Disclaimer: Los personajes de Naruto NO me pertenecen, sino al mangaka Masashi Kishimoto.

Advertencias: El "Rated M" es por varias situaciones, desde las malas palabras hasta las escenas más hirientes o explícitas. Leer bajo un alto criterio.

¡Hola! Gracias por los comentarios, los favoritos y las alertas. Se les agradece muchísimo. :33 Esta vez es doble actualización porque no sé si pueda actualizar la semana que viene, así que me puse a editar este esta mañana para usar la otra semana para editar los siguientes de a poco si es que no podré actualizar (perdónenme la vida. y.y).

Las respuestas a sus comentarios al final. :3 (Perdonen si encuentran dedazos, lo leí dos veces, cofcof).

En fin, sin nada más que decir…

¡A leer!

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Capítulo 8

De tierra y sangre

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Hanabi maldijo su suerte por cuarta vez, sabiendo que por más que se vistiera de hombre, no iba a poder despistar a los lacayos malditos de los Uchiha que la perseguían desde hace una semana. Se había detenido en una posada con el poco dinero que había conseguido trabajando en una taberna donde habitaba gente común, por cuyas venas no corría ni una pizca de chakra; y aunque había tenido la idea firme de dirigirse hacia el sur para tratar de encontrar a Neji, estaba preocupada por Hinata, encerrada en ese castillo siendo violada y ultrajada un sinfín de veces por aquellos usurpadores, portando el título que debía haber sido de su familia, los Hyūga.

Ella aún era una recién nacida cuando su clan había sido derrotado dentro de su propio reino, y hasta los catorce años, había vivido como una prisionera dentro del Reino del Norte, siendo secretamente entrenada por Neji cuando le tocaba vigilancia a ciertos ninjas que eran fieles a la familia del ojo blanco, aun si les había tocado trabajar para el nuevo emperador.

La castaña habría querido más tiempo para estar con sus escasos familiares, pero entonces ese consejero imperial los había llevado al castillo, apresado a su padre y haciendo a Neji luchar casi hasta la muerte. Ella y su hermana habían estado encerradas en una habitación hasta que ese tal Itachi las había conducido por el pasillo hasta la sala del trono con esa falsa amabilidad, como si un Uchiha tuviese una sola gota de nobleza. Para ella todos eran unos malditos, simple y llanamente, sin medias tintas.

El consejero, Madara, había dicho que debían morir por pertenecer a una familia derrotada, y ella casi había encendido con fuego blanco sus ropas con la mirada antes de que Hinata le agarrara la mano con fuerza, temblando pero con sus ojos imperiosos y determinados. Hanabi se había quedado de piedra, admirando a su hermana mucho más de lo que ya lo hacía. Ella había sido la madre que no había conocido, y siempre le contaba historias sobre su progenitora antes de dormir, recalcándole su gran fuerza interior, cuyos hilos eran capaces de hacer girar el mundo.

Entonces ese Itachi, sentado sobre el trono usurpado, había proclamado a su hermana como su concubina, y el otro hombre a su lado, el menor de los Uchiha, había sonreído con sorna, como burlándose de un chiste que ella no quería saber. Habría querido decir algo, gritar incluso, pero Hinata la había mirado, enmudeciéndola con los ojos incoloros y aquella aura de fuerza que ella no se imaginó nunca que ella podía albergar; pero debía imaginarse que algo así pasaría en algún momento, después de todo, aunque admitía que la pelinegra no era tan dada a las batallas como Neji o ella misma, tenía la sangre pura de un Hyūga.

Y de un momento a otro, llegó la cruda realidad. Las dos no iban a poder estar juntas, ni siquiera iba a poder estar con Neji. Había escuchado a Madara decirle a Itachi que tres Hyūga ya eran multitud y debían deshacerse de ella.

"Dejadla a su suerte"; había ordenado el moreno de coleta antes de que Hinata gritara desesperada por primera vez en mucho tiempo.

Hanabi observó los ojos abnegados en lágrimas de su hermana, tratando de transmitirle que todo estaría bien. Que todo saldría bien. Un guardia se la había llevado al interior del castillo y otro la había sacado a ella, como quien saca a un animal viejo a la calle.

Mientras observaba las murallas de fuego, tuvo que reprimir las ganas de llorar y permanecer fuerte, porque de alguna manera, ella ahora resultaba ser la única Hyūga que quedaba libre. Debía hacer méritos al hecho.

Rondó muchas semanas cerca del castillo esperando que algún pajarillo le trajese noticias de su familia, y estuvo así incluso dos meses después, bastante cansada y andrajosa, hasta que llegó el momento en el cual un ninja, al que llamaban Sai, le había dicho que su padre había muerto decapitado en las antiguas dependencias de los Uchiha, más allá del castillo imperial. Hanabi había caminado sin rumbo adentrándose en el bosque, oscuro, frío y sinuoso como ahora se sentía su corazón partido en dos. Su padre había muerto, y ella no había podido verlo por última vez ni hacer nada por él.

Había muerto, mirando a los ojos de su asesino con determinación, orgulloso de haber sido la persona que protegió a su familia hasta la muerte. Orgulloso del clan que había liderado, sin bajar en ningún momento la cabeza ante la inminente caída.

Como el último patriarca de una gran dinastía.

Hanabi rompió a llorar contra un gran árbol ante la noticia, dándole puñetazos débiles pero certeros a la corteza, tratando de que el dolor en sus nudillos superara el dolor emocional. Pero no lo hacía. Nunca nada había sido tan inútil.

Sintió la presencia de un ninja detrás de ella, tal vez sobre una gruesa rama, mirándola con aquel rostro tan imperturbable como los trazos de una pintura profesional. Era Sai, lo sabía, porque aquella presencia no hacía que se sintiera incómoda. Ella había hecho un esfuerzo sobrehumano por recomponerse y girarse hacia él, con los ojos más grisáceos que nunca martilleando sus oscuros orbes en una pregunta muda.

"¿Por qué me decís todo esto si trabajáis para ellos?"; le preguntó, temerosa y a la expectativa. Él se había encogido de hombros, con las facciones más serenas que jamás vio en otra persona. "No importa dónde estéis. En el este o en el sur; incluso aquí. Siempre habrá alguien fiel a vos"; se había inclinado y desaparecido en un instante, como si sus pupilas perfectas hubiesen sido burladas por él.

Había viajado, lo más al este que podía, con la esperanza de encontrar refugio entre la fortaleza del Reino del Este, anhelando la ayuda de la mismísima Tsunade Senju, "la reina babosa", como le decían algunos, debido a que poseía una extraña habilidad de mantener constantemente los muros de su reino untados de una sustancia viscosa; algunos decían que era venenosa, y que si la tocabas no había nadie que pudiera salvarte…

Y ahora estaba allí, desviándose de su camino por dos ninjas de élite. Enviados por el consejero, quizás, o por el mismo Itachi Uchiha, al que le gustaba llamar "maldito usurpador" cuando no había nadie cerca.

El kunai pasó volando a centímetros de su cabeza, haciendo que el chongo sobre su coronilla se deshiciera. Ella corrió hasta un árbol y se apoyó con un pie para impulsarse y dar una voltereta hacia atrás antes de que la senbon se clavara justo en su nuca. Hanabi se deslizó por la tierra alzando polvillo con los pies, colocó su puño contra el suelo y miró hacia arriba con la respiración entrecortada. Los ninjas la miraban desde una distancia prudente en sus posiciones de ataque, listos para cualquier movimiento que ella pudiera hacer.

No podía darles ni un respiro. Debía matarlos o ellos la matarían a ella.

La castaña gritó y se enderezó con las manos hacia el frente. Una gran bola de fuego blanco nacía entre sus palmas, agitando todo a su alrededor y rugiendo como si adquiriera vida propia con cada pizca de energía que absorbía. Los guerreros enmascarados abrieron sus ojos en sobremanera, dando varios saltos hacia atrás mientras trataban de crear las flamas comunes que poseía la mayoría de los ninjas en el Imperio del Fuego. Hanabi observó su gran bola de fuego con los labios apretados y la soltó de un tirón en dirección a ellos, estiró uno de sus dedos y una cuerda hecha de llamas apareció para adherirse a su gigantesca creación.

