Disclaimer: Naruto solo pertenece a Kishimoto. El fanfic Itami no satsu pertenece al escritor de fanfiction Dantefox, yo solo lo público con el permiso de Dantefox. Este va a ser un darkfic, con situaciones muy complejas y fuertes, sugiero su lectura a los que sean mayores de 16 años.
Novena semana de invierno
Linderos de la Nación del Agua
Dos semanas después
—¿Cuánto más?
—Tres kilómetros. ¿Estás seguro de la información que obtuviste?
—Sí. No hay duda. Encaja con la descripción y, según varios testigos, la Aldea del Sonido se encargó de eliminarlo, aun con ese nivel. Pero no estaba solo. Al parecer su acompañante tenía habilidades únicas. El Mizukage mandó a capturarlo vivo.
—¿Cuál es la razón para que lo llevaran al Sonido y no a la Niebla?
—Lo siento, nadie lo sabía. Tampoco hablaron más.
—Con él son cinco shinobi de rango S muertos en una semana. Desertores y fugitivos, no solo de la Aldea Oculta de la Niebla sino también de la Aldea Oculta de la Roca. Al parecer, al no concretarse la alianza con el País de la Garra, algo cambio. Todo indica que Orochimaru es el jefe de la Aldea del Sonido. Iremos con cuidado.
—¡Llegamos!
Los dos interlocutores pararon a medio kilómetro de una aldea que, por su ubicación, era shinobi. Esta estaba herméticamente custodiada.
—Nos meteremos a la boca de la serpiente. ¿Está seguro de esto? —Preguntó la silueta más pequeña. Como respuesta, la más grande le dio un sello.
—No, pero la información es vital —contestó. Hizo sellos, colocó la mano en un pergamino y apareció, desde una nube de humo, una galera con productos textiles. Luego sacó otro sello y se lo puso en el abdomen. Incluso él dio muestras de dolor al hacerlo. Miró a su acompañante.
—¿Mi misión es? —preguntó. Se levantó la camisa y, con fuerza, se colocó el sello en su pecho. Una mueca de dolor recorrió su rostro.
—Reunir información de la aldea y de sus puntos vulnerables. Toma esto —dijo y le tiró algunas ropas oriundas de la zona.
—¿Qué seremos?
—Hijos de mercaderes que harán negocios en la aldea por cinco días. Naruto, esta vez, a no ser que sea necesario, no te quitarás el sello de restricción. Haré lo mismo. Durante este tiempo seremos ciudadanos. ¿Quedó claro? —La figura más pequeña respondió con un leve asentimiento de cabeza y empezaron a caminar jalando de la carreta.
Al verlos, nadie pudo imaginar que eran shinobis. Por una parte, gracias a la edad: un joven de dieciséis años y un niño de nueve no levantan sospechas. No tardaron en pasar por las puertas de la aldea; no hubo ningún escrutinio de los guardias, solo les preguntaron el tiempo de estadía y el objetivo de la misma.
La Aldea del Sonido era una pequeña ciudad protegida por dos montañas y resguardada por macizos muros de piedra con un radio de sesenta kilómetros. Levantada en la órbita de la colina, se hallaba el centro del poblado. Por dentro era como toda aldea shinobi. La única diferencia notable era la poca cantidad de habitantes a comparación de Konoha o sus homólogas. Parecía muy pacífica, nada fuera de lo común, a no ser por los shinobi que tenían el rostro cubierto casi en totalidad.
Los dos jóvenes tiraban de la carreta de productos textiles por la calle principal. Llegaron a una posada que, para su suerte, daba una espléndida vista de la ciudad. Alquilaron la habitación más alta. Fue suerte que a pocos lugareños les importara los extranjeros. Una vez llegaron a la habitación, se pusieron manos a la obra. Se repartieron el territorio que debían explorar en los siguientes tres días. Tuvieron mucha fortuna al haber conseguido un mapa del Sonido en el anterior poblado, pues no podían utilizar chakra gracias al sello de restricción. Para pasar inadvertidos, debían apelar a su resistencia y capacidad física. En la tarde salieron de la habitación; para guardar las apariencias, ellos llevaron consigo una buena cantidad de textiles.
—Nos encontraremos al caer el sol —dijo Itachi dirigiéndose hacia el sureste del pueblo; a Naruto le tocó el rumbo noroeste.
