo sentía, por dios que lo sentía. Tras un momento, Naruto se separó del hombre y se cubrió con una capa antes de salir de ahí. Al irse, el enorme instinto asesino bajó mas no desapareció. Gonta estaba horrorizado. Al percatarse que estaba vivo, sin perder tiempo, vociferó a los cuatro vientos: ¡Liberad a cada prisionero! ¡Ahora!
Dos sombras se movían a velocidad mortífera como si fueran parte de la oscuridad, atravesaban con gran facilidad las escudriñadas sendas del bosque. Los individuos pensaban en cosas opuestas. La silueta más pequeña tenía una enorme determinación, pues quería acabar con la guerra. La silueta más grande, por su parte, por primera vez, en todas las semanas que lo entrenó, se preguntó si estaba haciendo lo correcto. Él estaba enseñando a un animal letal a razonar; blindaba con armas nefastas a un animal que por naturaleza era calculador y peligroso. La rapidez con la que aprendía el niño era extraordinaria. Nunca le gustó la palabra genio, pero no había otra para describir a su aprendiz. Asimilaba las enseñanzas mediante estímulos, buenos o malos. Además, aprendía con su cuerpo lo que a un shinobi normal le tomaría décadas entender, en otras palabras, la memoria muscular de Naruto no tenía precedentes. Esto lo descubrió al notar que el niño, en apenas días, entendió el principio psicológico para intimidar a otros. Había descubierto, pues, que el lenguaje corporal es más efectivo que las amenazas. Tres semanas le tomó a Itachi enseñar al pequeño shinobi lo horrible que puede llegar a ser el mundo. A Naruto, le tomó el mismo tiempo aprender a lidiar con la situación, perdiendo en el proceso la ignorancia de niño.
Cuando Itachi despertó de sus reflexiones, notó cómo Naruto ya no corría en forma humana, sino que avanzaba sobre las cuatro extremidades como lo haría cualquier fiera. La noche era como el día para él, disfrutaba ir por los lugares menos accesibles, escalar árboles inmensos con absurda facilidad y dar saltos suicidas de hasta diez metros para seguir corriendo sin detenerse. Los ojos del niño le permitían recordar cada espacio, mirar a largas distancias y observar el más pequeño cambio. La cruda realidad era que apenas tenía nueve años e Itachi debía concentrar buena parte de su chakra en las piernas para estar a la par con él.
El bosque terminó y apreciaron una majestuosa llanura. El cielo y la tierra se fusionaban en el horizonte. Arribaron a la frontera entre el Sonido y el País del Arroz. Habían acabado el trayecto en escasas tres horas. Corrieron unos metros hasta alcanzar un acantilado de unos cuarenta metros de profundidad. Desde la cima, pudieron apreciar un camino serpenteante en el fondo. Por la altura y la distancia, su rango de visión era superior. No tardaron en encontrar la caravana del feudal que, dicho sea de paso, estaba bien resguardada. No había duda: se dirigían al Sonido para formalizar una alianza con dicha aldea.
Los shinobis se mantuvieron en silencio, desaparecieron sus presencias y observaron el entorno. Itachi hizo una señal. Ambos concentraron chakra en los pies y, junto al bisbiseo del viento, empezaron a correr por la ladera rocosa. Itachi hizo dos nuevas señales. Naruto saltó y aterrizó en la parte superior de la elegante galera. Todo su accionar fue perfecto, sin el menor atisbo de duda. El contingente no se dio por enterado del intruso.
El pequeño guerrero se reclinó en el techo de la galera. Durante dos kilómetros observó todo. Repasó cuántas personas estaban, vislumbró cuántos shinobi, la cantidad de armas e identificó a quiénes parecían ser los líderes. Pasados cerca de quince minutos, por el comunicador, Itachi solicitó:
—Informe.
—Tengo tres en la parte posterior y dos en la delantera, frente a los caballos, a las doce en punto. Se comunican con alguien. Los refuerzos deben estar cerca.