Cuando tuvo el control, la dirigió hacia uno de ellos que se había colocado estratégicamente sobre la rama más alta de un árbol cercano, y entonces él saltó como lo había predicho la joven, siendo un gran error haberla subestimado, pues Hanabi ya estaba preparando su siguiente movimiento. Nada más tocar la tierra, una ráfaga de fuego lo estrelló contra el suelo, quemándolo vivo sin que su chakra transformado en flamas llegara a ella, no obstante, el otro ninja había esperado a que ella se enfocara en uno solo de ellos, por lo que tuvo el tiempo suficiente de acumular todo el fuego que pudo dentro de su boca.

La muchacha dirigió rápidamente la bola ardiente hacia su otro adversario, y aunque le hirió una pierna en cuanto llegó a su dirección, él fue más rápido. Escupió una gran cascada de llamas hacia su cuerpo y apenas tuvo tiempo de alejarse de su trayectoria, en consecuencia, el ataque había alcanzado parte de su brazo, su costado y el muslo. Chilló de dolor y se escondió detrás de un árbol, quejándose en silencio mientras veía su brazo herido de un color rojo brillante, ensangrentado y surcado por manchas irregulares.

— ¿Así ya no sois tan gallarda, verdad? Niñita — se burló el ninja con un tono psicópata mientras ella se mordía los labios con vehemencia.

Sus ojos estaban empezando a escocer por las lágrimas de ardor y dolor, temiendo no poder contener los gritos que estaba deseando soltar. Aún recostada contra el árbol y escuchando aquella risa, pensó que era bastante irónico que Sai le hubiese dicho algo así. "Siempre habrá alguien fiel a vos", ¿dónde estaba cuando le necesitaba? ¿Qué iba a hacer ahora con medio brazo quemado? No quería activar el Byakugan, porque si lo hacía, entonces revelaría su posición. Tenía que usar sus otros sentidos, sobre todo concentrarse en el sonido de sus pasos casi imperceptibles, como todo ninja profesional.

Hanabi inspiró el aire y olió la carne quemada del caído que había dejado más atrás, tratando de construir con rapidez alguna estrategia para despistarlo sin requerir demasiado esfuerzo por su parte, sin embargo, antes de que pudiese hacer cualquier cosa, el ninja que la acosaba gritó.

Ella tragó con fuerza e hiperventiló por un momento ante el sonido desgarrador, como si lo estuviesen desmembrando vivo y sin ningún tipo de consideración. El chillido horrible de la muerte atestándole los tímpanos como si no hubiese nada peor que escuchar. Casi quiso cubrirse los oídos ante tal alarido. La castaña escuchó un pesado golpe y todo quedó en silencio, como si hubiese entrado en un fantasmagórico santuario donde ni el sonido de su respiración podría escucharse.

— Es inútil contra mí, ninja de fuego — escuchó decir a una voz grave que la hizo tensarse en un segundo.

No, otro ninja no, ¡Dioses!; imploró con el corazón en la garganta, pensando cómo iba a escapar de la nueva amenaza.

Sin embargo, antes de que pudiese hacer cualquier cosa, una capa con nubes rojas apareció frente a ella, imposibilitándola de escapar por cualquier vía. Ella gritó de miedo y luego de dolor al mover el brazo, reconociendo perfectamente aquel atuendo tan peculiar de la organización Akatsuki, aunque nunca había visto alguno. El desconocido se agachó inmediatamente para auxiliarla, dejándola sin nada que pudiese hacer para impedirlo.

Hanabi observó su extraña cara con los ojos entrecerrados a causa del dolor. Tenía el cabello y la piel azul como la de un tiburón, incluso tenía branquias en donde debería haber mejillas y pómulos. Era como… un experimento fallido. Portaba una espada monstruosa en su espalda que parecía comerse la energía alrededor, incluso podía decir que se estaba moviendo… ¡La espada se estaba moviendo! Ella respingó y se quejó cuando él puso su mano anormalmente fría sobre su quemadura.

— Podré responderos si soy o no un experimento fallido después, Hanabi Hyūga — dijo con una media sonrisa, dando la impresión de que le había leído los pensamientos.

Hanabi frunció el ceño y sus ojos desprovistos de pupila lo analizaron. El hombre envolvió su lastimado brazo con una gran burbuja de agua que alivió su ardor y la hizo suspirar sonoramente, causando que el bufara con humor. La muchacha se sonrojó al instante con una mueca furiosa en el rostro. ¡¿Cómo podía relajarse de esa manera cuando aún no sabía si él había ido tras ella para matarla personalmente?!

— ¿Quién sois? — inquirió con agresividad.

Los ojos de tiburón se vieron sorprendidos.

— Para estar herida, parecéis bastante mortal — soltó sonriendo —. Podéis llamarme Kisame. Y antes de hacer otra pregunta, creo que debéis ver a alguien — dijo e hizo que se levantara de la hierba.

— ¿Cómo sé si no vais a matarme si os sigo? — respondió a la defensiva, agitando su hombro para que la soltara.

El hombre llamado Kisame, se carcajeó con un escueto sonido.

— Yo no voy tras antiguas princesas, solamente asesino peligros internacionales — mostró los afilados dientes similares a los de una piraña y volvió a tomarla del hombro —. Ahora vamos. Se nos hace tarde.

Hanabi quiso reclamar algo más, no obstante, en menos de un segundo, ya estaba sobre los brazos estirados de aquel espadachín de aspecto extraño.

— ¡¿Qué hacéis?! — reclamó agitándose, incómoda de que un extraño la llevara a cuestas.

— No os mováis, la burbuja se puede romper — señaló su brazo con el mentón —. Es necesario, llegaremos más rápido. Dejad las quejas para después — gruñó un poco y emprendió el recorrido bajo el sinfín de argumentos que le recitaba Hanabi para que la bajara.

Ella no necesitaba que la llevaran cargada. Kisame tenía otros planes.

Y lo mejor era llegar lo más pronto posible ante el líder.

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Las pesadas zancadas resonaron en las mugrientas escaleras empinadas y levemente curveadas en forma de caracol. Las paredes rocosas y estrechas estaban levemente cubiertas por una capa de moho, la humedad invadía el aire y el olor a algo descomponiéndose penetraba en las fosas nasales de Madara Uchiha, cuyas facciones varoniles y bastante jóvenes a pesar de su edad, se desdoblaban en una grotesca mueca de desagrado.

Pocas veces había bajado allí en los últimos años, ya que como consejero imperial y miembro con más edad de los Uchiha, debía permanecer dentro del palacio en todo momento, pues los hilos que movía entre aquellas paredes no podían ser descuidados ni por un segundo. La mazmorra donde se encontraba, circundaba por los alrededores del antiguo caserío de su masacrado clan, bajo tierra y lejos de ojos curiosos que pudiesen revelar los secretos allí sepultados.

La prisión en precarias condiciones y con escasa luz le proporcionó cierto tinte macabro a sus ojos. A simple vista, todo aquello estaba desierto, pero Madara sabía que al final del rocoso pasillo, al doblar a la derecha, encontraría la celda especial, cuyas propiedades principales estaban sustentas sobre un drenaje constante de chakra.

Todo el chakra que le absorbía al prisionero allí encerrado.

Sus botas se detuvieron justo al frente del mencionado lugar, fingió limpiarse el haori azul marino y se cruzó de brazos, como esperando con creciente satisfacción que la persona cabizbaja reparara en su presencia. Sus pupilas la escanearon con una falsa mueca de lástima, pasando desde el andrajoso vestuario al cabello sin brillo y bastante largo.

Las cadenas que apresaban sus muñecas se agitaron, y el rostro furioso le devolvió la mirada con cólera, queriendo traspasar los barrotes y asesinarlo allí mismo para poder pasar a la siguiente vida en paz. Se lo debía a todos los que había defraudado. Se lo debía a ellos.

