Disclaimer: Los personajes de Naruto NO me pertenecen, sino al mangaka Masashi Kishimoto.

¡Hola! Gracias por los comentarios, los favoritos y las alertas. Se les agradece muchísimo. :33

En este capítulo nos vamos a adentrar más en la historia como tal, ya saliendo de la introducción. Espero que la historia les guste tanto como a mí escribirla

Sin nada más que decir…

¡A leer!

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Capítulo 3

Entre Cielo y Tierra

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La fría mirada marrón permanecía fija en la extensión de tierra frente al lago. Encaramado sobre la rama de un extenso árbol, el pequeño pelirrojo observaba el perímetro con ojos calculadores, como esperando abalanzarse sobre el primer guardia que entrase en su zona de visión. Más allá del árbol donde estaba y del que parecía ser un inmenso charco gris azulado interminable, se alzaba el perenne castillo del emperador del Fuego, rodeado por un grupo frondoso de árboles que parecían bailar con el viento caliente que circundaba a su alrededor.

Sasori casi podía notar como las esferas de fuego negro se alzaban sobre las encapotadas torres recubiertas de marfil, sirviendo como sensor a enemigos aéreos que podrían irrumpir en cualquier momento a las estancias del castillo. Él tenía nueve años, pero sabía perfectamente lo que había pasado entre el reino del norte y el del este hace un año atrás, y ellos habían esperado cualquier intento de ataque por parte de este último, sin embargo, nada había llegado. Ni siquiera un aviso de advertencia.

El pequeño cuerpo del niño se tensó inmediatamente, quedándose inmóvil mientras movía las pupilas lentamente hacia varias partes del inhóspito lugar. Alguien había pasado su barrera hecha de hilos, que, modestia aparte, era un campo casi perfecto e impenetrable del cual podía sentirse orgulloso. Con su inexpresivo rostro y conteniendo las ganas de fruncir el ceño, Sasori enfocó su mirada color miel hacia el espeso bosque a su derecha, de donde había provenido la presencia.

Podía sentir los pasos (livianos pero firmes) acercándose con lentitud hasta su posición, se detuvo unos segundos y luego corrió, haciendo que la yema de sus dedos vibrara con todo aquel trote. Aunque se preparó para correr, de un momento a otro se dio cuenta de que nadie venía hacia él, en cambio, una pequeña presencia se hacía presente frente al lago, persiguiendo entre risas un pequeño pajarillo blanco. El pelirrojo no pudo evitar que un tic nervioso invadiera uno de sus párpados.

Una niña. Una débil y simple niña de carne y hueso había sido capaz de traspasar sus defensas. Aquello era imposible. ¡Imposible! Debía poseer alguna habilidad especial para ser capaz de atravesar todos aquellos hilos casi invisibles. Observó al pájaro emprender el vuelo hacia una rama muy elevada, y la niña (que poseía un ridículo cabello de color rosa) lo observó con detenimiento con aquellos ojos almendrados de color del jade.

Sasori empezó a impacientarse por la molesta niña. Había ido allí para observar el castillo y probar el alcance de sus hilos de chakra, pero ahora tenía que esperar para que la chiquilla viese que no tenía nada más que hacer allí. Era molesto esperar.

Entonces recordó su bolsillo, donde había un pergamino de transporte para guardar sus marionetas. Eran apenas diez y estaban perfectamente organizadas, por lo que localizó a Salamandra fácilmente e hizo el respectivo signo para extraerla. La pequeña marioneta con apariencia de anfibio, vibró entre los hilos de sus dedos en cuanto el humo de la invocación se disipó; era un poco más grande que su antebrazo, pero Sasori había decidido que se dedicaría a hacer una del tamaño del mismísimo palacio imperial. Aquella era solamente una prueba.

Y serviría para asustar a una simple niña.

La guió a través de la corteza del tronco y se escondió parcialmente detrás de las grandes hojas. Sus ojos de apariencia cansada miraron de reojo mientras movía los dedos de su mano derecha. Salamandra se deslizó presuntuosa, con las pequeñas extremidades hundiéndose en el barro de la tierra hasta la chiquilla, que seguía inmersa buscando al pájaro perdido. El niño ni siquiera se dignó a mirar los movimientos, pues esperaba escuchar en cualquier momento el estruendoso y fastidioso grito que ella lanzaría, asustada por algo tan artístico como una marioneta, desprovista de toda piel viscosa y accesible por siempre.

Sintió que la pequeña figura se acercaba a los pies de la niña, y sonriendo lúgubremente (o tanto como un niño podía hacerlo), movió la red para que Salamandra apareciese repentinamente golpeando una de sus piernas. Escuchó el sonido de la marioneta chocando contra la carne, pero donde esperaba oír un chillido, solamente oyó un bajo quejido.

¿Qué? ¿Qué hizo?

Sasori giró la mirada y se encontró de lleno con la escena más loca que había tenido que ver en su vida. La pequeña chica rosa se había sentado frente a Salamandra, viéndola como si nunca antes hubiese tenido el placer de divisar algún animal así, y tal vez, así era. Los dedos del pelirrojo se tensaron en cuanto ella tomó la marioneta entre sus manos, tocando la superficie como si quisiese rasparse la piel con ella. Él contuvo la indignación dentro de su pecho. ¿Qué se creía la niña para hacer eso con alguna de sus preciosas creaciones?

