Disclaimer: Los personajes de Naruto NO me pertenecen, sino al mangaka Masashi Kishimoto.
Advertencias: El "Rated M" es por varias situaciones, desde las malas palabras hasta las escenas más hirientes o explícitas. Leer bajo un alto criterio.
¡Hola! Gracias por los comentarios, los favoritos y las alertas. Se les agradece muchísimo. :33 Este capítulo se los dejo muy rápido (y sin responder comentarios -corazón roto-) ya que no estoy en mi casa.
NOTA: Tengan siempre los capítulos futuros en un pendrive, en el teléfono, en el google drive, donde sea, para poder publicar. Se iban a quedar sin capítulos esta semana si no encontraba el capítulo en alguna de mis redes jajaja. xD Perdonen los dedazos. ¡Los amo! Me dicen qué piensan y todas esas cosas kawaiis que siempre se inventan con cada capítulo. xDD Leí sus teorías y... Pronto confirmarán una cosa u otra. 3 ¡Se me cuidan!
En fin, sin nada más que decir…
¡A leer!
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Capítulo 10
Manto negro, nubes rojas
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Sentado bajo el gran sauce anciano, Sasori desplegaba sus diversos pergaminos llenos de nombres claves y algunos materiales para la elaboración de sus próximas marionetas. Se sentía de un humor prolijo para la recreación de su arte, y por ello había ido hasta ese recóndito lugar que se había convertido en su refugio desde que había arribado a aquellas tierras, del cual solamente sabía Sakura, que curiosamente tenía días sin acosarlo, y aquello solamente podía ser mala señal, casi tanto como la desagradable sensación de necesidad bailando sobre su pecho.
Acababa de cumplir los doce años, y después de que Itachi Uchiha arrancara a los varones (con más de diez años) del regazo de sus madres para que se presentaran a las pruebas ninja, cuyas celebraciones se hacían anualmente, él había visto la oportunidad perfecta para inmiscuirse entre sus filas sin parecer demasiado sospechoso. El pequeño pelirrojo había vencido a sus oponentes con temple y maestría, aunque no tuvo que hacer muchos esfuerzos para lograrlo, pues la mayoría de los niños no contaban con entrenamiento alguno, así que tuvieron que enfrentarse frente a frente con la inminente muerte que el joven marionetista, les proporcionaba.
Había fijado un empate con el arrogante Sasuke Uchiha, riéndose internamente de su exceso de petulancia, la cual resultaba ser un problema a la hora de enfrentarse a un oponente; si bien, Sasori tuvo muy en claro sus propias habilidades a la hora de la batalla, habría sido una blasfemia decir que estuvo relajado, nunca se podía subestimar, y cuando se hacía aquello, entonces los hechos se salían de control; y él odiaba no tener el control de la situación, por lo que le había calzado como guante aquella actitud típica de los Uchiha.
Sasori siguió divagando un poco más sobre sus futuros planes mientras recolectaba arcilla del pequeño cuenco que había invocado del pergamino. Su vista estaba fija en su trabajo, haciendo uso racional de la multifuncionalidad de su cerebro mientras maquinaba sobre las incesantes ideas que se arremolinaban en sus pensamientos. Entonces, la arcilla entre sus manos se precipitó hasta la baja hierba a causa de su grácil descuido. El corazón le dio un agradable vuelco y ladeó levemente la cabeza hacia su costado, escuchando los leves pasos de Sakura que acababa de traspasar la barrera de sus hilos como otras tantas veces, siendo la única que podía hacer aquello, pues dos ninjas se habían envenenado intentando saber de dónde surgían los hilos.
La joven de hebras rosadas se detuvo frente al chico, observándolo con los ojos entre rendijas mientras una leve vena surcaba su amplia frente. Aun estando demasiado pequeña como para despedir un aura intimidante, la pequeña parecía realmente molesta con aquellos delgados brazos cruzados recelosamente sobre el plano pecho. Sasori la miró con sus cansados ojos de arena, no obstante, su corazón presentía la tormenta temperamental que se avecinaba.
— ¡¿Acaso no estáis violando vuestros propios códigos?! — gritó furiosa, liberando las palabras que quería soltar desde esa mañana.
El niño se mantuvo imperturbable, mas un ramalazo de asombro surcó sus hábiles pupilas. ¿Qué niña de diez años podía increpar tal cosa? Sakura sabía pocas cosas de él, sin embargo, eran suficientes como para inferir que odiaba que le preguntara ese tipo de cosas, que de ser posible darles una respuesta, ella no entendería.
— ¿A qué os referís con ello, Sakura? — cuestionó él, adoptando una despreocupada pose aún en su posición.
El rostro de la niña adquirió un gracioso tono escarlata, dando la sensación de que explotaría en cualquier momento.
— Dijisteis que no seríais un ninja, pero os acabáis de convertir en uno — mencionó ella con un leve toque de amargura.
Sasori apretó la mandíbula, recordando una de aquellas veces en las que le había dicho a Sakura que los ninjas del norte eran malos y muy sanguinarios, por lo que debía ser un choque para ella el verlo convertido en uno.
— Sentaos aquí, Sakura — profirió el pelirrojo luego de un callado suspiro.
La niña de melena rosa no se movió ni un ápice, aun si estaba ansiosa por sentarse a su lado, ella no podía simplemente perdonar el hecho de que Sasori le había mentido de la peor manera.
— No voy a sentarme. Lo sabéis — dijo entre dientes —; únicamente quiero que me digáis el porqué de vuestra mentira — siguió, y su infantil voz adquirió un tono dolido.
El varón se acuclilló en su sitio, buscando las palabras adecuadas para explicarle sus razones a una niña tan parlanchina como ella, aun si no entendía del todo cuál era el problema en especial.
— Sakura... ¿alguna vez habéis visto a alguien hacer algo bueno pero que pareció malo? — cuestionó el niño.
Ella parpadeó un poco descolocada. ¿Contaba la vez en la que él había pretendido asustarla con Salamandra? Aquello había sido un acto malvado que luego se había vuelto bueno, así que podría ser algo así.
