Disclaimer: Los personajes de Naruto NO me pertenecen, sino al mangaka Masashi Kishimoto.
¡Hola! Gracias por los comentarios, los favoritos y las alertas. Se les agradece muchísimo. :33
Con este capítulo ya salimos de toda la introducción y nos meteremos más a los problemas políticos (y el romance prohibido cofcof). Espero que les guste tanto como a mí escribirlo y me expresen sus más sinceras opiniones al respecto, ya que son las galletitas de cada día que alimentan mi escricorazón –se pone emotiva-. Siempre es grato leer lo que los lectores piensan, así que gracias a Lyldane (Yo quiero ver ese croquis cuando lo hagas haha. De todos modos, antes del capítulo diez te aseguro que ya serás experta en los territorios. :3) y a Hiyoko-sama (¿Cómo es que esos dos son tan diferentes? Ni hermanos parecen. -Inserte a Tobirama suspirando-) por opinar y darme ánimos. :33
En fin, sin nada más que decir…
¡A leer!
…
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Capítulo 4
No hay nada oculto
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— ¡Hinata! ¡Hinata!
La pequeña niña corrió todo lo que pudo con sus torpes pies. Su pequeño trajecito, que antes había sido de un blanco inmaculado, ahora estaba todo lleno de tierra, surcado y sucio por las intensas manchas del lodo que salpicaban mientras trataba de huir. Un niño pelirrojo (más pequeño que ella, Hinata notó), pasó corriendo por su lado a una velocidad abismal, casi imposible para una persona adulta y civil, pero la había hecho trastabillar. Una explosión se oyó muy cerca y ella gritó arrodillándose, terriblemente asustada por todo lo que estaba ocurriendo. Su madre la llamaba desde algún punto ciego al que ella no se sentía capaz de girar, y allí, en medio de la multitud de personas que corrían de un lado a otro, se cubrió las orejas, tratando de acallar todos los gritos que parecían perforarle los tímpanos.
Otra explosión sonó. La pequeña pelinegra cayó al suelo cuando la presión de la expansión llegó hasta su cuerpo, raspándose las manos por la fricción de las piedras calientes. Gritó desesperada llamando a su madre mientras las lágrimas le salían a borbotones, horrorizada de que su mirada se expandiera mucho más allá de lo que realmente deseaba. Había activado el Byakugan a causa del miedo, y por más que intentara, no podía desactivarlo. Estaba segura de que iba a morir.
Iba a morir…
Como llamado por su llanto, un niño de cabellos oscuros apareció frente a ella. Tenía el rostro manchado de sangre y su sobretodo se desgarraba por todas partes, cayéndose a jirones por el costado de su delgado cuerpo. Hinata arrugó los labios y se secó las lágrimas inútilmente, llenándose el rostro de tierra quemada y sangre.
— Vamos. No tenemos tiempo — habló él con el ceño fruncido.
En menos de la velocidad de un relámpago, su primo Neji la estaba cargando, corriendo con la rapidez del viento hacia algún lugar al que Hinata no tenía ni idea. El semblante de su primo estaba contraído, con el ceño dolorosamente fruncido mientras miraba decididamente al frente, como tratando de buscar la mejor manera para sacar su ira. Las venas del Byakugan se le notaban furiosas sobre las sienes.
Neji era un prodigio, el único hijo de su tío fallecido y una gran promesa para el clan. Pudo ser capaz de usar con suma eficiencia su técnica ocular a la corta edad de tres años, y ahora, con tan solamente ocho, había matado a dos ninjas de élite durante el ataque, y aquello era mucho más de lo que cualquier niño de su edad podía hacer. El pequeño la hizo montarse en su espalda para poder entrar con ella a una trampilla camuflada en la tierra.
Hinata había escuchado hablar a los ancianos del clan sobre sus fortalezas subterráneas, constituidas de grandes trincheras kilométricas que abarcaban toda la ciudad, y que los Hyūga las habían estado construyendo durante siglos y siglos para lograr la utilidad que tenían ahora. La pelinegra nunca pensó que iba a estar allí ni una sola vez en su vida, pero comprendía que pasaba algo realmente grave, después de todo, ya tenía cinco años y un gran peso sobre sus hombros.
— Neji nii-san — murmuró ella limpiándose las lágrimas. Notó que él tensaba los brazos —. ¿Qué fue lo que pasó? — cuestionó con tentativa.
Neji la miró de reojo por un momento y saltó al fondo de la oscuridad. Los ojos perlados de la niña observaron que la trampilla se cerraba con un anormal silencio. Cayó ligero como una pluma con Hinata a su espalda y siguió corriendo mientras reafirmaba el agarre sobre sus piernas, por lo que ella pensó que no respondería antes de llegar a su destino. Hinata olía el lodo y el bosque en el cabello enmarañado de Neji, como si se hubiese arrastrado entre la maleza con las luchas que había sostenido.
Entonces, él se detuvo en seco. La pequeña se agarró a su cuello por instinto, pero relajó los brazos en cuanto él se agachó para dejarla sobre el suelo de piedra lisa. Las paredes eran de un lúgubre tono grisáceo que daban la sensación de cerrarse con cada paso, y ella sintió el súbito deseo de subir a la superficie, sin pensar en el miedo que podía reflejarse en su rostro. Neji le daba la espalda, pero Hinata sabía que estaba viendo hacia la puerta, y lo que observaba y escuchaba tenuemente, no era algo muy bueno. Los puños, tan apretados como para que lloviera sangre, se tensaban más y más con cada palabra.
— Treinta años… treinta años con esta guerra — el Byakugan de Hinata se enfocó en la puerta. El rey del oeste, su padre, era el que hablaba —. Treinta años intentando saber quién mató a nuestro Supremo. ¡Treinta años en los que los Uchiha han gobernado nuestro Imperio! — ella se sobresaltó cuando su padre casi partió la mesa en dos.
