Ranma 1/2 no me pertenece. Este fanfic está escrito por mero entretenimiento.

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—Cero—

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Capítulo 8: Pesadilla

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Sólo un par de horas después del amanecer Akane se sentó sobre la arena blanca de la paradisiaca playa, y mientras observaba las olas del mar ir y venir se percató de que añoraba un poco su antiguo trabajo.

No la rutina, desde luego, pero sí a sus compañeras y a sus niños. El calor del sol no la confortaba, el encontrar la casa absolutamente vacía, sin una sola nota de despedida o explicaciones, tampoco.

Podría haberle escrito a Ranma por el teléfono, pero eso también la hacía sentir fría, además, no se sentía con la potestad de pedirle explicaciones (aunque era su representante, ella debería saber al menos dónde estaba). Obviamente ese idiota obsesionado con las artes marciales no podía estar en otro lugar más que en las instalaciones de Santos, empezando con su entreno matutino.

Se lo estaba tomando en serio y eso era justamente lo que Akane quería, pero maldito fuera, despedirse de ella tampoco le habría matado.

Tal vez ella estaba siendo un poco distante, quizás resultaba demasiado inaccesible con todo su rencor a cuestas. O es que había sido un error. Le dolía admitirlo, pero ella y Ranma ahora mismo tenían pocas cosas en común a parte de su obvio interés en la lucha de alto nivel. ¿Acaso había sido así siempre?

Con un suspiro se puso en pie y se retiró los restos de arena de las manos y de la ropa, regresó a la romántica (y brutalmente desaprovechada) cabaña y tomó su portátil. Debía responder a más de una veintena de personas y hacer otras tantas llamadas, su nota de prensa más que apaciguar los ánimos parecía haberlos levantado aún más.

Los foros de cotilleo hervían en histeria, mientras que las fans se esforzaban por localizar a Ranma allá donde estuviera, elaborando complicadas teorías sobre su supuesto "romance" y como ella le estaba llevando por el camino de la perdición. Akane se dijo a sí misma que no iba a seguir leyendo todas las tonterías que decían de ella en las redes sociales, bueno, solo un poco.

Afortunadamente su teléfono comenzó a sonar cuando iba a por la tercera hoja de comentarios insultantes. Lo tomó con expectación.

—Buenos días Nabiki —dijo sabiendo que aquella conversación podía ser mil veces más agresiva que toda una pila de insultos de desconocidos en internet.

—Buenos días, ¿puedes hablar?

—Sí, estaba respondiendo unos cuantos mails. Por cierto, ya te mandé la copia del contrato publicitario que cerré hace unos días, y necesito revisar con tu gestor de confianza la forma de pago de unas facturas.

Su hermana había resultado más que útil en su nueva aventura laboral. Nabiki no solo ejercía de forma brillante como abogada en un famoso bufete tokiota, sino que además la asesoraba o encontraba gente que lo hiciera a un precio más que razonable. No sabía como Ranma había podido sobrevivir tanto tiempo con el pobre Shôichiro al mando de todo.

—Ya, ya. No te llamo por trabajo, es que estoy preocupada por mi hermanita.

Akane soltó una carcajada no irónica.

—Sí, claro. Al grano, Nabiki.

—Bien, tu gato es molesto y se pasa las noches maullando. Hay que castrarlo.

—Mi gato ya está castrado. Si maulla es porque es un G-A-T-O, además, lo está cuidando Kasumi, tu siquiera apareces por el dojô.

—Si, pero ella no se atreve a decirte lo molesto que le resulta… tu gato.

—¿De verdad estamos hablando de mi gato?

—Quizás lo de no poder aparearse le ha creado un trauma.

—Oh dios, ¿estás dando tantas vueltas para preguntarme si me estoy acostando con Ranma?

—¿Lo estás haciendo?

—¡NO!

—¿Es por lo de papá?

Akane apretó los dientes y resopló molesta.

—No. Es por muchas cosas, y ninguna de tu incumbencia.

—Es agua pasada, Akane. A él le hubiese gustado que fueras feliz, y más aún si es con ese idiota que te buscó de prometido. En todo caso tengo que comentarte que ya he reservado el salón.

—¿Que has reservado él qué?

—El salón. Una amiga se casa en junio y me comentó que los salones buenos hay que reservarlos mínimo con un año de antelación. Como sé que me tocará ocuparme ya he pagado la reserva.

—Dime que estás de broma…

—Obviamente no he dado vuestros nombres, pero me gustaría que comenzases a elaborar la lista preliminar de invitados.

—Nabiki… no sé ni por dónde empezar… —dijo sintiendo que le faltaba el aire, que la asaltaba un súbito mareo que precedía a una migraña. ¿Por qué todo el mundo estaba tan jodidamente empeñado en lo mismo?

—Pues empieza por olvidar el resentimiento y meterte en su cama de una vez, un año pasa rápido y me he gastado 200.000 yens. Por cierto, te paso la factura.

—¡Anúlalo! ¡No somos pareja!

—La tía Nodoka ya está avisada y se va a comprar un kimono de gala. No puedes ser tan cruel de romper sus ilusiones.

—Por supuesto, ¡mucho mejor organizar la boda de una pareja que no existe!

—En unos meses me lo vas a agradecer, pero en todo caso no te llamo solo para saber si estais teniendo progresos, es que me preocupa que te escribas tú misma las notas de prensa. A partir de ahora me ocuparé yo.

—¿Q-qué tenía de malo? Obvio que quieres cobrarme por ello —dijo con la sospecha bailando en su mirada que dirigió hacia su teléfono.

—Obvio, pero voy a ser mucho más rápida y eficiente. Has tardado tanto que resulta de lo más sospechoso.

Akane suspiró hastiada, la conversación estaba siendo aún peor de lo que había sospechado.

—Sí, gracias. Aún soy nueva en este trabajo.

—Y deja de leer los comentarios que escriben las fans de Ranma. Las mujeres están locas.

—Nabiki, somos mujeres.

—Precisamente —reflexionó sin más. Akane tomó aire y lo soltó muy despacio.

—En realidad tengo algo que preguntarte, ¿por casualidad has seguido en contacto con Ranma durante los últimos años?

