Disclaimer: Los personajes de Naruto NO me pertenecen, sino al mangaka Masashi Kishimoto.
Advertencias: El "Rated M" es por varias situaciones, desde las malas palabras hasta las escenas más hirientes o explícitas. Leer bajo un alto criterio.
¡Hola! Gracias por los comentarios, los favoritos y las alertas. Se les agradece muchísimo. :33
Gracias a Yami no Emi (¡Qué bueno que te haya encantado! Ya verás lo que pasará a continuación y... Uh, sí, una manera bastante peculiar de buscar hahaha, pero al fin se nos hizo el milagro de que tocara a Sakura. Win! ¡Disfruta el cap y graciaaas! :3), a Lyldane (¡No te mueras, mujer! xD Sabes que será un fic largo y bueno, puede que te desespere un poco no enterarte inmediatamente de lo que sucede haha. ¿Te imaginas que culpen a Neji? Y el pobre por allá bien lejos, tirado quién sabe dónde; en este capítulo te enterarás de su paradero. ¡Disfruta el capítulo! :3) y a hector19 (¡Gracias por el comentario! Bueno, no me caería mal un fan haha. ¡Disfruta el capítulo!).
Tienen un pedazo de mi escricorazón. :3 (Igual que los que me leen pero no me sé sus nombres ni paraderos :c -Se pone emotiva-).
En fin, sin nada más que decir…
¡A leer!
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Capítulo 7
Planes
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El rey Xiao Cheng Tsi caminaba impetuosamente con una mueca de desdén dibujada en su arrugado rostro, arrastrando consigo la larga capa gris a través de los lustrados pasillos, cuyo ambiente estaba exquisitamente decorado en oro blanco y elegantes tapices antiguos. Ese día se reuniría con toda su tropa para hablar sobre la situación general de todo el imperio, especialmente de la posición del su reino, el del sur, para con todos los planes que estaban trazando.
Aquellos lacayos que integraban el Reino del Norte, usurpadores que alguna vez habían sido aliados, les estaban poniendo las cosas muy difíciles en las fronteras. Desde un principio se suponía que él, como aprendiz del antiguo Supremo Hyūga y considerado (después de él) el segundo más fuerte del imperio, a pesar de haber sido tan joven en aquel entonces, debía gobernarlo; sin embargo, los Uchiha habían tenido tanta influencia por aquellos años, que nadie se opuso nunca a su mandato. Su padre lo había mandado a atrincherarse en su palacio, imposibilitándole salir luego de enterarse de la repentina muerte del emperador, con odio y rabia creciente hacia toda la descendencia Uchiha.
El Reino del Norte, a pesar de haber sido siempre el más pequeño, integrado por los más fieles seguidores de los Uchiha y otros pequeños clanes, había marcado una severa tendencia de poder y elitismo que se interpuso aun por encima de las buenas relaciones, incluso cuando todavía seguían siendo un imperio completo comandado por el emperador Hyūga. Todo aquello llevó a que, desde los clanes más grandes e influyentes hasta los más pequeños, dieran la aprobación de que ellos gobernaran.
Entonces los Hyūga habían empezado la guerra, y los Cheng Tsi, aun cuando no apoyaban el derramamiento de sangre entre familias con tanta estirpe, la causa justa y su mala disposición para con cualquiera que fuese un Uchiha, eran una excusa perfecta para apoyar todo aquello.
Ahora, con toda la guerra y la destrucción que aquellos intrusos habían anclado a sus territorios, Xiao veía la perfecta ocasión para eliminarlos de una vez por todas. Nada podía quitarle de la cabeza que los Uchiha habían conspirado en torno a la muerte del emperador, y aunque todos se habían dividido hacia sus respectivos territorios, ningún clan parecía dispuesto a enfrentar la aplastante realidad. Pero su dinastía era antigua, podía decir que era hasta más antigua que los primeros Uchiha, y por el peso de la ley de sangre y poder, los Cheng Tsi debían gobernar si no había ningún Hyūga libre que pudiese hacerse con el control.
Itachi Uchiha había conversado con él de una muy buena manera tiempo después de hacerse emperador, y a Xiao le había parecido un jovencito muy lúcido a tan corta edad. El moreno había tratado de proponerle un trato bastante tentador y luego persuadirle un poco, pero como dice el dicho: "árbol que crece torcido, sus ramas nunca enderezan", el rey del sur no había aceptado absolutamente nada que viniese de aquel chiquillo que, según su punto de vista, no estaba nada preparado para ser un verdadero emperador por provenir de una familia usurpadora.
Debía reconocer que el mayor de los hermanos Uchiha tenía un gran intelecto, tan extenso que incluso era capaz de sobrepasar en cualquier momento a su padre fallecido; había notado que era bastante organizado con sus ideales y bastante paciente con respecto al tema de la guerra entre sus reinos, incluso al parecer era bastante determinado, pues, después de rechazada la tregua, había mandado más peticiones de paz por los siguientes meses transcurridos, y aunque sus súbditos habían arruinado varias construcciones y conteniendo los atentados en la frontera, él seguía empeñado en sembrar la armonía y la concordancia entre ellos.
Xiao se había exasperado, y la guerra abierta había explotado cuando Madara Uchiha se había presentado en una de las zonas fronterizas, manchando la katana rodeada de fuego negro con la sangre de sus hermanos guerreros. "El emperador está cansado de vuestras blasfemias, ¿vais a rendiros ya?"; había preguntado antes de lanzar una baja pero aterradora risa.
Apretando los dientes ante el recuerdo, el rey del sur se detuvo frente a la gran puerta, con diseños de dragones elaborados en oro refinado, cambiando su insistente mueca por una de seriedad total. Había que tratar unos asuntos bastante serios. Los siervos que se encontraban a cada lado de la entrada, abrieron lentamente el portón para que su amo pudiese pasar al amplio salón de reuniones, en la cual siempre discutía con sus capitanes de confianza sobre los siguientes movimientos para acercarse a la victoria.
— Buenos días, su excelencia — reverenció uno de sus súbditos, el cual vestía ropa gris de redecillas en la parte baja de la pierna y en la mitad de los brazos, seguido de todos los demás secuaces.
El patriarca de los Cheng Tsi asintió y juntos caminaron rumbo a la gran mesa, con el monarca a la cabeza.
Sobre ésta, estaba extendido un mapa enorme que mostraba todos los territorios conocidos. El gobernante fijó sus ojos marrones llenos de concentración justamente en un territorio basto, en el cual se encontraba todo el Imperio del Viento. Ellos habían sido aliados del Imperio del Fuego en el siglo pasado por un muy corto tiempo, ya que, ellos mismos habían roto diplomacias y contratos entre las dos potencias.
Afincó un pincel sobre otra porción de tierra, donde se encontraba el prometedor Imperio del Trueno… Seguramente serían fuertes aliados del Reino del Sur en un futuro si esta quisiese derrotar por fin al Reino del Norte en busca del título de emperador. Y debido a que una de las hijas del Hielo iba a casarse con el príncipe, el Trueno era ahora un potencial aliado gracias a las pésimas relaciones que estos dos imperios tenían.
— El Imperio del Trueno… ¿Qué tal os parece? Ha ido creciendo en este poco tiempo como nunca antes. Estoy completamente seguro de que no le temblarán las armas si les proponemos una unión — recalcó convincente la mano derecha del rey. Éste mismo asintió.
— Probablemente. Esa potencia ha codiciado el Imperio del Hielo por siglos, si es que crece más y logra hacerse con el poder de ésta, seguramente tendremos perfectos aliados — reflexionó otro de los miembros al señalar todo el Imperio del Hielo, el más cercano al Imperio del Fuego pero con una cultura completamente diferente.
— Sería mucha suerte que lograran el control, pues el Hielo comparte una estrecha frontera con nuestranación — agregó el emperador de forma seria señalando dos puntos estratégicos sobre el mapa.
Todos estuvieron de acuerdo con esto.
