Disclaimer: Los personajes de Naruto NO me pertenecen, sino al mangaka Masashi Kishimoto.

Advertencias: El "Rated M" es por varias situaciones, desde las malas palabras hasta las escenas más hirientes o explícitas (aunque no haya demasiadas en los primeros capítulos). Leer bajo un alto criterio.

¡Hola! Gracias por los comentarios, los favoritos y las alertas. Se les agradece muchísimo. :33

Gracias a Lyldane (Tenten y Neji... a estos dos me los imagino encerrados en una selva buscando gente. (?) Okno. Yo apostaría mi par de zapatos favorito porque Temari sí haría eso que dices. xD Y... recuerda que sin TRAGEDIA no hay nada, todo empieza en la tragedia hahaha. Ah, y también que yo quiero ver ese croquis cuando esté listo haha, lo complicado es en el Imperio del Fuego que es el que está dividido en reinos; los rebeldes, les dicen. xD. Los capítulos están escritos pero les falta edición, he ahí la rapidez, porque los publico en cuanto termino de editarlos; te salvaste con lo de Sasori haha. Gracias por los ánimos. *-*). Yami no EmiCon (¡Me alegro que te guste y te hayas enganchado!, ya verás cómo sigue todo esto. c:). Tienen un pedazo de mi escricorazón. :3

En fin, sin nada más que decir…

¡A leer!

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Capítulo 5

Sortilegio

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Sasori caminaba tensamente entre los escondrijos de las veredas que unían a la gran ciudadela del norte, mirando con ojos atentos cada una de las construcciones que allí se erguían, por siempre imponentes y tan diferente del despojo que había dejado atrás en el oeste a causa de la guerra. Las personas caminaban de aquí para allá ajenas a todo lo que pasaba fuera de sus grandes portones cubiertos de fuego negro, donde se alzaba el emblema de los Uchiha con la brillantez de una poderosa dinastía.

Él sabía que era un clan que se había hecho un renombre luego de asumir el poder inmediatamente después de la muerte del Supremo Hyūga, derrotando a diestra y siniestra como si vivieran de la sangre derramada de sus enemigos, vanagloriándose en una victoria rastrera que había pisoteado la vida de muchos, incluyendo a sus padres.

Todo era tan diferente allí, que Sasori creía que había sido encerrado en una especie de ilusión eterna en la que él era solamente un niño feliz, sin deseo alguno de destripar los órganos de todos los Uchiha que aún vivían, allá encerrados en el palacio de fuego, haciéndoles creer a todo el norte que el Imperio del Fuego en su totalidad era perfecto, como si no se dividiera ahora en cuatro pedazos, como si la muerte de sus padres hubiese sido en vano.

Apretó los dientes y salió a una calle repleta de gente riendo delante de puestos de accesorios y cosas varias, cada señora impecable de pies a cabeza, igual que sus hijos y esposos, todos tomados de la mano como una gran familia feliz. Y sintió rabia, una gran rabia que se intensificó al divisar la torre más alta del palacio, con el sol iluminando la gran figura de la flama en la punta y lanzando destellos a todas las direcciones. El sentimiento de la injusticia lo carcomía, y el resentimiento era algo que no se iba de su pecho. Algún día sería el momento, cuando tuviera los recursos.

Algún día…

¡Sois vos! — el chillido de una pequeña niña lo hizo girar levemente hacia atrás.

Sakura se acercaba corriendo con sus pequeñas piernas hacia él, mostrando la sonrisa más idiota que Sasori había visto en su vida. No solamente tenía que vivir allí, sino que también tenía que aguantar a esa extraña niña, que le hablaba como si le conociera de toda la vida cuando solamente la había visto una vez. Mantuvo una expresión impasible sin moverse de su lugar y, por consecuencia, tuvo que contener el deseo de echarla a un lado cuando ella le tomó de la mano con esa expresión de felicidad en el rostro.

¡¿Pero y esa niña qué se creía?!

¿Qué hacéis? — murmuró él, casi horrorizado por su toque.

La pequeña Sakura notó que él se quería soltar de su agarre, así que redobló la fuerza en su presión.

Os agarro… ¿No es obvio? — ella parpadeó, y sus ojos verdes miraron fijamente a los marrones de Sasori.

Él le caía bien, mucho, de hecho. No sabía si era porque parecía un muñeco (porque de verdad se le parecía a uno que había visto en la tienda artesanal), o porque nadie estaba allí para gritarle que no se juntara con ella. La hija de una madre soltera, la hija de nadie en particular. Madre siempre le decía que no debía salir mucho de casa, y que si salía, debía entonces recoger su cabello y taparlo, como si mostrarlo fuese un acto atroz… el hecho es que su cabello crecía demasiado rápido, en realidad, así que había tenido que cortarlo de tajo a la altura de la barbilla.

Odiaba estar encerrada.

Siempre había tratado de jugar con las niñas que vivían cerca de su casa, pero ellas le rechazaban, instigadas por sus madres sobre ese asunto. Sakura había escuchado a escondidas una conversación entre tres señoras, hablando sobre la apariencia de ella y de su madre, a la que apodaban "la puta", y ella no sabía exactamente qué significaba eso. También decían que ella terminaría como su madre, en la cama de cientos de señores por una noche, y de igual forma, tampoco entendía demasiado sobre el asunto.

Los niños solían regalarle sonrisas e ir hacia ella cuando las devolvía, mas sus progenitoras siempre estaban cerca y terminaban por halarles de las orejas cuando presentían sus intenciones de acercarse a ella. Siempre quedaba triste y solitaria, relegada a un rincón, corriendo por el bosque frondoso junto al lago, persiguiendo pájaros…

Y entonces Sasori había aparecido, y en discordancia con los demás niños, jamás le había sonreído… y aquello era un reto de niña traviesa. ¿En qué momento podía hacerle sonreír? Parecía tener cara de palo todo el tiempo, a pesar de que únicamente le había visto dos veces, y parecía rehuirle, pero no de la forma en la que los demás lo hacían, y eso le había llamado mucho la atención.

¡Además de que tenía ese extraño títere!

No me gusta que me toquen — mencionó, aunque su mano había dejado de agitarse.

Ella iba a decir algo más, no obstante, un grupo de niñas pasó por su lado con la fuerza de un vendaval, tumbándola al piso sin siquiera disculparse, haciendo que soltara la mano del niño a su lado. Sasori escuchó las risitas y las miradas perversas de las otras chicas, dándose cuenta de que Sakura estaba lejos de estar tan bien vestida como ellas; sin embargo, aquel no era su problema. Tenía cosas más urgentes que resolver.