— ¿Como cuando intentasteis asustarme con maldad usando vuestra marioneta pero lo percibí como algo bueno? — inquirió ella.
Sasori sintió un tic en el ojo. La pequeña tenía un don especial para sacar temas inhóspitos a colación; sin embargo, aquello era una buena analogía.
— Exactamente así. Si estoy con ellos, en el exterior se tomará como algo malo, pero en realidad es algo bueno — soltó él, simple y llanamente, esperando que tal aclaratoria fuese suficiente.
Pero la diminuta niña rosa era bastante curiosa, y tal respuesta no iba a saciar sus ganas de saber más del tema.
— Eso no me aclara por qué os unisteis a ellos... — murmuró.
Un espeso silencio surgió entre ellos, y el pelirrojo casi podía sentir los grandes ojos almendrados clavándose en su cabeza. Era difícil enseñarle a Sakura su punto de vista, sobre todo porque era más pequeña que él, mas no era estúpida, así que podría comprenderlo alguna vez.
— A veces, os veis obligado a participar en asuntos poco confiables, todos aquellos en los que no os gustaría estar — dijo empleando su típico tinte de estoicismo.
A pesar de que no se notaba nada diferente en aquella voz de niño, Sakura se halló envuelta entre sus palabras, impresionada de que Sasori fuese capaz de hablar tanto.
— ¿Lo hacéis por vuestra abuela? ¿Para que ella esté bien — indagó con curiosidad.
El varón la admiró sus grandes ojos verdes por un momento, consciente de que estaba a punto de mentirle.
— Lo hago por ella — aceptó.
Ella frunció los labios y se sentó a su lado sin apartar la mirada. Por algún motivo, Sasori parecía debatir consigo mismo.
— Ahora deberéis matar por ellos... — susurró presa de la pena.
El niño pelirrojo dio a notar su asombro. Se suponía que ella no debía sacar tan en claro ese tipo de cosas, ni siquiera debería saberlas; tenía apenas diez años, ¿cómo podía ser una niña normal si se percataba de la situación? Esa vida no era para Sakura, porque si se hundía de lleno allí, entonces esa luz que tanto le atraía de ella se perdería para siempre, y cuando aquello pasara, ¿cómo iba a capturar dicho destellos? Ni siquiera haciendo una marioneta con sus infantiles facciones, podría lograr su esencia.
— Vos no debéis pensar en eso...
— Pero vos lo pensáis — contraatacó con su tinte chillón —; si no lo pensaseis así, entonces no estuvieseis viendo vuestro arsenal de armas — elevó el mentón como una niña sabihonda.
Sasori elevó la mirada, como sabiendo que tenía la situación bajo su control.
— Sabéis que capto la belleza de lo eterno, aquello que no debería perderse jamás — le corrigió extendiendo sus brazos sobre los pergaminos —. Quizás debería haceros a vos — murmuró.
Sakura se removió inquieta, incómoda por tan simples palabras.
— ¿Para que no me esfume jamás? — cuestionó encogiendo las piernas, decidiendo dejar el anterior asunto para otro momento.
— Vos no os esfumareis. La terquedad prevalece por siempre — aseguró dándole una pequeña palmada sobre la coronilla.
Una pequeña sonrisa surcó sus labios mientras volvía la mirada a los instrumentos sobre la grama, y Sakura se maravilló con la extraña escena.
Era la primera vez que le veía sonreír de aquella manera.
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Sakura oía la marejada de gritos desesperados mientras era arrastrada por una marea incalculable de personas. Trataba de correr como podía detrás de Hinata, pero el maldito kimono apenas y la dejaba caminar, mientras que la pelinegra parecía una especie de diosa volando entre las multitudes de nubes.
Tenía que haber previsto que algo así sucedería cuando Sasori le advirtió del temblor sobre los cimientos del castillo. Esperaba realmente que aquello ocurriera durante el banquete imperial, y aunque había estado un poco alerta durante la boda, ni siquiera se había imaginado que hubiese tomado en cuenta la opción de invadir durante la ceremonia.
De repente, la muchacha se dio cuenta del rumbo abrupto de sus pensamientos.
Sasori estaba al corriente de toda la situación, incluso antes de irse de misión; y si él sabía aquello, por lógica los Uchiha debieron estar alerta durante el transcurso del día, pero debido a su percepción de cómo se habían desarrollado las cosas realmente, entonces la familia gobernante en realidad no tenía ni idea de lo que ocurría.
Porque si lo hubiesen sabido, entonces habrían pospuesto la boda. No iban a arriesgarse a poner en peligro la vida de la nieta del emperador, ¿verdad?; razonó Sakura.
Además, quienes estaban allí no era cualquier banda criminal, era Akatsuki; y a pesar de que no había visto ni una sola vez a alguno de sus miembros, sabía que eran de temer.
Sasori está con ellos. Sasori lo sabía; se dijo con el ceño notablemente fruncido mientras ralentizaba el paso. Estaba en medio de una pasillo medio ruinoso junto con las demás favoritas, y cuando se detuvo totalmente a causa de la conmoción de su descubrimiento, Hinata le gritó. Tan fuerte como no lo hubiese pensado jamás.
Sakura no lograba entender que era lo que decía, pues todo el sonido a su alrededor se había detenido, siendo reemplazado por el estruendoso chocar de las olas del mar contra las piedras de la orilla.
¿Olas? ¿Dónde había oído olas antes?
Miles de imágenes inconexas y sin ninguna relación aparente aparecieron ante sus ojos, causándole un terrible dolor de cabeza.
Ojos verdes. Lágrimas. Muchas voces. Agua; demasiada agua, y ella se hundía poco a poco en el mar negro para no volver a aparecer.
Nunca más.
— ¡Sakura! — llamó Hinata con desesperación.