— ¿No sería un poco temerario? — intervino otro caballero —, después de todo, el Hielo es un imperio muy grande. Los Yamanaka están estrechamente relacionados con el norte y el imperio gracias a la unigénita de Inoichi y Heira del Hielo — terminó con una expresión interrogante.
El rey sopesó la intervención junto con los demás capitanes.
— "Imperio antes que sangre" — citó uno de los altos mandos —. Si el emperador del Hielo se ve peligrando por estar de lado del norte, pasará por encima de los lazos sanguíneos que lo unen a su nieta, Ino Yamanaka; sobre todo porque ella no está en la línea de sucesión — aportó otro que parecía ser extranjero.
La mayoría de los presentes despejaron con alivio sus hombros.
— Ciertamente, el Imperio del Trueno es muy buena elección, ya que este tiene tratados con el Imperio del Viento, el cual actualmente no tiene afiliaciones. Lo verían como una buena alianza, sin duda alguna — pronunció la clara voz de una jovencita.
Todos giraron sus cabezas hacia el dulce sonido.
No debía tener más de veinte años de edad, y poseía una larga melena marrón chocolate con ojos de la misma tonalidad. Su cuerpo delicado estaba cubierto por un vestido holgado estilo chino de color dorado con detalles blancos, cuyo diseño combinaba a la perfección con sus zapatillas planas. Los súbditos le hicieron una reverencia de inmediato mientras el emperador sólo se limitó a fruncir levemente el entrecejo.
— ¿Se puede saber de dónde habéis sacado toda esa información, Tenten? — Interrogó suspicaz mirando a su hija directamente a los ojos.
El rostro de la muchacha adquirió un tono rojizo en contraste con su trigueña piel. Su padre solía ser bastante directo, sin inmutarse siquiera a la hora de preguntar aquello delante de sus capitanes, cuyas expresiones se tornaban incómodas.
— Revisé vuestro escritorio — le confesó de repente, con tanta naturalidad que todos la miraron con sorpresa.
En ese mismo segundo quiso darse una gran bofetada por su "perfecta metida de pata" ¿Cómo había podido decir algo tan terrible en menos de dos segundos? Definitivamente tenía que moldear su lengua en coordinación con su cerebro. Era muy inteligente, pero demasiado sincera como para dejar de cometer estupideces. Miró a su padre directamente a los ojos y se tranquilizó un poco cuando este no pudo evitar sonreír.
— Como veis, mi hija utiliza su conocimiento para revisar temas de suma importancia, seguramente una de las pocas mujeres que saben siquiera de qué estamos hablando — alabó el emperador haciéndole una caballerosa reverencia a su única heredera para que se acercase al grupo.
Ella suspiró y se acercó con paso seguro al grupo de hombres.
— Como toda digna sucesora, la princesa Tenten será tan reconocida como nuestro gobernante, Xiao Cheng Tsi — aseguró uno de los miembros de más confianza.
La princesa heredera se tomó su tiempo para sonrojarse ante el halago.
A pesar de ser la hija del rey del sur, la castaña era muy espontánea y sencilla a la hora de recibir tales elogios. A veces cometía errores en situaciones que ameritaban una capacidad alta de perfección y siempre hacía lo que creía que era correcto.
Tenten May Cheng Tsi estaba consciente de ser digna del apoyo y trono de su padre; no tenía hermanos ni algún pariente cercano apto para el trabajo que el rey cargaba sobre sus hombros. Fue por esto que Xiao decidió que su única hija sería criada como cualquier otro hombre, siempre y cuando mantuviera el encanto femenino cuando fuese requerido. Tenten siempre trataba con éxito de cumplir las expectativas que su padre colocaba sobre ella, y tenía dos motivos para seguir adelante aunque las pruebas impuestas fueran mucho más difícil que saber lo necesario para ganar una guerra: el trono y el orgullo infinito de su querido padre hacia ella.
— Muy bien, mis combatientes — habló el emperador —; Loua ya ha preparado vuestras embarcaciones. Mañana a primera hora partiréis rumbo a la frontera con el norte, no podemos darle ni un vestigio de respiro — promulgó el emperador.
Todos soltaron una afirmación enérgica y potente, reverenciando con marcado orden para luego retirarse a sus obligaciones.
Tenten los vio a todos salir y se mordió el labio. Era la hora de la verdad.
— Iré con ellos — anunció la princesa con voz firme sin bajar la cabeza.
El rey volteó a mirarla con incredulidad, como si no se creyera ni la mitad de las palabras que su hija le decía.
— ¿Cómo habéis dicho, princesa heredera? — preguntó Xiao, remarcando el título con obviedad.
Ella maldijo el don que tenía su padre para ponerla en evidencia.
— Como habéis escuchado padre — recompuso ella sin bajar la mirada —, iré con ellos — repitió, colocándose en el otro extremo de la mesa, quedando así frente a su padre.
— Debéis estar jugándome una broma — negó él —. Vos sois mi única heredera, ¡no puedo simplemente dejar que luchéis en tierras ajenas! — soltó alterado dándole un golpe a la mesa de madera rústica.
Ella dio un respingo, pero inhaló aire para acercarse a su padre. Sabía que iba a ser difícil, mas sentía que aquella era una prueba que debía pasar para considerarse digna del título que portaba con tanto orgullo. Xiao sintió el toque de su hija sobre el brazo y colocó su mirada marrón, como la tierra mojada, sobre las irises de su hija. La preocupación se remarcaba en sus envejecidas facciones.
— Padre — empezó ella —, necesito probarme a mí misma. Necesito comprobar que de verdad merezco el título.
— Hay infinidades de formas para comprobar. Muchas más seguras que esta — mencionó él con dureza.
— Sabéis que esta es la forma correcta — objetó con una determinada dulzura —. Os prometo que me cuidaré mucho — concluyó y desvió la mirada por un momento.
Los rayos del sol iluminaron sus ojos cuando ella miró al ventanal, directo hacia el cielo mientras recordaba a su madre. Xiao no pudo evitar que el pecho se le hinchara de orgullo al verla, tan parecida a su madre pero con el carácter que él mismo tenía cuando era joven.
No obstante, definitivamente no estaba convencido de lo que su hija le pedía… ¿Dejar que la princesa heredera expusiera su vida de esa manera? Los guerreros del norte no tendrían piedad con ella por ser mujer. Temía que la raptaran, temía por su vida. Su única hija.
Estaba entre la espada y la pared. Sabía que era verdad lo que Tenten le decía, debía probarse a sí misma que era digna de recibir el título que dentro de algunos años más tendría bajo su tutela; pero, ¿era estrictamente necesario que se probara de tal manera? Veía aquella hazaña demasiado arriesgada… ¿En realidad tenía otra opción? Cuando a la princesa se le metía algo en la cabeza, no había marea que la hiciese cambiar de dirección.
— Si te raptan, no esperéis ayuda — dijo con el tono más frío que pudo emplear, aunque por dentro una llama de preocupación ya crecía a grandes pasos.
La joven mujer le volvió a mirar con una sonrisa, y él no pudo evitar compararla con su amada esposa. Ella le soltó y reverenció para luego caminar hacia la puerta, su cabello agitándose contra su espalda.
— No recibiréis ningún tipo de aviso, os aseguro — aseveró ladeando un poco el cuerpo.
Inclinó la cabeza y siguió hasta cerrar la puerta detrás de sí, dejando al monarca completamente solo y un tanto perturbado por las posibles situaciones que maquinaba su cabeza.
Confiaba plenamente en que su hija podría defenderse, y que si se lo propusiera, ella misma acabaría con todas las tropas sin siquiera despeinarse o mancharse la ropa. Pero él sabía muy bien los peligros de la frontera entre el norte y el sur, porque los había vivido incluso antes de que Tenten naciera.
Pero debía tener fe en ella, porque cuando una princesa heredera quería algo, no descansaba hasta alcanzarlo.