Estuvo a punto de irse cuando escuchó el hipido bajo de la niña, que lo detuvo en seco como si recordase algo realmente lejano. Odiaba a los niños que lloraban, le recordaban a todo lo que él había tenido que soportar alguna vez. Con los labios compuestos en una tensa línea, el pelirrojo miró hacia abajo y la observó con el rostro escondido en sus rodillas, impulsándose a agacharse junto a ella como tratando de darle una orden mental para que se callara. Observó su sencillo vestido gris lleno de tierra y ella subió un poco la mirada, clavando sus tristes ojos sobre él.

Siempre es igual — susurró —. Siempre es así. Soy la rechazada — su labio tembló y sollozó con las palmas contra el rostro.

Sasori frunció el ceño, sintiendo que una extraña pesadez se cernía sobre su corazón. Estiró inconscientemente la mano hasta su cabello dispuesto a darle una palmada, sin embargo, a medio camino se dio cuenta de lo que estaba a punto de hacer, por lo que la devolvió a su puesto como si la energía de la chiquilla le quemara.

No llores… es desesperante — se masajeó el puente de la nariz con la mano y ella dejó repentinamente de llorar.

Ahora lo miraba. Sus labios presentando una temblorosa pero sincera sonrisa que lo hizo girar el rostro hacia cualquier lado que no fuese su cara.

Esa niña…

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Como bien decía la difunta Mikoto Uchiha: el tiempo no pasa en vano

Y esa filosofía la había mantenido su hijo mayor fielmente. Durante el mes transcurrido desde que Sakura había llegado al palacio, Itachi solamente se había encargado de estudiar sus movimientos, las formas con las que se comportaba y ese extraño hábito de hablar sola como si alguien la estuviese escuchando en alguna parte de su cabeza. Era bastante alegre y le había sacado más de una sonrisa con las expresiones despistadas de su rostro… por supuesto, ella ni siquiera se había dado cuenta de todo aquello.

Se había encargado de hacerle creer que era un depravado sexual con las ilusiones simples a las que la sometía, pero la verdad era que; más allá del beso que se había visto obligado a darle en la sala del trono cuando llegó, otro en el cuello después de la ilusión y el tercero en la frente dentro de su despacho; él no había vuelto a posar sus labios en ningún trazo de su piel. Sin embargo, aquello solamente lo sabía él, pues Sakura creía fielmente que habían compartido más besos de los que podía contar.

Y así estaba bien. Mientras más brusco lo creía, más nerviosa y furiosa se encontraba, y eso le había servido bastante a Itachi para analizar qué era aquello que tanto le había llamado la atención de ella. Cuando mostraba fuertes emociones, algo dentro de Sakura se agitaba, como queriendo dispersarse a través de su cuerpo; no obstante, el mayor de los hermanos Uchiha no podía sentir ni ver nada más que aquello. Se sentía frustrado, muchísimo de hecho. Solamente recordaba dos casos muy particulares de metódico estudio que le habían resultado especialmente complicados: Hinata y Karin; una heredera solitaria y una niña huérfana respectivamente, y las dos poseían características específicas en sus afinidades de chakra. Teniendo a Madara cerca, Itachi se había visto en la obligación de sellar el chakra de Karin en su primera noche para que no llamara la atención.

Hinata había sido un caso un poco más complicado, debido a que Madara sabía de dónde provenía y había querido matarla alegando que "los hijos de una dinastía derrotada debían morir", y aunque había querido también mantener a Hanabi allí, había tenido que dejarla a su suerte debido a la expresión de incertidumbre del hombre mayor sobre él. Le había dicho a Hinata hacia un año atrás que su padre la había vendido al palacio imperial y por eso estaba allí, a pesar de la mueca triste que había surcado su rostro, Itachi sabía que era mucho mejor así si quería mantener a Hiashi Hyūga a salvo, no obstante, Madara se había vuelto a salir con la suya. Lo había matado dos meses después del cautiverio al que se vio forzado a someterlo.

Neji Hyūga había matado a cinco guardias de élite en menos de cuatro horas gracias a la petición absurda del consejero, la cual consistía en que, si el chico de los ojos blancos no moría en batalla contra sus mejores hombres, entonces lo recluiría por el resto de su vida a las barreras fronterizas, sirviendo por siempre a los sanguinarios Uchiha.

Itachi había pensado que Neji se iba a dejar morir antes que servir a los asesinos de su clan, sin embargo, él había derrotado a todos sus contrincantes, incluso con la mísera cantidad de chakra que le quedaba a la hora de matar al último. El moreno de coleta había sonreído internamente, mostrando en el exterior una mueca aparentemente furiosa y un semblante sombrío cuando Madara chasqueó la lengua alegando que había tenido suerte.

"Un Hyūga no muere tan fácilmente"; había respondido el enmarañado moreno desde abajo en el ring de tierra mojada. Madara había vuelto a afincarse sobre la cerca empedrada del balcón con una sonrisa macabra; "Decidle eso a vuestros padres, primos, hermanos y tíos muertos reposando en las tinieblas"; Neji apretó los puños e Itachi había sentido de nuevo esa impotencia de no poder hacer nada más que aparentar que disfrutaba de la crueldad.

Pero cuando creía que nada podía resultar ser tan horrible como aquello, había escuchado a Sasuke reírse con sadismo. "Dejad que entierre mi katana en vuestro sucio cuerpo. Huérfano Hyūga"; había soltado el menor, y él no había hecho otra cosa que mirar al cielo para pedirle perdón mil veces a su madre. Madara tenía demasiada influencia sobre Sasuke, y él… él había fracasado. Había sido un mal hermano.

Ahora, Sasuke era su mayor preocupación.

Su hermano cada día era más déspota y despiadado, Madara movía sus hilos sobre él, y Sasuke se negaba a hablarle mucho más allá de los temas típicos del manejo del imperio. Sasuke no se acercaba a él como antes, cuando recién se había convertido en emperador a los dieciséis, y las pocas veces que entrenaban juntos, su hermano pequeño tenía sed de sangre, dando la impresión de que quería matarlo con cada golpe que daba. Había notado que a Karin le gustaba Sasuke, y aun si él no entendía exactamente el porqué, la había dejado ir con él en su cumpleaños número quince, un año después de haberla acogido en el palacio. Itachi tenía la leve esperanza de que Sasuke descargara la tensión a través del sexo, y a juzgar por los gritos poco recatados de Karin, podía decirse que estaban más o menos bien.

