Disclaimer: Los personajes de Naruto NO me pertenecen, sino al mangaka Masashi Kishimoto.
¡Hola! Gracias por los comentarios, los favoritos y las alertas. Se les agradece muchísimo. :33
Espero que este capítulo no les parezca tan largo, y les aclare algo más de lo que pasa (?). Ya saben, los primeros capítulos siempre son introductorios, luego viene lo genial.
Advertencia: Lemon/Lime en este capítulo. Muy pendiente si no quieres leerlo.
Sin nada más que decir…
¡A leer!
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Capítulo 2
Solo soy una Sierva
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El cielo azul se encontraba totalmente despejado de nubes ese cálido día de verano. Por el reino entero se podían observar las distintas celebraciones que se daban ese día en honor de la familia imperial, pero sobre todo, por la grata emperatriz, Mikoto.
El reino del norte, donde residía el control total del Imperio del Fuego, siempre se había visto opacado por lo que los demás reinos pensaban de él, y de lo que su mismo pueblo hablaba en voz baja y confidencial. Desde la guerra que habían mantenido los cuatro reinos, el nombre del clan más prominente del norte (los Uchiha), se había visto tan bañado en sangre como el filo de la espada de un sanguinario guerrero.
Pero entonces, la pequeña Mikoto había nacido, trayendo luz y alegría al clan, y al reino entero en especial. Los dioses del fuego habían anunciado a través de las ardientes flamas del templo, que la pequeña pelinegra sería el candor y el alma vivaz del seno del clan, llevándolos a una etapa de paz casi etérea. La niña de piel tan blanca como la nieve y ojos oscuros, había nacido con un gran don, y aquello lo demostró con creces a medida que iba creciendo.
Siendo ella la matriarca del clan Uchiha y la emperatriz, su pueblo estaba feliz, irradiando calidez por el lugar que pasaran, ajenos a los posibles planes macabros que podrían presentarse en un futuro…
Pero ahora no. Ahora solamente interesaba que Mikoto había traído al mundo su segundo hijo, y aunque casi nadie lo había visto, los miembros del clan aseguraban que era igual a su madre, tan blanco, con el cabello azabache y con los ojos más oscuros que una noche sin estrellas.
La emperatriz se sentía débil pero alegre mientras Fugaku tomaba su mano con amor. El pequeño Itachi estaba junto a ellos sobre la cama, mirando con ojos brillantes a la pequeña mota de cabellos oscuros enrollada en una manta.
— Mirad, Sasuke — habló ella con su dulce voz —, este es vuestro hermano, Itachi. Está próximo a cumplir sus cinco años, pero ya está babeando por vos — ella rió al ver el gracioso mohín del pequeño moreno.
El emperador Fugaku sonrió con orgullo antes de que el guardia de la puerta anunciara que debía presentarse en el salón del trono. Él depositó un beso sobre la coronilla de su esposa y revolvió el cabello de un sonrojado Itachi. En cuanto la puerta se cerró, el pequeño se acercó más a su madre y a su recién nacido hermano.
Ante los ojos de Itachi, Sasuke se veía más frágil que una mota de algodón, como si el aire pudiera romper sus pequeñas extremidades. Él acercó un pequeño dedo tentativamente y tocó su suave y caliente mejilla, sintiendo que todo un nuevo mundo se abría ante sus ojos. El bebé ya tenía una semana de nacido, y el infante no había podido siquiera verlo entre las lecciones y los entrenamientos con su padre u otros reconocidos guerreros del imperio.
La pequeña mota de piel, abrió sus ojos negros ante la mirada maravillada de su hermano mayor y la enternecida de su madre. Itachi nunca había pedido un hermano, y rara vez estaba acompañado de alguien más que no fuese Shisui, sin embargo, Mikoto estaba segura que su hijo mayor protegería a su hermano pequeño, incluso a costa de su propia vida.
Debía hacerlo.
— Itachi — lo llamó, haciendo que el niño detuviese su caricia por la blanca mejilla del bebé —, protegeréis a vuestro hermano, ¿verdad? — preguntó con gentileza.
El pequeño moreno contempló a su madre a través de sus gruesas pestañas. Mikoto lo observó con ojos anhelantes, pero aunque él era bastante observador e inteligente, estaba demasiado pequeño como para darse cuenta de ese pequeño detalle. Asintió y sonrió abiertamente, recostando su cabeza en el regazo de su madre, justo a un centímetro del pequeño Sasuke.
— Yo lo protegeré, madre — puso su pequeña mano sobre su hermano y sonrió dulcemente —. Él será muy fuerte y feliz.
La bonita pelinegra sonrió. Deslizó sus pálidos dedos entre las hebras azabache de su primogénito, y se deleitó con la imagen de él sonriendo junto a su diminuto hermano. Y entonces, miró hacia la ventana. El cielo seguía siendo tan azul como otros tantos días, pero las pupilas de la mujer seguían viendo torbellinos y tormentas en medio de un cielo gris.
Se permitió que el brillo de la tristeza cruzara sus cordiales ojos. Sabía que en algún momento, dejaría a sus hijos solos.
Solos contra el mundo.
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Sasori contempló con ojos expertos la red de chakra que rodeaba toda aquella mohosa habitación. Los hilos blancos, que él mismo había formado, recorrían de extremo a extremo las esquinas, las paredes, el suelo, e incluso, el techo; todo con él en el medio, disfrutando sustancialmente de su pequeña recreación, aunque su rostro y su despreocupada pose sobre la silla, no diese señal alguna de que realmente le prestara atención a lo que hacía.
Su mente estaba puesta en el palacio, mientras que sus ojos frívolos, como los de una marioneta, reposaban sobre su iluminada mano gracias a los hilos que manejaba. Sakura estaba allá, lejos de él, encerrada en alguna de esas habitaciones sumamente ostentosas sin la posibilidad de que él usara sus extrañas habilidades para vigilarla.
Sakura…
Siempre se había dicho que las personas eran prescindibles, instrumentos para llevar a cabo ciertos fines, y había creído eso hasta experimentar el raro sentimiento que nacía diariamente hacia una más joven chiquilla de pelo rosa. No es que creyera mágicamente que los humanos en general eran productivos, pues solamente eran pedazos de carne que envejecían y arrugaban con los años, se desintegrarían luego de siglos bajo tierra y se perderían de las memorias de los demás. Nadie los recordaría.
No eran eternos…
Colocó sus ojos miel sobre su brazo izquierdo, contemplándolo con sinuosa maravilla, saboreando el primer paso a la preciada inmortalidad. Ni siquiera Sakura se había dado cuenta, pues estaba tan bien elaborado que hasta había sido capaz de adaptarlo a su temperatura corporal. Con un simple flujo de su chakra, la arcilla que constituía su extremidad falta de humanidad, la hacía ver como un brazo cualquiera. Como un arma de doble filo.
