Capítulo 7: La toma de los páramos

Desde la torre sur en Yukai, resuenan los cuernos de batalla advirtiendo la llega del enemigo.

Todo el castillo está delimitado por una empalizada que oculta el foso inundado con agua de río. En otros tiempos, el modesto castillo era conocido más allá de las fronteras por las complejidades de su estructura, pero con los años, la paz y la falta de desafíos, incluso la fosa perdió fuerza, caudal y terminó habitada por anfibios, peces y pequeños nidos de aves acuáticas.

En el adarve, los pocos flecheros se preparan para vigilar la muralla de piedra a través de las almenas. La caballeriza, se mantiene firme contra el rastrillo para proteger la única entrada y salida del castillo mientras que en la torre del homenaje y en las mazmorras, mantienen protegidas a las familias que lograron escapar del ataque nómada.

Menos de un día tuvieron antes de que la amenaza llegara desde el sur, sin ningún aviso desde las torres de vigilancia. Tan rápido que nadie tuvo tiempo siquiera de reorganizar las tropas, avisar a la compañía que partió al oeste, ni pensar en atacar directamente la horda de salvajes.

Yo Shindo sólo tiene 27 años, pero es el soldado más experimentado de todo el castillo, aunque no está liderando por derecho propio. Tomó el mando luego de que el maestre intentara cerrar las puertas a las familias que pedían asilo. Shindo estaba fuera del castillo, en el puente levadizo cuando el hombre ordenó cerrar las puertas, pese a que habían casi 300 metros de personas esperando entrar, incluyendo campesinos, mercaderes y las familias de los propios aspirantes que se entrenaban para ingresar a la vanguardia del rey.

Él nunca pensó que sería capaz de algo así: amotinarse contra el maestre, pero la expectativa de morir en ese momento por la espada de los jóvenes que no estaban dispuestos a dejar a sus familias fuera del castillo y la desesperación de esas personas, le hizo pensar que el castigo por desobediencia sería insignificante.

Pero ahora…Ahora que todo paso, está al frente dirigiendo a un montón de niños, porque los soldados más experimentados partieron a la frontera hace días para responder al llamado de refuerzos en la frontera.

Tampoco tiene miedo a morir por la traición, porque el maestre falleció solo unas pocas horas después de ser encerrado en su despacho. Todo lo que sabe de este incidente es que su cuerpo se precipitó al suelo mientras Shindo, por suerte, estaba abajo en el patio con cientos de testigos para confirmar que no lo había matado él.

Por desgracia, si los campesinos ya estaban asustados por los nómadas que se acercaban desde la frontera oeste, con la muerte del señor feudal, el pánico se propagó como un incendio. La gente gritaba, se empujaban unos a otros mientras algunos respondían a los empujones con violencia, insultando y ofreciendo pelea a quien tuvieran en frente.

El alfa sacó su espada para imponerse antes de que todo se saliera de control y bramó ordenes, insultos, les gruñó en la cara a unos y habló por tanto tiempo que luego no recordaba que dijo ni a quién, pero los mocosos que ahora tenía a su cargo junto a los campesinos, se llevaron al cuerpo y el resto se repartió en piñones de 6 para asumir diversas funciones, mientras los estudiantes más antiguos les enseñaban a tomar la espada a otro grupo.

Campesinos o no, tendrían que defender las murallas si el asedio de los salvajes les permitía llegar hasta ese punto. Además, era imposible que los refuerzos de Muzan, (el siguiente castillo al norte desde su posición hacia el norte), llegue con refuerzos antes de una semana por la distancia y la necesidad de reunir las tropas.

Esta sería, en el mejor de los casos, una guerra de desgaste, pues, sin armas, artillería, ni soldados experimentados que pudieran enfrentar a los bárbaros, no era sensato creer que hubiera una oportunidad de luchar con ellos de frente.

Necesitan que así sea, incluso si saben que los muros no pueden resistir un asedio prolongado debido a que los trabajos de mantenimiento se pospusieron por un tiempo.