Sasuke había cambiado levemente, notándose más tranquilo, no obstante, cuando había visto a Hinata, también había querido poseerla a ella. Y está de más decir que no se lo permitió; una cosa era Karin (que se notaba muy a gusto) y otra muy distinta era Hinata, que temblaba hasta cuando Itachi le hablaba. Sasuke no había mostrado interés en ninguna otra favorita, no hasta que Sakura se había hecho presente, y él había tenido que hacer maromas para que no se encontrasen ni en los pasillos. Había hecho uso de su aura tenebrosa al enfrentar a Sasuke respecto al tema, y había notado su leve encogimiento, acatando la orden de no tocar a ninguna de las favoritas si ella no lo quería; y hasta ahora, había resultado.

Itachi se consideraba imponente, porque ciertamente lo era; y aunque había resultado exitoso su despliegue de autoridad sobre su hermano, la sombra de Madara seguía circundando a sus espaldas, esperando el mejor momento para hacer de las suyas bajo la nariz de su supremacía. En el exterior, todos veían a Sasuke casi igual de peligroso que él, no sólo por ser el príncipe y hermano menor del emperador, sino porque todos sabían lo oscura que su alma podría llegar a ser y por cómo trataba a todo el mundo, con ese temperamento que inspiraba un aire de superioridad y hasta terror; pero todos creían que el más peligroso de los hermanos, era Itachi. Escondido por siempre tras una máscara de imparcialidad y un aura capaz de quemar, el primogénito sembraba un ciego terror en los habitantes de sus tierras. Un temor que necesitaba si quería lograr lo que debía lograr.

Pero tal y como iban las cosas, la situación se le escurría entre los dedos.

— ¿Habéis escuchado lo que os dije, mi señor? — la voz impersonal de Sasori lo sacó abruptamente de sus pensamientos.

Itachi lo miró con simpleza, como tratando de leer sus pensamientos por sobre sus expresiones siempre insondables. El pelirrojo había estado en sus filas desde los doce años, después de haberse enfrentado a Sasuke y logrado un inminente empate con el príncipe, y a pesar de que él reconoció la fuerza que tenía el menor de los Uchiha, este por su parte se limitó a despreciarlo, asegurando que de no haber sido un candidato fuerte para formar parte de la élite, lo hubiera matado.

Pero Sasori había estado impasible todo el rato, sonriendo de medio lado en cuanto Sasuke se volteó con los hombros tensos… e Itachi sabía lo especialmente macabro que él podía llegar a ser, lo notaba en sus profundos ojos marrones.

— Mi señor, algunos guerreros del sur se acercan por… — calló de golpe al ver la mano levantada del emperador indicando que guardara silencio.

Sintiéndose mitad fascinado y mitad temeroso, el pelirrojo observó el Sharingan en los ojos del emperador con apreciada cautela. Había tenido pocas oportunidades de ver aquella legendaria técnica ocular, y cada vez que la contemplaba recordaba la sangre de sus padres saliendo a borbotones bajo el ardiente sol, recordándose lo que tenía que hacer en cuanto tuviese sus planes en marcha.

El pelinegro observaba atentamente a Sasori con análisis mientras las aspas en sus orbes rotaban con lentitud. Sintió aquella presión en los ojos en cuanto trató de ordenarle mentalmente que siguiera hablando, y por ello tuvo que parar, sintiéndose completamente exhausto sin saber por qué. Madara siempre había mirado a Sasori por encima del hombro y parecía rehuir de su presencia, entonces Itachi había intentado investigar exactamente el origen de la aparente aversión, y lo que acababa de pasar parecía ser un vestigio. Seguramente, al igual que él lo había hecho, Madara había intentado controlarlo dándose cuenta que había resultado una pésima idea cuando sintió la punción en sus sienes.

Era algo extraño. Realmente extraño…

Por su parte, el pelirrojo pensaba frenéticamente en las posibles memorias que podrían estarse presentando en la cabeza del emperador, cuestionándose si la relación que mantenía con Sakura era una de ellas, pidiéndole a los dioses que ojalá aquella idea no fuese cierta.

— Mandad a un escuadrón élite para contrarrestar el ataque — dijo él luego de algunos segundos, desactivando su técnica ilusoria.

Sasori apretó la mandíbula.

— Como ordenéis — contestó e hizo una automática reverencia.

Sin embargo, cuando se giró en redondo para volver a cruzar la puerta, la sombría voz de Itachi interceptó sus intenciones.

— Decidme, Sasori; ¿qué tal os va con Sakura? — ante la pregunta, el joven de ojos castaños tensó la mandíbula y se mordió la lengua en claro gesto reprimido de frustración.

A pesar del notable tono neutral del Supremo, el pelirrojo sintió que el pánico le subía a la cabeza por la seguridad de Sakura. Ella le había dicho que Itachi no le había tocado ni un solo cabello, y seguramente si él había descubierto algo entre los dos, no daría tregua a nada y la haría suya en cuanto pudiera. Él no iba a dejar que eso pasara, los Uchiha nunca volverían a tocar un solo trazo de piel de alguien a quien él quería. No podía arriesgarse a demostrar ni el más mínimo interés ni miedo, él tenía que ser como un cuerpo sin alma frente al atosigamiento de sus rojos ojos.

— Muy bien señor. La niña es bastante obediente — respondió mirando a los fríos e inexpresivos ojos de Itachi, empleando un tono tan convincente que hasta él mismo se lo creyó.

No por nada se había ganado el rango que ostentaba.

Allí de pie donde estaba, Sasori era el capitán general de los escuadrones del Reino del Norte, y cuando no estaba en una misión, era uno de los guardias de confianza dentro del palacio, así como el vigilante exclusivo de Sakura en concordancia con otros pares que también lo eran de las distintas favoritas.

El pelinegro lo observó con las manos entrelazadas bajo su barbilla y la habitación pareció sumergirse en un tornado de fuego y arena, con los dos sin dar tregua al otro ni apartar sus miradas evaluativas, batallando por un poco de terreno sólido en tan tensa situación.

— Podéis salir — concedió el moreno por fin.

— Sí, señor — inclinó levemente la cabeza y salió de allí con toda la calma que lo caracterizaba.

Itachi activó de nuevo su Sharingan y observó al techo acampanado con inusual atención. La presencia que había estado allí ya no se encontraba más, pero había dejado un leve rastro de chakra y él fingiría jamás haberse dado cuenta de aquello. Con el perímetro despejado, se colocó de pie y fue hasta el ventanal detrás de su escritorio, haciendo una leve pose de manos para luego dejar la palma estirada.

Un gran cuervo con ojos rojos se hizo presente, mirándolo como si tuviese la inteligencia suficiente para atender a cualquier duda que estuviese teniendo. Itachi sopló sobre la cabeza del ave para transmitirle una pregunta, muy riesgosa para decirla en voz alta y demasiado sospechosa para mandarla en un mensaje escrito.