Se hizo un silencio desvergonzado al otro lado de la línea.

—¿Te molesta?

Eso era una confesión en toda regla.

—¿Qué le has contado? ¿Hablabais sobre mí? ¿¡Por qué no me lo dijiste nunca!?

—Ya, ya, tranquila. No le he contado casi nada, apenas hablábamos y cuando quería saber en qué andabas siempre era bajo pago.

—Oh dios mío, Nabiki…

—Lo normal es que pidiera fotos.

—¿¡QUÉ!?

—No insinuantes ni nada parecido, solo fotos tuyas… O saber dónde estabas pasando las vacaciones, si te encontrabas bien de salud, cosas normales.

—¡No sería tan normal si no se te ocurrió contármelo nunca!

—No te ofendas, ¿pero qué habría conseguido con eso? El pobre idiota ni se atrevía a hablarte, pero aún así seguía desesperado por saber de tí. Piensa que he estado manteniendo viva la llama mientras os decidíais a dejar de ser dos cabezotas.

Akane se mordió el labio inferior hasta hacerse sangre. No quería discutir, y no quería gritar a su hermana, respiró dos veces.

—Bien. Tengo trabajo, así que si no te importa…

—Te llamaré en un par de días —acortó Nabiki entendiendo, se despidieron con monosílabos fugaces.

Tras colgar Akane se estiró en su silla, cerró los ojos e intentó no gritar. También se hizo el favor de no seguir leyendo más comentarios en la red.

Nabiki había sido testigo de sus mejores y peores momentos, y cuando Ranma desapareció definitivamente de su vida había pasado por temporadas verdaderamente terribles. Aún así le parecía mezquino por parte de ambos aquella "colaboración" mantenida en los años. ¿Cuándo había empezado? ¿Y hasta cuando había durado?

Si seguía pensando le dolería la cabeza. Como en aquel entonces.

Una vez leyó en un libro que la memoria podía ser traicionera. Que lo que debía ser un río grande y caudaloso a veces tenía afluentes, islotes, y a otras veces terminaba en profundas lagunas.

A veces su cabeza se sentía cenagosa y oscura, habitada por los más insólitos seres abisales. No pretendía retener todos sus recuerdos, pero era consciente de que algo fallaba desde Jusenkyo. Cuando intentaba recordar, acceder a algunas de sus memorias se encontraba navegando por fango, escuchando voces distantes a través de un grueso cristal que hacía que su cerebro quisiese huir de su encierro dentro de las paredes craneales, convertirse en papilla viscosa hasta caerle por las orejas y las fosas nasales.

Algunos momentos concretos, nítidos en su corazón, se convertían en borrones en sus recuerdos. Así que Akane había decidido que lo que le pasaba era causa de todo lo vivido, al fin y al cabo era humana, no podía salir indemne de lo acontecido en China. Su cerebro debía haber adoptado una forma de autoprotegerse del trauma, de encerrar en su interior la locura de lo imposible para dejar sólo las certezas del sentimiento.

Decidió ser práctica y comenzó a preguntar a Kasumi, le hizo sacar álbumes de fotos durante largas noches, en las cuales repasaban acontecimientos. Ella sentía como refrescaba sus recuerdos, como volvían a ella fragmentos encerrados al otro lado del cristal, aunque después los dolores de cabeza eran aún peores.

Nabiki también ayudó, tenía en su haber montones de fotografías de momentos íntimos entre ella y Ranma, ¡la muy descarada! Hasta varios vídeos que Akane visualizó con morbosa curiosidad. De algunos guardaba retazos, de otros no. Recordaba la competición de patinaje y recordaba a Ranma recibiendo un golpe mortal en su lugar, pero volver a verlo resultó esclarecedor. Y en aquel entonces sintió su corazón brincar, sintió como volvía una vez más a enamorarse de él.

Jusenkyo había resultado ser un punto de inflexión para su atípica relación. Sus pies se asentaban sobre un terreno más firme, sólo para descubrir la resbaladiza pendiente que les llevaba directos al precipicio. Akane sintió un escalofrío mientras no podía evitar darle vueltas a aquellos convulsos días, justo antes de que él se curara de su maldición.

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El Nekohanten cerró tres días después de la visita de Shampoo. Akane no solía pasar por delante del restaurante en su regreso del instituto, pero no había vuelto a ver a la china y realmente le preocupaba lo que le hubiese ocurrido a Mousse, así que ese día se desvió de su camino habitual sólo para encontrar cerrado el restaurante.

Obvio aquello la preocupó, los chinos jamás cerraban, y no solo eso era lo alarmante. En la puerta había un cartel que indicaba que el local había sido vendido.

Akane se acercó tambaleante sin saber qué hacer, llamó a la puerta insistentemente, e incluso se coló en el patio trasero en busca de alguna señal que le pudiera indicar el paradero de Shampoo y su bisabuela, pero no encontró absolutamente nada.

Era normal que no se hubieran molestado en despedirse de ella, ¿pero qué ocurría con Ranma? ¿De él tampoco se despidieron?

Regresó al dojô Tendô arrastrando los pies, pensativa, sin poder dejar de darle vueltas al misterio. Y fue justo allí cuando se encontró con Ryoga.

Sintió un inexplicable alivio al verle delante de la puerta del dojô, de pie y con un pequeño presente entre las manos, seguro que comprado en algún rincón remoto del país en otro de sus largos viajes. La cotidianeidad de reencontrarse con un amigo, la absurda alegría de saber que él no se había ido como todos los demás.

—¡Ryoga! —exclamó con una sonrisa cálida en los labios, corriendo hacia él llena de expectación.

—Akane… —respondió él con un gesto cansado, con ojeras marcadas bajo sus ojos marrones y aún así luciendo claramente mejorado, como si el viento le alzara en su estatura, como si de repente hubiese crecido varios centímetros.

—¿Te encuentras bien? Pareces cansado, por favor, pasa y cena con nosotros —Le invitó como tenía costumbre de hacer, Ryoga asintió pero solo alcanzaron a traspasar la puerta cuando se giró hacia ella con un gesto imposiblemente triste.

—He venido a decirte adiós.