Después de largos minutos caminando, Naruto abrió por completo los parpados para memorizar las calles y las posibles debilidades de la aldea. Al ir por una vía transitada, muchos hacían caso omiso de su presencia, sea por su estatura o porque le creían un huérfano. Llegó a una intersección y se metió en un pequeño callejón que tenía un depósito de basura. Gracias a su preparación fue capaz de trepar con facilidad por un tubo hacia el techo de un local. Una vez ahí, se movió como un gato, corriendo a toda velocidad, encontrando divertido ir por los lugares menos accesibles. Se pasó la tarde así, mientras su cerebro memorizaba cada hendija, callejón y calle por donde pasaba. Incluso él se sorprendió al advertir que podía memorizar los accesos de las escudriñadas edificaciones. Abarcó un buen porcentaje de la parte encargada al mantenerse corriendo por tres horas. No paró ni un minuto. Sin duda eran los resultados de los duros días que pasó en aquel bosque oscuro.
El sol cayó en el horizonte. La ciudad, como muchas otras, se transformó. En especial, el centro de la misma. Minutos antes de que el sol se perdiera, Naruto regresó al callejón y arrojó al basurero algo de la mercadería. Sin que nadie sospechara, regresó por la vía transitada. A esas horas la vía parecía mucho más concurrida. Pocos minutos después, estando ya frente a la posada, se encontró con su mentor quien llegaba al mismo tiempo.
Entraron. La propietaria los recibió con la cena e Itachi sonrió. Para Naruto era increíble ver lo fácil que su maestro cambiaba de personalidad, incluso de costumbres. En las últimas semanas vio a Itachi transformarse desde en un pordiosero hasta en un aristócrata. Podía hablar de forma vulgar y, en segundos, pasar a decir palabras que jamás había oído. Podía seducir a casi cualquier mujer y a tipos especiales de hombres si la información lo meritaba. Siempre hallaba la forma de escabullirse como agua en un arroyo, tan dócil y sencillo sin ningún tipo de error. En una palabra, Itachi —que ahora parecía un chico común, amable y torpe, pues arrojó la sopa que la amable muchacha, hija de la dueña del lugar, le sirvió, para luego reírse de forma tonta mientras colocaba la mano detrás de la cabeza, provocando que los demás clientes se riesen de él —era impresionante; y también se aterró de que él mismo podía hacerlo. En sus pocos años vividos en Konoha, Naruto aprendió por sí solo esa habilidad; la había estado entrenando sin saberlo, pues su fachada de revoltoso, risueño y estúpido le fue necesaria para pasar desapercibido: de un imbécil, nadie tiene miedo.
Tras la comida, Itachi entabló una conversación con Okari, la hija de la dueña, quien feliz habló acerca de su aldea. Ella había quedado encantada con el joven mercader. Minutos más tarde, Naruto e Itachi subieron a la habitación; este último cambió su personalidad por la habitual. Entraron, cerraron la puerta e Itachi colocó un sello de silencio. Sin previo aviso, preguntó:
—¿Encontraste algo?
—Nada extraño. El pueblo es normal. Es como cualquier pueblo en los cuales hemos estado. —Caminó hasta la ventana para ver las nubes que acurrucaban a la despreocupada ciudad. —Los lugareños son amables. Las debilidades de la aldea, no son muchas. Me recordaron a…
—Konoha —completó Itachi, mirando unos pergaminos—. También lo noté. Las murallas tienen, en base, el mismo diseño.
—La información debe ser correcta. Toda esta tranquilidad es sospechosa si consideramos que la alianza no se realizó.
—¿Cuánto de la ciudad recorriste? —Preguntó Itachi mientras se sentaba en una silla.
—Ocho Kilómetros.
—Esperaba más, pero está bien. Muéstrame los puntos —extendió la mano derecha, pero no recibió nada. Itachi lo miró con incredulidad—. ¿¡No anotaste los puntos débiles!?
—No… pero, pero lo memoricé todo —dijo nervioso. Recogió un pergamino, un lápiz y comenzó a dibujar un mapa. —Los puntos débiles son aquí y aquí y aquí —señaló haciendo más negro el tono del lápiz.
Itachi permaneció estático; la memoria de su discípulo era prodigiosa. La sensación que lo envolvió fue el desconcierto: ni el más experimentado shinobi lo podía haber hecho con tanta precisión, y es que el pequeño dibujaba la ropa y las figuras de las personas, incluso los rostros eran identificables. En una hora, diez pergaminos detallados estaban ante sus ojos. Hasta el más estúpido de los estrategas podría hacer una táctica con eso. Mostraban toda la infraestructura.
—Buen trabajo —dijo estoico; aunque fue el cumplido más alto que hasta el momento había dicho a cualquiera de sus subordinados. —Puedes ir a dormir.
