Disclaimer:Los personajes de Naruto NO me pertenecen, sino al mangaka Masashi Kishimoto.
Advertencias: El "Rated M" es por varias situaciones, desde las malas palabras hasta las escenas más hirientes o explícitas. Leer bajo un alto criterio.
¡Hola! Gracias por los comentarios, los favoritos y las alertas. ¡Gracias a los nuevos lectores!, ¡me alegran el día! El mes, la vida... En fin. Saben que tienen un pedacito de mi escricorazón. :3
Perdonen si encuentran dedazos, a este no le di una ojeada debido a la falta de tiempo, pero confío en que no los tiene.
Se preguntarán por qué me he tardado tanto (¡Tres semanas, por los dioses!); bueno, debido a los problemas que he tenido con la universidad. Me tenían de allá para acá con ciertas materias que no tenían profesor, además de la cantidad de actividades finales que colocan (¡qué no soy máquina, hombre!)
Como siempre, si les gustó, díganmelo. Dudas, preguntas, sugerencias, tomatazos (?), etc.; pueden dejarlo en un review. Aquí sabremos un poquito de dos puntos que serán importantes en la trama, así que mucha atención.
En fin, sin nada más que decir…
¡A leer!
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Capítulo 12
Como si fuera real
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A través de los grandes ventanales, la joven pelirroja podía contemplar las intensas explosiones que se dispersaban cada minuto a través de la ciudadela, manteniéndola alerta a todo lo que ocurría en la capital del imperio; sin embargo, mientras más veía, peor eran sus nervios. El vestido prácticamente no la dejaba correr con la rapidez deseada, y los temores aumentaron cuando, al llegar a las cámaras de sus aposentos, los cuerpos de las doncellas y los guardianes se desparramaban por todo el lugar sobre infinidades charcos de sangre.
Sus azules ojos se abrieron en sobremanera y su corazón dio un vuelco, tan horrible como imaginarse el cuerpo de su pequeño atenazado por las filosas armas de sus enemigos.
Con aquel pensamiento crispándole los nervios, la mujer corrió lo más rápido que pudo hacia los aposentos interiores. El panorama lleno de manchas frescas de color carmesí no abandonó sus pasos, llenos de desasosiego y un gran temor por todo lo acontecido en el imperio. Un fuerte golpe contra las paredes fortificadas, la hizo echarse a un lado antes de que ésta explotara en pedazos. Su garganta ahogó un alarido de sorpresa en cuanto cinco hombres con el rostro cubierto se abrieron paso entre los escombros.
Sus ropas, todas negras con dragones rojos impecablemente bordados, parecían de una tela especialmente rústica pero idónea para liderar batallas, incluso sus armas daban la sensación de que destellaban con el contraluz de las velas. Kushina no tuvo demasiado tiempo para pensar en el próximo movimiento, así que, estirando su brazo para lanzar un potente latigazo para desestabilizar a sus contrincantes, la mujer salió corriendo hasta la cuna del pequeño bebé, sin embargo, se dio cuenta con horror de que él no se encontraba allí.
¡Naruto!
Abrió la boca alarmada con el corazón bombeando a toda velocidad, y a causa de tanta conmoción, no pudo prevenir el ataque por la espalda que estaba a punto de recibir. Los cinco hombres se habían colocado en formación, cada uno haciendo uso de sus notables energías y control de chakra de fuego. Kushina se giró con una velocidad impresionante y colocó los brazos en cruz sobre su cabeza.
Inmediatamente, un montón de cadenas empezaron a surgir de todas las paredes, creando una enredadera que interceptó y desintegró los pequeños dragones de fuego que pretendían asesinarla. Sin embargo, a pesar de su inminente rapidez, uno de ellos logró rozar su costado antes de desaparecer.
La mujer contuvo un grito de dolor y agitó los brazos hacia delante, causando que todas sus cadenas se removieran furiosas contra los intrusos traidores. Estos, percibiendo las intenciones de la fémina, se protegieron mediante el chakra y la agilidad física desarrollada durante años de entrenamiento; no obstante, no contaban con que las cadenas volviesen a tomar un nuevo rumbo, tal como el río que busca una salida cuando ve imposible volver a su cauce.