—¿Adiós? —Y su mundo comenzó a girar más y más lento, hasta detenerse.

—Debo irme, no sé si podré regresar —dijo con voz trémula, al borde del llanto.

—¿Qué? ¿A dónde? ¿Qué ocurre Ryoga? —contestó cargada de preocupación. No lo soportaría, no aguantaría una pérdida más.

—No puedo decírtelo, pero si consigo regresar… —Se acercó un corto paso hacia ella, la miró con los ojos cuajados en lágrimas, y justo después tuvo el atrevimiento de rozar su mejilla con la punta de sus dedos en un toque cargado de contención—, si regreso vendré a por ti.

Y obvio Akane no entendió nada, sólo se quedó allí plantada viendo como su amigo le entregaba la caja de dulces y volvía a salir por la puerta. Y el mundo comenzó a girar de nuevo, pero demasiado rápido, tanto que Akane se mareó y terminó sentada en el suelo sobre sus rodillas, tratando de respirar.

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La puerta de la cabaña se cerró. Akane pestañeó lento y levantó la vista de la mesa para descubrir con absoluta conmoción que había anochecido. Boqueó mientras sus ojos se quedaban fijos en la entrada, absortos en la figura del artista marcial que regresaba de entrenar.

Intentó levantarse de golpe, pero tenía las piernas entumecidas y lo único que consiguió fue hacer un torpísimo movimiento que terminó con ella de bruces en el suelo, retorciéndose en un quejido bochornoso y dolorido.

—¿¡Pero qué…!? —protestó Ranma apresurándose en soltar de golpe todas sus cosas y llegar hacia ella—. ¿Te encuentras bien? —dijo preocupado mientras la ayudaba a incorporar la espalda. Akane le miró colorada siendo consciente de que su fuerte brazo estaba sobre su hombro en un abrazo imprevisto.

—Yo… ¿Qué hora es? —preguntó torpemente, Ranma la observaba con un semblante extraño, pálido.

—Las siete.

—Oh, vaya. Debí quedarme dormida.

—¿Comiste? —preguntó con insistencia—, ¿te duele algo?

—No comí, se me olvidó. Me pasé el día…

Recordando. Naufragando en las profundidades de su laguna.

Pero no lo dijo. Forzó una sonrisa tranquilizadora que a él no le tranquilizó en absoluto.

—¿Se te olvidó comer? —repitió para estar seguro.

—De veras que no es nada, a veces me ocurre.

El chico de la trenza apretó los dientes y soltó un gruñido, después pasó las manos bajo sus rodillas y apretó aún más fuerte el agarre de su hombro, tras lo cual la alzó del suelo con majestuosa facilidad.

—¿¡Qué haces!? —alcanzó a protestar ella mientras sus fuertes y largos pasos la llevaban directamente al dormitorio.

—¡Te llevo a la cama!

—¡P-pero no quiero ir a la…!

Tarde. Ranma apoyó una rodilla sobre el colchón y ella vio sobrepasada y aterrorizada como su rostro se acercaba al de ella, como la posaba con infinita dulzura sobre la maravillosa cama y deslizaba las manos lejos de sus piernas y su espalda. Ranma la miró con las cejas fruncidas y la boca torcida a un palmo de su rostro, con las manos a ambos lados de su cuerpo en una postura tan peligrosa como absurdamente sexy.

—Vas a cenar —dijo, y ella asintió con los ojos fijos en los suyos, retorcida sobre el colchón, con la boca entreabierta llena de culpables deseos.

Ranma se levantó y se dirigió hecho una furia hacia la cocina. Akane trató de apaciguar a su pobre y acelerado corazón. Escuchó ruidos de platos, cubiertos chocando contra la vajilla, un par de maldiciones.

Se incorporó llena de curiosidad cuando el olor de comida recién hecha comenzó a invadir la pequeña estancia, Ranma no tardó en aparecer con una pequeña bandeja que depositó sobre sus piernas. Ella le miró asombrada.

—Sabes cocinar… —dijo mientras tomaba el tenedor y se lo clavaba a la tortilla perfecta que le ofrecía el artista marcial.

—Por supuesto —respondió él alzando una ceja, como si la simple duda le ofendiera.

—Pero estarás cansado, deberías ser yo la que…

—Come —Y no era una petición, era una orden. Se cruzó de brazos (y esos brazos cruzados eran como el nudo de un barco pesquero), y la miró insistente, ante lo cual ella no pudo hacer más que llevarse un pedazo de tortilla a la boca y masticar bien.

—Está buenísimo —dijo Akane tomando otro pedazo, sintiendo que la comida caía en su estómago como el agua sobre arena caliente, recordándole que de verdad había anochecido y que había pasado el día sin comer ni beber en absoluto. También había una ensalada improvisada, ¿significaba eso que Ranma había hecho algunas compras?

Alzó la vista mientras masticaba un trozo de tomate, el artista marcial continuaba mirándola con esa cara llena de preocupación, así que Akane no pudo más que terminar toda su comida y solo cuando acabó de beberse hasta la última gota de agua Ranma suspiró.

—Muchísimas gracias, me encuentro mejor —dijo ella volviendo a sonreír dulcemente e intentando apartar la bandeja, Ranma la tomó en su lugar y la dejó en una mesa cercana.

—¿Te ha ocurrido más veces? —preguntó él como quien no quiere la cosa, con una tensión afilada en su voz.

—¿Caerme? —preguntó alzando una ceja.

—Perder la noción del tiempo —repuso mortalmente serio—, olvidarte de cosas, sentirte débil…

La respiración del chico se aceleró, sus ojos se volvieron febriles mientras las palabras fluían a través de él, despedidas de su boca invocando sus miedos y fantasmas. Akane se incorporó de inmediato, él intentó retenerla.

—Estoy bien, Ranma. No me pasa nada —dijo sumergiéndose en sus iris azules, ahora tan asustados, tomó su mejilla ligeramente áspera entre las palmas de sus manos y le forzó a observarla—. Estoy aquí, estoy bien.

Bueno, casi.

Él frunció el ceño aún más, juntando sus cejas en una expresión al borde del llanto.