Cuando Naruto se acostó en la cama, quedó dormido.
Itachi se acercó a la ventana de la habitación. Sus ojos estaban fijos en el bosquejo número ocho que abarcaba un mercado: en un rincón, divisó la figura de una niña de unos once años. Ella estaba detallada. Al parecer había llamado la atención de Naruto. Casi tenía vida. Las habilidades del niño no dejaban de sorprenderle, pues había capturado a la niña robando manzanas, metiéndolas debajo de su ropa mientras el vendedor estaba descuidado. Debió haber sucedido en un parpadeo, pero Naruto memorizó los detalles. Eso sobrepasaba el límite de sorpresa. Dejó los bosquejos, guardándolos, y se acostó en la otra cama.
Decima semana de invierno
Tarde del cuarto día de infiltración
Aldea del Sonido
Para esas alturas, aprovechando las nuevas habilidades de Naruto, Itachi hizo un mapa de los tres cuartos de la aldea. Todo estaba ahí, aun los rostros de algunos capitanes shinobi. Cerca de treinta pergaminos fueron el resultado de la infiltración; lastimosamente, no encontraron nada sospechoso. Itachi sabía que el Sannin no sería fácil de localizar; más jamás pensó hasta ese punto. Lo peor era que, a la noche siguiente, se vencía el permiso de los shinobi del Sonido; si se pasaban del tiempo, resultaría sospechoso. Además, era atroz para sus cuerpos soportar la tensión de retener el chakra. Los sellos aún eran prototipos. Visto que no se podía hacer nada más, se separaron para poder cubrir el territorio restante y volver a Konoha. Con la información obtenida, para un escuadrón AMBU sería un juego de niños buscar al escurridizo miembro de los Sannin. Se repartieron el territorio. Por falta de tiempo, Itachi iría al extremo este mientras Naruto al extremo suroeste. Esa misma noche completarían el imponente mapa.
Naruto llegó a la localización más apartada del centro de la ciudad. El sector era la zona marginal de la aldea, la rechazada, aquel lugar que quieren olvidar. Las casas eran viejas y descuidadas. Naruto subió hasta la edificación más alta y abrió los ojos. Empezó a memorizar los detalles. Pero entonces algo le sacó de su oficio. Algunos hombres, que por sus movimientos eran shinobis, empezaron a llevarse a personas. Al advertirlos, los pueblerinos se escondieron. Pero varios hombres, mujeres y niños fueron noqueados y secuestrados. La sangre de Naruto hirvió; mas no podía intervenir. Tan concentrado estaba en sus pensamientos que no sintió cómo alguien se acercó a sus espaldas. Si aquella niña no hubiera gritado, distrayéndolo, él no hubiera quedado inconsciente por un golpe en la nuca.
Unas cuantas horas más tarde, Naruto despertó en un lugar que conocía muy bien, aunque no era el mismo que recordaba. Se trataba de una prisión. Se levantó apesadumbrado y se sobó la nuca. Estaba oscuro, muy oscuro, pero gracias a sus ojos logró ver. Contempló una prisión de dos pisos con seiscientos metros de largo por sesenta de ancho. Paneó la mirada de derecha a izquierda y la visión que obtuvo provocó que se agachara con arcadas. En ese instante agradeció que su estómago fuera sometido a tales horrores en la guerra, pues lo que miró en la oscuridad era mucho más grotesco. Atisbó varias personas deformes, algunas parecían monstruos más que humanos. Haciendo ademanes de valor, levantó la mirada y notó que no todos eran así; algunos todavía eran humanos. ¿Qué clase de bestia sádica haría algo así? Muchos tenían enormes tubos conectados a sus cuerpos, cuernos, pieles grisáceas, verdes; otros estaban agangrenados y pudriéndose en vida. Avizoró algunos niños de su edad. No pudo evitar caer de rodillas, llorando. Maldijo sus ojos por hacerle ver algo que ningún humano podría mirar en tal oscuridad. Un llanto le sacó del estado de miedo e ira. Arrojó la mirada hacia la procedencia de aquellos gemidos, distinguió a la niña que lo distrajo en la mañana. Se puso de pie, abrazándola como reflejo. La pequeña, por un momento, se asustó, pero luego se acurrucó en su pecho y lloró más.
—Tranquila, todo estará bien —dijo tratando de calmarla.
—¿¡Cómo puedes decir eso!? ¡Estamos perdidos! No quiero morir.
—Tranquila —interrumpió—. No llores. No solucionará nada—. Le acarició la cabeza—. Te prometo que estaremos bien, ¿sí?
