Disclaimer: Los personajes de Naruto NO me pertenecen, sino al mangaka Masashi Kishimoto.

Advertencias: El "Rated M" es por varias situaciones, desde las malas palabras hasta las escenas más hirientes o explícitas (aunque no haya demasiadas en los primeros capítulos). Leer bajo un alto criterio. En este capítulo hay lemon/lime, muy pendiente si no quieres leerlo.

¡Hola! Gracias por los comentarios, los favoritos y las alertas. Se les agradece muchísimo. :33

Gracias a Veronika-BlackHeart (Reviví con las baterías recargadas hahaha, seguro te gustará este capítulo. xD Grcias por comentar), a Yami no Emi (Gracias por comentar, y sí la idea es que eclipse ahora, es su amor y todo eso cofcof. Entiendo que no te caigan demasiado Ino y Sasuke, es por una buena causa. Ya te sabrás la política, es que no me gusta ponerla todo de golpe que sino se me enredan haha. Espero que te guste este capítulo. :3), a Hiyoko-sama (¡Mujer, gracias por comentar! Pensé que te habías perdido haha. Yo también quiero saber qué es y qué no es Sakura. :v Con respecto a Akatsuki, uhm... Se puede esperar cualquier cosa. ¡Espero te guste el capítulo!) a Lyldane (¡Gracias por el comentario! Creo que te va a gustar mucho este, algo me lo dice haha. Mira que yo estuve emocionada mientras lo escribía, casi te trasmití mi gritito xD Con respecto a mi narración desde el punto de vista de Itachi, es que creo que me meto demasiado en los personajes haha; que si tipo: "Sakura diría esta palabra, Itachi pensaría así, Sasuke sería así en este momento", según la manera en la que adapto sus personalidades a ciertos tipos de escenas y eso. ¡Gracias mil!).

Tienen un pedazo de mi escricorazón. :3

En fin, sin nada más que decir…

¡A leer!

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Capítulo 6

Medallón

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Sasori corría con rapidez de rama en rama desde los árboles más altos, exhausto de haber tenido que viajar días solamente por una barra de pan a medio pudrir. El cabello rojo y un poco largo se le pegaba a la frente por el sudor mientras sus piernas temblaban con cada pisada, pidiéndole un descanso que él se negaba a darles, consciente de que si paraba allí, entonces estaría muerto en menos tiempo de lo que pudiese mover una mano para defenderse. Había roto la regla, la norma vital para sobrevivir, pues había traspasado la valla que separaba a su reino de los demás territorios. Tenía seis años, y cualquiera podría decir que era un niño apenas, pero para él, tal concepto no existía.

La guerra no entendía de edades.

Habían pasado ya tres años desde que los Uchiha conquistaron el Reino del Oeste, raptado a unos pocos miembros de la familia Hyūga y colocado la valla sangrienta (como la mayoría lo llamaba) en todas las salidas posibles, bloqueando totalmente la posibilidad de emigrar a otros territorios, incluso a otros imperios. La valla sangrienta consistía en un puñado de guardias imperiales custodiando un enrejado de púas, cuyo propósito recaía únicamente en exhibir el cadáver de todos aquellos que habían osado planear un intento de escape.

Sasori recordaba cuando aquellos vasallos habían impuesto la valla y llamado a todos los habitantes que habían quedado atrapados allí, mostrando orgullosamente los cuerpos de los ninjas que habían luchado para proteger el reino. Había sido poco después de la derrota, cuando él y apenas podía recordar algo, pero si había algo que nunca se le borraría de la memoria, eso era el último recuerdo de sus padres, guindando precariamente sobre las pullas con las miradas distorsionadas, chorreando sangre por las múltiples heridas de sus cuerpos, infligidas por aquellas armas con el estandarte Uchiha.

Su abuela le había tapado los ojos, pero él estaba en shock; ya no veía, ya no escuchaba, ni comía, ni dormía… estaba allí, simplemente allí, estático por siempre en una esquina de la casa mirando hacia la nada. Entonces su abuela se había sentado a su lado el día en el que cumplió cuatro años, con dos marionetas que se asemejaban mucho a sus padres. Sus ojos se habían iluminado mientras Chiyo imitaba las voces y hacía que sus hilos de chakra movieran las extremidades de madera. Por fin, después de seis meses, Sasori había llorado, soltando absolutamente todo lo que llevaba dentro en el regazo de su abuela, diciéndose una y otra vez que se vengaría, tarde o temprano, ahora o en la siguiente vida, y Chiyo le acariciaba el cabello, asegurando que sus padres no hubiesen querido esa vida para su joven hijo.

Pero había sido en vano. El pequeño pelirrojo había estado determinado, aun desde antes de despertar del shock. Desde que había visto a sus padres de aquella manera tan enferma y horrible. Había entrenado mucho desde aquel entonces, siempre a escondidas de su abuela, rebasando sus límites, poniendo en práctica sus tácticas de inteligencia típicas de un niño genio… y a los cinco años, había matado al primer guardián imperial. Al primero de muchos que sabía que lo seguirían después.

Su casa se caía a pedazos y eran prisioneros silenciosos de una guerra no acallada. Cuando empezó a escasear la comida, Sasori ayudó a su abuela a buscarla por todos los rincones que podían, pero ella ya estaba bastante mayor como para aguantar tanta caminata sin comer nada, y a pesar de que Chiyo era bastante fuerte y había servido a la familia imperial de la Arena para luego servir a la antigua familia imperial del Fuego (los Hyūga), el pelirrojo no quería arriesgarse a perderla. No estaba dentro de sus planes el quedarse sin ningún tipo de lazo sanguíneo con sus padres, y mucho menos quedarse sin aquella mujer que lo había cuidado tanto.

Y por eso estaba allí, corriendo con la ropa oscura pegada a su pequeño cuerpo, ignorando el descanso urgente que su cuerpo necesitaba. No había alimentos en la casa, ni en ningún otro lugar adyacente, así que había tenido que arriesgarse y debía llevar esa barra de pan a su abuela antes de que se muriera de hambre. Ella debía estar bien.

Debía…

Sus pequeñas piernas flaquearon y él resbaló, cayendo hasta el suelo desde la húmeda rama de la cima de un gran árbol, impactando estruendosamente con la dura superficie de tierra y mareándose en el camino. Tenía la barra de pan escondida en el bolsillo interior de su haori, sintiendo que se aplastaba contra su pecho debido a su posición. Su cuerpo no respondía, y ni siquiera era capaz de mover las manos o lanzar algún tipo de quejido debido a su garganta rasposa y seca. No podía morir allí… ¡Así de miserable!

¡Levantaos, Sasori!; se reprendió, odiando con toda su alma ese débil cuerpo humano que poseía, cuyos entrenamientos no parecían servirle de nada ahora en esa situación precaria. Debía levantarse, o alguien iba a cazarlo y matarlo antes de lo que pudiese articular alguna palabra coherente. Odiaba ser un simple crío que necesitaba de dormir, comer y beber agua para vivir. Era inútil. Todo eso era inútil.

Pero mirad qué tenemos aquí… un muy lastimado niño pelirrojo — dijo alguien a un lado con macabra altanería.

