Disclaimer: Naruto solo pertenece a Kishimoto. El fanfic Itami no satsu pertenece al escritor de fanfiction Dantefox, yo solo lo público con el permiso de Dantefox. Este va a ser un darkfic, con situaciones muy complejas y fuertes, sugiero su lectura a los que sean mayores de 16 años.
El vacío en un corazón carece de significado y no vale la pena señalarlo; se oculta entre el silencio y la nostalgia. Así el mundo acedía al solitario. ¿Cuántos días murieron? ¿Cuántas horas pasaron? ¿Cuánto tiempo esperó, acechó, asesinó? No quería recordar. Brumas oscuras eran la mejor defensa para mantener la ligera luz de su cordura. Mas la memoria es feroz; el velo que la esconde es tan delgada que, aun con ligeros suspiros, se levanta y deja evocar la monstruosa culpa. Siempre quedará el terrible horror de la memoria, pues aún si se entierran los recuerdos, los hechos no pueden ser borrados.
Quince años desde la aparición del Kyūbi
Frontera del País del Té
Doce de agosto
Ha trascurrido un lustro desde el inicio del reinado del Godaime Hokage. En este lapso, Konoha incrementó su poder militar y económico gracias a las alianzas, los magníficos shinobis y las jóvenes promesas. Uchiha Itachi, mi maestro, ha conseguido la ansiada paz que Konoha deseaba desde hacía mucho. El Godaime es una persona paciente, calculadora, piensa rápido cuando toma las decisiones, aunque eso no significa que sea lento o imprudente. Como muestra está el gran triunfo al convertir a la Aldea del Sonido en un eje principal para Konoha y para la Nación del Fuego. Esto se debió a que el Sonido permite un rápido acceso a las rutas comerciales por su privilegiada situación geográfica: al norte permite el acceso a la Nación de la Tierra; al sur, a la Nación del Viento; sin mencionar los múltiples países que hacen cruzar por el Sonido su mercancía: el País de la Miel, el País del Té, el País del Colmillo, el País la Garra y otros tantas. Para los países anteriores, la Aldea del Sonido se llegó a constituir en el epicentro comercial de la región.
En el Sonido se encuentran los mejores y más variados productos de todo el continente. En pocas palabras, bajo la protección de Konoha, el Sonido es el núcleo mercantil de toda la región; ahí todo artículo se puede hallar, vender o comprar. Basta señalar que no hay mercader u hombre poderoso que no tenga negocios en el Sonido. Así, hablar de la Nación del Fuego y de Konoha, es hablar del imperio que maneja el sesenta y cinco por ciento del comercio de la región. El poder económico de Konoha es exorbitante; ello sin contar los ingresos por las misiones. Los shinobis de Konoha son considerados los mejores y, como dije antes, bajo el ala del Hokage, numerosos prodigios han crecido en sus tierras.
Ninguna persona que fuera a los exámenes chūnin, realizados hace dos años, olvidará el nivel de sus genin. Cada clan está orgulloso de sus actuales herederos. Los combates, vistosos y excitantes, fueron de un nivel superior a los de cualquier otra nación o época.
En reducidas cuentas, mi aldea natal es en el centro del continente. Pero no todo es perfecto; es difícil proteger tal imperio. Konoha se ve amenazada por las fuerzas resentidas ante el crecimiento exponencial de la Nación del Fuego. Ante el malestar, las fuerzas atacan de forma indirecta a los principales clientes de Konoha y tratan, algunas veces con éxito, de crear disputas entre los países vecinos. Para las aldeas enemigas, la guerra es el mejor negocio y estrategia. La razón es sencilla: a más conflictos, más shinobi contratados. Las grandes aldeas guerreras necesitan de las pugnas bélicas para sobrevivir. Las aldeas shinobi utilizan cualquier método para sobrellevar la crisis ocasionada por Konoha. El espionaje, las intrigas y los enredos son el territorio preferido para pelear esta batalla en las sobras; ir contra Konoha de forma directa es igual a suicidarse. La mayor parte de nuestros enemigos hacen caso a tal máxima. La excepción es la Aldea Oculta de la Niebla cuyo líder se opone sin restricciones.
Es un secreto a voces que el Mizukage controla a la Nación del Agua. Si bien en los últimos años la Niebla ha dejado la empresa de conquistar poblados aledaños a sus fronteras, siguen constituyendo un peligro. En parte, ese riesgo fue limitado cuando Konoha creó la base shinobi del Sonido. Pero la base, militar y estratégica, provocó que la Niebla se cierre al mundo. Incluso para mí es imposible infiltrarme ahí. Por ahora no es de importancia; aunque le sigo los pasos. Después de todo, es mi trabajo. Como lo dice Itachi: soy quien arde en la oscuridad, la mano izquierda de dios y la derecha del diablo o, en este caso, del Hokage.
