Capítulo 3 Signo de madurez
El linde del bosque se alza como una muralla frente a ellos. Está delimitada por gigantes solemnes de troncos leñosos que se abren como las varillas de un abanico. Están coronados por tupidos ribetes de hojas ovaladas, teñidas de verde profundo que refleja los haces del sol de primavera.
Son tan grandes que ni dos caballos darían el ancho de sus copas, tan imponentes y recelosos que incluso cuando ya están pasando junto a ellos, no pueden ver nada más allá que unos pocos metros por delante, antes de que otro gigante intercepte su vista. La cabeza de Izuku se eleva para mirar los brotes de flores escasas en las copas, luego se enfoca en el suelo tapizado de turba, hojas secas, ramas y musgo tan profundos por los años de soledad, que el peso del caballo se hunde con cada paso casi una carta.
En ese punto, Izuku se baja del caballo para inspeccionar todo el alrededor, y luego hacia el oeste, desde donde ellos habían marchado para cerciorase nuevamente si acaso su padre les daba alcance o que nadie ajeno tome el mismo rumbo. Pero no hay nada vivo a la vista. Ni siquiera los pájaros cantan, no al menos sobre sus cabezas, guardando silencio precavido ante los intrusos que deambulan, por esta parte del bosque, por primera vez en mucho tiempo.
Kota se inquieta sobre el caballo, no le gusta las sombras y los troncos viejos, ni el descenso en la temperatura producto de las sombras que ciernen sobre ellos. Está recordando todas las historias del abuelo y las noticas terribles de los charlatanes que pregonan aventuras en la plaza del pueblo. Ahora no la parecen nada mentirosos, porque en efecto los nudos torcidos en las cortezas tienen rostros ancianos y barbudos. Y parece que los siguen con ojos negros y grises.
¡Aquí se aparecen espíritus! ¡Aquí se pierden la gente! …para nunca ser encontrada. Eso dijeron, su cuerpo llenándose de esa emoción mezquina, pero antes de dejarse dominar por esa fea y fría mano de miedo, mira el rostro tierno de su hermano en busca de consejo.
El ojiverde lleva las riendas del caballo, mientras arrastra un palo lleno de ramas, y aunque su nariz está un poco roja y hay cierto brillo en su mirada, no es miedo lo que haya en sus facciones sino asombro. Los grandes y preciosos ojos verdes se comen cada trozo del paisaje, las flores tímidas del suelo, el canto de los pájaros pequeños y azules que trinan prudentemente a unos metros de ellos, las bellotas, y tantas formas de verde que bien podrían camuflarse con sus rizos.
El corazón del niño se entibia, la calma lo embarga y luego él también se distrae con la vista.
Por ahora, piensa el omega, tienen que llegar a la base del monte menor, apretar el paso sin perder el sentido o la orientación, porque si no tiene cuidado podrían terminar perdidos en esa inmensidad frondosa. A ratos se pregunta si será prudente dejar una marca con sus iniciales entre cada árbol, pero solo tiene una daga y es algo pequeña. Sus labios se estrechan ante el sin fin de posibilidades, más no sabe que es peor: que su padre no los encuentre o que alguien más lo haga. Hay una tercera posibilidad, pero no esta preparado para enfrentarla. Y sin darse cuenta, murmura segmentos de sus pensamientos "Nos quedan 2 días si es que las puertas siguen abiertas".
No, no puede seguir haciendo eso, si sigue pensando se volverá loco. Lo mejor es que primero llegue a las faldas de la colina. Y sólo allí puede preocuparse por lo demás, porque ahora… la angustia solo será una trampa, el necesita concentrase bien y no perder pista de los halos de luz escaso que penetran el bosque. Sólo así sabrá que está avanzando al noreste.
Todavía no anochece cuando Izuku por fin llega al monte, pero a lo largo hay una muralla natural que se alza varios metros por encima de su cabeza. En algún momento, los árboles se derrumbaron entre un lio de barro, piedras enormes y astillas que sobresalen de forma peligrosa. No pueden pasar por ahí, no sin dejar el caballo atrás, así que emprende otra marcha siguiendo el accidente de tierra para encontrar el camino que su padre mencionó antes de que se separaran. Pero no lo hace y ya casi no queda luz suficiente.
