Ranma 1/2 no me pertenece. Este fanfic está escrito por mero entretenimiento.
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—Cero—
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Capítulo 4: Sin arrepentimientos
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Que la reunión no había ido bien era más que evidente, ambos hombres se subieron al coche que les esperaba aparcado en el sótano de la empresa, taciturnos, callados, y con muy diferentes ideas en la cabeza.
—Hablemos claro, necesitas echar un polvo.
Shôichiro no llevaba cinco años siendo su asistente por nada, le conocía todo lo bien que se puede conocer a alguien, o al menos, todo lo que se dejaba conocer Ranma Saotome.
Su mal humor había empeorado con los años, hasta convertirse en los últimos meses en un ser humano inaguantable. No le extrañaba que cada vez compartiera menos tiempo con sus amigos y rivales fuera del ring, o simplemente en charlas banales con patrocinadores. Ranma estaba de un humor de mil demonios y eso por un lado era beneficioso para las peleas, su testosterona estaba por las nubes, pero por otro lado… Comenzaba a ser tan incontenible como peligroso. Y Shôichiro parecía haber dado con la razón.
Siendo honestos era un tema que no trataban. Ranma era de trato frío con las mujeres, y él prefería no presionarle, pero llegados a ciertos extremos parecía que realmente iba a explotar.
—Déjame en paz —contestó el artista marcial, la cual era una frase que se había vuelto tristemente habitual.
—Te propongo un trato: katsudon con extra de huevo, carne y una cerveza. Hoy puedes comer lo que quieras.
El chico de la trenza alzó una ceja, repentinamente interesado.
—¿A cambio de qué?
—¿De qué va a ser? De que me cuentes de una maldita vez quién es.
Como respuesta recibió un nuevo gruñido, nada fuera de lo normal.
—Vaaaale Saotome, voy a tener que ponerme serio con este asunto. Soy tu jodido representante, amigo y niñera, y esto ya es inaguantable. O me explicas qué demonios te ocurre o juro que me largo, no estoy bromeando.
Y no lo hacía, en los últimos meses Ranma se había metido en varias peleas callejeras y comenzaba a saltarse sus entrenamientos. Era una puta bomba deseando estallar.
—Shô, ese es el único tema en el que nunca vamos a entendernos. No puedo... Ella... no puedo —se rindió llevándose una mano a los cabellos, desquiciado.
—¡Ella! ¡Por fin! —suspiró aliviado—. Es decir, existe. Hay una mujer allá fuera por la que tienes interés —Estaría sorprendido si no fuera porque se sentía tremendamente aliviado. Ranma apretó los dientes rindiéndose a la evidencia mientras su representante entraba en un parking de una pequeña callejuela. —¿Es When Min, la modelo coreana? Estuvo un buen rato hablando contigo en la fiesta del torneo cantonés.
—No —Ranma se descubrió tan incómodo como sonrojado, se desabrochó el primer botón de su camisa y se tapó la mitad del rostro con una mano.
—¿Lao Jiang? ¿Mikoto Nara? ¿Jijing Phu?
—No es una de las tontas modelos o cantantes que te empeñas en presentarme —Se quejó con fastidio, Shôichiro meditó un instante, pero no insistió. Acompañó al que había sido su amigo y jefe durante los últimos años hasta un recogido restaurante, un izakaya con una barra larga, conversaciones amortiguadas y densas nubes de humo de cigarrillo.
Ranma entró y tomó asiento con un mohín en los labios, Shôichiro ordenó rápido e insistió mucho en que le pusieran la jarra más grande de cerveza que hubiera en el restaurante.
—Entonces no es una modelo... —Se atrevió a continuar la conversación, mientras el artista marcial le daba un larguísimo trago a su bebida y resoplaba.
—Sé que no estoy en mi mejor momento, pero deja el tema, ¿quieres?
—Yo habría jurado que eras un gay reprimido con demasiado miedo a salir del armario. Y fíjate, después de tantos años me entero que existe una "ella": Real, de carne y hueso. Me siento muy traicionado.
—¡Venga ya! —se quejó dando un golpe en la mesa, mientras su interlocutor disimulaba una sonrisa de burla—. Sé lo que pretendes Shô, y ya te vas olvidando. No me vas a sonsacar ni una sola palabra más. He recibido el mensaje, cambiaré de actitud, ¿satisfecho?
Delante de ambos, el cocinero puso varios y apetitosos platillos, sashimi de atún, salmón y pez mantequilla; Tempura de gambas y calabaza, dos cuencos de arroz katsudon con sopa de miso y además una ración completa de guiso de ternera y patatas con soja.
Al chico de la trenza se le hizo la boca agua, inciso que aprovechó su representante para retirar discretamente los platos de su alcance.
—Un nombre, dime su nombre y juro que no preguntaré más.
—Te recuerdo que trabajas para mí, no tengo porqué decirte nada —Le advirtió el luchador.
—Y tú sabes perfectamente que lo que yo hago por ti va mucho más allá de lo laboral, así que dame su maldito nombre. Me lo debes, Ranma —terminó serio, y el chico de la trenza suspiró derrotado.
—Akane —dijo rojo hasta las orejas, antes de arrebatarle el tazón de arroz con pollo y comenzar a masticar a carrillos llenos, intentando dar así la conversación por zanjada.