La aludida percibió un doloroso pitido en los tímpanos y se cubrió las orejas con desesperación. Cuando la muchacha Hyūga intentó aclamar su nombre de nuevo, fue interrumpida por un fuerte golpe en uno de los muros. Las favoritas gritaron y Karin gritó aun más fuerte para pedirles que se callaran.
Otro golpe se escuchó y el muro se derrumbó en miles de partículas irregulares y levantó el polvo. Parte de la construcción cayó al suelo con un sonido aberrante e Hinata gritó de nuevo.
Sakura seguía demasiado aturdida por las imágenes extrañas y por el hecho de que Sasori estuviese asociado con los asesinos más temibles del mundo. Aquello la superaba, rayaba en lo absurdo, iba contra todos sus principios; ¿qué iba a hacer con aquella situación?
— ¡Vámonos ya, Hinata-sama! ¿A quién le importa esa niña? — exclamó la pelirroja en medio del festín de gritos que llegaban de todos los rincones.
— ¡Hacedle caso! ¡Iros! — proclamó la muchacha en cuanto fue capaz de recuperarse.
Los bloques de piedras la separaban del grupo y ella había tomado una decisión. Estaba molesta, las aletas de la nariz le serpenteaban con furia... pero debía ir con Sasori, porque a pesar de todo en lo que estaba metido, era el hombre que amaba. Y ella no iba a abandonarle de ningún modo.
Tomando las fuerzas necesarias, la muchacha de melena exótica se agarró la parte inferior del kimono y corrió hacia la dirección por donde había venido. Si no recordaba mal, a la derecha quedaba una puerta que la llevaría directamente hacia el templo, saldría por la puerta lateral luego y caería en las cámaras traseras del castillo, aunque debía recorrer unas cuantas antes de dar con la que había pactado con el pelirrojo.
Mientras corría, Sakura no pensó en nada más que encontrarse con su destino, fuera el que este fuese, pues estaba consciente de que tendría que salir del castillo e ir con Sasori hacia donde este la llevara. ¿Dónde quedaría su madre? Si ella escapaba, la matarían. Eso podía darlo por hecho, y no podría vivir con ello.
Tal vez ya ha salido del norte. Quizás Sasori ya se ha encargado de ello; trató de animar sin mucho éxito. La voz dentro de su cabeza estaba extrañamente callada, pero no tenía el tiempo suficiente para apelar a sus calculadoras estrategias. Cruzó la puerta que había memorizado y dio con un pasillo oscuro, tan silencioso como si en el exterior no se estuviese, prácticamente, cayendo el cielo sobre sus cabezas.
Si mal no recordaba, las dos puertas que quedaban allí, daban a las salas generales de estrategia y al salón de armas, pero si se iba por allí, tendría que recorrer el interior del palacio, y aquello no era más recomendable que su opción inicial. Sakura aspiró el aire, deteniéndose un momento después de su larga carrera; apoyó la mano en la lisa pared e intentó regular su respiración, sin embargo, en cuanto estuvo lista para correr de nuevo mientras daba unas largas zancadas, la puerta del salón de armas se abrió de par en par, por lo que tuvo que esconderse lo mejor que pudo entre las sombras de una esquina más o menos alejada. Casi había dejado de respirar.
Sus pupilas dilatadas observaron con detalle al escuadrón de ninjas armados que corrieron hacia la zona que daba al templo, rogando porque no notaran su presencia y desaparecieran del perímetro lo más rápido posible. Un minuto podía hacer una abismal diferencia. Cuando notó que el grupo se había ido con una marcha constante, se propuso a salir, mas tuvo que contener un leve gritillo y esconderse a la vuelta de una esquina, unos metros más lejos de lo que había estado antes.
Madara y Sasuke Uchiha salieron de aquella estancia portando las sanguinarias katanas heredadas por su estirpe, listos para la batalla que se presentaba a la intemperie.
— Tomad el camino hacia la puerta norte — anunció Madara con voz de mandato —. Itachi fue el primero en salir. Debe estar en batalla.
— ¿Cuántos miembros de Akatsuki se estiman? — la voz de Sasuke se matizó en un tinte oscuro.
— Según el sub-capitán del escuadrón dos, hay al menos unos cien... pero sabemos cómo operan contra ejércitos. Uno de los miembros destacados explotó a tres escuadrones enteros — refunfuñó y Sakura pudo escuchar el filo de la katana cortar el aire.
Sasuke chasqueó la lengua y la muchacha no escuchó nada más por algunos segundos. Tiempo después, los dos pares de calzados se dejaron escuchar mientras se alejaban.
Sakura soltó el aire que había estado conteniendo desde quién sabe cuánto tiempo. Miró hacia el techo y se volvió a colocar en marcha cuando se aseguró de que no circulaba ni un alma por aquel pasillo. Lo atravesó a toda carrera y salió volando, literalmente, hasta el interior del templo en cuanto abrió la puerta. El fuego en el interior seguía crepitando y no se oía nada más que aquello. La joven tuvo la sensación de haber entrado a otra dimensión, y allí, solamente coexistía el fuego y las paredes grabadas con danzas hacia su dios.
¡Concentraos, cabezota!; se respondió con un tinte avergonzado.
El mundo afuera se estaba cayendo, y ella se había detenido a admirar los cuerpos sublimes sobre los tapices. A veces sentía que necesitaba una buena clase para distinguir prioridades. Sakura arremetió contra la puerta lateral y emprendió una carrera sin tregua al exterior, dándose de lleno con el aroma a quemado en el aire y las visiones del humo negro.
Con los ojos verdes muy abiertos, vio sobrevolar a una ave gigante y bastante extraña. Se dirigía hacia algún punto más allá del castillo, y aunque no podía estar del todo segura, podía dar su lengua porque aquel era un Akatsuki. No comprendía qué hacía sobrevolando más allá de la batalla que se presentaba en el pueblo, pero tampoco iba a detenerse demasiado pensando en ello.
Ignorando si alguien la podía ver o no, la joven volvió a salir corriendo, bordeando las paredes exteriores del castillo con la velocidad que le confería ser tan menuda. Recorrió las silenciosas arboledas por al menos quince minutos, dándose cuenta muy tarde de que había dejado parte de sus accesorios perdidos en el camino.
