Capítulo 17 Impronta omega

Sobre la mesa, Masaru tiene los informes de los espías que han vigilado a Izuku pero son apenas rumores, retazos de la realidad que debe hilar para reconstruir los verdaderos acontecimientos de los últimos días. Realmente no había esperado que el muchacho hubiera acudido si algo pasaba, pero es difícil mantenerse firme cuando las verdades van saliendo poco a poco.

Él no había intercedido en el hostal, pero definitivamente alguien lo hizo si la mujer lo rechazó de esa forma... También le preocupa los rumores que están circulando. Dos semanas con 5 días y ya hay quienes dicen haber visto a Izuku prostituirse. Los espías no piensan que ese sea el caso, pero debe tener cuidado o las habladurías podrían hacer que alguien se tome atribuciones.

Por otro lado, está la cuestión del alojamiento, hasta ahora sólo pueden verlo meterse por el mismo callejón, situado a pocas casas del lavadero, pero ninguno ha logrado seguirlo porque son demasiado estrechos para esconderse dentro y lo alertarán. Los pasadizos terminan todos en las avenidas principales, patios de algunas casas y demás construcciones, pero ya comprobaron que su escondite no está en ninguno de ellos, ni hay evidencia de que recibe ayuda. Entonces, ahora tendrá que pedir ayuda a algún usuario de magia.

Mirai le dice que es demasiado esfuerzo por el omega. Pero Masaru es un hijo del este de sangre pura y por eso sabe mejor que nadie lo necesarios que son los omegas, incluso estos que parecen tan inútiles.

Los omegas no solo ayudan a equilibrar las energías belicosas de los alfas, su presencia mantiene el estatus quo equitativo y la representatividad de los omegas en las discusiones políticas. Lamentablemente, desde que la guerra del exterminio ocurrió, esto último se ha visto severamente afectado: por cada 10 alfas sólo hay 3 nacimientos omegas, como si la diosa Eutuken exigiera que recuperaran la tierra antes de bendecirlos con su casta.

Así que uno vale un año de espera, sobre todo si no tienen que reeducarlo tanto como a los otros, que estima tardarán uno años en aprender las costumbres nómadas y a fidelizarse en sus intereses.

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Han transcurrido 5 días desde que afrontó a Kota y en ese tiempo ambos se sienten enfermos y más cansados a pesar de que no tienen que preocuparse por el alojamiento. Kota lo sigue a donde quiera que vaya sin ánimos ni juegos, el rostro parco he ido. Se muerde los labios cuando le ofrece una fruta que compró en la plaza y la prueba hasta comerla a la mitad, pero por más que lo intenta no lo mira a los ojos ni se deja consolar.

Necesita pedir ayuda, pero no hay nadie a quien pedir consejo. También necesitan comida real además de las frutas, el pan y huevos cocidos que compran en el mercado, sin embargo, el hostal tampoco le vende comida. Todo lo que les queda es mantener esta rutina que los mantiene vivos y juntos, aunque cada vez funcione un poco menos.

Izuku sabe que no basta con levantarse a primera hora cada mañana, lavar ropa o remendar camisas, ni es una opción esperar a que pasen las horas, sentados en el suelo. Tiene que dar otro paso adelante y hacer las cosas diferentes o no llegaran ni siquiera al otoño juntos si sigue dependiendo de la ayuda de Nemuri.

Lo ha pensado y tiene una idea clara de donde puede conseguir trabajo sin que lo rechacen, pero hará falta que se pruebe a si mismo por encima de cualquier expectativa que los salvajes tengan de un omega Dagobense, más no sabe todavía como podría lograrlo.

A veces dentro del granero alguien deja colgando una bolsa con alimentos, el primer día supuso que era Inasa, pero no ha podido preguntarle, el chico tiene mucho cuidado de que nadie los vea juntos y silenciosamente han adoptado una serie de acuerdos para que nadie sepa que está escondiéndose en él granero.