—¿Quién-quién eres? —preguntó limpiándose las lágrimas—. No he oído tu voz antes. Odio esta maldita oscuridad; no puedo ver nada.
—Es mejor así. Sobre lo otro, soy alguien que no te dejará sola. ¿Cómo te llamas?
—Me llamo Tayuya, y el tuyo es…
Cuando Naruto iba a responder, las celdas se abrieron y los engendros empezaron a caminar o arrastrarse hasta lo que parecía ser su comida: los humanos encarcelados. Las personas, no pudiendo ver nada, oyeron sonidos difusos. Por instantes se quedaron estáticos, pero el infierno se desató cuando escucharon gemidos monstruosos, inhumanos. Se arrinconaron contra las paredes. Naruto, gracias a sus ojos, lo vio todo.
—Tayuya, por nada del mundo te alejes de mí —ordenó cogiéndole la mano. Con un movimiento rápido, la cargó en la espalda como una mochila. Era una suerte que ella fuera de su tamaño y menos pesada. —Cierra los ojos, no los abras.
—¡Pero si no puedo ver nada! —Exclamó asustada y confusa—. ¿Que son esos ruidos?
—Confía en mí y haz lo que te digo.
—Pero…
—¡Solo hazlo! —habló más potente. La niña cerró los ojos. Después que lo hiciera, sintió como si volara.
Naruto saltaba entre los monstruos. Algunos parecían tener problemas, aunque viesen en la oscuridad; en tanto otros se guiaban por el sonido o por el olor. Aquellos que alguna vez fueron humanos se alimentaban de sus congéneres. Tras de que unos cuantos de esos monstruos atacaran a un par de hombres y empezaran a devorarlos, los gritos de horror, tanto de las víctimas como de los asustados encarcelados, no se hicieron esperar. Naruto se dirigió donde la mayoría de presos estaban; eso significó dejar a su suerte a otros, pero debía salvar a la mayor cantidad posible de gente. Una vez llegó a la celda con al menos treinta personas de toda edad y género, habló:
—¡Caminen hacia atrás! ¡A unos cinco metros está una pared, apóyense y cúbranse entre sí! —Ninguno de los asustados reos miraba un metro por delante de sí; desconfiaron. Naruto volvió a gritar: —¡Si no lo hacen, morirán!
Fue suficiente para que muchos le hicieran caso. Mas dos niñas se quedaron estáticas.
—¿No oyeron? —preguntó acercándose para tocarlas en los hombros; ambas respondieron: la más alta con una patada y la otra esgrimiendo un fierro afilado. Naruto tuvo que dar una mortal invertida para esquivarlas. Parecían bien entrenadas. Por su parte, la niña en su espalda se aferraba más ante los abruptos movimientos.
—¿Quién eres? —Preguntó la más alta. Al parecer no veía nada, pero sentía las presencias de otros.
—No tiene chakra—dijo la otra. Unieron las espaldas en pose de lucha. Naruto las miró actuar.
—¿Cuánto tiempo han estado aquí? ¿Por qué no hacen caso a lo que les digo? ¿Saben lo que hay aquí?
—¡Claro! —respondió exaltada la más pequeña—. ¡Son los experimentos fracasados de Orochimaru! ¡Cada cierto tiempo busca nuevos prospectos!; ¡los que no son devorados, se convierten en sus nuevos ensayos!
—«Entonces ellas…»—cortó la línea de pensamiento. Era irónica la forma que había logrado llegar hasta el traidor, quién, para esas instancias, se convirtió en uno de sus seres más odiados. Tan concentrado estaba en sus deducciones que apenas atinó a oír como la niña prosiguió:
—Tenemos habilidades que nos han permitido sobrevivir. Por lo que puedo deducir, tú también las tienes. Pero créeme, sería mejor morir.
—¿Entonces por qué pelean?
Tras unos segundos de silencio, una de ellas contestó:
—Tengo una promesa que cumplir —dijo bajando la guardia. Tendría entre unos doce o trece años—. ¡No moriré hasta que cumpla esa promesa!
—En mi caso —respondió la más pequeña, se acomodó los lentes que llevaba y continuó: —, no moriré; pelearé.
—Si es así —reparó como los experimentos se colaban por las rejas y paredes, pegados a estas como alimañas. Eran bastante rápidos a comparación de los otros más grandes que avanzaban con paso tétrico. Bajó de su espalda a la niña y, con técnica, haciendo desaparecer su presencia, se colocó al lado de las otras dos. Después contempló a las tres y completó: —, desde ahora se cuidarán para sobrevivir. Quédense con los demás, no permitiré que rompan sus promesas. No hoy.