La yegua mira mansamente la figura de sus amos mientras Izuku escala entre las raíces expuestas y los troncos partidos para llegar a superficie del derrumbe. Tiene la intención de encontrar el camino desde arriba, pero lo que sea que haya pasado ahí, debió ocurrir hace mucho tiempo atrás porque la madera esta podrida, se parte bajo el paso de sus pies, y el musgo verde que se adosa como un manto al barro y las piedras, suelta agua a la más cuidadosa pisada haciendolo resbalar.
De pronto la tierra se desliza un poco e Izuku cae al piso de espaldas sobre la gruesa capa de hojas secas y turba, kota se ríe y el caballo se acerca a él para lamer su rostro como si fuera un perro. Tiene un pitido en la oreja y, más por miedo que por que tenga un dolor severo, evita levantarse o quitar al caballo de encima que lo está llenando de saliva. Cuando se levanta, su cara se torna roja.
Te caíste de culo otra vez- se burla Kota, su risa suena como un trino en el aire, pero saca un pañuelo del bolsillo y se lo lanza a su hermano.
Ah, Estas siendo malo otra vez.- dice Izuku atrapando la prenda en el aire. Desde hace un tiempo el niño a empezado a comportarse un poco desafiante pero también cínico con él, aunque no está seguro de porqué.
Se limpia el sudor ahora frío del cuello y las manos embarradas, luego devuelve el pañuelo. De pronto, kota arruga la nariz de disgusto. El pañuelo huele a Menta y hierba buena con melaza, y en entre cada nota una hay espiga desagradable, no sabe que es, pero lo hace sentir algo raro y feo. Entonces lo mete en el bolsillo despreocupadamente, pero se cae.
Izukuuuuu- berrea el niño de pronto cuando ve que están retomando la marcha- tengo hambre, aliméntame, quiero ir a casa
Izuku tararea las palabras de Kota, la verdad es que el también tiene mucha hambre, pero nada ha salido bien desde que abandonaron su casa y según recuerda su padre no puso alimentos en su mochila. En silencio revisa el bolso, pero hay apenas dos riñones con agua, y para su sorpresa, unas galletas de avena envueltas en tela encerada.
Ten, son galletas pero no deb- Kota se las quita de las manos- Come eso, pero probablemente nos quedaremos aquí, padre debería llegar en algún momento. – miente, escondiendo su rostro porque si no Kota se asustará y no esta seguro de como podrá consolarlo cuando el mismo ha tenido ganas de llorar desde hace horas.
Eventualmente, el derrumbe se hace mas pequeño. Izuku entonces se adelanta mientras la yegua sigue sus pasos. Si tienen suerte podrán subir por el cerro y luego encontrar un lugar seguro para dormir, mas cuando todo el alrededor se oscurece de pronto, Izuku se da cuenta de que ya es muy tarde. Tendrán que descansar ahí y usar lo que tengan a mano.
Kora bufa cuando Izuku suelta las correas de la montura para sacar una manta, mas se echa a la tierra tan pronto nota el pequeño nido que Izuku está armando en el suelo, con hojas secas.
El omega se mueve rápido, más que nada para no darle tiempo a pequeño Kota de que piense mucho en cómo van a dormir a la intemperie. Izuku se apoya contra el costado del caballo para compartir calor, y luego, cuando el niño esta distraído, tira de su cuerpo para que quede sentado entre sus piernas.
Kota gime indignado, de pronto está listo para iniciar una pelea, se remueve brusco para gritar pero basta una pequeña marea de feromonas de Izuku para que sus ojos pesen y solo otra respiración para que se duerma profundamente. Por un momento Izuku se asusta por la reacción tan brusca, sin embargo, la respiración profunda y el leve ronquido advierten lo terriblemente cansado que estaba del viaje y el estrés. Con cuidado desliza el cuerpo del niño sobre sus piernas, procurando que la manta los cubra por completo, formando una especia de tienda con su cuerpo.