Ya sabéis a quien entregárselo; pensó mientras las aspas de sus ojos rodaban de nuevo comunicándose con el cuervo en su palma. Este picoteó una de sus negras plumas y el moreno la hizo invisible antes de que emprendiera el vuelo, ansioso por aclarar ciertas dudas. Necesitaba respuestas, más temprano que tarde, o terminaría por no saber qué otro paso dar.

Y ella tenía las respuestas. No por nada, ella sabía todo.

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— Y al final terminasteis por aceptar esos parámetros sumamente ridículos, si me permitís, a mi parecer — Temari bufó, y en venganza ante la sumisión de Ino para ciertas cosas, haló de más las trenzas del corsé.

Ino se giró un poco en reclamo, pero la rubia volvió a enderezarla frente al espejo de cuerpo entero.

— Sabéis que es lo mejor, mi estimada Temari — replicó con la voz llena de mudas quejas —. Mientras más aliados, más ganamos… Sabéis mejor que muchos nuestra situación. El Imperio del Trueno nos quiere ver destruidos— trató de argumentar la rubia platinada mientras la otra rodaba los ojos.

— Eso era antes de saber que ni siquiera os permiten usar vuestras habilidades. Tenía esperanzado que le enseñaseis un par de secretos al príncipe — terminó de amarrar y se fue directo hacia la cama con el ceño severamente fruncido.

— Temari…

— Está bien, os entiendo — cortó ella con un leve ademán —; la cuestión es que, ni siquiera vais a casaros con un imperio concreto, sino con uno que está dividido en tres — la joven de ojos azules suspiró colocándose la enagua —. ¿Estáis completamente segura de que queréis esto?

Ella se mordió los labios con duda mientras terminaba de abotonar la parte superior de su vestido verde. Era la segunda vez que hablaban de su matrimonio, y Temari había puesto el grito en el cielo cuando Ino le informó de las "reglas" para con las mujeres en el Reino del Norte. Hasta ayer había estado todo bien, pero cuando le informó que no iba a poder usar su chakra en el palacio ni en ninguna parte, la rubia ceniza casi se había atragantado con el agua que bebía.

— Mi padre es de aquí, Temari. Tengo que hacerlo. Le debo al menos eso — argumentó, segura de su renuente convicción.

Su acompañante rodó los ojos.

— Bueno, no es como si os quedase otra opción — recalcó con sorna e Ino la miró de mala gana —, digo; que yo sepa, el este no tiene herederos y el sur solamente tiene una heredera. Además, sabemos perfectamente lo que pasó con los Hyūga del oeste. ¿Qué más os queda que amarraros a un desalmado príncipe del norte? — Interrogó con la clara intención de que Ino volviera a recapacitar sobre sus pasos.

¿Dónde quedaba el Imperio de la Arena en todo esto? Ino podría casarse fácilmente con Gaara y asunto resuelto. Ya de por sí, el Hielo y la Arena tenían muy buenas relaciones, pero la rubia platinada apelaba a su deber de hija casándose con ese Sasuke que le daba urticaria cuando le pronunciaban. Vale, entendía perfectamente que era muy riesgoso si no afianzaban el lazo, pues la frontera entre los dos Imperios era bastante estrecha y peligrosa si no se trataba con cautela el tema.

— Sabéis lo que significa que os unáis al heredero del norte, ¿verdad? — Ino giró hacia ella. Los ojos verdes de la princesa de la Arena se notaban preocupados.

Era obvio que lo sabía, y temía por ello también.

— Que el sur y el este estarán en mi contra. En contra del Hielo. En contra de mi familia — soltó en medio de un suspiro.

Temari la miró con ojos calculadores. Era su amiga, y si ya iba a estar en peligro dentro de ese asqueroso palacio de fuego, no quería que se ganara enemigos gratuitos por el simple hecho de estar casada con un imperio fragmentado.

— Creo que debéis hablar con vuestra madre — sugirió.

Los ojos azules de Ino se desviaron para no mirarle.

— Da igual. Los hombres se encargan de esos asuntos, no nosotras — culminó.

La mujer suspiró derrotada. Ino solía ser (en muy contadas ocasiones) muy difícil de abordar.

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El kimono plateado se arrastraba con sutileza detrás del paso ligero de Hinata, la cual caminaba por el castillo muy sigilosamente para que ninguna de las demás favoritas, o su mismo amo, se diese cuenta de que no estaba en el lugar en el que debía estar en ese momento. Tenía que encontrarse con él urgentemente, o al menos ese era el mensaje que había dejado en claro cuando le lanzó aquella mirada tan significativa. La muchacha de ojos perlados sonrió ante el recuerdo, sonrojándose a medio camino al rememorar sus ojos azules mirándola con ese brillo alegre tan particular.

Le gustaba la comunicación de sus miradas, y a pesar de que todos creían que Naruto Uzumaki era un despistado la mayoría del tiempo, cuando conectaban e intentaban decirse todo lo que no se podía en palabras, podía ser el ser más perceptivo sobre la faz de la tierra o del universo entero, y Hinata estaba encantada. Por siempre encantada. Lo había conocido semanas después de llegar al castillo, cuando él pasó corriendo por su lado y la había tropezado, alegando que estaba muy apurado porque debía estar detrás de Karin y esta se le había perdido.

La pelinegra había reído mucho mientras le observaba rascarse la nuca con esa expresión felizmente incómoda, la había ayudado a levantarse sonrojándose en cuanto le miró a los ojos, disculpándose atropelladamente por el tonto traspié que había tenido… y ella había quedado prendada, como si no fuese a conocer a alguien tan luminoso como el sol nunca más.

Apretando sus manos en un fuerte agarre cerca de su pecho, la joven entró en una de las tantas salas que se encontraban deshabitadas desde hace algún tiempo. Esa siempre era el lugar de encuentro. Abrió la puerta con extrema suavidad mientras sus ojos miraban hacia todas las direcciones, consciente de que si alguien la veía entrar allí y decidía seguirla, estaba muerta. Cerró la puerta con el mínimo ruido posible e inmediatamente unos brazos se amarraron alrededor de su cintura con fuerza desde atrás. La frente masculina se recargaba en su hombro y ella podía ver de reojo el grácil cabello dorado. Ya sentía el corazón acelerado.

— Habéis llegado a tiempo — pronunció él, con un tono bajo pero bastante enérgico.

— ¿Ha-Habéis esperado mucho? — interrogó con un notable sonrojo, su mano dirigiéndose hacia las hebras rubias para acariciarlas.