Se levantó con dificultad y las piernas le flaquearon.

— ¿Dónde está? ¡¿Dónde?! — gritó y la voz se expandió con fuerza por todo el lugar.

El moreno se sorprendió de que alguien tan débil pudiese gritar así, mas sus facciones permanecieron imperturbables. El mayor de los Uchiha estiró los brazos y se recostó de la pared contraria, no prestando demasiada atención a la suciedad del ambiente. Casi podían oírse las pezuñas de las ratas chocar contra el húmedo suelo.

— ¿Seguís preguntando lo mismo? — rodó los ojos —. Le he matado. Ya os lo dije — bufó con socarronería.

El hombre dentro de la celda se impulsó hacia adelante en medio de un grito desgarrador, sin embargo, las cadenas lo hicieron retroceder con creciente dolor mientras brillaban intermitentemente en un color profundo que iba del rojo al naranja, como el reluciente fuego de la majestuosa llama siempre encendida en el templo del imperio.

Madara pudo observar su rostro con más claridad bajo la escasa iluminación, recorriendo la larga barba y el curtido rostro transfigurado en un triste gesto.

— Quiero morir. Le he fallado. Quiero morir — susurró aquel hombre con los ojos desorbitados.

El pelinegro lo observó volver a su posición inicial con la cabeza mirando hacia el suelo, murmullando entre dientes palabras inconexas e inentendibles. El hombre libre suspiró con un creciente fastidio. Él tenía años allí encerrado, pero jamás había estado tan trastornado y tocado como se le veía ahora. El ninja imponente y feroz que había sido alguna vez ya no existía, escondido debajo de toda la suciedad que los años habían puesto sobre él.

— No puedo mataros — dijo Madara con falsa pena —, sería un desperdicio de chakra. ¿Sabéis que cada vez disminuyen más los portadores? — preguntó fingiendo una mueca de duda — Disculpad, es cierto que lleváis años aquí — se burló.

No obstante, aquel hombre fijó sus pupilas en el suelo, débil y con los pensamientos arrebolados, no sabiendo demasiado bien por momentos en qué lugar se encontraba. Sus momentos de lucidez parecían ser escasos, y cuando los tenía, solamente podía recordar los ojos de la mujer que seguía amando.

Profundos y sonrientes, dos pozos de luminosidad en medio de un lúgubre bosque.

Ladeó la cabeza hacia los barrotes en cuanto el moreno se enderezó con una mueca de elaborada compasión surcándole los labios. Las cadenas retenían cualquier intento que tuviese por liberarse de la opresión, comiéndose toda su energía sin poder hacer nada más que lamentarse. Los Hyūga habían estado encerrados allí también, en las demás celdas lejos de su visión, pero les había hablado un día, y ellos habían respondido.

Luego… nada. No había nada. Nada desde hacía demasiado tiempo, cuando él aún podía pensar con claridad. Los Uchiha los habían matado después de raptarlos en medio de una guerra.

— Nos vemos después, antiguo ninja — le escuchó decir antes de romper a carcajadas e irse de allí con pasos firmes y parsimoniosos.

El individuo dentro de la celda se encogió sobre sí mismo. Iba a morir allí cuando ya su chakra no le sirviera de nada a Madara.

Nada podía sacarle aquello de la cabeza.

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La brisa veraniega agitaba las traslúcidas cortinas y se desplazaba con suavidad por toda la habitación, inundada de un agradable ambiente de tonalidad pastel impregnada en sus dóciles paredes tapizadas. La cama con sábanas de seda se removió un poco bajo el peso femenino, completamente en silencio en cuanto la delicada silueta se restregó los ojos y contempló la ventana abierta con remarcada atención. La figura acuclillada sobre el inmaculado marco le devolvía la mirada a través de la máscara, su capa negra de nubes rojas se agitaba con el viento y la muchacha sonrió, como si hubiese esperado su visita desde hace mucho.

— Obito… — susurró tratando de peinarse los alborotados mechones castaños.

El aludido saltó desde el marco hasta el suelo, cayendo de pie con una presencia impasible. Sus dedos se dirigieron hasta la máscara de remolino que cubría las facciones de su rostro y se despojó de ella, dejando ver un rostro varonil a finales de su veintena. La mujer sonrió un poco emocionada por verle, no obstante, un profundo dolor atacó su pecho y la hizo doblarse sobre sí misma, causando que el hombre corriera hasta su cama para auxiliarla.

— ¡Rin! — gritó con los ojos muy abiertos y llegó hasta su lado.

Rin agradeció que Obito envolviese sus hombros con uno de sus brazos, acariciando tenuemente su brazo con la mano. Ella subió su mirada castaña y le sonrió con suavidad, haciendo que el pelinegro de oscuros ojos suspirara, totalmente aliviado de que el problema no hubiese pasado a mayores.

— Fue la emoción. Lo siento por preocuparos — murmuró.

Obito negó con vehemencia y la abrazó con amor, con el sentimiento del alivio por verla empapándole el corazón. Había sido un largo año resolviendo los problemas de los demás en otras tierras, y al fin estaba en plenas condiciones de decir que iba a poder pasar algo más de tiempo con Rin, aun si tenía otros asuntos que resolver en ese imperio también. La muchacha se revolvió entre sus brazos mientras enterraba el rostro en su pecho, completamente cómoda de estar allí después de tanto tiempo.

— ¿Cómo os encontráis? — preguntó el hombre en una dulce voz baja contra su cabello.

Se acomodó un poco sobre la cama sin soltarla y ella apretujó lo brazos alrededor de la cintura masculina.

— Ya me veis aquí… débil y un poco sola — rió tratando de restarle importancia.

El moreno sintió que su corazón se encogía.

— ¿Kakashi no viene por aquí? — cuestionó con un leve tono furioso.

Rin elevó sus ojos hacia él con una mueca resignada.

— Viene, pero solamente de noche cuando puede desocuparse de sus obligaciones — se mordió los labios y Obito bajó la vista hacia ella.

Rin siempre había sido hermosa, tanto que había estado enamorado de ella desde que la conoció cuando era un adolescente; y aun después de pasar tanto tiempo en cama en conjunto con su enfermiza palidez actual, Obito podría seguir diciendo exactamente lo mismo por un millón de años más. Le dolía verla enferma, como había estado los últimos ocho años, cada vez más delicada y propensa a los estados críticos con cada vez más rapidez.

A ella le debía muchas cosas, entre ellas, su propia salud mental que había amenazado con ir en decadencia hace tantos años atrás, preso de un creciente tormento que no se despegó de su alma hasta que ella entro, iluminándolo todo a su paso, encendiendo pequeñas lámparas de tranquilidad y resignación, marcándole el camino que debía seguir.

El sonido de la ventana lo devolvió a la realidad, estrechó más a la mujer contra su cuerpo y observó con evaluativas pupilas hacia el lugar señalado. Otro hombre con un chaleco gris sobre un suéter negro sin mangas, había hecho acto de presencia en la habitación. La máscara de animal solamente dejaba ver los mechones plateados sobre la coronilla de su cabeza. Rin se despegó un poco del pecho de Obito y sonrió, sintiéndose completamente feliz después de mucho tiempo.

— Yo — saludó el recién llegado levantando una de sus manos en forma de saludo.

— ¡Kakashi! — exclamó el otro hombre señalándolo con el dedo en un acto desafiante.

Este ni se inmutó mientras se quitaba la máscara y la dejaba sobre un tocador cercano. Rin bufó con diversión y se enderezó con ayuda de Obito. Ver la manera en la que el moreno peleaba prácticamente solo, había sido una de las cosas que más había extrañado.

Estaban juntos los tres de nuevo.

— ¿La reina no se pondrá furiosa si vos no estáis a su lado a estas horas? — cuestionó la mujer.

Kakashi se encogió de hombros mientras se echaba hacia atrás la peculiar melena.

— Shizune-san está con ella, ahora no me necesita — respondió mirando hacia Obito.