El pequeño abrió los ojos más de lo normal mientras sus débiles extremidades empezaban a temblar, tratando de recuperar la adrenalina con el nuevo impulso de terror que entraba a su sistema. Sasori respingó cuando la hoja de la katana se introdujo en la tierra a centímetros de su rostro, levantando polvo con marcada eficiencia. Sus ojos color miel se elevaron un poco hasta ver el emblema de los Uchiha, sobresaliendo en relieve en el asqueroso mango manchado de sangre.

Y los odió una vez más. Los maldijo una vez más, jurándose que algún día iba a matar hasta al último Uchiha con sus propias manos, tal y como ellos habían hecho con sus padres.

¿No vais a pararos, niño? — rió otro hombre, encestándole una patada a un costado.

Él contuvo un quejido, apretando la mandíbula y aguantando el dolor del fuerte golpe. Debía levantarse y enseñarles con quién se estaban metiendo. Podía parecer un simple niño, pero era un pequeño genio, y se los demostraría.

Tal vez deberíamos llevarlo ante Madara-sama, tiene esa afición extraña de matar pelirrojos personalmente — soltó un tercero en tono despreocupado.

Podríais tener razón — concedió afincándose de la katana —. Pero es un viaje de muchos días, así que mejor le matamos por él — los tres carcajearon mientras veían que el niño temblaba aún sin moverse del suelo.

Sasori fingía que estaba muerto de miedo (aunque una parte de él realmente estaba aterrada), pero todo aquella labia de sadismo le había servido para enterrar muy bien sus dedos bajo la tierra y dirigir su poca cantidad de chakra hacia algún lugar a espaldas de ellos. Podía sentir los hilos recorrer el subsuelo y toparse con un montón de ramillas afiladas al salir a la superficie; no era mucho, notó él, pero con un poco de tierra, aquellos pedazos de ramas caídas podían convertirse en el arma más letal. Era una verdadera lástima que el primer veneno que había hecho se le hubiese acabado ya.

Bueno, creo que ya es hora — el hombre volvió a sacar su arma de la tierra, obligándolo a mover el rostro para que su hoja no le tocara —. Saludad a vuestra familia al llegar — cacareó entre dientes y levantó la katana.

Sasori tensó los dedos, listo para atacar.

El hombre gritó ridículamente y una voz de escuchó a los lejos antes de que pudiera blandirla. Los tres ninjas voltearon perplejos, y el niño aprovechó para soltar las pequeñas púas de tierra y madera pulida con chakra. Casi podía sentirlas acercarse a gran velocidad, directo a la nuca de aquellos tres siendo efectivas para matarlos al instante. Sin embargo, sus pequeñas armas no llegaron a su destino, y él se vio tan asombrado como furioso ante el hecho.

¡¿Por qué no habían llegado?! ¿Había fallado en la trayectoria? ¡No, imposible!, ¡eso era imposible, con un demonio!

¿Qué creéis que le estáis haciendo a mi hijo? — desde el suelo aún, frunció notablemente el ceño.

Había hablado una voz masculina, un poco suave, pero que se notaba sombría.

¿Vuestro hijo? — el hombre del fuego se notó contrariado mientras bajaba la katana.

¿Es necesario repetíroslo? Creo que es obvio. Observad ese ridículo color de cabello — Sasori oyó una voz, levemente burlona y sarcástica, en conjunto con el inmediato gruñido de otra presencia.

Cuando estuvo a punto de intentar levantarse para salir corriendo, unas gentiles manos lo voltearon hasta que quedó de espaldas al suelo. Abrió un poco la boca al ver el cabello abundante y azul de una muchacha bastante bonita, sus ojos eran ambarinos, casi amarillos, y le sonreía amablemente con una leve mueca de regaño. Él se abstuvo de preguntarle quién era, pues ni en sueños haría eso con aquellos ninjas allí presentes. La mujer lo cargó y lo acunó junto a su pecho, y él inmediatamente sintió que recuperaba todas sus fuerzas perdidas.

Es cálida…

¿Qué os he dicho, cariño? — cuestionó ella con cierto tono de reproche —. No podéis adelantarnos por días. No sois un ninja — la observó levantar la ceja, invitándolo a contradecirla en aquella situación.

Como un niño inteligente, Sasori contempló la segunda intención detrás de sus gentiles pupilas.

Detrás de ella, los tres hombres que lo habían lastimado cayeron silenciosamente en medio de un charco de sangre, buscando desesperadamente la supervivencia intentando arrastrarse entre quejidos.

Oh, creo que no — rió aquella voz burlona y Sasori observó la sombra de la guadaña cortar el aire.

Todo se detuvo, incluso el tiempo y el sonido. El pelirrojo sabía perfectamente que la gente que venía con la hermosa mujer que lo cargaba, había matado a los guardianes tan silenciosamente como un ninja experto. Se sintió temblar, preso de cierto temor y maldiciéndose por haberse quedado allí mucho más tiempo del necesario. Ya podía correr y perderse entre la maleza, pero había algo que le impedía zafarse. Si ellos habían matado de aquella manera, no creía que él pudiera, con su pequeño y débil cuerpo, enfrentarse a tanta eficiencia.

Tranquilo — le susurró ella empezando a caminar.

Sasori podía escuchar los muchos pasos de los demás que la seguían, sin embargo, no podía verles el rostro debido a su posición.

¿Quiénes sois? — se aventuró a preguntar él, un poco temeroso de la posible respuesta, mas aparentaba que nada le preocupaba.

La mujer le brindó una breve sonrisa cálida como los rayos del sol.

Somos vuestros amigos — fue lo único que respondió.

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— ¿En menos de un mes, entonces? — la reina del este elevó sus finas y rubias cejas.

El enmascarado de cabello platinado asintió.

— El príncipe Sasuke se unirá a Ino del Hielo. El Reino del Norte estará en celebración por días — se despojó de su máscara de animal y mostró sus penetrantes ojos oscuros.

Los ojos de miel de Tsunade se entrecerraron, dudosos.

— ¿No era una Yamanaka? — inquirió con un poco de diversión.

Kakashi se encogió de hombros.

— Internacionalmente, su familia materna tiene más jerarquía. Es la décima nieta del emperador, después de todo — pronunció firme en su sitio.

La rubia tomó sus coletas entre las manos, apoyándose en el espaldar de la silla detrás de su escritorio y mirando a Kakashi con una ladina sonrisa. Este suspiró derrotado, otra vez. Sabía exactamente lo que iba a pedirle.

— Kakashi, sabéis de culturas e idiomas, después de todo, vos también sois extranjero — alegó ella con obviedad —; no os resultaría un gran problema obtener una invitación especial del Imperio de Hielo, ¿verdad? — se inclinó sobre el escritorio con aquel tono de dureza.

Los ojos masculinos notaron que los pechos de la reina se aplastaban contra el escritorio y casi sobresalían del sencillo escote del vestido. Carraspeó y se dijo que debía pensar menos en sexo y más en trabajo, sobre todo en uno más o menos complicado cuando se trataba de visitar a un emperador en calidad de diplomático. Tsunade lanzó una baja risa áspera y volvió a su posición inicial junto al espaldar. Kakashi solía ser bastante pervertido pero muy profesional.

— Lo que me digáis será cumplido — reverenció desde su lugar —. ¿Algo más que deseáis?

— Llamad a Shizune. Cree que no tiene trabajo — aseguró irónicamente y Kakashi se dio la vuelta para desaparecer detrás de la ornamentada puerta.