Shôichiro arrugó el entrecejo, poco satisfecho.
—¿Akane qué más? No me suena de nada, ¿dónde la conociste?
Por respuesta Ranma apuró su cerveza, el camarero le puso otra jarra gigantesca, exactamente igual que la anterior.
—Vamos a hablar mejor de los patrocinios, eso es más provechoso —comenzó a decir sintiendo cómo se le trababa la lengua, no estaba acostumbrado al alcohol.
—Ya ha habido tiempo de hablar de eso y a su señoría no le ha dado la real gana de...
La conversación de ambos hombres se vio interrumpida por un lamento, un quejido en voz alta de un hombre que, a escasamente un metro acababa de estallar en llanto. Se trataba de un oficinista joven, de traje gris, maletín y pelo negro aplastado.
A su lado sus acompañantes le servían licor e intentaban calmarle a base de palmaditas en la espalda.
—Ritsukoooooo —vociferaba en un tono demasiado alto, estaba claro que se encontraba ebrio—. Ritsukooooo.
Le dio un largo trago a una cerveza, igual de grande que la que tenía Ranma en su mano.
—¿Por qué... por qué te casas con él? ¿Qué he hecho mal? —gimoteaba sin poder evitar que sus hombros convulsionaran, sus dos amigos hacían breves inclinaciones de cabeza dirigidos a los demás clientes del restaurante, abochornados.
—Al parecer la chica de la que estaba enamorado va a casarse —dijo uno de ellos en tono confidencial, aproximándose a Ranma y a Shôichiro. Ambos asintieron con pesar.
—Fui un cobarde —volvió a lamentar, sorbiéndose los mocos y enjuagándose las lágrimas en la manga de su americana—. Un estúpido cobarde, si le hubiese dicho que aún la amaba, si le hubiese pedido que se casara conmigo, entonces... entonces... ¡Ritsukoooooo!
El nombre de aquella mujer invadió el local, agudo y estridente.
—Vaya perdedor —Shôichiro sonrió incómodo, pero a su lado Ranma irguió la espalda y fijó los ojos en su bebida. Tragó saliva y apretó los puños.
El estoico guerrero oyó los gritos de amor desesperados de aquel penoso tipo, pero decidió que lo mejor que podía hacer era intentar acallar los suyos propios en su bebida. El gesto no le pasó ni mucho menos desapercibido a su astuto representante.
—Qué pena —dijo Shôichiro mirándole de reojo, intentando parecer indiferente—. Es la historia de siempre. Crees que habrá tiempo para todo: para ganar, para perder, para las segundas oportunidades… y al final los años pasan y solo queda arrepentimiento. Debe ser duro ver como el amor de tu vida se va con otro. Quién sabe, quizás al pobre diablo hasta le inviten a la boda.
Ranma apuró su segunda jarra y la dejó en la barra con un sonoro golpe. Se levantó de su banqueta y dio un traspiés, con la mirada enturbiada y claramente afectado por la bebida.
—Voy al baño —repuso con un hilo de voz.
Se tambaleó por el pasillo mientras el resto de comensales admiraban su porte, los músculos entrenados no se disimulaban lo más mínimo bajo su camisa formal.
Shôichiro esperó con el alma en vilo a que su jefe y amigo desapareciera de su vista, y se echó encima de su teléfono móvil olvidado convenientemente sobre la barra, con el ímpetu preocupado propio de una madre de un adolescente.
Lo desbloqueó con un gesto, conocía a la perfección las contraseñas de Ranma, aunque jamás se había atrevido a violaría su intimidad. ¡Pero se trataba de una emergencia, estaban en crisis!
Rápido como la centella entró en una famosa aplicación de chat por la cual él y Ranma solían conversar cuando era necesario. Buscó entre sus muchos contactos, dándose cuenta de que lo más parecido que había a una mujer entre ellos era su madre.
Frustrado optó por la desesperada, usó la búsqueda para teclear el único dato que sabía, el nombre de aquella mujer, y como resultado obtuvo un chat iniciado con un curioso contacto.
—¿Bruja estafadora? —leyó el nombre en voz alta, las cosas se ponían más y más raras.
Entró en la conversación para encontrar una charla de lo más extraña. La comunicación era a base de números y palabras ásperas, bien pareciera que Ranma le estuviera pagando por algún servicio. Abrió los ojos asombrado cuando descubrió las fotografías.
Una mujer de cabellos cortos sonreía a cámara en lo que parecían una recopilación de fotografías robadas y posados casuales, ¿ella era Akane? Con más dudas que antes se guardó a toda velocidad el número del contacto, y justo a tiempo dejó el teléfono del luchador en la barra cuando este volvía del aseo.
Le pidió otra cerveza.
—Voy un momento fuera, debo hacer una llamada —Se excusó dejando al chico de la trenza sumergido por completo en pesar y alcohol. En su poder, el contacto que podría terminar de una vez y para siempre con la incógnita, el secreto mejor guardado de Ranma Saotome.
Presionó su teléfono nervioso y llamó al número indicado. Apenas sonaron tres tonos cuando una voz femenina respondió a la llamada.
—¿Quién es? —preguntó distraída, Shôichiro tragó saliva.