El mencionado le devolvió la mirada con los párpados hechos rendija.

— Será mejor que no mencionéis nada — aclaró con voz neutral.

— No creo que necesite saberlo, de todos modos — replicó con un tono sombrío.

Rin lanzó una pequeña risilla nerviosa.

— ¿Qué tal si me ayudan a ir al jardín? — los dos se giraron hacia ella como si estuviese demente —. Vamos, será solamente por un rato… mientras pueda estar con vosotros — susurró y sus pupilas se enfocaron en las sábanas.

Los dos pares de ojos la escanearon con intensidad, por lo que no pudo evitar sonrojarse como una jovencita enamorada frente a su amado. Los quería mucho a los dos, y las oportunidades de estar juntos eran bastante escasas desde que Obito llevaba esa máscara y se había unido a esa organización, "Akatsuki", le había oído decirle. Kakashi siempre había sido fiel a Tsunade Senju, la reina del este, y estaba plenamente segura de que hacía sus difíciles trabajos con suma eficiencia.

Y ella no había podido ayudarlos a los dos. Desde que había empeorado en salud, todo en su mundo era una nebulosa incierta que se cernía sobre su alma y la carcomía con lentitud. Lo único que podía hacer ahora, era demostrarles que estaba bien y que su situación estaba incluso mejor de lo que ellos creían, aunque no fuese del todo cierto.

— Rin… — los escuchó decir a los dos al mismo tiempo con un matiz de preocupación.

— ¡Está bien! ¿Me vais a ayudar o no? — reclamó con voz mandona intentando levantarse de la cama.

Los dos galenos la ayudaron inmediatamente, sabiendo el carácter que tenía cuando se exasperaba. Quedó totalmente erguida y su sencillo vestido rosa le cubrió los pies desnudos. Se sentía pequeña con esos hombres a cada lado de ella, sujetándola con seguridad de los brazos mientras la miraban con apreciada atención.

— ¿Segura que queréis salir? El sol no es precisamente amable en el Imperio del Fuego, lo sabéis — espetó Kakashi con voz neutral, no obstante, Rin percibió la suavidad detrás de su escueta advertencia.

— Está bien, Kakashi. Sé lo que implica. ¿Olvidáis acaso que alguna vez fui un médico y estuve allá afuera? — el hombre enmudeció al instante.

Carraspeó y la observó, tratando de mantener la dignidad. Ella rió al ver su casi imperceptible forcejeo emocional. Obito la acompañó en su risa y pasó sus brazos por sus hombros y rodillas. La castaña se sorprendió al ver que estaba siendo cargada en menos tiempo del que había podido darse cuenta, y el moreno sonreía de oreja a oreja con humor.

— Oh, pero ahora eres nuestra princesa; no llegaréis cansada al jardín — dijo con diversión. Rin negó resignada —. ¡Ahora vamos! — exclamó mientras corría hacia la puerta.

La muchacha se agarró a su cuello mientras se estiraba para mirar a Kakashi, el cual suspiraba caminando con pasos parsimoniosos como si estuviese especialmente fastidiado. Le guiñó un ojo con una niñería traviesa y compartió algunas anécdotas con Obito en medio de chillidos.

El hombre sonrió con discreción. Había extrañado todo ese alboroto.

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El agitado viento caliente le abrasaba los oídos con cada impulso que daba hacia adelante. Corriendo como el viento por la dura tierra del camino, Naruto enfocaba su mirada hacia el frente con un sentimiento de incertidumbre cubriéndolo como un manto oscuro. Podía percibir a su superior, viajando de rama en rama con aquellos extraños hilos que salían de sus dedos y se amarraban a lugares que no podía ver.

Llevaban corriendo un par de horas más o menos, y aunque otros guerreros preferirían irse a caballo en tales circunstancias, ellos eran ninjas, y cada oportunidad de ejercitar el cuerpo era bien recibida. No eran guerreros tradicionales, ni samuráis, ellos iban más allá de ello, siendo necesarios cuando se quería cumplir con extremada pretensión cierto trabajo; sin embargo, el trabajo que estaba a punto de cumplir, no le gustaba para nada.

El rubio no quería matar a menos que fuese estrictamente necesario y su vida estuviese en peligro, pero dadas las órdenes de Sasori, debía cumplir cada una al pie de la letra, entre ellas, matar a los traidores que se congregaban a los pies de Neji Hyūga y llevarlo vivo ante el emperador, que seguramente no dudaría en matarlo. Ante el pensamiento, no pudo evitar apretar la mandíbula y acelerar el paso, como si de esa manera pudiese impedir el derramamiento innecesario de sangre.

Su chakra, con afinidad de viento, le hizo cosquillas en las piernas y lo impulsó a correr más rápido, sobrepasando en cuestión de segundos a sus pares que habían estado más adelantados. No quería ni imaginarse el rostro hermoso de Hinata desdoblado en el horror si llegaban a encontrar a su primo en medio de una conspiración. Sería sentenciado a muerte frente a ella, sin duda alguna.

— ¡Eh! Nosotros no poseemos afinidad de viento. ¡Calmaos! — gritó uno de los ninjas a su espalda mientras trataba de seguirle el ritmo sin éxito.

Sasori observó hacia la carretera de tierra de reojo, sin detenerse ni una vez pero consciente de lo que ellos hablaban. Algunos habían asentido sin rechistar a la orden de Madara mientras que la otra mitad de su escuadrón lo había tomado en cuenta, mirándole como si esperara que él respondiera por ellos, y así había sido. Sasori tuvo un arduo trabajo averiguando en quién podía confiar y en quién no. Todo aquello era una red que se entretejía con los deseos de los Uchiha y él no podía darse el lujo de darse a conocer antes de tiempo.

Akatsuki había llegado por fin a las tierras del fuego, y él no podía hacer más que sopesar las ideas a gran velocidad. Tenía unos cuantos subordinados dignos de confianza, cuyas esperanzas estaban realmente dirigidas hacia los herederos Hyūga, pero le servían de igual manera para llegar a un fin común donde todos saldrían ganando. La familia usurpadora estaría muerta al pie de los grandes muros del palacio en menos tiempo de lo acordado, o al menos eso anhelaba con toda la nueva resolución.

Esperaba que Neji Hyūga hubiese cruzado ya hacia el otro extremo de la frontera y no tuviese que lindar con su presencia cuando llegase al campamento, después de todo, si aquello ocurría, se retrasaría y todo se volvería un caos, proclamándolo como un traidor antes del tiempo estipulado. Deseaba al menos tener algún tiempo para ver a los Uchiha revolcándose en el estiércol de sus actos, y además, también disponer de él cuando la organización atacara por fin.

El pelirrojo ralentizó sus saltos y encogió levemente los extraños hilos de sus dedos, sintiendo ciertas presencias un poco más allá de su visión. Estaban a kilómetros aún, pero en cualquier momento y a la velocidad que iban, los dos escuadrones se reunirían en menos tiempo del que tardaba un gallo en cantar a primera hora del alba. Sasori giró la cabeza hacia la carretera y dos de sus subordinados le estaban mirando, como esperando órdenes de su parte. Él simplemente volvió la vista hacia el camino de ramas antes de saltar a la tierra, enfocando su mirada perfilada hacia delante.

Naruto pausó un poco sus rápidas zancadas en cuanto el pelirrojo se colocó frente a él. Miró su nuca, donde los agitados mechones se mecían con la velocidad de la carrera y no pudo evitar pensar en la cabellera de su madre; y no, no era porque se la recordara (porque ni siquiera la había conocido), pero el padre de Gaara, que era el emperador de la Arena cuando él estaba pequeño, le había dicho que su progenitora, Kushina, era tan pelirroja como una fresa fresca y que poseía unos profundos e hipnotizantes ojos azules, tan oscuros como las piedras de zafiro. Su padre, en cambio, era otro cantar; rubio y de orbes del color del cielo, Minato le había heredado casi toda su apariencia, aunque al emperador le gustaba burlarse alegando que él no parecía haber sacado su altura ni por asomo.