Lo sintió negar y luego alzar la cabeza. Sus brazos dejaron de apresarla y sus manos se colocaron en torno a su cintura para girarla hacia él. Hinata sonrió al ver sus ojos de cielo azul y los dientes blancos mostrándose en todo su esplendor gracias a su sonrisa de oreja a oreja.

— No lo suficiente — soltó con un matiz hiperactivo antes de reclamar con vehemencia los labios de la morena.

Ella se entregó gustosa a los brazos de su príncipe sin que nada le importara más. Mientras sus labios se rozaban con candor y dulzura, Hinata se imaginó un mundo donde ella no era una prisionera de guerra falsamente disfrazada como la preferida del emperador. Tampoco era el despojo de una dinastía en vías de extinción, y mucho menos era la débil niña que no pudo salvar a su madre antes de morir ni a su hermana cuando la echaron fuera del palacio a su suerte. Naruto la hacía sentir que era ella, y nadie más que ella. Simplemente Hinata, la que más le amaba por encima de todo.

Aquel hombre impertinente y altivo era el hombre de sus sueños.

Detuvieron su cálido roce de labios lentamente, separándose por centímetros para mirarse a los ojos. Sus orbes perlados intuían una pronta conversación importante.

— ¿Qué e-es lo que queríais citándome aquí, Na-Naruto-kun? — masculló por lo bajo tratando de acallar el sin fin de emociones que se arremolinaban en su alma.

El hombre se rascó la nuca un poco avergonzado y la miró con tanta intensidad que creía que la traspasaría. Debía tener su consentimiento para terminar de arreglar lo que quería hacer, total, todo eso tenía que ver con ella. Esperaba desde el fondo de su alma que ella lo aceptara, aun si no sabía muy bien lo que iba a hacer para que todo lo que pensaba fuese posible.

— Hinata-chan… yo — trató de concluir antes de que el nudo se terminase de formar en su garganta, pero irremediablemente no pudo, tuvo que tomar un poco más de aire y tragar saliva —. ¡Quiero que seáis mi esposa! — exclamó con una temeridad abrasadora brillando en sus orbes claros.

La pelinegra se sintió morir en ese preciso momento. Ella no creía que… ¡Naruto!

Estaba tan feliz que no podría describir como se sentía. Si con solo una simple mirada podía derretir su frágil corazón, aquellas palabras traspasaron más de lo que podía imaginar. Sin importarle nada ni nadie, Naruto le estaba pidiendo matrimonio, y ella sentía que podía desmayarse allí mismo de tanta sangre que subía a su cabeza.

Un compromiso para toda la vida. Sin importarle lo que ella fuese.

Su corazón vibraba tanto de felicidad que podría fácilmente salir y gritar al mundo entero el profundo amor que le profesaba al sol frente a ella. Desde que había llegado al palacio, su vida se había tornado opaca y distante, como si estuviese presenciando las peripecias de otra persona, la vivencia de unos hechos que no deberían ser suyos; pero así lo marcaban los hechos, y Hinata había sido consciente que tenía que vivir con eso a cuestas, así le pesase en lo más profundo de su alma. Neji siempre había sido el más fuerte, y hasta Hanabi había mostrado una pose dominante la última vez que la vio, y ella no había hecho más que lamentarse de su suerte y de la suerte de su dinastía, siempre recordada bajo la sombra de la derrota.

Y eso había pensado hasta que él llegó a alumbrar sus días tristes y negros, colocándole color a su eternamente nublado cielo. Aquel sol cuya convicción y sonrisa iluminaba su nuevo camino, el contraste con la oscuridad.

Una razón por la cual vivir. Por la cual existir. Por la cual luchar.

— ¿Di-dijisteis que…? — quiso seguir la pregunta, aunque su estado emocional no se lo permitió por mucho que insistiese en el asunto.

— Que os caséis conmigo — repitió el varón sin titubeos —. ¿Seríais mi esposa?, por favor — la seriedad en las palabras de Naruto aguardaban un deseo enorme que aclamaba ser complacido.

Casi podía escuchar su propio corazón palpitándole en las sienes, mirando la boca abierta de Hinata y aquella mirada conmocionada por la cual pasaban un sinfín de emociones. Sin más que aclarar, la morena se lanzó a sus brazos como buscando refugio en ellos. Naruto se vio sorprendido pero la abrazó de inmediato, a lo que ella pareció conmoverse hasta las lágrimas, pues se echó a llorar sonoramente bajo las dilatadas pupilas del rubio ¿Había preguntado algo que no debía? ¿Algo apresurado?

Sus ojos se vieron acelerados y su cuerpo empezó a inquietarse por el llanto de la muchacha, preguntándose si había cometido el peor error de su vida al preguntarle eso. ¿Por qué estaba llorando? Casi podía oír el gran eco del "no" resonando contra las paredes… sin embargo, todas las dudas que se aglomeraban en su mente, se vieron extinguidas al contemplar la hermosa sonrisa de aquella joven con digno porte de princesa celestial. Un gesto angelical para admirar.

— ¿N-No os importa mi… posición?" — inquirió entrecortadamente a causa de la emoción —. ¿E-En serio no os importa en lo más mínimo mi pe-penosa situación? — siguió en su interrogatorio buscando el más mínimo vestigio de rechazo.

No lo consiguió. Lo único que ganó fue la sonrisa más confiada y sincera del mundo. La sonrisa que solamente Naruto podía dar. Él negó fervientemente con la cabeza, haciendo que ella desechara esas absurdas ideas. A él no le importaba en lo más mínimo que Hinata fuese una favorita. Odiaba dicha palabra desde el fondo de su alma, pues su Hinata había sido obligada a pertenecer a ese grupo. Por mero capricho, pues los Uchiha siempre habían estado reacios a mantenerla con vida; era realmente una suerte que ahora pudiese tenerla allí, entre sus brazos.

Agradecía y maldecía al destino por tamaña ironía. Él, que había llegado desde la Arena para servir a una familia a la que no le tenía ni el más mínimo aprecio, había encontrado el amor dentro de sus paredes, al lado de los ojos perlados más hermosos que había visto nunca.

— ¿Y entonces…? — fue susurrando él tentativamente.

— ¡Claro que quiero! — cortó ella, sorprendiendo a Naruto por tan tamaño despliegue de energía, todo sin tartamudear ni una sola vez.

Él rió feliz y la abrazó por la cintura antes de alzarla. Hinata se sujetó a su cuello con el corazón desbordando felicidad. El rubio se dijo que debía tratar el asunto urgentemente con el emperador, o sino, le tocaría reinventar otra estrategia…

Solamente las paredes de aquella habitación abandonada fueron testigo de la felicidad de las dos almas que se encontraban allí.