Tsunade sonrió observando sus planes abstractos. Necesitaría suerte, demasiada, de hecho. Habría querido esperar más tiempo, pero la boda le caía como anillo al dedo para adelantar ciertos hechos, como acercarse lo más posible a la los Uchiha e indagar lo más que pudiese.

Ladeó un poco el rostro y se quedó con la vista fija en una pintura de gran tamaño que cubría casi la mitad de una pared. El rostro masculino y sonriente daba la impresión de devolverle la mirada azul, tan suave y determinada como lo había sido en vida. Dan Katō, el fallecido rey del este, su único y eterno esposo, podría tal vez sentirse feliz en donde quiera que estuviese. Tsunade estaba tratando con mucho ahínco de cumplir su sueño de paz en el imperio, y tensas como estaban las cosas, presentía que todo estallaría rápido y se requerirían sacrificios.

— Deberías ver a vuestra sobrina, Shizune. Ahora es toda una mujer capaz y me hace trabajar a deshoras… ¿No os parece familiar? — rió con humor y luego frunció el ceño —. Creo que necesito sake… — se levantó y sus tacones resonaron antes de detenerse sobre la alfombra —, solamente un poco. Os lo prometo — sonrió a la tentativa observando el retrato.

Sus pasos se dirigieron a la sala contigua.

El retrato de Dan pareció sonreír mucho más.

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En una sala plenamente iluminada por la luz del sol, se encontraban varios ninjas con sus ropajes de mallas negras y sus instrumentos de batalla. Madara los había citado esa mañana para hablar sobre los asuntos fronterizos, alegando que el regente, Neji Hyūga, era un potencial sospechoso de un posible golpe de estado contra el Reino del Norte, y que por supuesto, el Reino del Sur le estaba ayudando a ver sus planes culminados proporcionándole armamento y tropas.

Aunque todos tomaban aquella premisa como una acción factible, para Naruto, dar por hecho que la situación real era así, le parecía demasiado precipitado. Era sabedor de lo que había pasado mientras el norte y el oeste estaban en guerra, y que Neji formaba parte de la familia derrotada, mas no le creía capaz de arriesgarse de aquella manera tan abierta. No lo conocía demasiado, pero las pocas veces en las que su despiste dejó de imbuirle la sangre, pudo notar el brillo calculador y cauteloso en sus ojos perlados, exactamente iguales a los de Hinata pero con una mirada sumamente distinta.

Al rubio todo eso le sonaba a gato encerrado, y no porque estuviese defendiendo al primo de la mujer que amaba, sino porque podía verlo objetivamente. Él no pertenecía al Imperio del Fuego, ni siquiera tenía su afinidad de chakra, así que le resultaba bastante clara toda la situación. Se suponía que los Uchiha querían eliminar a los Hyūga a toda costa (y hasta donde sabía, solamente quedaban Neji, Hinata y la hermana pequeña de esta). Hinata le había comentado que le causó mucha intriga que una persona como Madara, el eterno ganador de la guerra, la hubiese dejado vivir bajo su mismo techo, por lo que Naruto supuso que no podía hacerle daño; Hanabi estaba perdida en algún lugar y ni siquiera ellos sabían su paradero.

Y a pesar de que se aliviaba porque el consejero de los Uchiha no pudiese tocar a su Hinata, le resultaba mal sabor de boca que el único Hyūga disponible para sacar del camino, fuese alguien que a él, sin influencia externa, le pareciera más que honorable. Suspiró sonoramente y reclinó sus enguantadas manos sobre la mesa, fijando sus ojos azules en algún recuerdo lejano del lugar donde había crecido: el Imperio de la Arena; tan diferente de todo el caos que se vivía allí. En un momento, se encontró preguntándose cómo le estaría yendo a Gaara como el nuevo emperador. Después de todo, era su amigo de la infancia.

— Odio esperar — Naruto volvió la cabeza y vio la mueca desdeñosa de Sasori.

Una de las pocas muecas que le había visto hacer en los tres años que llevaba allí. El joven pelirrojo se recompuso en cuestión de segundos, como si se hubiese dado cuenta apenas de lo que acababa de decir. Resultaba realmente raro que una persona tan profesional, perdiera la paciencia por esperar unos cuantos minutos más de lo acordado; y cuando aquello parecía hacer mella en Sasori, entonces el ambiente parecía tensarse en segundos. Casi podía sentir el aura pesada de los demás y sus propios hombros cargados.

— Seguramente ya vendrán en camino — mencionó el rubio haciendo uso de su hiperactivo tono mientras miraba hacia todos los lugares.

Aunque él también estaba un poco ansioso de que llegara el momento en el cual los demás se aparecerían por esa puerta, sobre todo porque quería confirmar ciertas sospechas, estaba un poco temeroso de que Madara cruzara esa puerta y decidiera matarlos a todos. Era una paranoia, una simple paranoia de su cabeza, pero cuando Naruto le veía a los ojos, no podía ver más nada que la insigne oscuridad de su ser. Desde que estaba pequeño, había descubierto que tenía un don extraño para leer el alma de las personas que le rodeaban, y gracias a eso, se había salvado de diversos intentos de asesinato que había sufrido, aunque nunca supo muy bien el porqué de tanto afán de desaparecerlo de la faz de la tierra. Ahora que estaba en el Imperio del Fuego, los ataques hacia su persona habían desaparecido, pues nadie lo conocía en ese lugar tan alejado de la Arena.

Sus irises azules contemplaron de nuevo las facciones tranquilas de su superior, tratando de adivinar lo que estaba pasando por su cabeza. Daba por hecho de antemano que Sasori era una persona completamente distinta cuando estaba sin encargo dentro de la guardia. Podría jurar que fuera de sus obligaciones era comprensivo, buen oyente y hasta cariñoso en ciertas ocasiones; lo sabía por todo lo que había alcanzado a ver mientras cuidaba a la linda preferida que le habían encomendado. Los había visto besándose cuando creían que nadie les veía, y pudo notar con cierto terror la sombra que se alejaba desde otro pasillo.

No lo culpaba, ni mucho menos iba a delatarlo cuando él estaba en la misma situación, además; ¿qué ganaba con eso?

Sin embargo, no pudo dejar de notar la eficiencia al dejar todo lo demás de lado para servir como un perfecto ninja, y sus escasas expresiones lo demostraban.

Sasori se volvía más frío que un iceberg y más astuto que de costumbre, no cabía lugar para ningún tipo de réplicas y solamente existía aceptación de una táctica muy bien preparada y aceptada por él mismo. Parecía ser que no sentía remordimientos al involucrar personas inocentes en sus planes, y eso le agregaba bastantes puntos si se refería a la crueldad.

Todo por el bien del Imperio; se repitió el rubio en su mente, impresionándose de lo arraigados que podían estar los ideales en algunas personas. Él nunca podría idear algo tan macabro como los planes que solía maquinar Sasori.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la llegada repentina de un grupo de personas vestidas con las mismas indumentarias de ellos, portando consigo un montón de armas desu reino. Los recién llegados se acercaron a una mesón largo y descargaron allí el sin fin de armas de guerra. El pelirrojo de ojos color miel, se acercó hacia el mesón y observó detenidamente con ojo analítico cada arma, desde el reluciente kunai hasta el sai más brilloso.