—Ranma, ¿has vuelto a tener esa pesadilla? —aventuró Akane, él puso las manos contra las suyas, intentando romper el contacto, pero ella le agarró el rostro terca adivinando que estaba intentando no responder. Se parecían demasiado.

Vio su nuez de adam subir y bajar mientras tragaba saliva y después, sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo apartó sus manos y miró hacia el suelo, esquivo.

—¿Seguro que estás bien? —insistió con voz ronca, Akane se esforzó por sonreír tranquilizadora.

—Lo estoy, no debes preocuparte por mi. Debes centrarte en el campeonato —reflexionó, pero viendo su expresión no pudo más que recordar todos aquellos estúpidos consejos que se empeñaba en darle todo el mundo sobre su actitud y dar su brazo a torcer—. Voy a darme una ducha, después si quieres podemos hablar del entrenamiento de hoy… O de lo que tú quieras.

Los párpados del chico se alzaron sobre sus ojos como un amanecer, un suave despertar.

—¿Podemos…?

—Cena tú también, necesitas recuperar energía —Le interrumpió Akane sintiendo la sangre agolparse en sus mejillas, dio un pequeño traspiés en su camino hacia la ducha y él se apresuró a agarrar su brazo, acompañándola gentilmente.

—¿Estás segura de que puedes sola?

—¿Pretendes ayudarme también con el jabón? —preguntó sarcástica, y él pareció pensárselo con una diminuta sonrisa pícara, olvidando momentáneamente sus tribulaciones.

—Si mañana aparezco con otro ojo morado Santos se reirá de mí, mejor no tentar mi suerte.

—¿Crees que te golpearía? —contestó siguiéndole el juego, haciéndose la ofendida.

—¿No lo harías?

—No, porque estoy segura que intentarías comportarte un caballero, y eso sería aún peor.

Ranma alzó una ceja, borrando su sonrisa y cambiando su expresión divertida por una absolutamente perpleja.

—¿Qu-qué significa eso? —dijo avanzando hacia ella, Akane se apresuró y le cerró la puerta en las narices, con una sonrisa coqueta en los labios.

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—Entonces mañana vendrás conmigo al entrenamiento.

Akane asintió mientras picoteaba algo de fruta, ambos se encontraban sentados en el sofá del salón y la tv estaba prendida en un canal de noticiarios en japonés.

—Mejor eso que quedarme aquí.

Ranma le había informado que Ichirakawa y su representante ya habían abandonado las instalaciones del gimnasio de Santos y regresado a Japón, para gran alivio de la muchacha. Seguía teniendo miles de asuntos pendientes, entre los cuales se encontraban cerrar una sesión de fotos para los anunciantes, afrontar la rueda de prensa pública antes del inicio del campeonato dentro de las propias instalaciones de la organización, reclamar facturas y afrontar otros tantos gastos. Aún así Akane prefería hacerlo con su portátil aunque fuera en una incómoda mesa que volver a perderse en divagaciones diurnas alentadas por el silencio y la soledad. Ranma también estaba feliz con el acuerdo, es más, estaba de un humor radiante. Hasta se había disculpado por no haberse despedido de ella en la mañana.

Le dirigía miradas esquivas tras las cuales su sonrisa se ampliaba aún más y Akane no podía evitar sentir un vuelco en el estómago, una inquietud apremiante.

A pesar de la invitación, el guerrero parecía no querer meterse en terreno fangoso ni tocar temas delicados. Se conformaba con la paz que se respiraba, con el (nada) discreto coqueteo del que se sabía protagonista. Con verla sonrojada, hablando más de la cuenta a causa de los nervios.

—Hoy me ha hecho repetir una y otra vez el mismo agarre, las mismas patadas de suelo y las contrallaves. Es bueno en eso.

Akane asintió satisfecha.

—Estoy segura de que mejorarán tus inmovilizaciones.

—Sí, debo darte las gracias por eso.

Ella le respondió con una sonrisa satisfecha de marisabidilla. La televisión seguía prendida, y de pronto la presentadora del telediario capturó poderosamente la atención de ambos.

— …y en cuanto a la información deportiva, hoy se ha llevado a cabo el funeral del bicampeón de peso medio chino, Zhang Lao. La policía japonesa en colaboración con la china trabaja para intentar esclarecer los hechos que rodean el extraño caso, los familiares y la pareja sentimental de Lao afirman que no se trató de un suicidio —declaró la mujer, tras lo cual dio paso a un terrible reportaje lleno de personas llorando, cámaras apuntando a familiares y amigos llegando al funeral y a los improviados altares que se habían erigido en su ciudad natal, llenos de inciensos, flores y velas.

Cuando la presentadora del noticiario comenzó a hablar de béisbol Akane apagó la televisión. La atmósfera cálida había dejado paso a otra cosa, fría y extraña.

—Ranma… —empezó ella mirándolo de soslayo.

—¡Joder! —exclamó indignado el luchador poniéndose en pie—. Esos idiotas no encontrarían ni un árbol en mitad del desierto, ¡te dije que no se había suicidado! ¡Lao era un desquiciado de las artes marciales!

—Es cierto que lo dijiste —reflexionó Akane viendo como se le desorbitaban los ojos, como la noticia volvía a afectarle de manera personal—, ¿quizás tenía deudas? ¿asuntos con la mafia?

Ranma se pasó una mano por la cara.

—Era un tipo muy duro, no me creo que no diera pelea… esos idiotas.

—Lo encontrarán, ya verás… deberías acostarte, mañana también tienes un día duro de entrenamiento.

El artista marcial cerró las manos una y otra vez, después asintió y se encerró en el baño un buen rato. Emergió con el cabello húmedo y suelto, y con aspecto agotado. Akane se encontraba en la cama leyendo los últimos mensajes que había recibido en su teléfono, espero que él se metiera entre las suaves sábanas para apagar la luz.

El silencio de sus respiraciones pareció ocupar todo el espacio, comerse los demás sonidos de la noche.

—Volvió en el avión —dijo Ranma en un murmullo, Akane no pudo más que girarse hacia él pensando que le había entendido mal.

—¿Cómo dices?

—La pesadilla. Cuando te sentaste a mi lado en el avión de Tokyo a Singapur.