Por un momento, pensó en halarla hasta hacerla desaparecer entre el frondoso follaje de los arbustos, pero entonces la niña llegaría hasta él persiguiéndola y él no estaba dispuesto a dejarse ver.

Pero tengo que quitarle a Salamandra, Kakuzu-san no me perdonará si ella la rompe; se dijo con los ojos entrecerrados.

Suspirando con notable pesar, el pequeño niño saltó de la rama y cayó casi frente a ella, la cual se echó hacia atrás asustada, enredando sus pies y tropezando con ellos a causa de la impresión. El pelirrojo miró al cielo con los brazos cruzados. La cara de Sakura se arrugó como queriendo llorar.

Devuélvemela — dijo con estoicismo, intentando ocultar su molestia.

La pequeña lo observó con los labios arrugados. Se imaginaba que se refería al juguete entre sus manos, cuya apariencia al principio le había parecido fea, pero inmediatamente se dio cuenta de que su curiosidad podía más que sus fuerzas. Agarró a Salamandra con las dos manos y la estiró hacia él. Sasori se exasperó al ver que casi se la estrellaba contra la cara. Le arrebató la marioneta con cierta delicadeza y dio la vuelta dispuesto a irse de allí y lejos de esa mocosa fastidiosa que había…

¿Sois un ninja? — él casi saltó al ver que la niña estaba frente a él nuevamente.

¿Pero qué…?

No — fue lo único que respondió antes de seguir caminando.

Estrechó a Salamandra entre sus delgados brazos y emprendió el camino de vuelta a su casa improvisada, donde residían su abuela y él desde hacia un corto tiempo. Había pisoteado sus planes por sacarla, dándose cuenta de que tal vez habría sido mucho mejor que la chica se rindiera de buscar pajaritos y ya.

¡Me gustan vuestros ojos! ¡Son como los de un títere! — gritó ella, agitando las manos como si así pudiese llamar su atención.

El pelirrojo se detuvo a medio paso, mitad molesto y mitad interesado por las palabras infantiles. Jamás se compararía con un títere, le gustaba más el término de marioneta; un títere podía manejarlo cualquiera. Ladeó un poco su cuerpo hasta la pequeña niña de pelo rosa, fijándose por primera vez en su sencilla vestimenta de un tono más chillón que su cabello. Ella le sonrió, pero él volvió a girar instantáneamente para caminar más rápido. Se sentía un poco… extraño.

Salamandra no la había asustado, y solía asustar siempre a cualquier niño (y no es que él se concentrara en asustar infantes, tampoco), pero por si fuera poco, ella también había podido entrar en la barrera que formaba con sus hilos.

Y le había dicho algo parecido a un halago, aunque no entendiera demasiado sobre las diferencias entre las marionetas y los títeres.

Por primera vez en mucho tiempo, Sasori contuvo las ganas de sonreír.

Era un niño, después de todo.

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En la torre más alta de un magnífico castillo, el viento soplaba con inusitada fuerza, como si intentara, por todas las maneras posibles, derrumbar a la figura que se ubicaba debajo del arco ornamentado que rodeaba la puntiaguda construcción. Los ojos color miel de la mujer miraban al vacío con el entrecejo fruncido, evaluando el aire que soplaba con sus desarrollados sentidos, sintiendo que el ambiente cambiaban con la llegada de una silenciosa presencia a su espalda.

El enmascarado permaneció arrodillado en una reverencia, pero sus oscuros ojos detrás de la máscara, contemplaban con pasividad las coletas rubias que se agitaban con el rumor furioso del aire.

— Sentís eso, ¿verdad? — preguntó ella con aquella voz fina pero muy autoritaria.

El hombre no respondió de inmediato, pero en cambio, enderezó su rígida pose para caminar hacia ella. La fémina exhaló el aire, pareciendo resignada. Se alejó del borde y su larga capa verde se agitó, como iracunda ante el repentino movimiento de quien la portaba. Los ojos color miel se volvieron hacia el enmascarado, y este miraba hacia el precipicio con escrutadores ojos.

— El viento os trae lo que queréis saber, Tsunade-sama — contestó con la voz amortiguada —. La reunión terminó hace dos horas, pero tuve contratiempos. Mis disculpas — siguió, aunque su voz sonaba tan o más frívola que el propio viento.

La mujer lo miró de arriba abajo esperando encontrar signos de lucha, sin embargo, no encontró resquicio alguno de que así era. Tsunade pudo sentirse tranquila una vez más por Kakashi, cuyos ropajes estaban tan limpios como esa misma mañana, pero su alma estaba manchada de sangre, tanto o más que sus propias manos.

— Solamente esperaré unos meses más para hacer la visita — soltó ella de improviso.

Kakashi giró su enmascarado rostro hacia ella con demasiada rapidez. La rubia no le veía, pero podía jurar que él había abierto sus párpados sólo un poco más de lo habitual, demostrando su sorpresa y advertencia a partes iguales. Ella hizo un ademán con la mano, indicándole que podía decir lo que pensaba. Kakashi se quitó la máscara de animal, y sus oscuros ojos la contemplaron, indescifrables como siempre.