Neji se giró en redondo, quedando frente al rostro lloroso de su prima. Ella pudo contemplar la rabia y la impotencia surcando sus facciones infantiles, los puños seguían chorreando gotas de sangre. Tembló. Tembló porque si su padre no podía hacer nada, mucho menos ella.
Tembló porque a lo mejor su madre y su hermana recién nacida ya habían muerto allá afuera.
— Escucha Hinata — la niña lo contempló respirando con superficialidad —. No hay nada peor que esto, ni tampoco lo habrá. Los Uchiha tienen todo, y son nuestros enemigos — ella apretó los labios.
— ¿Qué haremos ahora, Hiashi-sama? — se escuchó decir a otro hombre.
El silencio inundó la sala, pero Hinata casi podía escuchar el molesto pitido que gobernaba las trincheras. Neji pasó por su lado con lentitud, portando la espalda levemente encorvada y la mirada iracunda, esperando el momento de su (ojalá) pronta venganza.
— Por ahora, nada. Se han infiltrado. Los Uchiha, han ganado la guerra — terminó por decir el patriarca entre dientes.
La morena sintió que las piernas le temblaban, y con Neji alejándose, se dejó caer frente a la puerta con la mirada desorbitada. Sabía lo que significaba aquello; aun estando bastante pequeña, era conocedora de las consecuencias de perder una guerra.
Estaban condenados a la desaparición.
Neji oyó sus propios pasos mientras las lágrimas de cólera se aglomeraban en sus párpados. Su padre había muerto hace tres años por nada. Su madre también lo había hecho.
Y los Uchiha eran una plaga que él tenía que eliminar. Se los debía.
Alejándose a más velocidad, definió el pronto destino de la dinastía Hyūga.
Aquellos que alguna vez habían gobernado todos los territorios del Imperio del Fuego, habían visto su primer traspié con la caída del Supremo Hyūga. Luego la división del imperio en cuatro reinos para escoger al nuevo emperador. Los cuatro clanes peleándose entre si. Los Uchiha gobernando en el norte. Los Hyūga relegados al oeste.
El oeste que ya no existía.
El cuarto reino acababa de desaparecer entre fuego y cenizas.
…
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…
Gritos de mandato se escuchaban desde muchas direcciones mientras el fuego negro se alzaba hacia el cielo de aurora con presuntuosa calma. Los ninjas, que intentaban escurrirse de las sandalias los charcos de barro pegados a sus suelas, cargaban pesadas cajas de dudosa procedencia de aquí para allá charlando entre ellos. No obstante, no todo estaba en paz, y contrastando con la ropa negra de rejillas de los ninjas del norte, se encontraban los guerreros del sur, cuyos ropajes, del color del vino rojo, estaban empapados de agua y mugre por estar amarrados a fuertes bambúes anclados metódicamente al lodoso suelo.
El ambiente masculino fue totalmente cortado por la carcajada de una joven a lo lejos. El guardia cerca de ella la fulminó con la mirada mientras volvía a cargar la caja, ahora bastante más llena de tierra mojada. Refunfuñó por lo bajo y ella levantó las cejas con descaro.
— No creo que mirarme así os ponga de mejor humor — se burló la mujer de delicadas facciones.
— ¿Sabéis algo con respecto al humor, niña? — preguntó el guardián sin ningún tipo de delicadeza por cuarta vez ya perdiendo los estribos.
La princesa Tenten May Cheng Tsi seguía amarrada al tronco como si fuese un animal muerto en exhibición. Tenía el cabello marrón corto y suelto pegado al cuello húmedo, los brazos descubiertos bastante sucios y el vestido chino (que alguna vez había sido blanco), ahora solamente eran retorcijones de tela extraña entre tanta tierra. Sus muñecas le escocían de dolor, pero ella era la princesa del Reino del Sur, y como tal, tenía que aguantar cualquier cosa, y sobre todo debía no darle el gusto a nadie de verla quejarse.
En la última flota embarcada desde su reino para invadir el Reino del Norte, donde residía el emperador, la princesa del territorio más grande del Imperio del Fuego había decidido desobedecer a su padre, el señor de todas esas tierras, y emprender un viaje junto a los asesinos y guerreros más sanguinarios de todo el sur. Tenten había alegado ante su padre que sus hombres necesitaban apoyo moral, y como él era el rey y no podía salir de sus dominios, entonces le correspondía a ella ir a luchar en la frontera en su representación. Muchos se habían quejado ante la idea de ser comandados por una mujer, sin embargo, los líderes de escuadrón y capitanes más allegados al rey, sabían lo capaz que era la princesa con las armas y las estrategias, no por nada ellos mismos la habían entrenado desde que había aprendido a caminar.
De aquella manera, ella se había salido con la suya, pero no contaba con el genio que le esperaba en la custodiada frontera. Porque sí, aquel hombre había destruido parte de sus planes.
Y es que lo que la princesa Tenten tenía de frágil y sumisa, lo tenía el regente Neji de tonto y despistado.
— Dejadme a solas con esta mujer — ordenó el joven de cabellos de ébano.
La princesa lo contempló con sus almendrados ojos marrones, un poco reticentes ante tal desenvuelta arrogancia del hombre. Neji se miraba imperioso saliendo de la tienda de campaña, mientras que sus ojos sin pupila miraban a todas las direcciones con hostilidad. Notó que, a diferencia de todos los demás, él llevaba un haori negro y un hakama a juego, y Tenten no pudo evitar compararlo con los dibujos que hacía su madre sobre los legendarios samuráis, de los cuales ella tanto le pedía que le contara historias para lograr dormirse. Debía imaginarse que así serían todos los de alto rango en el norte, los que hace años se habían proclamado como los "emperadores" y arrasado todo a su paso con su gran pisada de poder.
Por su parte, el último de los varones Hyūga la observó con análisis luego de que el guardián se fuera en medio de una profunda reverencia. Con pasos cautelosos y predeterminados, se acercó a su altura hasta notar sus espesas pestañas en la cercanía. Ella jamás bajó la mirada y él podía notar el destello de desafío en sus ojos. Tenía que aceptar que era una princesa muy impetuosa. La castaña lo observó fruncir notablemente el ceño y una media sonrisa descarada surcó sus labios.