Pero era aquello, simple y llanamente, dos nombres y dos apariencias que nada le aportaban a su mundo. Había buscado respuestas, muchas, y no había encontrado nada más allá del hecho de que sus padres habían muerto envueltos en una conspiración, y la única información de la que disponía, hacía referencia a la ocurrida en el Imperio del Viento, cuyo suceso había impulsado al Imperio de la Arena a romper toda clase de tratados con ellos.

Cuando había tenido la edad suficiente (y comprobado que los extraños atentados hacia su persona habían disminuido), Naruto pidió permiso al emperador y a Gaara para viajar por todo el mundo, y así lo había hecho, paseándose por el Imperio del Trueno, del Viento y del Hielo, para, finalmente, terminar trabajando para el emperador del Fuego.

Casi no podía ni imaginarse su aura asesina si su mejor amigo se enterase del hecho.

Casi se chocó contra la espalda del capitán por no darse cuenta de que el viaje se había detenido en un segundo, reprendiéndose por su muy poca distracción circundante. Sasori mantenía la arenosa mirada sobre las siluetas que se notaban más allá de los ojos del rubio, el cual se movió un poco para estar al corriente de la situación.

El escuadrón siete se acercaba a pasos agigantados hacia su formación, notándose bastante cansados y llenos de lo que parecía ser lodo. Naruto se encogió inconscientemente mientras fruncía el ceño, de tal manera, que terminó por dolerle. Sentía una aura extraña, como si de repente todo a su alrededor hubiese cambiado. El pelirrojo no se movía, estaba estático en su lugar, como si no quisiera auxiliar a los que venían con información privilegiada…

— ¡Sasori-sama! — exclamó uno de ellos, portando la bandana en el cuello que lo identificaba como el capitán del escuadrón —. Neji Hyūga… Neji Hyūga se ha ido — repitió en medio de su azorado aliento.

El corazón del hombre de azulinos ojos dio un vuelco, en parte preocupado por la vida del primo de su amada y por lo que pasaría s llegasen a encontrarlo. Naruto esperó que su capitán dijera algo, cualquier cosa, pero él permaneció callado, como si no hubiese escuchado palabra alguna.

— ¿Sasori-sa…?

— ¿Algo más que debáis decirme? — replicó él, cortándolo sin medias tintas.

El ninja se notó sorprendido por tanta frialdad de su parte. Solía serlo casi todo el tiempo, pero nunca era tan palpable como en ese momento. El hombre miró a sus subordinados de reojo, como si recién se hubiese percatado de algo particularmente peculiar; sin embargo, tan rápido como había expresado el gesto, el pelirrojo había actuado.

Naruto observó con horror la manera en la que su capitán le cortaba la yugular en una herida perfecta, casi invisible. Ladeo la cabeza hacia los lados y lo observó la escena en cámara lenta, como si sus pies estuviesen arraigados a la tierra y el sonido sordo se dispersase por todos los rincones de su cabeza. Uno de los ninjas había rodeado por la garganta a otro con una cadena de fuego, asfixiándolo y quemándolo al mismo tiempo. Ni las muecas de terror entremezcladas con dolor parecían ser ciertas ante los ojos azules del espectador no partícipe.

Sasori limpió la hoja de su pequeña daga y los hilos de sus dedos expertos dejaron rosetones venenosos en la piel de dos oponentes, con un aspecto tan tranquilo que parecía no estar pasando nada grave en realidad. Desde su posición, el rubio observó la masacre con el corazón a millón, incluso ninjas de su propio escuadrón se habían revelado contra el pelirrojo, pero él les hacía callar cuando más hilos salían de la tierra y los amarraban al aire, matándolos en seco con el mismo corte tan simple a pesar de que ellos luchaban por liberarse.

¿De qué manera estaba haciendo aquello? ¿Cómo es que nadie se había percatado de sus verdaderas intenciones de matanza?

— Un ninja nunca se descuida. Ni siquiera con su superior — dijo con estoicismo, sus ojos de miel enfriándose con cada palabra.

Un inminente golpe intentó llegar por su espalda, sin embargo, Sasori usó su secreto brazo de arcilla para repeler el ataque con una media sonrisa que parecía ser inocente.

— ¡¿Qué tenéis en ese…?!

— Nada que podáis entender — replicó él, obligando al contrincante a alejarse con un salto que él aprovechó al máximo.

El compartimiento secreto de aquella extremidad de abrió, dejando a Naruto de nuevo con la boca más abierta de lo humanamente posible, mientras que observaba la cuchilla que salía disparada en dirección al ninja que estaba lanzando bolas de fuego como desquiciado; asustado de ser un blanco fácil para alguien que parecía demasiado experimentado en el arte de matar. Una de las llamas le rozó levemente el brazo, pero si aquello le dolió, no lo demostró. Su cuchilla atravesó la garganta del ninja hasta que la punta salió por la nuca, cayendo arrodillado mientras sus pupilas veían atemorizadas a su verdugo.

La pequeña masacre (porque ni siquiera había sido una batalla), terminó en segundos, como si siempre se hubiese sabido quién ganaría en tan despiadado suceso. Sasori no tenía ni una sola gota de sangre en su ropa, pero los caído a su alrededor le daban un aire tenebroso, como un muñeco maldito encerrado en una oscura habitación. Sus subordinados se limpiaban la tierra de las sandalias y la ropa como si asesinar a un compañero fuera una rutina especialmente aceptada.

Entonces, Naruto por fin reaccionó. Se colocó en guardia y esperó a que cualquiera fuese hacia él, interrogándose a toda velocidad si él sería el siguiente en la larga lista de la muerte. El pelirrojo se arrodilló frente al cuerpo del capitán, delineando las facciones y el corte limpio en el costado de su cuello.

— Vuestro cuerpo posee fuertes habilidades, lástima que no hayáis estado preparado — se le escuchó decir —. Os guardaré, pues tales cualidades no deben perderse en el tiempo — susurró con tono calmado.

El rubio se notó indignado ante tales palabras, contemplando la manera pacífica en la que él sacaba un pergamino de transporte y hacía una extraña raya sobre la frente del caído. De un momento a otro, el cuerpo ya no estaba.

Y los demás tampoco.

— ¡¿Qué mierda hacéis?! — gritó Naruto como llevado por la irracionalidad.

Los demás ninjas se colocaron inmediatamente en guardia, esperando un solo movimiento de su parte para asesinarlo también, mas Sasori levantó una mano, pidiendo que se calmasen. Se levantó con parsimonia y giró hacia él, caminando con sutiles pasos pero alerta ante cualquier eventualidad. Las pupilas de Naruto se habían dilatado, por la rabia y el sentimiento de incomprensión al asesinar a sangre fría. Sabía a lo que se atenía al adentrarse en ese mundo de oscurantismo desprovisto de sentimientos de camaradería, pero jamás se hubiese imaginado algo tan atroz como lo que acababa de pasar.

Sintió cólera contra sí mismo por no haber hecho nada, por haberse quedado allí estático por siempre, con los ojos desorbitados de puro desconcierto; y cuando menos se dio cuenta, tenía a Sasori a un metro, mirándole como tratando de traspasar su cabeza y hurgar sin decoro entre sus pensamientos.

— No sé de qué lado estáis — mencionó él —, pero si estáis con ellos, entonces no estáis conmigo — siguió, abriendo de nuevo el compartimiento en su brazo.

El extranjero mostró los dientes con fiereza, sintiendo la sangre bullir en sus venas por la subestimación a la que era sometido. ¿Creía que se iba a dejar matar así como así? ¿Sin pelear? Naruto no era sinónimo de rendición, y por supuesto, la persona que llevaba tal nombre mucho menos. Si tenía que luchar por su vida, lo haría, porque tenía mucha gente a la que quería defender a capa y espada.

Porque Hinata Hyūga lo esperaba con vehemencia en algún rincón del castillo.

— ¡¿Creéis que me rendiré sin pelear?! — gritó.

Sasori alzó las cejas.