La muchacha contuvo el aliento, intentando encontrar sus ojos en la oscuridad, al otro lado de la cama, comprender lo que él le estaba confesando en un momento de debilidad.

—¿Es la misma? —preguntó aún a pesar de conocer la respuesta, sintiendo que la garganta le dolía intentando retener las ganas de gritar.

—Sí. No había vuelto a tenerla desde… desde que me fui del dojô.

Akane boqueó y se levantó de la cama, se mordió el labio intentando pensar, llegar a alguna conclusión coherente acerca de todo: de su maldición, de la curación de Ranma, de su memoria llena de pozos y agujeros, de esa jodida pesadilla. ¿Cómo no iba a estar todo relacionado? ¿Cómo ignorar que seguían atrapados en algún tipo de maldición siniestra, sin escapatoria posible?

—...pero ayer no soñé —continuó él, inmovil entre las sábanas, ajeno a las tribulaciones de su ex-prometida—. Después de un tiempo llegué a la conclusión de que esa pesadilla sólo regresa cuando siento demasiado miedo, cuando recuerdo Jusenkyo y lo que te ocurrió. Cuando te tengo cerca.

—Entonces deberías habérmelo contado desde el principio, no puedes permitirte no dormir —Se levantó y tomó un cojín, con toda intención de irse al sofá del salón, con la cabeza hecha un lío y las manos temblando.

—No lo entiendes, ayer no soñé. Ayer te tuve cerca físicamente y eso hizo que pudiera dormir. Mi subconsciente lo sabe de alguna forma, te reconoce al oído, al tacto. Me pasaba igual en el dojô cuando dormíamos juntos… Y esa noche antes de…

—Sí, recuerdo esa noche —interrumpió ella en un graznido.

—Disculpa, no era mi intención incomodarte.

Akane tomó aire con un hondo suspiro, había sido ella la que le dijo que podían hablar de cualquier cosa, de lo que él quisiera. Quizás debió de matizar que de todo, menos de eso. En las sombras nocturnas distinguió la figura del muchacho en la cama, quieto, recto, callado como un muerto.

—¿Qué puedo hacer… qué quieres que haga? —preguntó ella rindiéndose a su asfixiante confesión, dejándose caer de forma pesada sobre su parte del colchón.

—No sé si es demasiado egoísta por mi parte… pero necesito que te acerques un poco más.

Ella le observó escandalizada.

—¿Cómo de cerca?

—Lo justo para oírte respirar.

En cualquier otro momento, muy seguramente Akane le habría golpeado, o como mínimo le habría mandado a la mierda pensando que se estaba riendo o aprovechando de ella. Pero reconocía el tono afligido en su voz, la cadencia rítmica de su respiración acelerada en conjunto con el sudor frío que sabía, perlaba su piel. La expresión de niño perdido, de profundo desconsuelo con la que se le había aparecido en el pasado, a los pies de su cama. La misma que aquella tarde mientras la levantaba del suelo.

Maldiciendo esa parte tan débil de ella, aunque diciéndose que estaba actuando como toda una manager profesional, preocupada por su cliente (JA), Akane se recostó en la cama y se aproximó un poco más hacia el medio.

—¿Aquí está bien? —tentó, a lo que Ranma respondió moviéndose un poco, haciendo que su pequeño cuerpo sufriera los cambios de presión sobre la superficie.

—Déjame ver… —evaluó reacomodándose—. Podría servir, desde aquí seguro que escucho tus ronquiditos de ratón.

—¿Cómo dices? —dijo molesta.

—Cuando duermes haces ese sonido con la nariz, como un silbido de ratón —dijo la voz tomada de Ranma antes de dar un profundo bostezo.

Se había quedado a apenas un metro, con el rostro vuelto hacia ella y vistiendo su camiseta de tirantes, unos pantalones anchos y una sonrisa.

—Yo no ronco —repuso Akane un poco molesta.

—No importa, me gusta —contestó él cerrando los ojos—. Buenas noches.

Akane sin embargo se encontró con un serio problema para poder dormir. Viéndolo sumergirse en los mundos de morfeo, observando de cerca su rostro en paz no pudo evitar recordar esa noche de la que no había querido hablar. Se cubrió con la sábana, roja y perturbada, acalorada en lo más profundo. Se preguntó si él también pensaba en aquello, si seguía recordándola de aquella forma, momentos antes de abandonarla.

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La semana siguiente pasó en un pestañeo. La rutina del entrenamiento se instauró de forma natural entre ellos, así que las actividades diarias les restaban cualquier instante de charla coloquial o relax. Pero al final del día cenaban juntos en la cabaña, e incluso algún día se permitían salir y comer deliciosa comida local. Ranma se mantenía centrado y en su perfecto peso, mejoraba a instantes con el entrenamiento, no por nada se había ganado el apelativo de "genio de las artes marciales".

Y Akane organizaba, dirigía y miraba. Le observaba por las mañanas salir a correr por la playa, y en los amaneceres tempranos, con un té entre las manos, le había pillado haciendo un complejo ejercicio de katas a la orilla del mar de ejecución contenida y perfecta, con su figura acariciada por los primeros rayos de sol.

Eran las mismas katas que le enseñó su padre de niña.

La nostalgia la golpeó tan fuerte que sus ojos se cuajaron en lágrimas gruesas, y antes de que pudiera darse cuenta estaba moviendo los pies intentando seguirle el ritmo, imitar esos movimientos codificados en su cerebro, grabados en sus músculos, latiendo en su cabeza.

Fue una estupidez, casi se le cae el té.

Soltó un quejido cuando parte de la infusión caliente cayó sobre uno de sus pies. Recuperó el equilibrio y cuando alzó la vista se encontró con la mirada del chico fija en ella, sorprendido en la distancia.

Corrió a esconderse en la cabaña.

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Iban callados en el taxi de camino al dojô personal de Santos. El día anterior ya habían entrenado en aquellas instalaciones, por lo que el camino no les resultaba desconocido.

Tal y como había podido adivinar Akane, a medida que se acercaba la fecha límite para el inicio del campeonato y que el entrenamiento enfrentaba su recta final, Santos había preferido la intimidad de su gimnasio privado antes que la mirada de posibles curiosos de la competencia.