Deslizándose por todos los rincones cual serpientes acuáticas, las cadenas de Kushina apresaron los cuerpos danzantes de los guerreros, pero, debido a la herida que seguía sangrando profusamente, su chakra se vio afectado antes de poder lograr su objetivo. Ante la irreprochable oportunidad, los dos invasores que quedaron en pie, decidieron que ya era hora de poner fin a la vida de la fémina; no obstante, no contaron con el sorprendente final que les deparaba.
Desde la entrada a los aposentos, una fuerte ventisca se hizo presente y barrió todo a su paso. Los hombres apenas tuvieron el tiempo suficiente para girarse hacia el creciente peligro, y aun así, fueron incapaces de liberarse de la furia un fuerte guerrero con carácter dominante. Los fuertes vientos los azotó contra las paredes y el techo muchas veces, para, posteriormente, hacerlos chocar contra los ventanales y declararles una caída inminente de la que no encontrarían retorno alguno.
Minato, respirando agitadamente a un lado de la pared destrozada, notó que Kushina se abrazaba el costado con el cuerpo tembloroso. Sus pies fueron más rápido que sus pensamientos, así que, antes de darse cuenta, ya estaba a un lado de ella para auxiliarla y comprobar qué tan grave era la herida.
—Minato... —pronunció ella en medio de un murmullo —, de-debemos encontrar a nuestro hijo —dijo.
Acto seguido, lanzó un bajo quejido que raspó su reseca garganta. Los azules ojos de Minato se alarmaron y observó el oscurecido vestido de su esposa. La mancha de sangre cubría casi todo su costado y parte del abdomen, se veía realmente delicada y debía tratarse en la mayor brevedad posible, sin embargo, era realmente difícil socorrerla en aquella situación.
—Kushina... —susurró el rubio con la voz quebrada.
Los ojos azules como el zafiro de Kushina se clavaron en los ojos de cielo de Minato, compartiendo quizás recuerdos en común muy lejanos, o, tal vez, intercambiando la misma preocupación que sentían por su pequeño bebé. El hombre la ayudó a levantarse y ella suspiró con el pesar de mil mujeres malogradas que debían estar corriendo en ese mismo momento alrededor de las calles, buscando desesperadamente un lugar que les sirviera como un refugio temporal a la guerra imperial.
Pero Kushina, tan despierta y altiva como había sido siempre, sabía muy bien que la guerra estaba perdida. Ellos estaban ganando, y la familia imperial corría peligro incluso dentro del mismo castillo. La culpa de todo lo que sucedía, recaía en la excesiva confianza que ellos habían mantenido para con todos los nobles y sus adquisiciones, y aquella, les había arrebatado el poder de defenderse adecuadamente.
Habían confiado demasiado, y ahora estaban pagando las consecuencias.
Con Minato ayudándole a caminar, Kushina colocó su mano ensangrentada contra el tapiz en relive de la pared. El blanco de esta, contrastaba en gran medida con el rojo carmesí de sus dedos, dejando una mancha que parecía quererse quedar de por vida allí, cómo tratando desuso e nadie olvidara lo confiados que habían sido alguna vez.
La palma de Kushina comenzó a brillar, formando patrones en toda la extensión de la pared. Corrientes de luminoso resplandor se dispersaron a lo largo y ancho, dando la sensación de que la pared se agrietaba con cada segundo pasado. Cuando la energía fue suficiente, la pared tembló progresivamente hasta transfigurarse en una corriente constante de agua. Minato abrazó la cintura de Kushina para ayudarla a caminar en cuanto la cascada cortó momentáneamente su flujo para dejarlos pasar.
Las dos presencias, se adentraron en el iluminado pasillo encerado, empleando largas zancadas para llegar lo más pronto posible al destino esperado; ese que tanto deseaban encontrar en aquella habitación contigua que les convenía al final del pasillo. Los deseos de ambos padres, se vieron cumplidos cuando, al entrar en los aposentos escondidos, un pequeño llanto llamó la atención.
Kushina sintió que el alma le volvía al cuerpo y corrió hasta la pequeña cuna, la cual estaba bastante escondida como para notaría a primera vista. El pequeño Naruto agitaba los puños al aire y lloraba a vivo pulmón con cada explosión que se escuchaba en el exterior. Minato se acercó con el corazón acelerado y lo sostuvo entre sus brazos con una inmensa tranquilidad.
—La Dama de la Corte ha de haberlo escondido aquí. Es la única que puede descubrir el pasadizo aparte de la familia imperial —informó Kushina antes de quejarse y deslizarse por la pared hasta el suelo.