Con sólo un día y medio, logró organizar y distribuir los pocos recursos. En los adarves del sur, concentraron las antorchas y muñecos de paja para hacer parecer que había más hombres defendiendo el castillo. En la entrada, prepararon las ollas con aceite hirviendo, sin embargo, la mitad de los calderos los desviaron en las murallas más débiles en caso de que recibieran un ataque en esa zona.

Ahora todo lo que queda es esperar a que los salvajes embistan las murallas a tiro de arco para diezmarlos en lo que Muzan respondía al llamado.

Es media tarde cuando el cielo se iluminó de rojo violáceo, interrumpido por cúmulos de nubes mezquinas mientras que en el horizonte lejano aparecen las primeras sombras de las huestes salvajes.

Shindo Yo, sube a la torre del matacán tan pronto las primeras voces advierten de la amenaza y resuenan firmes los cuernos de guerra. Allí los latidos de su corazón resuenan atronadores en sus oídos por el sobre esfuerzo de cruzar medio patio y subir las escaleras de dos en dos. Cuando se recompone, ni siquiera tiene que forzar la vista para ver la enorme horda de salvajes que avanza sin prisas, organizada en cuadrillas de 500 hombres, moviéndose con disciplina.

- ¿Cuántos van? - pregunta un soldado desde el patio de armas, pero Shindo sabe que no le alcanzan las manos para calcular ese despliegue de fuerza.

- ¡Primera vanguardia! - grita, cuando haya la voz- ¡1500 hombres! ¡Segunda vanguardia, 1000 hombres! ¡Caballería! ¡1500 hombres…!

- ¡Huestes al oeste! -Interrumpió un vigía y Shindo corrió hasta su posición para verificar con sus ojos el descubrimiento. Con horror, fila tras fila de jinetes salvajes salió de los bosques al tanto que los arqueros montados iban cruzando el puente, tomando formación de frente con sus estandartes rojos y las espadas curvas alzadas en lo alto.

Entonces supo que no había sido la imprudencia de la gente lo que les impidió llegar antes a pedir resguardo, sino la guerra que había comenzado bajo sus narices sin tener la menor sospecha.

Con todo lo que daban sus pies, Shindo corrió escaleras abajo, cruzo el patio y empujo a los granjeros que obstruían el paso para llegar a hasta el palomar para advertir a la ciudad de Musutafu y el castillo Muzan, la ciudadela más próxima a ellos.

Tomó del brazo a uno de los aspirantes y lo sentó de un empujón para que escribiera la alerta 10 veces y luego soltara una paloma cada pocas horas. Todo lo que quedaba era rezar porque la fortaleza de Muzan se lograra abastecer mejor que ellos y lograran reunir los hombres que necesitaran.

Las huestes de Mitsuki ni siquiera se acercaron a tiro de arco,} y en su lugar se reorganizaron directo al norte, como si supieran que ellos no eran un problema, como si esperasen a un enemigo desde el norte.

Shindo sudo frío y perdió el hambre esperando un movimiento de los salvajes, pero ellos no estaban interesados en la fortaleza, no todavía. Y solo unas pocas horas más tarde supo porque, la vanguardia de Muzan llego al campo listo para luchar como si hubieran conocido de ante mano la llegada de los salvajes.

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En la llanura, por encima de las lomas Mitsuki se posicionó en medio de su ejército cabalgando una yegua cobriza de crin negra. Junto a ella, su esposo monta un semental Blanco, portando una espada, listo para ordenar el ataque. En su flanco izquierdo la manada de su hijo se organiza para proteger su espalda, excepto por Kirishima, Tokoyami y el propio Katsuki.

El cenizo se negó a estar a cargo de la caballería, porque tendría que dejar atrás su espada y usar el arco o la lanza, en su lugar exigió estar al frente de la batalla junto a la primera vanguardia. Tras él, una formación compuesta por 500 soldados espera la primera orden de su líder, quien se ha equipado casi con la armadura completa.

Katsuki lleva escudo de metal pequeño y su espada ya está desenfundada, con la cinta roja de la empuñadura atada a su muñeca, en caso de que el destino quiera traicionarlo nuevamente. Kirishima se ubica justo a su lado derecho, porta un escudo de acero más grande que el de Katsuki, con el dibujo de un dragón y lleva una espada llena de dientes y a la izquierda de Bakugo las sombras le nublan la vista súbitamente.