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Sakura observó hacia ambos lados del pasillo antes de pasar al siguiente con pasos rápidos. Eran las cuatro y media de la mañana y ella sentía que había tenido el día más largo y misterioso de toda su vida. Hacía apenas cinco horas desde que había salido del cuarto del emperador, dando tumbos como una pequeña niña asustadiza de lo que su señor podía hacerle. Le ardían las piernas y le dolía la herida del cuello, la cual estaba empezando a tornarse morada, por lo que estaba tratando de ocultarla con su melena implorándole a los dioses para que Sasori no se diera cuenta.
No sabía lo que había pasado por su cabeza mientras él la tocaba, no recordaba ni remotamente todo lo que había sentido entre sus brazos. Era como si se le hubiese borrado todo de golpe a través de sus gritos pidiéndole que se marchase. Había sido lento al principio, muy lento… luego se había convertido en un toque brusco, sin delicadeza alguna, como si quisiese arrancarle la piel con las manos.
Ella se frotó los brazos y las imágenes se le apretujaron en la memoria. Quería olvidar todo aquello, pero estaba tan desvelada que no llevaba la coherencia de sus pensamientos. Ahora vería a Sasori, el cual le había dejado una nota debajo de su almohada que había visto cuando volvió a la habitación; y afortunadamente, ninguna de las demás se había despertado cuando ella salió a hurtadillas.
Dobló en una esquina y unos brazos la tomaron inmediatamente por la cintura. Su corazón palpitó emocionado y el frenesí en sus venas se hizo más palpable. Sasori le abrazó como hace mucho no lo hacía, escondiendo su apuesto rostro entre los mechones rosados cerca de su cuello. Ella estrujó el cabello pelirrojo con fuerza y cerró los ojos, con un sentimiento indescriptible inundando su corazón.
Es diferente… muy diferente de lo que siento con Itachi-sama; se dijo, pero luego se reprendió porque él precisamente viniera a perturbar sus pensamientos.
Sasori posó sus ojos miel sobre ella y Sakura pudo notar cierto brillo preocupado. Tenía las manos enguantadas y las ropas oscuras típicas de los ninjas, pero esta vez, llevaba enfundadas unas extrañas placas cortas de hierro, dos en cada brazo sin cubrir el codo.
— ¿Ya os vais? — atajó ella colocando las manos en sus hombros.
Él la abrazó sin decir palabra alguna, gesto que le preocupó. Parecía estar peleando consigo mismo.
— Sí — respondió escuetamente, notando la oscura mancha en su cuello aun con tanta oscuridad —. Necesito que os cuidéis. Cuidaos mucho de él — susurró y la apretó de la cintura.
La muchacha de ojos verdes tragó grueso frunciendo el ceño, haciendo uso de sus manos para apartarlo un poco. Sus dedos acunaron el suave rostro y depositó un beso en sus labios, sintiendo que una ráfaga de sublime viento la envolvía en aquella oscuridad.
— ¿Cuánto tiempo? — susurró contra sus labios.
El pelirrojo volvió a besarla antes de responderle.
— Dos semanas — murmuró, profundizando el siguiente beso antes de que ella pudiese decir algo más.
Sakura se entregó al sutil roce mientras lo envolvía con sus brazos por los hombros. Había casi olvidado la dulzura de los labios de Sasori sobre los de ella, pero ahora que volvía a recuperarlo, sentía que había aliviado sus heridas. No existía Itachi, ni castillo, ni palacio; solamente él, robándole el aliento y la vida. ¿Cómo iba a pasar tanto tiempo sin verlo? ¿Cómo iba a aguantar la ausencia de sus hermosos ojos mirándola? ¿De qué manera rememoraría la diminuta sonrisa amorosa? Tal vez se estaba volviendo dependiente de él, pero ahora mismo, no sabía cuál era el procedimiento para frenar todo el cúmulo de sentimientos.
Sasori le rozó la lengua con la punta de la suya y ella se estremeció de pies a cabeza apretujando los dedos contra los hombros masculinos. Exhaló el aire por la nariz y él la recostó contra la fría pared de tapiz rojo con bordados dorados haciéndola sentir la fría textura sobre la piel parcialmente desnuda de su espalda.
Él tomó el rostro femenino entre sus manos, como si tratara de controlarse a causa de algo que deseaba con vehemencia. Se sentía celoso, porque sabía que Itachi la había llamado la noche anterior; y él no quería preguntarle ni exigirle explicaciones de cuánto las otras manos le habían tocado. Sakura era suya, tal belleza no podía ser mancillada por cualquiera, menos por un Uchiha.
Ella jadeo cuando separaron sus labios y le miró con las pupilas nítidas, lúcidas de lo que sucedía.
— Sasori... — soltó su tono anhelante y le abrazó.
Había reafirmado su amor por él, seguía allí, intacto y haciendo explosión cada vez que se veían y tocaban calmando la necesidad, y ella se dijo que no podría ser de nadie más porque él era el único. Siempre lo había sido, incluso antes de que se diera cuenta a los quince, desde hace mucho que era de Sasori. El deseo por Itachi no tenía nada que ver entre los dos, no tenía cabida, pues lo que sentía por él era físico; incomparable a lo que sentía por el pelirrojo.
Él beso la punta de su nariz y le miró con los párpados entrecerrados. Solamente debía esperar un poco más de tiempo y todo acabaría, no tendría que verla furtivamente y podría detallarla todos los días y a todas horas, recorriendo con fervor cada una de las curvas de su cuerpo, sus almendrados ojos verdes como el jade y su larga cabellera rosada, tan extraña como enigmática.
— Esperad dos semanas — murmuró él sobre sus labios —, solamente dos semanas más para hablaros de algo — dijo seguro. Los ojos de arena parecían brillar.
Sakura volvió a besarle, y él se deleitó gustoso de nuevo, saboreando la dulzura con lentitud. Sasori cortó la interacción después de unos momentos y le abrazó, hundiendo la cara en su cuello. La joven jugueteaba con los mechones de su nuca.
— Yo os esperaré con desespero — susurró en su oído.
Él se separó y la contempló, casi maravillado de su sonrisa. Solamente para él. Eternamente sería así.
Se separaron luego de algunos forcejeos emocionales. Sasori adoptó la misma expresión profesional de siempre y le hizo una reverencia, ella por su parte, tuvo que contener el frenesí del momento y evitar reír. Cruzaron sus miradas por última vez antes de que él partiera sin decir nada más, con el común estoicismo dominando cada una de sus células.
Sentía intriga por lo que había dicho, pero aquel no era el mejor lugar para pensarlo. Sakura se incorporó y alisó la falda del vestido sencillo. La sonrisa en sus labios no desaparecía.
Ella caminó un poco y observó a todos los lados del pasillo por donde había venido. La escasa luz era cómplice de sus momentos allí pasados. Y de la última mirada dulce de Sasori.
Nada podía salir mal.
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Ino Yamanaka estaba concentrada mirándose al espejo mientras sus criadas colocaban las finas enaguas y armadores alrededor de ella. Su mirada era tan triste que sentía que no era ella a la que estaba observando, pero aun así, sabía que por sobre todas las cosas, aquella mirada azul vacía se debía a un único problema: Sasuke Uchiha. Su prometido y futuro esposo.
Alguna vez había querido casarse porque realmente le gustaba, ahora, todo aquello en lo que había pensado, solamente se había convertido en palabras vacías sin una base que las sustentara. Sólo bastaba ver su trato hacia ella, tan déspota y limitante que si se lo contara a su madre, esta estaría peor que la misma Temari. La trataba como una más, sin importarle que ella fuera importante en el Imperio del Hielo, sin importarle siquiera que ella fuera su prometida. Eso le dolía en el orgullo, porque ni siquiera podía decir que le dolía en el corazón. De hecho, eso le daba igual.
Su orgullo era lo que la tenía de aquella manera, y era casi tan dominante como la consciencia de que debía darle un poco más de prestigio y realce a los Yamanaka dentro del Reino del Norte. Era la nieta del emperador del Hielo, a quien había visto poco más de veinte veces en lo que llevaba de su vida, y al pensar en todo lo que dejaría atrás para encerrarse por siempre entre las paredes del castillo de fuego, solamente hacía que se sintiese peor. No volvería a su querida nación, donde había crecido y aprendido tanto.