Se permitió que la sonrisa siniestra recorriera sus juveniles facciones. Deseaba que llegara el día en el que pudiese decir que no moriría en una batalla, que sería reconocido por todo aquel que lo desafiase. El nombre cuya pronunciación hiciera temblar.
El día en el que pudiese matar a los que quedaban de la familia imperial.
Cerró su mano en un puño. Las delgadas líneas de chakra se apagaron en un parpadeo y él se levantó arrastrando un poco el asiento. El eco de aquel ruido le devolvió la aparente amabilidad tranquila a sus facciones, pasando por el más frío de los pensamientos hasta el más cuerdo y actual. Debía seguir como iba.
Se dio la vuelta y salió dejando una muy oscura estancia detrás, concentrándose en su papel como uno de los guardias experimentados. La actuación era una habilidad que estaba completamente bajo su control, fundamental para el buen desempeño de su trabajo y del encaminamiento de sus futuros planes.
Solamente debía esperar un poco más. Sólo un poco más.
Sakura…
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Sakura caminaba de un lado a otro sobre la mullida alfombra acolchada, sujetándose el rosado cabello lacio entre las manos como si de esa manera pudiese despertar de la pesadilla. Se detuvo a la mitad de otro paso y negó fervientemente con la cabeza, casi como si estuviese dándole una respuesta negativa a otra persona inexistente.
"Sabéis que así no resolveréis nada, ¿verdad?"
La vocecilla de su cabeza habló como reprendiéndola en medio de una nefasta burla. Ella contuvo el deseo de callarse a si misma y bufó con los hombros bajos, derrotada. Se abrazó el talle con las manos y suspiró tratando de regular su respiración, tratando de contener aquel temperamental carácter que quería salir a como diera lugar. Cuando había estado en la carroza, no tuvo que contenerlo, pues ni siquiera quería salir gracias a que Sasori estaba allí; no obstante, desde que "El Príncipe Vengador" la había tocado, se sentía arder de pura furia, incluso parecía ser que su molestia estaba más dirigida a él que al mismísimo emperador.
"Eso es porque tenéis presente que había algo de bondad en sus profundos ojos negros, ¿no lo recordáis?"
— ¡Silencio! — estiró los brazos hacia el suelo con impotencia.
Si no se volvía loca con todo aquel ambiente, entonces iba a desquiciarse por la indecente voz de su cabeza. Había vivido con ella desde que tenía uso de razón, pero acostumbraba a salir en los momentos más inoportunos de su vida, justo como esa vez. No tenía remedio.
Después de haber salido sumamente asqueada de la anterior sala elegante a la que, muy amablemente, Hinata había llamado "El paraíso rojo", mejor conocida como "la sala del trono" (pero que a Sakura le sonaba más a que "arrogancia y tortura" le calzaría mejor); La muchacha de cabellos negros la había guiado hasta el cuarto piso para que conociese su habitación. En aquella estancia había cuatro camas más aparte de la suya, y ella se dijo interiormente que era seguro que fuesen de otras favoritas. Perfecto, perfecto, puedo compartir mi dolor con otras desdichadas. ¡Oh, esto es la felicidad!; se dijo con sarcasmo.
Entonces, Hinata la había vestido con aquel kimono rojo con bordados negros (cuyos diseños se asemejaban mucho a flores marchitas ante los ojos de Sakura), e inmediatamente se había dispuesto a peinarla lo más delicadamente posible. Terminado su trabajo, no pudo evitar mirarse en aquel objeto extraño al cual la muchacha de ojos grisáceos había llamado espejo. Le resultaba especialmente curioso que pudiese reflejar una vista tan nítida, incluso más que la de un lago cristalino. Eso era algo raro para ella, pues jamás había visto ese artefacto, y de no haber sido inventado por alguien, no hubiese aparecido ni en sus más locos sueños.
— ¿Cómo decíais que se llamaba eso, Hinata? — inquirió la joven de hebras rosadas, refiriéndose al espejo de cuerpo entero que se encontraba justamente en frente de ella.
— S-Se llama espejo, Sakura. Fue descubierto a principios de este siglo… por esa razón os parece muy extraño, ya que la gente que lo posee es muy poca — le informó y giró su vista hacia el ventanal —. ¡Ah! f-falta mucho aún — aclaró con un poco de pesar para luego verla de arriba abajo mientras le hacía algunos retoques al hermoso kimono.
Sakura se miró de nuevo al espejo. Estaba muy bonita, aunque ya de por sí se consideraba linda, como todas las jóvenes que deseaban vestir lujosos kimonos y verse con la gracia de las geishas…, pero ella no era una, y en esa ocasión sentía que no era ella, pues no se pertenecía, no se arreglaba por algo que ella quisiera. Aquella muchacha vestida y peinada como una señorita de la nobleza, con el cabello comúnmente lacio ahora un poco ondulado gracias a los palillos, era solo un cuerpo vació y triste sin ningún tipo de expresión o felicidad reflejada en su bello rostro.
Era una muñeca rota que pronto sería quemada. Temía decir que, literalmente,ardería en llamas.
— ¿S-Sakura? — la tímida y preocupada Hinata la devolvió al presente.
La adolescente llevaba consigo una mueca que arrugaba todas las facciones de su rostro. La aludida, al escuchar la voz serena de la morena, no pudo contenerse más. De un momento a otro, se arrodilló frente al espejo y cubrió su pequeño rostro con sus blancas manos, lanzando a borbotones los minúsculos sollozos que habían estado atorados todo el día en su garganta. Sabía que en algún momento se rompería, y esta era la última oportunidad para decidir ser fuerte o sucumbir al llanto.
"Por última vez, Sakura. Debéis ser inteligente. Debéis ser ingeniosa."
La pelinegra se arrodilló a su lado y la abrazó por los hombros, sintiendo el temblor que recorría el cuerpo de su amiga. Sakura clavó las uñas en sus brazos a través del kimono y lanzó un quejido desgarrador que le llegó hasta el alma.
Aquel quejido que anunciaba que se estaba muriendo por dentro.
Y no podía hacer más que entenderla. Ella había lanzado el mismo quejido aquel día en el que el emperador la había tomado.
Los bonitos ojos de Hinata la miraron, contemplándose a si misma cuando había llegado allí; extrañando a su Neji-niisan y desconociendo el paradero de su pequeña hermana, Hanabi, Hinata no había podido hacer más que romperse a llorar durante noches enteras, recibiendo el consuelo de que Neji estaba bien en alguna parte de la frontera hacia el sur del imperio, o al menos eso era lo que le había dicho Itachi.
Visualizó mentalmente su primera noche con él. Alcanzaba a recordar que había sido amena, o tal vez su percepción había cambiado porque él tenía activado el Sharingan, o incluso porque su voz alcanzaba matices sumamente gentiles en algunas ocasiones. No había vivido el horror que esperó sentir durante ese momento. Había sido como agua entre los dedos. Tal vez si le contaba eso a Sakura, ella pudiese sentirse mejor. Desechó la idea en cuanto ella habló de nuevo.