— ¿Algún otro pedido de rescate rechazado, su eminencia? — preguntó con cizaña la chica.
Él solamente gruñó por lo bajo. Sus grandes ojos y aquella sonrisa que juraba ser inocente podían encantar a diez mil hombres pero, definitivamente, no a él. Nunca a Neji Hyūga.
— Os advierto que si el Reino del Sur no es capaz de dejarnos en paz, yo mismo os mataré — dijo el aludido entre dientes.
La vio encogerse de hombros y suspirar con dramatismo. ¡¿Cómo era posible que el rey no aceptara la petición de la paz si ellos tenían a su hija?! ¡La princesa de todo el maldito Reino del Sur!, porque todo el mundo sabía que él no tenía herederos varones, y la única hija que había engendrado, estaba allí, amarrada a su tronco personal, y así llevaba ya tres días. Había mandado un búho mensajero al palacio imperial y se había preparado para asesinarlos a todos en cuanto recibiera la orden, sin embargo, Itachi Uchiha le había escrito personalmente, ordenando que no moviese ni un solo dedo para con la situación de los prisioneros de guerra, lo que lo había llevado a desobedecer las órdenes de Madara Uchiha.
Neji Hyūga se había sorprendido, vaya que lo había hecho. ¿Qué Uchiha no quería batallas, sangre y sacrificios? Para él hubiese sido mucho mejor que él también hubiese apoyado la orden del mayor de los Uchiha, porque de aquella manera, habría podido hacer un trueque con el sur y salir de la miserable vida en la frontera, lejos del yugo de los asesinos de su familia. Habría encontrado alguna forma de liberar a Hinata y encontrar a Hanabi en donde quiera que estuviese, todo respaldado por el sur; luego, encontraría la forma más horrible de hacerlos caer y desaparecer a esa sanguinaria familia de una vez por todas.
Pero todo se había torcido, y ahora estaba allí, intentando sacarle cualquier nimia información que pudiese serle de utilidad. Aún no entendía cómo es que el rey había dejado que su hija viajara con un puñado de guerreros y asesinos hasta la frontera, sobre todo porque ella era mujer; aun admitiendo que era temerariamente hábil con las armas, él jamás hubiese mandado a su heredera a pelear con una alta probabilidad de morir en el asalto.
— Yo os advertí que mi padre no es el ser más emotivo de este mundo — contraatacó alzando una ceja como si hablara del bonito clima que hacía.
Él no hizo notar su perplejidad, pero veía inconcebible que alguien pudiese ser tan idiota como para poner en riesgo de tal manera el futuro de su dinastía. Los dioses eran testigos de lo mucho que había leído sobre la historia referente a los Cheng Tsi, por los cuales siempre había tenido una peculiar atención debido a su símbolo del dragón oscuro escupiendo llamas de un extraño fuego color vinotinto, contrastando con las flamas negras e inagotables de los Uchiha.
— ¿Vos aún no tenéis claro lo que haremos si vuestro padre no acepta el llamado? — interrogó el castaño con aparente tranquilidad.
Aun si él sabía que no podía tocarle ni una sola hebra de cabello, ella no tenía por qué enterarse. Debía instigarla a que le dijera cualquier información, indicio o posible plan que estuviese trazando, de cualquier manera que apelara a la psicología humana, sin embargo, no estaba seguro de si sería tan difícil como había sido dejarla fuera de combate, pues era tan diestra en el arte de la guerra, que él tuvo que reconocerle el mérito de habérsela puesto muy difícil a la hora de su batalla con armamentos.
La joven notó que tenía un tono particular al hablar, de calma total y perfectamente adaptado a la situación, no obstante, aquello no evitó que ella arrugara los labios en discordancia. Por supuesto que tenía claro lo que haría, no era estúpida, aunque casi el total de los hombres que habitaban el Imperio del Fuego creyeran que las mujeres eran idiotas en general. Nadie conocía a su padre mejor que ella, y por supuesto, sabía las consecuencias de estar allí amarrada a merced del enemigo; pero si él sabía lo que le convenía, más le valdría no tocarle ni un trazo de piel.
Después de todo, allí solamente estaba un tercio de su flota, los demás guerreros estaban desperdigados por diferentes zonas lejos de la frontera, porque así lo había comandado ella. A pesar de que el mencionado Neji Hyūga había destruido la mitad de sus planes, la otra mitad seguía intacta, con las embarcaciones perfectamente camufladas circundando alrededor de las islas hostiles que dividían el mar fronterizo entre el norte y el sur. Que ella estuviera allí, era una mera estrategia de distracción, y si no había escuchado noticia alguna de los demás, eso tenía que ser una muy buena señal.
— ¿Tengo la compungida expresión de no entenderos? Por supuesto que os entiendo, mi señor — Tenten refunfuñó con sarcasmo, maldiciendo su suerte entre dientes.
¿Por qué siempre tenía que tocarle algún hombre que la tratara de esa manera? Nadie parecía tomarla realmente en serio, y se les notaba en los ojos que creían que era una niñata idiota falta de materia gris. Parecían olvidar que ella era una princesa heredera, y como tal título ordenaba, Tenten debía saber muchas más cosas que las mujeres comunes, sin embargo, hacerse la estúpida le había servido en muchas misiones a las que la enviaba su padre. Una mujer pasaba desapercibida, pero si era una mujer tonta, mucho más, y ella aprovechaba siempre eso al máximo.
"La mejor forma de pasar por una más, es comportarse como tal."
Era lo que diariamente se repetía la castaña cada vez que se levantaba de la cama con dosel y comprobaba hastiada todo el protocolo que la esperaba durante el día. Miles de asuntos nimios que atender como agitar el abanico, hablar ridiculeces con otras damas, hacerse la tonta en el jardín y beber el té a la hora indicada, hasta las clases de música (que eran las que más podía tolerar, y de hecho, le gustaban) quedaban en segundo plano cuando las damas de la corte se presentaban. Tenten vivía en constante hastío con el mundo en general, cansada de recorrer el mismo camino una y otra vez; no es que no le gustasen las fiestas, ni las conversaciones o pasar horas en el jardín, tenía muy clara su feminidad después de todo, era simplemente toda la carga intencional de sus obligaciones, diciéndole constantemente que, al ser mujer, no podía aspirar a algo más.