— ¿Creéis que sería prudente? — inquirió él —. El atentado fue hace tiempo, pero los roces siguen aún intactos. Mucho más con la guerra entre el norte y el sur — expuso con seriedad.

Tsunade dio una mirada altanera a la nada. Una babosa se escabulló por su pierna con la intención de susurrarle una canción al oído, la buena noticia que esperaba escuchar desde hace años atrás. Sonrió enigmáticamente en dirección al hombre de cabellos plateados.

— Está hecho, Kakashi. Confiad en vuestro especial instinto — mencionó ella, con aquella voz que auguraba tener todo bajo control.

El hombre simplemente se limitó a suspirar mientras retrocedía dos pasos. Se inclinó en reverencia y desapareció tan rápido como había llegado. El viento sopló más fuerte, murmullando, y la rubia afiló sus ojos claros al horizonte, más allá de la fortaleza que rodeaba el Reino del Este.

Tsunade, la reina de unos de los tres territorios que actualmente conformaban el Imperio del Fuego, casi podía ver sus metas logradas al final del camino, rozándolas con los dedos y dispuestas a dejarse alcanzar por ella.

Y nadie iba a impedirle aquello. Ni siquiera el mismísimo Madara Uchiha.

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El castigo impuesto esa misma mañana por su amo,consistía en lavar todas las salas principales del castillo, ella sola, sin ayuda.

"¿Y sabéis que es lo peor? ¡Que una sala imperial es veinte veces la casa en la que vivíamos! ¡Sha!"

Sakura ignoró la voz en su cabeza y siguió limpiando la esquina con una determinada calma, tratando de que quedara reluciente a pesar de que no creía que nadie fuese a fijarse en ese pequeño espacio teniendo mejores cosas que ver; pero ella era eficiente, y si quería mantener un poco de su dignidad, haría el trabajo estupendamente, y de ser necesario, con una brillante sonrisa aplastada contra el rostro. Agradecía que solamente tuviera el deber de encargarse de las principales y no de las interiores, pues estas últimas parecían abundar mucho más en todos los pasajes del inmenso palacio.

Como si eso hiciera menos pesado el trabajo; suspiró.

Aun así, la chica de hebras rosadas respiraba tranquila, segura de que tendría al menos un día en calma, o eso esperaba. Le habían informado que tendría un guardia durante todo el día, cuidando que ella cumpliera sus labores al pie de la letra, y Sakura no había podido hacer más que elevar sus plegarias para pasar un poco de tiempo con Sasori, que era precisamente lo que necesitaba. Se sentía orgullosa de si misma al lograr no sucumbir durante la noche anterior, aunque debía admitir que había sido difícil. Demasiado.

Su día se había iluminado bastante al descubrir que su madre estaba bien, gracias a un pájaro mensajero que ciertas favoritas utilizaban para comunicarse con sus seres queridos, al menos eso podía agradecerle al emperador; pero aquello era solamente la punta del iceberg, ya que inmediatamente se enteró de que quién la vigilaría, era obviamente, Sasori. La suerte parecía estar echada a su favor, y ella no podía hacer más que agradecer los caminos del destino.

Unos pasos breves y seguros rompieron el silencio de la sala. Sasori se acercaba por el pasillo sur con su vestimenta ninja, completamente negra y bastante práctica. Sakura suspiró inconscientemente, diciéndose que no podía tener una mejor visión en aquellos momentos.

¡Centraos!; se reprendió, aunque no pudo dejar de sonrojarse ante la idea de estar todo el día junto a él… o al menos lo que durara la limpieza del lugar.

"En momentos así, prefiero limpiar las cámaras interinas"

Al menos tiene la obligación de protegerme en los alrededores del castillo, ¿no os basta eso?; refunfuñó, levantándose en cuanto el pelirrojo llegó junto a ella.

Sasori no era excepcionalmente alto, pero había algo en él que lo hacía ver imponente, como si viviese analizando cada pequeña cosa con esos ojos que parecían estar inexpresivos la mayoría del tiempo. Él acercó la mano hasta su mejilla, con la delicadeza de quien tiene la oportunidad de tocar una valiosa pieza artesanal. La joven sonrió con timidez, no pudiendo inferir el humor de él en esos momentos. Alejó su mano y relajó la pose.

— Me alegra saber que no os hurgó — se hizo presente una diminuta sonrisa de medio lado.

— Me alegráis el día con estar aquí. Gracias — respondió con mucha sinceridad.

Sasori suspiró por lo bajo, sopesando si advertirle algo más. Sabía que Sakura era impetuosa y un poco difícil de carácter, sin embargo, era bastante inteligente, mucho más que la mayoría de las mujeres de su edad, así que tendría que haber descubierto ya lo que necesitaba para sobrevivir dentro de las paredes del castillo; sin importar mucho lo reticente que se sentía con respecto a ello. Él mismo tenía sus límites al aceptar la situación, pero el deber era un deber, y Sasori no quería perder el norte de sus planes, y mientras Sakura permaneciera con bajo perfil problemático, sería mucho mejor para los dos.