—Soy... mi nombre es Shôichiro Nobu, soy el representante de Ranma Saotome —Se identificó rápidamente, al otro lado de la línea la mujer guardó silencio—. Necesito encontrar a "Akane" —terminó, rogando con toda su alma por que funcionara.
—Claro, serán 10.000 yens —respondió su interlocutora, el chico arrugó las cejas.
—¿Perdón?
—La información te costará 10.000 yens —repitió lentamente, como si hablase con alguien que no entiende el idioma.
—¿Me estás pidiendo dinero? ¡Ni siquiera nos conocemos! —protestó atónito.
—¿No quieres pagar? Bien, tú mismo —Y colgó sin más. Shôichiro miró su teléfono y sintió escalofríos.
—Bruja estafadora... el nombre te va que ni pintado —volvió a marcar el número y esta vez no llegó a dar ni un tono.
—¿Lo pensaste mejor?
—Sí, te pagaré, ahora dime quién es esa Akane.
—Estupendo, acepto transferencias, te daré mi número de cuenta. Akane Tendô es mi hermana pequeña —concluyó, y el chico habría jurado que esa mujer sonreía al otro lado de la línea.
—¿Y qué relación tiene con Ranma? —estaba tan intrigado como molesto.
—Oh, eso es más complicado. Tendrás que preguntárselo a él, yo sólo puedo decirte dónde encontrarla.
La bruja estafadora le envió una serie de datos por mensaje directo, entre los que se encontraba una dirección de Tokyo. Shôichiro sintió el vértigo del incipiente descubrimiento. No estaban lejos de allí, a tan sólo unas barriadas de distancia.
Un estúpido plan se formó a toda velocidad en su cabeza, miró hacia la puerta del pequeño izakaya, el idiota de su jefe y mejor amigo seguía ahogando las penas en la barra. Apretó los labios sabiendo lo que tenía que hacer.
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Despertó de sopetón, sobresaltada por los rápidos golpes que alguien daba a su puerta. Akane se levantó contrariada comprobando que eran poco más de las seis de la mañana.
—¿Pero qué…? —Aquella era la primera noche que pasaba fuera de su hogar en mucho tiempo, y le había costado conciliar el sueño en una cama ajena y tan impersonal como la de un hotel, así fuera de cinco estrellas.
Ataviada con un sencillo pijama consistente en un pantaloncito corto y una camiseta de tirantes caminó hasta la puerta en penumbras y la abrió apenas un centímetro hasta que comprobó quién era el culpable de su repentino despertar.
—Buenos días, ¿se te han pegado las sábanas? —preguntó Ranma con una sonrisa petulante y vestido de forma deportiva. Llevaba unas mallas ajustadas de running y una sudadera, además, parecía extrañamente espabilado.
—¿Estás de broma? Ni siquiera ha amanecido —le reprochó ella.
—¿No decías ayer que te ibas a asegurar que llevara una vida sana? Salir a correr es sano.
—¿Te estás vengando por lo de la cena? —preguntó sin poder reprimir un hondo bostezo, al final había hecho que le mandaran a la habitación una ensalada y un simple filete de pescado.
—Si te soy sincero ni siquiera la probé, me comí un bol de fideos con extra de huevo y carne.
—¡Ranma! —le reprendió ella.
—Llevamos un día trabajando juntos, vamos a llevarnos bien, ¿quieres? Yo no seré un capullo y tu deja de intentar mangonearme.
—¿Y cómo se supone que vas a dejar de ser un capullo? —dijo cruzándose de brazos, y haciendo que sus pechos sin sostén se marcaran de forma descarada en la camiseta.
—Mira… —empezó él perdiendo el foco y la paciencia—. He venido en son de paz, sales a correr o no.
Akane gruñó y terminó de abrir la puerta, le miró mientras mentalmente ponía en una balanza su orgullo y el sueño acumulado.
—Estaré lista en diez minutos —concluyó cerrando la puerta al sonriente artista marcial.
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—Bas...basta... por favor —dijo la chica deteniendo la carrera. Dentro de su rutina diaria seguía corriendo de forma habitual, pero desde luego no a esa velocidad ni durante tanto tiempo. Según calculaba podrían haber recorrido con facilidad más de veinte kilómetros.
—¿Ya? —se lamentó él con tono burlón, seguía trotando en el sitio y a pesar de estar sudando no perdía la sonrisa—. Estás desentrenada.
—Hemos corrido prácticamente media maratón —se quejó Akane con las manos apoyadas en sus rodillas—. Y eres tú el que tiene que entrenar, no yo.
—A ti tampoco te viene mal hacer ejercicio, necesitas levantar ese culo plano.
—¿¡Qué has dicho!? —protestó alzándose con fuerzas recuperadas y dispuesta a plantar batalla.
—Sólo digo que ya no tienes dieciséis —sonrió, y aquel comentario hizo que Akane le mirara seria, perdiendo por completo todas sus ganas de bronca.
—Me vuelvo al hotel —anunció mientras comenzaba a caminar hacia una calle principal.
—¡Eh! ¿Vas a enfadarte por eso?
—Dijiste que ibas a dejar de comportarte como un capullo, y te ha durado menos de una hora. Vuelve tu también, hoy tenemos que ver a los patrocinadores.