¡No hay tiempo! ¡Sasori os espera!; se gritó un poco airada.
Sakura se vio en la disyuntiva entre devolverse a recoger las evidencias o seguir de largo hasta el lugar del encuentro; sin embargo, se encontró corriendo de nuevo hacia la estancia pactada con Sasori. Al diablo todo lo demás.
Cuando por fin entró a las cámaras traseras luego de cruzar una imponente puerta, la muchacha pudo disminuir su carrera contrarreloj. Transpiraba y el cabello se había desparramado alrededor de su cabeza como un nido de pájaros, pero no era como si ese pequeño detalle le preocupara, pues al llegar al lugar, Sasori no estaba.
No había rastros de su presencia.
La muchacha entró inmediatamente en pánico. ¿Y si habían descubierto su traición? ¿Y si se encontraba peleando allá frente al castillo mientras ella estaba a salvo? Su nerviosismo aumentó al imaginar que el pelirrojo estaba herido de alguna manera y por eso no estaba allí. ¿Y si en realidad le había pasado algo? No, no. Ella tenía que comprobar, aunque se le fuese la vida en ello; así pues, ignorando por completo su sentido común, Sakura emprendió camino por el mismo pasillo del que había venido, rezándoles a los dioses por el bienestar de Sasori.
Tales plegarias, parecieron ser escuchadas en cuanto divisó la melena pelirroja de su amado a unos cuantos metros. La garganta femenina se secó y profirió un suspiro total de profundo alivio. Sakura se colocó la mano sobre el pecho y quiso llorar de la emoción por ver sus hermosos ojos de nuevo.
Sasori no tuvo tiempo de reaccionar antes de que Sakura se lanzara sobre él en medio de una frenética emoción. Su cuello estaba siendo dolorosamente apresado por sus brazos delgados, pero él no pudo evitar sentir un poco de tranquilidad después de tanta adrenalina. Había temido que ella no pudiese llegar allí, pero toda duda se disipaba cuando recordaba lo temeraria y testaruda que podía llegar a ser, justo como ese tipo de personas que no desistían cuando querían algo. Acarició su revoltosa melena con suavidad y la apartó, no sin un poco de reticencia.
— Debemos partir. No hay mucho tiempo antes de que cumplan el objetivo primordial — dijo él tomándola de la mano y empezando a correr con ella hacia una dirección específica.
Sakura se sintió presa de corrientes contraproducentes, no sabiendo demasiado qué decir o qué hacer más que seguirle el paso al hombre; no obstante, en cuanto pararon en una esquina y Sasori comprobaba el perímetro, su elocuente boca no pudo evitar la cuestión.
— ¿Por qué no me dijisteis que estabais con Akatsuki? — prorrumpió un poco temperamental.
El aludido permaneció en silencio y sin mirarla, en resolución, volvió a tomarla de la mano y corrió con ella hasta el siguiente punto seguro antes de decir cualquier cosa.
— Iba a deciros en cuanto saliésemos de aquí, pero debí imaginarme que lo descubriríais más temprano que tarde — susurró él.
Sakura pudo ver el brillo que cruzó por sus ojos cuando él la miró, dándole la sensación de que su tiempo se había suspendido mientras le miraba. El corazón se le aceleró, cohibido ante tal mirada.
— En... entonces sí pensabais contármelo — murmuró ella como una niña a quien descubren después de una travesura.
— Por supuesto que lo pensaba. ¿Por qué creéis que estáis aquí conmigo? — siguió él levantándole el mentón con los sentidos en alerta —. Si no pensara compartir todo con vos, entonces os habría dejado. Pero estáis aquí, y yo no voy a apartarme — reiteró.
Sasori contempló los grandes y expresivos ojos verdes, deleitándose una vez más con tanta belleza que allí se contenía. Sakura, por su parte, no pudo dejar de preguntarse cómo era posible que él pudiese demostrar tanto y a la vez nada. Su rostro, tan imperturbable como el de un muñeco de porcelana, iba totalmente contra las emociones que se arremolinaban en sus ojos, provocando una especie de tormenta de arena que le secaba boca.
Acercaron sus labios y se entregaron a una cálida caricia muy tenue que no llegó a ser un beso, pero era suficiente para que sus corazones quedaran en paz y agazapados por las próximas horas. Sakura suspiró encantada y Sasori volvió a entrelazar sus dedos, volviendo a su actitud calculadora mientras inspeccionaba el ambiente.
Viéndolo de aquella manera, Sakura se dio cuenta de que más allá de su amor por Sasori, había algo que la unía más profundamente. La sensación de confianza, lo que habían vivido de niños; incluso sus distintos puntos de vista, eran la base que prevalecía aun antes de que se diera cuenta de que estaba perdidamente enamorada de él.
Con un nuevo sentimiento de candor, la joven siguió con prisa a su guardián. Y aunque el futuro era incierto, Sakura estuvo plenamente segura de que no habría nada ni nadie capaz de reemplazar a Sasori en su corazón. Y así, sería por siempre.
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El fuego negro se extendía a través de las ramas más altas de los árboles, mandando llamaradas de incesante poder hacia el cielo mientras su invocador se movía en zigzag con vertiginosa rapidez entre los empinados arbustos, persiguiendo a su oponente que se camuflaba con el aire y parecía deshacerse en millones de partículas a voluntad.
La inminente persecución terminó cuando acabaron en campo abierto y la mujer en el aire descendió con delicadeza, ondeando su largo cabello azul y la capa de nubes rojas con presuntuosa lentitud. Itachi se detuvo a una distancia prudencial para una batalla, sintiendo la tierra caliente bajo sus sandalias de ninja. Su pose permanecía erguida y determinada, con la debida rudeza de un gobernante dispuesto a todo por defender su nación.
Los ojos del Sharingan observaron con mucha atención los ojos ambarinos, midiendo con cautela los puntos y movimientos claves con los que debía proceder a continuación si quería salir limpiamente victorioso de una batalla contra un usuario con afinidad de aire.