—¿Confirmaste el objetivo?
—Sí. El objetivo está con su esposa e hijo. Debemos esperar…
—No. Si el objetivo cruza la frontera, será más peligroso. Me encargaré de los shinobi de los alrededores. Tú encárgate de eliminar al objetivo y la familia. No podemos permitir sucesores —ordenó estoico; no bromeaba. Ante el significado de las órdenes, Naruto, nervioso, repuso:
—Itachi-san, ¿encargarme del objetivo y la familia? —dijo preocupado. —Pero, pero su familia no tiene la culpa.
—¡Escúchame! —Interrumpió—. Es tu misión. Terminaremos con la guerra. Si alguien de esa galera queda con vida, su odio será pólvora. Cuando todos los del carruaje desaparezcan, el sobrino mayor del feudal tomará el país y firmará la paz. Si no lo haces y ello logran llegar al Sonido, la guerra no solo afectará al País de la Garra y al País del Colmillo, también afectará al País del Arroz y al País del Té. La vida de naciones enteras está en tu convicción, ¡para esto hemos entrenado! Cuando yo ataque a los guardias, el feudal y su familia huirán. ¡Síguelos, y no permitas que lleguen al punto de encuentro! ¡Es una orden!
Antes de poder refutar algo, observó una enorme bola de fuego dirigirse al carruaje. Los shinobis escoltas se pusieron en guardia y uno contrarrestó el fuego con una técnica de agua. Todos debían ser de nivel jōnin. Naruto lo comprendió: Itachi tenía que encargarse de ellos y darle la oportunidad. No era crueldad que su primer asesinato llegara esa noche; era víctima de las circunstancias. El momento que la batalla comenzó y los shinobi peleaban con unos cuantos clones de su maestro, una kunoichi y un shinobi tomaron a la familia real para introducirse en el bosque. Naruto los persiguió.
Corrían a todo lo que daban sus piernas. Tenían que cumplir la misión a toda costa. La kunoichi llevaba a la esposa y al hijo del feudal; la primera, en la espalda; el segundo, en brazos. Su compañero cargaba al feudal. Se internaron en el bosque evadiendo los obstáculos, pero algo en el ambiente no le gustaba al más experimentado del dúo.
—¡Akari, detente! —Exclamó de pronto. La kunoichi se detuvo en el acto.
—¡Jirel!, ¿¡qué sucede!?
—¡Shh! Escucha con atención. Alguien está acechándonos. —Jirel cerró los ojos y Akari lo imitó. Pero solo aumentó el nerviosismo de la mujer.
—No escucho nada —dijo irritada. Si su superior, un jōnin de mil batallas, decía que algo estaba mal, algo estaba mal. Pero ella no oía nada por más y se esforzaba.
El experimentado Jirel arrojó un kunai a una sección espesa de matorrales. Los presentes se asustaron y la familia real, que se había mantenido al margen, no pudo evitar sentirse nerviosa a pesar de los guardianes. Tras algunos instantes, un felino oriundo de la zona salió corriendo. Tanto el feudal como su esposa dejaron salir el aire aliviados, mientras su hijo respiró tranquilo.
—Falsa alar…
No pudo concluir la frase; unas garras emergieron desde el suelo y se encajaron en el cuello de Jirel. La cabeza salió despedida del cuerpo. El jōnin de treinta y cinco años murió como principiante. La sorpresa, la letalidad, junto a que bajó la guardia para exhalar, contribuyeron a su cruel deceso. Los gritos no se hicieron esperar, tanto del feudal que quedó empapado de la sangre de su protector como los de su esposa e hijo. La kunoichi resguardó contra su pecho al niño para que no viera tal atrocidad. Antes de poder reaccionar, el asesino se perdió entre los matorrales.