— ¿Pelearéis contra mí? — inquirió con sutileza.

Naruto afianzó mucho más su defensa.

— ¡Lo haré!

El pelirrojo se cruzó de brazos, como evaluando los pros y los contras de lo que diría a continuación.

— ¿Creéis que a Hinata-hime le gustaría que llegaseis herido?, o aun peor, ¿muerto? — cuestionó, con la voz tan neutral como si estuviese hablando del clima, sin embargo, su altanera mirada le daba otro aire.

Naruto se tensó al instante, pensando que debía haber sido un poco más espabilado teniendo a Sasori alrededor.

En ese momento, ni siquiera pudo recordar que él también le sabía un secreto.

.

Con casi cinco días en constante preocupación debido a la partida de Sasori, Sakura no sabía demasiado bien qué otra cosa más podía pensar. El emperador la ignoraba desde aquella vez que la había abrazado en el pabellón de las favoritas, pero no de una forma desdeñosa, sino más bien como si no reparara en que ella estaba cerca de él casi la mayoría del tiempo, pues era la encargada de arreglar su despacho y acomodar sus aposentos. Itachi no parecía ni inmutarse con su presencia, siempre leyendo papeles y mapas como si se le fuese la vida en ello.

Había notado que rara vez comía o bebía mientras estaba enfocado en sus quehaceres, arrugaba constantemente el ceño como si estuviese buscando algo en particular y gustaba mucho de leer, o al menos esa impresión le daba cuando tomaba un libro y sus ojos oscuros se perdían con avidez entre sus páginas. La muchacha casi había olvidado lo mucho que le gustaba leer desde que había llegado al castillo, y por ello, cuando el emperador estaba sumamente concentrado en algún tema, ella fingía limpiar su estante y leía los títulos en los desgastados lomos de gruesos libros.

Unos le sonaban mucho a estrategias de guerras y estudios en específico de los cuales ella no había oído hablar jamás, y un día, mientras cumplía su rutina, había descubierto un grueso tomo con la inscripción de "Leyendas". Quiso agarrarlo y leerlo debido a su curiosidad, pero contando con la presencia de Itachi demasiado cerca, lo tomaría como un atrevimiento. Además, ¿se suponía que ella sabía leer? No creía que nadie más del castillo, aparte de Hinata, se enterase siquiera de que tenía esa cualidad que no muchas mujeres podían desarrollar, algo que le parecía sumamente ridículo. ¿El mundo no estaría muchísimo mejor si todos leyeran algo interesante de vez en cuando? Sakura juraba que sí, pero como su palabra valía menos que una moneda de cobre, entonces no expresaba sus opiniones.

¿Quién iba a escucharla de todos modos?

Su madre le había enviado otra carta, disculpándose por no poder escribir tan seguido, pero debía mantenerse constantemente en la nueva mansión donde trabajaba, y la muchacha no pudo sentirse más feliz por eso; su madre tenía nuevo trabajo y ya no se sometería a los desplantes que la antigua matriarca de la casa le proporcionaba todos los días y a todas horas.

En las noches, cuando estaba a punto de dormirse, siempre veía hacia la gaveta donde aguardaba el extraño broche que había obtenido por obra y gracia de quién sabe qué. Podía estar segura de que no era un broche normal (¡sobre todo por la cantidad de joyas en él!), pero tampoco daba una resolución concreta a su significado, Hinata a veces se acercaba tentativamente y luego parecía cambiar de opinión, y ella no podía hacer más que agradecerle el gesto porque no tenía ni idea de cómo responder a sus propias dudas.

— Sakura — escuchó una voz a lo lejos y respingó, girando la cabeza hacia el espaldar de la silla donde se encontraba —. Tengo como cinco minutos seguidos llamándoos — la joven observó a la pelinegra de ojos grises parpadear con desconcierto.

Ella rió nerviosamente y agitó la mano restándole importancia a aquello. Se levantó y se acercó hasta ella con la cara llena de interrogantes.

— ¿Qué pasa, Hinata? — cuestionó un poco sorprendida.

Faltaba poco para la media noche, y el hecho de que ella estuviese despierta, era bastante extraño. La observó juntar los dedos con un poco de nerviosismo, y ella se encontró preguntándose si no sería por Naruto, aquel rubio del que estaba completamente enamorada y llevaba cinco días sin dar noticias. Junto a Sasori. Algo dentro de su pecho se removía con incertidumbre.

— Es Itachi-sama… — dijo ella despejando sus cuestiones —, quiere que vayáis a sus aposentos — concluyó con un susurro.

Sakura deseó no haberla escuchado del todo. El emperador la convocaba a sus habitaciones después de cinco días ignorándola. Debía ser el paraíso.

"Por supuesto"; dijo aquella voz interior en tono sardónico.

— Ya… ya voy — carraspeó ella sintiendo que las manos le comenzaban a sudar.

Se colocó frente al espejo y miró su reflejo. El cabello rosa trenzado con hilos de bronce reposaba sobre su hombro desnudo, mientras que sus ojos verdes inspeccionaban cada pequeño detalle de su sencillo vestido occidental que se amarraba a uno de sus hombros a través de un broche de flores de cerezo, un detalle que le pareció bastante conmovedor cuando Karin casi se lo tiró al rostro replicando que el emperador lo había mandado para ella.

Se sorprendió un poco cuando Hinata colocó una manta sobre ella de un reluciente color pastel y le sonrió a través del espejo.

— Para uno de esos días que hace frío en el Imperio del Fuego, creo que esta es la noche más fresca — respondió a su muda pregunta.

Sakura se calmó un poco con el dulce tono de su voz. Al parecer, Itachi no la había mandado a ponerse un vestido traslúcido ni mucho menos; debía considerar que eso era un gran auge para su dignidad.

"A menos, claro, que quiera que lo calentemos"; dijo entre dientes su yo interior.

La mujer sintió que una venita se alzaba en su frente. Debía evitar que aquella vocecita pensara demasiado sobre el tema después de la última vez. Ya el moretón de su cuello y los rosetones de sus glúteos y piernas habían desaparecido, incluso el mismo emperador se había disculpado, pero ella seguía en guardia, como si no pudiese evitar estarlo a toda hora del día.

— Gracias, Hinata — inclinó un poco la cabeza hacia ella y se dirigió hasta la puerta.

Los ojos blancos de la antigua heredera la miraron con cariño.

Sakura suspiró y cerró la puerta a su espalda, tratando de caminar lo más lento posible para que sus temores se disiparan. No quería pasar otro momento como el que había vivido la última vez que había estado con él, y mucho menos quería revivir el terror de tener que volver a contemplar aquellos ojos crueles, desprovistos de toda luz, que habían sido mucho más aterradores que la mirada constante del príncipe.

Andando con la cabeza baja, Sakura se tensó un poco al divisar unas botas caminar al lado contrario y en dirección opuesta, acercándose cada vez más a su posición. Ella subió un poco el mentón, rezándole al Dios del Fuego para que no fuese el príncipe Sasuke quien hacía su caminata nocturna. Para su suerte, su pedido fue cumplido.

No obstante, algo peor ocurrió.

Madara Uchiha La observó con sus ojos de oscuridad profunda y ella volvió a inclinar la cabeza en señal de respeto, sintiendo el denso ambiente a su alrededor. Aunque era la primera vez que lo veía, había escuchado su descripción y visto una pintura en la cámara principal que supo grabar bastante bien en su memoria, sin embargo, Sakura esperaba encontrar a un hombre bastante más viejo. ¿Cómo es que una persona tan joven podría haber sido el patriarca de su clan hace más de cuarenta años? Aquel hombre tenía toda la pinta de pisar los treinta apenas, pero definitivamente debía ser un Uchiha, porque ellos eran los únicos que podían portar el emblema en la ropa.

Él ralentizó el paso, desviándose un poco de su camino para llegar hasta la joven, cuyos ojos se vieron sumamente nerviosos cuando notó la cercanía. Madara le levantó la quijada con un dedo y ella observó insistentemente hacia su entrecejo, no queriendo caer en ningún tipo de ilusión… ¿No iba a tener que complacerlo a él también? ¿Verdad?