La noche ahora está en pleno apogeo, el frío cala hasta los huesos si se mueve demasiado, pero nada a su alrededor es suficiente para acallar las voces que hierven dentro de su cabeza. No quiere llorar, pero tampoco puede evitarlo, las lágrimas caen calientes por sus mejillas en un torrente. Tiene que usar las mangas del chaleco para que no se caigan encima de Kota, y luego morderse los labios cuando un sollozo se rompe en su garganta.
Jamás había tenido tanto miedo.
.
.
Kota es el primero en despertar, o bueno después de Kora que lo mira con sus ojos de botón negros. Curiosamente no tiene frío, el cuerpo de Izuku franquea por el completo su costado y la manta hace lo propio, pero incluso si apenas puede moverse, sabe que la mañana esta fresca solo por el baho que se forma con sus respiraciones. Izuku se despierta apenas un momento después y así como lo puso a dormir, rápido y sin escuchar quejas, le da otra galleta de avena y lo empuja sobre el caballo.
Papá esta en el castillo- dice Kota unas horas después, e izuku se muerde los labios secos, ansioso.
El quiere que vayamos y debemos ir- dice el ojiverde
¿Nos va a esperar?
Sí, ¡Mira! ¡Es el sendero! - Grita Izuku y se apresura a conducirlos hacia un camino de tierra estrecho con piedras ordenadas en pilas.
Entonces Izuku tira de las riendas de Kora, olvidando por completo la pequeña conversación. Si era sincero pensó que no había forma de escalar, pero el camino se alza, franqueado por arbustos sin hojas, arboles torcidos y piedras grandes.
Ahora sólo deben avanzar tan rápido como puedan para que la noche no los atrape de nuevo, Izuku tiene la sensación de que tienen llegar al río antes del anochecer si quieren tener una oportunidad de pedir resguardo. Sin embargo, el ascenso es difícil, el camino está húmedo, se desgrana con el peso del caballo y a ratos se vuelve muy escarpado, con secciones de pasto tierno y húmedo que los hace resbalar tanto que Izuku baja a kota de la yegua por miedo a que se desbarranque.
-Tengo hambre. ¿Podemos parar? – se queja Kota después de un tiempo mirando al cielo. En el monte los árboles miden la mitad que los grandes gigantes del valle.
-No, debemos seguir o los malos nos encontrarán- insiste por decima vez Izuku con la voz trémula por el cansancio.
-Pero padre dijo que si no vamos por el camino nadie nos encontrará.
-Aún no es seguro Kota- contesta el mayor con menos paciencia que antes, pero el silencio de su hermano le advierte que comenzará a llorar pronto. - yo…prometo que conseguiré comida.
-Me gusta con calor.
Izuku sonríe con ternura y lástima porque ya no les queda nada, además de los riñones con agua, una botella de licor, una soga y una yesca. Quizás, podría intentar cazar algo pero no cree que baste con saberse al revés y al derecho las historias de su padre para cazar aves y animales pequeños.
-Kota no podemos hacer fuego ¿Te acuerdas? El humo se ve desde lejos y no queremos que nadie nos siga…además no falta tanto. El castillo está a medio camino, nada más.
- ¿Donde? ¿Mi papá nos está esperando? Dijiste que iba a venir
Izuku titubea mientras la nariz se le enciende, pero se niega a llorar otra vez. Entonces decide ignorarlo, mirando los cielos mientras avanza con largas zancadas a través de la hierba que se agita con el viento fresco de la tarde. No sabe cuanto tiempo llevan caminando, seguro que más del medio día, pero tampoco están cerca del anochecer.
- ¿A dónde fue? – insiste el niño mientras enreda los dedos en su ropa.
- A la ciudad, ¡el castillo! - asegura el mayor conteniendo su angustia. Que no haya llegado todavía, no significa nada, se dice. Su padre es fuerte- Nos estará esperando…- alienta más en el fondo sabe que por la noche volverá a rogar para que esa no haya sido la última vez que vio a su padre. No podría soportar perderlo ni tener que explicarle a Kota otra muerte, en especial porque la primera vez su explicación no fue suficiente. Trató por meses, pero una respuesta traía más preguntas y final, la ausencia de Inko pena en el niño como si la mujer lo hubiera abandonado "¿Por qué no la conozco? ¿Por qué se fue?.