— ¿Confiables? — preguntó con su tono neutral mirando los rostros de cada uno de ellos. Todos asintieron.

— Así es, señor. Proporcionadas por los Yamanaka — habló uno de ellos con la voz sumamente afinada —. El mensajero ha indicado que el escuadrón número siete ya está rumbo al sur — finalizó para luego dar una apreciada reverencia.

Sasori no se inmutó y ellos dieron la media vuelta para salir en perfecta sincronía, bajo la pupila clínica del hombre en cuestión. Naruto notó que estuvo a punto de decir algo más, sin embargo, por la puerta se presentó la presencia de Madara con su típico ropaje ninja cubierto por un haori rojo. La mirada del Sharingan le hizo desviar los ojos hacia el mesón, como a todos los demás presentes, en medio de una reverencia; no obstante, Sasori se mantuvo impasible después de dar su señal de respeto.

Madara le miraba con una expresión de pocos amigos.

— Veo que ya tenéis las armas. Partiréis mañana a primera hora, dándole tiempo al escuadrón número siete — soltó como si hablara del clima —. Esperad mis órdenes — exigió mientras recorría la sala con sus orbes carmesí.

Algunos asintieron y otros miraron tentativamente a Sasori

— Como digáis, su excelencia — respondió este con tono automático.

Madara lo observó con desdén, analizando los mechones rojos de su cabello y los ojos de arena desértica. Hubiese querido ir con ellos para asegurarse de que todo salía bien, pero por ningún motivo debía dejar a Sasuke a merced de Itachi, porque corría el riesgo de que todo se saliese de control. Levantó una ceja y se giró hacia la puerta.

— Ya sabéis — dijo y se devolvió por donde había venido.

La sala pareció descargarse de toda la tensión contenida. Naruto incluso llegó a escuchar varios suspiros y murmullos de alivio entre los demás guardianes, y entendía aquella sensación mejor que nadie. Los Uchiha, específicamente Madara, daban un miedo atroz.

— ¿Cuál es vuestro plan, Sasori-sama? — Interrogó uno de los tantos hombres a su alrededor mirando al pelirrojo con expectación.

Él tenía la enguantada mano sobre la barbilla, como pensando profundamente en algo.

— Como os ha dicho Madara-sama — pareció hacer una breve pausa —, esperaremos a que el escuadrón llegue o esté lo suficientemente cerca. Nosotros somos el elemento sorpresa.

— ¿Y luego? — cuestionó Naruto con una voz más seria de lo normal.

Casi tembló cuando Sasori le miró con aquella expresión que, podía jurar, era macabra.

— No os olvidéis de Neji Hyūga. Debe volver vivo si se comprueba su posible traición — habló con severidad mientras los demás asentían —. Por lo demás, Madara-sama querrá que matemos a todos los traidores. Hacedlo — terminó y salió con paso calmado de aquella sala.

Naruto observó que los demás salían detrás del pelirrojo, pero él se quedó estático en su sitio. Formaría parte del escuadrón de Sasori, y no podía haber deseado más que haberse quedado encerrado en el castillo por el resto de su vida.

Estaba seguro de que todo aquello, sería una masacre.

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Sakura suspiró desganada y luego negó energéticamente con la cabeza, como si alguien le hubiese dicho algo especialmente vergonzoso. Sus pensamientos desvariaban desde la tarde anterior, en la cual se había visto enfrentada en medio de dos hermanos, igual de peligrosos y macabros en su medida. Y ella había tenido la osadía de poner la mano sobre la suya… ¡solamente ella sabía qué le había pasado por la cabeza! ¿Cómo se había atrevido a ponerle una mano encima al emperador? Estaba loca, completamente loca.

Pero aquello no había sido lo peor, ¡oh, no! Lo peor había sido cuando él cubrió la suya con su otra mano libre, como haciéndole una confidencia, con aquella luz suave en la profundidad del pozo lúgubre de sus ojos, como dos luciérnagas buscando la luz… y ella se había sentido nerviosa, tanto como para que su corazón se acelerase mirándolo con atención. La calidez que había invadido su cuerpo a través de aquel toque, no le parecía normal. De hecho, nada de lo que pensaba últimamente, se lo parecía.

¿Qué le estaba pasando?

"Creo que es cierto eso de que los Uchiha encantan con sus ojos"; le dijo la vocecilla de su cabeza.

La muchacha se colocó la mano en el pecho con una mueca compungida, como queriendo llorar. Tenía el corazón acelerado nuevamente con aquel simple pensamiento, y eso tampoco podía ser normal. La voz en su cabeza debía tener razón, porque ella no tenía otra explicación coherente. Extrañaba a Sasori a todas horas, y necesitaba tenerlo a su lado todo el tiempo, pero a pesar de que era su guardián, esa misma mañana le había dicho que debía ocuparse de asuntos con respecto a la guerra en el sur.

Y el hecho de pensar que Sasori tenía que estar en peligro y lejos de ella, la colocaba en un estado permanente de tristeza y alerta a partes iguales. ¿Qué haría ella si a él le pasaba algo? ¿Cómo viviría? ¿De qué manera volvería a ver el mundo si no era a su lado? Tenía que calmarse. Él era un profesional, y como todo profesional, era excelente en su trabajo y volvería sano y salvo, sin apenas un rasguño.

Miró hacia su regazo, donde los largos mechones rosados caían desordenadamente sobre el vestido verde agua que debía usar esa noche. Sakura había estado allí sentada, con el vestido sobre sus piernas y notablemente sonrojada por lo ligero y la trasparencia que este presentaba. Parecía la última capa traslúcida del kimono, pero este era cerrado, con dos tiras que se ceñían a sus hombros y un bonito bordado en plata de las olas marinas en la desahogada falda.

Demasiado transparente; se dijo escandalizada.

"Es bastante… sugerente"; animó la otra presencia.

— Oh. Conque aquí estabais — Sakura giró los hombros hacia la dirección de la voz.

Hinata se acercaba con paso ligero, con el cabello negro suelto y haciendo contraste con el impecable vestido blanco puro que llevaba, muy diferente a los kimonos que estaba habituada a verla utilizar.

Y no es transparente, cabe aclarar; se dijo con voz irónica.

— Hinata. Estáis hermosa — la vio sonrojarse entre su asentimiento.

— G-Gracias, Sakura — tartamudeó y luego pareció recordar algo —. Mirad, ha llegado esto para vos — informó mientras le tendía un pequeño paquete envuelto una tela plateada.

Sakura lo observó analíticamente y frunció el ceño mientras la pelinegra depositaba la pequeña bolsa en su mano.

— ¿Sabéis quién lo ha enviado? — preguntó con un tono de duda mientras echaba la cabellera hacia un lado.

Hinata negó con una expresión desconcertada y agitó los hombros. Sakura Observó a la mujer y luego de nuevo sobre el objeto, notando que tenía su nombre bordado sobre la tela. Intrigada, fue desenvolviéndola poco a poco. Los ojos perlados se observaron frente al espejo a un lado de la muchacha sentada.

— No tengo idea, sólo supe que era para vos porque vuestro nombre está en la bolsa — concluyó, dando por hecho que Sakura no sabía leer.