— Esto es una injusticia Hinata, es tan injusto — le dijo por fin la chica rosada con la voz ahogada por el llanto —. Se siente tan horrible tener el deber de entregarte a alguien que no amas ni amarás nunca — aseguró con severidad, totalmente convencida de sus palabras.
La mujer de hebras negras con reflejos azulados evaluó las acciones de Sakura, mientras esta lloraba desconsolada sobre la alfombra, sorbiendo con fuerza cada lágrima. Tenía la cara enrojecida y el brillo apagado de sus ojos mostraba una tristeza infinita, como de quien no quiere perder lo más preciado que tiene. La muchacha trataba de ocultar su furia, pero se veía a leguas lo que en realidad sentía.
Y en ese momento, Hinata lo supo. Ella sufría esa impotencia atroz.
Sakura estaba enamorada. Y no precisamente de su amo.
Os sucede lo mismo que a mí, Sakura…; pensó con la llama de la esperanza sobre su corazón.
— ¿E-Estáis enamorada, Sakura? — le interrogó con el dulce tono de la ilusión.
La muchacha de exóticas hebras se estremeció entre bajos sollozos, asintiendo a su pregunta casi sin rechistar nada más. Tenía la vista borrosa y todo parecía indicar que sufriría una pronta migraña, no obstante, estaba segura de que el dolor no sería más recalcante que el dolor de su propia alma.
— El hombre que amo es lindo, muy lindo… — sorbió y una pequeña sonrisa se marcó en sus labios —, es delicado, romántico e inteligente — y me ama; se dijo para si muy enternecida, sin embargo, prefería guardarse las palabras.
Hinata escuchó su agarrotado relato y sonrió con algo parecido a la felicidad. La adolescente de pelo rosa sintió que el nudo de su garganta se desintegraba, volviendo a estar en sus cabales al recordar a Sasori. Rozó sus labios con la yema de los dedos, recordando los tibios y suaves labios del pelirrojo posándose con delicadeza sobre los suyos. Sonrió complacida y un sonrojo se alojó en sus mejillas.
— Yo… Yo t-también l-lo… e-estoy — confesó la muchacha de ojos perlados con el rostro notablemente enrojecido de la vergüenza.
Sakura detuvo sus cavilaciones inmediatamente, sorprendida por la noticia; planteándose la posibilidad de haber sido egoísta, ignorando que ella no era la única que sufría. Observó los ojos grises desprovistos de pupila y se disculpó con la mirada, preguntándose la percepción que tenía Hinata sobre ella. La aludida, soltó a Sakura y se alisó el kimono pastel, sintiendo sus mejillas arder al recordar a Naruto. Los orbes verdes vigilaron sus movimientos, notando que hacía un extraño gesto con los dedos.
— ¿De verdad lo estáis? — el tono de su voz se notó incrédulo, e incluso alterado, por lo que se reprendió segundos después.
"¿Acaso creéis que sois la única que se enamora?"; dijo de nuevo la voz en su cabeza, estando allí otra vez como su viva representación irónica. Se levantó de la alfombra por pura inercia curiosa.
Hinata lanzó una leve ricilla, como el canto de un hermoso pájaro mañanero.
— ¿R-Recordáis al caballero r-rubio que osó entrar al salón cuando I-Itachi-sama os interrogaba? — le preguntó dudosa. Sakura asintió enseguida con actitud inquisitiva —. B-Bueno… él es mi príncipe azul. Él también m-me a-ama — confesó. Y por más que pareciese imposible, el tono arena de sus mejillas se volvió del rojo más revuelto.
La chica de hebras rosadas se alegró en sobremanera al escuchar aquello, sintiéndose feliz de saber que no era la única que tenía su corazón preso en las manos de un galante guardián; al menos, Hinata también podía escabullir su mirada hasta los cálidos ojos azules de aquel rubio. Tanta era su emoción, que Sakura tuvo que sostenerle por uno de sus brazos con expresión contrariada, feliz por su amor y temerosa porque parecía que la joven podía desmayarse de un momento a otro.
— Me alegra vuestra pequeña alegría, Hinata — la entusiasmó sinceramente mientras se secaba las casi inexistentes lágrimas y la soltaba.
Se hizo un silencio denso en la habitación. Los orbes grises miraron la claridad del día a través de la ventana, la cual era ya solamente un vestigio de azul cielo, matizándose con preciosas tonalidades moradas y pinceladas color naranja.
— Sakura… ya es la hora — avisó la morena con desconsuelo —. Es el último piso… pasillo izquierdo, la última puerta a la derecha — suspiró y echó un vistazo al reloj de arena sobre la cómoda.
La joven mencionada miró hacia la ventana y lanzó un sonoro suspiro, tratando de relajarse para que los furtivos pensamientos de escapar no invadieran sus sentidos. No podía pensar en ella solamente, muchos factores intervenían en los crecientes pensamientos, y quería, por sobre todas las cosas, que su madre estuviese segura; por ello, tenía que cumplir su deber.
Se dirigió hacia la puerta bajo la mirada aperlada y se contuvo de dar otro paso, reprimiendo su miedo e impidiéndole que se hiciera presente en un momento tan crucial. Levantó la vista sorprendida al sentir el toque sobre sus hombros. En algún momento, Hinata se había puesto de pie frente a ella, apretándole los hombros de manera reconfortante. Sakura le agradeció con una sonrisa, sintiendo renovado temple ante su mirada dulce pero determinada.
Si debía que entregarse a aquel ser, lo haría con la cabeza en alto, luchando por su dignidad hasta que no quedara nada más que defender. Al menos, tendría la creciente satisfacción de haber peleado por su honor. Aspiró y templó la mandíbula en cuanto la otra muchacha le cedió el paso. Caminó y giró el pomo de la puerta con parsimonia, ladeando un poco la cabeza hacia la pelinegra.
Sasori…
— Allá voy. Hasta pronto, Hinata. Gracias — se despidió con la voz en un hilo.
Los ojos sin pupila la siguieron hasta que ella cerró la puerta detrás de si, enfrentándose a un camino incierto de lo que no podía esperar nada especialmente benévolo.
Suerte Sakura… ten suerte; proclamó en pensamientos la joven, segundos después de que ella desapareciera detrás de la inmensa puerta. Por aquellas miradas libidinosas de sus amos hacia Sakura, se podría esperar cualquier cosa.
Podría jurar que después de esa noche, la nueva favorita sería Sakura, y ella sería libre.
Libre.
Negó con la cabeza bastante indignada por sus pensamientos, pero no podía ignorar que los hechos transcurrían de esa manera; aun siendo egoísta, se aliviaba en sobremanera de tener el presentimiento de que pronto se quitaría aquel peso que cargaba sobre los hombros. No es que deseara que todo el peso recayese sobre Sakura, pues en su interior, ella sabía que la muchacha podía manejar la situación. Había visto en las esmeraldas de sus ojos la fuerza interior que poseía.