Pues su amor era prohibido. Por lo menos por ahora.

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En algún lugar bastante alejado del palacio, cuatro figuras ataviadas en extrañas capas y sombreros bastante cubiertos, caminaban con parsimonia por el bosque frondoso y presuntamente despejado. Las sandalias que cubrían sus silenciosos pasos, levantaban el polvillo terroso con una tranquilidad casi etérea, la cual podía romperse con un simple susurro de la muerte circundante sobre sus cabezas.

Habían llegado por fin a su destino.

El día estaba bastante soleado y el aire parecía quererlos asar; y aunque algunos solamente deseaban quitarse la molesta capa y el fastidioso sombrero, la cuarta presencia se dedicaba a correr de aquí para allá, como azorado ante tanta vegetación y temperatura. El rubio a su lado puso los ojos en blanco mientras estiraba el cuello de su capucha.

— ¡Tobi es un buen chico, un buen joven, un buen muchacho…! — cantaba el extraño personaje portador de una máscara naranja un tanto peculiar.

El joven junto a él se masajeó las sienes un tanto hastiado de oírlo. Había sido su compañero desde hace casi diez años, y a pesar de haberlo aguantado desde que era un niño, a veces sobrepasaba los límites normales de su paciencia. Nunca le había visto la cara, pero cuando se lo presentaron hace ya tantos años, supuso que debía tener entre dieciséis o diecisiete años, aun si era tan hiperactivo como para no estar acorde a su rango de edad. Era realmente una tortura diaria escucharlo.

¿Es que no podía dejar de esparcir su irritante voz por un segundo?

Los otros dos miembros notaron la creciente aura asesina entre la pareja, mas no dijeron nada al respecto, ya que aquel ambiente era una cualidad bastante común en ellos.

— ¿Queréis callaros de una buena vez? — se dignó a preguntar el joven causando que el de la máscara naranja dejara de cantar abruptamente —, vuestra voz me molesta… Um — aclaró sin más miramientos.

Tobi se quedó estático con los dos brazos doblados en ángulos casi imposibles. Una ráfaga de aire pasó y él fingió que se caía hacia un lado, como el personaje de una tonta caricatura.

— ¡Pero Deidara-sempai! — su reclamo se vio interrumpido por la presencia asesina del rubio con coleta.

— Dejaros de niñerías. Andando — aclamó un tercero de cabello naranja, el cual aparentemente era el líder.

La mujer a su lado permaneció inmutable, caminando a su espalda con los ojos fijos en los alrededores.

Los cuatro renovaron la caminata hasta la barrera invisible que surcaba el bosque del otro lado. Estaban por fin en el Imperio del Fuego, justo al frente de la entrada del Reino del Este.

Las cuatro figuras se detuvieron justo en el punto de encuentro. Habían sido los primeros en llegar, pero no por mucho, pues a lo lejos y a través de la barrera, lograban divisar a un cuarteto más. Igualmente estos venían con paso lento pero firme, despojados de las capas que comúnmente cubrían sus cuerpos.

Se detuvieron justamente frente a frente.

Cara a cara con la única mujer, blanca, de extraños cabellos azules y ojos ambarinos, se encontraba un joven albino de enigmáticos ojos color violeta que la sobrepasaba por mucho en tamaño. Justo al lado, se encontraba un extraño hombre mucho más alto que el primero mencionado, el cual poseía una extraña piel que parecía cocida interminables veces y unos ojos que asemejaban dos luces verdes incandescentes.

— Me insto a creer que no estamos todos juntos — habló el extraño hombre de pie frente a Deidara.

Zetsu era, por mucho, el miembro más exótico y extraño de la organización, no sólo por su apariencia, si no por su doble personalidad. Parecía ser una especie de planta carnívora bastante desarrollada en anatomía, pues su extraño cuerpo se dividía en dos: una parte blanca y la otra negra. Cada parte tenía un modo particular de hablar y de dirigirse a las personas en general, no obstante, resultaba realmente molesto cuando la parte negra buscaba pelea a la parte blanca. Tenían suerte de que esta no era una de esas ocasiones.

— Al fin podremos ubicarnos en algún sitio definitivo — agregó un hombre arrastrando las palabras con total arrogancia.

Tobi miró la cara de serpiente del hombre frente a él mientras tenía un escalofrío. Orochimaru era digno de llevar el título de "Sabio Serpiente" por su extraordinaria inteligencia y muy extraña vida. Como un reptil camuflado en la nieve, el hombre carecía de algún tipo de color en su piel y llevaba marcas extrañas alrededor de sus párpados que Deidara siempre calificaba como las huellas de una víbora. Todo esto se reformaba con la particular apariencia de sus ojos, un verde infrecuente carente de calidez con una pupila muy ovalada, casi como una raya.

— Por mudaros, tendré que hacerle algunas ofrendas a mi Jashin-sama — Intervino el albino pasando la lengua por sus finos labios en claro signo de satisfacción.

Su compañero de viaje, Kakuzu, lo miró de reojo como queriendo matarlo. Ese afán por sacrificar personas en nombre de un "dios" que nadie había visto no era normal. Además, ¿no era más importante hacer el balance de todos los gastos? Era más práctico y sin derramar una sola gota de sangre.

— Espero que no os hayáis gastado mucho dinero. Las estadísticas comerciales están decaídas por tantos viajes — agregó Kakuzu con claro signo de avaricia.

Hidan se pasó la mano por su cabello casi blanco y refunfuñó entre dientes algo que nadie alcanzó a escuchar. La pasión por el dinero que tenía Kakuzu tampoco era nada normal viniendo de un criminal del más peligroso rango. Bueno, aunque viéndolo desde otra perspectiva, ser un asesino a sueldo en un mundo que vivía en guerras, era un buen negocio.

— Dejad de hablar tanta mierda sobre vuestro cochino dinero, Jashin-sama es más importante — le reclamó su compañero alzando levemente su guadaña hacia él.

El hombre con apariencia de muñeco cocido simplemente se dedicó a ignorarlo. De esa manera se trataba con él. Mientras más se le ignorara, mejor resultaba ser el día. Menos si quería gastar dinero, pues dejarlo en sus manos era la idea más absurda y estúpida del mundo, mucho más cuando Hidan se empeñaba en apostarlo en las tabernas, desafiando a sus contrincantes a intentar matarlo… siempre ganaba, pero Kakuzu no se podía dar el lujo de ignorarlo así como así.