-Creía haber dicho que te quería al mando de mis hombres, protegiendo a mi padre. - espeta Katsuki hacia Tokoyami que se abre paso a su lado.

-Me diste la orden, pero antes ya me autorizaste para patearte si te veía haciendo otra estupidez como la que casi te mata con Mirio…Y en tu caso, esto cuenta como una patada en las pelotas

El rostro de Katsuki enrojece de ira, sus dientes rechinan mientras prepara una retahíla de insultos, pero Tokoyami no le da tiempo a responder- Juzgué mal tu madurez si todavía pediste estar al frente de batalla con la herida fresca en tu hombro. – incrédulo Katsuki mira hacia Kirishima. El pelirrojo tiene la boca abierta mientras sacude la cabeza con pasmado, a él no se le había escapado que Katsuki había vuelto a sangrar la noche anterior.

-Maldita sea ¿Cómo demonios te enteraste?

-Eso no importa ahora, pero ni creas que dejaré que te mueras antes de cumplirme.

-No te he fallado nunca, pero sigues desautorizándome... ¡La mierda no esta tan mal! – sisea.

- Tal vez no, pero llevas un escudo, te has amarrado la espada a la muñeca y eso solo me dice que el bastardo de Mirio hizo más daño del que dejaste entrever.

- Se recuperará -agrega el alfa mirándolo a los ojos- pero no puedo usar mi magia hasta que esté bien cerrada la herida del hombro- confiesa.

- Katsuki, no puedes seguir dejando que tu orgullo te ciegue, en este punto, cualquier movimiento en falso te hará lamentarlo el resto de tu vida…- le dice mirándolo con reprensión.

- No fue mi orgullo- le dice y Tokoyami sonríe con incredulidad y cierto deje de amenaza- no solo fue mi orgullo- se corrige entornando los ojos- No soy bueno con el arco, y la lanza habría supuesto demasiada tensión a mi muñeca y hombro

Tokoyami asiente más tranquilo ante la respuesta medianamente sensata. Katsuki como hijo de un Khan debe demostrar el doble de méritos que el resto, por lo que no era una opción quedarse en el campamento a descansar. Sin embargo, también es cierto que Katsuki es una estrella nueva en cielo. Su magia es una cosa nunca vista entre los nómadas, tan poderosa como peligrosa. Le tomó años de practica dominarla, debiendo inventar por sí mismo los principios para controlarla, pero eso supuso mucho esfuerzo y años de estudios, con lo que debió sacrificar otras artes de la guerra que no serían a fines con su peculiaridad, así que puede entender que lo motivo estar en la vanguardia con los demás espadachines, pero de todas las formaciones tomó la primera y más peligrosa.

Quiere decir algo más, pero el ejercito enemigo ya se ve por encima de las colinas. Avanzan en una formación semejante a la de ellos, pero sólo abarcan tres cuartos del ancho de su formación. Se separan en grupos de 200 hombres y van bien equipados, pero son menos de lo que esperaban, incluso para lo que prometió Mei Hatsume la espía que lleva infiltrada casi 10 años en Dagobah.

El cuerno de guerra resuena atronador y entonces la marcha reinicia para que los dos ejércitos se encuentren. Primero avanzan lento, con pasos pesados y rítmicos, luego es una carrera en picada cuando obtienen suficiente distancia de la caballería que está esperando la orden de avanzar. Están a menos de medio camino cuando los arqueros dagobenses lanzan la primera ráfaga de flechas, Katsuki y Kirishima alzan sus escudos mientras flexionan las rodillas ligeramente, esperando el impacto, pero una sombra negra los cubre y se traga cada saeta quebrándolas en pequeñas esquirlas.

A su alrededor, algunos caen muertos, otros resultan heridos, pero la marea se impone hasta alcanzar a la primera línea de los dagobenses con un choque de fuerzas brutal. Hay hombres que no resisten el empuje de la horda de salvajes, caen de espaldas mientras la marea pasa por encima con gritos feroces. Otra lluvia de flechas pasa de largo por encima de sus cabezas, lastimando a los salvajes de más atrás.