—¿Eres idiota?, ni siquiera tienes chakra —dijo la niña de anteojos.
—Confíen en mí, y cuiden de ella. —Ubicó las manos de las dos sobre las de Tayuya.
—¿Que harás? —preguntó Tayuya—. ¿Te irás?
—Tranquilas. Haré lo necesario para salir de aquí. Confíen en mí. —Se sacó toda la ropa superior, enseguida cogió el sello pegando a su pecho que sobresalió de su piel al ejercer presión. —Ahora que lo pienso, ¿cuáles son sus nombres?
—Me llamo Karin —dijo la más pequeña, acomodándose los lentes.
—Haku —contestó la más alta y abrazó a Tayuya, atrayéndola hacia atrás—. Y soy hombre.
—«¿¡Qué!? ¿Hombre?»
Antes de terminar la línea de pensamiento, se percató de que el nombre le era conocido. Evitó hacer memoria; no era oportuno. Veloz, al sentir que veinte de los experimentos llegaban, arrancó el sello de su pecho. Expulsó un enorme poder haciendo que a la mayoría se les erizara el cabello. Las pupilas de sus ojos se agrandaron y rasgaron más, y pudo ver como si encendieran la luz. Respiró hondo, agudizando sus sentidos. Sentía todo en un radio de dos metros. Entonces, sin previo aviso, empezó uniendo los cuatro dedos de cada mano exceptuando el pulgar. Sus uñas parecían cuchillos de una longitud de seis centímetros. Se concentró, levantó la mirada y corrió a matar a las pobres criaturas que habían olvidado su origen humano. Sus movimientos fueron perfectos, y aunque los monstruos también eran hábiles, no pudieron hacer mucho en la oscuridad. La mano afilada como daga perforaba el lugar correcto, sea el corazón o el cuello, y morían en el acto. Unos metros atrás, las personas no podían imaginar lo que sucedía, pero oían el quejumbroso llanto de algunos de esos seres.
Hace diez minutos había sucedido, y el hecho de que sucediera debía ser por una buena razón. De lo contrario, él se encargaría de matarlo. Como fuera, necesitaba llegar lo más pronto posible hasta su aprendiz. Había sido buena idea vincular los sellos para que, si uno se rompía, el otro pudiera llevar a la localización del sello roto. Estaba calculado. Lo que no estaba calculado es que al llegar al lugar—unos veinte metros antes del muro más alejado del norte—se encontrara con al menos un centenar de shinobis del Sonido. Se detuvo en seco y observó por algunos instantes el sitio. Cuando se preguntó qué hacían allí, el mismísimo miembro de los Sannin apareció desde una abertura en el suelo. Itachi desvaneció su presencia. Con el sello de restricción roto, no le quedaba más que cubrirse con el genjutsu más poderoso que tenía. Si quería sobrevivir a un enfrentamiento con el genio de los Sannin, debía ser uno a uno. Caso contrario, si tan solo era superado por unos pocos, sería suicido. Ni hablar de cien. Por lo tanto, se limitó a oír.
—¿Que sucedió? —preguntó Orochimaru relamiéndose los labios. Su lengua parecía ser la de una serpiente, solo faltaba ser bifurcada. La piel blanca al extremo, el cabello lacio, negro y largo, y los ojos viperinos le daban la potestad para ser el domador de serpientes de los Sannin de Konoha.
—El chakra provino de los prospectos de esta tarde, Orochimaru-sama —respondió uno de los shinobi cuyo distintivo era una máscara blanca.
—Al parecer encontraron un tesoro —expresó para de nuevo después relamerse los labios y esgrimir una sonrisa escalofriante—. ¡Qué interesante!
—Esperamos ordenes, señor.
—Veamos qué tan bueno es—dijo y rió como si un pedazo de acero se atorase en un triturador. Hizo varios sellos y pronunció: —En-Satsu-Rengoku-Shou (Abrasador fuego asesino del purgatorio).