— No quisiese que arriesguéis vuestra vida — mencionó, y ella pudo notar su ceño un poco fruncido —. El emperador es un hombre calculador y capaz. No os dejará en tranquilidad — terminó.

Por un momento, Sakura pudo notar el leve timbre de miedo en su voz, pero siendo Sasori tan poco expresivo (excepto en las situaciones que realmente ameritaban emoción), no podía estar segura de lo que había percibido, Colocándose una mano en la barbilla, la muchacha repasó superficialmente el día anterior, buscando algún resquicio, alguna trampa con respecto a todo lo que había pasado.

Itachi-sama era todo un temerario, de eso ella estaba completamente segura. No quería despertar su ira, pero la delgada línea entre el deber y la moralidad parecía ser una barrera infranqueable que no estaba dispuesta a cruzar sin antes pelear. Sabía que Sasori había tenido que hacer cosas horribles para mantener su puesto, pero nunca parecía quejarse de ello; sentía que lo conocía mucho y poco al mismo tiempo, pues en lo que se relacionaba a su trabajo, parecía ser como una estatua de mármol. Tal y como él le había dicho una vez: los ninjas vivían para matar y callar; y ella podía vivir con eso. Entonces, ¿por qué le costaba tanto dejar todo de lado? Su madre siempre le había dicho que la integridad era importante, que no dejarse pisotear era primordial, pero que saber ser prudente, era algo esencial; no obstante, cuando quién te punzaba la espalda con su fría autoridad era el mismísimo Supremo, no podías hacer nada más que rendirte a ello.

— Temo hasta por vuestra vida — confesó la joven de enigmática cabellera —. Si el amo se llegase a enterar de vuestros tratos, seguramente os encerraría en una ilusión por el resto de la existencia humana — aseguró con el pánico enmarcado en su angelical rostro.

A mí… a mí me asesinaría; pensó, pero se abstuvo de decirlo en voz alta, no queriendo dar por hecho tan macabra situación. Sasori no necesitaba más preocupaciones y ella necesitaba alejar los malos pensamientos.

Los dos, juntos, encontrarían una forma de salir de la apretada situación.

Sasori se acercó a ella lentamente, y con una expresión indescifrable, unió sus frentes. Sakura tragó y apretó los labios, siendo presa del miedo y la ansiedad que se entremezclaban en su interior. Podía ver los ojos del pelirrojo claramente, como un tramo de arena oscurecida en medio de una tormenta en el desierto. La delgada línea entre sus labios estaba tensa, semejante al abatimiento de sus pensamientos no expresados.

— Ni pensarlo — negó levemente —. No os descubrirán. A ninguno. — manifestó seguro de sus palabras.

Él no se creía dependiente, pero debía proteger a Sakura más allá del sentimiento que sentía por ella. Había pensado, muchas veces, que ignorar el sentimiento naciente en su interior era una vía factible para no verse inmiscuido en todo aquel asunto, pero aquello había estado desarrollándose en su interior desde que era un niño, y como tal, no podía echarse a un lado con la facilidad que tenía para volver a la normalidad después de matar.

Decidió quedarse así, sólo por unos momentos más antes de tener que volver a la aplastante realidad. Deseaba decirle sus planes, pero mientras menos supiera ella, menos propensa estaba a la sensibilidad, no entraría en pánico. Observó sus ojos cerrados y las largas pestañas rosadas, con los párpados caídos de quien analiza sus futuras maquinaciones.

— ¡¿Pero qué es lo que estáis haciendo?! — exclamó indignada una pelirroja a sus espaldas. Sasori se maldijo por dejarse llevar —. ¿Vosotros queréis ser víctimas de la ira del emperador? — preguntó con parsimonia, levantando el mentón con altanería.

Sakura dio un paso atrás y el hombre a su lado se mantuvo impasible, girándose hacia la otra mujer y buscando la mejor manera de proceder, casi saboreando el matiz de triunfo en la insana réplica de Karin. Debía ser el triple de cuidadoso ahora que la muchacha de cabello rosa también estaba dentro del palacio. Un paso en falso significaba el inminente fracaso.

— ¿Qué es lo que queréis? — replicó con lúgubre voz.

La pelirroja carraspeó, intimidada por aquella mirada helada.

— Itachi-sama quiere ver a esta niña — soltó rápidamente —. Es mejor que la lleve ya — concluyó.

Trató de tomar el brazo de Sakura, pero a pesar de que ella no se movió, no pudo agarrarla. La mano fría y dura de Sasori interceptó sus intenciones, amenazándola.

— ¿Hacia dónde? — preguntó apretando la presión.

Karin tuvo el leve presentimiento de que ni un quejido saldría de su garganta a pesar de que la mano ya le dolía. Sakura contemplaba la escena con los ojos muy abiertos, respirando con superficialidad.

— A-A su despacho. El pasillo este, la puerta blanca con marco plateado — soltó ella, sin despegar la mirada del pelirrojo.

Sasori asintió con lentitud. Miró a la chica de pelo rosa y le hizo una leve inclinación con la cabeza que ella comprendió perfectamente. Emprendió la caminata lejos de ellos, conteniendo el escalofrío que la mirada marrón miel le había causado. Verlo con aquella actitud, era poco más que aterradora.