No obstante, ella sí que sabía cómo hacerlo. Se encontró con que el pequeño objeto estaba dentro de otra bolsita que, esta vez, era blanca. La muchacha se impacientó y algo de nerviosismo hormigueó en su cuerpo. ¿Qué persona se tomaba el tiempo de envolver todo eso tan delicadamente? Como si tuviese un secreto que ocultar o algo así.

Hinata bostezó a su lado mientras intentaba recogerse el cabello. No había podido dormir demasiado debido a que tenían una visita de la señorita Ino en menos de un día, y tenía que preparar a las favoritas para que se comportaran como princesas ante ella. La boda estaba a menos de un mes de efectuarse, y si no terminaban por caerle bien del todo, la futura emperatriz iba a hacerles la vida imposible. Sabía que las odiaba a todas, sin embargo, con ella había sido un poco más indulgente.

"Sois la hija de un antiguo rey"; le había dicho, pero la mueca desdeñosa de su rostro no había desaparecido.

Sakura terminó por desenvolver la tela blanca rápidamente y dejó ver el curioso broche escondido en este. Sus ojos verdes se abrieron con curiosidad mientras lo giraba hacia todos los ángulos, dejándolo un poco a la gran luz que entraba por el ventanal.

Simplemente hermoso; pensó maravillada al sentir el relieve del material.

Azul y plata eran los colores que le daban cierta vida a aquel curioso artefacto que aguardaba entre sus blancas manos. Sus ojos verdes recorrían su fina decoración como si fuese lo más bello que hubiera visto jamás. Tenía la forma de una ola plateada adornada con un montón de piedras azules en miniatura, las cuales parecían estar llenas de agua cristalina a juzgar por la sensación de movimiento que le causaba; a un costado (y casi saliéndose del borde), llevaba la mitad de una piedra gris muy oscura. Y brillaba, de hecho, todas brillaban tanto que tuvo la sensación de que se marearía.

¿Quién le habría mandado aquello? Ese broche nunca lo había visto, y estaba completamente segura de no haber tenido nunca algo tan valioso entre las manos. Sakura siguió contemplando el broche con una creciente curiosidad casi palpable que la morena a su lado pareció presentir.

— Se parece mucho al broche que la señorita Yamanaka siempre lleva consigo — aseveró una muy sorprendida Hinata —. La única diferencia es que el de ella tiene joyas blancas — colocó los dedos sobre su boca y se extrañó.

Sakura hurgó con desespero dentro de las bolsitas y encontró un diminuto papel, girándose hacia Hinata con creciente desconcierto. Los ojos perlados le devolvieron una mirada de intriga.

— "Cuídalo bien" — leyó la joven después de desenvolver el escrito.

La pelinegra se asombró.

— ¿Sabéis leer? — interrogó con obviedad.

La joven de hebras rosadas contuvo el deseo de rodar los ojos.

— Sí, sé leer — respondió —. Pero no lo digáis a nadie — le guiñó un ojo y la pelinegra negó fervientemente con la cabeza.

Su madre le había enseñado cuando estaba pequeña, y al poco tiempo había aprendido a hacerlo perfectamente, impresionando a su madre en el camino. La pequeña mentecita de Sakura era bastante adepta y práctica en ese tipo de cuestiones, con decir que prefería mil veces leer y escribir que tener que pasar horas limpiando.

"Al menos que Sasori esté cerca, vigilándonos"; murmuró la voz en medio de una risilla.

Sakura tuvo que contener una sonrisa, centrándose en ese nuevo regalo que había recibido de alguien desconocido. No podría haber sido su madre, o al menos se lo hubiese dicho en alguna carta (aunque había recibido solamente una desde que estaba allí y se sentía un poco triste), y tampoco creía que el regalo pudiese provenir de alguien dentro del palacio. ¿Quién le regalaría algo? Era suficiente con todos esos vestidos y los accesorios que debía utilizar.

¿Era una equivocación? No, tampoco creía tal cosa. No había (al menos que ella supiera), demasiadas "Sakura" en el Reino del Norte, y definitivamente ninguna otra favorita se llamaba como ella, ¿verdad? Entonces, indudablemente, el regalo era suyo. El extraño broche, le pertenecía.

Solamente le faltaba averiguar de dónde provenía.

— ¿Tenéis idea de quién os lo envió? — murmulló la voz interrogante de la otra mujer.

Ella negó, sintiendo con sus dedos que detrás de la hermosa visión del broche, se sentían ciertos grabados. Giró la joya y se encontró con un pequeño grabado, apenas sobresalía de la plata, pero era bastante visible.

No obstante, aquello sí que no lo podía leer. Estaba con una escritura extraña o antigua, tal vez extranjera; no lo sabía con exactitud, debido a que nunca había cruzado el portón más allá del reino.

— ¿Sabéis que dice, Hinata? — interrogó mientras se lo tendía.

La observó arrugar el entrecejo con concentración en cuanto lo tuvo en sus dedos.

— Recuerdo que mi madre tenía un libro en esta lengua, es antigua — Sakura sintió un cosquilleo ansioso en su pecho —; pero no recuerdo cómo se llamaba ni cómo se lee. Lo siento por no poder ayudaros — la pelinegra arrugó los labios y le tendió el broche.

Sakura lo sostuvo de nuevo con los ojos caídos. Había tenido la esperanza de saber qué era lo que allí decía, no obstante, si Hinata, que había sido una princesa, no podía leerlo, entonces no creía que alguien más pudiera hacerlo. ¿Quién estaba más capacitada que ella para saber eso? Después de todo, era una lengua antigua, de esas que ya no se estudiaban, no al menos que ella supiera.

Admiró el broche una vez más y lo guardó a toda velocidad dentro de las telas. Hinata la observó con duda cuando ella lo guardó en las profundidades de su gaveta personal. Por alguna extraña razón, algo le decía que no debía mostrarlo... "Cuídalo bien"; decía la nota.

La muchacha morena se encontró preguntándose si aquel no había sido un regalo del emperador Itachi, o hasta del mismo príncipe Sasuke. Pocas veces había visto joyas tan valiosas más allá de su propio broche familiar, sin embargo, más allá de todo aquello, estaba el hecho de que ella sabía leer. Ninguna de las demás favoritas sabía, y provenían de lugares más pudientes que el de la misma Sakura, a juzgar por lo poco que había visto mientras había residido en los lugares apartados del pueblo poco después de que la llevaran, junto a su primo y hermana, hasta allá.

— No puedo mostrar esto a nadie — habló la chica de hebras rosadas en voz alta, más para sí misma que para Hinata.

Asintió con energía y cerró la gaveta de golpe, levantándose y dándose la vuelta como aparentando que nada había pasado.

La pelinegra se dio la vuelta y ondeó un poco el vestido blanco. Sakura aún tenía entre sus manos el vestido aguamarina traslúcido, estrujándolo con nerviosismo. Hinata suspiró un poco y salió con un ademán, bajo la atenta mirada verde de la otra mujer.

Esta viró el rostro hasta el estante, casi como si pudiese ver su interior si pusiese la concentración suficiente. Un escalofrío inexplicable recorrió su cuerpo y ella respingó antes de dejar el vestido en la silla, para luego salir a toda velocidad por el mismo lugar por donde Hinata había desaparecido.

La sensación del misterio saltaba sobre su corazón.

.