En mi labor he visto lo pútrido del mundo. No me refiero a las personas ni a los reinos, me refiero a la naturaleza de los hombres. Los humanos son seres débiles, necios, capaces de acciones innombrables por poder, dinero, fama; pero también son capaces de sacrificarse por aquello que creen y aman. Juzgarlos es imposible. Todo depende de la perspectiva con la cual se miren las cosas. He aprendido que en el infierno hay bondad y que en el paraíso nadie es perfecto o virtuoso; que el pobre es soberbio y el rico, humilde; que a veces los ideales retorcidos no son correctos, pero sí necesarios; y que las obras generosas tienen una cara oscura. Eso he aprendido viviendo entre guerra y guerra todos los días de mi vida desde que salí de Konoha hace cuatro años, luchando por las causas más correctas, aunque no más justas. He asesinado a una cantidad incontable de personas. Trato de no llevar cuentas, pero las caras son grabadas en mi mente. He traicionado a quienes han depositado su confianza en mí. No les dije mi verdadero nombre ni cuando ellos estaban dispuestos a morir por mi causa.
Tengo remordimientos. La culpa me acompaña. Pero sigo caminando mientras pienso que lo que hago salva más vidas de las que puedo contar o imaginar. Es la única manera para mantenerme cuerdo. Es mi excusa, la que planteo antes de hacer lo que haré en estos momentos.
Para resumir la situación, diré que hace dos meses me enteré de que un importante mercader de la Nación de la Tierra fue contactado por el líder de un movimiento contra el feudal del País del Té. Este comerciante es uno de los que manejan el mercado negro. En otras circunstancias, no hubiera importado. Ante los ojos de la sociedad es un hombre ejemplar: tiene industrias metalúrgicas en el Sonido, realiza generosas donaciones anuales y es intocable gracias a la influencia de sus amistades. Koharu-sama, la regente del Sonido, no puede ir en contra de las personas que sostienen la economía de la aldea. Es una buena cubierta tener negocios legales y, al mismo tiempo, ser un traficante ilegal; así se asegura que las autoridades no lo monitoreen. En conclusión, si se lo acusa sin pruebas contundentes, el Hokage quedará mal; por extensión, el Sonido. Un escenario así crearía desconfianza entre los comerciantes y debilitaría el equilibrio económico.
Volviendo al mercader, sus acciones no importaban. Se conocía que sus tratos ilegales discurrían entre el contrabando, los prostíbulos y las drogas menores. Pero la situación se enmarañó cuando este tipo contactó con un grupo subversivo del oriente de la Nación de la Tierra cuya ideología es incitar a la revolución general con el fin de que el pueblo mande sobre sus destinos y no el gobierno monárquico. No hay nada de malo en tener un ideal, lo malo es que este grupo subversivo vende armas para conseguir dinero. Es ahí donde entra el mercader. Él se convirtió en el nexo entre los subversivos y los opositores del País del Té. El acuerdo es para la compra de miles de armas: bombas, cuchillos kunais, katanas, lanzas, protectores, cañones que funcionan con chakra. Una guerra civil está a punto de empezar y los más afectados son los que quedan en medio. En especial el poblado donde reside el feudal del Té. Según el plan, trescientas mil personas, que viven en la capital, serán devastadas en tres días contando desde hoy.
El líder de los opositores al feudal del País del Té se llama Ágiro, un hombre honorable de cuarenta años de edad, de complexión delgada, ojos sagaces y cabello marrón. Está a la cabeza de diez mil personas que ansían vidas mejores, libres de la opresión que causa el feudal con los impuestos. La mayoría son agricultores, ganaderos, artesanos que ven cómo su esfuerzo es arrebatado mes tras mes, pues el cuarenta por ciento de sus ganancias son recaudadas para la regencia, diez por ciento para el ejército y otro diez por ciento es cobrado por pasar la frontera con los productos de venta. Trabajan por nada, y dan lo poco que tienen a alguien que se zacea de lo rico que es. Cualquiera pensaría que su causa es justa; más la población capitalina no tiene la culpa. Ágiro lo entiende, pero bajo el lema de que en todo cambio hay pérdidas, no se retractará. En el plan, los opositores no tienen contemplado meter a la población civil; no obstante, lo harán: piensan atacar el día del festival en honor al cumpleaños del feudal. Al festival asistirán miles de personas que morirán en el fuego cruzado, sin contar con las personas que caigan en las casas a causa de los proyectiles.
Por seis semanas he estado en las filas de los opositores como partidario. Me aproximé al líder por medio de su hija Renka, una hermosa muchacha de dieciséis años, de ojos color turquesa y un cuerpo moldeado en la cotidianidad del trabajo duro; esto no significa que sus rasgos femeninos estén descuidados: su pelo negro es extenso y sedoso, sus largas uñas están cuidadas con esmero y su piel es suave, nívea. Estudié a Renka por una semana antes de tener contacto con ella. Fue complicado acercarme: su carácter es fuerte, valiente, testarudo, pero su corazón es muy amable. Fue por su corazón que conseguí entrar a su cotidianidad. Renka no pasó por alto a alguien herido, suplicando por agua y comida. Mi plan fue simple: me infiltré en su vida pretendiendo ser un joven soldado, hijo de agricultores, quien vio morir a sus padres cuando no pudieron pagar los impuestos. Fui tan convincente que, a la semana, entré al círculo de los opositores y, a la semana siguiente, me acogieron gracias a mi habilidad en combate. Gané la confianza de Ágiro, quien, a pesar del corto tiempo, me ve ahora como al hijo que perdió contra los soldados del Té. Y que Renka me aceptara como novio, hizo que depositara su total confianza en mí.