Itachi se sorprendió; la técnica era un kinjutsu difícil de realizar. Observó a Orochimaru posar una mano en la tierra. La razón por la cual no encontraron algo los días anteriores fue, por absurdo que pareciera, porque no pensaron en la posibilidad de enormes cámaras construidas debajo de la aldea. Con el Sharingan, era obvio; Itachi trató de excusarse: ningún líder se escondería de su propia gente. Si Orochimaru lo hacía, debía ser por alguna razón. Pasaron alrededor de tres segundos. Los shinobi del Sonido se retiraron a los árboles cercanos. De un momento a otro el campo estalló en pequeños intervalos como si minas se hubieran puesto alrededor de cien metros. Si el daño en la superficie era así de grande, el interior debía ser un infierno. Itachi se mantenía tranquilo, pero la situación iba de mal a peor. Naruto tenía pocas posibilidades de haber sobrevivido a ese kinjutsu. Antes de que sus ideas fueran más allá, advirtió al Sannin colocar otra vez la mano en el suelo. Pero esta vez un enorme boquete se abrió. Orochimaru empezó a bajar por las escaleras con una desagradable sonrisa.
—Esperen aquí. Nadie se acerque. Veré que tan bueno es nuestro prospecto —ordenó.
Los shinobis quedaron impactados por el instinto asesino del líder. Itachi, por su parte, y aprovechando la situación, atacó veloz. Gracias al factor sorpresa una cuarta parte del centenar cayó en un poderoso genjutsu. La hora de la función había llegado, e Itachi comenzaría el primer acto con una carnicería.
Naruto estaba confundido. No sabía qué sucedió. Lo único que sabía era que aún respiraba. Cuando creyó ganar, faltándole eliminar a tres monstruos, la prisión se iluminó y un fuego infame arrasó el lugar. Incluso lo cegó por instantes. Su cuerpo reaccionó y saltó hacia atrás. Pensó que era el final, y nada. Abrió el ojo derecho, su sorpresa fue inmensa al ver hielo alrededor no solo de él, sino de todas las personas que estaban en la celda.
—Lo logré —tosía —apenas —escuchó Naruto. Al regresar la mirada, entendió quién era el chico. Él debía ser el acompañante que capturaron al momento de matar al demonio de la Niebla: Momochi Zabuza, una semana atrás.
—¿Estás bien? —preguntó Haku. Naruto se levantó. Estaba cubierto de sangre y con magulladuras por todo el cuerpo. Al estar a la altura de Haku, este quedó impresionado al notar los ojos rojos y algo azules en la parte inferior.
—Gracias. Este es tu Kekkei genkai, ¿cierto? ¡El elemento hielo! —Soltó Naruto. Tras la gruesa pared de hielo un infernal fuego ardía provocando un espeso vapor.
—Sí; he gastado todo mi chakra. Yo… —no pudo continuar; Haku se desmayó. Naruto lo atrapó antes de que tocara el suelo.
—Increíble. Yo no pude reaccionar, ¡y él lo hizo! —regresó la mirada hacia atrás. Las dos niñas lo miraban confusas. El fuego, que el hielo contenía, daba una difusa claridad.
—¡Tu chakra es increíble! —señaló Karin para luego acomodarse unos anteojos extrañamente grandes. Con la luz se distinguió sus ojos rojizos y su cabello pelirrojo. —Son increíbles. Ahora entiendo por qué podías moverte en la oscuridad. Es por tus ojos, ¿no? Nunca había visto un color así… —se acercó muy emocionada. Lo raro era que no se espantara por los amorfos cuerpos descuartizados. Ella era la única; los demás estaban sin aire por la sorpresa. —Es un color hermoso —dijo acercándose tanto que Naruto tuvo un ligero sonrojo y dio un paso atrás.
—¿Eso crees?
—¡Ahora entiendo! —Interrumpió Tayuya; ella también tenía el cabello rojizo, pero ojos color miel—. ¡También tienes un genkai!
—Eso no importa—indicó desviando la conversación—. Debemos salir de aquí. Mi maestro ya debe haberse enterado —susurró. Entregó al chico inconsciente a las dos pequeñas y se dirigió a los demás presentes: — ¡Todos!, a veinte metros hay escaleras que llevan hacia una trampilla. Una vez rompa el hielo, cúbranse y corran. No miren atrás.
Naruto se colocó frente a la parte más delgada de hielo y, con el puño cerrado, dio un golpe tal que abrió un boquete considerable. La gente cogió el hielo, lo puso en algunas mantas y, cubriéndose, empezaron a correr. Tal como dijo el pequeño, las escaleras y la trampilla estaban cerca. Al final quedaron las dos niñas, quienes llevaban a Haku, y el propio Naruto. Cuando las primeras personas estaban por abrir la trampilla, quedaron estáticas, sin excepción.
—Este chakra… este chakra es… —farfulló Karin. En su rostro se dibujó un profundo terror.
—¿Qué es esto? Mi cuerpo, mi cuerpo tiembla.