La casa de Santos lindaba con el inicio del bosque tropical, y anexo se encontraba un gimnasio perfectamente equipado, con un tatami de primera calidad, algunas máquinas de musculación, duchas y por supuesto, aire acondicionado.

Akane se había mostrado satisfecha de que instalara un espacio a modo de despacho solo para ella, y Ranma había asentido al verla trabajar desde su lugar de entrenamiento, igualmente complacido por el trato.

Llegaron temprano, Santos les había proporcionado una copia de las llaves del gimnasio para que Ranma pudiera calentar desde primera hora o quedarse hasta el final del día. Akane las sacó de su bolso y encendió la luz, dejó la puerta abierta dejando que lo que restaba de brisa matutina entrara en el lugar antes de iniciar los agotadores ejercicios.

—Me cambio y comienzo a calentar —dijo el chico dirigiéndose hacia el pequeño vestuario, ella asintió y dejó su bolso encima de la mesa de plástico plegable que usaba para trabajar. Se apoyó trabajosamente sobre ella y suspiró mientras sus ojos vagaban por el tatami.

¿Cómo se sentiría bajo sus pies? ¿Se parecería al tacto del de su casa en Japón? ¿O quizás sería más rígido a causa de los múltiples entrenamientos y pisadas?

En parte movida por la curiosidad, en parte por ese sentimiento de añoranza que Ranma había invocado inadvertidamente en ella, se descalzó y caminó hasta situarse en mitad del tatami. Respiró, dejó vagar la punta de sus pies. Se puso en posición de combate.

Allí estaba, podía verlo. Lo recordaba.

Sus pies fueron primero y les siguió el resto de su cuerpo, no llevaba ropa adecuada para la práctica, aunque al menos vestía unos pantalones cortos moderadamente anchos que le permitían cierta libertad de movimientos.

Comenzó la kata, las manos empuñadas, las rodillas dobladas. Giró lento siguiendo el recuerdo, la práctica que permanecía indeleble en lo más profundo de su ser, grabada en su alma. Le estaba costando mantener el equilibrio, sus músculos no tardaron en quejarse por el súbito esfuerzo, pero los ignoró. Continuó hasta que por el rabillo del ojo adivinó que alguien la observaba, él la miraba boquiabierto.

Akane se detuvo, con una gota de sudor anunciándose en su sien, con el aliento caliente y los ojos embrujados, poseídos por la alarmante necesidad de continuar. Ranma se acercó cauto y con un breve movimiento de cabeza le pidió que no se detuviera.

Ella tragó saliva, sintió el fantasma de los nervios mordiendo su estómago pero volvió a girarse dándole la espalda, e intentó sonar indiferente.

—Ha pasado mucho tiempo, creo que no lo hago bien —dijo sin percatarse de lo pequeña que le salió la voz.

—Sigue, por favor… no te molestaré.

—No soy tan buena como tú.

—Hace mucho que no veo a nadie hacer los movimientos de nuestra escuela, prometo que no te molestaré, hagamos la kata juntos, como en los viejos tiempos —rogó conciliador, y Akane cedió porque lo estaba deseando, porque desde que le había visto hacerlo no podía pensar en otra cosa.

Había olvidado cuantísimo amaba el arte, lo bien que la hacía sentir, la paz que despertaba en ella mientras practicaba, así que tras un asentimiento comenzó de nuevo.

Akane tensó la punta de sus dedos, deslizándolos sobre los tatamis sin hacer ruido a la par que sus manos se cerraban, abrían y empujaban repitiendo las katas que su padre le había enseñado cuando apenas levantaba un metro del suelo.

Y él la seguía sin palabras, detrás de ella calcando sus movimientos, haciéndolos suyos. Sentía su presencia, su respiración. Sentía sus ojos concentrados clavados en su cuello.

Aquello era lo más parecido que habían hecho nunca a bailar. Lo más cerca que se podían sentir de compartir un ritmo.

Akane se detuvo después de un tiempo indefinido, demasiado extasiada en el movimiento, en el arte y el sabor de la nostalgia. Del reencuentro con algo largamente olvidado. Sus brazos se mantuvieron tensos en la última posición, sus piernas separadas con rodillas fuertes. Estaba jadeando por el esfuerzo.

—Intenta… —dijo la voz del chico tras ella, acercándose tentativo— …la forma del agua —susurró junto a su oído, irrumpiendo suave en su espacio personal con un interés aparentemente técnico. Puso su mano sobre el puño apretado de ella, y con un movimiento ligero como una caricia estiró sus dedos dejando su palma a la vista. Repitió con la otra mano y después, con su pecho prácticamente tocando su espalda, empujó delicadamente sus caderas posando sus grandes manos sobre ellas, arrastrando uno de sus pies hacia dentro, subiendo su punto de equilibrio unos centímetros.

—¿La forma del agua? —preguntó ella, mientras sus manos cálidas aún la retenían, era un roce y al mismo tiempo era algo más. Algo sin nombre. Tomó aire lentamente y lo contuvo en sus pulmones.

—Más suave, fluye como el agua —dijo Ranma intentando iniciar el movimiento, clavando la punta de los dedos en la corva de su pelvis. Ella intentó seguirle, deslizándose en un ritmo lento, con sus manos girando despacio como si pudiera empujar ríos y océanos con la palma extendida.

El calor a su espalda era tan jodidamente íntimo que abrasaba. La kata avanzaba sedosa mientras ella se movía sobre sus pies y él le daba pequeños toques en los codos, doblándolos en contención, en los pies con sus pies, empujándolos hasta que sus músculos se estiraban todo de sí. Akane sentía la cabeza embotada, el pulso jadeante en su garganta, una sensación cálida y exquisita corriendo por toda su piel. Cerró los ojos.

—Es como bailar —reveló sin poder evitarlo sintiendo el toque de una de sus manos sobre su cadera derecha, apenas rozando la tela de sus pantalones—, aunque no creo que tú bailes —Se corrigió de inmediato, y ante la afirmación sintió que él se tensaba tras ella, aún empujando sus manos para hilar el siguiente movimiento pero apreciativamente más rudo.

—Sí bailo —respondió y al juzgar por su tono estaba un poco molesto.