Vigilé la situación por seis semanas. Después de exponer todo en un informe, Itachi me dio luz verde para negociar con el feudal. Sus abusos podían acarrear males más grandes que una guerra civil. En dos semanas el conflicto se habría resuelto de otra manera. Los opositores y Ágiro no representan mayor peligro para la región. Pero hace dos días el negocio con los subversivos de la Nación de la Tierra se concretó y se acordó que se realice la transacción esta noche. Al cerrar el negocio, Ágiro concibió el ataque en tres días. Para evitar que alguien tome el trono, ideó someter la capital para demostrar su poder. La estrategia impedirá que alguien de la familia real se adjudique la corona; lo que sucederá después, no lo pensó.
Es en este lapso cuando tengo que tomar el camino más correcto, aunque no el más justo. Con el feudal muerto y los revolucionarios en el poder, el País del Té quedará en un limbo político, sin un gobierno reconocido. Esto es muy peligroso. En primer lugar, los países vecinos verán al País del Té como un sabroso banquete listo para morder y aumentar sus respectivas fuerzas. En segundo lugar, habitantes de las distintas naciones reprimidas intentarán hacer lo mismo al tener el precedente de que los opositores del País del Té ganaron. Muchos harían oposición a su monarquía, creando en el proceso conflictos internos que acabarían con la paz de la región. Por último, están las avanzadas de las naciones shinobis colindantes. Estas ansían sacar provecho de cualquier guerra. Si se da una guerra civil, por un lado, intentarán conquistar el territorio para tener más presencia en la región; por el otro, intentarán captar misiones. En cuestión de meses se convertirá en una guerra entre naciones militares. Con shinobis en el campo de batalla, no tardará en crearse una disputa entre las aldeas que, de por sí, tienen relaciones tensas. Todo podría desembocar en el peor escenario posible: una cuarta guerra shinobi.
La naturaleza humana es extraña; también predecible. Lo que parece irrelevante, no lo es; siempre es así: las grandes guerras han iniciado por menos. Mi trabajo es pararlas antes de que comiencen. Para ello hay sola una forma.
Doceavo día de agosto
Hay silencio entre silencios, y el de esa noche llamaba a la soledad. La furtiva luna iba perdiéndose en medio de colosales nubes grisáceas. Los insectos, en la llanura, cantaban roncos al no hallar estrella en el cielo. Tenues luces se divisaban a los lejos. Los lobos aullaban sobre una roca desde la cual se apreciaba un pintoresco pueblo de calles empedradas y altas farolas de cuyo interior brotaba una luz que irradiaba estelas ambarinas sobre la vieja y elegante arquitectura de las casas. Eran cerca de las veintidós horas, pocas personas transitaban por las calles y se sentía un acogedor sosiego.
No muy lejos de la escena, en la parte nororiental de la villa, otra realidad se suscitaba.
En una enorme mansión aristocrática, algunos hombres se reunían para preparar estrategias contra cualquier eventualidad que pudieran cernirse en la crucial velada. Doce personas se hallaban alrededor de una mesa en la cual, abierto de par en par, estaba un mapa de la frontera del País de Té. Diez de estos personajes eran altos mandos de los opositores contra el feudal. Cada uno de ellos dirigían a mil improvisados soldados, repartidos por el país. El onceavo hombre, a la cabeza de la mesa, era Ágiro; él repasaba una y otra vez el plan con expresión solemne. Por último, el doceavo hombre era el nexo que daba seguridad al negocio a llevarse a cabo en la frontera del Té dentro de tres horas. Todo era hermetismo, aunque no se lograba ocultar el nerviosismo.
Alejándose de esa habitación, en el sector sur de la mansión, en uno de los muchos cuartos, un joven estaba parado frente a un ventanal. Él miraba hacia ningún lugar, como si estuviera pensando o preparándose para algo. Las luces de la habitación estaban apagadas y la furtiva luz del plenilunio aclaraba apenas su silueta. Dependiendo de la posición del astro luminoso, y de las moles gris que lo cubrían, de vez en cuando se podía entrever la faz izquierda del joven. Su cuerpo era duro, modelado como si de una armadura de combate se tratara. El vigor del joven se notó gracias a que ninguna ropa cubría su cuerpo. El muchacho se mantuvo largo rato meditando, fijando sus orbes azules en la llanura. Aquellos ojos eran hermosos y nostálgicos. Tal vez no se apreciaba a primera vista debido al cabello negro que tapaba su media faz, o pasaban inadvertidos debido al hermoso rostro y la tenue sonrisa. Mientras su mente reflexionaba en algún lugar lejos de ahí, unos finos brazos se enroscaron en su torso. Una segunda silueta, curvilínea y pequeña, se aferró a la cincelada cintura del joven. Las oscuras nubes se apartaron de a poco y permitieron que la luz de la luna llena entrara por la ventana. El pálido albor acarició a la pareja. La figura más pequeña se desveló como una bella mujer, desnuda, que se apretujaba con apremio a la amplia espalda del hombre. Sin perder tiempo, la mujer mimó al muchacho con cálidos besos en la espalda y, parándose sobre las puntas de los pies, llegó hasta el cuello.