Pero no era cierto, y nadie mejor que ella y los dioses sabían eso. Después de todo, ¿qué tipo de princesa manejaba espadas y sabía pelear como hombre? ¿Qué tipo de princesa sabía todo lo relacionado con la guerra? ¿Qué tipo de princesa le gritaba al mismísimo señor del Reino del Sur, su padre? ¿Qué tipo de princesa pensaba en algo más que en su propia seguridad y en los arreglos de piedras preciosas?
Tenten May Cheng Tsi era la simple y sencilla respuesta. Una joven refinada, hermosa en sus formas y letal cuando era estrictamente necesario, no por nada, se había ganado el respeto de los guerreros que la habían entrenado.
Tan concentrada estaba en su entorno y sus pensamientos, que no notó que Neji la estaba soltando del tronco. ¡Soltando!, como si estuviese liberándola de un largo cautiverio. Sentía que las piernas le temblaban, estaba sedienta y cansada de todo, y por ello, casi pudo notar su cara contra el suelo cuando terminó de desamarrarla. Grata e incómoda fue su sorpresa al notar que el hombre de largos cabellos la tomaba de la cintura con una delicadeza inusual, impidiéndole que se fuera a dar de bruces contra el lodoso terreno. Exhaló todo el aire y él hizo lo propio para mantenerla de pie y dirigirla hacia su tienda de campaña, a lo que obedeció sin rechistar. Necesitaba sentarse.
Se encontró preguntándose si el regente no estaba desobedeciendo órdenes al soltarla, pues, después de todo, ella era una enemiga jurada del Reino del Norte, y estaba de más decir que los Cheng Tsi en general tenían una enemistad legendaria con los Uchiha, la familia que había usurpado el trono del emperador hace más de treinta años. De pronto, se dijo que tal vez estaba haciendo todo eso contra su voluntad y que liberarla, era una manera de mostrar cierta rebeldía. El hombre la sentó en su mesa y él dio la vuelta hasta sentarse frente a ella.
Tenten pudo verse contrariada por primera vez durante el día, pues al observar los ojos del galeno, pudo ver la dura seriedad de la situación, no obstante, aquello era solamente parte de su impresión. Lo verdaderamente impactante, es que no se había fijado en sus ojos detalladamente hasta ese momento, un color que extrañamente pasaba del gris al azul más claro según el ángulo, libres de pupila. Los ojos blancos del legendario Supremo Hyūga, del que su padre alguna vez le había contado con inminente orgullo.
Por los dioses, es un Hyūga. Tengo a un Hyūga frente a mí; pensó alarmada bajando la cabeza, preguntándose inmediatamente la razón por la cual trabajaba para los asesinos de su dinastía.
Tenía que estar planeando algo para derrocar a los Uchiha. Esa era la única explicación coherente que podía encontrar en medio de su conmoción, no había otra manera en la que concibiera que un Hyūga trabajara en favor de la familia que había casi exterminado a todo su clan, que había destruido su reino y había dejado al oeste desamparado, miserables y arrojados a un segundo plano como quien tira un trasto a la basura.
— ¡Princesa! — la llamó con un tono demasiado gélido para sus oídos.
Ella levantó el rostro sobresaltándose, saliendo bruscamente de sus profundos pensamientos. Él la miraba como esperando a que reaccionara. Notó con rapidez el tazón de humeante comida frente a ella y no pudo hacer más que agradecerle con el pensamiento. Debía mantenerse al margen, como quien no se entera de nada y relegar sus pensamientos sobre él a un segundo plano.
Jamás descubristeis que era un Hyūga, ¿verdad, Tenten?; se cuestionó y asintió mentalmente antes de estirar los brazos hacia el plato, mas quedó a medio camino para volver a mirarlos con sus almendrados ojos interrogantes.
— ¿Y bien…? — inquirió ella levantando las cejas.
Lo observó fruncir el ceño.
— Mejor que os comáis algo antes de partir. Nos movilizaremos dentro de un par de horas — avisó en el mismo tono sin ningún tipo de emoción.
La princesa levantó las cejas, como advirtiéndole lo peligroso que era que viajara con ella con las energías repuestas, sin embargo, algo dentro de si le decía que él ya tenía todo perfectamente calculado. Era obvio que él sabía que no iba a escapar estando en desventaja, lo que él no sabía, es que si tenía la oportunidad de hacerlo, no lo haría. Ella se quedaría a su lado, intentando saber cuál era la verdadera razón por la cual era regente.
Sin mucho recato, ella sonrió con una mueca desafiante de medio lado.
— Entonces comeré lo que vos me deis mi señor, no os creo capaz de envenenarme si sabéis lo que os conviene — replicó segura la joven de ojos marrones.
Tomó los palillos a un lado del plato y se dispuso a comer.
Tenten no pudo verlo, pero en ese momento Neji esbozo una leve sonrisa por tan solo un microsegundo. Estaba consciente de que ella le había mirado a los ojos con sorpresa, y los ojos blancos de los Hyūga nunca pasaban desapercibidos, aun después de tanto tiempo. Neji podía decir por fin que una parte de él estaba en calma, pues había conocido a una princesa que, por más que fingiera no enterarse de nada, comprendía la situación a la perfección. Una digna heredera de su padre.
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El paisaje alrededor de la gran mansión era como recién salido de un cuento de hadas, con miles de especies florales creciendo en los frondosos jardines centrales y laterales, los pájaros disfrutando de su planeación alrededor de los cientos de árboles y las señoritas visitantes agitaban sus elegantes abanicos a causa del calor. Todo parecía como en el Imperio del Hielo, excepto por ese abismal calor, claro. Por los menos, Ino se sentía como en casa. Estaba en los dominios de los Yamanaka, en una de las residencias de estilo occidental que él había mandado a construir para cuando su señora esposa y su hija quisieran quedarse allí con él.