Cuando Sakura salió de su rango de visión, levantó la cabeza y deshizo un poco el agarre en la mano ajena, no obstante, cuando la pelirroja quiso liberarse, él habló de nuevo, escudriñándola con aquella mirada desprovista de sentimientos.

— Una sola palabra, y vuestras articulaciones arderán de dolor. No será rápido, y os encontraré antes de que alguien pueda encontrarme a mí — dio otro apretón con su extremidad de arcilla y la soltó.

La mano de Karin tembló cuando él hizo una reverencia automática. Lo observó darse la vuelta y emprender sus silenciosos pasos a quién sabe dónde. Y no es que le importara tampoco, era mucho mejor no meterse en su camino.

La amenaza aún retumbaba en sus oídos.

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El ambiente tranquilo de la sala circular permanecía imperturbable a pesar de las constantes quejas de la muchacha allí presente. Sentada en el mullido sofá occidental, Ino se dedicaba a ver el despejado cielo a través del ventanal abierto de par en par, lo que causaba que las cortinas traslúcidas se moviesen de un lado al otro con conveniente calma; sin embargo, la rubia ya estaba empezando a desesperarse. Tenía calor, muchísimo de hecho, y Sasuke no se había presentado a pesar de que lo había mandado a llamar hace ya bastante tiempo.

¿Creía que porque le gustaba y era el príncipe del imperio podía hacerla esperar? Ella era Ino Yamanaka, miembro de la familia imperial del Hielo y una mujer muy capaz, aunque la mayoría del tiempo no lo pareciera. Su padre había luchado para el mismísimo Fugaku Uchiha, y se había ganado un título noble gracias a que, en ese entonces, había sido el ninja más cualificado de su generación; y ni hablar de su madre, que era nada más y nada menos la tercera en la línea de sucesión al trono. Entonces, ¿qué creía Sasuke Uchiha que estaba haciendo?

Debí traerme un vestido más suelto; se dijo con vanidad, observando la parte superior de su vestido azul de gamuza con cuello alto. La falda acampanada de fina seda iba a terminar por echar al suelo las pequeñas mesas orientales, pero eso era lo de menos, pues preocuparse por las pertenencias del palacio no iba a bajarle la temperatura.

Agitando su abanico con renovada presunción, sintió la presencia de alguien que se acercaba por la puerta ubicada justo frente a ella. Se enderezó solamente un poco, puesto que no era Sasuke, aquel chakra era tan débil que casi pasaba desapercibido para cualquiera, pero los Yamanaka eran buenos sensores, y ella era la mejor. Notando que la puerta se abría, sus azules ojos cayeron inmediatamente en una joven ataviada en un grácil kimono del color de la tierra, bordado con hilos de oro que representaban remolinos surcando el desierto. Ella no pudo evitar bufar. La temperatura parecía haber subido dos grados más.

No solamente lo llaman el Imperio de Fuego por su afinidad de chakra, sino también porque la gente no parece tener una temperatura normal. ¿Por qué me han traído una asquerosa favorita para que me atienda?; habló consigo misma mientras contemplaba la reverencia de la muchacha castaña frente a ella.

— ¿Deseáis algo señorita? — la dulce voz la hizo entrecerrar los ojos.

— Necesito que desaparezcáis todas las favoritas del palacio — fue lo único que respondió la hermosa joven con ácida amargura.

La muchacha en cuestión hizo una leve inclinación y se fue casi corriendo de la amplia sala, tropezándose con los altos mesones que presidían la puerta principal. Ino no pudo evitar reír, diciéndose que al menos se había divertido infantilmente con aquella moza que provenía de quién sabe dónde. ¿Cómo es que Itachi había impuesto de nuevo esa estúpida consigna que admitía concubinas? Era degradante e innecesario; ninguna de ellas tenía la suficiente sangre real para traer un heredero digno al imperio…

Como si un pequeño ramalazo de incertidumbre hubiese pasado por su cabeza, la mujer arrugó los labios y suspiró con una oscura resolución. Era obvio el porqué de tanta tardanza por parte de su prometido. Era tan obvio que le daba vergüenza.

Está con una de ellas; aseguró, retorciendo el abanico entre sus enguantadas manos. El frío sustituyó a su calor corporal en cuestión de segundos, y en menos de lo que podía darse cuenta, el abanico cayó al suelo totalmente congelado y esparciéndose en pedazos por la sala.

Como las odiaba…

— Ino — pronunció el moreno con sequedad haciendo acto de aparición.

Ella saltó en su lugar, controlando su temperatura con implacable eficiencia. Sasuke notó el destello grisáceo en sus irises, comprendiendo que estaba molesta, como la mayoría de las veces en las que se tardaba. ¿Por qué tenía que llegar tan temprano? Era realmente fastidiosa. El príncipe de una nación tenía asuntos más importantes que atender que ocuparse de una molesta prometida.

Ino se levantó con mucha dignidad y clase, como si no hubiese tenido un auténtico arrebato hace un momento. Podía notar que los ojos oscuros del príncipe, miraban por tan sólo un momento el despilfarro de hielo seco sobre el piso lustrado de madera. Ella no le prestó atención a eso, en cambio, frunció el ceño.