—No vayas —suplicó la muchacha con voz melodiosa, embriagante. El joven removió las manos que le acariciaba el pecho. Sintió entonces los senos de la mujer aprisionarse contra su dorso. Ella le dio un fortísimo abrazo.
—Renka —contestó a la súplica—, tengo que ir —dijo en tono cauto, como si pidiera permiso. La mujer lo besó una vez más en la espalda y depositó la frente en la misma.
—¿Por qué? —preguntó; su voz se quebró de preocupación.
—Lo sabes.
La mujer no necesitó escuchar más y lloró en silencio. Al ver chocar sus lágrimas contra la alfombra, ella no pudo evitar seguir suplicando. Así, se aferró a un argumento que no tenía sentido, pero que soltó sin pensar:
—No quiero perderte. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
—Renka…
—Por favor, ¡no te alejes! —interrumpió. —¡Prométeme que despertarás a mi lado cada día! Porque mientras estés conmigo, el sol saldrá. Prométeme que saldrás con bien de todo esto, que nos casaremos y le daremos muchos nietos a mi padre, que moriremos juntos de ancianos. Kai, júrame que no importa lo que pase, siempre regresarás a mí.
No hubo repuesta, solo silencio.
—Kai, daría todo por ti. Tú eres mis primeras veces —sonrió como quien llora, y siguió sin pena: —mi primer beso, mi primer amor, mis primeros celos, mi primer dolor. Te he entregado todo lo que soy: mi cuerpo, mi corazón, mi devoción; todo lo que pido a cambio es que regreses a mi lado, vivo.
—Renka, lo siento —dijo mientras se soltaba del abrazo de la mujer. Enseguida, en un movimiento raudo, giró sobre sí mismo y la abrazó, sintiendo cada centímetro de su piel. Sin contenerse, continuó: —Lo siento tanto. No merezco tu amor. No quiero hacerte daño. Si pudiera, me quedaría contigo. Pero si no lo hago, nunca podré perdonarme. Tengo que estar en paz conmigo…
—Mi padre y tú son iguales. ¡Odio esa parte de ustedes! —interrumpió Renka de nuevo, sostuvo entre sus dos palmas el rostro de Kai y depositó un cálido beso en los labios de él—. Debería ser yo quien lo siente. Soy egoísta. Lo sabía y lo entendía; cuando me enamoré de ti, sabía que debía entender y compartir tu dolor. Pero tengo miedo a perderte. No puedes culparme.
—Lo siento —dijo Kai. Antes de que Renka protestara, la besó. Sus cuerpos desnudos disfrutaran el uno del otro. Era una expiación artificial, pues la culpa lo carcomía. Trataba de no pensar que nada justificaba destrozar el corazón de aquella mujer. —Lo siento —repitió al oído tras romper el beso.
—Está bien —alegó Renka a la súplica, lo cogió por la mano y lo llevó hasta la cama. Al pie de esta, lo besó. Besos lujuriosos recorrieron varios centímetros de la piel bronceada de Kai—. Quiero tenerte en mi memoria de esta forma: amándome, deseándome, poseyéndome. Quiero tenerte presente así, hasta que regreses a mi lado.
—Renka, si fuera diferente —susurró. Un huracán de sensaciones lo inundaba y le hacían olvidar cualquier disculpa vana.
Kai acarició los senos de la mujer y dominó su entrepierna. Ella gimió; aquel hombre le estremecía el cuerpo y el alma. Cayeron a la cama. Las caricias de ambos se hicieron sinuosas, placenteras; sin prisa, se rindieron al placer de sus pieles frotándose entre sí. Siguieron por minutos casi interminables hasta que llegaron al clímax. Renka se recostó sobre Kai, convirtiendo el pecho de él en un placentero lecho donde dormitó sosegada y feliz. Más tarde, mientras Renka dormía, Kai la quitó de encima, se levantó y miró la hora: era cerca de las cero horas. El tiempo se había acabado. Se vistió, abrió la puerta y regresó a admirar a la bella muchacha. Parecía un ángel. No pensó; giró sobre sí y cerró la puerta con cuidado tras salir. Dentro de su corazón anhelaba que ella encontrara a alguien que estuviera dispuesto a amarla con locura, como ella lo merecía.
—«Renka es joven, hermosa y fuerte. Superará esto» —pensó Kai. Quería creer en tan vano consuelo.
La luna estaba en su punto más alto. Alrededor de doscientos hombres marchaban a paso forzado hacia la frontera del País del Té, a un sitio ubicado a dos horas de la villa desde dónde salieron. El fuerte viento y el frío clima hicieron que los soldados, considerados los más fuertes, traídos específicamente para proteger a tres de los doce líderes, sintieran un aciago temor.