No, por favor; pensó aterrorizada.

— Cada vez son más jóvenes — dijo él haciendo que ladeara su rostro —. Dentro de poco tendremos niñas también — se burló como si ella no estuviese presente, mas no le soltó el mentón en un largo rato.

Sakura tuvo la desagradable sensación de que sus ojos (aún negros) la escaneaban, como tratando de averiguar qué era lo que ella escondía. La alarma de su cerebro la alertó y por su mente pasaron imágenes del broche, de Sasori, de los besos de Itachi, y un revoltijo de cosas más que hubiese querido mantener enterradas debajo de un montón de recuerdos vanos.

No quería brindarle sus memorias a los ojos del moreno mayor, pues sería como entregarle el alma a los demonios.

O mucho peor.

— Seguid vuestro camino — habló y la soltó como si nunca la hubiese tocado.

Ella bajó de nuevo la cabeza y miró hacia el suelo con creciente timidez áspera. Allí dónde él había puesto sus dedos, se sentía la sensación desagradable del frío helado, como si la mano de un fantasma hubiese traspasado su piel. Dio la vuelta y siguió caminando rumbo a las escaleras que la guiarían hasta los aposentos del emperador, rogando para no encontrarse con nadie más en el camino.

Su cabeza aún daba vueltas por el contacto anterior y deseó salir corriendo de nuevo al pabellón de las favoritas y enterrar la cabeza en la almohada para no volverla a sacar jamás. Y mantuvo ese pensamiento hasta que llegó a la puerta, esa infame puerta donde la cama del emperador estaba, seguramente, dispuesta a amoldarse a su silueta.

"Ya lo estáis deseando, lo presiento"; la voz de su cabeza salió a relucir, un poco burlona ante sus pensamientos.

¡Callaos!; respondió ella abochornada, a medio camino de tocar la puerta.

— Está abierta, empujad — la voz fuerte de Itachi se escuchó desde el otro lado.

Ella arrugó los labios e hizo lo mandado para adentrarse, de nuevo, en la ya conocida habitación.

Sakura esperó ver el mismo desparpajo de la última noche en la que había estado allí, sin embargo, nada la dejó más perpleja que lo que estaba viendo. Itachi, con el cabello totalmente suelto y una sencilla yukata, enfocaba sus pupilas en las líneas de un pesado libro mientras que la pequeña mesa redonda a su lado, estaba totalmente repleto de tomos apilados, como si estuviesen allí esperando por ella.

— Decidme, mi señor — habló en cuanto fue capaz de despegar su mirada de los libros.

— Sakura, ¿cuántos imperios hay actualmente? — interrogó él mientras pasaba la página.

La pregunta la descolocó totalmente. No es como si ella debería saber eso, ¿verdad? La realidad es que sí sabía cuántos había y sus nombres. ¿Acaso era una pregunta trampa? ¿Estaba colocándola a prueba de alguna manera? De ninguna forma podía concebirse que una campesina supiese demasiado de territorios ni de geopolítica. Bueno, ella era extranjera, pero su madre nunca le había dicho de dónde exactamente. ¿Quizás quería probar cuánto sabía una extranjera de esos temas? Ella sacudió la cabeza, como tratando de despejar las preguntas.

Itachi levantó levemente la vista, observando las graciosas reacciones de la muchacha.

— No creo tener toda la noche… — avisó cerrando el libro con suavidad y dejándolo sobre los demás —, ¿queréis amanecer aquí conmigo? — cuestionó entrelazando las manos mientras se inclinaba hacia delante.

Ella sintió la sangre cubrir sus mejillas con vehemencia y negó, tan fuerte, que creyó que su cabeza saldría disparada hacia una esquina de la recámara. Observó sus espesas pestañas oscuras con los labios arrugados y suspiró.

— Hay cinco imperios actualmente, su majestad — empezó ella irguiéndose desde su sitio.

— Muy bien. ¿Cuáles son sus nombres?

Sakura elevó un poco las cejas, diciéndose que si tenía que responder preguntas de ese estilo, entonces era mucho mejor lucir algo de su intelecto. ¿No estaba mal, verdad?

— El Imperio del Viento, que linda con la frontera del Imperio de la Arena — empezó ella mientras Itachi asentía —. El imperio del Hielo que comparte fronteras con nuestra nación, el Imperio del Fuego. Y finalmente, el Imperio del Trueno, un gran territorio que comparte océanos con el Hielo y la Arena — culminó muy satisfecha.

El emperador la observó con el mentón en alto, como toda una marisabidilla que acabase de dar un gran discurso ante la corte imperial. Contuvo las ganas de sonreír y se recargó de nuevo en su lugar.

— Venid aquí — señaló él mientras colocaba la mano sobre un libro en particular y lo apartaba hacia su dirección en la mesa.

Sakura aspiró el aire y se acercó con pasos rápidos, como si el suelo fuese arena caliente y ella temiese quemarse los pies cubiertos por leves zapatillas. Llegó a la mesa y ladeó un poco el rostro para mirarle, no obstante, desvió la mirada con rapidez cuando notó que el pozo oscuro de sus ojos estaba enfocado sobre su facciones. Itachi quitó la mano de la portada del libro y la moza sintió su corazón a todo galope.

La portada azul un poco desgastada y las letras doradas la maravillaron como la primera vez que había visto el libro. "Leyendas" rezaba el título, y había tenido tanta curiosidad como miedo de tomarlo cuando lo había visto. Sus ojos verdes se clavaron sobre el rostro apuesto del emperador como haciéndole una pregunta muda con una intrepidez que casi hizo reír al monarca.

— Os noté mientras veíais el libro. Hay cubiertas más llamativas, pero a juzgar por vuestra expresión, supuse que sabíais leer — aclaró escuetamente.

La joven de hebras rosadas se impresionó por la capacidad que él tenía para asimilar todo a su alrededor aun sin prestar atención. ¿O sí se la había prestado cuando ella no le miraba? Un insigne cosquilleo pareció invadir la boca de su estómago, como si ese pensamiento le diese una sensación de hormigueo constante de felicidad. No, no. Centraos; se dijo peleando consigo misma. Ella carraspeó y trató de recomponer la expresión.

— Es cierto, sé leer — dijo en medio de un susurro, no obstante, su tono firme no pasó desapercibido.

— Creo que en la página doscientos encontraréis una leyenda interesante — mencionó mientras se levantaba.

Sakura se quedó estática en su sitio mientras le observaba acortar la distancia que les separaba. Itachi llegó hasta ella y se preocupó por dejar un leve espacio vacío entre sus cuerpos, observando directamente hacia su coronilla como si quisiese leerle los pensamientos. La joven observó el trazo de piel de su torso que la yukata dejaba entrever, no pudiendo evitar rememorar su desnudo pecho perlado en sudor, golpeándose inmediatamente después por tener pensamientos tan vanos y obscenos con él. Ella no debía pensar nada igual. Sasori no se merecía tal atrocidad.

— Sentaos sobre la cama y abrid la página que os dije — ordenó pasándola de largo hasta el lugar mencionado.

La joven mujer se apresuró por cumplir el mandato a toda velocidad mientras seguía los pasos del emperador. Tenía la sensación de que escuchaba el sonido de un tambor dentro de su cabeza, pero lo atribuyó a su imaginación en un instante, ignorando que su corazón estaba a punto de salirse de su pecho con salvajes golpeteos. El moreno llegó a su endoselada cama y recostó la parte superior de su cuerpo contra la cabecera, observando los ojos curiosos de Sakura redoblar su atención mientras pasaban las páginas.

Esta se sentó sobre la cama perdida totalmente en el libro, quedándose de piedra cuando el emperador recostó la cabeza sobre su regazo, como si hubiese tenido todo el tiempo del mundo para planear aquello. Ella observó las hebras lisas, un manto oscuro cubriendo sus piernas mientras que las piedras de ónix que tenía por ojos la miraban, diciéndole algo que no alcanzaba a comprender.