Para la belleza rubia, había resultado realmente un alivio que su padre hiciera aquello, pues aparte de ser una gran muestra de afecto para con sus dos mujeres, la hacía sentir como si estuviese en el jardín de la familia imperial. Desde que sus padres la habían tenido, Ino solía viajar de un imperio a otro para pasar algo de tiempo con cada uno de sus padres, pues estos teniendo costumbres, castas y responsabilidades diferentes, no habían podido estar demasiado tiempo juntos después de que ella había nacido. Estaba consciente de que los matrimonios eran así, un contrato para tener herederos y procurar el buen futuro de los clanes. De haber nacido ella con la afinidad de chakra que tenían los Yamanaka, entonces hubiese crecido allí, rodeada constantemente de aquella asfixiante temperatura y cerca de Sasuke.
Suspiró con desgana al pensar en él. La furia había pasado ya, pero esa sensación de desasosiego no quería despegarse de su alma y de su corazón. Al igual que el de sus padres, su matrimonio era arreglado, pero su madre le había contado que Inoichi había calado en su corazón desde la primera vez que lo vio, tan soberbio y gallardo enfundado con sus armaduras de samurái, montado sobre un corcel tan negro como las oscuras noches de nieve. "El mundo está a vuestros pies por tan fragante belleza."; le había dicho su progenitor a su madre antes de besar su mano, y ella le había confesado entre risas que, de haber sido de hielo, se hubiese derretido allí mismo. Cuando había conocido a Inoichi, creyó escuchar campanas, bombos y una carrera de caballos desbocados a lo lejos.
Y ella había esperado escuchar cualquier cosa cuando conociera a Sasuke, cualquiera por más mínima que fuese, pero en los casi tres años que tenían de compromiso, ni el sonido de un grillo se había hecho presente. Le había parecido guapo, demasiado para su propio bien con aquella apariencia envidiable y letal, pero aquello no había bastado para hacerla trastabillar ni para sentir que se derretía tal y como su madre lo había sentido. No había punto de comparación. Tampoco había heredado la buena estrella de su progenitora.
Un deber, es un deber; se dijo apretando los labios. No había nada más que hacer.
Se quitó los guantes y arregló su vestido rosa pálido para bajar por las escaleras e ir hacia uno de los jardines laterales. La grama la recibía tan verde y viva como siempre y el sol encandilaba todo a su alrededor. Se sentía encerrada en la mansión a pesar de tener cierta compañía allí dentro, pero cuando quería salir al jardín, las damas que la habían acompañado hasta ese imperio, parecían como tenerle grima a todo ese ambiente. No podía culparlas, después de todo, el hielo y el fuego no eran una combinación convencional.
Estiró su delicada mano a un lado para acariciar las flores que adornaban el camino empedrado, mientras que sus párpados, adornados de espesas pestañas, se cerraban de vez en cuando a causa del esplendoroso sol que parecía quemarlo todo. Los azules ojos trataban de borrar sin resultado esa mancha de tristeza que la embargaba desde hace tiempo, repitiéndose una y otra vez que solamente era ayuda, que debía hacerlo porque tenía un deber.
Sasuke…
— Mi señora — la voz de una de sus doncellas la hizo sobresaltarse tanto que creyó que iba a quedarse sin corazón.
En mi situación actual, creo que sería más conveniente; ironizó, y una mueca desganada apareció en su bello rostro.
— ¿Qué es lo que queréis? — preguntó bruscamente saliéndose de los parámetros de su tono usual.
La moza bajó la cabeza como si hubiese cometido un crimen y eso causó que Ino bufara audiblemente. Debía contenerse un poco más, pues ya era suficiente con sus propios dilemas como para que también las criadas hablaran de su, últimamente, pésimo carácter.
— Mis disculpas, mi señora — se volvió a disculpar la muchacha —, es que la señorita Temari me encomendó deciros que ya se acerca a vuestros dominios. Acaba de llegar — informó con tono sumiso sin subir la cabeza ante la rubia.
Ino notó que su doncella respiraba agitada. Había venido corriendo desde los caserones principales hasta allí para avisarle, y cuando estuvo a punto de hablar, las coletas rubias de Temari se hicieron presentes en las escaleras por las que antes había bajado. Trató de reprimir la sonrisa, pero fue inútil en cuanto ella llegó corriendo y la abrazó con la fuerza de mil hombres. Bueno, ni tan así. La doncella corrió hasta las escaleras y se perdió de los alrededores.
La joven observó a Temari cuando se separaron, casi trastabillando por el efusivo saludo. Así era ella, tan explosiva para ciertas cosas como ninguna otra, y por el escaso momento, era mucho mejor que se mantuviese así, ya que cuando le dijera sus preocupaciones y temores, el carácter dominante de la mujer de ojos verdes saldría a llevarse todo a su paso.
— ¡Oh que linda sois! ¿Cómo hacéis para quedaros intacta ante el sol? ¿Usáis la loción de Madame Cossette? — exageró mofando mientras movía las manos de un lado a otro —. ¿Es que no tienen otros temas de conversación? ¿Tengo cara de rubia tonta? — se señaló perpleja.
Ino no pudo evitar reír ante tanta ocurrencia. Si había algo que Temari odiaba, eran las conversaciones banales a todas horas. Era obvio que también gustaba de cuidarse y disfrutar de su belleza, pero cuando se rebosaba el límite, la rubia sacaba todo esa personalidad que se gastaba.
Así era Temari, su única amiga verdadera. La conocía desde muy pequeña, pues ella era la princesa del Imperio de la Arena, cuya nación tenía muchos tratados con la suya. Temari había heredado los ojos verdes y el cabello rubio ceniza de su madre, una noble del Imperio del Viento que ya había muerto hace muchos años, dando a luz al niño que hoy día era el Emperador de la Arena, Gaara. La muchacha se había convertido en embajadora de la Arena en la nación del Hielo cuando su hermano menor se había vuelto el nuevo Supremo, y por ello, se habían hecho mucho más amigas al pasar tanto tiempo juntas, aun si ella vivía quejándose del frío que hacía en el tan vistoso Palacio Helado, donde Ino había residido.