Hinata sabía que podía sobrellevar los momentos mejor que ella, que cuando cultivara su confianza y seguridad, la chica de rosados cabellos estaría lista para cualquier otra cosa. Cosas que probablemente ni ella misma se imaginaba.
Y para cuando aquello ocurriera, Naruto podría pedirla en matrimonio sin tanto peso. Serían solamente ellos dos sin nadie más detrás. Sin cortinas de mentiras e impedimentos.
Sonrió sonrojada ante tal pensamiento.
…
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…
— ¡Así, así! ¡Sasuke-sama! — gemía una pelirroja fuertemente.
El moreno sudoroso arrodillado entre sus piernas la embestía salvajemente, tomando con sus manos los extremos de las caderas femeninas y alzándolas hasta su miembro para tener mejor acceso a su cavidad, que era lo único que realmente le importaba de ella. Y de cualquier mujer en general.
Para Sasuke Uchiha, las mujeres no significaban nada más que buen sexo y tenían la exclusiva tarea de satisfacer los deseos del hombre, aunque debía admitir que una que otra fémina servía para tener mayor aceptación dentro de la sociedad, significaban poder y renombre; tal como lo era el caso de la señorita Ino Yamanaka para él. La rubia platinada era su pase de entrada al Imperio del Hielo.
Sería la pronta archiduquesa de su Imperio luego de que se casaran, única heredera de una gran fortuna, hija de un feudal japonés con una noble de mucha influencia y pariente lejana del Emperador del Hielo. Definitivamente no habría podido escoger alguien mejor que su atractiva novia rubia; aunque demasiado tonta y exagerada para su gusto, por lo menos ella serviría para ganar más fama de la que ya tenía en el Imperio del Fuego.
Al llegar a clímax, lanzó un bajo gruñido a la vez que se corría dentro de la pelirroja sin preocuparse, total, llevaba puesto el sello, tal y como Itachi se lo había colocado a todas sus favoritas. Apretó las delineadas caderas de ella con fuerza y La pelirroja hizo más escándalo al llegar inmediatamente después del azabache, intentando tocarlo al menos con sus elaboradas uñas. Sasuke hizo una mueca de disgusto y bufó exasperado saliendo bruscamente de ella, sacándole un quejido por causa del rebote sobre la cama. A parte de ser muy escandalosa, Karin era demasiado propensa a querer tocarlo, y él no toleraba que hiciesen eso.
Había querido matarla las veces que había logrado hacerlo.
— Deja de hacer tanto escándalo, Karin. Itachi va a pensar que te estoy matando — ordenó con trémula voz de espaldas a ella colocándose el aori.
— Solamente podrías matarme de placer, Sasuke-kun — le rectificó melosamente.
La pelirroja lo abrazó por detrás pasando brazos por el cuello del moreno que rodó los ojos irritado ante tal acto. Rápidamente le apartó los brazos con fuerza y se levantó con altanería, girándose hacia una aturdida Karin, que se observaba las muñecas recientemente quemadas. El muchacho sonrió con arrogancia. Ella no se quejaba de dolor, pero podía percibir las lágrimas a punto de salirse de aquellos glóbulos tan inhóspitos de dignidad.
Mujeres; se dijo en su fuero interno, manteniendo su arrogancia y sus ojos negros tan frívolos como el más despiadado de los seres.
— Quiero recordaros que, para vos, soy Sasuke-sama. Y si vuelves a decirme ese diminutivo, olvídate de vivir aquí Karin, sé que tu familia de perras está encantada de que seas una de las favoritas del Emperador — le recriminó con maldad.
La muchacha sintió que su alma se caía a pedazos a los pies de su amo. Su labio inferior tembló y ella observó el borde de la cama tratando de contener las lágrimas que amenazaban con salir. El príncipe odiaba que lloraran frente a él, y ella ya había resentido sus castigos la primera vez que le había llorado. No quería revivir aquello de nuevo. Él era terrible, y ella no sabía exactamente porqué le atraía de aquella manera tan anormal.
Karin era huérfana y había vivido hasta los catorce años en el burdel más famoso de aquella ciudad, por suerte, la dueña siempre la había protegido de cualquier excedido y la había mantenido virgen porque tenía otros planes para ella, luego la había vendido a muy buen precio a una casa noble, donde terminó por ser vista por el emperador y este la acogió como una de sus favoritas.
— Sasuke-sama — murmuró ella muy bajo, muerta de miedo por lo que podía hacerle.
— ¡Ahora salid de aquí, zorra! — siseó en orden con violencia mientras activaba el Sharingan al ver como la pelirroja había soltado lágrimas y algunos sollozos.
No soportaba ver a ese ser inferior, llamado mujer, llorando, y mucho menos en su cama. La chica de ojos rojos se levantó velozmente, tomó sus pertenencias y salió casi corriendo del lugar sin mirar atrás. Cuando su Sasuke-sama tomaba aquella actitud, era mejor correr que enfrentarse a su ojo que era capaz de dejarte en coma para siempre. La pelirroja contuvo un escalofrío y no miró hacia atrás.
Ya eran demasiadas emociones en una noche.
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…
— Es un bastardo, un maldito bastardo — murmulló entre sollozos alguien en alguna parte.
La joven de hebras rosadas paró en seco al escuchar tales declaraciones originarias de algún lugar no muy lejano al que ella se encontraba. Optó rápidamente por esconderse detrás de uno de los tantos, y muy caros, sillones de aquel amplio pasillo para que nadie la viera en esos momentos; aunque dada la espesa oscuridad en la que parecía sumergirse aquella recta estancia, no creía posible que alguien reparara en ella. Alcanzó a ver una mata de pelo rojo deslizándose entre las tinieblas, y Sakura la reconoció como la mujer que la había incordiado apenas había llegado.
Su primera impresión fue sorpresiva al verla salir del pasillo a la derecha, pero luego de algunos segundos, la furia pareció recorrerla de pies a cabeza. La pelirroja estaba prácticamente desnuda, con la sábana casi transparente acunada entre los brazos temblorosos por el llanto. Parecía que la había pasado muy mal a juzgar por sus palabras, y Sakura hubiese deseado no verla, porque su mal carácter parecía estar colgando en un delgado hilo.
Maldito Itachi; se dijo interiormente, deseando restregarle el honorífico en la cara al pensar que aquella situación había sido causada por el hombre con coleta de hebras azabache.
"Podríamos restregarle un buen puño en la cara, ¡sha!"
Ella sacudió la cabeza en negación. No era momento de hacerle caso a su "yo interior", pues el estado deplorable de aquella mujer, la había puesto en sobre aviso a lo que estaría sometida dentro de muy poco. Al no sentir ya la presencia de Karin, retomó el paso y se colocó justo en el centro de la lúgubre recámara.