— Leed — comandó él, pero a Sakura le sonó más a petición.

Aquella voz tan sedosa y suave no podía utilizarse erróneamente para ordenar.

Ella carraspeó un poco, colocándose el libro a un costado para que no estuviese sobre la cabeza de Itachi. "La Emperatriz Helada", rezaba el título, y ella no pudo evitar recordar a la señorita Ino con esa mirada azul, casi gris, martillando a sus verdes ojos, dando la impresión de que trataba de leerle la mente.

Siendo objeto de atención, la muchacha de abundantes hebras exóticas utilizó su mejor tono y comenzó a leer.

«Cuenta la leyenda que al principio de los tiempos, el Imperio del Hielo no era solamente hielo, también era agua y luz, el imperio nocturno eternamente iluminado por la luna, privilegiado por sus aguas profundas. Pero entonces, la Emperatriz Helada se obsesionó; nadie sabe por qué o cuándo, simplemente dejó de ser dulce y paciente, y su imperio de agua se sumergió en un invierno eterno, comandado por su frívolo corazón.

No fue hasta que llegó a una edad muy avanzada, que la Emperatriz Helada se vio muy afectada por lo que había hecho, y llamó a su hijo unigénito, de hermosos cabellos rubios y brillantes ojos azules. "Buscadla, buscadla"; le dijo segundos antes de morir, pero el invierno eterno no se acabó.

Él siguió y siguió, sinuoso e imponente como el primer día, y ni siquiera su hijo pudo devolver las corrientes de agua a su auge, y descongelar los lagos con su chakra.

Nada se podía hacer, todo estaba estático. Eternamente helado. El hombre debía buscarla, su madre se lo había dicho. Y su deber era cumplirlo.»

Terminó de relatar y lanzó un gran suspiro. Leyenda o no, la Emperatriz Helada (o quién quiera que fuese), parecía haber sufrido una infinidad de emociones que habían acarreado el comienzo del invierno eterno, como si sobre su alma hubiese caído una sombría carpa de problemas, amarrándola para siempre a las profundidades de la desesperanza.

No supo por qué exactamente, pero sintió un nudo en la garganta, el tan desagradable preludio al llanto, como si aquella leyenda le afectara más de lo humanamente posible. Sacudió la cabeza a todas las direcciones y sus pupilas se dirigieron hacia su regazo.

El monarca seguía allí, con expresión serena y una respiración sublime y constante. Tenía los ojos cerrados y la mano sobre el pecho, el cual subía y bajaba con espontánea calma.

— Itachi-sama... — llamó ella, muy bajo, como temiendo despertarlo de su sueño.

El moreno no se inmutó, permaneció con una expresión endeble. Sakura sintió su corazón palpitar en cámara lenta, con todo deteniéndose a su alrededor; incluso el sonido externo parecía haber desaparecido. Y ella estiró la mano, en un gesto puro de espontaneidad. Con uno de sus dedos delineó las marcas que nacían bajo sus párpados y morían en sus pómulos, los labios entreabiertos lanzando bocanadas de sutil aliento, las hebras de su cabello escurriéndose a través de las piernas femeninas y su torso varonil... se sentía como hechizada, con las manos temblorosas recorriendo las apuestas facciones, tan hermosas como nunca las había notado.

Él abrió los ojos de nuevo, tomando con rapidez su muñeca cuando ella detuvo los dedos sobre sus labios. Sakura sintió que se quemaba, pero no de una forma desagradable, como si su toque pudiera aliviar el creciente ardor que sentía. Itachi se incorporó, aún apresando su tersa piel entre los dedos con delicadeza, la observó dejar el libro a un lado y se acercó a sus labios, húmedos y entreabiertos, invitándolo a hundirse en ellos con inocente proposición.

Sakura cerró los párpados y suspiró internamente cuando sus labios entraron en contacto, siendo apenas un roce, pero enviándole ramalazos de energía a todo su cuerpo. Itachi jugó un momento con su labio inferior y se separó, los escasos centímetros suficientes como para hablarle. La joven le observó con los ojos hechos una rendija, y el moreno notó su agitada respiración con el simple toque.

Era... adorable. No tenía otra palabra que le calzara más.

— No queréis esto — susurró él contra sus labios —. Lo hacéis por dejaros llevar.

Sakura sintió las piedras pesadas de sus actos cayendo sobre su cabeza, semejantes a la culpa de haber hecho lo que hizo, de haber fantaseado con un hombre inalcanzable y manchar su amor por Sasori cuando él estaba lejos sin que pudiese verla.

Se sentía la peor mujer sobre la tierra.

Itachi se separó de ella y se acostó dándole la espalda, haciéndola sentir como un ser indeseado en medio de criaturas hermosas y extrañas.

— Iros. Podéis llevaros el libro si lo deseáis — aclaró él cerrando los ojos.

Sakura arrugó los labios, se levantó con el libro entre las manos y reverenció aunque él no le veía. Salió de la habitación en silencio y con desganados pasos, pareciendo una flor deshojada y marchita en un jardín descuidado. Era impresionante la manera en la que podía parlotear como una sabelotodo haciendo alarde de que sabía cómo se llamaban los imperios, pasarse de lista recorriendo con los dedos las facciones de un hombre como el emperador; e inmediatamente después, sentir unas increíbles ganas de llorar a la vez que recorría los rincones hasta la habitación. Sentía que todo aquello la estaba superando, y no se creía capaz de afrontarlo sin Sasori cerca.

La zozobra sobre su alma, no la abandonó durante el resto de la madrugada.

Y mucho menos los pensamientos sobre Sasori e Itachi.

...

¡Gracias por leer!

¿Opiniones, dudas, tomatazos?

¡Recuerda dejar tus penas y glorias en un comentario! Mi corazón te lo agradecería.

Gracias a:

Yami no Emi (¡El buen humor! Voy a hacer que termines amando a Ino, te acordarás de mí haha; en cuanto a Sakura, te aseguro de que tendrás infinidades de oportunidades de verla como quieres, como es en el anime/manga. Y no, no estas siendo muy dura con Sasuke, ya que estoy apelando a su peor lado en este fic, magnificando ese peculiaridad vengativa, el que cree que el mundo es suyo y no necesita a nadie, el cruel que no lo piensa dos veces para lastimar a los demás si la situación lo amerita, así que no, yo pienso que lo juzgas perfectamente. Lo del regalito... Ya verás, ya verás. :3).

Clara (¡Bienvenida! ¡Muchísimas gracias por tus palabras! Tengo bastante tiempo con esta afición por escribir, así que es gratificante que lo reconozcas de esa manera. Espero poder incentivarte mucho más a seguirme leyendo. ¡Gracias!).

Lyldane (Tu misma lo has dicho, Sakura es un personaje complejo -Contrario a Sasuke, este me parece el más fácil-, manejarla resulta tedioso, pero no imposible, así que la verás como quieres verla, te lo aseguro. Tenten, pff, esta es la que más me gusta escribir haha, cuando sale me emociono xD tienes razón, no hay nadie que tenga más coj**** que ella. Ya verás a este par de tórtolos -Sakura e Itachi-, ya verás... xDD. Estoy segura de que en algún momento todos amarán a Ino. xDDD. ¡Gracias por tu comentario! ).

angihe10 (¡Bienvenida! Gracias por tu comentario. Irás descubriendo qué es lo que tiene ella que a todos los pone así jaja. Ya ves, casi todos tienen recuerdos al principio, exceptuando algunos capítulos. Espero seguirte leyendo. ¡Un saludo!).

Hola (¡Bienvenida! Gracias por comentar. Entiendo el punto, escribiría solamente SasoSaku e ItaSaku si no me enfocara también en otros personajes y la situación de todo este universo, pero no desesperes, leerás muchísimo más de estas parejas.)

Tienen un pedazo de mi escricorazón. :3 (Igual que los que me leen pero no me sé sus nombres ni paraderos :c -Se pone emotiva-).

¡Saludos y besos!