Todavía intenta pagarle por el alojamiento dejando el dinero sobre el mismo barril, pero el alfa sigue sin llevárselo y encima cada vez son más las atenciones que tiene con ellos. Ahora se preocupa de dejar mantas limpias, separadas de las que usan los caballos, les deja agua pura, le permite guardar los garrafones con jabón o remojo de hierbas, pero la última jugada del alfa lo dejó francamente aturdido.

Izuku sabía que Inasa tardaría en recibir su dinero, pero fue sorprendente encontrar el pago que dejaba por el alojamiento más 3 monedas adicionales, dentro de un cuenco de cerámica. Ahora van acumuladas 75 monedas, 50 por las últimas 5 noches más 15 monedas extra y el dibujo de un monigote exaltado.

Ahora todo esto era un reto personal, y si Inasa quería pagarle por quedarse aquí, entonces él va a trabajar en la oscuridad del granero cuidando de las potras embarazadas, incluso si no sabe quiénes son los otros dueños. Así que, cada noche las impregna con su olor, las cepilla cuidadosamente, cambia la paja, barre el suelo de piedra dejando el montón de suciedad en la entrada, para que a Inasa pueda limpiarlo fácilmente por la mañana.

Sin embargo, una noche Inasa deja una lámpara portátil más grande junto al bolso con alimentos e Izuku se ríe mientras imagina una conversación ficticia entre ellos, pero como no puede ser menos y necesita probarle a los nómades que puede trabajar bajo cualquier condición, le trenza el cabello a todas las yeguas usando el hilo para remendar. Sin embargo, al día siguiente cuando regresa al granero, ellas ya no tenían trenzado el cabello.

- ¿No le gustó? – preguntó Kota mientras revisaba el bolso con comida.

- Eso parece – dijo Izuku con tristeza revisando por encima del hombro de Kota las cosas que le habían dejado: carne seca en tiras, queso, pan, dos manzanas y una bolsa más pequeña y pesada.

Izuku abre el paquete con cuidado, encontrando cintas de color naranja, un cepillo especial para la crin y una pasta fragante que se usa para desenredar el cabello largo de los caballos.

- Si le gustó – dice Izuku con una sonrisa y luego se sienta junto a su hermano para comer.

Tan pronto terminan de alimentarse y ayuda a Kota a armar un nido sobre la paja limpia, Izuku se lava las manos antes de barrer el piso y luego trenza la crin de todas las yeguas usando sus nuevos implementos.

La mayor de todas las hembras es quien tiene el cabello más largo y sedoso, pero también es la que está mejor cuidada, así que es obvio donde está la estima del alfa. Para ella debe hacer algo especial, así que la observa un largo rato antes de tomar una decisión, pero es difícil, no conoce los gustos de Inasa ni lo ha visto montar un semental propio así que no tiene pistas. Aunque quizás no sea tan necesario, ha sido testigo curioso de como los nómades cuidan y adecentan a sus caballos y no hay un patrón fijo, en cambio buscan diferenciarse, así que decide probar con algo que no ha visto en el campamento.

Con cuidado, desenreda el cabello untando la cantidad justa de producto mientras separa las hebras en varios cabos, ayudándose con él hilo y las cintas. Luego va tejiendo el cabello, creando un elegante enrejado en forma de rombos, que acomoda para que caiga como una cascada negra a lo largo de su cuello.

La hembra lo observa fijamente con sus ojos de botón, emitiendo un ligero arrullo cuando las manos del omega acarician su lomo. Ahora luce tan orgullosa como las demás y, por primera vez en mucho tiempo, Izuku se siente satisfecho. Casi estuvo tentado a quedarse para ver la reacción de Inasa, más el arreglo implicaba que no podían verlo salir y eso sólo podía hacerlo a primera hora de la mañana, cuando Inasa lo despertaba tocando tres veces la puerta principal del granero.

Entonces se lava las manos mientras piensa que en algún momento podrá preguntarle directamente. Por ahora lo mejor es que descanse y se acueste en su nido con Kota. El niño respira lento e irradia mucho calor, entonces lo abrasa para robarle un poco mientras hunde la nariz en su cabello, respirando su olor a alfa, para arrullarse ahora que le recuerda cada vez más a su padre…

En sueños se remueve y murmura cosas hasta que despierta con un sollozo y los ojos anegados de lágrimas, había soñado con su padre y el día en que llegó a casa con una escalera doble de madera.