Las escaleras la habían llevado hasta allí y ella se había quedado de piedra ante el mortal silencio, roto por los pasos apresurados de la pelirroja que venía del pasillo contrario al que Hinata le había dicho; y cuando había empezado a dirigirse con parsimonia al pasillo izquierdo, la había escuchado. El último piso parecía ser una dependencia completamente del emperador, o al menos eso podía deducir ella por el ambiente espectral y demasiado oscuro de toda aquella estancia.
Entonces, el techo alto y arqueado se iluminó. Sakura dio un paso hacia atrás con aturdimiento y sus ojos verdes miraron hacia arriba, no pudiendo contenerse de abrir la boca con asombro ante lo que veía. No sabía cómo describir aquel cielo rojo que aparecía sinuosamente sobre su cabeza; parecía lava y humo rojizo, moviéndose al compás de un viento imaginario. Estrellas blancas comenzaron a aparecer y caían a su alrededor, desintegrándose en cuanto mantenían contacto con el suelo lustroso y brillante.
La muchacha miró el sombreado contorno de su silueta reflejada en el piso. La iluminación rojiza circundaba a su alrededor y ella estiró la mano para tomar una de esas estelas luminosas que seguían cayendo. Sintió un pinchazo en su palma y la mota desapareció. A su izquierda, algo sonó.
Sakura se giró hacia la dirección del ruido y contempló la puerta de doble aspa que se abría. Filas de antorchas se encendieron solas, dando luz al pasillo que parecía ser interminable. Ella tragó grueso y frunció el ceño, como tratando de descifrar qué más había al final de aquel extenso pasaje. Suspiró y atravesó la puerta, empezando a caminar mientras observaba las graciosas llamas bailando sobre la superficie de los ennegrecidos cuencos.
No sabía si era porque no estaba acostumbrada a andar en ese kimono tan ornamentado y pesado, o por el fuego en si, pero el ambiente parecía ser espeso en contraparte con la sala anterior.
Tal vez es sólo porque me acerco a mi calvario; pensó contrariada.
Tuvo un leve desvarío en el que deseó no llegar nunca a la habitación, que algún ninja renegado viniera a salvarla o incluso a matarla, pues creía que así se sentiría mejor; pero el rostro sonriente de su madre y el semblante de Sasori pasaron por su mente como una ráfaga de esperanza.
En ese momento, pensando en el pelirrojo, sonrió como toda una mujer enamorada, aguardando el calor de su recuerdo dentro de su corazón, apelando a sus leves gestos para no perder la compostura. Al menos, después de esa noche, podía verlo; y aquello era lo único que su corazón necesitaba saber.
Por su madre y por él, aguantaría hasta miles de azotes.
Retuvo el paso al divisar la pequeña puerta negra a la derecha. Tenía un gran símbolo del abanico de papel en blanco y rojo tallado en la superficie. Se contuvo las ganas de bufar y hasta de respirar, pues sentía que él iba a escucharla, aun si respirara sólo mentalmente.
"¿Y eso se puede?"
La joven se masajeó el puente de la nariz con el índice. Parecía una voz ajena a la suya, pero la verdad es que podía llegar a tener pensamientos así de absurdos en momentos cruciales, y su "yo interior" no ayudaba demasiado. Tomó una gran bocanada de aire y se colocó frente a la puerta con su mano derecha fuertemente apretada en un puño.
Levantó su mano y tocó despacio y muy bajito, tres veces, manteniendo la esperanza de que, aquel nimio sonido, no le causara ni cosquillas a sus oídos. Pero sabía que era imposible, tan imposible como que un árbol de manzanas te diera limones. No por nada, él era el emperador; el primogénito y heredero del legado Uchiha, un clan que había mantenido por siempre sus secretos en el mejor resguardo, fuera del alcance de los ojos comunes que quisieran inmiscuirse en ellos. Sus técnicas eran legendarias.
Pasados unos segundos, Sakura empezó a temblar de los nervios, al comprender que, tal y como lo suponía, sus fervientes súplicas no fueron escuchadas por los dioses. Tenía que haberlo dado por hecho. Había ciertas cosas que eran inevitables sobre la tierra.
— Adelante — se escuchó aquella voz fría y congelante del otro lado de la puerta.
Se apretó el kimono entre los dedos y se tragó el nudo de su garganta. Abrió la puerta lentamente, procurando hacer el menos ruido posible con sus temblorosas manos. La recibió una estancia un poco oscura, donde los tonos de las paredes y los materiales iban de colores neutrales al rojo. Sakura había esperado ver pliegues de tatami, diseños tradicionales y un gran futón sobre una elevada calzada en medio de la esplendorosa habitación, pero encontró que prácticamente todo era occidental.
"Parece que a nuestro emperador le gusta lo exótico y extranjero, ja."
La joven contuvo una expresión que pretendía ser neutral, evitando así moverse para darse una cachetada ella misma gracias a que no podía abofetear sus pensamientos. Ella exhaló todo el aire contenido y se centró en la gran cama con dosel perfectamente situada al frente y a unos cuantos metros de la puerta.
Itachi Uchiha se encontraba recostado allí, con una pierna caída hasta afincarse en el suelo y otra sobre la colcha, admirando con sus ojos negros las flamas que salían de su mano y se esfumaban al perder el contacto con su creador. Sakura tuvo que apelar a su autocontrol para que su rostro no se viese afectado por un sonrojo inusual. Él no llevaba prenda superior alguna, por lo que podía contemplar perfectamente su torso, cuya tonalidad le recordó al trigo y que, presuntamente, al sol debía verse con un especial brillo de bronce. Tenía el negro cabello suelto desparramado por la cama, haciendo un enfático contraste con el cobertor rojo sangre. Y así…
Así, parece un ángel; se dijo a si misma sin poder evitarlo, reprendiéndose inmediatamente. Centraos, Sakura Haruno. No es momento de admirar; regañó y relegó a sus pensamientos a un lugar lejano de su activa consciencia. Cerró la puerta detrás de si y caminó dos pasos más para luego detenerse, indecisa porque él no parecía moverse de su lugar.
— Creí que no vendríais — aseguró cerrando su mano en un puño.
La joven vio el humo negro salir de entre los orificios que dejaban sus dedos juntos, colocándose más recta en su lugar al notar que él se incorporaba con una lentitud que le resultó tortuosa y surrealista, como si viese todo en cámara lenta. Él giró sus rasgados ojos hasta ella y la observó vigilante entre las largas pestañas. Los segundos pasaron, pero ninguno de los dos hizo movimiento alguno. Itachi seguía allí.
Escudriñándola.
Sakura se sintió un poco consternada, pues era la segunda vez que podía notar algo más que frialdad en sus ojos. Pero tan rápido como pasa el viento, así había sido su leve impresión.
Me estoy volviendo loca…
— Ya me veis aquí… su majestad — aunque hizo lo imposible para configurar su actitud sumisa, su lengua astuta la traicionó.