Había oído hablar de Konan demasiadas veces, y con cada una, parecía reafirmar la hipótesis de que la única mujer de Akatsuki, era un oponente a la que no se le podía tener en menos. Aquella organización tenía ya muchos años en vigencia, y el emperador tenía muy en cuenta que ninguno de sus miembros más destacados estaban para tomarse a la ligera.
Había visto como tres de sus escuadrones de élite habían sido rodeados, llevados por una trampa de los subordinados de la organización, para, posteriormente, ser explotados en el más puro sentido de la palabra por aquel rubio de cabello largo que iba montado en una extraña ave de algún material desconocido.
Era una suerte que hubiesen decidido atacar dentro de las dependencias imperiales, sin embargo, Itachi (antes de salir a perseguir a su oponente), había mandado a su guardia de resguardo para que impusiera un toque de queda sobre toda la ciudadela, bajo la amenaza de que mataría uno por uno a cada miembro de la familia frente a los ojos del siguiente si alguno intentaba salir de su casa y escapar.
Aunque aquel ataque amenazaba directamente a su nación, el moreno había notado la clara intención detrás de todo aquello. Desestabilizar el tratado de diplomacia y hermandad entre imperios vecinos como lo eran el Fuego y el Hielo, podría atribuirle grandes beneficios a una organización terrorista como lo era Akatsuki, y debido a la división de reinos en la que el Imperio del Fuego se veía envuelto, era mucho más factible para ellos el apelar por el control total del Hielo sobre su nación, pues todo el territorio estaba bajo el control total de su emperador.
El monarca se encontró pensando que había sido una suerte que Sasuke hubiese llegado a casar con la mujer Yamanaka, pues, de haber ocurrido lo contrario, en ese preciso instante los habitantes del Hielo y los embajadores estarían sopesando, con supremacía calculadora y preparados para la batalla, las mil y un razones de por qué el Imperio del Fuego había decidido traicionar a su nación vecina con tanta rapidez; mas, debido al curso que habían tomado los acontecimientos reales, era una falacia pensar que el Fuego quisiera raptar o matar a su recién adquirida princesa imperial.
Entonces, ¿por qué Akatsuki había decidido atacar justo después de finalizar el ritual? Para Itachi, era innegable que las intenciones ocultas detrás de todo aquello, habían emprendido una nueva resolución. Todo el actuar de la organización contenía un mayor objetivo que templar la fraternidad del sistema entre las dos naciones. ¿Cuál era la meta real?
— ¿Qué es lo que buscáis? — La voz del emperador se notó clara y concisa, con el tinte de la frialdad impregnado en cada sílaba.
Konan le miró sin expresión, pero sus ojos casi amarillos emitían una luz fantasmagórica mientras mantenía su cara hecha en retazos de papel, lista para salir despedida en cualquier momento. No era su intención librar una batalla con el Supremo del Fuego, pues aquello significaría una medición sucesiva de habilidades que no estaba dispuesta a sacar a la luz aún.
No había ido a pelear contra Itachi Uchiha, y Nagato tampoco se lo había pedido; solamente estaba allí para asegurarse de que todo saliese bien en su cometido, sin embargo, Deidara no había podido mantener los dedos quietos, lo que causó la muerte de tres escuadrones enteros. Odiaba cuando desobedecían las órdenes del líder, y pensaría de otra manera si explotar a aquella fuerza de élite hubiese sido netamente necesario y no por mero lujo de hacerlo.
— De vos yo no quiero nada, emperador — pronunció la fémina con fuerza —. Enhorabuena por la unión de vuestra casta con una familia tan diferente... o tal vez no. — Su voz era tenebrosamente angelical, y a los oídos de Itachi, sonaba con un extraño matiz de dulzura, como quien arrulla a un niño pequeño.
El pelinegro entrecerró los ojos mientras escuchaba la intensa batalla más allá del espeso bosque, preparando sus pies para contraatacar si ella decidía moverse, ya que su brazo (cubierto por la gruesa manga de la túnica de nubes rojas), estaba empezando a desintegrarse nuevamente en partículas de papel; sin embargo, antes de que pudiera evitar la pelea o ser herido de alguna forma, una enorme mano hecha de fuego se precipitó sobre su cabeza hacia la mujer a unos metros.
Itachi salió de un salto del perímetro con el Sharingan girando furiosamente en sus orbes, sintiendo la gran ráfaga de viento que levantó la tierra y desvió por momentos a la creación de fuego. El gran despliegue de llamas rojas atravesó a la fémina justo después de que saliese volando en miles de grullas hacia todas las direcciones para luego volver a unirse entre la neblina de tierra que había creado con el viento.
El emperador observó de lejos la manera en la que Madara deshacía la mano de fuego y caminaba hacia delante como si el mundo le perteneciera. Los dos pares de ojos rojos se observaron con parsimonia, como si la guerra inminente fuese entre ellos dos y no existiera nadie más. Madara recordó lejanamente a Mikoto a través de los ojos de Itachi, y a pesar de que Sasuke era el más parecido a ella, no había heredado ni por asomo aquel mirar de pasividad calculadora que el mayor de los hermanos había cargado siempre con él.
— No pensé tener el honor de conocer a Madara Uchiha — dijo la mujer mientras volvía a reconstruir su cuerpo.
— Habéis escogido el territorio equivocado para vuestras fechorías. Largaos antes de que acabe con cada uno de vosotros — profirió el mayor de los Uchiha con superioridad.
Konan alzó el mentón dispuesta a decir algo más, no obstante, el repentino temblor de la tierra causó que ladeara un poco la cabeza hasta los árboles a un costado, cuyas cortezas se estaban desdoblando con creciente rapidez haciendo un camino para quien fuese el causante de aquella situación. Los varones Uchiha se colocaron en alerta, dispuestos a maniobrar con velocidad ante la creciente amenaza.