El violento viento azotaba con fuerza el pelirrojo cabello del ninja sobre la rama, cuyos ojos calculadores miraban con atención los frondosos árboles frente a él, como si estuviese esperando que cualquier cosa apareciera. El cielo tenía un exquisito matiz entre naranja y morado que le daban cierto brillo ambarino a sus ojos, el cual desapareció cuando él ladeó un poco la cabeza hacia su hombro derecho, consciente de la presencia que había aparecido detrás de él tan experta como silenciosa.

Deidara miraba el cabello de Sasori con suma atención, sabiendo a la perfección que él se había percatado de su presencia desde que había llegado, no obstante, no decía palabra alguna. Con una media sonrisa, recordó cuando los dos eran apenas unos críos de siete años y él acababa de ingresar a Akatsuki, aquella extraña y misteriosa organización criminal que parecía tener la mano metida en muchos problemas internos de los imperios. Sasori ya tenía un año allí, y le había resultado muy curioso que un niño tan pequeño tuviese esa mirada tan seria, casi lo contrario a él.

Mucha había sido su sorpresa al enterarse de que tenían la misma edad, pues la diferencia de estatura entre ellos era bastante considerable, sin embargo, se dio cuenta al poco tiempo que el pelirrojo era realmente un genio. Casi nunca hablaba, pero se dedicaba con fervor a crear marionetas con apariencia de animales, demasiado perfectas para haber sido elaboradas por un niño tan diminuto y un poco macabro. Se desesperaba fácilmente cuando algo le salía mal, y Deidara lo escuchaba murmullar entre dientes que sus marionetas debían ser eternas y perfectas, y que no debían salir mal.

Deidara había reído sonoramente y él había girado la cabeza, fulminándolo con la mirada. "¿Quién quiere algo que no puede transformarse? ¿Qué siempre se ve igual? Dad gracias a vuestros dioses de que no sea así."; le había dicho él, y entonces Sasori se había puesto más rojo que su cabello, alegando que él no tenía idea del funcionamiento del mundo. Él no respondió, porque a los siete años, no creía saber demasiado o mucho más que Sasori.

El caso era que, durante los dos años siguientes, Deidara había visto en Sasori un amigo, poco hablador, desprovisto de expresiones y bastante gruñón; pero un amigo al fin y al cabo. Les habían tocado más de diez misiones juntos durante ese tiempo, y allí el rubio pudo darse cuenta de su eficiencia, y de lo buen estratega y creador de venenos que era… después de todo, solamente los niños genios tenían cabida en Akatsuki, y solamente alguien como Sasori, podía hacer callar a Deidara.

El pelirrojo lo observó de reojo, notando que la coleta dorada de Deidara se agitaba al compás del viento junto a su capa tan característica. Las nubes rojas resaltaban en el fondo negro como una premonición de muerte para quien la viese. La última vez que la había usado, fue antes de que Konan le informase que debía mudarse al Reino del Norte, y eso había sido cuando tenía nueve años… tenía casi diez años extrañando portarla.

— Entonces ya habéis llegado — susurró al aire.

Deidara sonrió de medio lado aunque él no podía verle.

— Ya estamos aquí — afirmó cuando el viento le trajo sus palabras —. Vine a avisaros que nos llevaremos a vuestra abuela — siguió, aún agachado sobre la rama —; sería conveniente que preparaseis lo necesario... Um.

Sasori se levantó y dio media vuelta hacia él. Deidara le miraba con su brillante ojo azul a la expectativa, sopesando qué tipo de pensamientos se cruzaban en su mente. El pelirrojo lo observaba sin ningún tipo de expresión.

— ¿Tan pronto ya lo haréis? — su voz sonó un poco apagada.

El rubio entrecerró un poco los párpados.

— Haremos un par de cosas primero — lanzó con parsimonia y vio que él asentía.

— Salgo de misión mañana a primera hora. Hacia el sur. Os daré información — Sasori presionó el porta-armas en su muslo y Deidara asintió.

— Recordad: si queréis salvar algo más, procurad mantenerlo a salvo. Lejos del castillo… Um — concluyó y desapareció.

Sasori permaneció estático en el sitio, observando hacia el cielo con sus inexpresivos ojos claros. A veces quería no sentir absolutamente nada, simplemente el vacío de los sentimientos inexistentes. Para alguien como él, tal vez sería mejor ser una marioneta, sin emociones ni terceros que pudiesen desviarlo de su cometido.

Pero no podía. Todo sería más fácil si Sakura no hubiese aparecido como un rayo de luz en su oscuro cielo… ¿Qué era él sino más que un simple niño ansioso de venganza antes de conocerla? Ella le había hecho sentir de nuevo, recuperar la calidez que tanto le había faltado; lo había hecho preocuparse por él y, mucho más, por ella.

Porque era la única en toda su vida. Aquella que le había devuelto la felicidad que había perdido después de ver a sus padres, allí en la valla sangrienta, cubiertos totalmente de sangre.

Todos los del norte pagarían. Sin excepción.

El joven saltó hacia el suelo sin el más mínimo ruido, caminó un corto trecho y luego desapareció sin dejar rastro alguno. Sólo la hierba y el cielo, habían sido testigos de la conversación que allí tuvo lugar.

.

La joven de larga melena rosa se cubrió los brazos con un estremecimiento, caminando por el amplio pasillo rumbo a los aposentos del emperador. Sus ojos verdes volvieron a recorrer las antorchas, sintiendo el inminente final de su tranquilidad acercándose con pasos gigantes. Había sido un mes, un largo mes en el que Itachi no la había convocado a su habitación ni una sola noche, y ella suponía que la razón de aquello, era lo que había pasado al final de su primer día allí, la manera en la que ella había respondido.

Se imaginaba lo peor, porque solamente podía imaginarse eso. Él la castigaría, lo presentía, y estaba tan segura de eso como del amor que sentía por Sasori, al que solamente había visto en la mañana y había buscado durante toda la tarde sin encontrar su presencia. Tenía un nudo en el pecho, y estaba asustada de creer que Sasori y ella estaban cada vez más alejados, viéndose menos, besándose furtivamente cuando lograban estar cinco minutos juntos antes de que él tuviese que volver a los escuadrones.

Y entonces estaba el monarca, halándola con una cuerda corta sin reparar en el daño causado. Sus manos se paseaban por su cuerpo cada vez que podía, y su boca le había arrebatado más aliento que el que podía almacenar. Era extraña y frustrante la manera en la que se amoldaba a él cuando su presencia la alcanzaba, como si fuese algo más que el ser que la tenía cautiva allí dentro. El destello de amabilidad, que creía ver en contadas ocasiones a través de sus ojos, debía ser un espejismo formado por ella, evitando así que se sintiera mucho peor de lo que ya lo hacía.

Ella suspiró en cuanto llegó de nuevo a la puerta, haciendo uso de su muy buena memoria gráfica e ignorando completamente el emblema, cuya aura de supremacía le asqueaba a tal punto de provocarle arcadas. No sabía exactamente qué era lo que sentía, era como describir un remolino sentimientos encontrados y poco definidos. ¿Qué iba a hacer con su vida? ¿A qué tipo de lugar iba a parar?

Exhalando, ella tomó el pesado pomo y giró, temerosa de entrar al infierno que significaba esa habitación. Entonces, sin divagar demasiado, lo vio.