Ahora inevitablemente debía casarse con un monstruo sin corazón. Todo por el bien mayor. No servía de nada lamentarse ante el hecho, ya que faltaba poco menos de un mes para el enlace final.
— Listo, ama — avisó una de las criadas del norte con un tono sumiso haciéndole una leve inclinación a la señorita.
La rubia platinada la observó a través del espejo y ordenó que todas las criadas salieran menos una que ella había traído, la cual la ayudaría a colocarse la tela beige de fina seda para quedar por fin presentable y lista para ir al castillo de los Uchiha.
La única presencia humana a parte de ella le acercó la prenda para colocársela.
— Levantad vuestros brazos por favor, mi lady — pidió la moza de hebras marrones a la muchacha de ojos azules en un perfecto tono sublime. La chica alzó sus extremidades y la joven asistenta deslizó la tela por el cuerpo de su ama.
— ¿Creéis que hubiese sido mejor casarme con el conde Lee? — Inquirió ella con tal confianza que la sirvienta abrió los ojos sorprendida.
La señorita jamás le había hablado de esas cosas tan directamente. Se aclaró la garganta y terminó por acomodarle completamente el vestido para luego observar la mirada triste de la muchacha rubia a través del espejo. Se veía que estaba sufriendo, pero no creía que le permitiera decirle algo tan obvio.
— Las decisiones debemos tomarlas nosotras mismas señorita, si vos escogisteis que lo mejor de todo era vincularse con el príncipe Sasuke es porque estabais pensando en vuestro bien y en el del Imperio… vuestros lazos imperiales se afianzarán — hizo una leve pausa —. Claro, aunque yo hubiese preferido mil veces al señor Lee, tenía muchas influencias — dijo la criada con una sinceridad que sorprendió a Ino por unos segundos, sin embargo, luego le dio la razón.
Tal vez Lee hubiese sido mejor elección.
Lee era algunos años mayor que ella, pero seguía siendo un señor influyente. Tal vez su cabello negro cortado en forma de taza y sus espesas cejas oscuras no le agregaran demasiados puntos a su atractivo, pero Ino debía admitir que era el hombre más enérgico que había conocido nunca. Tenía la suficiente hiperactividad como para levantarse a deshoras y entrenar, luego pasaba por el Palacio Helado dos veces por semana y le dejaba una rosa hecha de hielo rosa, bastante rara y escasa, incluso en su nación.
No era tan apuesto como Sasuke, pero tampoco tenía nada que envidiarle.
Recordaba como si hubiese sido tan sólo un día antes cuando él la había pedido en matrimonio años atrás (solamente contaba con unos catorce años de edad), pero aun así, su padre no había tomado aquella proposición y tuvo la amabilidad de rechazarla con toda la educación que lo caracterizaba. Todo un desperdicio.
Inoichi Yamanaka ya había tenido perfectamente maquinado el perfecto futuro esposo para su hija, por lo que había tenido que rechazar la propuesta del bien conocido joven amante de los deportes.
Y ella había aceptado el hecho, sin rechistar siquiera. Había aceptado con bien porque creía que definitivamente aquel esposo que su padre le escogiese, sería su complemento. Su otra mitad eternamente.
No se imaginaba nada de lo que le estaba ocurriendo ahora. ¿Cómo sería todo después de la ceremonia? ¿Seguiría sufriendo como lo hacía en ese momento? Seguramente. Sería la señora del castillo, una mujer honrada, emperatriz del Imperio del Fuego… pero de lo que estaba segura, era que nunca iba a ser dueña del frío corazón de aquel ser con el que se casaría, y lo único que podía hacer, era ser la caprichosa emperatriz extranjera por fuera, mientras que por dentro debía guardar toda esa astucia y sacarla en los momentos necesarios, no había más a lo que pudiera atenerse.
— Seguro… — mencionó en un susurro al dejar de mirarse en el espejo y voltearse para caminar hacia la puerta seguida de la moza.
"Un imperio fragmentado.": le había dicho Temari con aquel dejo de advertencia en la voz.
Tenía que jugar bien sus cartas si quería salir ilesa de todo aquel problema.
Tenía innumerables cosas que hacer en el transcurso de la tarde y la noche; y entre los más importantes asuntos, destacaba notablemente el asistir al castillo de su prometido.
Ese día sería bastante largo.
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— Preparaos, la señorita Ino nos visitará en breve — habló la pelirroja con suma parsimonia.
Su kimono, que semejaba el cielo al atardecer, estaba rodeado por un obi amarillo con hilos rojizos, mientras que su peinado era tan elaborado, que Sakura pensó que la cabeza de Karin iba a caerse en cualquier momento, como cuando una pequeña piedra rodaba por un acantilado. Casi aguantó las ganas de reírse, aunque, por lo menos una mueca silenciosa dejó notar. Mas no por eso, pudo dejar de pensar que ella parecía una criatura hermosa bajo el cielo impasible.
— Tendremos el honor de recibir a nuestra futura emperatriz — dijo Hinata con la voz más apacible que jamás se había escuchado.
Las favoritas del emperador, estaban casi hechizadas por la belleza etérea de la joven, cuyos ojos comprendían un color gris muy claro. El vestuario de esta, podría considerarse menos llamativo que el de la primera, pero no por eso dejaba de ser hermoso. Los tonos azulados y grisáceos de todo el estampado, simulaban el deshielo en plena primavera, mientras que el obi, era totalmente blanco, con uno que otro bordado de color azul muy oscuro. Hinata no solo llevaba ese kimono, sino que en posesión de este, ella parecía ser la emperatriz de las nieves; su cara blanca y tersa, junto a sus ojos grises casi blancos y el cabello sumamente largo, combinaba perfectamente con el clima que su vestuario mostraba.
— Espero que sepáis como tratarla, debemos dar nuestra mejor impresión — siguió en tono dulce, como cuando una madre dedica una canción de cuna a su bebé.
Todas asintieron en silencio y les hicieron una reverencia a las dos jóvenes. No por nada, ellas tenían los mejores kimonos de la colección del castillo.
Las mozas, oyeron el sonido que anunciaba que debían moverse. Esa era la señal.
Se levantaron en medio de un sobresalto. La futura soberana se asomaba por la esquina, con un vestido al más puro estilo occidental. Sakura casi se sintió eclipsada por tanta belleza junta, no solamente Hinata y Karin alumbraban el pasillo con sus paisajes estampados, también, la señorita Ino caminaba con suma elegancia sobre sus tacones enlazados cubiertos de tela fina, cuyo color no supo identificar, pero que era sumamente parecido al color de la arena.
Llevaba el cabello rubio recogido en un resorte de rizos que surcaban angelicalmente su rostro; el moño se ocultaba hábilmente en un sombrero de terciopelo inmaculado, adornado con varias plumas del mismo color que los zapatos. Llevaba un vestido beige con retazos de tela blanca que se enlazaban al final de su espalda con forma abombada, una cola cayendo en forma de cascada imaginaria. Sakura notó el bordado traslúcido que le cubría desde la mitad del cuello hasta un poco más arriba del inicio de sus pechos, en el lugar preciso donde llevaba el pequeño broche que tanto se parecía al que ella había obtenido.
Todas hicieron una profunda reverencia oriental en cuanto, la señorita pelirrubia, se plantó frente a las jovencitas.
— Bienvenida seáis, su alteza — recibió Karin, siendo la primera en romper el silencio formado, aún sin levantar la cabeza. Mirar de frente a una dama de más rango, podría hasta llevarla a la horca.
Ino observó a las muchachas con una mueca de desprecio, aún sin separar sus manos enguantadas, las cuales descansaban en la parte delantera de su vestido.
— Miradlas, dais vergüenza — pronunció, con tanto veneno que a Sakura la recorrió un escalofrío, como si esas palabras hubiesen sido dedicadas a ella especialmente —. No lo entiendo — volteó su mirada hacia las doncellas que la acompañaban —, ¿recibirme con ellas? — preguntó escéptica.