—¡Señor, acérquese! ¡Todos detrás de mí! —gritó Akari. Una asustada familia real siguió las instrucciones.
La emperatriz abrazó a su esposo y este protegió a su hijo. Toda la familia real lloraba. Akari asía un cuchillo kunai con fuerza. Al entender la situación, el feudal se puso de pie y, con determinación, pidió:
—Akari-san, llévese a mi familia. Daré la cara. Me quieren a mí —dijo mirando al frente.
—¡Pero señor, usted…!
—Sin mi esposa y mi hijo no tengo nada—replicó—. Quiero a mi pueblo, pero amo a mi familia. No puedo vivir sin lo uno u lo otro. Si mi familia está bien, protegerán al pueblo: con eso soy feliz—. Regresó la mirada a la kunoichi; ella no objetó nada.
—Querido. —La emperatriz no pudo encontrar palabras. Con el rostro empapado de lágrimas, abrazó a su marido una última vez. No lo volvería a ver, lo sabía; pero de haber podido, ella haría lo mismo. Se limpió las lágrimas, se apartó un poco y le sostuvo el rostro para depositar un casto beso en los labios del hombre que llegó amar. Con tan íntima caricia, quería decirle lo orgullosa que estaba de él y lo feliz que fue a su lado. El feudal respondió con un breve y secreto: gracias, junto a un beso en la frente. Luego apartó a la emperatriz con delicadeza y se acercó a su hijo.
—Hijo mío —dijo poniéndose a la altura del niño—, cuida a tu madre. Sé sabio y no cometas errores como los míos. Toma el trono y reina con razón y corazón. El líder de la Aldea del Sonido nos ayudará—recogió la mano del niño y le abrió la palma para depositar el sello real. Con cuidado, cerró la mano y completo: —Eres mi sangre, mi sucesor. Se fuerte —no pudiendo evitarlo, abrazó al chico con todas sus fuerzas.
El príncipe, entre el shock y la desesperación, hizo ademanes de madurez y contestó:
—No lo defraudaré, padre. Pagarán por lo que nos han hecho. Lo juro.
Unos minutos después, Akari colocó al niño en brazos y a la emperatriz en la espalda. Una vez listos, salió corriendo como alma que lleva el diablo hasta el punto de encuentro. Podían lograrlo, la meta no estaba a más de tres kilómetros. La kunoichi se perdió por el bosque. Al verse solo, el feudal gritó con toda la rabia posible:
—Me quieres asesino. —Observó en todas las direcciones. Sentía algo trémulo y escabroso escondido en la oscuridad. Tal vez su mente jugaba con él o era el asesino que se movía. Se sintió como un ciervo enjaulado con un león. Ahora comprendía cómo debía sentirse una presa acechada, pero no le iba a dar el gusto. Reuniendo todo su valor, vociferó: —¡Aparece asesino!
Esta vez el gritó surtió efecto. Desde unos arbustos, un pequeño niño rubio, cubierto de sangre y con una mano empapada de la misma, mostrando fiereza en sus enormes ojos rojos, salió. El feudal no daba crédito. La impresión fue tal que cayó de trasero al suelo.
—¿Por qué? —musitó el niño.
El feudal balbuceó sin idea o respuesta.
—¿Por qué? —volvió a preguntar. De su mano, más preciso, de las afiladas uñas, goteaba la sangre fresca de Jirel.
—¿Por qué qué? —respondió el feudal reuniendo valor.
—¿Por qué ustedes envían gente a morir de esa forma? ¿Por qué la gente sufre por una idea? ¿Por qué, por su estúpido orgullo, crean monstruos? Lo observé con su familia y sé que los ama, pero ¿por qué hace sufrir a otros?
—¿Qué dices? ¡Tú no entiendes! —refutó molesto. El niño sonrió.