— Poneos en marcha hacia vuestros puntos fijados, vuestro grupo tiene la obligación de llegar primero — habló el líder con su típico tono de frialdad llamando la atención de los presentes —. Que no se os olvide el motivo de nuestra presencia en este Imperio — concluyó dando la vuelta hacia el estrecho camino que lo llevaría al norte.

Cada cuarteto giró hacia diferentes direcciones.

No se nos olvida — habló la impertinente parte negra de Zetsu.

Sin agregar más palabras, cada grupo se fue por el camino acordado. Hasta que no cumplieran parte de sus obligaciones, no se verían en el tiempo previo a su llegada a la antigua guarida abandonada, la base que habían dejado atrás hace bastante tiempo. El líder hubiese preferido que viajaran juntos, pero debido a que algunos rostros entre ellos eran bastante conocidos, era mucho mejor si no llamaban la atención en grandes grupos..

Esperarían solamente un poco para poner en marcha sus planes, unas cuantas semanas podrían bastar.

El rubio fijaba su mirada hacia el frente, centrando sus ojos azules con matiz grisáceo sobre las piedras del camino. Había esperado por ese momento desde hace más tiempo del que podía contar, y ahora estaba allí, en las tierras del fuego.

Esperadnos… llegaremos más pronto de lo que os imagináis; iba pensando con una sonrisa ladina. Tobi estaba extrañamente callado a su lado. Solamente un poco más… Sasori-sama; concluyó con un poco de emoción.

Todo era cuestión de tiempo.

.

La canasta que Sakura llevaba en sus manos era bastante pesada, tanto como para desestabilizarla mientras caminaba. Había estado una semana entera haciendo maromas para no cruzarse demasiado tiempo con el emperador o su hermano, y en cuanto los divisaba en un pasillo, pretendía hacerse la loca y su cuerpo rotaba inmediatamente hacia otra dirección. Suspirando con desgana, la joven dejó la canasta en el alfombrado piso del pasillo para luego echarse aire con las manos; hacía bastante calor aquellos días y, definitivamente, ese no era su tarde de suerte.

La pelirroja le había ordenado de mala gana que llevara unas cuantas cosas al cuarto del emperador, Itachi. Ella se había negado y luego se había ganado un doloroso jalón de cabello por parte de la misma… ¿Qué se creía?

Aunque Sakura era temperamental, la supremacía de su inteligencia era hilarante; así que, para no salir perdiendo en algo y dejar de pelear por tonterías, definitivamente había decidido llevar la bendita canasta hasta el cuarto del hombre que le erizaba los vellos de todo el cuerpo. Y aquello definitivamente no podía resultar en nada bueno.

Porque Itachi-sama le daba un miedo atroz e inconsciente; casi irrefrenable, como si uno solo de sus dedos fuera capaz de tumbarla de una rama muy alta en la que se mecía peligrosamente, sintiéndose en plenas condiciones para su transformación de la "Sakura antigua" que había dejado en la ciudadela a la "Sakura nueva", la favorita del emperador… y aquello era algo que la asustaba, casi tanto como que apartaran a Sasori de su lado.

Arrugando los labios, se agachó para disponerse a tomar de nuevo la canasta, apretándola fuertemente en cuanto vio unas botas negras occidentales que se habían detenido justo frente a ella. Sus ojos verdes casi se salen de sus órbitas, viendo todos sus esfuerzos perdidos en aquel preciso instante. Levantó la vista y respiró entrecortadamente, horrorizada por su visión.

Sasuke Uchiha la miraba desde arriba con una media sonrisa arrogante y una mirada aterradoramente tranquila. Llevaba unos pantalones hechos de una extraña tela y una camisa blanca a medio abotonar, pareciendo tan occidental como los visitantes que acostumbraba ver en el pueblo. No obstante, aquello no fue lo que más se llevó su atención. Las gotitas carmesí que reposaban en el cuello de su camisa y en una de sus mangas, prendieron las alarmas de Sakura.

Está manchado de sangre; se dijo, con sus ojos dirigiéndose a su mano izquierda, en la cual reposaba una espada que, podía asegurar, pesaba más que ella. Él la levantó hacia su mentón y no pudo hacer otra cosa que echarse hacia atrás, asustada; la reluciente hoja goteaba sangre sobre la alfombra. Lo escuchó lanzar una leve carcajada macabra y agitó el arma, indicándole que se parase. Ella así lo hizo con el corazón en un vilo y la sangre subiéndole a la cabeza.

"No os dejes, Sakura"; le gritó la voz dentro de su cabeza, pero ella no tenía las fuerzas necesarias como para desafiarlo.

Los ojos de Sasuke eran como dos piedras de ónix que la escaneaban una y otra vez sin vestigios de emociones en ellos, como si su alma se hubiese perdido en algún lugar del palacio indispuesta a volver a su cuerpo. Sintió que le faltaba el aire de repente y se sonrojó de pura vergüenza e indignación, incapaz de hacer nada más que quedarse allí de pie como una reverenda idiota. No sólo tenía que aguantar ser escaneada por el emperador, sino también por su hermano.

"Esto es humillante"; reclamó su interior tratando de lanzarle golpes a una imagen imaginaria.

Al menos Sasuke no había intentado tocarla, como si hubiese algo que se lo impidiera, y ella no podía hacer más que agradecer a los dioses por ese simple hecho. Sin embargo, aún estaba a merced del Supremo, cuyas manos ya habían sobrepasado el límite y su boca había explorado la suya más veces de las que podía contar, dejándole una punzante sensación de suciedad cuando recordaba las escuetas y poco frecuentes sonrisas de Sasori.

Lo observó bajar la mano y dirigirse como un rayo hacia ella antes de que pudiera siquiera asombrarse. Su muñeca quedó estampada contra la pared por encima de su cabeza, y ella se quejó por el dolor y la brusquedad de aquel movimiento. Su rostro, tan apuesto como siniestro, quedó suspendido cerca del suyo, mostrando toda la frivolidad de sus facciones. La hoja de la espada se balanceaba al costado de sus piernas como jugando con su instinto de supervivencia.

El menor de los hermanos Uchiha se apegó sugestivamente a su frágil cuerpo, apresando con rudeza sus senos contra el casi descubierto pecho, y antes de que pudiese temblar de rabia y miedo, él acercó sus labios hasta su oreja, el aliento caliente azotando con violencia su tensión.

— Sé que no os has entregado a él — le susurró —. No os preocupéis, no lo seréis, porque vos seréis mía — concluyó mordiendo el lóbulo de su oreja.