Desde su puesto, Karin arrugó los labios, como aguantando el ardor de la sal sobre las heridas. Ella estaba recordándoles quiénes eran y qué hacían allí de una muy mala manera. Barrió a todas con la mirada, sin observar a ninguna en específico. Por lo menos hasta que una en particular captó su atención. Deshizo el agarre de sus manos y se giró lentamente hacia esa dirección. Las demás no voltearon. Ni siquiera Sakura, aún sin saber que ella era la que había atraído la atención de la noble.
Ino la contempló, con el labio temblándole de ira, sin siquiera saber el motivo de tal sentimiento de odio hacia aquella mujer cualquiera. Su inexplicable antipatía hacia esa moza, no tenía límites. La había visto y le había deseado mal. Así, sin más.
Karin sintió un dolor punzante en el centro del pecho, como si su corazón se estuviese congelando aunque Ino no la miraba a ella, simplemente tenía los ojos azules clavados en la coronilla de Sakura
La rubia no podía ver su rostro, pero su cabello rosa, largo y lacio, no era algo que podía pasar fácilmente desapercibido. Primera vez que veía ese color de cabello en su vida, y el simple hecho, ya la hacía no considerarse tan única en esas tierras. Se estrujó las enguantadas manos y trató de calmarse un poco. Odiaba a las favoritas del emperador, pero sentía que se estaba pasando un poco aun si no podía controlar su creciente molestia casi colérica.
El kimono que llevaba, era totalmente de un verde jade con estampados de flores de cerezo, cuyos pétalos bordados parecían bailar con el viento a través de la tela. El obi era de un rosa muy pálido, casi blanco… pero lo más importante no era su vestuario, sino el aura luminosa que la rodeaba. Ino necesitaba ver su cara. Sentía que tenía que hacerlo.
— Vos, la del kimono verde con flores — pronunció arrastrando las palabras, como si le costara articular las letras. Sakura casi se desmaya allí mismo; era la única con un traje de esas características —, levantad la cabeza y miradme a los ojos — concluyó acercándose más a la aglomeración de favoritas.
Hinata temió por la integridad de su compañera. Si la señorita Ino la había visto con malos ojos, lo más probable era que quisiese sacarla del castillo. La joven de piel blanca y ojos sumamente verdes, levantó la vista, solamente para encontrarse de frente con la mirada azulada y astuta de su futura gobernante.
La primera reacción fue bajar la vista, pero desafortunadamente, Ino le impidió realizar esta acción, pues le había agarrado fuertemente el mentón con su mano. Se miraron por segundos interminables. La rubia parecía analizarla, mientras que Sakura, solamente quería alejarse de esa contemplación maligna. Le causaba aún más miedo que si juntaba las miradas del emperador y el príncipe, y eso, no era una muy buena señal. Los acerados ojos azules le martilleaban en la cabeza, y ella sintió frío de repente. Mucho frío.
Cuando se disponía a decir algo, la joven de ojos azulinos la soltó con brusquedad y volvió sobre sus pasos. La moza sintió que recuperaba todo el aire que, extrañamente, había perdido en cuestión de segundos. Se juzgó con extrañeza. En el momento en el que cruzaron miradas, ella casi podía jurar que la señorita aristócrata quería absorber su alma o algún otro aspecto de su cuerpo. Como si quisiera desaparecerla y no volver a verla por allí.
Sintió miedo atroz. Era la primera vez que la veía, sin embargo, hasta sus pasos (que le sonaban raramente lejanos), auguraban días de diluvio. Tenía miedo, aún más del que podría tener hacia el mismo Sasuke o Itachi.
— Dais vergüenza — despotrico de espaldas hacia las indignadas muchachas —. No importa si lleváis las más valiosas enaguas encima, siempre seréis unas viles meretrices — siguió insultando sin expresión en la misma posición.
Ignoraba por completo los sentimientos de cada una, los cuales eran tan florecientes, que algunas ya estaban a punto de hacerse un mar de lágrimas allí inclinadas.
Su crueldad asusta. Nunca nos había hablado así; pensó Hinata con sumo nerviosismo, sintiendo las lágrimas recorrer sus mejillas.
— Recordad favoritas — dijo con un leve toque irónico —: si me convierto en vuestra emperatriz, tal vez vosotras ya no podáis vivir aquí… seré yo misma la que me encargue de ello. No toleraré vuestras libertades — culminó empezando a caminar seguida de sus doncellas, cuyas miradas ofrecían disculpas silenciosas.
La señorita Ino podía ser tan cruel como perfecta. Su interior podía albergar la más bella de las flores, no obstante, esta podía ser remplazada por el más letal de los venenos. Ellas se compadecían en sobremanera por la humillación dirigida a las jóvenes en kimono.
En cuanto la hija del Hielo se hubo alejado lo suficiente, todas volvieron a colocarse derechas. Hinata y otras tantas lloraban en silencio, recordando cómo es que habían llegado allí. Vendidas, por convenio, por diversión y hasta por ser elegidas. Todo era contra de la voluntad de muchas, pero la mujer aristócrata no entendía aquello. Porque nunca había pasado por tal situación.
Nunca, ninguna moza de noble cuna, pasaría por ese suplicio. Hinata había sido la excepción a la regla. Estaba allí por una deuda muy grande. La hija mayor de un reino extinto.
Karin era una de las tantas que había sido vendida por un burdel. En aquel entonces estaba intacta, por eso la habían querido. Pero ya no lo estaba, así que no podía tener más aspiración que ser una de las queridas de los soberanos. No tenía opción. ¿Quién iba a quererla así desflorada?
Sakura ni siquiera había prestado mucha atención a las palabras. Simplemente observaba al vacío, como si sus ojos hubiesen muerto. Ella había sido elegida, antes no lo entendía, pero ahora lo hacía. Las palabras de Ino se clavaban ahora en sus oídos como un disco interminable. Había captado la atención de la noble, y ella misma le había dedicado esas palabras. Lo promulgaba en plural, pero, sabía perfectamente que guardaban un mensaje secreto para ella, por lo que no era nada bueno cruzarse en su camino para darle razones que la llevaran rumbo al sufrimiento.
Allí no iba a poder defenderse ¿Qué valía la palabra de una simple concubina contra la futura emperatriz?
Absolutamente nada. No vale nada; ella apretó los dientes y observó a Hinata y a las demás. Karin trataba de esconder sus lágrimas detrás del ceño fruncido y la mirada roja tan fuerte como compungida.
Apretó los puños y se le hizo un nudo en la garganta, odiándose por ser tan extraña con ese pelo, porque su orgullo había sido tan maltratado como un trapo sucio. ¿Por qué había nacido con esas cualidades? Gracias a eso, Itachi la había captado y encarcelado allí dentro, como un espécimen raro en fase de experimentación. Ella no quería estar allí. No merecía estar.
— Sigamos, tendréis que atenderos sin tocar ni un solo hilo de vestido a la señorita — remarcó la pelirroja con ojos del mismo tono. Su voz sonaba rasgada, como si le hiciese falta agua y aire.
Las chicas asintieron y caminaron, compartiendo un dolor mudo, donde todas eran perfectas confidentes.
…
.
…
Tenten estaba agotada. Tanto como no lo había estado en meses.
Cuando Neji le había dicho que se preparara para pelear, ella lo había tomado en sentido figurado, no teniendo en cuenta que el heredero Hyuga no bromeaba con nada. Había pasado un mes allí, viajando alrededor de las zonas fronterizas junto a ese hombre huraño, pasando de una base del norte a otra completamente distinta cada cinco días. Cuando le había preguntado qué significaba lo que estaba haciendo, esperó silencio, frío y mortal como su constante ceño fruncido, sin embargo, él la había mirado con sus ojos perlados que parecían pasar al blanco impoluto con la intensidad de la luz.
"Nos dirigimos a la base central. Preparaos."; había dicho él, y ella no había podido hacer más que subir una ceja interrogante. ¿Preparaos para qué? ¿Ahora sí la iba a amarrar a un tronco y la exhibiría como premio?