—Entiendo que usted jamás ha visto una prisión de guerra. No ha oído los gritos que las mujeres, niños y niñas dan al ser juguetes de los monstruos que crea con sus tratados. No ha visto la desesperación de los campesinos en el campo de batalla. No ha sentido el rencor de los hombres que lo pierden todo y enloquecen por la ira.
—¡Es culpa de ellos, nosotros solo nos defendemos!
—¿Defenderse? ¿Quién es bueno y quién es malo? Es la pregunta que me he hecho por semanas. Ustedes, que luchan por sus ideales; o ellos, que luchan por sus tierras. ¿El que gane será el bueno y el que pierda el malo? Pero si los dos luchan por lo que creen correcto, entonces no hay lugar para la paz, ¿cierto?
—Alguien que no entiende de política o tradición no sabría…
—¡Cierto! —interrumpió—. No entiendo nada de eso. Pero sé que sus decisiones lo llevaron aquí. Morirá junto a su familia para que la paz vuelva. Escuché que ama a los dos, ¿no? Entonces salvará a su pueblo y se irá con su familia. ¿Acaso no es justo? Al menos más justo que la guerra. La vida de tres salvará la de tres millones. Como su líder, debe sentirse orgulloso.
—¿Mi familia? —pronunció nervioso—. Toma mi vida, pero déjalos —no pudo decir más; el niño interrumpió otra vez:
—Debió haberlo pensado antes de decirle todo aquello a su hijo. Antes de darle sus ideales. Antes de que su esposa quedara con tanto rencor. ¿Qué creyó que pasaría? Ellos no aceptarán su muerte. Después de todo, lo aman. Cuando se ama es fácil odiar.
Afiló su mano como una espada.
—¿Moriré por la mano de un niño? —Preguntó con ironía.
—No —replicó—, morirá por la paz de su pueblo.
Con un movimiento, Naruto empaló el pecho del hombre. El feudal se derrumbó, la conciencia poco a poco lo abandonó. Antes de caer a la eternidad, advirtió cómo desde los diabólicos ojos rojos de su asesino las lágrimas brotaron abundantes. Después todo fue negro.
Naruto dejó de oír el corazón del objetivo. Su mano tenía sangre fresca. La sensación, aunque horrible, no era diferente a la de matar ciervos, conejos, renos, lobos, tigres. Lo diferente fue que los animales, en su final, no tenían miedo a la muerte; pero los ojos del feudal se hundieron en el puro terror. Los humanos eran criaturas débiles. Con tal idea, desapareció en la oscuridad.
Akari corría a todo pulmón, un kilómetro más y alcanzaría al lugar de encuentro. Tenía miedo; gracias a su instrucción, no lo mostraba. La emperatriz y el niño sí lloraban en silencio. Pasados unos minutos, vislumbró el edificio de referencia. Faltaban quinientos metros cuando un niño rubio, salido de la nada, interrumpió su camino. La luna, liberada ya de las nubes, estaba a espaldas del infante. El ligero fulgor blanquecino delató la sangre espesa que le bajaba por la mano izquierda. Akari, aterrada, intentó deshacer el genjutsu. La sorpresa fue enorme al comprobar que no cayó en alguna técnica ilusoria. Reunió valor, recogió de su pierna derecha un par de cuchillos kunai y los arrojó. Los ojos casi se le salen de las orbitas cuando el niño los interceptó en el aire y, cambiando de mano a una velocidad increíble, los devolvió con tal vehemencia que no sintió dónde encajaron sino hasta que el dolor de su muslo izquierdo le avisó.
Akari cayó al suelo, arrojó en el proceso a sus custodios. Rauda, se levantó y alcanzó otro cuchillo kunai. Pero al alzar la mirada no divisó a nadie. Paneó la mirada de izquierda a derecha y obtuvo el mismo resultado. A unos metros al sur, distinguió a la emperatriz abrazada al príncipe. Con cierta dificultad caminó hasta estar frente a ellos, lista para defenderlos. Pero en un parpadear el niño rubio apareció a pocos pasos de ella. Antes de poder gritar, el pequeño asesino dijo:
—Mi misión no es matarla, kunoichi. Solo tomaré la vida de aquellos dos.
