A/N: Un relato diferente a los que acostumbro a escribir, aunque siempre es bueno intentar todo tipo de narrativas.
Los personajes y el manga Shingeki no Kyojin son propiedad de Hajime Isayama.
Bien era conocido que Karanese se encontraba en una situación de crisis social a causa del aumento de impuestos y la inflación en el mercado agrícola, más sin embargo, era una mañana espléndida. El sol había salido para presumir su destellante luz más temprano de lo acostumbrado, confundiendo a uno que otro animal de granja y a su vez, brindar vida a toda fuente viviente que provenían de los verdes pastizales de los jardines y huertos.
Ambos desayunaban, acostumbrados al silencio y a la paz que generalmente emanaba de su hogar, al quieto timbre de la cuchara mezclando un cubo de azúcar en la taza hirviente de café, y al suave desliz de hojas de periódico. Usualmente las conversaciones que compartían eran breves; a pesar de poseer personalidades muy distintas en extrañas ocasiones chocaban, razón por la cual surgían preguntas por parte de sus amistades más cercanas —las cuales eran limitadas—acerca de cuál era el secreto para lograr llevar un matrimonio como el de ellos.
—Levi. ¿Puedo preguntarte algo? —La voz de Petra interrumpió la cómoda tranquilidad que emanaba esa mañana, sin embargo no pareció molestarse ante su necesidad de entablar una conversación.
—Dime. —El hombre deslizó un pliego del diario que leía con monotonía, tal y como sucedía cada mañana. Los columnistas de Karanese no cesaban de escribir noticias sobre los malos augurios que rodeaban la ciudad, al igual que el predominante amarillismo entre los espacios de cada palabra escrita para desarrollar una noticia sensacional.
—¿Cuándo vamos a intentarlo?
—¿A qué te refieres? —Su mirada se posó en la joven mujer que se encontraba a su frente, tomando un sorbo de su bebida matutina habitual.
—Ya sabes...tú y yo, juntos. —Musitó con cierta pena, frotándose las manos con el delantal de cuadros amarillos que vestía.
—Ah. —De pronto, las palabras amarillistas del diario de Karanese se esfumaron de su mente, dando paso a la respetuosa pero directa insinuación de su pregunta.
—Nos casamos hace más de medio año. Es algo natural, además tú eres un hombre y...bueno. —Encogió sus hombros con más pena aún, sintiéndose atrapada ante la penetrante mirada de sus ojos color zafiro que no dejaban de mostrar confusión.
—Eres extraña. —Declaró el hombre de cabellera oscura. ¿O acaso el extraño era él, cuando jamás se le había cruzado por la mente semejante idea? Su mirada no se despegó de su delicado rostro, notando el ligero color en sus mejillas y aquella anticipada expresión de esperar una respuesta. Sin embargo, ella tenía razón. Más allá de los prejuicios sociales y los argumentos superficiales, él la había escogido como compañera, y ella le aceptó. El sentimiento y la estima eran mutuos entre ambos, pero tal parecía que algo los dividía, y posiblemente era el momento de dar el siguiente paso. Después de todo, ella tenía admirables virtudes y no dejaba de ser muy linda, al igual que no se imaginaba a nadie a su lado más que a ella. —¿Te sientes lista?
—Si nunca lo intento, no lo sabré. —Respondió Petra con simpleza, y su respuesta le hizo concluir que ella llevaba tiempo pensando en ello.
—No me agradaría que pensaras que me quiero aprovechar de ti.
—Sé que no eres así. —Y no lo era, lo conocía perfectamente bien. Podría ser una persona muy compleja por tratar, lleno de crueles palabras ante las injusticias y huraño comportamiento, pero era paciente con ella y el tiempo que compartían juntos le permitía descubrir detalles nuevos acerca de él día tras día.
—Ven aquí. —Levi le ordenó con voz foránea, su mirada fija en la joven mujer mientras se acercaba con elegancia y tomándola del brazo, la sentó en su regazo con firmeza. Hubo un extraño silencio, intentando buscar las palabras adecuadas para hacer la situación un poco más sencilla para alguien tan especial como Petra. No quería defraudarla.
Su matrimonio surgió a partir de la fuerte crisis que se desplomó en la ciudad de Karanese gracias a la guerra entre sus ciudades vecinas, Trost y la pequeña Shingashina. A Petra la conocía desde años atrás, siendo una niña de largo cabello anaranjado y amable carácter que atraía a cualquier persona que se le acercara, la luz resplandeciente de mis ojos como su padre decía, el Señor Ral; un conocido dueño de un local de venta de té ubicada en el centro de la ciudad. Pero los tiempos habían cambiado, y si alguna vez aquella niña había perdido a su madre a causa de una enfermedad, el cual le había dejado un gran vacío, la historia se volvió a repetir. El Señor Ral murió en la guerra, siendo alistado de manera forzada, a raíz de problemas políticos y militares entre las ciudades vecinas.
También había muerto Farlan, cual valiente hermano que nunca titubeó en dar su vida para los demás, como uno de los incontables cuerpos que no encontraron su camino a casa debido a aquel conflicto armado. Sólo quedaron él e Isabel. Gracias a la brillante idea de su hermana de pedir la mano de Petra, para defender su honor de familia y evitar que el famoso local del Señor Ral terminase en quiebra—según la hipótesis de Isabel en aquella tarde de invierno—lo hizo después de semanas de haberlo pensado con detalle, y el matrimonio Ackerman unió lazos un mes después.