—¿En serio? —preguntó ella perdiendo momentáneamente el hilo de los movimientos, él apoyó por completo la mano en su cintura, impulsandola gentil para que continuara el ejercicio. Y la dejó ahí.

—Si la música es buena… —aventuró.

—Me encantaría saber qué música hace bailar a Ranma Saotome —sonrió mientras hacía un complejo giro de manos, arqueando los codos y girando ciento ochenta grados sobre su eje.

—Depende de mi humor —contestó él cerca de su oído, siguiéndola en la ejecución.

—¿Escuchas a las Momoiro? Apuesto a que sí —Se burló mientras intentaba mirarlo de reojo, sintiéndose inesperadamente juguetona, pero tan sólo atisbó a ver parte de su cuello.

Se encontraba cerca, aunque evitaba acortar aún más las distancias. Su mano seguía terca anclada a su piel, pero de alguna forma sus dedos… Sus dedos se deslizaron suavemente apenas dos centímetros, una caricia inadvertida.

—Las canciones de las Momoiro las canto en la ducha —contestó él, con un ligero tono socarrón—. Pero para bailar prefiero el pop clásico.

—Oh —dijo impresionada—, seguro que tienes mucho éxito en las discotecas, sobre todo entre las mujeres de más de cuarenta años.

—Te sorprenderías —rio siguiéndole el juego, intentando guiarla en el movimiento—. Vas demasiado rápido, el movimiento es más lento y contenido, si no el ejercicio no es efectivo.

—Hace mucho que no practico —Se excusó expulsando su acalorado aliento en una bocanada agotada. El sudor cubría su piel, rodaba entre sus pechos mojando su sostén de encaje, nada apropiado para el ejercicio.

—Y aún así te acuerdas bien… —repuso él enlenteciendo el movimiento, pegando por completo su pecho a su espalda, guiando sus pies en un cambio de ángulo que convenientemente favorecía que pudiera asomarse por encima de su hombro para contemplar su camiseta con ligero escote, expuesto desde la altura.

—Hay cosas que no se olvidan —dijo ella apoyando su peso contra él, sabiendo que estaba cayendo en un delirio provocado por el cansancio y el calor. Por su cercanía y sus dedos rozándola tenuemente.

—Yo creo que es instinto. Tienes instinto para las artes marciales, no puedes ignorarlo —Y aún a pesar de estar dándole la espalda Akane adivinó que en el perfecto rostro de Ranma Saotome había una sonrisa victoriosa. La mano que apoyaba en su cintura se hizo más firme, ella suspiró y sintió su nariz aspirando el aroma de sus cabellos en un silencio inefable.

—Las necesito —susurró cerrando los ojos, con el corazón desbocado y la cabeza en las nubes, sintiendo la perfecta anatomía de Ranma contra ella—, me hacen sentir bien.

La mano del chico se deslizó como una gruesa boa por su cintura, levantando la tela que la cubría. La atrajo hacia sí mientras con la otra mano agarraba uno de sus hombros. Habían dejado de moverse, ahora sólo se balanceaban en una especie de roce que por instantes se tornaba en vehemente ardor.

Percibió el rostro de Ranma contra su cuello, sintió su cálido aliento erizar los vellos de la nuca con cada una de sus profundas respiraciones. Se percató de sus perfectos y duros músculos, y en un alarde de estupidez, ella también agarró ese brazo que se enredaba posesivo en su cintura, contra la piel desnuda, alzando su camiseta. Akane volvió a suspirar con los ojos cerrados en ese baile demoledor, moviéndose apenas, rozando su trasero contra la parte más baja de su abdomen.

Y el artista marcial soltó un gemido gutural lleno de contención, de las más pura emoción ante semejante deleite. Estaba absolutamente duro y se lo hizo notar apretándose contra su trasero.

—Dios mío… —suplicó Akane derritiéndose contra él como la mantequilla fundida, con las piernas flojas y el corazón a punto de explotar. Su mano subió hasta prenderse del cuello de él, enredando los dedos en sus cabellos azabaches mientras aquel movimiento les arrastraba directos a las garras de la locura.

—Iba a preguntar que si ya habías calentado, pero veo que no hace falta… —La voz del entrenador Santos les cayó encima como un jarro de agua helada. Se soltaron al instante, saltaron casi dos metros en direcciones opuestas y Ranma tuvo el buen gusto de darse la vuelta absolutamente abochornado por su estado. La risa del hombre provenía de la puerta y resonó por todo el gimnasio—. Dúchate y da tres vueltas a las instalaciones, y usted señorita Tendô, tenga la discreción de no entretenerle.

Y Akane estaba tan genuinamente avergonzada que ni siquiera contestó, miró por última vez a Ranma por el rabillo del ojo y con toda la dignidad que le quedaba se arrastró hacia su bolso.

—Hoy trabajaré en casa —dijo como despedida, luego salió por la puerta con la cabeza entre los hombros ante la muy divertida mirada de Santos, se alejó varios metros andando y llamó a un taxi por la app de su teléfono. Mientras esperaba soltó un grito desquiciado que ahogó entre sus manos.

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..

...

Cansada, se sentía cansada.

La descarga de endorfinas había dejado paso a un estado de somnolencia brutal que la obligó a darse una ducha fría, e inmediatamente después volver a meterse en la cama.

Eso no tendría que haber pasado. Se suponía que eran adultos profesionales, se suponía que ella trabajaba para él y se suponía que no iban a tener ningún tipo de conversación o contacto íntimo de ninguna clase. Ella se lo había dejado claro desde el primer día. Ella se había saltado sus propias normas en menos de un mes.

No aguantaría así ni una sola noche más, debía ponerle fin a lo que fuera que habían reiniciado y regresar al pensamiento práctico, poner los pies en la tierra y centrarse en lo importante: El campeonato.

Trabajó lo que restaba de día, también paseó por la playa y vio algo de televisión. Pidió comida a domicilio y contempló con preocupación como la tarde dejaba paso a la noche, sin noticias de él.