En ese entonces era verano y el viento soplaba caliente a través de las aberturas del corral, pero él de todas formas corrió a saludar a su padre cuando lo vio regresar a casa. La figura alta de Hisashi se alzaba desgarbada por la larga caminata, pero sonrió cuando escucho la risa de Izuku, su bebé venia corriendo torpemente por la tierra recién arada y él soltó la escalera para correr en su busca, atrapándolo por la cintura para elevarlo en el aire. "Mira, esta escalera pequeña es para ti…" le dijo y entonces le enseño a cepillar a los caballos, a calmarlos con sus feromonas y a medida que crecía aprendió a trenzar la crin como hacían los soldados del pueblo. "No olvides que te amo hijo" fue lo último que dijo Hisashi en sus sueños.

- Muchas gracias, papá– murmuró Izuku limpiando sus ojos, luego se levantó con cuidado de no despertar a su hijo para tomar un trozo de papel y escribir una nota de agradecimiento. – muchas gracias alfa…-susurró mientras escondía la nota dentro de la bolsa, sin dirigirla a nadie en especial, porque para él sólo Inasa podría ayudarlo, entonces, no tenía sentido identificar a un destinatario.

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En los lavaderos las cosas comienzan a cambiar, un día se entera que están haciendo otro pozo que esté más cerca de la zona donde acampan los salvajes, y al otro día los esclavos se presentan en el lavadero donde trabaja para confeccionar un fregadero largo, hecho de argamasa, ladrillos y un horno con tapas de acero debajo para calentar el agua.

Izuku tiene cuidado de alejarse cuando los ve, están encadenados y fuertemente vigilados, pero son alfas después de todo y no sabe cómo puede afectarlos el encierro y la mala alimentación. Entonces, por mucha lástima que les provoque verlos tan pálidos y demacrados, debe protegerse manteniendo un mínimo de distancia.

Sólo dos días después de que comenzaran el trabajo, se van cuando el extraño aparato funciona. Mucha gente curiosa los prueba y con ello los hornos se llenan de ceniza, el suelo acumula desperdicios por el arrastre de madera o carbón e Izuku limpia toda por una moneda. Secretamente, el omega roba los restos de carbón y leña que abandonan las personas para esconderlas dentro de un barril roto cerca del pozo y luego los usa para su propio negocio.

Por esos mismos días, Nemuri comienza a llegar con canastos de ropa provenientes de las carpas de sanación y le paga más que nadie.

- Son sabanas, pero necesitamos que estén purificados – le explica mientras le enseña a mezclar el jabón con un remojo de hiervas que ella misma trae para eso. En sus palabras la esencia de esas plantas ayuda a que los espíritus de las enfermedades no se peguen a ellas y así puedan usarlas de nuevo sin peligro.

Pero, aunque ya tenga clientes fijos y la ayuda constante de la alfa, ganar dinero no es el mayor de sus problemas cuando nadie quiere venderle sus productos. Lo que sucedió en la posada se ha repetido en casi todos los locales establecidos del pueblo. No lo dejan pasar y si le venden algo es lo que nadie quiere, como las tazas que se deformaron en el horno, el pan de centeno añejo o las verduras mustias.

Lo llaman puta de tantas formas que ya casi no le importa. Pero una parte de sí mismo se debilita lentamente. A veces se pregunta si no sería más fácil hacer lo que todos dicen, después de todo ya no tiene mucha virtud que proteger y quizás así consiga más fácilmente lo que necesita.

Caminar entre las personas se vuelve difícil por el día. Ver a los Dagobenses, quienes se supone son su gente, es difícil. Lo hacen sentirse pequeño, como una semilla que vuela en el aire y que es derribada por un animal más grande. A veces siente que es invisible. Nadie mira a través de su cuerpo ni su casta, como si ser omega y persona no fuera lo mismo. Como si fuera una parte desechable, usada e inservible.