Y no. Nada había estado más alejado de la realidad.
En medio del humo negro que se alzaba con fiereza, Tenten pudo esquivar por centímetros el cuerpo de un ninja del norte, el cual había salido despedido desde algún sitio frente a ella y fue a parar contra un árbol cercano, cayendo inconsciente en el acto.
Un hombre gritó detrás de ella y la castaña se dio la vuelta con los sais en posición de ataque. La hoja afilada de su katana resonó al hacer contacto con sus sais cruzados y ella se impulsó hacia delante para repelerlo, desestabilizándolo por escasos momentos. Ella movió el arma en el aire y detuvo la tentativa de ataque por parte de la katana y ella aprovechó el forcejeo para levantar la pierna y encestar una potente patada en su abdomen. No obstante, cuando creyó que él iba a caerse hacia atrás, se lanzó con todas sus fuerzas sobre ella, el filo hacia un costado de su cuerpo como si se fuese a desviar a cualquier dirección.
Los ojos chocolate se abrieron en sobre manera y alcanzó a interceptar la punta de la katana con el guardamanos del sai para hacerle perder el equilibrio y evitar que se la clavara en un costado. Tarde se dio cuenta de las intenciones del ninja, cuyos ojos la miraban con fiereza a través de la máscara escondiendo una sonrisa triunfante. Soltó una mano de la katana y dobló su brazo hasta su espalda para sacar un kunai, con la intención de clavárselo en la yugular. Tenten exhaló el aire con fatiga, haciendo una fuerza sobrehumana para mantener la hoja apresada en el guardamano y dirigir el otro sai a la altura de su mandíbula.
El sonido del choque retumbó en sus oídos y ella creyó que se mareaba, demasiado cansada como para pensar en algo más. Su sai empujó al kunai enemigo hacia adelante y de repente el ninja dio un salto hacia atrás. Ella dio una vuelta contando el aire en su dirección, no obstante, el hombre se inclinó hacia atrás como si fuese de goma, observando cómo el sai se desplazaba con rapidez donde había estado su cabeza un segundo antes.
La muchacha inspiró aire y el cabello se le soltó, liso y un poco sucio a la altura de los hombros. El ninja enemigo pareció quedarse estático.
— ¿Sois una mujer? — su voz se notaba incrédula —. Vaya.
— No cualquiera — sonrió a pesar del cansancio y se lanzó de nuevo al ataque.
La katana la esperaba en una posición defensiva.
Sin embargo, antes de que alguno de los dos pudiese dar el primer paso, una cuchilla salió volando muy cerca de la mandíbula de Tenten y justo en dirección al contrincante, cuyos párpados se abrieron más de lo normal y esquivó con rapidez antes de dar un par de volteretas hacia atrás y desaparecer. La castaña se quedó en vilo.
Detrás de ella, un muy ofuscado Neji le devolvía la mirada encendida. Y Tenten solamente tuvo dos segundos para pensar antes de lanzar su sai hacia él. Los cabellos de ébano se desparramaron en el aire cuando se agachó con rapidez. La filosa punta del arma de Tenten se clavó con fuerza en la frente de otro guerrero que iba a atacarlo por la espalda.
— Ya estamos a mano — habló el hombre levantándose de nuevo.
Tenten pudo observar su oscura ropa manchada de sangre y el cabello largo meciéndose y pegándose a su rostro sudado; mas ella, no pudo dejar de admirar todo lo apuesto que era debajo de tanta aura asesina.
— ¿Dónde están vuestros subordinados? — interrogó ella tosiendo un poco por el humo.
La tienda de campaña a un lado se estaba quemando con fuego blanco bajo el ardiente sol. La castaña se unió al hombre y notó las flamas blancas con creciente fascinación. Era la primera vez que las veía.
— Están acabando con los demás — respondió él con cierto deje de satisfacción —. ¿Estáis bien?
Ella le miró con sus enormes ojos almendrados, casi atragantándose con la saliva. En un mes, aquello era lo más cerca que había estado de mostrar preocupación. Él alzó una ceja, un poco impaciente por su silencio, haciéndola volver a la realidad mientras sacudía la cabeza.
— Lo estoy — soltó con simpleza.
Lo observó asentir con una media sonrisa casi invisible.
— Bien. Esto aún no acaba — aseguró, y su voz se tornó en un matiz ciertamente cruel.
— Entonces, más os vale que os pongáis en marcha — respondió ella deslizándose por su lado, corriendo hasta el lugar de unas cuantas batallas.
Neji la siguió desde cerca con un mirar determinado.
Aquello sólo estaba empezando.
…
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…
— Creo que será un problema, no puedo arrodillarme de esa manera… el armador no me lo permite, mi cultura aún menos — se quejó la rubia, como una auténtica niña pequeña.
Itachi mostró una escueta sonrisa. Si no se apuraba, la futura emperatriz sería una mimada sin gracia.
— No os preocupéis, lady Ino — la tranquilizó el mismo.
Dándole paso hacia otra sala, ella caminó unos pasos por delante de él hasta que se encontraron con una mesa al más puro estilo de la Imperio del Hielo. Observó con apremio cuando la noble suspiró, como si se hubiese librado de un gran peso. Las doncellas la siguieron de cerca, como temiendo a que ella se quejara de algo más.
Sasuke estaba de pie frente al espaldar de una de las sillas, justo al lado derecho de la cabecera, en la cual se sentaría Itachi.
El moreno de coleta recorrió con la mirada a las favoritas, cuyas cabezas se encontraban mirando hacia el suelo como si este fuese de lo más interesante. Las siguió observando con inexpresividad, imaginándose la causa del comportamiento de sus favoritas, las cuales, siempre que no había nadie demasiado cerca, se acercaban a mimarlo como si fuese un niño.
Un solo nombre le vino a la mente al verlas: Ino. Sabía de sobra que ella despreciaba a sus preferidas, que las catalogaba como una falta de respeto hacia ella al tenerlas dentro del palacio. Pero tendría que acostumbrarse. Ahora menos que nunca, alejaría a las mozuelas de allí.
Su mirada completamente negra, se vio encendida al divisar un peculiar cabello rosa justo al final de la organización de tipo ajedrez. Aunque su cara no reflejaba ni la más mínima de las emociones, no pudo evitar pensar que Sakura se veía totalmente bella enfundada en ese kimono. Sin duda alguna, si fuese una geisha, tal hermosura sería la más solicitada en las casa de té.
Sin darse cuenta, sus pies lo guiaron hasta la joven en cuestión, deseando levantarle el rostro suavemente. Aunque no lo hizo, solamente se dedicó a mirarla desde arriba con la frialdad enmarcada. La joven de hebras exóticas se sintió desfallecer. Tal cercanía la colocaba en una situación incómoda, pues recordaba todo lo que había sucedido entre ellos, que aunque no había pasado a mayores, a ella le seguía dando vergüenza. No se habían visto desde la noche anterior, y aquello solamente podía ponerla más nerviosa.
— Hinata y Sakura — llamó este con su voz sumamente clara y varonil, con la intención de que las mencionadas levantaran el mentón.
La joven de ojos perlados, que aguardaba su posición en la primera fila de la formación, se levantó con un semblante aparentemente tranquilo, aunque por dentro, estaba que se moría de la impotencia. La muchacha de pelo rosa se dedicó a enderezarse lentamente, como si no quisiera llegar nunca a donde tenía que hacerlo; tal vez hubiese sido mucho mejor si se hubiese quedado en la misma posición, pues al levantarse, se dio cuenta de que su amo estaba mucho más cerca de lo que creía, tanto que podía sentir su fragancia masculina y su calor corporal a un costado. No podía ser cierto.
Los hermanos iban vestidos de rojo y negro, con el haori mostrando el emblema Uchiha en la espalda, pero Itachi, al ser el emperador, daba la sensación de tener una energía muchísimo más poderosa y un vestuario más cargado.