En el centro de la formación avanzaban dos galeras tiradas por robustos caballos. Una de ellas llevaba a los líderes: el primero, un hombre de mediana edad inculcado en el arte de la guerra; el segundo, a la diestra del primero, un hombre de semblante bondadoso cuyas cualidades peculiares eran un notorio sobrepeso y una sonrisa bonachona Parecería dócil, mas era un formidable guerrero instruido en las artes shinobi. Finalmente, frente a los hombres antes descritos, estaba el líder de líderes: Ágiro, quien no por nada se había ganado el respeto de todos; se conocía que, en su juventud, fue un prodigio del kenjutsu y del kempō, y si a lo último se le sumaba el manejo del chakra, se comprendía por qué era un guerrero temido. Al lado izquierdo del líder, acompañando a los miembros élite de la oposición al feudal del Té, estaba un novato. Este parecía aburrido, o al menos eso daba a entender al estar con los ojos cerrados.
—¿Es su yerno, Ágiro-dono? Es un apuesto muchacho —dijo el hombre gordo con una sonrisa enmarcada por las rechonchas mejillas. Había encontrado el momento para preguntar cuando Ágiro dijo algo al oído del novato.
—El chico es fuerte —respondió el aludido con simpleza, y cruzó los brazos.
—Yo puedo dar fe —apoyó el hombre a la diestra del gordo general.
—Ya quiero verlo —dijo riendo—, pero ¿por qué traerlo a algo tan peligroso, Ágiro-dono? Renka-chan no le perdonaría si algo ocurre —continuó el general. Era gracioso ver como el enorme estómago del hombre parecía bailar al compás de su bonachona risa.
—Renka lo entiende. Además, ella confía en él; también lo hago. Renka nunca ha fallado en valorar a una persona.
—Es cierto, Renka-chan tiene un sexto sentido para esas cosas. Primero quiero verlo en combate antes de sacar una conclusión, aunque espero que no sea esta noche. —Los parpados del general, que permanecían cerrados y le daban aquel extraño aspecto bondadoso, se abrieron y mostraron afiladas pupilas dignas de un frío asesino. He ahí que era un temible general. —Porque si es así —prosiguió despacio—, las cosas se pondrán crueles. Espero que estés preparado, novio de Renka.
El gordo general fijó sus pupilas en el joven. Kai, al sentir el instinto asesino, abrió los ojos y mostró unas pupilas azules que recitaban peores sentimientos. El gordo general se sorprendió, pero intentó no demostrarlo.
—No se preocupe, Konkan-sama. Sé lo que debo hacer —dijo con serenidad. Ágiro y el otro general, llamado Hizan, esbozaron sonrisas al notar cómo el novato Kai intimidaba al gordo general Konkan.
Antes de poder disfrutar de las actuaciones de Kai y Konkan, los integrantes de la galera oyeron pequeños golpes provenientes del exterior. Era la señal de que habían llegado a su destino.
Los líderes de la oposición fueron saliendo de la galera. Al último quedó el joven. Al emerger del vehículo, Kai vislumbró una llanura de extensos sembradíos de trigo que se perdían en el horizonte. El paisaje se presentaba majestuoso gracias al plenilunio, pues la luz blanquecina bañaba la llanura con un tono argentado. Cien metros adelante, los líderes observaron una caravana igual de extensa a la suya. Diez carrozas eran custodiadas por ochenta hombres bien armados. Por el ropaje, debían ser shinobis. Kai estudió la situación, buscó y memorizó los caminos, las rutas de combate y las de escape.
Los respectivos líderes avanzaron luego de que el mercader intercediera en la negociación y asegurara la limpieza del trato a efectuarse. Después de todo, en la concreción del trato estaba su ganancia. Los generales de la oposición del País del Té avanzaron hacia los subversivos de la Nación de la Tierra acompañados del mercader y de Kai. Del otro bando, tres shinobi salieron al encuentro. Se toparon a la mitad del sendero que separaba los sembríos de trigo; aquella era una senda para los agricultores. Cuando ambos bandos pararon, el mercader se ubicó entre ellos.
—Todo está claro. Serán doscientos millones en pesetas de oro por las diez carrozas de armas. Hay armaduras, cuchillos, espadas, muchos juguetes. Así que, Ágiro-dono, el dinero —dijo el intermediario con voz chillona.
Ágiro miró al mercader; este se cohibió. Tras unos segundos, el máximo líder de la oposición movió la cabeza. Konkan de inmediato sacó tres baúles de un pergamino; el dinero había estado sellado con técnicas shinobi. El gordo general abrió los baúles y mostró el dinero. El que parecía ser el líder de los subversivos, cubierto por una máscara shinobi, comprobó el dinero para después recogerlo y dárselo a los dos subalternos que se encontraban detrás de él. El más grande era un hombre corpulento; la otra, una delgada kunoichi —por la forma de la cadera se podía deducir que era una mujer. El líder de los subversivos levantó la mano derecha y la bajó rápidamente. En muchos lugares, la señal podía significar ataque. Ágiro y sus generales se pusieron en pose de defensa tratando de ocultar los nervios. Pero la kunoichi y el enorme shinobi empezaron a reír.