La mujer de ojos ambarinos se vio obligada a alejarse de las rocas que salieron despedidas hacia su dirección. Madara aprovechó el leve descuido y se cubrió la boca con las manos antes de lanzar un gran chorro de fuego hacia el cielo. Konan tuvo un solo segundo para pensar cómo defenderse, por lo que, de un momento a otro, se transfiguró en un montón de espinas y se dirigió con proeza hasta Madara, cuya agilidad le permitió esquivar cada una de las pullas con impecables movimientos y volteretas.
Las espinas implosionaron al tocar la tierra con una fiera fuerza, desapareciendo en millones de pedazos que se mezclaron con el aire y desaparecieron sin dejar rastros. Madara chasqueó la lengua y afianzó la katana en su espalda en cuanto el polvo de la tierra se dispersó. La reina del Este, Tsunade Senju, se acercaba con un traje de ninja marrón que ocupaba una sencilla malla de rejillas a la altura de su pecho.
En menos de lo que cualquiera pudo notarlo, Itachi ya estaba detrás de la mencionada con un sai apuntando directamente a su nuca, sin embargo, la reina no se inmutó con aquel gesto. No estaba allí para pelear con ellos, como también estaba segura de que la única fémina del Akatsuki, se había ido por la misma razón.
— Mirad nada más a quién tenemos aquí. La reina del Este, una enemiga acérrima del Norte — escupió Madara mientras desenvainaba la katana y se acercaba.
Itachi permanecía alerta detrás de Tsunade, calculando cualquier posible movimiento a utilizar dependiendo del desarrollo de los prontos acontecimientos entre los tres.
— Tengo que admitir que estuve tentada a salir corriendo, pero debía ayudar a mis compatriotas — dijo ella con una voz clara y fuerte.
Pudo sentir el arma del emperador apretarse contra su nuca con cierta presión incómoda.
— ¿Cómo sé que no fuisteis vos la que dejó entrar a la organización? — preguntó Itachi con un tono lúgubre y mortalmente bajo.
El mayor de los Uchiha clavó las pupilas sobre los ojos color miel de la soberana, midiendo sus palabras para encontrar algún resquicio de error y posible traición al estado del emperador. Aunque el imperio estaba dividido, el Reino del Este seguía parcialmente sometido a los deseos del emperador después de aquel atentado que había ocurrido cuando Itachi tenía quince años, así que se le podía acusar de conspirar contra el imperio si Madara probaba que ella había estado presente en favor de Akatsuki.
— Fui invitada por el Imperio del Hielo, cualquiera de sus embajadores puede corroborarlo — respondió ella con el ceño fruncido.
Itachi disminuyó la presión, mas no dejó de amenazarla con el arma y su propia aura con pinta demoníaca.
— ¿Qué hacéis en el campo de batalla entonces? Deberíais estar procurando por el bien de la reciente princesa. — Madara se cruzó de brazos y sonrió ladinamente de medio lado.
Tsunade entrecerró los ojos con análisis, buscando las palabras adecuadas para construir una frase coherente que no pudiera ser tomada como un pensamiento insensato hacia el imperio.
— Estoy procurando por la vida de la princesa imperial, mi señor. — Esto último, lo dijo girando un poco el rostro hacia el emperador —. Mantener a salvo las dependencias imperiales a salvo, contribuye a que su alteza permanezca con vida. Porque eso es lo que todos queremos — recalcó, intensificando sus pupilas hacia las facciones jóvenes y varoniles del consejero.
Madara observó la media sonrisa triunfante en los labios rojos de Tsunade cuando Itachi decidió apartar el sai de su nuca. Ella se acomodó las coletas rubias y se irguió muy derecha cuando el pelinegro de coleta se colocó a su lado y enfrentó al miembro más viejo de su clan.
— La reina del Este lleva la razón. — Aceptó con un mirar estoico que no dejaba entrever lo que en realidad estaba pensando —. Como un ente servicial hacia el imperio, vos debéis seguir peleando hasta contrarrestar la actual situación — acotó con un tinte de dureza.
Madara estuvo a punto de replicar, pero antes de que pudiera siquiera abrir la boca, Tsunade Senju hizo una reverencia que le hizo apretar los dientes. No podía confiar en una mujer, menos si era una Senju y una de sus enemigas juradas; notaba la astucia debajo de sus brillantes ojos.
Podía parecer una jovencita de no más de veintitantos años pero, en realidad, tenía más de cuarenta, y sabía (muy bien), que él estaba al tanto de que ella era quien mandaba a sus escuadrones especiales para calcinar los cuerpos de los ninjas espías que él mandaba para controlar el territorio y mantenerlo bajo su poder.
Era una pitonisa totalmente astuta y con muchas armas debajo de la manga.
— Andando. Tenemos asuntos que resolver — comandó Itachi mientras saltaba hasta uno de los árboles que no habían sido completamente quemados por su fuego.
Detrás de él, pudo sentir la tensión entre el consejero y la reina, no obstante, aquel era un asunto que trataría en otra ocasión.
…
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…
Deidara descendió de las alturas y aterrizó en medio de un charco de sangre que simulaba un lago de poca profundidad. Los cuerpos de los ninjas de élite estaban esparcidos sistemáticamente por el lugar, como si Sasori hubiese acabado con ellos con un estricto orden de prioridades.
No me extrañaría, después de todo, es Sasori-sama; se dijo el rubio de coleta con un dedo acariciando su barbilla.
Debido a la cantidad de sangre en comparación a la cantidad de cuerpos, Deidara estuvo seguro de que Sasori también había recolectado algunos cuerpos para atesorar sus habilidades en las marionetas humanas que crearía más adelante; sin embargo, ahora mismo no tenía ni idea de dónde se hallaba él. Había hecho aquella pequeña masacre allí, más allá del castillo imperial y justo en las dependencias antiguas del clan Uchiha para despejarle el camino lo más que podía, pero había desaparecido tan rápido como parecía haber matado a todos.