Naruto, por primera vez en su corta vida, sintió un miedo primitivo, natural. Giró sobre sí mismo y fue marcado de muerte por la mirada viperina de un ser que tenía un aura escalofriante. Quiso reaccionar, pero en instantes dos enormes serpientes se enroscaron: una en él y la segunda en los jóvenes que estaban a su lado.
—¡Karin, Tayuya, Haku! —gritó Naruto al ver que la serpiente los tiró a una celda por encima del camino de fuego, dejándolos inconscientes.
—¡Así que eras tú! —Rió—. Si soy sincero, imaginé a alguien distinto.
—¿¡Quién eres!? —vociferó enfurecido. Como respuesta, recibió un fuerte apretujón de la serpiente.
—Oh, que modales los míos —dijo—. Me llamo Orochimaru. Es un placer conocerte. ¿Cuál es tu nombre, pequeño diamante?
—¡Púdrete!
—Esa actitud desafiante —rió de forma asquerosa—. Eres más interesante de lo que pensé.
—¡Libéralos o te mataré! —siseó Naruto emanando de él el mayor instinto asesino que podía. Orochimaru lo sintió, pero lejos de amedrentarlo, provocó que la sonrisa se ensanchara a niveles de un placer indescriptible.
—Quiero verlo. —La serpiente dejó caer al pequeño guerrero que no tardó en ponerse de pie y colocarse en pose de ataque. Pero cuando iba a arremeter contra Orochimaru, advirtió a los prisioneros paralizados. Como si el hombre frente a sí oyera los pensamientos, anunció: —Es un genjutsu. Se liberarán si cumples tu palabra.
Itachi mató a los shinobis del Sonido en un abrir y cerrar de ojos. No por nada era un genio aun dentro de su poderoso clan; aunque muchos de los oponentes tenían el nivel de jōnin, no se comparaban a sus poderosos ojos. En apenas quince minutos la centena de shinobis enemigos habían pasado a mejor vida. Itachi caminó por en medio de los cuerpos inertes hasta estar frente al que tenía el distintivo de la máscara blanca. Sin decir palabra, levantó al hombre moribundo. Lo había dejado con vida para poder obtener información. Activó su técnica ocular y se introdujo a la mente de aquel pobre diablo. Transcurrió alrededor de un minuto y lo soltó. El shinobi de la máscara blanca cayó al suelo, muerto, con los nervios destrozados. Manteniendo la fría actitud, Itachi formuló sellos con las manos y posó una de ellas en la tierra. No pasó mucho para que la compuerta se abriera. Ahora conocía todo el lugar gracias a su interrogatorio, si se le puede llamar así romper la mente de sus informantes.
Itachi se introdujo a la prisión con el sharingan activado, manteniendo un paso ligero. Poco tardó en llegar hasta un mirador desde el cual se podía observar la infraestructura. Las llamas no le permitieron divisar mucho. Corrió entonces al final del pasillo e ingresó por una puerta. Lo que había detrás de esta hizo que desvié la mirada. Había escuchado rumores de los experimentos de Orochimaru, pero oírlos y verlos era distinto. Su ira se encumbró a niveles peligrosos, puesto que personas de todo género y edad eran conejillos de indias. Muchos se quejaban y otros tantos tenían miradas muertas, es decir, si ya no lo estaban. El laboratorio era grande, con máquinas de lo más extrañas. Observó con el sharingan; la localidad estaba sellada y había varios sellos protectores alrededor. De repente la pupila de su ojo derecho empezó a tomar otra forma. Parpadeó un par de veces, lo siguiente que se observó fue cómo todo ardió en llamas negras. Fue lo mejor que pudo hacer. Percibió entonces a una niña conectada a varios aparatos, tal vez tendría la edad de su hermanita Iori. La pequeña, al sentir que el fuego negro la carcomía, con un gesto de gratitud, susurrado, dijo gracias.
Giró sobre sí mismo con la imagen de la niña latente en su memoria. Inclusive una pequeña gota transparente brotó de su ojo derecho, mientras que este regresaba a la normalidad. Aquella experiencia no solo había servido para Naruto, sino que él mismo constataba lo podrido que estaba el mundo. Como todo manual de shinobi decía, Itachi dejó los sentimientos a un lado y bajó por las escaleras hasta el lugar dónde sentía un inmenso poder. Corrió por el largo pasillo hasta donde dos inmensos instintos asesinos se oponían. Uno lo pudo reconocer; el otro, tenía clara sospecha de quién era. Así que, con sigilo, se acercó. Una densa capa de vapor cubría el pasadizo. De repente, como una explosión, un chakra rojo, con una sed de sangre asquerosa, dispersó el vaho espeso. Tras un par de segundos consiguió ver la bizarra escena: en las escaleras al menos treinta personas yacían muertas, carbonizadas; Naruto, por su parte, se hallaba frente a una celda con quemaduras de segundo grado. Al dispersarse el vaho, Itachi avistó a tres niñas siendo protegidas por su alumno. Perfiló mejor su posición y se topó con Orochimaru.