—Tranquilos —dijo el líder de los subversivos. Por el tono y la modulación de voz, era un joven en sus treinta, bien educado—. Ustedes cumplieron con su palabra. La palabra nos somete. Haremos lo mismo. Además, los apoyamos; si su rebelión funciona, dará fuerza a los pueblos para levantarse ante la opresión de esos bastardos que se creen de sangre azul por haber nacido en una familia con dinero.
Con esas palabras terminó la conversación. Lo siguiente fue el transporte de las carrozas al grupo de Ágiro. Konkan y Hizan examinaron la mercadería antes de aceptarla. Todo estaba sucediendo a pedir de boca.
Eran cerca de las dos de la mañana. El negocio se llevó a cabo sin mayores imprevistos. Pero, mientras la última carroza era examinada, una ola de gritos iracundos se escuchó por kilómetros. Ante la atónita mirada de los subversivos y de los opositores, por en medio de los campos de trigo, salieron unos trescientos soldados con el distintivo de la armada del feudal del Té preparados para luchar. La peor pesadilla posible: ¡una emboscada! Con catapultas bien direccionadas, los guerreros del Té incendiaron seis de las diez carrozas. El fuego se esparció en cuestión de segundos; antes de que pudieran rescatarlas, las armas quedaron inservibles. La tranquila noche fue violada por gritos de ira y furia de todos los bandos. Tres frentes empezaron a pelear: los guerreros del Té, los subversivos de la Tierra y los opositores al feudal. Los dos últimos bandos combatían entre sí al deducir la traición contraria. Aprovechando la contienda, el mercader cogió todo el dinero y escapó. Parecía haber estado esperando el momento, pues cinco jōnin de la Aldea de la Arena, disfrazados como guardias personales, lo ayudaron. Para muchos pasaron desapercibidas las acciones del mercader en lo caliente de la batalla, pero no para Kai, quien tenía la suficiente experiencia para mirar la situación y asesinar a los soldados del Té. El muchacho peleaba con cuchillos en ambas manos. Su habilidad y delicadeza a la hora de pelear hacia recordar, a quien lo viera, a la pluma de un poeta en pleno frenesí al terminar una grandiosa epopeya; su forma de combate era letal, hermosa, un prodigio en el arte del asesinato. Konkan, metros atrás, entendió que el joven novio de Renka no fanfarroneaba.
Transcurrieron cerca de sesenta minutos de horror, desesperación y muerte, y tras la macabra hora, solo los más fuertes sobrevivieron. Kai paró por unos instantes y vio el cielo que no acunaba estrellas: era hora. Los subversivos de la Nación de la Tierra eran los más fuertes; de los ochenta, murieron veinte. Lo único que le pesaba era que Ágiro y Hizan sobrevivieron a la infernal hora. En verdad deseó que Ágiro no muriese por su mano, pero en media hora los refuerzos del feudal y de los opositores llegarían. Debía terminar lo más pronto posible o, de lo contrario, todo serviría para nada. Siguió mirando al cielo por otros segundos. A su rededor, el tiempo pareció congelarse. Distinguió con precisión la sangre, las vísceras, las piernas, los brazos y las cabezas de algunos desdichados. Era una lluvia mórbida de carne y sangre. Bajó la cabeza, hizo sellos con las manos, de inmediato un papel con la palabra «restricción» apareció en su brazo izquierdo. Sin prisa, recogió el papel con la mano derecha; el tiempo simuló congelarse. Aunque los gritos de ira y frustración se escuchaban por doquier, alrededor de Kai ningún se oía. Con un movimiento veloz retiró el papel de su hombro; todo aquel que sintiera chakra se detuvo para buscar de dónde provenía tan brutal cantidad de energía. Frente a los ojos de todos, el cabello negro de Kai se tiñó de rubio y sus ojos azules se colorearon de un rojo en la parte inferior de las pupilas. Asimismo, marcas en forma de bigotes aparecieron en sus mejillas y una titánica aura roja lo envolvió.
—Kai-kun —musitó Ágiro.
Kai seguía quieto, de pie, arrojando la mirada al suelo.
En un instante despreciable, los irises turquesas de Ágiro chocaron contra los azules-rojizos de Kai. Ágiro era un experto en kenjutsu y kempō, un guerrero temible considerado un prodigio en su niñez, pero de nada le sirvió cuando una mano, con uñas de ocho centímetros de largo, le atravesó el pecho en el corazón. No podía creerlo: aquel que consideraba un nuevo hijo lo asesinaba, aquel a quien confió su preciado tesoro, Renka, lo empalaba a sangre fría. No tenía fuerza, jamás lo vio venir, apenas sintió dolor. Agarró a Kai por los brazos, apretándoselos con toda la fuerza que le quedaba, y cayó al suelo.
—Porque es lo correcto —dijo el joven al viento como respuesta a una pregunta inexistente, luego retiró la mano de un tirón. El pasto bajo sus pies se embarró con la sangre del líder de la oposición al feudal del Té.
Los opositores quedaron en shock, en especial los generales. El primero en atacar fue Hizan; Kai le desgarró el cuello. El noble Hizan murió a metros del líder que tanto admiró. Konkan se lanzó furioso y, reuniendo todo el chakra posible en una mano, dio tal golpe que destrozaría un árbol con facilidad; Kai lo paró con una palma.