Sentado en medio de la recámara, de espaldas al espejo y un poco cerca de una pequeña mesa platinada. Había vino y tres copas allí, la tercera estaba caída, y la jarra de vidrio a medio camino de vaciarse. Y ella volvió a mirarlo, como no sabiendo demasiado bien qué hacer mientras cerraba la puerta a su espalda, con las pupilas desviándose hasta su mano visible.

Sakura observó el vaso de cristal a medio llenar entre sus dedos, e incluso atestada contra la puerta, pudo notar que el emperador estaba un poco adormilado, desparramado en la silla mientras que los mechones de oscuro cabello se escurrían por el espaldar.

— ¿Vais a quedaros toda la vida allí? — respingó cuando el habló —. Venid

Ella estrujó un mechón de su largo cabello entre las manos e inspiró el aire, conteniéndolo hasta que llegó a su lado. Su desnudo y marcado torso estaba perlado en sudor, o al menos eso le pareció, a juzgar por la brillantez húmeda de su piel bronceada. Él subió la vista hasta ella, y sus ojos negros la miraban sin verla realmente. Ella tuvo la extraña sensación de que sufría, pero aquellas distorsionadas pupilas debían ser obra del licor. Lo observó enderezarse un poco y ella sintió una fresca brisa pasar a través de su cuerpo, solamente cubierto por la traslúcida tela aguamarina. El sonido de la copa cayendo la trajo al lugar en el que debía estar

— ¿Señor...? — lanzó a la tentativa con la voz un loco temblorosa.

Por dentro, estaba rezando porque él decidiera dormirse allí sobre la silla.

— Sentaos sobre mí — exigió con voz neutral.

Los ojos verdes se inquietaron, incrédulos ante tal petición, sonrojándose a medio camino desde su lugar hasta las piernas de su señor, no obstante, cuando iba a sentarse, él la detuvo agarrándola por la cintura. Ella contuvo un jadeo de sorpresa, sintiendo el inmenso calor que sus manos le proporcionaban. Él le ordenó que se irguiera de nuevo y ella así lo hizo, víctima única del nerviosismo.

— Pasad una de vuestras piernas hasta acá — murmuró señalando su costado.

Ella casi pudo sentir que la tensión se le bajaba, dando por hecho que ya estaba sudando frío. Quedaría sentada sobre él con las piernas abiertas, su zona prohibida rozándolo con demasiada presencia.

Por los dioses, no; se dijo, mordiéndose el labio a la vez que acataba la orden. Ahora estaba a horcadas sobre él, los pechos perfectamente divisibles para sus ojos perfectos, mas él no parecía mirarla aún. Sakura se encontró rememorando la ocasión de la ilusión, sintiéndose presa de los recuerdos que su piel imaginaria aguardaba junto al tumulto de sensaciones. Aquello no había sido real, pero se había sentido como si lo fuese.

Itachi alzó la mirada y la escaneó, su lengua húmeda viajando a través de sus labios, como quien se prepara para devorar un manjar exquisito. Ella tuvo que contener el deseo de apretar las piernas. No importaba si empezaba a pensar en Sasori, su centro respondía a lo visual, al torso marcado, a las hermosas hebras de azabache. Las largas pestañas, los negros orbes mirando sus senos con deleite a través de la tela.

— Acercaos un poco más — dijo él, y Sakura creyó que cada vez hablaba más bajo, como compartiendo una confidencia libidinosa.

Sus piernas se movieron con la orden y pegaron al borde platinado del asiento, deteniéndose a escasos centímetros de la nariz de Itachi, la cual casi rozaba con la curvatura baja de sus pechos.

— Así está mejor. Sentaos — susurró, colocando las manos en torno a las piernas femeninas.

Ella sintió vibrar a su cuerpo, no sabiendo explicar si aquello era por el toque o por su propio nerviosismo mientras se sentaba sobre él. Le pareció que quedaba en el aire cuando llegó a su destino, casi aliviada de no estar sobre eso que su señor tenía entre las piernas. Sin embargo, su alivio no duró demasiado, pues las manos masculinas se deslizaron con fuerza sobre sus piernas hasta llegar a sus nalgas desnudas.

Él las estrujó sin prestar atención a las quejas y la atrajo hacia él, causando que sus bocas quedaran demasiado cerca y sus intimidades una encima de la otra a través de la ropa, aunque solamente la de él, pues ella no llevaba más que la tela traslúcida.

Ella le observó con los almendrados ojos verdes abiertos de par en par, pareciendo una asustadiza niña que no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Y tal vez, así era. Sakura realmente no tenía idea de lo que su cuerpo estaba experimentando. Los innumerables toques y besos furtivos en los pasillos, la tensión, e incluso la ilusión de la primera noche, habían sido algo burdo y sin fundamento que se veía opacado por la irremediable corriente ardiente que atenazaba su caliente cuerpo.

Estaba prácticamente desnuda sobre él, que iba en camino de estarlo, y saberse completamente consciente del hecho, hacía que su punto íntimo palpitara en respuesta, como esperando un premio pronto de consolación. Nunca se había sentido más sucia en su vida, pero tampoco había sentido esa sensación indescriptible del deseo.

Deseo...

Había encontrado su definición. Justo allí, sobre él.

Itachi era el deseo, fuerte e inquebrantable, el fuego quemándolo todo mientras ella imploraba ser consumida por él. La necesidad de que sus flamas alcanzaran su piel y la marcaran con tesitura, proclamándola como suya en medio de un festival de gritos.

Deseaba al emperador. Le deseaba tanto, que incluso dolía.

"No. No al emperador"; le instigó la voz dentro de su cabeza.

Deseo a Itachi. El hombre nada más. Sin título ni apellido; corrigió, con el corazón acelerado.

Ella echó la cabeza hacia atrás cuando su húmeda lengua se deslizó sobre el cubierto botón erecto de su seno, luego encajándolo entre sus dientes con una gentil presión que la hizo morderse los labios.

— Moved vuestras caderas — le escuchó decir de repente, trayéndola a la tierra.

¿Moverlas? ¿Cómo iba a moverlas si ni siquiera podía mover su cuerpo? ¿Qué intentaba pedirle?

Su desconcierto debió notarse en sus expresiones, pues Itachi había tomado sus caderas con aquellas varoniles manos, por lo que Sakura tuvo que apelar a su lado racional para no gemirle al oído con ese insignificante toque.

— Moveos así — murmulló mirándola a los ojos, con sus bocas a centímetros.

El moreno estrujó los dedos en torno a la piel tersa y guió el movimiento de sus caderas justo como él lo quería. Sus oscuros ojos observaban las mejillas arreboladas de Sakura y algo pareció acelerarse en su interior, como si la sangre corriese más rápido. Los pezones erectos se le veían y remarcaban a través de la tela, mientras que él empezaba a desear hundirse en la hermosura de sus encantos vírgenes. El movimiento tortuoso y lento de las caderas de ella sobre él lo estaba excitando, y en menos tiempo del que pudo prever, la joven se movía sobre él sin su ayuda, como una serpiente deslizándose con lentitud sobre la tierra.