Levi no era una persona de romanticismos. Un total fracaso con las mujeres según Hanji, una amistad de muchos años consecutivos. Miró nuevamente a su esposa con detenimiento, haciendo a un lado cualquier pensamiento que le intentase agobiar. ¿Por qué se sentía confuso? ¿Era acaso aquel sentimiento de brindarle lo mejor? Petra era una joven hermosa. Tenía una menuda figura y una linda sonrisa, su cabello de zanahoria arreglado en una elaborada trenza y ojos brillantes —uno bizqueaba si se miraba con mucha atención— que eran adornados con sus largas pestañas. Lo que más le agradaba de ella, era el respeto que le dirigía, siempre dejándolo tener su espacio personal y sólo acercársele cuando era necesario. También le gustaba ver su rostro cálido y tierno cuando le traía el té antes de retirarse a dormir, y cuando la encontraba sonriente por haber terminado de arreglar las mangas de sus camisas, justo a la medida exacta. Lentamente comenzaba a comprender la razón el Señor Ral le llamaba de aquella manera, Petra era una especie de luz que traía cierto sentido a su vida, y a pesar que no entendía por completo los extraños sentimientos que surgían en la parte más recóndita su corazón, se animó finalmente a besarla.
La tomó de su barbilla, uno de sus brazos la rodeó por su cintura, mientras ambos compartían aquel gesto íntimo que no era totalmente nuevo para ellos, ya que había sucedido lo mismo en dos ocasiones el día de su enlace. Sintió el pequeño cuerpo tornarse rígido, incapaz de cómo proseguir.
—No te pongas tensa, Petra. Sólo repite lo que hago. —Dijo en voz baja, besándole la mejilla para nuevamente aprisionar sus labios con los suyos. Eran muy suaves. Aplicó un poco más de fuerza en el gesto, hasta que la joven se dejó llevar y abrió su boca lentamente, estremeciéndose ante la nueva fricción del beso. Levi pudo reconocer el cubo de azúcar que había mezclado con su café, mientras la besaba y le enseñaba lo que tenía que hacer. Ella repitió sus movimientos con cierta torpeza al principio pero adaptándose entre agitados intervalos. Sus pequeñas manos acariciaban su nuca desnuda de aquel corte militar de su cabello, para después posarlas en su espalda con timidez. Se besaron el cuello, la nariz, las mejillas, el cabello; mientras los minutos transcurrían y los quietos sonidos de contentamiento de Petra aceleraban su corazón.
—¿Está bien así? —preguntó Levi con brusquedad, cerca de su oreja del lado derecho.
—Sí. ¿Por qué estás tan nervioso?
—No sé de qué mierda hablas.
—No puedo verte, pero sí sentirte. —Su mano se posó en su pecho, y parpadeó con asombro ante lo fuerte que su corazón latía. ¿Cómo era posible que un ser tan resplandeciente como ella no podía ver color alguno? El mundo parecía estar en contra de ella desde que era una niña, pero nunca dejó de luchar y adaptarse ante las circunstancias. Era una mujer muy fuerte. Aquella sonrisa, tan pura y sincera como en cada mañana que la veía preparar el desayuno y antes de retirarse a dormir, siempre presentes en su memoria desde tiempo atrás. Y Levi no pudo evitar agradecer a su extravagante pero amorosa hermana Isabel por aquella idea que alguna vez pensó que era absurda.
Sintió un fuerte impulso de volver a besarla y culminar el deseo de su pregunta la cual que no dejaba de resonar en su mente. Sin embargo, la joven se levantó de su regazo sorpresivamente, sonriendo complacida.
—Se hace tarde. —Dijo Petra disponiéndose a recoger los platos y cubiertos de la mesa, contando los pasos mentalmente al dirigirse hacia el fregadero con una costumbre habitual ya aprendida tiempo atrás.
—Cierto. —Levi se quedó pensativo por un momento, su mirada fija en la joven mujer. Ya tendrían tiempo suficiente a solas, la pequeña sonrisa de Petra y sus blanquecinos dientes perdía importancia lentamente mientras se enfrascaba en pensamientos correspondientes al trabajo y a los impuestos por pagar en un mes.
A/N: Por ahí he leído que las personas que padecen de falta de visión, un porcentaje puede alcanzar a distinguir sombras, por lo cual supuse que Petra tiene en este fic una percepción a la luz la cual le permite llevar una vida "habitual". Imagino que elegir a alguna persona con alguna deficiencia de este tipo es todo un reto, sin embargo Levi aprende a no dejarse llevar por los prejuicios y la escoge como compañera con la finalidad de ayudarla y protegerla. Un matrimonio peculiar, pero agradable, los sentimientos están ahí gracias a la buena amistad que llevan de hace tiempos. Petra lo conoce perfectamente, al igual que él a ella. ¿Algo adorable, no?
Hoy terminé de leer una novela cuyo final no me gustó, y aunque me agraden los finales tristes, de vez en cuando es saludable escribir una que otra historia más accesible (sin olvidar el drama).