El cuerno de guerra resuena otra vez a la lejanía y otro responde más agudo desde las filas enemigas y con eso las caballerías de ambos bandos se preparan para el segundo asalto.

Katsuki raja a dos enemigos de un corte limpio, patea a otro que estaba atrás mientras Kirishima embiste con el escudo a un soldado enorme que porta un martillo de guerra. Tokoyami se queda tras ellos, con las manos extendidas mientras las sombras frenan los pies de los enemigos manteniendo un margen de seguridad para que sus compañeros no se vean acorralados en número y luego las usa como escudo cuando la caballería se abre paso arrollando aliados y enemigos por igual.

Una flecha pasa silbando a un lado de la cabeza de Tokoyami, alguien grita en su dirección y de pronto dos arqueros lo apuntan protegidos por 3 espadachines. Inmediatamente retrae las sombras hacia él, pero ni siquiera alcanza a dar dos pasos cuando una mancha amarilla sale desde la nada para enfrentarlos.

Mirio Togata llega con su sonrisa eterna, haciendo gala de toda su fuerza y su destreza como guerrero, mata a los arqueros mientras Katsuki y Kirishima se encargan de los espadachines. El hombre ríe fuerte y de buena gana mientras los enemigos siguen llegando, hasta saluda a Katsuki cuando tiene la oportunidad, pero el alfa le enseña el dedo medio antes alejarse en dirección contraria.

Tokoyami entorna los ojos, enojado al ver la breve discusión del par. Mirio es ahora un Khan, uno que es avalado por Yagi el pacificador, un héroe de las guerras esteparias. Es un superior en toda regla y como tal podría mandar a castigarlos tras la batalla y ni siquiera Mitsuki podría interponerse, porque tiene que dar el ejemplo frente a todos los demás.

- Que inmaduro. – susurra sacando la espada para sumarse junto a Bakugo en su flanco izquierdo. Si no tiene cuidado, se agotará demasiado pronto, sin embargo, la victoria llega rápida y contundente poco tiempo después.

Desde el castillo, Shindo vio morir hasta el último hombre cuando el general inicia la retirada. Los arqueros montados de los salvajes simplemente no les dan la oportunidad, haciendo gala de su puntería casi perfecta.

- ¿Se acabó? - pregunta alguien a su lado, la voz seca y atónita.

- Se acabo. - confirmo Yo, enfundando su espada mientras retornaba a sus aposentos. De pronto había recordado que llevaba más de 15 horas sin descansar o comer.

En la llanura, Mitsuki celebra la primera victoria junto al enardecido grito de júbilo de sus hombres. Junto ella el mismísimo Khan del sur Mirio Togata la reverencia con esa sonrisa brillante que recuerda las de su maestro Yagi, cuando era más joven.

A lo lejos divisa a su hijo, regresa del campo de batalla con el rostro y la ropa salpicada de sangre y barro, Tokoyami va detrás con el casco de cuervo en una mano y la ropa prácticamente limpia y todavía más atrás Kirishima se asoma entre la gente con una sonrisa llena de dientes, trae el escudo abollado, la espada en su funda y arrastra un martillo de guerra con restos de carne atrapados en las púas.

Cuando pasan junto a ella, ninguno media una sola palabra y ella misma guarda distancia para no demostrar favoritismo, ni dar pie a confusiones, sin embargo, todavía se escapa una leve sonrisa orgullosa cuando Katsuki pasa por su lado para hacer un rápido conteo de los sobrevivientes de los hombres que acompañó y lideró en la batalla.

- ¿Dónde está la maldita carreta? ¡Traigan antorchas! Tengo 10 heridos por allá…-grita subiéndose a un caballo. Alguien pasa corriendo, le entrega un palo con un trapo impregnado de aceite, Katsuki enciende la antorcha con un chasquido de dedos y luego parte junto a la carreta para buscar a su gente.