— Vais a conseguiros un viaje al otro mundo si seguís de esa manera — se burló la rubia platino ante las palabras furiosas de su amiga.
— Yo solamente le pido a los dioses que no me hagan estar en medio de otra conversación así. Ya es demasiado por hoy — siguió ahora más calmada en un tono divertido —. Pero ahora decidme, a distancia os noté acongojada — murmuró, e Ino pudo notar que había puesto esa expresión.
Ino suspiró sonoramente y la guió hasta la pequeña mesa junto al gran árbol central. Las dos se sentaron y ella volvió a suspirar mientras se trenzaba su larga melena, Temari solamente cruzó los tobillos y se reclinó en el espaldar de la silla. Sabía que algo tenía que ver con ese tal Sasuke, que por más título de príncipe que tuviera, tal parecía que no le hacía honores.
— Veréis mi querida Temari, he estado pensando tantas cosas y tomado tantas decisiones, que ahora vos podréis verme en una perfecta encrucijada — le confesó tratando de que su tono de voz fuera el de siempre, aunque la otra mujer la conocía tanto que sabía cómo reconocer cuando mentía —. No sé si estará bien casarme y pretender ser feliz o si alejarme he irme de nuevo a mi Imperio — terminó, con la voz tan baja que creyó no escucharla.
Los ojos verdes la miraron con análisis, sorprendidos por tamaña revelación. Sabía lo difícil que era romper un tratado, y mucho más aún un compromiso cuando las dos partes involucradas estaban en una escala tan alta de poder; pero tenía que haber previsto algo así, ya que cuando Ino había regresado de conocer a su prometido hace tiempo atrás, se había visto un poco desanimada y aparentaba que no le pasaba nada, incluso, le había hablado maravillas de su apariencia sin ir mucho más allá, viéndose determinada a casarse con ese tal Uchiha.
— ¿Estáis segura de lo que decís? — preguntó Temari con el ceño muy fruncido. —, siempre os vi tan entusiasmada por casaros con ese Sasuke — dijo mirándola a los ojos, queriendo ver más allá del brillo vidrioso de sus orbes del color del cielo.
La conocía, sabía que ella no desistía de sus palabras a menos que algo grave hubiese pasado. Ino no era alguien que se retractaba de sus decisiones, y siempre estaba dispuesta a cumplir con lo que le imponían, aun si tenía que poner a la nación por delante de su propia integridad, como parecían hacer todos los miembros de todas las familias imperiales. La rubia platinada la observó, obviando el tono de mofa a pronunciar su nombre, como si estuviese sopesando sus siguientes palabras. Quería llorar y gritar a los cuatro vientos, pero como una Yamanaka, debía ser más imparable que el mismísimo fuego; ella era fuerte, podría aguantar cualquier cosa, y un momento de debilidad solamente era eso, un leve trazo que flaqueaba y se enderezaba en segundos.
— ¡Esto es tan horrible! — exclamó de repente. Temari frunció el entrecejo y arrugó los labios —. ¡Tengo que cumplir el deber para con mi imperio, lo sé! Pero temo de lo que puedo llegar a convertirme detrás de esas paredes — siguió, y una traviesa lágrima recorrió con rapidez su mejilla.
La otra mujer golpeó la mesa, severamente molesta. Ino se dobló hasta que sus codos tocaron sus rodillas, tapándose la cara con las manos descubiertas para sollozar. Había temido desde siempre que algo así ocurriera. Ella era muy fuerte hasta que ya no podía más y explotaba, luego, volvería a ser la misma joven alegre de siempre, como si aquello nunca hubiese pasado. Admiraba a Temari porque ella sabía separar muchas cosas que ella no, y de haber estado en su situación, habría sabido manejar toda la carga mucho mejor que ella, no por nada era excesivamente analítica, metódica y hasta un poco cruel. Crueldad que a Sasuke Uchiha le hacía falta probar.
— Vos no tenéis que temer — susurró muy cerca. Ino levantó un poco el rostro y una gota salada cayó sobre el vestido floreado de la otra rubia. Temari le acariciaba maternalmente el cabello, como lo haría con alguno de sus hermanos —. Vos sois Ino Yamanaka, la décima nieta del emperador del Hielo. Y si Sasuke Uchiha no quiere entenderlo, es preciso que lo hagáis comprender — culminó con un lúgubre tono.
Los ojos azules se encontraron con los verdes. Ino hipaba ahora, pues sus sollozos se apagaron con aquella mirada afilada y un poco malvada de su amiga. Recordaba esa mañana cuando había desafiado a Sasuke, amenazándolo con posibles desenlaces, no dejándose amedrentar por sus horribles tratos. Se había comportado como Temari lo hubiera hecho, con la excepción de que ella se habría reído en su cara antes de salir triunfante por la puerta principal.
Sonrió con la energía renovada, despojándose de su postura encorvada para darle paso a otra altiva y orgullosa. Temari amagó una sonrisa de medio lado, levantándose en el mismo sitio donde antes había estado hincada frente a Ino. Tenía que ser fuerte, y afortunadamente, allí estaba ella para ayudarla.
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El impacto del puño contra la mesa resonó como un eco en todo el lugar. El menor de los Uchiha miró al hombre con exasperación, casi como advirtiéndole con la mirada lo que llegaría a hacer si él seguía con aquella actitud, no obstante, Madara Uchiha no se iba a intimidar ante un niñato que apenas y sabía dónde estaba de pie. Él había vivido mucho, demasiado, incluso ya era viejo cuando Itachi había nacido, y nadie conocía mejor que él a esos dos críos… pero esto ya era demasiado, lo que Sasuke le estaba diciendo amenazaba con echar abajo todos sus planes, y él no había esperado tanto tiempo como para que un jovencito derrumbara su torre de perfectos naipes.
