¡NADA DE ESTO ME PERTENECE!
Capítulo 9
Edward
—¿Te gustaría algo de té? —pregunto, frotando su espalda de arriba hacia abajo, inhalando su aroma. Todavía no puedo creer que esté aquí. En mis brazos. En mi camisa.
—No… no lo sé —dice, mirándome con confusión en sus ojos—. Tengo muchas preguntas —muerde su labio, llevando mi atención a estos y haciendo que quiera besarla.
—Lo sé —digo, apartando un mechón de cabello oscuro de sus ojos—. Vamos a calentarte y luego puedes hacer todas las preguntas que quieras.
Ella asiente, dejando ir su labio. Su pequeña lengua rosada sala de entre sus labios, calmando el área que mordió y tuve que luchar contra un gruñido. Tomo su pequeña mano en la mía, y por un segundo miro hacia abajo para ver la diferencia de tamaños.
Ella es tan pequeña comparada conmigo. Deberé tener cuidado con ella.
Alejando esos pensamientos, la guio al estudio del ala este de la casa.
Las paredes están forradas de madera, y el suelo es una mezcla de madera y piedra. Reviso para asegurarme que todavía lleve las medias que le coloqué antes. Esta casa puede volverse fría en la noche, incluso en una ola de calor en el verano.
Prácticamente puedo escuchar los engranajes moviéndose en su mente, y sé que está desesperada por hacer preguntas.
—¿Dónde estamos? —pregunta, y sonrío.
—Estamos en Perscia —digo y la miro. Cuando sus cejas se juntan en confusión, aprieto su mano—. Es un bosque de duraznos al sur de Charleston. Lo compré hace unos años y ahora lo llamo hogar. Tiene alrededor de cuatro kilómetros cuadrados de árboles, pero mayormente lo uso para montar caballos cuando necesito algo de aire fresco.
—Eso suena grande.
—Lo es —no podrías ser capaz de dejar este lugar antes de que cayera la noche. Ese pensamiento me lo guardo. Damos vuelta en una esquina y seguimos caminando hasta llegar a la parte de atrás de la casa—. La casa es tan grande como puedo soportar, y ni siquiera creo que conozco todas las habitaciones.
Cuando abro las puertas de la cocina, Sue, mi chef, se levanta. Ella está en su bata, y su largo cabello negro está trenzado y sobre su hombro. Parece estar tomando leche y galletas.
—¿Qué puedo hacerle señor Masen? —dice, sonriéndome dulcemente y luego a Bella—. ¿Y usted, señorita Swan?
—¿Yo? —dice Bella y luego me mira como si tuviera la respuesta.
—Está bien, Sue. Yo me encargo —digo y ella asiente. Veo mientras coloca sus platos en el fregadero y enciende la tetera.
—Solo deja los platos ahí cuando terminen. Yo me encargaré de ellos.
—¿Cómo conoce mi nombre? —pregunta Bella cuando Sue sale por la parte de atrás y hacia su habitación.
—Todos aquí lo saben —digo, porque es verdad.
—Está bien. Creo que necesito sentarme —dice y se sienta cerca de la pequeña mesa de la cocina. Mi camisa sube por sus muslos, mostrándome más de su suave piel.
—Va a ser mucho que procesar, Bella, pero solo intenta respirar —me dirijo a ella y me coloco a su lado para frotar su espalda, tratando de calmarla, queriendo acercarme a ella de nuevo, tocarla. Le toma un segundo, pero asiente como si estuviera bien—. Vamos a iniciar con las preguntas fáciles.
—¿Quién eres?
—Mi nombre es Edward Masen —digo, y resumo el resto de quien soy. No quiero abrumarla con información en este momento, así que voy lento.
—¿Qué día es? —pregunta, buscando un reloj. Cuando lo encuentra sobre la estufa, sus cejas hacen esa cosa de confusión y es tan adorable, que lucho para no mover la mano y frotar hasta que la preocupación desaparezca—. Son las nueve, pero eso no puede ser verdad.
—Son las nueve de la noche.
—¿Cuánto tiempo dormí? ¿Tú…? —comienza a preguntar, luego sacude la cabeza y la cambia—. ¿Cuándo me trajiste aquí?
—Te encontré afuera de la galería alrededor de la media noche —no menciono la parte donde la drogué—. Te dormiste todo el día de ayer y hoy. Estaba comenzando a preocuparme.