— Éstas no son las horas de saludar a vuestra prometida, ¡llevo una hora esperando por vos! — exclamó con exasperación, conteniéndose de decir algo más.

Él la miró con sus inexpresivos ojos de ónix, pasando de ella como si fuese el objeto más insignificante del mundo. Si bien el pelinegro pensaba que la joven noble era su pasaje de entrada a otras tierras, tampoco podía dejarse llevar y consentirle cada una de sus pataletas incesantes. Era obvio que Ino era una mujer que demandaba demasiada atención, y él no era muy propenso a darla, mucho menos a una mujer en cualquier otra cosa que no fuera la cama.

— Hmp — fue la única respuesta del poseedor menor del Sharingan.

La cólera de Ino subía y bajaba al compás de sus pesadas respiraciones, sintiendo la impulsividad como un vaivén dentro de su pecho. Sasuke le gustaba mucho, pero no le quería, así que no le dolía demasiado sus monosilábicas expresiones; pero de allí a sentirse tranquila con aquella indiferencia hacia ella, ya era un tramo demasiado largo que no estaba dispuesta a recorrer. A ella nadie la ignoraba, y mucho menos él.

— Un día de estos les arrancaré los ojos a vuestras favoritas — aseguró la chica de melena dorada, volviéndose a sentar en el amplio mueble con toda la delicadeza que pudo utilizar.

— Os agradecería que no hagáis berrinches de niña mimada aquí — pronunció sin más.

Aunque Intentó ser cortés, su voz delató la molestia infinita que sentía al tenerla allí, y no se preocupó en ocultar nada al ver la indignación en la cara de su prometida, aquella mueca sumamente exagerada de quién quiere ponerle énfasis especial a su sentir. A Sasuke le parecía especialmente ridículo.

— ¡Y me habláis así de extra! — reclamó perpleja al mismo tiempo que se levantaba de un salto —, ¡nunca me habéis…! — su reclamo fue rápidamente interrumpido por el moreno.

En un dos por tres, el joven de hebras azabache ahora la tomaba de la quijada y rozaba su propia nariz con la de ella. La rubia platinada tragó grueso y lo observó con los ojos desorbitados del temor, mas debía admitir que lo ocultaba demasiado bien; sin embargo, no había nada que pudiera engañar a los ojos Uchiha, y mucho menos cuando se tenía ese peculiar poder ocular.

— A mí nadie me grita, Ino — le advirtió recalcando el nombre de la joven.

— Sasuke… — murmuró ella muy despacio, intentando zafarse inútilmente de su agarre.

— Os recuerdo que vos admitisteis las cosas así — la neutralidad de su voz causaba leves espasmos en la muchacha —. Yo os sugiero que no me hagáis perder la poca paciencia que me queda — siguió despacio, como si tratase de explicarle alguna teoría a un niño pequeño.

Ino Yamanaka tembló por primera vez en mucho tiempo. La última ocasión en la que había tenido oportunidad de sentir verdadero terror, fue cuando su madre la encerró en una prisión de hielo cuando tenía ocho años y había descontrolado su chakra. El objetivo era que lograra dominar el temor al encierro y rompiese los barrotes de hielo con su propio chakra, o nunca iba a poder usar las habilidades propias del clan de su padre, que consistían, de cierta manera, en encerrarse en la mente de otra persona y controlarla. La pequeña rubia había pasado tres días enteros allí, sin comer ni dormir por el frío, hasta que fue capaz de controlar sus miedos.

Y ella creía que después de pasar aquella prueba, nada más podía asustarla… pero entonces estaba allí, observando por primera vez la legendaria técnica ocular de la familia imperial, que giraba con fiereza sobre los anteriores ojos negros de su prometido, reemplazados por el color de la sangre y las aspas furiosas. Cerró los ojos por instinto, recordando lo que su madre le había dicho un millón de veces sobre el Sharingan.

Sasuke sonrió internamente ante el miedo y el leve temblor que ella le mostraba. La soltó de golpe dejándola caer de nuevo en el sillón para luego asomarse por el ventanal de la sala. Ino observaba su espalda con la mirada oscilando entre el horror y la ira. Iba por mal camino si creía que siempre iba a ser así de sumisa.

Esperad cuando sea vuestra esposa, Sasuke Uchiha. Vais a pagarme las ofensas; pensó con la mano echa un puño.

— No sé cómo es que os acepté — susurró la rubia luego de algunos segundos, cuando Sasuke aún seguía de espaldas —. Sois el hombre más déspota que he conocido — farfulló y colocó unos mechones dorados detrás de su oreja.

Sasuke la miró de soslayo por encima del hombro sin variar su posición o expresiones, haciendo parecer que no escuchaba palabra alguna deslizándose entre los labios rosados de Ino. ¿Creía que podía hacer lo que le viniera en gana dentro de su castillo? Estaba muy equivocada.

— Tened en cuenta que sois mujer — afirmó como si hablara de una nube cualquiera. Ino lo calcinó con la mirada —, y las mujeres sois así. Nacieron para humillarse — soltó con tono sarcástico.

