Los 3 dioses
"Los vientos del cielo no soplan siempre.
El cuerpo con el que naciste no es eterno.
¿Quién de vosotros beberá de la fuente de la eternidad?
En este fugaz momento – ¡disfrutemos de nosotros!
Estos vientos terrenales no son como las cuerdas de la yurta.
Este ser mortal tuyo no es eterno."
Los vientos del cielo, poema popular mongol.
Los hogares nómadas son leales a su gente, los siguen a donde van ofreciendo cobijo, protección y felicidad. Ellas son testigos de cada pasaje que viven las gentes de Yuei, desde que nacen de un coagulo de sangre y hasta que mueren.
Sus vigas, son las raíces robustas que sostienen a los 3 clanes, fieles a su memoria, fieles a su origen. Las pieles que la visten, representan la fuerza de la matriarca, pero también el límite con que mantienen el equilibrio entre el mundo terrenal y el espiritual. Por eso, pese a lo que se dice de ellos, todos los extranjeros que alguna vez fueron recibidos en sus bondades, concuerdan con que ningún nómade necesita oro ni plata, porque en la yurta sacian todas sus hambres.
La yurta de Mitsuki fue la última casa en izarse en el campamento y será la última en desensamblarse al término de la guerra. Dentro, un sol corona el centro del hogar sobre un tapiz bordado a mano. Cuelga en todo su largo hasta al piso, estando ni muy lejos ni muy cerca de la chimenea rustica. Bajo el símbolo descansa un sitial de madera rojiza con imponentes patas de león, para dirigir a su gente. Lo calza un cojín de lino y la piel de cordero, a los lados hay dos mesas pequeñas donde descansan una botella de licor y el pedestal de la espada rota de la diosa Eutuken.
La carpa se mantiene tibia gracias al fuego que libera sus humos hacia el anillo de ventilación situado en el techo.
A la derecha otro velo se extiende para separar la intimidad del deber, pues tras el descansa un nido amplio con forma redondeada y mantas tejidas que aseguran cobijo y protección.
Para esta ocasión, se han dispuesto 2 tinajas con agua tibia y aceites medicinales que una mano diestra comienza a mezclar en un cueco. Dos gotas de aceite de lavanda, mas 10 gotas de menta y 10 de romero sobre una base de cera de abeja. En sus manos, la mezcla se vuelve tierna mientras respira el olor, contento con el resultado del ungüento medicinal que hizo para su esposa.
Mitsuki es una alfa enérgica, fuerte, de carácter fiero, pero también es una mujer que tuvo que dar mucho de si misma para ganarse el respeto de su gente y la confianza de todos los lideres nómades.
Su deber como esposo es devolverle la paz, para que pueda descansar al menos por esta noche, antes de que todo el campamento se movilice hacia la región que rodea al castillo para asentarse y organizar la defensa del territorio ganado.
Aunque quizás haga falta mucho más que un baño, cuidados y su olor natural.
En la puerta, su esposa lleva un momento largo observándolo preparar ese ritual tan místico como familiar. Era una tradición de su casta, preparar un baño para liberar al alfa de las malas energías que pudiera capturar en el cumplimiento del deber, sin embargo, esta tradición fue diluyéndose a media que disminuyeron los omegas que se dedicaban exclusivamente al hogar.
Desde muy joven, Masaru tuvo que asumir muchas responsabilidades con la tribu, y como todos los demás aprendió el arte de la espada. Sin embargo, nunca dejó de hacer el ritual, incluso tras el parto de su único hijo luego de que su alfa saliera a matar los nomus que habían atacado un campamento.
Verse nuevamente en estas circunstancias no era nuevo, aunque la oscuridad en la mirada de su esposa le advirtió que algo severo debió pasar después de que él se fuera del campo de batalla para preparar el ritual.
Había sangre fresca en su rostro, junto a manchas secas repartidas en todas partes en su uniforme. Entonces vio sus manos sucias, la espada con el emblema de los dioses invertido. No necesitaba nada más para saber que había pasado.