La chica de hebras rosadas solo cerró los ojos con un notable color rojo en todo el rostro. Sus expresiones eran todo un poema eufórico e iracundo digno de ser contado. Se mordió el labio y tragó grueso. Sintió la presión de la furia cubrir la noción del tiempo y quiso empujarle, asqueada de su presencia y de su toque que la repelía con su energía de oscurantismo. Sus astillados parpados rememoraban la cara del príncipe desprovista de emociones, sorprendiéndose cuando sus facciones cambiaron a otras más amables, contemplando los mechones largos sobre la piel de bronce al sol.

Basta; sacudió la cabeza alejando los pensamientos. Ya basta.

Lo sintió acercar sus labios a su boca y tembló de miedo por sus oscuras intenciones, ladeando la cabeza inútilmente hacia un lado. ¿Quién iba a impedirle que hiciera lo que quisiese?

Sasori, por favor. Venid, Sasori; rogó en su mente, sintiendo las lágrimas de impotencia a punto de llenar sus párpados. Quería ver a Sasori y estar abrazada a él. Le necesitaba como se necesita al aire.

Sasuke sonreía con maldad al sentir la agitada respiración de Sakura, sintiendo la supremacía de su poder sobre otros seres insignificantes, tales como Sakura. Como Ino. Como Karin. Como cualquiera que osara a desafiar su autoridad y creía que podía salir ileso. Él había nacido para dominar, para estar por encima de otros. Por siempre cargando la katana ensangrentada junto al cuello de sus enemigos derrotados. Había matado a Hiashi Hyūga a escondidas de Itachi por petición de Madara, vanagloriándose en el estiércol de sus últimas palabras malditas, como si un patriarca caído pudiese tener algún tipo de poder en sus mandatos.

"Los Uchiha. La familia por siempre maldita, destinada a morir. Vienen del odio, y ante el odio caerán."

Recordó, y entonces su espada había traspasado su cuello de tajo y la sangre brotó a borbotones; la cabeza del líder de los Hyūga rodando por el suelo con el cabello enmarañado, sus ojos blancos fijos en la otra vida para nunca más volver.

— So… ¡soltadme! — gritó la joven, con más fuerza de la que en realidad tenía.

El muchacho de cabellos azabache la aguijoneó con la mirada y depositó un seco beso en su mejilla, libre de toda calidez y de emoción. No había nada, ni en sus gestos ni en sus acciones, solamente el oscuro agujero sin fondo la atenazaba, amenazándola con la ardiente cuchilla de fuego directo a su corazón.

— No. No lo haré — respondió con vehemencia mientras subía la espada hasta recargarla en la cintura femenina

Ella contuvo un sollozo de terror, empezando a sentir la quemadura que su mano dejaba en su muñeca que seguía apresada. Sus ojos verdes observaban con horror la mueca satisfecha en su rostro, como si disfrutara de toda la tortura a la que la sometía. Y Sakura lo sabía. Sabía perfectamente que estaba disfrutando el momento como un desquiciado a punto de cometer la fechoría más excitante del milenio. Lo veía en sus ojos.

— Sasuke — aquella voz madura y fuerte que se escuchó al final del pasillo, fue su salvación temporal.

Soltó el aire de golpe en cuanto el joven la dejó libre de la cárcel que significaba su cuerpo sobre ella. Nunca había estado tan agradecida de escuchar la voz de Itachi, tan demandante y grave como siempre. Si bien tampoco era la mejor opción de salvación, prefería mil veces estar a su lado que al lado de Sasuke. El príncipe acababa de darle un nuevo significado al horror que sentía.

Itachi caminó con parsimonia hacia ellos con los ojos fijos sobre su hermano menor, cuya pose se recomponía lentamente a una más altiva. La espada cortó el aire hacia un costado bajo de su cuerpo mientras sus ojos observaban el Sharingan del Uchiha mayor, compuesto por el espiral de aspas. Maldijo a Itachi y su bendita suerte de haber desarrollado esa técnica que él aún no podía. Aparentemente, el moreno de coleta no tenía prisa por llegar al lugar divisado, así que se tomó su tiempo hasta que por fin llegó junto a ellos, alzándose en toda su altura que sobrepasaba por varios centímetros a la de Sasuke.

Sakura volvió a sentir el terror recorriendo su sangre y paralizándola contra la pared. El pelinegro de cabello corto también activó su técnica ocular y contempló a su hermano con desafío, caminando hacia él como quien se cree el gobernante del mundo entero. Itachi tomó el brazo de Sakura con fuerza y la miró de reojo, ocasionándole un creciente miedo con su mirada carmesí.

Sasuke se escurrió por su lado y ladeó la cabeza para lanzarle una mirada envenenada que Itachi correspondió, como advirtiéndole de las consecuencias que traerían sus posibles actos. La mujer de largo cabello rosado sintió palpitar su corazón con la fuerza de una manada de potros salvajes. El aura entre los dos era casi visible y palpable, imposible de romper o describir con palabras.

El aura de dos asesinos; pensó la asustada Sakura.

Los hermanos seguían mirándose como si así pudiesen matarse mutuamente, Sasuke reflejaba la furia en su rostro, no obstante, a Itachi no le hacía falta tal gesto. El espiral de aspas giraba con lentitud, tratando desesperadamente de meterse en la mente de su hermano y encontrar lo que estaba dañado.

¿Qué había hecho mal?

La cálida mano de Sakura se posó sorpresivamente sobre la suya, causando que aflojara el agarre y tragara grueso. Sasuke bufó y se fue dando largas zancadas, apretando la hoja con una de sus manos que soltaba pequeñas llamas de profundo fuego. Itachi inspiró con estoicismo y se giró hacia la muchacha aún con el Sharingan mostrándose en sus orbes. La observó encogerse sobre si misma, pero no apartó los dulces ojos verdes de los suyos.

Antes de que pudiese darse cuenta, su otra mano cubrió la de ella, sintiendo el doble del calor e invadiéndose con una extraña paz; y a pesar de que ella había respingado, no apartó la mano. Con una sensación de tranquilidad, Sakura contempló que sus ojos volvían a ser negros, tan oscuros y misteriosos como siempre lo habían sido. No obstante, pudo ver cierto destello sutil y extraño de agradecimiento detrás de sus pupilas.

Sin saberlo, su espontáneo toque, había aliviado una parte del gran peso que aquel hombre sentía sobre su alma.

...

Campaña por un mundo con más ItaSaku. (?) xD

Ok, ok. ¿Todo bien? ¿Qué tal les ha parecido el capítulo? ¿Quejas, dudas, tomatazos? ¿Quieren matarme por lo de Sasuke? xD

Recuerda que si te gusta la historia, déjame saberlo. ¡Apóyame, querido lector! Te lo agradecería mucho. :33

¡Saludos y besos!