Sus manos salieron del interior de su vestido y se dirigió hacia las tiras de este, bajándolas a través de sus brazos con premura. Los ojos verdes lo siguieron todo el tiempo, como queriendo grabar su rostro eternamente mientras continuaba la especie de movimiento en zigzag con más rapidez, sintiendo un leve aire cuando sus pechos quedaron totalmente expuestos. Sentía frío y sentía calor, no pudiendo decidir cuál era el más predominante sobre su cuerpo, al menos no hasta que Itachi cubrió uno de sus botones de cerezo con su delirante y caliente boca, jugando con este gracias a su lengua experta.

Ella jadeo y aumentó el ritmo de su constante movimiento, sin embargo, Itachi volvió a tomar un lado de sus caderas regulando el vaivén, la otra mano paseaba por su nuca con insinuante preposición. El pelinegro subió desde su seno hasta sus labios, estampándolos contra los de él con total monopolio de la situación. Ella gimió entre el beso cuando el emperador usó sus manos para levantarla mientras él lo hacía, con los dedos estratégicamente colocados en torno a sus nalgas. Ella rodeó su cintura con las piernas por el instinto de no caerse con tanta sensación de temblor.

Itachi la recostó sobre la cama, observando sus párpados cerrados y la cara enrojecida, la inocencia escurriéndose con cada bocanada de aire. Ella abrió sus verdosos ojos, oscurecidos por el momento, e Itachi tuvo un ramalazo de lucidez. No se suponía que debía estar haciendo aquello, siendo demasiado dulce y complaciente, tan paciente como el típico hombre que lleva por la senda de la lujuria a una mujer demasiado joven. Debía forzar sus límites si quería saber lo que debía. Ella se lo había dicho. Y así tenía que hacerlo.

Sakura sintió el fuerte tirón en su mandíbula a punto de quejarse, no obstante, los dientes de Itachi mordieron con rudeza sus labios, colocándola en un estado de alerta. Se estaba tornando violento. Ella agitó los brazos contra su pecho, pero él recargó su peso sobre ella, casi asfixiándola.

— ¿Vais a decirme algo, Sakura? — le susurró con voz lúgubre.

Su corazón empezó a palpitar con fiereza, presa del miedo cuando él deslizó una rodilla entre sus piernas, tratando de cerrarlas inútilmente antes de gritar cuando él mordió su cuello con poca delicadeza. Estaba asustada. Asustada de verdad. ¿Era el licor? Había estado bien hace un momento, y ahora ya no. Itachi se colocó entre sus piernas y tomó sus muslos con las manos para abrirlos más. El frío invadió su intimidad y ella titirito antes de que él masajeara sus nalgas con las manos demasiado calientes. Estaba usando el chakra de fuego. Iba a lastimarla. La iba a marcar, literalmente.

Ella se agitó y trató de levantarse aun si ni veía oportunidad alguna. No sabía si estaba más asustada que furiosa, pero la sangre se le estaba subiendo a la cabeza y tenía un desagradable cosquilleo en todo el cuerpo.

— I-Itachi-sama... me estáis lastimando — imploró ella, sintiendo algo duro pegado a los labios que cubrían su cavidad.

Ella empezó a temblar de terror, aun si aquello estaba aún dentro de los pantalones del emperador, se sentía sumamente incómoda y temerosa, queriendo escapar cuanto antes de aquella monstruosidad que quería invadirla.

Itachi tomó su mentón y la escaneó con los ojos del Sharingan, tan soberbios y macabros como siempre. Él acarició su mejilla, y Sakura tuvo la extraña sensación de que no iba a dejarla ir tan fácilmente.

— ¿Creéis que me importa si os lastimo o no? — empezó a decir con un tono helado —. No, no me importa. Vos sois mía, y puedo hacer esto cuando quiero — siguió.

Sakura vio con horror su sonrisa de medio lado, tan sádica y parecida a la de su hermano menor. No, no podía estarle pasando eso.

Él se lanzó a morder uno de sus pezones y ella gritó de dolor con aquel contacto, como si mil cuchillas ardiendo en fuego le hubiesen atravesado el estómago. Todo se sentía terrible, apocalíptico. Estar entre sus brazos ahora era como la muerte.

"Quitadlo, quitadlo, ¡ahora!"; rezongó la voz de su cabeza.

Y ella lo hizo en medio del dolor, sacando las fuerzas que no sabía que tenía.

El moreno casi cayó por el borde de la cama con ese total despliegue de energía, esa que solamente la supervivencia sacaba a relucir. Ella se levantó a trompicones, corriendo hasta el medio de la recámara antes de que Itachi se lanzara en su búsqueda.

El monarca agarró la falda traslúcida del vestido y la atrajo hacia él, causando que la muchacha de hebras rosadas trastabillara hacia atrás antes de girarse hacia él. Itachi notó que sus ojos tenían un destello extraño, casi fantasmal desde el fondo de sus irises; utilizó el Sharingan y se impresionó con el hecho de que no le estaba haciendo efecto alguno. Toda ella era furia y cólera, acusándole con esos ojos brillantes, fervientes de desafío… y eso fue todo lo que pudo pensar antes de que Sakura le cruzara el rostro con una potente bofetada que le hizo ladear la cabeza.

La moza observó la escena y luego a su mano, aterrorizada de lo que había hecho. No obstante, sintió una satisfacción demasiado grande con aquella descarga. Ella dio un paso hacia atrás cuando el Supremo del fuego volvió a alzarse, mirándola con el reluciente carbón de sus pupilas. Casi podía ver las ardientes llamas detrás.

"¿Qué se ha creído este? ¡Sha!"; volvió a replicar la voz casi tan molesta como ella.

— ¡Fuera! — exclamó poderosamente.

Ella tembló interiormente, luchando por no parecer la niña sumisa que él esperaba. Se dio la vuelta con trastabillante dignidad y salió de allí con largas zancadas. La puerta se cerró de golpe y ella oyó el galope de su corazón a kilómetros, sintiéndose un poco poderosa por lo que había hecho. Era... extraño.

Va a matarme. Le golpeé. Va a matarme; reparó ella, caminando con espasmos pero lo más rápido que podía.

Iba a morir, casi podía presentirlo.

En la habitación, Itachi lanzó una copa contra la pared. Se aplastó los mechones de negro azabache contra el cuello y caminó con lentitud alrededor de la habitación, un poco desesperado por toda aquella fatídica e incómoda situación.

Había visto lo que quería comprobar, pero ella había salido lastimada en el proceso. No le hubiese dado remordimiento alguno en otra ocasión o con otra persona... pero era Sakura, la más joven de las mujeres que él tenía allí.

Es una niña, solamente una niña; se trató de autoconvencer con un lógico razonamiento.

Entonces, los ojos verdes oscurecido de deseo y sus labios sonrosados se pasearon por su mente. Él había ansiado probarlos, más allá de todo el deber que tenía encima con su minuciosa búsqueda, más allá del leve mareo del licor corriendo por su sangre. Sabía que estaba así por algo más, aunque no quisiera contar con eso.

Todo, absolutamente todo, se estaba saliendo de control.

...

¡Huy! Se nos viene, ya lo veo... Jojojo, sigue la intriga.

Ok, ok. ¿Todo bien? ¿Qué tal les ha parecido el capítulo? ¿Quejas, dudas, tomatazos? ¿Qué vio exactamente Itachi? D:

Recuerda que si te gusta la historia, déjame saberlo. ¡Apóyame, querido lector! Te lo agradecería mucho. :33

¡Saludos y besos!