Akari no lo podía creer.
—¡Esto es una broma! ¿¡Cuantos están contigo, mocoso!?
—Estoy solo —respondió sin detenerse.
—¡Ha! ¡No me hagas reír! ¡Jirel fue de los más fuertes! ¿¡Quieres decir que tú lo
mataste!?
—Lo lamento. Era demasiado fuerte como para entablarlo en batalla directa —contestó con simpleza. La kunoichi enfureció.
—¡Niñato, no estoy para juegos! Si no te vas, ¡te matare! —chilló blandiendo el cuchillo kunai. Hasta ese instante, el niño estaba con los ojos cerrados. Después de gritar, Akari se arrepintió de las palabras; como respuesta el pequeño shinobi abrió los ojos.
—No puedo hacerlo —dijo. La kunoichi se petrificó. Nunca había visto irises rojos tan sanguinarios. Se sintió una presa. Su mano temblaba. Naruto siguió: —Le pido que se marche. Hoy he matado por primera vez a dos personas, quisiera no aumentar el número más que en otras dos.
—¿Qué eres?
—Alguien que busca acabar con la guerra —confesó Naruto—. La muerte de la familia real lo conseguirá. Estoy dispuesto a cargar con la culpa para poder liberar del sufrimiento a las dos naciones.
—¿¡Y qué te hace pensar eso!?
—Un tratado que se firmará después de que otra persona ascienda al trono. Mi maestro se encargará de ello.
—¿¡Quiénes son!?¿¡Por qué se meten en lo que no les importa!? ¿¡De dónde son!? ¿¡Acaso de la Niebla!? ¿¡Quieren conquistarnos como en el norte!?
—No entiendo nada de eso. Yo solo quiero que termine este absurdo.
—¿¡Absurdo!? ¿¡Absurdo dices!? ¡Muchos amigos míos han muerto! Hace unos días mi padre murió y mi hermana fue capturada. ¿Sabes lo que les hacen a los capturados? ¡Quiero venganza, y la Aldea del Sonido me la dará! ¡No importa si muero en el intento, con tal de conseguir que ellos sufran como yo!
—Ellos han sufrido tanto como ustedes. Sus campos de retención y lo que les hacen a sus capturados no es diferente. Las mismas ideas torcidas vagan por sus cabezas ¡Usted no ha visto lo que es la guerra en su parte más oscura! Lo puedo deducir por sus palabras. La venganza solo trae más dolor.
—¡Un niñato hablándome de eso!
—Dejarla viva es peligroso —expresó calmado.
Al siguiente segundo la kunoichi miró hacia abajo y se percató de la garra que la atravesaba. No entendió cómo un niño tan pequeño se movió con tal rapidez. Se precipitó al suelo apenas viva. Poco a poco las fuerzas se escaparon. Akari lo fue entendiendo: moriría, y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. ¿Qué había hecho mal? Muy poco, si era sincera. No quería morir. Quería amar, quería enamorarse, quería comer cosas raras, quería reír, quería tener sexo desenfrenado, quería ir a ver la película de la que tanto habló su hermana. Ante sus evocaciones, no pudo contener las lágrimas. Naruto, por su parte, pasó de ella y se condujo hacia los últimos objetivos que, para esas instancias, estaban apretujados.
—Lo siento —escuchó Akari un momento antes de que todo se volviera negro.
—¡No lo hagas, por favor! —Suplicó la emperatriz al advertir el espectáculo que el niño rubio le ofreció. Sabía que estaban perdidos. —¡Mátame!, pero no tomes la vida de mi hijo. Es todo lo que pido —rogó abrazando a su pequeño. Ante ello, el chico se irguió.