El ave detrás de él se sacudió un poco y él gruñó por lo bajó antes de correr hacia las celdas abandonadas de los Uchiha, buscando a cierto prisionero, cuya vida, no sabía si seguía encendida. El objetivo principal de todo aquel ataque no era desestabilizar los acuerdos entre el Hielo y el Fuego, sino para rescatar a aquel extraño personaje que Madara había mantenido allí desde quién sabía cuánto.
El líder probablemente sabe cuánto tiempo; se dijo el muchacho mientras bajaba con mucha atención las mugrosas escaleras.
El líder le había encomendado la tarea de rescate a él debido a sus habilidades especiales en explosivos. Probablemente, el cautivo desconocido estaría rodeado de un montón de cadenas, protecciones y cuanto artilugio pudiese prevenir su escape; pero Deidara estaba allí, y no había material que se pudiese salvar de sus explosiones.
Contuvo una arcada y se tapó la nariz con la manga de la túnica y pasó de largo las hileras de calabozos que se encontraban sumamente sucios y desprovistos de cualquier cuidado. Todo el lugar olía a muerte y a perro muerto, elevando la podredumbre del lugar a su máxima expresión. Deidara estuvo a punto de preguntarse si es que alguien había sacado al prisionero de aquella estancia, no obstante, al llegar al final del pasillo, notó un cruce irregular.
Justo al girar, Deidara se detuvo en seco y observó con los ojos muy abiertos la presencia que allí se encontraba. Tenía un chakra sumamente débil y sus brazos se encontraban suspendidos en el aire mediante unas cadenas simulando estar colgando en una cruz. No podía verle el rostro a causa de que mantenía el mentón sobre el pecho, pero la mata de cabello largo, delataba su larga estadía en ese lugar. ¿Cuánto tiempo había estado allí? ¿Diez años? ¿Dieciséis? ¿Veinte? Parecía demasiado para que alguien en esas condiciones estuviese vivo.
Deidara sacudió la cabeza y dejó de pensar en el asunto. No era su problema sino del líder, así que tenía que completar la tarea y lograr salir antes de que Akatsuki cumpliera su cometido de distracción. Metiendo la mano dentro de la túnica, el joven tomó un puñado de arcilla de uno de sus bolsillos y recreó una diminuta bomba que cupiera perfectamente en el cerrojo de la reja.
Se echó un poco hacia atrás y escuchó la pequeña explosión de la cerradura antes de que la celda temblara y se abriera con lentitud. El cautivo pareció reaccionar e intentó elevar la cabeza, pero debido a su precaria situación, no pudo despegar demasiado la quijada de su torso y esta volvió a caer completamente inerte.
Deidara le contempló por un segundo antes de acercarse y notar la telaraña de finos hilos casi invisibles que se señían levemente a las cadenas que lo mantenían prisionero. Había sido Sasori quien había burlado el sistema de seguridad de chakra mediante sus hilos, y ahora estos absorbían la mayor cantidad posible de chakra para hacerle el trabajo más rápido al rubio.
Con mucho cuidado, Deidara creó otras bombas idénticas y las colocó en puntos estratégicos de las cadenas antes de guardar una distancia prudencial. Colocó dos dedos alineados a la altura de sus labios y observó que los hilos de Sasori se iban haciendo invisibles cada vez más, abandonando la energía para cederle el paso a la pronta explosión.
— Katsu — susurró y las cadenas estallaron con un bajo sonido antes de resquebrajarse en pedazos.
El cautivo cayó al suelo medio sentado y a punto de irse hacia un costado; no obstante, el rubio lo tomó por los hombros antes de que este se desparramara y lo enderezó sin esfuerzo.
— No tengo idea de quién seáis, pero el líder así lo pide... um — informó por si el prisionero podía entenderlo.
El aludido se quejó un poco cuando Deidara lo movió para poder cargarlo en su espalda, y este notó que aquel hombre pesaba, si acaso, poco más que una pluma. Sujetó las huesudas piernas contra sus caderas y afianzó el agarre total de la carga sobre su espalda antes de salir corriendo hasta el exterior con la mayor rapidez posible.
— Tenéis una cita con Akatsuki, cautivo. Será mejor que os veáis mejor para la próxima vez. Um — bromeó un poco con tono de diversión y saltó hacia el ave hecha de arcilla, la cual emprendió el vuelo en cuanto sintió el peso de su creador y el desconocido.
Tenía que volver a la zona imperial atacada para que la organización notara que el objetivo de la misión había sido completado, y aunque a él no le hubiese importado explotar a unos cuantos guardias más, tenían que irse antes de que el líder mandara a sus caminos a buscarlos.
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Una explosión en la pared contigua, causó que todas las piedras saliesen despedidas hacia las presencias que caminaban por el pasillo con velocidad. Heira tuvo un solo segundo para pensar en crear un escudo de hielo y protegerse a sí misma y a las dos presencias detrás de ella.
Ino estaba desfallecida en los brazos de un ninja de cabello y ojos negros, el cual la protegía como si su vida se fuese en ello, algo que realmente le agradecía. Los grandes pedazos de pared impactaron contra el hielo y la princesa se vio obligada a usar todas sus fuerzas para no caer al suelo. Cuando el derrumbe se detuvo, Heira observó de reojo que el guardián se acuclillaba con Ino entre sus brazos y sacaba un pergamino, un pequeño tintero y pinceles de las fundas en su espalda.
Lo vio garabatear algo sobre el papel y colocar la mano contra él hasta que las intensas líneas de tinta cobraron vida y se adhirieron a las paredes, deslizándose a través de estas hasta desaparecer en el interior. Heira se arrodilló junto a él y acarició la frente perlada en sudor de su hija, preguntándose la razón por la que ella se había desmayado así sin más cuando les había tocado huir.
— Es el efecto secundario de haber bebido la poción de flamas — respondió el joven ninja con el rostro desprovisto de emociones —. Al ser el hielo y el fuego elementos tan dispares entre sí, su alteza no pudo reprimir la ebullición en su cuerpo. — Se levantó y afianzó el agarre de la rubia contra su pecho.