—¿Puedes decirme qué sucedió?
La tetera comienza a silbar y me salva de tener que responder de inmediato. Sabía que esas preguntas se acercaban, solo esperaba tener algo más de tiempo antes de que iniciaran.
—¿Qué clase de té quieres? —pregunto mientras saco las tazas y platos.
—Lo que tomes está bien —dice y sube un hombro.
Giro a los gabinetes y coloco las tazas sobre el mostrador antes de regresar y arrodillarme frente a ella una vez más.
—Puedes tener todo lo que desees. ¿Me entiendes? Este es un lugar seguro donde puedes tener todo lo que tu corazón desee. Es mucho que asimilar, pero quiero que tengas por seguro una cosa. Si lo quieres, puedes tenerlo. Todo lo que tienes que hacer es decir la palabra.
Muevo la mano para tocar su barbilla antes de levantarme y regresar a las tazas.
» Ahora, Grillo, ¿qué clase de té te gustaría?
—¿Tienes algo con flor de naranja? —dice y vuelve a morder su labio. No está acostumbrada a pedir lo que quiere, pero está a punto de recibir un curso intensivo.
—Sí tengo —digo, tomando algo y colocando en cada taza.
Voy al refrigerador y tomo leche y luego lo coloco todo en una fuente y lo llevo a ella. Le sirvo, incluso agregando azúcar a su té antes de revolverlo y colocarlo frente a ella.
—Aquí tienes, bebe.
Mis ojos están fijos en su boca mientras sus labios se separan y bebe de su té.
Sus mejillas están rosadas, y aparta la mirada cuando se da cuenta que la estoy observando. Debería detenerme, pero no puedo evitarlo. Tenerla así de cerca parece irreal. Me siento como un niño en la mañana de Navidad.
—¿Estaba histérica? —pregunta, y ahora es mi turno de verme confundido—. ¿Es por eso por lo que me desmayé en tus brazos? Quiero decir, gracias por cuidarme, pero probablemente debería de irme pronto. Solo me preguntaba si de algún modo, tuve un ataque de pánico.
Me acomodo en mi silla y la miro un instante antes de responder. No va a ningún lado. Está jugando con las mangas de mi camisa, y puedo ver que existe algo de nervios a lo que voy a decir.
—Estabas alterada cuando saliste de la galería —digo, respondiendo cuidadosamente. Odio que tuviera que pasar por eso, pero también odio que le preocupara tanto otro hombre—. Pero antes de responder más, quiero que entiendas que no vas a irte, Bella.
Ahí, lo puse sobre la mesa. Intento mantener mi comportamiento en calma y no amenazante. Nunca la lastimaría.
—¿Qué? —Coloca su taza en el plato y suena un poco—. ¿Qué quieres decir con que no puedo irme? —parece que ni siquiera puede procesar las palabras.
Me siento hacia adelante, acercando mi cuerpo al de ella.
—No fue un accidente que estuviera ahí cuando saliste de la galería.
—Edward —susurra mi nombre, y llama a algo oscuro dentro de mí.
—Me aseguré de estar ahí, porque te he estado observando.
—Me estás asustando —dice, y aunque no veo temor en sus ojos, definitivamente está nerviosa.
—Nunca lastimaré lo que me pertenece —digo, deslizando un dedo por su cuello y el collar que le coloqué—. Nunca te diste cuenta lo que estaba frente a ti. Todo este tiempo he estado ahí, esperando —su respiración se detiene cuando mi dedo toca su clavícula y comienza a bajar—. Mi pequeño Grillo —digo mientras mi dedo lentamente se mueve entre el espacio de sus senos.
—¿Por qué me llamas así? —Su voz apenas es un susurro.
—Porque cuando crecía, el sonido más dulce en el mundo era en la noche. Siempre pensé que los grillos salían y tocaban sus canciones solo para mí hasta que durmiera —miro sus ojos almendrados, y el dorado en estos brilla—. La primera vez que escuché tu voz, supe que nunca volvería a dormir. No hasta tenerte en mi cama.
Justo cuando mi dedo toca la orilla de su seno, un rayo golpea y ella está en mis brazos.
—Shh, te tengo —digo suavemente sobre su cabeza mientras sonrío de oreja a oreja.