El hombre de cabellos negros sonrió ladinamente, dándole un toque mucho más severo e intimidante a sus facciones y al brillo natural de sus ojos. Sakura quería que se abriera un agujero negro y se la llevase a otro lado, lejos de esa habitación y de todo lo que tuviese que ver con algún imperio o algo parecido. Contempló la alta silueta de su amo caminar hasta el centro de la habitación, notando que él no le quitaba la mirada de encima. La muchacha de pelo rosa tembló.
"Tal vez está pensando cuál es la mejor manera de torturar. Si con una ilusión o de la manera tradicional"; habló la voz dentro de su cabeza, y esta vez, ella no pudo hacer más que estar de acuerdo.
Sin embargo, ella solamente observó que él le hacía un ademán con la mano.
Para que se acercara a él.
Sakura obedeció como toda buena sierva, sin rechistar ni vacilar; estaba siguiendo órdenes al fin y al cabo, y no había otra manera de que pudiese concebir aquello.
Al llegar a su lado, un escalofrío la recorrió de la cabeza a los pies. Aquella mirada sobre ella le causaba pánico y terror. Itachi le indicó que se pusiera de espaldas frente a él, así ella quedaría cara a cara con el gran espejo que se erguía en una de las paredes de la habitación imperial, casi en paralelo con su propia cama. Empezó a respirar superficialmente en cuanto advirtió, con mucho pudor, que el pelinegro empezaba a deshacer los lazos que sostenían el nudo de su pesado obi pegado a su espalda y mantenían firme el kimono.
Ella miró al espejo, asustándose un poco de sus ojos carmesí surcados por tres aspas negras en torno a su ensombrecida pupila. El famoso Sharingan de nuevo se hacía presente, infligiendo más terror que cualquier cosa. Itachi la miraba fijamente sin dejar de hacer su labor.
— Cuando os vi, pensé en tenerle — relató susurrándole al oído, con aquella voz sedosa que a Sakura le pareció que venía de algún ser sobrenatural —. Me dije que seríais mía… y ahora lo estoy cumpliendo — terminó por decir, chocando su aliento contra su cuello.
Verde contra rojo se fundieron a través del espejo. Ella le sostuvo la mirada a duras penas y él desvió sus labios hasta el lóbulo de su oreja. La joven siguió sus movimientos presa de la inconsciencia, cerrando los ojos por un momento a causa de la corriente infernal que la invadió al sentir que mordía esa zona tan sensible de su oreja. Él deshizo completamente los listones y el nudo del obi quedó expuesto, bastando únicamente un leve toque del moreno para que desapareciera en su totalidad.
Sakura sintió que se liberaba del pesado opresor de aquella tela, sin embargo, ahora se encontraba a sólo un paso de estar expuesta a sus caricias profundas; y el hecho de saber lo que vendría muy pronto, solamente pudo hacer que sus mejillas se arrebolaran. No le gustaba considerar que era poco más que una adolescente aún, pero lo era, y no quería que el emperador presintiera su temor.
"Es un hombre hecho y derecho, ¿de verdad creéis que no se ha dado cuenta de que estáis tiritando?"; sonó su voz interior con notable sarcasmo.
Apretó los labios y un escalofrío la invadió cuando el hombre deslizó sus manos por sus hombros, sintiendo el relieve del acabado del kimono debajo de las yemas de sus dedos expertos. Fue tan rápido, que Sakura casi no resintió que un extraño frío la carcomía a la par de la caída de la primera capa. Sus ojos escocieron con ardor, pero no sabía si era por ella, por la rabia, por Sasori o por todo en general. Aunque se había dicho que no lloraría, sabía que en cualquier momento iba a romperse, porque siempre había sido muy propensa a llorar por las cosas más estúpidas.
Aunque lo que le estaba pasando, era algo mucho más grande que todas las cosas por las que alguna vez había llorado.
Oyó el inexistente eco de la primera tela deslizándose por sobre las demás inmaculadas capas, cayendo por fin a sus pies con una inusual elegancia. Quiso abrazar su cuerpo para protegerlo de todo lo demás, pero se obligó a mantenerse tan tiesa como podía ante una situación tan cargante. Ante el acto, Itachi (que aún seguía a sus espaldas), recubrió los brazos de ella con las manos y empezó a besar su blanquecino cuello lo más delicadamente posible, o esa impresión tuvo la joven, pues le pareció que estaba siendo especialmente sublime con aquellos besos.
Sakura contuvo el deseo de expulsar todo el aire de golpe, pues le parecía demasiado indecente e indignante, y ella al menos quería irse de allí con lo segundo. Mantuvo los ojos fuertemente cerrados y los puños apretados, conteniéndose en todo momento de dar algún paso en falso.
No podré contener los escalofríos toda la vida. Mis piernas están temblando; se dijo presa del temor, histérica ante el hecho de dar de baja a su obstinación. Tenía la sensación de que la piel se le quemaba bajo los labios gentiles de su señor.
— El blanco os va bien a las vírgenes como vos — habló él de repente, aún con los labios contra su cuello. Sakura dio un respingo con los ojos desorbitados —; lástima que dentro de muy poco, ya no lo seréis — culminó con cierto tinte malicioso.
La muchacha de exóticos cabellos vio de cerca su final. Itachi la tomó por los hombros y la giró hacia él con improvisada sensibilidad. Sakura observó de frente su torso y los mechones de cabello negro y lacio que allí habían caído. El magnetismo la hizo levantar el rostro y mirarlo directamente, delineando sin reparo sus ojos que volvían a ser dos motas de la más profunda oscuridad, sombreadas por aquellas pestañas.
Sus ojos… sus ojos son más oscuros que nunca.
El hombre levantó su mentón con el índice, hundiéndose en los ojos verdes que lo miraban con cierto éxtasis reprimido. Era normal aquello. Siempre era demasiado normal. Procedió lentamente hacia ella, con una tranquilidad que se volvía espesa con el pasar de los segundos, y Sakura se encontró impaciente porque aquellos labios tocaran de nuevo los suyos. Era algo… insano. Masoquista, incluso.
Itachi se apoderó de sus labios en el último segundo, reclamándola con posesión y degustando el dulce sabor de sus labios. Era difícil creer que una chiquilla como Sakura, que apenas alcanzaba los dieciséis, pudiese producir efectos inimaginables. No era especialmente llamativa en curvas, pero poseía un brillo particular en sus verdes ojos, además de su muy llamativo cabello. Y era su sierva.
Suya.
Aquel beso no fue tan violento como el que le había arrebatado aquella tarde, era más lento y más profundo, como si se estuviese dando un largo paseo pasando por los mismos lugares una y otra vez. Las piernas le flaquearon cuando el pelinegro introdujo su lengua en su indefensa boca, y él, sintiendo aquello, la estrechó contra su cuerpo en un abrazo casi asfixiante.
Sakura sintió la vergüenza de las sensaciones fácilmente opacada por el mareo que desordenaba toda su razón. Tuvo la impresión de que el cuerpo de su amo ardía en llamas, y las finas capas que aún llevaba no lograban detener aquel calor que nacía entre ellos. Sus pezones se endurecieron, allí estrujados contra el varonil pecho, y sus mejillas acaloradas gritaban por un poco de consideración.