Heira apretó los labios como si estuviese tentada a decir algo más, sin embargo, el estruendoso golpe contra la muralla del castillo la hizo girar la cabeza hacia todas las direcciones posibles.
— ¿Cuál es vuestro nombre? ¿Quién os envió a cuidar de mi hija? — inquirió ella, alerta y preparando su chakra para contrarrestar cualquier movimiento, en falso.
Sin embargo, se descolocó un poco al ver la sonrisa falsa y poco elaborada del ninja. ¿Qué tipo de expresión era esa?
— Su majestad, Itachi, siempre procura por la vida de su corte. Ahora la princesa imperial es su cuñada y no va a desampararla. — Heira parpadeó, perpleja ante el tono suave y ligero que acababa de emplear el guerrero.
Había algo que le decía que no confiara en nadie que sirviera a los Uchiha, sin embargo, no podía juzgar al emperador y al reciente esposo de su hija a través de sus experiencias con el consejero Madara. Sería como juzgarse a sí misma con solamente ver a su padre el emperador, y ella sabía muy bien la diferencia abismal que había entre ellos.
— Muy bien todo aquello, ¿pero cuál es vuestro nombre? — volvió a preguntar.
Él la observó por un momento e Ino se removió entre sus brazos en cuanto abrió un poco los párpados. Heira corrió hacia su hija y tomó su mano con fuerza, sintiendo que el alma le volvía al cuerpo; no obstante, la joven rubia observó fijamente al hombre y frunció el ceño sin poder enfocarlo del todo.
Le recordaba muchísimo a Sasuke.
— ¿Quién sois vos? — A pesar de estar prácticamente sin fuerzas, el tono de mandato estuvo de su parte.
Heira clavó sus intensos ojos verdes sobre el muchacho y este miraba a su vez a la princesa entre sus brazos. Sus ojos azules le martillaban las pupilas.
— Soy Sai, su alteza. Estoy aquí para protegeros — dijo él.
Como si aquello fuese un detonante, Ino volvió a cerrar los ojos y cayó en un sueño profundo. Su madre jadeó con sorpresa y delineó los finos párpados de su niña. Observó a Sai y este asintió antes de volver a emprender la carrera hacia las cámaras más profundas del castillo donde no llegara toda la masacre que ocurría afuera.
Si Ino del Hielo, Yamanaka, de Uchiha (o cómo quisieran llamarla) moría allí junto a su madre, entonces la guerra entre las dos naciones sería inevitable. Sai tenía que cumplir su objetivo de protección, o todo su mundo conocido, terminaría por desaparecer en menos de lo que pudiese salvarse a sí mismo.
Había vivido la guerra, y sabía lo horrible y cruenta que era.
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Tenten y Neji cayeron en campo abierto en cuanto saltaron de las ramas con todo un ejército de hombres detrás. Todo el tiempo que llevaban viajando, cada vez más hacia las islas hostiles que dividía el mar de la frontera entre el Reino del Norte y el del Sur, lo habían empleado magistralmente en reunir desertores de las filas del emperador y todo aquel que quisiera unirse a la causa de los Hyūga, no sin antes hacer una debida prueba de lealtad, la cual se llevaba a cabo cada vez que irrumpían en otro campamento, y de esta manera, habían descartado a muchos ninjas que resultaron ser un gran fiasco.
La princesa heredera y el último varón Hyūga habían obtenido noticias muy breves de la organización Akatsuki mientras iban reclutando, mas ninguno de los soldados sabía a ciencia cierta cuáles eran los objetivos de los criminales en las tierras del imperio, debido a que no habían atacado ningún lugar y no se dedicaban a aparecer en lugares públicos para infundir terror en la población; no obstante, para Neji, la aparición de Akatsuki no podía ser casualidad sino causalidad, después de todo, Ino Yamanaka iba a casarse con el príncipe Sasuke, y él imaginaba que para ese mismo momento, ya sería su esposa.
La carrera y los pensamientos de Neji se vieron interrumpidos por la inminente amenaza de un puñado de hombres que corrían hacia su dirección. Tenten se detuvo en seco y parte del ejército la imitó. El muchacho del ojo blanco activó su Byakugan y se percató de que estaban siendo rodeados por chakras que no le resultaban familiares de ningún tipo. Hizo una seña a sus subordinados maldiciéndose por lo bajo debido a su descuido tonto. Habían caído en una trampa, y no tenía idea a cuántos hombres de estaba enfrentando.
— ¡Esperen! — gritó Tenten extendiendo los brazos.
Neji la observó con los ojos entre rendijas y notó que estaba evaluando algo en los hombres que se acercaban. La castaña, por su parte, podía jurar desde la distancia que reconocía esa formación y las armaduras que portaban.
Las había visto mil veces, y era prácticamente imposible que pudiese errar en el reconocimiento de todo aquello.
— ¿Princesa? — Neji se colocó a la altura de Tenten, con la mirada del Byakugan sumamente amenazante.
La muchacha giró hacia él con sus brillantes ojos de chocolate más grandes y brillosos de lo habitual.
— Son del Sur. Mi maestro los lidera. — El tono esperanzador de la mujer, alivió un poco el pesar de su corazón.
Sin embargo, siendo que él había servido oficialmente a los Uchiha, no tenía idea de cómo aquellos capitanes se tomarían que estuviese al lado de su princesa heredera.
Al notar su ceño fieramente fruncido, Tenten se permitió el atrevimiento de tomarle del brazo para intentar calmarle de alguna manera. Ella podía apelar mil veces por su buena voluntad en contra de la caída de los Uchiha, asimismo, ella había estado con él en cada una de las batallas contra los soldados bajo el régimen imperial.
Tendría que pasar muchas pruebas para probar su fuerza de convicción, sin embargo, él era un Hyūga, y la princesa sabía que iba a pasarlas todas con creces.
La verdadera guerra empezaba allí, justo donde ellos se reunían de nuevo con el sur.
En busca de una caída definitiva para los Uchiha.