— ¡No podéis hacer eso! — la voz imponente de Madara estremeció a todas las favoritas y criadas que pasaban frente al despacho del príncipe en aquel momento.
Aunque la mitad estaba segura de que sería el nuevo emperador muy pronto, pues era sabido dentro del castillo que, si él se llegaba a casar primero que su hermano mayor, entonces el trono imperial pasaría a ser de él, no obstante, si no tenía un hijo antes de que Itachi lo tuviera, entonces el mandato volvería de nuevo a su poseedor original; y todos sabían que la boda con Ino Yamanaka estaba a la vuelta de la esquina. Claro, si es que Madara lograba convencerlo de desechar todas esas ideas idiotas de cancelar el matrimonio. ¡¿Qué creía que estaba haciendo?!
Sasuke le echó una mirada gélida al consejero real y antiguo patriarca del clan Uchiha, pero este ni se inmutó. Le resultaba curioso que alguien tan viejo pudiese verse así de joven y con tanta ímpetu, con ese carácter tan fuerte y sombrío al mismo tiempo. Sasuke siempre lo había admirado, y pocas veces estaban en desacuerdo, pero esta vez, definitivamente había sido la gota que colmó el vaso; Madara no parecía querer dar su brazo a torcer a pesar de que le había asegurado que ellos podrían hacerse con el control del Imperio del Hielo, y lo había tratado como un reverendo estúpido cuando anunció que quería terminar con esa absurda alianza. ¿Qué iba a necesitar él de una mujer como Ino Yamanaka? Una vez casados la tendría, ¿y luego qué? ¿Qué ventaja iba a darle su unión con ella? Era estúpido esperar más beneficios. Siempre iba a ser mejor tomar por la fuerza, tenían la sangre pura de Uchiha, y nadie iba a detenerlos.
Había pensado que Madara lo apoyaría, pero este solamente se puso rojo de furia en cuanto le notificó sus posibles planes. Observó los ojos negros iracundos y el espeso cabello oscuro y largo que se escurría desaforado por un costado, como queriéndolo ahorcar si decía alguna palabra más, y Sasuke creía realmente posible que eso ocurriera.
— Dejad de vociferar de esa forma, aterraréis a medio castillo — la voz frívola de Sasuke resonó entre las cuatro paredes como si hablase por un megáfono.
— ¡¿Cómo queréis que me calme si vos estáis diciendo que dejaréis ir a una de las herederas de los territorios del maldito Imperio del Hielo?!" — la frustración se le salía por los poros, y era muy raro verlo así.
Madara Uchiha era un hombre que se catalogaba por su infinita frialdad para resolver las cosas sin armar escándalos innecesarios, resultando realmente aterrador cuando perdía los estribos y despotricaba sobre las idioteces que vivían cometiendo los demás, aludiendo que él tenía mucho tiempo en el mundo y que nadie iba a saber mejor que él cuál camino se debía seguir. Podía resultar realmente molesto cuando aquello pasaba.
El menor bufó y lo miró para luego rodar los ojos.
— ¿No erais vos el que me decíais que el matrimonio era pérdida de tiempo? — preguntó escéptico alzando una ceja.
El mayor de los hombres se preguntó si aquel niño era estúpido, algo bastante inconcebible en un Uchiha. ¿Es que no era capaz de verlo por si mismo? No era solamente el poder de estar más cerca de la familia imperial del Hielo, incluso el matrimonio pasaba a ser segundo plano; era estar sobre el trono, por encima de la autoridad del pacifista de Itachi (lo que le parecía contradictorio, debido a lo cruel que él sabía que era con las personas en general), otro niñato que solamente quería poder y más poder sin llegar a la guerra total, sin aplastar del todo a sus enemigos. Aquellos dos iban a terminar por volverlo loco, sin embargo, Madara sabía que le era mucho más conveniente que Sasuke fuese el emperador, se parecía más a él, con esa incontrolable sed de arrancarlo todo a su paso, de conquistar y destruir en el campo de batalla.
Y era mucho más manipulable que el siempre estoico primogénito. Muchísimo más.
— Sasuke, si os casáis… heredaréis el trono, la corona, el imperio — murmulló afincándose sobre el frío escritorio. Sasuke lo miró con escrutadores ojos —, si os unís a la señorita Ino, el título de Emperador dejará de ser de Itachi y pasará a ser vuestro, ¿acaso no hay nada que queráis poseer? — preguntó con malicia, sonriendo en cuanto él bajó la mirada hacia sus manos juntas sobre la sólida superficie.
Había dado en el clavo, lo sabía. Sasuke siempre había querido tener más poder que su hermano mayor, él, que siempre había vivido a la sombra de Itachi debido al favoritismo de su padre, estaba a punto de ver sus metas cumplidas al menos por una vez, estando por encima de la autoridad de quien siempre había sido el preferido, el pequeño genio de mirada calculadora. El joven asintió como en medio de una ensoñación, con la mirada perdida en algún punto de su retraída memoria.
Bingo; pensó el mayor justo después del asentimiento.
Aunque los pensamientos del moreno seguían casi el mismo camino, también visualizaba a una mujer. El cabello rosa de Sakura se balanceaba ante sus ojos y las irises verdes brillaban al mirarlo, sonriendo con esa pequeña boca suya que tanto ansiaba probar. Sasuke reprimió un gruñido, sintiéndose un imbécil por pensar en ella en su camino, una simple mujer que venía del polvo y al polvo volvería tarde o temprano. Tenía que ser una maldita bruja para hacerlo pensar en ella… nadie le sacaba de la cabeza que esa extranjera tenía algo, aun si Madara vivía menospreciando a cuanta mujer se le cruzase. En sus ojos, en la forma de caminar, en el cabello o en su interior; donde fuese, algo debía tener Sakura para hacerlo pensar en ella.
Y si tenía que casarse con Ino Yamanaka para poder averiguarlo, entonces bienvenida fuese.