—Su control de chakra es pobre. Aunque sabe manejarlo y puede manipularlo, está a años de enfrentar a un shinobi de nivel jōnin. Este golpe es como el de un meñique de Tsunade —dijo el joven con simpleza, sin malicia. Konkan quedó helado al percibir la familiaridad con la que el muchacho dijo aquel legendario nombre; Konkan conocía bien quiénes eran los Sannin de Konoha.
—¿Quién eres? —preguntó el gordo general.
—Un asesino —contestó y le dio tal patada en el estómago que la espina dorsal de Konkan emergió por la espalda. Cuatro segundos, que parecieron cuatro años de dolor interminable, acabaron con el general de carnes extras.
Una oda a la muerte y al dolor fue escrita por Kai la noche del treceavo día de agosto en la frontera del País de Té. Los muertos se contabilizaron por decenas. Ningún shinobi, guerrero u opositor sobrevivió, aunque muchos trataron de escapar. No tenían el nivel jōnin. Así, un joven de entre quince y dieciséis años aniquiló a los sobrevivientes a la anterior contienda: al menos cien personas. En conclusión, la escaramuza empezó con trescientos ochenta combatientes. Para las cinco de la mañana, los números indicaban un único combatiente que, sobre un sembradío de trigo y cadáveres, caminó solitario en dirección del alba.
—Mi vida es un largo hilo entre guerra y guerra, luchando por lo correcto mas no lo justo —detalló sus manos rojas, y sus ropas llenas de trozos de carne. Fue hasta un río, se desnudó y se sumergió en él. —Ayer en la tarde escribí una carta, la junté a varias pruebas e informé al feudal del Té de la reunión. Una de mis invocaciones llevó la información. Lo que sucedería después era predecible.
» Como lo deduje, el feudal envió a su ejército. Ahora están acribillados. La pérdida de sus hombres le enseñará que no es tan poderoso. No necesitaré de amenazas o de largas explicaciones, la brutalidad de las muertes será suficiente. Por otro lado, los opositores juzgarán que no es fácil una revuelta contra el sistema. Sin armas, sin líderes fuertes y sin Ágiro quedarán en el limbo. Al tratar de encontrar una cabeza, se destruirán. En cuanto a los subversivos de la Nación de la Tierra, perdieron dinero, hombres y armas. Pasará un buen tiempo antes de que ellos intenten algo. En el lapso que les tome recuperarse, el kage de la Roca los exterminará. Respecto al mercader, como lo temí, infiltró shinobis de otras aldeas. Supongo que lo ayudaron presurosas. Lo dicho: la guerra es el mejor negocio. Pero el mercader no saldrá bien librado. Me tomé la libertad de colocar un rastreador en el oro. Será un asunto del que me encargaré después. Por último, Itachi y el feudal del Fuego, después de los eventos que provoqué hoy, hablarán con el feudal del Té y le aconsejarán que restructure las leyes para la población civil o, de lo contrario, tendrá que atenerse a las consecuencias. El feudal del Té es un imbécil, pero no es suicida. Aceptará; si no lo hace, hay otros métodos para forzar su retiro —emergió de la profundidad del agua y se quedó flotando en la superficie del río, dejándose llevar por la corriente. La sangre que lo cubría fue llevada por el caudal.
» Renka… lo siento. Me acerqué a ella por la misión, la enamoré para llegar a su padre y la abandonaré porque no puedo estar a su lado. Disfruté muchísimo de su compañía. En otras circunstancias, la habría amado. Pero soy un shinobi; ella era parte de mi misión —las aguas del riachuelo se mezclaron con pequeñas gotas que salieron de sus ojos azules—. Por más excusas que idee, mi corazón no deja de reprocharme. Le romperé el alma. Si algo me consuela es que la dejé a buen resguardo. Un amigo de su infancia, que siempre ha estado enamorado de ella, la cuidará. Lo hice prometerlo. Con el tiempo, Renka sanará sus heridas. Lo sé, estoy seguro, preparé el escenario para que me olvide.
Los refuerzos de los opositores del Té reconocían los cadáveres. En medio del tétrico escenario, partía el corazón ver cómo una hermosa muchachita lloraba histérica sobre el pecho de quien había sido su padre. Las lágrimas no cesaban. Al lado de ella, un joven de la misma edad la miraba con recóndita tristeza. No quería hacer lo que tenía que hacer; por un lado, porque presentía cómo iba a reaccionar; por el otro, porque no soportaba advertir la reacción por culpa de alguien que nunca le agradó, y que, aunque no lo reconociera, festejaba su muerte. El joven posó una mano en el hombro de Renka. Ella lo regresó a ver con los ojos anegados en lágrimas. Ante esto, él se dio valor y empezó a hablar:
—Renka-chan. Lamento tener que decírtelo, pero no hay sobrevivientes. Hemos encontrado un cuerpo con las características de Kai. Está irreconocible, al igual que muchos. Parece que lo hicieron animales salvajes más que hombres. Los soldados del Té y los nuestros se asesinaron entre sí.