Una voz la distrae de toda la escena, su mirada regresa hacia Mirai. El hombre parece cansado, trae los ojos oscuros por falta de sueño, cansancio por el viaje y el uso de su peculiaridad. Por esta vez se quedó lejos del peligro, acompañando a Masaru en las colinas para vigilar el resultado aplastante de la batalla. La caballería consiguió capturar a uno de los capitanes y antes de matarlo, Mirai gasto casi toda su energía en ver su futuro…

Si tan solo el hijo Bakugo no hubiera aparecido otra vez en esas visiones.

- ¿Qué viste?

- Dos hijos perdidos en el bosque levante, pero tres son caminantes…- dice con los ojos cerrados- no sé quién es el tercero, pero sigue anunciándose sin que mostrar el rostro...

- ¿No dijiste la última vez que eran tres hijos perdidos?

El hombre sonríe gratamente sorprendido. Muchos meses atrás ya había tenido varias visiones cuando tomó la mano de Katsuki, pero ese no era un detalle que le hubiera comunicado a su Gran Khan, sino a Masaru la Gran Matriarca. No era un secreto, pero el hombre le había pedido que no le mencionara el asunto a la mujer, aunque quizás el solo le contó la parte que no menciona a su hijo.

- Parece ser que uno está regresando a casa…- le dice mientras observa su reacción en busca de algún signo de reconocimiento, pero ella es imperturbable- lo siento, necesito volver al campamento con los demás, ya no seré de utilidad aquí…

-Adelante, entonces – se despide la mujer con un gesto.

En ese momento, Mitsuki reúne a los kahnes del sur y el oeste, mientras se encienden fogatas por todo el alrededor del castillo. Ahora solo queda prepararse para el asedio y la toma de Yukai.

En poco más de dos horas, las carretas que se habían adelantado temprano en la mañana, arman dos decenas de yurtas, a unos 300 metros al sur, alzando estandartes y banderas de cada clan convocado y cuando han terminado la tarea se retiran al campamento original de la campaña, llevándose consigo a los heridos.

Por la mañana, las huestes de los nómadas se forman esta vez de frente a la fortaleza y con ello, todo el castillo se prepara para el asedio mientras su general, Shindo Yo, trae en el cuerpo 10 onzas de vino, medio pan y la certeza de que ya perdió la batalla.

Por la noche, ingresó al cuarto del maestre, allí tomó el mapa de la región, la espada de acero del anciano y revisó los documentos que tenía escondidos dentro de un cajón cerrado con llave. En ese momento, ya estaba medio borracho cuando uso el atizador de la chimenea para forzar la cerradura, pero el mareo y la alegría momentánea se le fueron de un plumazo cuando reconoció el sello imperial.

Eran al menos 10 mensajes del norte y su contenido era claro y funesto: el desaparecido Natsuo Todoroki fue declarado muerto tras 3 años de búsqueda infructuosa y el propio rey Enji Todoriki está muriendo de una enfermedad incurable. Shindo ya sabía que todo el linaje imperial había nacido bajo una mala estrella, era el rumor que surgió luego de que el hijo mayor y la esposa murieran en un incendio del palacio, que cobró 300 vidas entre nobles, eunucos y sirvientas. Pero otra cosa era que se confirmara como toda la línea de sangre había sucumbido a la maldición y la desobediencia.

De los 4 hijos nacidos de la semilla de Enji, sólo quedan dos, Fuyumi una mujer beta y Shouto un omega de 11 años.

La beta hace más de 10 años que había renunciado a su título y herencia para investirse con el velo de las sacerdotisas, en consecuencia, perdió todo derecho sobre el trono, y el príncipe Shouto por ley todavía puede ser coronado y puesto al poder, pero no soltero. Sólo tiene que contraer matrimonio con un alfa de la corte. No importa que tenga 11 años, ni que su celo no haya llegado, porque será el primer consejero del rey quien asuma el liderazgo hasta que el niño haya madurado. El problema nace cuando la mitad de los ministros es candidato elegible o tienen herederos habilitados para el matrimonio, con lo cual Enji debe decidir con quien casar a su hijo omega antes de morir.