Con lentitud ella se desnudó y abandono sus armas sobre una tela blanca, luego tomo asiento sobre un taburete y se dejó limpiar por las manos suaves y tibias de su omega. Su vínculo siempre se regocija cuando sus pieles toman contacto, el calor de su amor traspasándose como un cosquilleo a través de la mente, mientras, poco a poco el vapor los sumerge en el letargo. Con sus manos húmedas, Masaru comenzó a cuidar la piel y los músculos de los hombros y espalda, trazando círculos para abrir los caminos, sacar la tensión y el dolor de su cuerpo. Ella detendría sus manos para besarlas y coquetear con sonrisas de agradecimiento.
- Eres la bendición más grande que he tenido en mi vida- le dice mientras lo observa desnudarse
- Y tú la fortuna que anhelaba…
Mitsuki sonrió tomándolo en sus brazos para llevarlo hacia el nido. Masaru ni siquiera se queja mientras recibe a su esposa apenas un momento después. En cambio, se aferró a su espalda, suspiró palabras dulces de amor y alabanza entre gemidos y gritos llenos de placer.
Ninguno está seguro de cuánto tiempo estuvieron ocupados, pero el cuarto está oscuro y algo del frío por la noche que se cuela desde la entrada. Mitsuki suspira con una sonrisa, mientras frota círculos en la cicatriz de su enlace, situada bajo la nuca de Masaru mientras el hombre hace lo propio con las cicatrices antiguas de batalla en el vientre de ella.
-Estoy seguro de que sabes que la vida de esas personas fue un precio muy bajo comparado con todas las demás que tomaron, Mitsuki. - dice Masaru respirando su olor.
En algún momento del apareamiento, ella encontró oportuno contarle sobre las familias muertas en los calabazos, los moribundos aldeanos tras inhalar el veneno, los rostros de jóvenes soldados inexpertos que murieron defendiendo el castillo.
-Eso lo sé, pero no hace que sea más fácil.
-De haber sido diferente no habríamos podido tomar el castillo, y seria nuestra sangre manchando las paredes. Además, muchos omegas escaparon a las caballerizas.
-Lo sé, pero es a mí a quien temerán por el resto de sus días, sin importar lo que les depare el futuro con nosotros.
-Y Que bueno que no eres tú quien está a cargo de manejarlos- advierte Masaru mientras se incorpora para mirarla a los ojos.
La mujer sostiene su mirada con cierta culpa, porque estaba olvidando que en realidad es su esposo quien está a cargo de los omegas y rehenes.
- Escucha querida, sé que no hemos hecho esto en un largo tiempo, pero el encierro de los omegas solo tiene un objetivo: identificar la naturaleza de cada omega.
- Sé eso esposo, la angustia y el rechazo de una pareja es muy peligrosa, caerán en una gota si no sabemos que los motiva…
- En nuestras condiciones, no tenemos otra manera de elegirlos. Por eso también creo que es tiempo de que me vean como la matriarca de la tribu- dice empleando un tono serio que no deja lugar a discusión- Como pensamos parece ser que la mayoría tiene fuertes lazos con las virtudes de la diosa Otuken, su primer instinto es ser cautelosos y hasta ahora ninguno ha intentado escapar…la prueba de campo es la más justa y apropiada para los omegas dagobenses… - dice mientras se sumerge en sus pensamientos, pues ha tenido ciertas noticias
-Vaya, te molesta algo
Masaru cierra sus ojos y se acomoda sobre su espalda mientras tararea afirmativamente. -Nemuri no hizo un buen trabajo en ocultar lo mucho que le gusta un omega. - reveló.
- ¿Quién?
-No sé su nombre, y no lo he visto, pero el rumor dice que fue Katsuki, nuestro hijo, quien lo trajo
- ¿Mi mocoso? Lo encontró de camino aquí supongo
-Lo cazó de camino aquí, en realidad- rectificó- según me informaron, el chico montaba a caballo…cuando no pudo seguir usando la yegua, huyo durante medio día cargando una cría en brazos. Incluso desafió a Katsuki con una daga, aunque no sabía cómo usarla. Kyoka tuvo que dispararle una flecha roma para derribarlo e impedir que saltara al río para escapar.
-Lo guían Otuken y Erlik Khan
-Otuken y Erlik Khan - asintió Masaru
-Y Katsuki lo trajo- tarareo la mujer con una sonrisa.