El grupo camina avanzando recto sólo para descender poco a poco, subir otra vez cuando otro derrumbe obstruye el paso, mientras sus pies duelen al igual que la espalda. Para ese momento izuku ya sabe que no lograran llegar al río antes de la noche, y que, de no hacerlo para el tercer día, quizás deba idear un plan B.
Así siguen deambulando por el cerro, hasta que la noche cae sobre ellos justo en un grupo de manzanos cargados de frutos. Los ojos de Izuku se abren grandes ante la visión, esta no era época de manzanas y con sospecha frena a Kota que corre hace los frutos, para revisarlos. No parecen estar mal y los pájaros que han logrado comer de la carne dulce, lucen gordos y saludables entre las ramas.
La yegua lanza un bufido quejumbroso, pasa a los dos hermanos y se come las manzanas maduras que están por el suelo junto al pasto tierno. Izuku, se pasa una mano por el pelo, pero al final decide descansar y alimentarse.
El menor, salta en su puesto, ansioso para comer algo, su estómago ruge y se siente temblar. Entonces de un tirón se suelta del agarre de Izuku para tomar todas las manzanas que caben en sus brazos. El omega le quita algunas, se come dos, luego saca la manta y hace que la yegua se eche sobre la tierra para que puedan refugiarse en su calor.
Kota tiene la boca llena de fruta, el jugo dulce cayendo por sus manos, pero se escapa cuando Izuku se levanta para limpiarlo. Tiene una sonrisa juguetona e intenta hacer que Izuku lo persiga, pero el omega agita la cabeza cansado y se queda de brazos cruzados.
Basta Kota, límpiate, y vamos a descansar, por favor.
El niño se cruza de brazos e intenta pedirle que jueguen de nuevo, pero izuku se niega. El tono Kota se agria, y torna exigente, molesto y finalmente se echa encima de Izuku empujándolo, pero el ojiverde se cruza de brazos para luego dejarse caer sobre Kota fingiendo debilidad, hasta quedar tirado sobre suelo donde finge dormirse con la manta sobre la cabeza.
El problema es que basto ese poco de comodidad para que se durmiera casi tan pesado como Kota. El niño gime molesto destapándolo sin piedad.
Zuku…I-Zu-ku ¡no es justo! - se lamenta empujándolo por última vez usando ambos brazos. – ¿por qué los omegas son todos iguales? – se queja
Entonces toma un puñado de manzanas enojado, luego las avienta a los matorrales, el pasto y a kora, pero el caballo le gruñe indignada, agitando la cola orgullosa. Kota murmura una disculpa, arrepentido, y le da la razón con que debe ser más cuidadoso.
Así que toma otro montón de manzanas y camina unos pocos metros lejos para asomarse por la parte más empinada. Como no ve nada, las hace rodar una tras otra en una carrera de pares, hasta que la noche esta tan oscura que se pone nervioso.
Poco a poco la oscuridad lo envolvió junto a la añoranza. Extrañaba su futón, sus juguetes, la comida caliente, a su papá y sobre todo a su hermano. Porque el omega llorón y asustado que tenía allá durmiendo junto al caballo, no era su hermano, el Izuku dulce que nunca estaba cansado de responder sus preguntas, jugar y sonreír de esa forma tan bonita que le hacía sonreír también. Ahora las cosas eran muy distintas, al punto de que estaba todo oscuro a su alrededor e Izuku ni siquiera estaba buscándolo, cuando en la granja ya estaría llamándolo por el campo asustado.
Entonces miró las estrellas y se preguntó si un día podría ver los guerreros y los osos como su padre, o si alguna vez escucharía las historias que el alfa mayor contaba en la terraza en torno a las velas y la bebida caliente que preparaba Izuku. Sus manos extienden hacia el cielo oscurecido y lleno de estrellas, pero las esconde cuando nota la presencia de nubes extrañas. Con curiosidad, se aleja unos metros para observarlas mejor, sin embargo, nota que vienen desde de más abajo y vuelan en una línea recta hacia el cielo. Es humo, comprendió.