Le dejó con la palabra en la boca, Ranma suspiró y agachó la cabeza, había costumbres que eran difíciles de olvidar.
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Ranma volvió al hotel manteniendo una muy intensa conversación mental, se reprendía por la bobada que había dicho, pero por otro lado sólo era una maldita broma, no había razón para tomárselo todo tan en serio.
Que ella estaba dolida era más que evidente, que no le dejaría volver a acercarse tan fácilmente, también. Era como si Akane mantuviese en un perfecto equilibrio su orgullo y su razón, y eso le hacía volver a sentirse el inseguro idiota que había sido y que seguía siendo con ella.
Lo sabía bien, si la quería no bastaba con retenerla a su lado, debía vencer sus temores y hablar claro. A las mujeres les gustan los hombres directos, la inmadurez debía quedar a un lado.
Sí, estaba preparado para dar otro paso, el problema era que Akane no parecía estar en su misma página. Después de una separación tan dolorosa ambos habían cambiado, aunque a Ranma le gustaba pensar que seguía conociéndola bien.
Le pasaba algo, algo que obviamente no estaba lista para contarle, y él no forzaría las cosas, debía entenderlo mejor que nadie… Aunque se muriera de ganas por preguntar.
Se duchó a la velocidad del rayo, se puso uno de los mejores trajes que tenía, de color azul luminoso y cuello en negro satén. Se miró varias veces al espejo mientras hacía y deshacía su trenza, intentando darle un aire desaseado pero formal. Ajustó el cuello de su camisa mao negra, se abrochó los botones de la americana y se los volvió a desabrochar. No se decidía. Finalmente se puso un caro reloj y cogió su teléfono, abandonó la habitación y se dirigió a la cafetería del hotel.
Tenían una importante reunión y esta vez no iba a ser como la anterior con Shô, esta vez iba a impresionarlos a todos, incluida a su malhumorada representante.
Sonrió al aproximarse a la barra y encontrar sentada en un alto taburete a la chica que le tenía completamente obsesionado. Akane no paraba de leer una y mil veces una pequeña agenda, comparaba datos con uno de los viejos cuadernos de Shô y de ahí consultaba su teléfono móvil.
De alguna forma Ranma comprendió que se veía aún más hermosa cuando se esforzaba tanto. Se sentó junto a ella con la misma cautela que usaría para no espantar a un animal en el bosque, tranquilo y sereno. O al menos todo lo tranquilo que podía fingir estar.
—¿Qué miras tanto? —preguntó interesado, en respuesta Akane siquiera levantó la vista de su tarea.
—La última reunión con tus patrocinadores fue un auténtico desastre, o al menos eso es lo que pone aquí, ¿me puedes explicar qué fue lo que pasó? —dijo levantando la vista al fin y clavando sus duros iris en el azul del artista marcial.
Ranma ladeó la cabeza como si tuviera que pensar una respuesta, porque la verdad era demasiado vergonzosa.
—No estaba en mi mejor momento —respondió.
—Fue hace apenas unas semanas, qué pudo… —De pronto fue como si alguien encendiera una luz en un cuarto a oscuras, un súbito descubrimiento la asaltó sin compasión. Akane abrió los ojos sorprendida de la obviedad que estaba a punto de decir—, fue el día que viniste a buscarme.
Ranma se aclaró la garganta de forma sonora, poniendo un puño por delante de su boca y desviando la mirada.
—¿Nos vamos de una vez?
Ella asintió atontada, recogió sus papeles a toda velocidad y los metió en un bolso de mano lo bastante grande para guardarlos. Iba vestida para la ocasión, con una falda de tubo y una elegante camisa blanca abullonada. Hasta se había rizado ligeramente la punta de sus cortos cabellos, al igual que sus pestañas. Iba maquillada, llevaba pendientes, olía demasiado bien.
El chico de la trenza apunto estuvo de hacérselo notar. Un halago, una palabra amable… pero como siempre se vio invadido por la absurda timidez, esa que sólo parecía poder vencer si estaba completamente borracho o absolutamente desesperado.
El problema es que no sabía exactamente cuánto más tardaría en volver a estarlo. No quería estallar, no quería ser un bruto desconsiderado con sus sentimientos, pero por otro lado…
Caminó tras ella demasiado enfrascado en sus pensamientos, a las afueras del hotel les esperaba un taxi que les llevaría directamente a unas grandes oficinas, la sede en Tailandia del grupo empresarial que había representando a Ranma los últimos años.
—Déjame hablar a mi, tú haz el favor de asentir y mostrarse arrepentido por tu comportamiento en la última reunión.
—No fue para tanto —gruñó en respuesta—, es que me pidieron cosas absurdas.
—¿Absurdas? ¿Cómo qué?
—Como protagonizar un estúpido anuncio de refrescos.
—Oh, bueno, eso no me parece grave. Si a cambio de ese anuncio se les pasa el enfado lo harás.
—¿¡Qué!?
—Estoy aquí para velar por tí y por tu carrera, y está de más decir que llevas un tiempo sin tomar las decisiones adecuadas.
—¿Desde cuándo eres tan mandona?