Las cartas también solicitaron el envío inmediato de soldados a la capital para lo que llamaron "refuerzo del orden público", entregando una lista larga y detallada de todas las fortalezas que debían sumarse a la solicitud del rey, junto a los generales de las familias más antiguas de cada región. "Valla eufemismo estúpido, pomposo y burdo", maldijo Shindo Yo entre dientes, porque lo que estaba pasando en la capital no era otra cosa que una guerra civil entre ministros por la mano de Shouto Todoroki.

De acuerdo con esta maldita lista, Muzan literalmente era el último bastión que podía ayudarlos, porque Deika, Musutafu y Quing Quing (las siguientes fortalezas hacia el norte) ya deberían haber respondido a la orden del rey, considerando que las cartas estaban fechadas hace mes y medio. Entonces se quedarán aquí encerrados a morir de hambre en tanto el Rey o Redestro, su primer consejero, logren controlar las presiones de los ministros para casarse con el último heredero al trono de los Todoroki….

Los salvajes ya están ordenados en filas portando estandartes. Todavía se están varios metros más allá, lejos del alcance de sus arcos, pero incluso si está cansado y mareado, nota que estos no son la misma cantidad de enemigos que ayer.

Tras su espalda resuenan golpes contra una puerta, luego gritos ahogados provenientes de la torre el homenaje y los calabozos. Las puertas se abren de par en par liberando masas de campesinos corriendo lejos de un humo blanco, tosiendo, con los pies torpes, sin rumbo, chocando con los pocos soldados que llegan a comprobar el incendio.

Sus ojos apenas siguen el hilo del desastre, cuando a duras penas se mantiene en pie, esquivando a los campesinos y soldados que intentan huir desde una muralla a otra. Algunos arrastran cuerpos, otros salen ensangrentados mientras que el resto se desploma en el suelo.

- ¡Vienen por las mazmorras! – grita alguien en medio del humo, para luego desmayarse en el piso.

De pronto, junto a los que huyen del humo, salen gentes con turbantes cubriendo medio rostro y boca, portando espadas curvas mientras van matando a diestra y siniestra soldados desprevenidos.

Tiene que ser una broma, la peor de las suertes, el infierno mismo cobrándose sus pecados por los bastardos que dejó en la región del norte…Pero el olor a la sangre y muerte es tan real, como el picor familiar en sus manos cuando aprieta el mango de su espada desenvainada.

Los cuerpos van cayendo uno a uno mientras todo el aire se llena de feromonas angustiadas cuando un grupo de mujeres betas y omegas queda acorralado en las caballerizas.

Shindo ordena una formación y un grupo de soldados niños cubre su espalda. Desde las almenas caen flechas ciegas y asesinas hacia las puertas de las mazmorras anegadas de humo, hiriendo aldeanos y enemigos por igual.

El humo se propaga con más fuerza, ayudado por sombras en forma de aves que se arrastran por las grietas de la piedra buscando recovecos, huecos o cualquier entrada por donde penetrar las murallas, con la promesa de aumentar la desesperación.

Shindo, grita y ruge directrices a los cobardes que se quedan parados sin pelear, patea enemigos, empuja los cuerpos que se amontonan en el patio mientras intentan evadir el humo infame, y, sin embargo, no logra acercarse a la torre del homenaje, el edificio central situado encima de las mazmorras.

Su cuerpo burbujea, pica y bulle febril con el llamado de un poder antiguo y prohibido, los instintos de su cuerpo agitados como un lobo hambriento. Había jurado que nunca nadie sabría de él o de su fuerza y magia, pero a este paso, nadie sobrevivirá al ataque si no se rinden o si no logra derrumbar las mazmorras por donde han conseguido entrar los bárbaros.

De improvisto, recibe una tacleada firme contra su costado, un hombre bajo de ojos avellanas le planta cara usando apenas una cuchilla y la habilidad de sus manos y piernas. Shindo no ha vista nada igual, pero no por la destreza de su defensa sino porque este es un omega. Recibe un corte y luego son dos más en los antebrazos, alguien grita a su lado para intentar ayudarlo, pero otro salvaje se interpone y queda nuevamente expuesto. La omega silva de forma viciosa apenas amortiguado por la tela que cubre su boca, vuelve a arremeter contra él y entonces Shindo se da cuenta del dolor en su costado, la respiración difícil que lo ahoga a ratos mientras intenta recomponerse y devolver los golpes.