Preocupado de alguien intente frenar su descubrimiento mira en dirección al caballo, pero no puede ver nada, o más bien su hermano sigue durmiendo en el piso bajo la sombra de los manzanos. Y quizás él pueda hacer lo mismo, hacerse pequeño para mirar. Se oculta entre las sombras y avanza en dirección al humo con una sonrisa emocionada, sin embargo, lo que comenzó como una travesura, se convirtió en el primer signo de madurez.
En silencio, se desliza entre la hierba alta hasta que la luz roja de la fogata es visible. Tarda un poco en incorporarse, pero ya no puede seguir bajando, hay un precipicio de 3 metros que lo impide, en cambio una serie de troncos y raíces en la tierra se apilan formando una escalera perfecta. Por un instante su cabeza se asoma por encima de la protección de la hierba alta, para alcanzar las raíces y bajar más, sin embargo, el peso de una mano invisible cae pesada sobre sus hombros al mismo tiempo que una voz retumba desde la parte más profunda de su cabeza. Ocúltate, dijo y él se agachó, espera advirtió y esperó.
Con el tiempo las imágenes distorsionadas por las sombras del bosque se ordenaron, y con ello entiende que la luz es demasiado fuerte, si se acerca podría ser peligroso. El olor a carne asada le dice que alguien debe estar revisando la fogata, luego siente el sonido de los cascos de un caballo que se pasea lejos de su vista. Extrañamente eso no le preocupa, no hasta que la figura de 3 hombres se deja ver rodeando la fogata. Son altos de cuerpos robustos y fuertes, como los soldados, pero no visten como uno.
La respiración de Kota se acelera a medida que el miedo se asienta en su corazón, pero su cuerpo no se mueve, algo más grande le impide moverse pidiendo que observe sólo un poco más. Los hombres hablan y él no logra entender nada, a pesar de que uno de ellos parece enojado y gruñe como perro rabioso. En su cabeza puede imaginar una discusión, pero no logra sentir verdadero miedo hasta que el sujeto alto saca una espada y la apunta hacia otro de un llamativo cabello rojo. Entones nota el filo del acero curvo y con muescas.
-¡Vete! – dice la voz dentro de su cabeza y de pronto deja de sentir las manos sobre sus hombros. Solo entonces sus pies se mueven mientras su cabeza trabaja a toda velocidad para recordar el camino de vuelta hacia Izuku sin ser visto o atrapado.
Están demasiado cerca, alcanza a entender mientras su inteligencia se impone sobre el miedo, deteniendo el primer impulso de salir corriendo. En su lugar, se arrastra por la hierba impulsándose con los pies poco a poco, y conteniendo la respiración hasta que la primera sombra de un árbol vence la luz de la fogata. A esa altura no deberían verlo, piensa y entonces gatea un tramo largo hasta que se pone de pie y corre hasta Izuku.
- Izuku…hermano…despierta- susurra mientras lo mueve suavemente.
- Hermano – remedo el mayor entre sueños con una sonrisa. No tiene idea de cuanto ha dormido, pero le hacía falta- está bien, te llevaré a orinar…- más se calla cuando Kota sostiene su rostro con ambas manos. Estaban húmedas por el sudor y tiemblan contra su piel. Sus ojos reflejaban el pánico, olía a ansiedad. Entonces se levanta, recogiendo la manta y tomando el cuchillo. - Qué viste. - susurra
- Tenían espadas redondas, con espinas…- contesta ansioso. Izuku frunce el ceño ante las palabras. Había un grupo armado cerca de ellos y Kota debió estar muy cerca para notar algo así. Mierda.
- ¿Cuántos eran? – le pregunta mientras intenta contener el remolino caliente en la boca del estómago. Entonces el niño le muestra con sus dedos cuantos vio, porque todavía no sabe contar bien.
- … tienen caballos …-dice retrocediendo lejos de Izuku al ver su mirada endurecida - No me vieron
Izuku asiente, y le da una señal a la yegua para que se levante. Tiene que huir lo más rápido posible, pero si se devuelven por sus pasos el ruido podría advertir su presencia, si es que no lo hicieron ya. Y siendo ellos 3, no le darán la menor oportunidad. La opción que le queda es descender al valle a pesar de la oscuridad, y luego cabalgar lo más rápido posible al río, donde no podrán seguir su pista ni siquiera por el olor. Puede lograrlo, pero deben apresurarse.