—¿Kai? ¿¡Kai!? ¡Kai! ¡Kai! ¡Kaiii! ¡No! ¡No, por favor! —gritó; en un arrebato de dolor, empezó a correr. El joven la atrapó. Renka pataleó y peleó gritando a pleno pulmón: —¡Déjame!¡Déjame!¡No puede estar muerto!¡Kai! ¡Déjame! —rugió intentando zafarse, el dolor no podía ser mayor—. ¡Él no puede estar muerto! ¡Es una mentira! ¡Mentira! Mentira. Por favor Sousuke, dime que es mentira —alcanzó a suplicar sin fuerzas, gimiendo en el más absurdo dolor. Sousuke la abrazó, acurrucándola contra el pecho, pero ella, con sus últimas fuerzas, clamó a los cielos el nombre de su amor perdido.
El alarido del corazón roto de Renka se escuchó por millas.
Konoha.
Dos meses después.
En la torre del Hokage, Itachi leía el extenso informe de la misión en el País de Té. La conclusión más drástica fue la reducción de los impuestos hasta ser un diez por ciento del total. El feudal del Té no pensó en discernir la petición del feudal del Fuego y del Hokage; a la semana siguiente, la norma empezó a cumplirse. Consecuencia inmediata de lo anterior fue el desarme total de la oposición; sin un líder fuerte, no eran nada, y tampoco les quedaba excusas para luchar. Una guerra civil se evitó y las secuelas posteriores.
Apartados de Itachi, Sarutobi y Tsunade leían una copia del informe. Se habían reunido para discutir la misión en el País del Té; aunque no había mucho qué decir. La ejecución de Naruto fue perfecta: las muertes, mínimas; los daños, inexistentes. Una guerra finiquitada antes de empezar. Pero hubo dos puntos que les molestaba a los consejeros y al Godaime: el mercader y los shinobis de la Arena. Se preguntaban por qué la Arena se metería en tantos problemas por tan poco dinero.
—Itachi, ¿dónde está en estos momentos Naruto? —preguntó Tsunade dejando a un lado el informe.
—En la Nación del Viento, en la Aldea Kazekin, a un día de la Aldea Oculta de la Arena —contestó Itachi.
—¿Lo enviaste a investigar? —preguntó Sarutobi.
—No. Naruto hace lo que cree conveniente. Mientras no tenga órdenes directas, investiga por su cuenta. Su red de informantes es comparable a la de Jiraiya-sama. No tengo motivos para dudar, pues —inspeccionó su escritorio donde decenas de carpetas, con una llama oscura en la portada, estaban apilados —desde los once años ha luchado en cualquier guerra, las ha parado o encontrado solución: Aldea de la Nieve, Aldea de la Miel, Aldea de la Ola, Aldea del Cristal.
—No necesito que me lo recuerdes. Tuve que ir a sanarlo en más de una ocasión, pero se ha hecho más hábil. Van a ser cerca de dos años que no lo veo —dijo Tsunade poniéndose en pie.
—¿Decías? —retomó Sarutobi el hilo de la pregunta mientras prendía su pipa.
—Al parecer hay movimientos sospechosos en la Arena. Se infiltró dos veces, pero no consigue quedarse más de dos semanas. Es sospechoso que alguien de su edad esté solo. No es un lugar turístico. El camuflaje de comerciante tampoco sirve por la seguridad. En los últimos meses, la Arena está más desconfiada. Es necesario enviarle apoyo.
—¿Apoyo? Ese niño siempre ha trabajado solo. ¿Aceptará el apoyo?
—No tiene opción. Necesita una cuartada y que los ojos de los shinobi de la Arena no estén sobre él todo el tiempo. Si le sumamos que es una misión en la cual debe sellar su chakra, el apoyo es imprescindible, Tsunade-sama.
—Es cierto, Tsunade —respaldó Sarutobi—. Naruto es excepcional, pero no puede hacer todo. Estamos hablando de una aldea shinobi que está en alerta, además de que buscará información. Esta vez es diferente a la infiltración en la Aldea de la Roca: misión de mero reconocimiento. Naruto no puede infiltrarse a buscar información en una aldea shinobi sin apoyo, no en un tiempo tan corto.
—Sí —aceptó la kunoichi—; pero pocos saben de él, y los pocos que lo conocen son demasiados famosos como para infiltrarse.
—Ya lo pensé. Enviaré a dos agentes del AMBU y a una especialista. Cuatro serán suficientes. Naruto pensará en algo. Con un equipo para la distracción, debe ser factible.
—¿Quiénes son, Itachi?
—Pronto llegarán, Sarutobi-sama.
Ni bien terminó de hablar el Godaime, la puerta de la oficina se abrió de par en par dejando entrar a la secretaria acompañada por tres shinobis.
—Disculpe, Itachi-sama —dijo la secretaria. Por su apariencia era una Uchiha de casta pura—. Aquí están a quienes solicitó.
—Vaya grupo peculiar —señaló Tsunade con una sonrisa.
—Tsunade-sama, Sarutobi-sama, Godaime-sama, ¿Cuál es nuestra misión, y por qué ella está aquí? Ya no pertenece al AMBU.