Itachi masajeaba, desde quién sabe cuándo, los cabellos rizados de su nuca con un relajante movimiento de su mano, sintiendo que besar sus labios estaba nublando una parte fundamental de su raciocinio; sin embargo, era difícil. Demasiado difícil cuando sentía la curvatura de sus senos deslizándose agitados contra él. Ella parecía encantada y dispuesta, tanto que hasta había cerrado sus ojos, privándole del inocente brillo casual en ellos.
Sus labios, la respiración entrecortada…
En medio de aquel arrebato repentino de pasión, el hombre de hebras azabache la dirigió a la cama con pasos lentos, como para que ella no sintiera lo que estaba pasando y evitar que se asustara, después de todo, seguía siendo casi una niña, apenas había cumplido dieciséis; no obstante, había ciertas cosas que debían pasar, y ella lo sabía. Él también lo hacía.
La joven de pelo rosa sintió que el borde de la cama se oprimía lentamente contra sus muslos y trató de controlar su respiración para que no se volviese errática. El emperador separó sus labios por sólo un centímetro y ella entrecerró los ojos, notando el hilillo húmedo que la unía aún a los placeres de su boca. Levantó solamente un poco la cabeza y sus ojos verdes encontraron a los negros, mirándola con tranquilidad, haciéndole sentir la sublime sensación de que caía sobre una nube de cálido aire que calmaba su tempestad interior.
Casi ni notó cuando él la recostó sobre el camastro, tan lentamente que el tiempo para ella ya no pasaba, se quedaba eternamente en las sensaciones y en aquellos momentos, donde creía que iba a sufrir las penas más horribles que una mujer podía tener. La vocecilla de su cabeza se las arregló para que ella pudiese escucharla en medio de la nebulosa que eran ahora todos sus pensamientos.
"No sufrís… lo disfrutáis"
Lo disfruto…
Sakura abrió mucho sus párpados, siendo presa de un dilema moral que había estado dispuesta a dejar atrás. Itachi estaba sobre ella, sosteniendo su peso con sus manos a cada lado de su cabeza. Su larga melena morena le hacía cosquillas en las sonrojadas mejillas, y la miraba como esperando que le dijese algo.
La joven había estado dispuesta a entregarse a su emperador sin vacilar, consciente de que estaba cumpliendo su deber y tal determinación era completamente válida, no obstante, tener que obedecer y disfrutar haciéndolo, eran dos enunciados que no debían estar juntos según su concepción del mundo. Temía que la duda se reflejara en su mirada, aunque para ella era casi imposible que el pozo de sus ojos guardara secretos a las pupilas inquisidoras de Itachi Uchiha.
Se reprendió mentalmente. ¿Cómo había sido capaz de llegar hasta allí sin rechistar? ¿Sin lanzar nada más que ramalazos de agitada respiración? Tenía que haber sido más ingeniosa y menos inocente. Tenía que haber previsto que caería así, de aquella manera como una mosca estúpida caía en las redes de la araña. Sasori jamás la había tocado de aquella manera, y él único beso que habían compartido, seguía guardado en la carroza que la había traído hasta el castillo.
El emperador era todo un hombre, con la mirada frívola y la apariencia de algún dios desconocido, el cual había tenido en su cama más mujeres de las que podría decir alguna vez. Sabía exactamente cómo seducir a una casta virgen y sembrar la perversión en su mente. Le daba gracias al señor de que en la habitación hubiera poca iluminación, de lo contrario, la vergüenza sería más grande que todo el Reino del Norte.
¿Cómo voy a mirarle después de esta noche?; se preguntó en su ataque de sobriedad.
"Esa no es la pregunta. La pregunta es: ¿de qué manera mirarle sin que caiga en cuenta de que recuerdo cada una de sus caricias?"
Sakura estuvo a punto de gritarse a si misma (o a la vocecilla), sin embargo, no pudo reprimir un alarido de sorpresa cuando el emperador abrió la separación de las capas que quedaban, dejando al descubierto sus humildes senos. Ella apretó la mandíbula y tensó su cuerpo bajo la atenta mirada del moreno, que no parecía despegar su atención de lo que estaba viendo. Sostuvo la respiración en cuanto él volvió a subir la mirada hasta su rostro, ladeando la cabeza en un mortal silencio. Soltó el aire de golpe y lo sintió apoderarse nuevamente de sus afligidos labios, apoyando el antebrazo un poco más arriba de su coronilla.
Era un beso más demandante, como obligándola a que se olvidara de todo y de todos y solamente pensara en ella. De la tensión poseyendo sus cuerpos. Sus lenguas se enredaron, batallando, y Sakura no supo si prestarle más atención a aquello o a la furtiva y suave mano que recorría su costado y se enraizaba con el cauce de sus senos. La boca de Itachi se deslizó desde sus labios rosados hasta su clavícula sin despegarse de su piel, y ella tuvo que contener el gemido que su garganta osó dejar pasar cuando la mano de él se ciñó con presión al contorno de su seno, cubriéndolo totalmente con experta sensualidad.
Entonces su boca llegó a su pezón, dejando detrás un rastro húmedo. La joven se arqueó cerrando los ojos presa del placer y jadeó sin poder contenerse. El moreno subió un poco la vista, con las aspas de sus ojos girando como si quisiese grabársela en la retina. Su lengua y su mano siguieron jugueteando con sus pechos y Sakura estrujó las rojas sábanas entre los dedos, concentrada en intentar reprimir los gemidos que osaban por salir de su boca, mordiéndose con fuerza el labio inferior, tratando de no volver a cerrar sus ojos por el temor de que las corrientes que invadían su cuerpo, se apoderaran completamente de ella y de todo sentido del pudor.
Decían que las reacciones físicas no tenían nada que ver con los sentimientos, y eso era lo que experimentaba la joven de cabello rosa en ese preciso momento. No amaba a aquel hombre, ni lo conocía de nada en realidad; solamente sabía que era el emperador, el primogénito del casi extinto clan Uchiha, y que era alguien a quien era mejor no tener de enemigo…
Pero aquello, aquella sensación en todo su cuerpo, extrañamente le estaba gustando, aunque intentara negarlo por todos los medios posibles. Sakura sabía que estaba propensa a caer en la negación, y eso solamente volvería más intensa la sensación. Se recriminó mentalmente por seguirle el juego, mas, una parte de ella, estaba encantada por dejarse hacer, aun si no estaba ni remotamente lista para que su cuerpo soportara toda aquella carga. Estuvo a punto de decir algo, cualquier cosa que indicara su renovada razón, no obstante, la mano de Itachi se había abierto un sinuoso camino hacia su intimidad, masajeando con tortuosa lentitud la abertura entre sus labios.