—¿Y tú porqué no has madurado y has dejado de ser un maldito engreído? ¡Montar semejante lío por un anuncio! ¡Sin patrocinadores no tendrás ni dónde caerte muerto, te expulsarán de la copa Asia!
—Empecé sin ellos, puedo volver a hacerlo. Encontraré mejores patrocinadores.
Akane le miró furiosa, apretó los dientes y los puños, recostándose en el asiento del taxi.
—Volver a empezar —rumió para sus adentros—, no es tan fácil volver a empezar.
Y el artista marcial supo que en aquel momento ella no hablaba sólo de su carrera. Estaba allí, enquistado, crónico. No podían seguir adelante sin mirar antes hacia atrás.
—Escucha… Cena conmigo esta noche —dijo él, sintiendo cómo enrojecía hasta las orejas en el mismo instante en el que la invitación escapaba de sus labios—, por favor.
Ella arrugó las cejas y se cruzó de brazos.
—Tengo que buscarte un ayudante para los entrenamientos de suelo, no sé si me dará tiempo —Se excusó pobremente, mirando por la ventana.
—Akane… —extendió su mano y rozó su brazo con la punta de los dedos, consiguiendo que ella se encogiera aún más sobre sí misma. Los ojos de la chica se cristalizaron, mordió su labio inferior sin querer mostrar ni un resquicio de flaqueza, intentando con toda su alma huír de él en el escaso espacio del asiento trasero del taxi.
El vehículo se detuvo y el conductor, tristemente consciente de estar ante una pelea de pareja, les informó de que ya había llegado. Ranma se apresuró a pagar la carrera a la vez que la chica abría la puerta y salía escopetada, deseando que el aire fresco le devolviera la serenidad.
El chico de la trenza bajó despacio, se aguantó las ganas de continuar la conversación y metió las manos en los bolsillos de su elegante traje. Nadie dijo que fuera a ser fácil, y desde luego que no lo estaba siendo, pero que ella fuera tan malditamente orgullosa clamaba al cielo.
Se situó a su lado, justo enfrente de las grandes oficinas. Akane tomaba aire muy despacio y con los ojos cerrados.
—Vamos —dijo ella sin más, sin mirarle ni hacer un sólo gesto que delatara su estado de nerviosismo.
Y él la siguió, aún a pesar de que era su primera vez en aquel sitio la chica parecía querer llevar la voz cantante en absolutamente todo.
Les recibió una amable azafata que les condujo hacia una sala de juntas, donde tres hombres trajeados les invitaron a tomar asiento, con caras amables y grandes sonrisas. Los inversores principales eran chinos, y el tercero de ellos un traductor japonés.
Akane comenzó presentándose como la nueva representante de Ranma Saotome, y pidiendo perdón en nombre de su cliente y de la anterior persona que desempeñaba sus funciones. Ranma gruñó a su lado, pero agachó la cabeza y asintió, tal y como le había pedido ella, rendido a la evidencia. No le gustaba pero entendía que su orgullo ya le había causado demasiados problemas.
Los chinos parecían realmente encantados con la presencia de Akane, incluso uno de ellos se permitió soltar un ligero halago que hizo que ella se sonrojara adorablemente. El chico de la trenza volvió a gruñir y le dirigió una mirada cargada de advertencias.
Finalmente y tras un par de horas la reunión terminó de forma exitosa, asegurándose una nueva colaboración de tres años a cambio de que Ranma se prestara a varias campañas publicitarias y revalidara sus resultados actuales en el mundial asiático de artes marciales mixtas.
Cuando salieron del edificio era medio día, Akane parecía mucho más relajada y hasta sonreía levemente.
—No ha ido mal —suspiró llegando a la puerta, Ranma la seguía huraño con las manos aún en los bolsillos.
—Habla por ti —respondió él. Comenzaba a estar cansado y tenía hambre.
—Lo que es bueno para ti también es bueno para mí —respondió Akane sacando su teléfono y apuntando varias nuevas citas, sin prestarle la más mínima atención a su representado—, y ahora vamos al gimnasio a buscar a alguien que entrene contigo.
—No —se plantó el chico de la trenza, aún con las manos en los bolsillos y sintiendo como su enfado comenzaba a escapar a la razón—, eso puedo esperar.
—Ni de broma, la previa empieza en tres semanas y la competición en cuatro. Vamos tarde —razonó Akane comenzando a caminar por la gran calle plagada de edificios de oficinas.
—He dicho que puede esperar —repitió el artista marcial con los ojos en llamas—, antes quiero hablar contigo.
Y esa frase hizo que todas las alarmas saltasen en la cabeza de la chica. Le observó temerosa, sabiendo muy bien que no podía huir de aquello para siempre, y menos si él lo enfrentaba directo. Pero no estaba lista para hacerlo sin romperse en pedazos.
—No hablaré contigo de ningún tema que no sea estrictamente profesional —respondió con voz temblorosa, dato que no pasó por alto su interlocutor.
—Soy tu jefe, así que harás lo que yo te diga —Se impuso como no se había atrevido a hacer antes, dando un paso hacia ella y quedando a apenas unos centímetros de su cuerpo, mirándola desde su altura, invadiendo su espacio vital de forma hosca y violenta.