El emperador la miraba y ella no podía hacer más que desviar las pupilas hacia cualquier otro lado que no fuesen sus ojos, recordando los sucesos de la mañana con Sasori y la noche anterior con Itachi. Aún podía sentir el dolor en el cuello, se había visto el rosetón de su mano en la pierna enrojecida, incluso podía sentir el picor de su mano cuando le plantó la bofetada en el rostro antes de salir corriendo.
Le había deseado, lo aceptaba; su cuerpo había sido inundado por una sombra desconocida, como un calor sofocante que no la dejaba en paz, le sudaban las manos y casi la hacía tiritar, presa de un cosquilleo en todo el cuerpo. Se sentía presa de algo que no podía ver. Sasori no la hacía sentir todo aquello, pero bien que podía asegurar que ella se liberaba completamente cuando estaba con él, porque podía ser ella misma, y una alegría inmensa le empapaba el alma y la hacía querer gritar a todo pulmón. Una efusividad inexplicable, como si con él pudiera llegar muy lejos sin nadie que le detuviera.
Eran dos sensaciones muy distintas, pero que, de alguna forma, eran similares. No podía entenderlo demasiado, no tenía las referencias suficientes para explicar lo que la invadía con cada uno. Detestaba cuando eso le pasaba, su inteligencia muy pocas veces era burlada, pero en esos asuntos, era una total ignorante. Su genialidad no le servía del todo si estaba encerrada entre las murallas de un castillo.
— Se quedarán de pie a mis costados durante la cena — avisó, recibiendo un tímido asentimiento por parte de Hinata y uno muy decidido por su parte.
Karin se sintió indignada ante la petición… ¡¿Cómo es que una novata se había ganado tal honor?! Siempre eran la morena y ella las que presenciaban cenas importantes. De la muchacha de hebras oscuras lo admitía, Hinata siempre había sido escogida por el emperador, no solamente por ser la preferida entre todas, sino porque era la más elegante de todas; tenía una voz melodiosa, una sencillez natural y un refinamiento pulcro.
No por nada había sido una de las últimas hijas de un poderoso clan, que en esos momentos, era prácticamente inexistente. La muchacha, además de ser sumamente hermosa, también tenía una conversación inteligente, estaba al tanto de muchas cosas y siempre sabía cómo responder, pasando aún por encima de su timidez. Todo lo contrario a Sakura. Esa niña medio loca con cabello rosado chillón.
La pelirroja la había captado hablando sola en varias ocasiones, hacía muecas extrañas con la boca y se molestaba cada dos segundos. Era muy impulsiva y nada delicada. Su carita de ángel podía engañar a cualquiera, pero en realidad, era una de esas jovencitas que mataban al tigre y le tenían miedo al cuero, lo sabía.
Si bien, tenía un millón de defectos, era la más inteligente de todas; le costaba aceptarlo, pero así era. Siempre la agarraba infraganti, armando sus planes para no tropezarse con la familia en ningún momento del día, mientras cumplía sus labores en el palacio. Le salía muy bien, pues distribuía muy bien las horas y las estancias. A ella no se le habría ocurrido jamás, mucho menos después de prendarse de Sasuke... y aquella mujer que tan mal le había hablado, iba a desposarlo.
No podía haber nada peor.
— ¿Lord Madara no nos acompaña? — intervino la rubia después de un tiempo.
Ella espero que Sasuke tuviese la caballerosidad para cederle el asiento, sin embargo, este se sentó en su silla como si ella no estuviese allí, con una expresión totalmente en blanco. Ella tuvo el deseo de maldecirlo.
— Me temo que tiene otros asuntos que atender. Disculpadle — dijo el emperador después de carraspear.
Se movió hasta la silla de Ino y ella le gradeció con la mirada, conteniendo la indignación mejor de lo que realmente se creía capaz.
— ¿Ellas… se quedarán con nosotros? — preguntó un poco incómoda.
Las demás notaron el tinte amargo e hiriente de su dulce voz.
— Solamente Hinata y Sakura — respondió él antes de girarse hacia las demás —. Salid, por favor — encomendó con su apacible voz.
El resto de las favoritas inclinaron sus cabezas y salieron en formación. Las dos muchachas caminaron hasta el emperador, e Itachi notó que Hinata trataba por todos los medios evitar tocarle el ruedo del vestido.
Suspiró internamente antes de sentarse. Debía resolver cualquiera que fuera el problema que Ino había ocasionado.
El almuerzo fue muy ameno. Sasuke se mantenía en su mundo respondiendo unos cuantos monosílabos a Ino, y esta se impacientaba hasta que Itachi intervenía con algún comentario ingenioso, bajando los humos del ambiente con poderosa rapidez y haciendo que la noble rubia riera de vez en cuando.
Sakura se dio cuenta de que el emperador era muy poco hablador (aunque ya de por sí, lo era en situaciones comunes), pero mostraba sonrisas amables, aun si estas no eran espontáneas de ninguna manera. Al menos no todo se había mantenido en un mortal silencio como lo temía, pues estar allí a un lado del emperador y a escasos metros del príncipe, ya la colocaban en una situación bastante difícil.
Sasuke lanzaba miradas furtivas a la muchacha de pelo rosa, preguntándose con insistencia qué era lo que ella tenía que hacía que él volteara a mirarla siquiera. Era linda, con mirada determinada pero bastante asustadiza, había tenido el placer de comprobarlo. A veces captaba a Ino observando la interacción que sus ojos oscuros recreaban sobre el cuerpo de Sakura, y la retaba a que dijera algo de aquello delante de Itachi, pues sabía que no lo haría ni en un millón de años. Le causaba cierto morbo sus expresiones frígidas intentando contener la cólera que se aglomeraba en su interior.
No entendía cómo su hermano podía ser tan cruel con los demás y tan amable con alguien como Ino, era algo absurdo. Casi era un alivio que Madara no estuviese allí para mirarlo, aunque le hubiese gustado comentar un par de cosas y tener una conversación interesante mientras Itachi le hacía de bufón a la rubia. Era demasiado diplomático para ser real.
Las horas habían pasado hasta que Ino tuvo que irse (para el alivio de cierto pelinegro), que, por supuesto, no había salido a despedirla. Hinata había notado que Karin había desaparecido cuando volvió a la cámara común de las favoritas, sabiendo inmediatamente el lugar donde estaba, y más aún, sobre qué cama estaba. Luego se había puesto a llorar al recordar las palabras de la noble extranjera, que seguían calando en su corazón como una estaca masoquista. Sakura limpió sus lágrimas aunque ella misma también estaba llorando, haciéndola reír cuando le dijo que no había nadie que llorara más que ella, así que más le valía no hacerle la competencia.
Las dos habían callado cuando el emperador se había presentado en la recámara, pidiendo que Sakura le acompañara. Ella le dio un breve abrazo a la morena de bonitos ojos y salió cabizbaja detrás del gobernante.
Ella se atrevió a subir la mirada y observó su ancha espalda, el cabello lacio y suelto que casi le llegaba a la cintura. Un escalofrío la recorrió al recordar la noche anterior, donde él había sido muy duro y ella demasiado temeraria al lanzarle semejante bofetada. Casi podía sentir un pie en la tumba… al menos, esperaba ver a Sasori antes de que eso ocurriera.
"¿No estáis exagerando un poco?"; preguntó la voz con cierto toque irónico.
¡Callaos!; gritó ella haciendo una mala cara, peleando con la fastidiosa presencia interna. Grave error.
No se dio cuenta de que Itachi se había girado y observaba su rostro con el ceño fruncido hasta que fue demasiado tarde. Su rostro chocó contra su pecho y ella se quejó un poco atolondrada, reparando inmediatamente en dónde estaba.
Ahora sí me va a matar. Eso es seguro; se dijo con un hilo de voz mientras daba una larga zancada en retroceso, inclinándose hasta que su frente casi estuvo en el suelo. El emperador permaneció inmutable.
— D-Disculpadme… estos despistes me ocurren a menudo. Disculpadme por favor — dijo atropelladamente manteniendo la reverencia.