Al menos tiene la mano pequeña de su hijo…Al menos la tendrá un poco más…

Es media tarde cuando están caminando fuera del pueblo, entre los límites del barrio nómada. Le dijeron que ahí pasaban vendiendo riñones y que cerca del castillo un hombre beta se instala cada una semana para vender una serie de cachivaches y cosas de segunda mano. Con un poco de suerte puede abastecerse con alguna cosa.

Está a varios metros del castillo cuando el rumor y el quejido de un animal resuena fuerte. Levanta la cabeza para buscar el origen, pero no puede ver que sucede. De pronto se suman gritos entre las yurtas y carpas, algunas se sacuden y varias personas huyen cuando sale disparado un caballo negro de impronta pura, enorme y brioso.

Un soldado intenta frenarlo por la brida, pero el enorme animal lo derriba y con horror Izuku ve como el semental le pisa la cabeza, emitiendo un ruido semejante al de una rama rota. Otras personas huyen o reciben los cascos en el pecho, saliendo despedidas al tiempo que el caballo sangra de una pierna.

En un segundo, Izuku empuja a Kota tras su espalda con fuerza y al siguiente el caballo pasa por su lado enganchándolo por la ropa.

"¡Omega, arriba, arriba!" grita volando una voz tras su espalda.

Sus pies se arrastran por el suelo varios metros, cuando la brida sostiene la ropa que comienza a rajarse por su peso. Sus piernas están muy cerca de las patas traseras, y si se cae lo aplastará con ellas. Entonces se aferra a la crin, las correas y la silla, hasta que logra empujarse con los brazos sobre la montura antes de que chocaran con otros transeúntes.

El semental corre enceguecido varios metros antes de que note la presencia en su lomo y cuando lo hace patea, relincha, salta y se impulsa de un lado a otro mientras el intruso tira firme de las riendas y sin compasión.

Izuku jadea con fuerza cuando se cuerpo se balancea violentamente de un lado a otro, pero no suelta al caballo, se matará sí se cae de él. Entonces tensa la mandíbula para no morderse la lengua, se afirma a la silla con los muslos, le inca los talones en las costillas para cansarlo y cuando eso no es suficiente lo agarra de la crin con fuerza, para conducirlo lejos de la gente que no ha conseguido apartarse del camino.

Casi se aturde cuando su cabeza choca con la del caballo. Ve doble y por un momento su cuerpo salta y cae bruscamente sobre la pesada silla, enviando corrientes de dolor agudo en sus genitales.

- ¡Mata al caballo! - ordena Katsuki a Kyoka cuando alcanza al semental y se da cuenta que la persona que había arrastrado era Izuku. Inasa llega justo después junto al padre de éste, mirando atónitos la escena - ¡Ahora! – le grita cuando ella duda brevemente, pero la flecha pasa silbando, más cerca del omega que del caballo.

- ¡Nanai! -grita Izuku tirando de la crin mientras se afirma con la otra mano de la silla.

El semental gime y relincha lastimeramente. Patea con menos fuerza y sacude la cabeza, galopa otro tramo, patea y bufa hasta que se cansa, siguiendo las órdenes del omega que lo ha impregnado con sus feromonas.

Katsuki va desde atrás corriendo, sin poder decir una sola palabra, porque él, al igual los demás, no puede creer que un omega Dagobense haya domado a un semental de sangre caliente, a pura fuerza y razón de violencia hasta hacerlo trotar a su antojo haciendo círculos alrededor del campo.

Cuando Izuku se baja del caballo, palidece como si recién entonces lo hubiera alcanzado el miedo. Camina con las piernas temblorosas y adoloridas por la fuerza que usó para evitar que el semental lo tirará de su lomo, más logra pararse derecho y pasar a través de Inasa, Katsuki y todos los nómades que se reunieron a su alrededor. Sólo se detiene cuando llega frente a Kota que se cubre el rostro con las manos aterrado porque casi pierde a Izuku también. El omega lo toma en brazos y se va, desapareciendo entre la gente.

- ¿Todavía quieres emplear a la omega? -dice el padre de Inasa quitándose un brazalete para entregárselo en las manos. - Tienes mi venia y apoyo…