Él sería el próximo emperador, costara lo que costase.
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Sakura estaba en una encrucijada, una torturante, peligrosa y mortal encrucijada. Sus mejillas arreboladas daban demasiado de qué hablar y su dilema mental amenazaba con dejarla con una gran carga emocional. Por un momento, había creído que su moralidad se había ido al caño allá dentro, entre los brazos de Itachi, y entonces Sasori había aparecido en su memoria haciéndole palpitar el corazón. Casi lo podía oír llamándola, como atrayéndola hacia él desde las fosas afiladas del lobo feroz. Se sentía mal, mal por todo en general; y más porque, mientras los centímetros se reducían considerablemente entre sus cuerpos, la voz de su cabeza pedía a gritos a su amo que la besara (esta vez de verdad) hasta dejarla sin aliento.
También había deseado que Sasori lo hiciera, y ella se lo había pedido con ahínco, pero nunca había sentido tal necesidad. Sabía que lo amaba, y que su corazón le pertenecería a él por siempre, pero el emperador tenía ese tipo de magnetismo mágico que hacía imposible apartar los ojos de él e ignorar todas las sensaciones que le provocaba. Se encontró preguntándose si todas las demás habían sentido lo mismo, si habrían tenido un amor tan fuerte por otra persona y aun así se habían entregado gustosas al abrazo del demonio.
Sabía que se había comportado como si fuese una cualquiera, jadeando cuando sintió sus labios sobre el cuello y las manos recorrer sus piernas sobre la tela. Había mordido su mentón con delicadeza mientras ella deseaba que hiciera más cosas, pero él se había detenido allí para volver a mirarla… le había besado la frente… ¡La frente! Y le había pedido muy amablemente (por supuesto) que saliera y que no se atreviera a cruzarse en su camino en todo el día, o de lo contrario, iba a torturarla con su Sharingan. Luego, nada. Sus ojos de oscuro cielo habían sido la viva personificación de un agujero negro, tragándose todo lo que miraba.
Negó ferviente con la cabeza intentando alejar todo tipo de pensamientos contradictorios. Sasori era su único amor, su amor de quinceañera, su amor puro sin ir más allá que unos inocentes besos. El emperador…, él era un caso aparte. Uno muy particular. Jamás se había fijado en un hombre, y ahora que tenía dieciséis, parecía estar atenazadas con dos. Era peligroso, mucho, considerando la peligrosidad de su posición y de los hombres en cuestión.
Itachi representaba todo y nada al mismo tiempo. Ella sentía que él era una imagen del deseo, aunque no supiera el significado en concreto de esa palabra. Era el vacío, sin fondo e interminable, un vacío tenebroso en el que se veía cayendo cada vez más rápido sin llegar a ninguna parte; presa del miedo y la incertidumbre de lo que él provocaba en ella. Los ojos marrones de matiz miel de Sasori eran tan diferentes a los negros profundos de su emperador, que eso la asustaba.
Cuando Sasori la miraba solo podía sentirse feliz, quería abrazarlo y acurrucarse en su pecho, quería gritarle que lo amaba entre risas y dar muchas vueltas inútiles en sus brazos antes de besarlo, tan profundamente que fundieran sus almas en el intercambio para sentirse siempre protegida entre sus brazos. En cambio, cuando Itachi la miraba ella no hacía más que agitarse y tiritar como si tuviera fiebre; sentía que podría morirse derretida con tan solo un roce suyo. Sentía la necesidad de que la tocara como había hecho hace algunos momentos atrás, poseer sus besos y sus caricias, como llamada por la pasión.
Y se sentía culpable. Mil veces culpable. Culpable por tener esos pensamientos tan obscenos y culpable por pisotear el corazón de Sasori de aquella manera tan horrible. Culpable, culpable, culpable; preguntándose si no había sido víctima de algún oscuro hechizo que revolucionaba su sentir a la conveniencia de su amo.
— ¿Qué os ha pasado? — la voz intensa del pelirrojo la sacó de sus pensamientos. Levantó la mirada hacia él y lo miró con tanto miedo que él creyó que iba a ponerse a llorar —. ¿Os ha pasado al…? — pero no concluyó la frase.
La chica de largas hebras rosadas se había abalanzado sobre su pecho, rodeándolo con la suficiente fuerza como para dejarlo sin aire. Él la abrazó tentativamente, viendo a todos lados con los ojos levemente perplejos ante tal demostración de afecto.
— No os vais a separar de mi jamás, ¿verdad? — el tono anhelante de Sakura puso en una especie de sobre aviso a Sasori.
El frunció el ceño y la separó un poco de él para mirar sus ojos conmocionados, asustados por algo que él no sabía, pero probablemente sospechaba. Una parte de si, le decía a gritos que el emperador sabía algo, y otra le susurraba lúgubremente que Sakura estaba confundida. Y las dos ideas, eran igual de aterradoras. Tomó su rostro entre las manos y la observó con su callada expresión.
— Tendrían que matarme para separarme de vos, y aun así, yo seguiría a vuestro lado — murmuró él con voz dura.
Sakura observó su apacible semblante, tan inescrutable como la de un muñeco de porcelana, no obstante, se sentía tranquila de que en la arena de sus ojos se viese esa suavidad que solamente le dirigía a ella, tan presente y al alcance de su mano. Ella cerró sus ojos y buscó sus labios… y Sasori mandó todo al diablo. ¿Qué importaba más?
Porque cabía la posibilidad de que no hubiera otro día para ellos, porque sabían que no podrían estar jamás juntos y en tranquilidad. Eso lo comprobaban aquellos ojos negros perfilados que miraban en la distancia la interacción amorosa entre el guardián y la cautiva.
Sí, tal vez no habría un mañana.
Porque entre cielo y tierra, no había nada que pudiera ocultarse eternamente.
…
La intriga, la intriga… Jojojo. ¿Qué pasará? ¡Ya pasamos los capítulos introductorios! ¡Wii! Ahora se viene la acción, que espero les siga gustando.
Gracias por leer y… ¡Saludos!