—No te atrevas —apretó los dientes la chica, con las lágrimas cuajando en sus iris—, ¡no te atrevas a hablarme así, idiota!
—¡Haré lo que sea necesario para que me escuches de una vez! —gritó, por la calle caminaba demasiada gente. Akane alzó un puño con la clara intención de golpearle en el pecho, pero Ranma fue más rápido, agarró su muñeca y comenzó a tirar de ella, llevándola a rastras y entre protestas hasta detrás del edificio, a un lugar prácticamente desierto.
La soltó cuando estuvo seguro de que no había ojos observándoles ni oídos curiosos captando su incómoda discusión. Ella se sobó la muñeca y se alejó dos pasos, aferrándose a su bolso.
No podían continuar así, pretendiendo ser dos desconocidos sin una historia a cuestas.
Ranma se aclaró la garganta, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra Akane alzó la vista y le enfrentó cargada de resolución.
—¿Quieres hablar? ¿Aquí? ¿¡Ahora!? Pues muy bien hablemos claro de una maldita vez: Fuiste tú el que me dejó —soltó a bocajarro, y el chico sintió como si sus palabras fuesen balas directas a su corazón.
Mudó el gesto abriendo los ojos, deshaciendo al fin su pose altiva y su dura mirada.
—¡Eso no fue lo que…!
—Ni siquiera te molestaste en despedirte, y eso fue suficiente para entender lo que significaba yo para ti, ¡nada!
—Te dejé una nota explicándome —Se excusó, aunque desde el principio sabía que tenía aquella discusión más que perdida.
Akane soltó una dura carcajada en respuesta.
—¿Explicando el qué? "Tengo que irme, lo siento mucho. Regresaré en cuanto pueda. Ranma" —citó de memoria, haciéndole ver que el dolor seguía siendo igual que el primer día, aunque ahora el tiempo le había dotado de una nueva perspectiva.
Lo había vuelto venenoso.
El artista marcial se revolvió los cabellos.
—¡Tenía diecinueve años! ¿Qué esperabas? ¡No lo entendía ni yo!
—Oh, entonces supongo que ahora ya lo entiendes y has montado todo este drama para explicármelo… —aventuró ella con ironía—. Te lo podrías haber ahorrado dándome otra carta de mierda.
—¡Estaba destrozado! Necesitaba entenderlo para volver a sentirme yo mismo, ¿qué más podía hacer? —dijo agarrando con furia su camisa, como si a través de ella pudiera hacer ver lo que en realidad albergaba en su corazón.
—¡Deberías haberme llevado contigo! —explotó ella—. Si yo te hubiera importado algo...
—¡Precisamente por lo mucho que me importabas no podía! —exclamó haciendo gestos amplios con las manos.
Se contemplaron con la respiración entrecortada, con ojos plenos y por momentos cargados de lágrimas.
Akane bajó la cabeza, no podía retenerlo más.
—Volviste allí, ¿verdad? Volviste a Jusenkyo —Su afirmación sólo obtuvo el silencio por respuesta. Ya estaba todo dicho, no podía retener más sus palabras al igual que no podía guardarse las lágrimas: cristalinas, estropeando su maquillaje, rodando hasta su barbilla—, y no sólo te fuiste tú, todos desaparecisteis. Primero fue Mousse, comenzó a estar raro con todo el mundo, hasta con Shampoo… Un día hizo la maleta y se marchó. Ella no tardó más de unas semanas en seguirle. Después Ryoga, vino a casa y se despidió de mí, dijo que debía emprender un largo viaje. Pensé que era parte del hecho de crecer, de hacernos adultos… Hasta que te pasó también a ti.
Akane le miraba rota y Ranma veía caer aquellas lágrimas impotente, culpable, y aún así quieto y callado, quizás sabiendo mejor que nadie lo que merecía su rencor.
—Tantos años soñando con el día en que te librarías de tu maldición, tantas aventuras con tal de conseguirlo… Y cuando desapareció te desquició por completo.
—No, yo sólo… —apretó los puños—, estaba triste. Fue como si me arrebataran parte de mí, como si alguien muy querido hubiese muerto —contestó sincero, avanzando hacia ella pero sin establecer contacto físico. Temía tocarla y ser rechazado de manera directa y brutal.
—Yo habría ido contigo —recalcó la chica.
—Necesitaba hacerlo sólo.
—No me malinterpretes, no te culpo por marcharte, pero sí por no regresar.
—¡Quería hacerlo!
—¡Pero no lo hiciste! ¡Incumpliste tu promesa y me dejaste sola! Al final Ukyo también cerró su restaurante y se marchó. Hasta P-chan desapareció. Fue como si tú y todas tus locuras jamás hubieseis existido, no quedó nadie. Parecía como si al fin el circo se hubiera marchado de la ciudad, sólo que se olvidaron de que ahora yo también formaba parte de la compañía. Me sentí tan absurda, tan… insignificante.
Reprimió un gemido y apartó la mirada, abrazándose para evitar temblar de rabia y dolor.
—Escucha, sí tardé no fue porque no me importaras…
—Es igual —Akane se apartó las lágrimas de las mejillas con la punta de los dedos, intentando recuperar un aspecto menos patético—, está en el pasado. Y ahora si me disculpas, "jefe", tengo mucho trabajo.