Cogió su teléfono y armándose de valor llamó al número de Ranma, para su sorpresa escuchó el tono de forma lejana, en algún lugar al otro lado de la puerta. Abrió con precaución sólo para encontrarse al chico parado en la entrada de la cabaña, con el teléfono en la mano y una expresión pensativa.

—¿Qué haces ahí? —dijo ella frunciendo las cejas, Ranma se rascó la nuca a la vez que estiraba el cuello.

—Es que… no sabía qué decir —contestó, y ni la oscuridad pudo disimular el sonrojo que se extendió por sus mejillas, por sus orejas y por su cuello.

—¿Cuántas horas llevas ahí plantado?

—Ummh… ¿dos?

Akane tomó aire dispuesta a ser la parte madura de la conversación.

—Escucha, lo de esta mañana no ocurrió —zanjó muy decidida (y nada madura), tras lo cual y sin esperar réplica caminó hacia dentro de la cabaña y se dejó caer en el sofá encendiendo la tv—. Y ya que lo hemos aclarado, ¿cenaste?

Ranma cerró la puerta a su espalda y se apoyó sobre la suave superficie de madera, evaluando sus palabras.

—Será en tus términos —dijo con su bolsa de deportes aún colgada de un hombro y observándola desde una distancia prudente—, no pretendo agobiarte ni que salgas huyendo, por lo que será en tus términos. Aún así te rogaría que si no quieres que explote como una puta piñata dejaras de coquetear conmigo, por favor.

Akane se giró en el sofá, con la boca abierta entre la indignación y la incredulidad.

—Yo no he coqueteado contigo.

—Oooh, sí que lo has hecho —replicó él moviéndose, dejando su bolsa sobre la mesa de la pequeña cocina y buscando agua en la nevera.

—Engreído… —masculló entre dientes dirigiéndole una mirada capaz de congelar el infierno, Ranma se giró hacia ella y apoyó ambas manos sobre la barra de la cocina americana en una pose peligrosa, mirándola mientras se agachaba muy despacio.

—Te acabo de rogar que no coquetees.

—Hay que estar enfermo para creer que un insulto es un intento de seducción —replicó sintiendo la lengua floja y sus ojos azules fijos en ella, cargados de ira y truenos.

La mirada de Ranma vagó desde sus ojos a sus labios, y después regresó a sus ojos en un ejercicio de absoluta contención.

—Voy a poner un par de sillas en medio de la cama de matrimonio, no vayas a caerme encima en mitad de la noche, porque no respondo —dijo, y acto seguido hizo lo prometido, agarró las banquetas situadas junto a la barra de la cocina y se las llevó al dormitorio. Akane no se molestó en ocultar su molestia.

—¡Eso no es necesario!

—¿Son esos tus términos? —preguntó exasperado, colocando las sillas.

—Sólo digo que tienes que dormir, ¡apenas quedan dos días para terminar el entrenamiento!

—¡Dos días más aquí! —recalcó terminando su "obra".

—¡Me iré a un hotel si tanto te molesto!

—¿Tomas anticonceptivos? —preguntó de golpe, profundamente ofuscado.

—¿Q-qué te importa? —consiguió articular con la mandíbula desencajada mientras el artista marcial daba un par de pasos hacia ella, esperando una respuesta.

—Responde —insistió, y Akane caminó hacia atrás intentando no ser arrinconada por su enorme cuerpo, por sus profundos ojos.

—No —contestó, Ranma pareció deshincharse unos centímetros.

—Empieza a hacerlo.

A la chica no le quedó más remedio que soltar todo el aire que contenían sus pulmones en un jadeo incrédulo. Se cruzó de brazos absolutamente perpleja, dispuesta a ponerle en su lugar.

—N-No pienso… ¡eso es personal!

Pero Ranma parecía haber terminado con el tema, se giró hacia su lado de la cama y buscó su pijama. Comenzó a desvestirse furioso y Akane pegó un respingo dándose la vuelta para no mirar.

—Ah, y vas a tener que darle a Santos una "propina" por sus servicios, le gusta demasiado el dinero como para no decirle nada a la prensa.

—¡Lo que faltaba! —Se quejó con los ojos dándole vueltas.

—Y además tengo un mensaje de mi madre. Me ha mandado una foto con un kimono de boda. Por alguna razón cree que nos vamos a casar en primavera del año que viene —concluyó terminando de ajustarse el pantalón del pijama, al parecer pensaba dormir con el torso descubierto—. Buenas noches.

Akane sintió como un escalofrío le recorría la columna. Quiso decir algo, algo coherente, pero de su garganta solo salió un gemido de frustración.

Ranma apagó la luz y se acostó, y Akane no supo si lo hacía porque estaba enfadado o se encontraba igual de confundido y frustrado que ella. Sin nada que decir, sin poder avanzar hacia delante, con demasiado miedo de mirar hacia atrás, la chica arrastró sus pies hasta el salón y se dejó caer delante de la televisión que continuaba prendida.

Se quedó absorta mirando la pantalla, mientras en el noticiario en un idioma ininteligible una presentadora anunciaba el hallazgo del cadáver de otro campeón de artes marciales mixtas. Akane observó petrificada como unos hombres vestidos con monos blancos sacaban sobre una camilla un bulto envuelto en plástico, en el triste aparcamiento de un hotel.

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¡Hola otra vez!

Antes de lo previsto regreso con otro capítulo más, ¡y qué capítulo! En lo personal me gusta tanto como me espanta en algunas cosas, jajaja. Pero ahí lo tenéis, sin duda la tensión entre esos dos ha llegado a un punto de no retorno (aunque Akane se niegue a reconocerlo), el campeonato se acerca y los misterios parecen crecer a su vez, espero manteneros, aunque sea, ligeramente expectantes.

Muchísimas gracias por todos vuestros preciosos comentarios que en lo personal me ayudan mucho a seguir construyendo este fic. Gracias, gracias, ¡Gracias! Disfruto mucho el drama, pero me carga tanto que tengo que alternar con obras más ligeras... Ah, mejor no adelanto nada. Estoy centrada en terminar este trabajo.

Y también agradecer a mis betas Lucita-chan y SakuraSaotome por sus consejos y correcciones. Y que las quiero mucho, pero eso ya lo saben 3.

Besos a todas y nos leemos pronto!

LUM