—Te di la opción de salvar a alguien, y las elegiste. ¡Valen diez vidas! —Increpó Orochimaru entre carcajadas y levantó las manos al cielo—. ¡Este poder, este grandioso poder! Tanto que me congela los nervios. ¿Qué eres, pequeño rubí?
—Mal-di-to —balbuceó Naruto. Una ligera capa de chakra rojo lo envolvía. Pero su estado era lamentable. Lo sorprendente era que, poco a poco, el chakra rojo le curaba las tortuosas quemaduras.
—¡Increíble! —rió el Sannin—. ¡Tú debes pertenecerme!
Orochimaru se lanzó contra Naruto con intenciones de atraparlo. Pero el niño peleaba de forma valerosa con sus afiladas garras más que manos. Entre el fuego, el hielo y los estridentes sonidos, Itachi vislumbró una pelea digna de loa. Las afiladas garras, junto al chakra rojo, podían cortar las barras de las celdas. Por otro lado, Orochimaru golpeaba sistemático. Su intención era dejar inconsciente al niño; no matarlo. En conclusión, a pesar de la bravura, esfuerzo y destreza, Naruto perdía como el novato que era. Lo peor fue que Orochimaru no peleaba enserio, pero era inquietante que Naruto consiguiera hacer frente a uno de los Sannin, aunque sea por unos segundos. Orochimaru acorraló a Naruto y lo dejó malherido. El niño mínimo tenía un par de costillas rotas, sin contar el brazo y la pierna fracturados.
Cuando el experimentado guerrero fue a recoger su premio, el niño de pronto comenzó a transformarse en un monstruo de tres metros de alto. El ser frente a Orochimaru tenía rasgos zorrunos, manos monstruosas, una perversidad latente. La bestia se irguió sobre las dos piernas-patas y vociferó un insondable rugido. Era una bestia magnífica: mitad zorro mitad hombre. Orochimaru saltó hacia atrás, la bestia descomunal lo siguió y, con una tenaz mordida acompañado por un brutal zarpazo, hizo que el cuerpo del Sannin quedara dividido en dos. Ese momento fue aprovechado por el demonio-zorro para devorar la cabeza del Sannin con sus enormes fauces. Orochimaru nunca imaginó que moriría de tal forma.
Todo quedó en silencio por segundos. Desde una de las paredes laterales, Itachi emergió. Se acercó a los combatientes y se dispuso a recoger al noqueado Naruto. Decir que el niño estaba en pésimas condiciones era subestimar las heridas. Fue un milagro que se mantuviera vivo. De pronto sintió algo acercarse a su espalda. No pensó en nada, solo esquivó con dificultad una resplandeciente espada.
—¡Fue un genjutsu paralizante! —rió Orochimaru complacido. A pesar que se movía, estaba cansado. —No me di cuenta del momento en que me introdujiste en ese mundo. —Desvió la mirada al niño que no tenía signos de trasformación. Todo había empezado cuando iba a recogerlo. Es más, ni siquiera lo llegó a tocar y ya estaba atrapado en el genjutsu. —Uchiha Itachi, tu nombre ha sonado por el mundo entero y ahora entiendo por qué —rió—. Esos ojos, esos poderos ojos. Aparte de ese precioso mocoso. ¡Hoy es un excelente día!
—Haces digno honor al nombre de los Sannin. Nadie había podido salir de mis genjutsus más fuertes, pero —con un movimiento rápido proyectó a Naruto hasta la celda donde las tres niñas se hallaban inconscientes. Al caer, gracias al duro golpe, Naruto despertó y se sorprendió al ver a su mentor y a Orochimaru en un duelo de miradas —tienes razón. Este día es excelente para tu muerte, traidor. Te mostraré algo que va más allá de un genjutsu —bisbiseó. Los ojos de Itachi tomaron una forma extraña y en las pupilas se pudo advertir dos estrellas entrelazadas. Susurró: —MangekyōSharingan—. Orochimaru quedó estático. Al notarlo, el líder Uchiha completó con una pequeña sonrisa: —Estás atrapado en mi Tsukuyomi.