Siendo más de lo que podía soportar, Sakura lanzó el gemido que le estaba quemando la garganta, soltando de golpe el aire y observando la derrota de sus convicciones. Creyó ver una mirada complacida en sus ojos negros, por lo que tuvo que concentrarse en reprimir la corriente eléctrica que la invadió cuando él acarició el interior de aquella zona tan sensible, moviendo dos de sus dedos con preparada eficiencia.
No, no, no. No hagáis eso, por favor; quiso decir, pero notó que había cometido un gran error cuando, al separar sus lastimados labios, solamente salieron gemidos. Unos tras otros, tan fuertes que creyó que podían oírse en todo el palacio.
— Eso es… gime para mí, Sakura — escuchó su voz, tan aterciopelada y sensual que la joven se sintió morir, creyendo estar presa dentro de la más placentera ilusión.
Sin ser consciente de lo que hacía, movió sus caderas a compás de la mano de él, mientras que con sus temblorosas manos, acariciaba extasiada el cuello del emperador, cuya mirada parecía pasar del rojo al negro y revertía el efecto cada segundo, como repitiendo la escena una y otra vez… o se lo estaba imaginando, ya no sabía dónde estaba. Quería gritar.
Iba a explotar.
De repente, escuchó sus propios jadeos distantes, el sonido de la voz del hombre se anclaba a sus oídos y un pitido constante invadió su cabeza. Todo se desvaneció y volvió a la realidad. Los ojos verdes iban a salirse de sus cuencas cuando entendió la situación. Seguía de pie frente al espejo con Itachi a su espalda, los ojos del Sharingan miraban su reflejo acalorado y él acariciaba con su mano uno de los rizos rosados.
Estaba completamente vestida. Ni siquiera el obi se había salido de su sitio.
— ¿Os ha gustado la ilusión? Parecíais… encantada — preguntó él cerca de su oído.
Atenazó los brazos alrededor de la cintura de ella y depositó un frío beso en su cuello. Sakura lo observó a través del espejo, con una expresión un poco idiota en el rostro, conteniendo la indignación que pasaba lentamente a estupefacción.
Ni siquiera me tocó…
"Bueno, debéis admitir que sus ilusiones no son precisamente un juego"
Ella estuvo a punto de asentir, pero la frialdad de sus oscuros ojos caló demasiado fuerte en sus nervios. Había soportado demasiado, y su carácter temperamental quería salir. No le daba tregua. Se tensó esperando un momento para defenderse luego de que dijera todo lo que luchaba por salir de su pecho. Ella era orgullosa aunque no se notara la mayoría del tiempo, y aquello había sido una ofensa demasiado grave.
"Nos vio cara de estúpidas, ¡sha!"
Reprimió el calor que recorrió su cuerpo al pensar en la ilusión, aunque podría jurar que sus adoloridos pezones querían sentir los labios de aquel ser calmándolos con premura pasional, pero ella no se entregaría a esas sensaciones, por más que su cuerpo lo pidiera.
— No — susurró, pero las manos le temblaban de miedo —. Nunca, nunca — siguió diciendo.
Itachi se dio cuenta de que parecía estar hablando consigo misma.
Sakura aspiró el aire y arrugó los labios, sin saber demasiado bien cómo es que las palabras habían salido de su boca, casi estranguladas entre el miedo y la creciente determinación. Estaba tentando al fuego, jugando con la ardiente lava en la que podía caer en cualquier momento, calcinándose así hasta los cimientos. Ella sintió el tirón en su quijada, y sus horrorizados ojos verdes observaron los mortales ojos del Uchiha, que la amenazaban con las peores pesadillas si osaba a decir algo más. Él apretó el agarre con los dedos incrustados en sus pálidas mejillas,
— Os lo puse fácil, Sakura… pero ahora ya habéis despertado mi demonio interno con vuestro comentario — le avisó con una voz que congelaría al mismísimo inframundo si fuese requerido. Sakura abrió los ojos más de lo que podía y lo miró con más terror, con pavura.
Itachi le sonrió, con el vacío cruel bailando en sus ojos de noche lúgubre.
— Espero que os haya quedado claro que solo sois una sierva a mi merced, y os puedo poseer cuando me den ganas — le recordó, para luego estampar sus labios contra los de ella con violencia. —. Ahora, si no queréis morir calcinada, repetid conmigo las siguientes palabras: Solo soy una sierva, al servicio de mi señor — le recalcó amenazante.
La chica de exótico cabello tembló por los nervios, con el corazón desbocándose casi en su garganta, tan muerta de miedo que, de no ser porque él la estaba agarrando de la mandíbula, ya se hubiese caído al piso. Hizo esfuerzos sobrehumanos para contener las lágrimas que le nublaban la vista.
— Si no lo hacéis, tal vez vuestra madre tenga que pagar las ofensas — advirtió en tono tétrico.
Ella tuvo un vuelco al corazón. Su madre no. Nadie podía tocar a su madre. Apretó las manos alrededor de las del moreno y negó con la cabeza, tiritando con su mirada fiera.
— Solo soy una sierva, al servicio de mi señor — imploró en medio de un ahogado sollozo, sintiendo que las lágrimas resbalaban por sus mejillas como cauces desbordados.
— Así me gusta. Una niña obediente — le replicó Itachi. Rozó sus fríos labios contra su mejilla y luego la soltó con brusquedad —. Ahora largaos de aquí, mañana recibiréis el castigo que merecéis — mencionó de espaldas a ella.
La muchacha lo observó caminar con pasos casuales hasta su cama, como si no le importase nada de lo que había ocurrido. Retomó con rapidez el control de su cuerpo y corrió hasta la puerta casi cayéndose estrepitosamente del otro lado. Mantuvo el escaso equilibrio que sus temblorosas piernas le proporcionaron y la puerta se cerró con un terrible ruido detrás de ella. Casi saltó ante el hecho, pero el terror le pesaba tanto que se quedó tiesa en su sitio.
Sakura miró la puerta imperial aún trastornada por todo lo que había pasado, su amo había usado su técnica ocular sobre ella y ahora estaba… aterrorizada.
Creo que esa no es la palabra correcta; se dijo.
Sin embargo, notó con vergüenza la humedad de su entrepierna, causada por todo lo que la ilusión le había hecho sentir.
Ahora debía atenerse a las posibles consecuencias de sus palabras a su excelencia. Una simple sierva insultando a un emperador. ¿Cuándo se había visto aquello? Seguro que nunca, y ahora, ella sería víctima del enfado de su amo. La redención no existía en aquel gran castillo, y ella era solamente una mujer sin derecho a ser libre ni a amar,ni siquiera a vivir en paz.
Era una mujer acechada.
En el interior de la habitación, un pájaro voló lejos de la ventana. Itachi observó el cielo de reojo durante unos segundos antes de suspirar. Recostó su cabeza sobre la almohada y se masajeó las sienes con cansancio.
Por primera vez durante todo el día, podía volver a ser él.
…
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…
¡Gracias por leer!
Recuerda que: una historia con opiniones, es una historia feliz. :3
¡Saludos!