—¡Madre! —Gritó para enseguida soltarse del abrazo—. ¡No ruegues por mí! ¡Yo te protegeré! —De un instante a otro sacó un cuchillo de entre sus ropajes y con temeridad más que con inteligencia se lanzó a atacar. La señora trató de evitarlo, pero fue inútil.
—¿Te sientes mejor? —Preguntó de manera apacible. El hijo del feudal tenía el cuchillo encajado en la parte inferior del pecho de Naruto. Ante el rostro de pánico del niño de doce años, el shinobi completó: —Aceptaré tu odio y viviré con él. —Afiló la mano y la hundió en el chico, atravesándolo hasta que su mano emergió por la espalda. Un gritó horrible profirió la madre quien vio impotente como su hijo caía muerto.
—¡Demonio! ¡Tú no eres un humano! ¡Demonio! —Chilló recogiendo el cuerpo de su pequeño. El llanto era tan fuerte que perturbó a Naruto—. ¡Te maldigo mil veces! ¡Demonio! ¡Monstruo!
—Su llanto es débil. He visto a la misma madre perder un hijo, dos, tres, cuatro.
—¿Qué eres?
—Usted lo ha dicho…
Ante la desesperación, la mujer tomó el cuchillo que aún tenía en la mano su hijo muerto y se lo llevó a la garganta. Cuando estaba a punto de cortarla, Naruto la detuvo.
—¿Por qué?
—Morirá por mi mano, no por la suya. Así tal vez vuelva a encontrar a sus seres amados en otra vida. Aceptaré su odio y su dolor. Perdóneme.
Ni bien terminó sus palabras, con un movimiento rápido, le atravesó el pecho. Todas las muertes las había ejecutado así.
Los primeros rayos de sol se alzaban por el horizonte y lo bañaban. Itachi había acabado con los quince shinobis de guardia y ahora seguía el rastro de su aprendiz. En primera instancia encontró al Feudal y al jōnin muertos. Siguió el rastro hasta toparse con tres tumbas, cavadas hace poco. Caminó un poco más hasta una herida del bosque y encontró a Naruto mirando el amanecer. El niño estaba sucio, con sangre seca en las manos y lágrimas corriéndoles por las mejillas. Itachi se acercó.
—Lo hiciste bien —anunció tranquilo.
—Odio la guerra —contestó Naruto, limpiándose las lágrimas. Se quedaron en silencio por largos instantes, mirando el limpio azul del cielo y cómo el sol se alzaba poderoso—. ¿Hay alguna forma de evitarla?
—No lo sé. Esa pregunta me la he hecho toda la vida, pero si hay formas de salvar a la gente. Tú lo hiciste anoche.
—Lo haré. Aceptaré el odio, el rencor y el dolor de los que asesine. También aceptaré sus sueños, así no morirán en vano.
—Es mucha responsabilidad —opinó—. ¿Aceptar los sueños, incluso si son malos?
—¿Cómo saber qué es bueno y qué es malo? En especial cuando somos shinobi. Seguiré mi instinto, y antes de que empiecen estas aberraciones, las pararé.
Tras una pausa igual de larga, Itachi giró sobre sí mismo y señaló:
—También odio la guerra. —Había logrado su cometido, aquel que se planteó al principio de entrenarlo—. Prepárate. Nos dirigiremos al Sonido encubiertos. Aprenderás infiltración y espionaje, la mejor forma de detener algo.
—Sí —se levantó y le siguió—. ¿Por qué el cambio de planes?
—Un traidor es el líder del Sonido. Tenemos que confirmar la información; y, de ser cierta, acabar con esa amenaza.
—¿Por qué nos dirigimos al norte; por el sur es más fácil?
—Entraremos por el País del Agua y observaremos si esas dos naciones están por aliarse.
—Como diga, Itachi-san.
Dio una última mirada a las tumbas y siguió a su maestro.
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Respuestas a reviews
carlos29: le daré las felicitaciones de tu parte.