Una flecha silva sobre sus cabezas, pero no les da alcance, sus pies tropiezan, pierde la espada, el equilibrio y la conciencia justo cuando su cuerpo colapsa contra una muralla debido al veneno de los humos.

Entonces sucede, la primera toma de los páramos que quedaría en la historia del nuevo orden como el primer asedio victorioso de los pueblos salvajes nómadas.

Mitsuki ruge junto a Mirio la nueva victoria. La hija del este, perdida en las tierras enemigas, no solo había cumplido su misión, les había asegurado un lugar donde asentarse por meses y años, protegidos de cualquier intento del imperio por recuperar su soberanía.

Por años nadie de su gente se ha había atrevido a recobrar las tierras de los páramos verdes, porque, aunque las batallas contra los soldados del imperio solían terminar en victoria para ellos, los pueblos nómadas no lograban asentarse por más tiempo de lo que duraba el verano y otoño debido a los castillos.

Mas el exilio al desierto y la estepa, trajo consigo un exquisito intercambio entre las culturas sobre los conocimientos transmitidos por los eruditos de las dunas y la fortaleza innata de los nómadas. Ahora tenían el número, las armas y a las hijas e hijos del este: asesinos y espías entrenados para vigilar el imperio por décadas que les ayudaron a no perder la conexión con su tierra sagrada.

Mei Hatsume, era uno de los pocos sobrevivientes que se esconden todavía por la región, ella recobro los planos de la ciudadela y les hizo llegar la información necesaria con las descripciones de los pasadizos secretos de los castillos.

Eran salidas de emergencias creadas por demanda de los grandes señores fundadores. Pero hace más de 100 años, con los cambios en las particiones políticas y económicas de la región, los regentes originales de los castillos cedieron la responsabilidad a jefes militares y se fueron a vivir como ministros en la capital, en consecuencia, solo unos pocos conocen la existencia de los pasajes subterráneos que ofrecen una salida al exterior.

Esta información en principio no fue tomada como una ventaja, era imposible pensar que podrían hacer pasar un ejército por el estrecho pasadizo, hasta que las matriarcas tomaron parte en la mesa de reunión. Masaru pregunto si no era posible usar el pasadizo como un conducto de aire y los tres Khanes supieron inmediatamente a que se refería. Cuando las madrigueras de los nomus en la estepa son inaccesibles, siempre pueden envenenarlos y eso fue todo lo que tuvieron que hacer con el castillo de Yukai, encontrar el pasadizo con ayuda de los exploradores, anegarlo con el humo de hongos prensados y empujar el veneno usando un fuelle.

Por la noche, pusieron vigías por los perímetros para que alerten de cualquier movimiento en el castillo. Reunieron 50 hombres voluntarios para pasar por los pasadizos masticando el antídoto. Allí comprobaron que la gente escondida en el segundo y tercer nivel del subsuelo, habían muerto por el humo, y que este se había propagado por las murallas hacia dos barracas colindantes, matando a los soldados que habían dormido ahí. El resto fue historia contada.

Por los campos de batalla, los nómades todavía celebran la victoria, pero Mitsuki deja a cargo de la limpieza del castillo a Mirio y Tsunagu en favor de acompañar a la caravana que transporta a los heridos y rehenes.

La poca gente que sobrevivió, eran familias campesinas humildes de poca educación y unos pocos soldados jóvenes sin experiencia. No les tomo ningún esfuerzo someterlos, en su mayoría eran betas con crías y algunos omegas que habían escapado hacia a los últimos pisos de la torre del homenaje o a las caballerizas.

También habían recuperado la mitad de las provisiones, sin que se contaminaran por el veneno. Mitsuki ahora tiene más suministros y omegas que repartir entre sus abanderados y mano de obra para expandir las murallas y así proteger los caballos y nacimientos que vendrían.