Entonces parten. Izuku intenta acostumbrar la vista a la oscuridad. Una parte de él no puede dejar de pensar en las espadas. Si Kota dice que tienen espinas entonces debió verse como si las tuviera, o habría dicho martillo que era lo más parecido al mangua, la otra arma que conoce con espinas y clavos. Se pregunta si en realidad serán muescas en la hoja, aunque la verdad no importa, porque en toda la región no hay hombres que porten espadas de hoja curva, o con muescas, salvo la gente del desierto que de vez en cuando llegan desde la frontera para comerciar, pero cuando lo hacen vienen en caravanas y siempre por el camino principal.
¿Eran ellos el ejercito enemigo? Imposible, hacía falta más tiempo, el mensajero había dicho que ellos iban en camino a la frontera no que ya estaban allí. Y de haber mentido, no logra entender por qué o como un es que un grupo de salvajes llegó al bosque sin llamar la atención.
- ¿Qué estabas haciendo? – dice Izuku mientras toma las riendas de la yegua. Kota niega con la cabeza, abrazando sus piernas asustado. De pronto era un bebé otra vez.
- Kota mira mi cara, no estoy enojado contigo… - le dice tomando sus manos, el niño asiente, pero su rostro sigue reflejando miedo- yo, voy a protegerte, pero necesito que hagas todo lo que digo.
Kota asiente, pero no está tan preocupado por sí mismo como lo está por Izuku. La gente con armas es mala, y siempre ha escuchado que los grandes y armados son incluso más peligrosos con los omegas. En el fondo, sabe que Izuku es todo lo que tiene en el mundo, y quizás está mal que lo piense, pero lo ama más que a Hisashi, incluso si ya sabe desde hace un tiempo que Izuku se irá, tal y como lo hizo su mamá, eso es lo que hacen todos los omegas.
Mientras se alejan, la mañana cae sobre ellos deprisa, borrando cualquier sombra que antes sirvió de resguardo. Izuku entonces apremia sus pasos y fuerza la vista para encontrar una ruta que les permita bajar sin quedar totalmente expuestos pero los pasajes y rutas del monte esquivan su necesidad sin la menor clemencia. Restándole oportunidad de esconderse o escapar de los hombres que ha visto Kota. Lo único bueno de todo fue que en algún punto logro ver el río.
El viento corre fuerte contra su rostro, a veces debe cerrar los ojos porque lo lastima, sin embargo, no se queja, el sol es fuerte y penetra mejor los árboles de esta zona y, sumado al esfuerzo físico, las corrientes lo ayudan a refrescarse.
- estas oliendo raro. - dice Kota de pronto, con un ligero estornudo. Izuku frunce el ceño, hace tiempo que no deja de molestarlo por el cambio en sus feromonas, se queja de que son muy fuertes, a veces pide que vuelva al otro olor o que se bañe. En casa, las quejas le molestaban mucho, pero no puede hacer nada, su madurez está anunciándose, a paso de tortuga, pero llegará. Más aún, en el fondo le da vergüenza no poder hacer nada con eso, su padre también actuaba extraño tras las jornadas de trabajo, era como si su olor fuera desagradable para ellos.
- No es verdad…No huelo raro, sólo es más fuerte – le dice mientras se da vuelta para encararlo, no necesita oír lo desagradable que es, pero tan pronto lo hace se da cuenta de que su hermano se queja porque el sudor hace que sus feromonas se concentren más.
El viento corre, agita el pasto y los árboles hacia los caminos que han dejado atrás, entonces se pregunta hasta donde llegó su olor. Las implicancias de esa revelación lo golpean tan fuerte que se siente enfermo, tiene ganas de vomitar. Fue tan estúpido y probablemente es tarde para ellos, piensa.
El bosque está enmudecido.
Inmediatamente baja a Kota del caballo y corren ladera abajo. Kora relincha en cuanto los ve alejarse de ella, pero les mantiene el paso con dificultad hasta que de la nada el ruido de otras bestias se oye. Los hombres están descendiendo la ladera con rapidez, pero están a muchos metros más arriba.
Izuku sigue corriendo alejándose de las voces con desesperación. Se da cuenta que están siguiéndolos por su olor y no porque sepan dónde están.