Ante la frase tan denigrante, Ino sintió su cabeza hervir de nuevo en las aguas impetuosas de la cólera, irguiéndose de un golpe y por puro instinto, haciendo inmediatamente una pose de manos que apuntaba directo a la espalda de él, donde se mecía con opulento orgullo el emblema de la familia Uchiha sobre el fondo impecablemente blanco del haori. Sin embargo, antes de que pudiese siquiera pensar en concentrar su chakra, Sasuke la estaba tomando de las muñecas, aprisionándolas dolorosamente con sus dedos que se asemejaban más a una cadena de hierro caliente. Ino contuvo un quejido.

— ¡Me estáis lastimando! — chilló la mujer asustada tratando de zafarse, causando que el Uchiha la apretara más fuerte.

— Os vuelvo a recordar que se prohíbe que las señoritas usen sus habilidades — avisó el de mirar ónix con altanería —. Recomiendo que salgáis de aquí y no volváis hasta mañana — ordenó, soltándola con presión.

La noble rubia trastabilló y exhaló el aire con fuerza, masajeándose las lastimadas muñecas con una mueca de dolor en el rostro. Sasuke había vuelto su mirada hacia la ventana, enfocándose en algún punto lejano en el terreno que se extendía detrás del palacio. Su comportamiento era inadmisible.

¿Cómo se atreve...?

— Os recuerdo que si cancelo esta relación, olvidaos de esta alianza entre imperios — manipuló ella, con el corazón relampagueando de molestia y de precaución.

Sasuke tragó, mirándola de reojo con aquella expresión oscura que la hizo sonreír internamente. Estaba tentando al diablo, pero si la seguía tratando de aquella manera, no iba a responder por sus actos. Se giró en redondo ondeando el bonito faldón azul cielo.

— Ino…

— Nos vemos después, Sasuke-kun — cortó con superficialidad mirándolo por encima del hombro.

El Uchiha menor la observó salir con ese caminar altamente orgulloso. Se pasó la mano derecha por su cabello negro y su expresión se mantuvo neutral ante la amenaza expuesta. Sabía que la mujer había tratado de manipularlo, pero si pensaba que aquello iba a intimidarlo, estaba muy equivocada. Contra él no podía nada, ni siquiera el puñado de ninjas de la familia imperial del Hielo, cuyas técnicas le parecían tan patéticas como los berrinches de Ino. Él era un Uchiha, y los Uchiha eran tan inquebrantables como el mismo fuego negro, imposible de cortar y apagar con comunes métodos, no iba a manejarlo con tamaña estupidez.

"Mujeres, creen que lo saben todo"; recordó las palabras de Madara, sonriendo ante la verosimilitud entre la frase y el hecho.

Los Uchiha tendrían al Imperio del Hielo en sus manos, tarde o temprano. Con o sin Ino Yamanaka, pues ella era solamente un pase de seguridad.

Tendría que ponerse al día con Madara.

...

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Sakura recorría el pasillo con pasos vacilantes, tratando de que el sonido de sus pasos resultara tan insignificante como el aleteo de una lejana libélula. El sencillo yukata verde musgo se le pegaba a las piernas y hacía una baja pero fastidiosa fricción que la estaba poniendo de los nervios. Se habían cumplido ya quince minutos desde que había dejado a Sasori y a Karin atrás, pero aún podía rememorar los fríos ojos marrones sobre la pelirroja, amenazándola. Conteniendo un escalofrío, se dijo que aquella sería probablemente la mejor manera de proceder, pues Sasori sabría cómo manejar la situación a la perfección.

Su preocupación más grave ahora, era el desconocimiento del motivo por el que su señor quería verla. Temía que fuese por algo relacionado al pelirrojo y a ella, pero descartó de inmediato todo aquello, debido a que el contacto de esa mañana era el único que habían tenido desde que Sasori la había traído al castillo el día anterior, y era bastante improbable que haya visto tal interacción, ¿verdad?

¿Y si nos vio? ¿Y si es verdad que en este castillo hay ojos rojos por todos lados?; pensó con nerviosismo, girando la cabeza en todas las direcciones posibles, como tratando de encontrar un posible indicio de los rumores que se extendían en la ciudadela.

"Pensad en otra cosa, también me estáis poniendo de los nervios… Eh, mirad. Hemos llegado."; prorrumpió la voz en su cabeza, con un toque levemente maduro que Sakura nunca le había escuchado.

La muchacha de hebras rosadas llegó a la puerta indicada. Imponente y robusta de hoja pesada, aquella puerta también llevaba grabado el símbolo de los Uchiha en un tamaño mayor al de cualquiera que hubiera visto antes.

¿En todas las puertas? ¿Qué no les basta tener el símbolo en todas las entradas del palacio?; se vio exasperada, pero inmediatamente reparó en que intentaba disminuir la tensión en sus venas.

La puerta estaba entreabierta, dejando salir un pequeño rastro de luz proveniente del otro lado, quizás producto de la luz solar o de alguna lámpara encendida con el fuego especial de la familia. Sakura se encontró pensando que encontraría un montón de candelabros occidentales del otro lado y lámparas clásicas pendientes del techo circunferencial; pero ni siquiera había entrado. Y no quería hacerlo.