—¡No! Yo aún no te he dicho lo que…
—¡Me da igual! —gritó apartándose un paso de él, dejando clara la distancia afectiva y física, la abismal grieta abierta entre ellos—. ¡Todo lo que puedas decir no será más que una excusa! Ya te advertí que estaba aquí únicamente en calidad de empleada, así que no vuelvas a cruzar esa línea… O me iré.
Ranma asimiló la amenaza como una auténtica afrenta, apretó los dientes más frustrado de lo que se había sentido en años.
—¿¡Y por qué aceptaste el trabajo!? Deja de hacerte la digna, si estás aquí es porque sigues sintiendo algo por mí.
El mismo ególatra de siempre con la misma desconsideración. Los años no parecían pasar por la autoestima de Ranma Saotome.
Akane respiró dos veces.
—Acepté el trabajo porque pagas bien y porque amo las artes marciales. Deja de tenértelo tan creído —completamente superada por la vergüenza dió la discusión por terminada, intentó esquivarle pero parecía que su figura ocupaba todo el ancho de la estrecha callejuela.
Ranma tuvo la delicadeza de dejarla pasar, pero justo cuando parecía poder librarse al fin de su presencia la agarró del brazo, el artista marcial la miró tan serio como angustiado. En su tez podía vislumbrarse la lucha interna que atenazaba sus pensamientos.
Akane no se movió, atrapada de nuevo, tan cerca de él que dolía y quemaba, mientras aquellos ojos azules la herían desde la altura.
El cielo se iluminó, a lo lejos se escuchó el rugido del trueno y una fina y escasa lluvia comenzó a caer sobre las calles de la ciudad, amenazando por instantes en convertirse en tormenta.
Ella miró hacia las nubes oscuras, maldiciendo internamente por no haberse percatado de ellas mucho antes. Con urgencia intentó librarse de los dedos de tenaza que la asían sin posibilidad de escape.
Sí, ahora responder a las cuestiones de ese idiota era el menor de sus problemas.
—Suéltame —exigió angustiada, volviendo la mirada a las nubes y de regreso a él.
—Yo sigo sintiendo algo por ti —confesó, con la mandíbula a tensión y no sin titubeos. Lo dijo furioso y aún así suave, echándose a hombros de una vez toda su maldita timidez.
Akane se revolvió incrédula, ¿qué? ¿Es que alguien le había golpeado tan fuerte que había perdido completamente la razón? No tuvo tiempo de contestar, y aunque lo hubiese tenido no habría podido. La lluvia era cada vez más fuerte.
Corrió con el corazón en un puño, sintiendo como la tormenta tropical terminaba de empaparla, sin que el frío del agua corriendo por sus sienes la librara de la brutal desazón que se extendía en espasmos por todo su cuerpo. Se detuvo en las inmediaciones de una callejuela que olía a comida, atestada de neones y paraguas.
Miró su camisa blanca transparentando su sujetador que ahora y apenas llenaban sus pechos. La falda también le bailaba en la cintura. Emitió un gemido de fastidio al contemplar su imagen reflejada en una sucia cristalera: parecía que le hubiese robado la ropa a su madre.
Como si su vida no fuera lo bastante complicada, ahora tenía que pensar en la forma de enfrentar a ese idiota. Por suerte Ranma no se había dado cuenta del cambio antes de que lograra salir corriendo, no sabía en qué momento se había producido, pero el orgulloso luchador estaba tan pendiente de sus palabras que de seguro siquiera reparó en su aspecto.
Era mucho mejor así, había logrado ocultarlo de todo el mundo durante años, al menos desde que ella misma corroboró que no se estaba volviendo loca, que de una forma completamente absurda, sufría una maldición.
Y estaba muy lejos de estar lista para asumirlo, siquiera para decirlo en voz alta. Además, se trataba de algo tan nimio que bien llevado apenas se notaba, al menos por ahora.
No tenía por qué asustar a su familia, mucho menos a Ranma después de todo el sufrimiento que les había acarreado lo relacionado con Jusenkyo.
Si podía evitarlo, Akane prefería esquivar el tema. Ya bastante tenía con pensar en el porqué le ocurría aquello, como para siquiera comenzar a devanarse los sesos en la forma de revertirlo. No, eso sí que no.
¿Y si también le ocurría a ella? ¿Y si terminaba convertida en una triste sombra de sí misma, en un fantasma en busca de respuestas? No dejaría que la maldición la dominara, había decidido que si no le daba la menor importancia entonces no la tendría. Además, ¿lo que le ocurría realmente era una maldición? Al fin y al cabo seguía siendo ella misma.
No, no pensaba prestarle más atención que la imprescindible. Ahora su prioridad era buscar agua caliente. Miró a su alrededor con desazón, debía descubrir dónde había ido a parar en su vertiginosa huida y regresar al hotel.
Se abrazó intentando retener algo de calor, porque a pesar de que el clima era cálido el agua de lluvia le había calado hasta los huesos. Tiritó caminando sobre sus tacones por aquella calle, algunas personas la miraron con curiosidad, otras con alarma. Pero Akane no se mostraba abochornada, sólo harta. Y pensar que Ranma había pasado por eso mismo…
—Ey niña, ¿te has escapado de casa? —De pronto una voz masculina interrumpió sus atribulados pensamientos, un hombre corpulento se había plantado ante ella, cubriéndola en parte con su paraguas.