— Sakura, levantad — ordenó él con un tono trémulo.
Ella se alzó en seguida, nunca mirándolo fijamente a los ojos oscuros. Él se estaba acercando a ella y solamente podía sentir que su visión se oscurecía y la garganta se le cerraba. El rostro del emperador se transfiguró en su memoria, mostrando de nuevo la sonrisa macabra de la noche anterior. Revivió el pánico y el temor que sus ojos le ocasionaron, e instintivamente, dio un paso atrás muerta de miedo, traumada de su posible toque.
Itachi se contuvo de estirar la mano hacia ella, observando su rápido paso atrás y su aura que despedía inseguridad. Apretó la mandíbula pero se mantuvo impasible, manteniéndose de pie a unos pasos de ella, observando a la muchacha cabizbaja buscando la manera de proseguir.
— ¿Qué os dijo Lady Yamanaka? — interrogó por fin.
Sakura respingó y mantuvo las pupilas fijas en el suelo sin atreverse a mirarle por miedo a lo que vería. Inconscientemente, se llevó una mano hasta el cuello, donde aún dolía la marca violácea de su mordisco. Seguramente estaba buscando otra excusa para maltratarla, y la señorita aristócrata era un punto clave. No creía que el emperador, con tanta malicia y maldad no se hubiese dado cuenta del odio que la rubia depositaba como lluvia furiosa sobre sus favoritas.
— Sakura — llamó con suave tono y acercó las manos hacia sus hombros.
Ella chilló agitando el cuerpo, encogiéndose de miedo, previniendo el fuego en sus manos y los ojos malditos observándola con violencia. No quería estar a solas con él. Estaba traumada.
Itachi tuvo que detener su forcejeo corporal con un abrazo, protector y culpable. Para Sakura, sus brazos eran una cárcel en la que no quería estar bajo ningún motivo ni concepto, tratando de zafarse con fuerza mientras los latidos de miedo seguían resonando desde su pecho a sus oídos.
— Calmaos, Sakura — pidió él en un susurro —. Perdonad lo de ayer. Perdonad, por favor — tragó saliva y ella se quedó estática entre sus brazos.
Sus ojos verdes se abrieron a límites inimaginados, no creyéndose lo que acababa de escuchar. El emperador acababa de pedir disculpas. A ella. A una simple favorita.
A una campesina, hija de una huérfana desflorada por otro emperador.
El pelinegro la sintió temblar y su instinto protector se activó, causando que su mano se desviara hasta su cabello para acariciarlo con lentitud. No sabía exactamente qué era lo que lo impulsaba a hacer todo aquello, peor sentía que se lo debía después de los momentos horribles que la había hecho pasar.
— Duelen... duelen mucho — la escuchó murmurar con la voz temblorosa.
Él supo inmediatamente que se refería a las marcas de sus piernas y el moretón en su cuello. Dejó de abrazarla y notó que sus labios temblaban, a punto de llorar por el daño que él le había infligido, sin embargo, no podía explicarle la verdadera razón detrás de sus actos. Debía mantenerla al margen hasta que el momento adecuado se presentara.
— Lo sé — respondió él antes de cortar el contacto —. ¿Qué os dijo Lady Yamanaka? — volvió a cuestionar ahora que la notaba más tranquila.
Sakura se mordió los labios, aún temblando ante el contacto y las palabras calmadas. ¿Qué le garantizaba que no volvería a tratarla de aquella manera? ¿Quién podía asegurarle su vida dentro de ese nido de cuervos? Sasori le había dejado bastante claro que no debía fiarse, y ella misma lo había comprobado con creces aun antes de que él se lo dijera.
Pero debía responder, o él podría empezar a sospechar y aquello no le convenía. No si quería mantenerse como hasta ahora y proteger a Sasori, incluso si él era muchísimo más capaz de salvarse el cuello por sí solo que ella.
— Habló con nosotras y nos advirtió de lo que pasaría si la importunásemos… — empezó a hablar ella con un poco de nervios, notando que Itachi no le había creído palabra alguna.
— Yo os noté… a todas — corrigió inmediatamente —; lo que decís no es cierto. Voy a intentar otra vez — suspiró imperceptiblemente y ella apretó los dientes —. ¿Qué os dijo? — soltó, tratando de que su voz no sonase tan fuerte como la noche anterior.
Ella exhaló saboreando la derrota. Era inútil tratar de engañarlo cuando sabía lo que él era capaz de hacer.
— Nos dijo que cuando fuese emperatriz… — empezó e Itachi prestó más atención —, nos dijo que cuando fuese emperatriz, todas nosotras tal vez no podríamos quedarnos… — murmulló mientras estrujaba las largas mangas de su kimono.
El pelinegro inhaló y frunció el ceño. Sakura había vuelto a bajar la cabeza, quizás entre preocupada y deseosa de irse, y por esto último, el emperador no podía culparla. Había sido un completo descortés, aun si las causas de sus actos eran perfectamente justificables, al menos para él. Madara vivía detrás de su sombra, lo sabía, y nunca podía bajar la guardia ni despegarse de la crueldad que debía caracterizarlo ante los demás.
Itachi activó momentáneamente su Sharingan y observó hacia todos los lados, sintiendo las presencias que se mecían más allá de su visión. Madara no estaba cerca, ni Sasuke. Hinata rondaba por la habitación un poco inquieta y las demás se mantenían tranquilas sobre sus camas. Sus ojos volvieron a ser negros justo cuando la muchacha de hebras rosadas le observó. Sentía que debía arreglar lo del día anterior.
Haciendo uso de su, poco frecuente, sonrisa amable, el moreno se inclinó hacia ella para acunar su rostro entre las palmas, masajeando sus mejillas con los pulgares. Los párpados femeninos se abrieron en sobremanera, contemplando la suave sonrisa gentil en sus labios, incrédula de lo que sus pupilas dilatadas veían. Itachi sonreía.
Aquel que la había maltratado, estaba sonriendo.
Sonriéndole a ella.
— No os preocupéis — murmuró él, y ella sintió su aliento chocar contra su nariz —. Ella no podrá echaros. A ninguna — concluyó con sutileza.
Sakura no apartó los verdosos ojos de los suyos, cuyas profundidades escondían una extraña amabilidad muy difícil de sacar a la superficie. Parecía una persona completamente diferente a la de la noche anterior, y aunque una parte de ella quería creer lo mejor, la otra luchaba junto a su instinto de la supervivencia.
No debía fiarse.
Cuando menos se lo esperó, el emperador depositó un beso sublime sobre su coronilla, paralizándole el cuerpo al instante, sintiendo el corazón en camino a acelerarse otra vez. Y no de miedo, este era otro sentimiento bastante distinto, como si el peso de resentimiento del día anterior la hubiese abandonado a su suerte, sin excusa alguna para odiarle fervientemente.
Entonces, Itachi la abrazó; protector y fuerte, como guardándola de cualquier sombra que se cerniese sobre su cabeza y del posible daño que podía sufrir. Y allí, en medio del pasillo, ella le devolvió el abrazo con vacilación, como si siempre hubiese sido su deber estar allí.
Y aquel sentimiento, le causaba sensaciones contraproducentes que no estaba preparada para discernir.
...
¡Se prendió! Okno. Por los dioses, Sakura. ¿Qué te pasa? ¿Estás confundida? -Saca su libretita mientras espera a que la actriz Sakura Haruno salga de camerino-.
¡Otro capítulo más! Y el que más me he tardado en editar completamente, aun así, discúlpenme si notan algún dedazo.
¿Qué tal vamos? Ya se empiezan a poner las cosas color de hormiga... (No solamente por lo de Ino y Sakura -?-)
Perdonen si Ino primero les cae bien y después mal haha, es por una buena causa, ¡lo juro! Sabemos el carácter que se gasta, no temperamental pero sí muy fuerte.
¡Gracias por leer!
¿Opiniones, dudas, tomatazos?
¡Recuerda dejar tus penas y glorias en un comentario! Mi corazón te lo agradecería. ¡Saludos y besos!