Por los dioses…

Suspiró y echó su largo cabello rosa hacia atrás, casi orgullosa de que le llegara hasta donde la espalda perdía su nombre. Colocó la mano en el pesado pomo de la puerta y empujó, tan lentamente como pudo, dejando que sus verdes ojos fuesen los primeros que se inmiscuyeran en el mundo al otro lado de la puerta desde la sombra que hacía el pasillo.

Itachi estaba recostado en el espaldar de una silla alta, con el mirar más pacífico que ella había sido capaz de captar en sus ojos negros. Un cuervo se revolvía contra el dedo que acariciaba con suavidad sus brillantes plumas, y Sakura se quedó paralizada por un momento, intrigada por tan extraña escena. Habría podido jurar que lo había visto sonreír, tal vez por un segundo, pero tan rápido como lo había pensado, lo había desechado.

El hombre en cuestión se giró hacia ella con su fría e impersonal mirada. El cuervo voló a través del ventanal y ella se concentró, inútilmente, en desentrañar los extraños trazos del tapizado rojo en las paredes de la estancia. Ya había entrado completamente, presa del magnetismo de la imagen que había visto. El moreno afincó los codos en el escritorio frente a él entrelazando los dedos debajo de su barbilla, como tratando de adivinar qué era lo que estaba pensando la muchacha.

— ¿Ne-Necesitáis algo, su majestad? — preguntó flaqueando sin atreverse a mirarle a los ojos.

Desde la noche anterior, el bombillo de la advertencia se había encendido en su cabeza. Ni estando loca lo podría volver a ver a los ojos sin el temor de caer en otra loca ilusión. Si los rumores eran ciertos, cada vez que se caía en los ojos del Sharingan, las alucinaciones se volvían mucho más intensas y vivas… y para Sakura aquello no sonaba demasiado agradable.

"A menos que sea como la anterior, claro."

Iros al infierno, ahora no; se respondió, luchando por que en su rostro no se notara que había estado pensando en… eso.

— Sakura — escuchó.

Tan perdida estaba en sus pensamientos, que no se percató de la cercanía de Itachi. Tragó grueso y subió la mirada hasta sus ojos, detallando las líneas que salían de sus párpados y surcaban sus pómulos. Tenía el cabello recogido y un Haori negro que cubría su vestimenta que, Sakura suponía, era ninja. El aire se volvió espeso, y en menos de lo que podía pensar alguna palabra coherente, estaba caminando hacia atrás, con él siguiéndole el ritmo.

— ¿S-Señor? — logró decir ella después de muchos intentos para que su voz no saliese tan débil.

Había pegado la espalda contra la puerta y tenía al emperador a dos pasos de distancia, mas era obvio que iba a recortar tal separación más temprano que tarde. Y así lo hizo.

Sintió el principio de la hiperventilación recorrerla entera. El pelinegro había puesto los dos brazos a sus costados, con las palmas apoyadas sobre la puerta. Sus narices se rozaban y ella podía sentir el cálido aliento envolver sus labios, como incitándolos a unirse a ellos. Luchó por mantener la mirada perpleja sobre sus ojos oscuros. Al menos no tenía el Sharingan activado, pero no podía garantizar ni de lejos que aquello era algo más seguro que navegar sobre lava hirviendo.

— Hay muchas cosas que necesito — murmulló él —. ¿Podríais averiguar alguna? — siguió, mirando contemplativamente sus orbes verdes como las piedras de jade.

Aunque Sakura no lo había notado, Itachi estaba causándole una pequeña alucinación donde sus ojos seguían siendo negros, haciéndole creer que todo seguía igual. Con su nariz oscilando muy cerca de la de ella, el mayor de los Uchiha analizaba a la muchacha con metódico procedimiento.

Se había dado cuenta de que podía crearle ilusiones, pero no podía controlar sus acciones, como si hubiera algo que se lo impidiera. Odiaba tener que analizar el tema de una manera tan poco respetuosa hacia ella, pero necesitaba estar lo suficientemente seguro antes de hacer nada más. No sentía ni una pizca de chakra en su sistema, y más allá de su exótica apariencia, no parecía tener nada más que encontrar.

Itachi suspiró con la atención puesta en todos los rincones de la sala. Sabía que estaba siendo vigilado, y aun si la seguridad de su despacho era un asunto aparte, nunca podía estar con la guardia baja. Solamente allí, en ese pequeño espacio, podía hacer las cosas que realmente le competían, como maquinar la mejor forma de cumplir el deseo de su madre y de buscar las soluciones más diplomáticas a los problemas del imperio lejos de la nariz de Madara, cuyo propósito parecía ser resolver todo con sus desastrosas guerras.

Con cierta duda, volvió a admirar a la mujer entre sus brazos. La mirada perdida aún conservaba una pizca de curioso brillo que lo hizo observarla con más evaluación. Era bonita, mucho realmente… pero seguía siendo una niña, a la que él había condenado a confinarse entre las paredes del macabro castillo si no resultaba ser la joven que necesitaba.

¿Habré escogido bien esta vez?

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¡Gracias por leer!

Oh, una incógnita. ¿Qué busca Itachi? ¿A qué se refiere? D: ¿Para qué pregunto si ya me lo sé? Jojo. Okya.

Agradecimiento especial a Hiyoko-sama, que está allí incondicionalmente comentando. Tienes un pedacito de mi escricorazón haha. 3

¡Saludos!