Los caballos que ellos montan son considerablemente más grandes que Kora, al ser una yegua de carga, así que no pueden bajar la ladera con la misma facilidad. Eso les da el tiempo suficiente para cabalgar y llegar al valle primero.
En la planicie Izuku intenta seguir adelante, pero su garganta arde y por más que respira le sigue faltando el aliento. El sudor le empapa el rostro e Izuku se maldice por eso, su olor a omega los matará.
O quizás no.
Se baja del caballo cuando ve un montón de hierbas, las arranca y las mete en sus bolsillos. Luego, se quita la capa para restregarla en su cuello, frente y pecho; ata la prenda al caballo al tanto que pide perdón.
Por favor danos tiempo – pide acariciando el rostro de la yegua y ella lo observa un momento antes de salir disparada al interior del bosque, mientras ellos corren en sentido contrario hacia él único lugar donde un alfa no podría seguirle el rastro a un omega, el río.
La rivera no está tan cerca como quisiera, pero nadie los encuentra hasta entonces, por lo que asume que el truco ha funcionado. Tan pronto llega a la rivera se moja todo el cuerpo con la ropa puesta y busca como cruzar. El agua no es demasiado profunda, pero la corriente es lo suficientemente fuerte para hacerle dudar en si puede cruzar con su hermano en brazos, así que corren río abajo.
Izuku, estás temblando…
Y lo está, su ropa esta empapada mientras la brisa fresca de la mañana lo entume.
Estoy bien. - insiste para calmar al niño, pero los temblores del frío lo traicionan y sus labios están oscurecidos.
¿Estas enfermo? - insiste Kota preocupado
Estoy bien, tenemos que cruzar…- y es que no puede detenerse. Si kora no había vuelto con ellos era porque la encontraron, en consecuencia, sus perseguidores podrían estar más cerca de lo que piensa.
A pocos metros, un tronco enorme se cierne sobre las aguas del río. Tiene ramas desnudas por todos lados, la mitad hundida en las aguas, pero sólo las piedras impiden que el tronco sea arrastrado por la corriente.
Izuku se sube y tantea la firmeza. Luego cuando llega al extremo se balancea para probar la fuerza de la corriente, el tronco apenas se hunde unos centímetros ante su peso. Él único problema es que el árbol no es lo suficientemente largo, aún les quedan unos 2 metros por delante para llegar a la otra orilla.
Sobre el cielo el sol se extiende con más fuerza, pero su piel aún reciente el frío sacudiéndolo con temblores esporádicos a la vez que pone rígidas sus manos. Vuelve a dudar si podrá nadar, pero eso no es lo que más le preocupa, sino el hambre. Porque la tiene como nunca en su vida, con desesperación y debilidad. O, mejor dicho, es como un vacío que lo ataca desde las entrañas con estocadas de pena y nauseas.
Se da la vuelta y mira el bosque, presiona sus manos contra sus brazos firme, luego vuelve a mirar alrededor, como si esperara encontrar una salida, un camino de regreso a casa, pero no hay nada, en cambio, Kota lo espera expectante desde la orilla del río, quiere llorar, pero retiene los sollozos como si supiera que Izuku necesita que sea fuerte, más grande, menos como una responsabilidad y mucho más como un hermano que una carga. El omega observa su rostro infantil, la rigidez en su espalda y la postura tan semejante a su padre. Quiere creer que crecerá para parecerse a él y que un día dejará de sentir el hoyo en el corazón cada vez que lo ve.
Pero primero debe asegurar un futuro para ambos, y esforzarse 5, 10 o 12 veces más que cuando tenía once y comprendió que su hermano sería más un hijo que un hermano, tras alimentarlo, amar sus ojos, cobijarlo del frío con su cuerpo y marcarlo con su esencia para que su padre quiera tomarlo en brazos. Entonces se da cuenta que, por él, hizo y hará cualquier cosa.
Dominado por el coraje, el brío se refleja en sus ojos dispuesto a dar ese salto de fe. Izuku le ofrece su mano a Kota y lo alza sobre el tronco con él, Justo cuando un hombre rubio salta desde el bosque hacia la rivera mirándolos con una sonrisa llena de dientes.