Akane dio un paso hacia atrás, saliendo de la agradable cobertura y exponiéndose de nuevo a la lluvia, recelosa.
—No soy una niña —contestó mostrando seguridad—, y estoy bien, gracias —dijo antes de volver a emprender su azaroso camino, pero el hombre la siguió.
—Sabía que eras japonesa —respondió a su espalda, y Akane se giró tiesa sabiéndose pillada.
Por un instante se había olvidado que estaba en otro país, y tan centrada estaba en sus propios problemas que siquiera recapacitó en que le estuvieran hablando en su propio idioma. Le prestó más atención.
Alto y de hombros anchos, brazos musculadísimos y nariz chata, con el pelo corto y apurado por los laterales. Le había visto una y mil veces en las revistas de artes marciales, ¿cómo demonios no le había reconocido desde el principio? Era Jun Ichirakawa, subcampeón de artes marciales mixtas, experto en suelo y uno de los peores rivales de Ranma.
Vaya mierda.
Se obligó a retroceder y sonreír forzada, esta vez sí que estaba en un buen lío.
—Perdona, no sabía que eras compatriota —respondió encantadora, esta vez aceptando la protección del paraguas.
—¿Vas al instituto? ¿Estás perdida? —La miraba insistente, Akane bajó la vista buscando la manera de salir de semejante lío.
—Yo… bueno, soy mayor de lo que aparento.
—¿Cuantos años tienes, catorce? Está muy mal merodear por estas calles tú sola, ¿dónde están tus padres?
—No tengo catorce… Tengo veinticinco.
El hombre la miró impávido.
—Llamaré a la policía, no puedo permitir que una niña japonesa ande vagando por los callejones de Singapur —dijo sacando su teléfono móvil.
—¡No por favor! No hagas eso —suplicó agarrando su brazo— ...señor —terminó temiéndose acorralada. Ese tipo no iba a cejar en su empeño, pero lo que era peor, ya la había visto, y era demasiado esperar que se olvidara por completo de su rostro. Al fin y al cabo seguía siendo ella… Una versión mucho más juvenil de ella.
—Dime dónde están tus padres, te llevaré con ellos —amenazó, y Akane suspiró pensando que estaba ante el tipo más caballeroso e idiota sobre la faz de la tierra.
—Justo me dirigía al restaurante donde hemos quedado —Se excusó pobremente, rogando porque funcionara—, me están esperando. No se preocupe señor, no me desviaré.
Y el hombre volvió a dirigirle una mirada recelosa, cargada de sospechas. Akane sonrió como sólo ella sabía hacer, intentando despejar toda duda sobre su persona.
—Bien, pero no te entretengas, Singapur es peligroso —dijo, y acto seguido le tendió su paraguas, lo cual ella agradeció sabiendo que de seguro no le quedaba más salida.
Le dirigió una pequeña reverencia en agradecimiento y aceleró sus pasos, sabía que Ichirakawa no le perdería ojo hasta que al menos doblara la esquina, quizás ni siquiera así.
Cuando encontró una calle principal paró un taxi, el conductor la miró extrañado, pues no era habitual encontrar una chica de instituto con semejante facha, y tampoco era agradable que le mojasen la tapicería. Akane le mostró apurada la dirección del hotel que guardaba en el teléfono.
Al ponerse el coche en marcha sintió al fin alivio, estaba siendo un día de locos, ¿qué iba a hacer ahora? No podría esquivar a Ichirakawa, de seguro la reconocería en cuanto la mirara dos veces a la cara… Y tampoco podía esquivar a Ranma.
Ah, Ranma.
¿Seguiría allí, en aquella callejuela? Quizás dolido, quizás molesto… en cualquier caso de seguro enfadado. El muy idiota no había esperado ni tres días para tirarle a la cara lo que ella no se atrevía a poner en palabras.
Lo sabía, él sabía de sus sentimientos, siempre lo había sabido y por eso se había permitido mostrarse tan arrogante. Pero en aquel momento a Akane no le gustaba pensar, no le gustaba hacerse preguntas dolorosas con respuestas aún más hirientes, y la apresurada confesión de Ranma se le antojaba como otra maldición más.
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¡Hola de nuevo!
Lo primero, ¡perdón por el retraso!
Estas fechas siempre suelen ser complicadas por múltiples razones, pero este año más que nunca parecía que no fuese a dar un respito para poder dedicar a este fic ni un momentito. Entre tanto ha sido el cumpleaños de Lucita-chan, ¡felicidades! y SakuraSaotome que se lo está pasando mucho mejor que yo de turismo por Londres, ¡que envidia de fotos! Muchas gracias por vuestros comentarios y correcciones.
Lo segundo para todas vosotras que con vuestros hermosos reviews me alegráis el día y me seguís dando energías para continuar escribiendo. Es verdad que últimamente avanzo más lento y me cuesta ponerme, es porque estoy llegando a un punto importante de la historia. Espero poder plasmar mis ideas con claridad e intensidad.
Gracias por seguir ahí. Felices fiestas y muchos besos.
LUM