Los párpados de Minato temblaron y se reclinó junto a ella, colocando a un recientemente calmado Naruto entre los brazos de los dos. La pelirroja sonrió un poco y acarició la mejilla de su pequeño hijo.
—Tenéis que poneros bien, querida esposa. Debemos sacar a nuestro hijo de aquí —reafirmó el hombre e intentó levantar a la fémina, sin embargo, ella negó.
Minato la contempló con los ojos muy abiertos, viendo la infinita determinación en el mar contenido dentro de las irises. En medio de su negación, le entregó a un dormido niño rubio que se removió en cuanto se separó de los brazos de su madre.
—Tengo un deber que cumplir para con mi imperio. Debéis llevaros a vuestro hijo a un lugar seguro —soltó la joven con un tono de mando.
Minato aventuró sus pupilas a través de la herida, preguntándose si el juicio de su esposa había sido tocado por el delirio y la pérdida de sangre. ¿Le estaba diciendo que huyera con Naruto y la dejara a su suerte?
—¡Yo no voy a dejaros aquí! —profirió él con tono alarmado —. Cuando mi padre me dijo que yo, el hijo mayor de una familia destronada, me casaría con la princesa imperial de otra nación, estuve de acuerdo. —El rubio reafirmó el agarre sobre el pequeño cuerpo y tomó el mentón de su amada con los dedos.
—Minato... —Kushina entrecerró los ojos y observó el interminable cielo en los ojos de aquél al que siempre había amado.
—Os conozco desde niña, sé lo temeraria que podéis ser... pero no me pidas que os deje. Como vuestro esposo, tengo también un deber. Por vos y por nuestro hijo —argumentó con un implacable tinte de firmeza.
La pelirroja estiró una de sus manos ensangrentadas hacia él para posarla sobre su mejilla. Los dedos masculinos viajaron a través del pálido brazo hasta unirse con la mano de su esposa. La observó sonreír con infinita tristeza, todo eso antes de que ella hiciera que se quedara fijo en sus ojos y pronunciara las palabras que no olvidaría jamás.
—Perdonadme, Minato. —El aludido abrió mucho los ojos —. Esto es por el bien de nuestro hijo. Quiero que os vayáis con él, muy lejos de aquí; llevadlo a un lugar seguro.
Minato abrió la boca para replicar, no obstante, su cuerpo no respondió. Mientras miraba los ojos de zafiro que la mujer poseía, toda voluntad abandonó su cuerpo y lo sometió a los deseos femeninos sin contemplaciones. Acunó a un repentinamente inquieto Naruto entre sus brazos y negó vehemente con la cabeza.
—¡No me hagáis esto, Kushina! ¡No lo hagáis! —suplicó.
La garganta de Kushina se quebró y prorrumpió en sollozos, observando el creciente espacio que anunciaba una última despedida entre ella y los dos hombres de su vida. Observó a la voluntad inquebrantable de Minato al querer ir en contra de su poder, sin embargo, el querer proteger a su hijo, influía y daba más auge al chakra que Kushina había depositado en su cuerpo.
—Adiós Minato. Adiós, mi Naruto —murmulló en medio del llanto.
Incluso después de salir de su rango de visión, la voz de Minato se siguió escuchando por varios minutos más, y Kushina permaneció sentada hasta que los lejanos pasos dejaron de resonar contra los muros y las paredes de su cerebro.
Haciendo un gran esfuerzo, la joven madre se levantó, dispuesta a defender su imperio de todas las maneras posibles. Tenía un deber que cumplir.
A pesar de estar al borde de la muerte.
…
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…
Cuando el mortal silencio dejó de resonar en su cabeza, la nueva princesa imperial, al fin pudo abrir los ojos. Su cuerpo se sentía cómodo sobre la mullida cama adoselada, pero había algo dentro de su propio cuerpo que le incomodaba hasta límites insospechados, y aquello, era algo que no podía explicar. Ino, le mostró sus azules ojos al armazón principal de la cama, observando con detalle los pequeños lazos que sostenían el dosel.
Cuando trató de moverse, un pequeño quejido se liberó de la prisión de su garganta y la instigó a quedarse en cama, al menos hasta que el repentino dolor pasara. Sin nada más que hacer por algunos segundos, Ino reparó en que, el lugar en el que se encontraba, le resultaba completamente desconocido. ¿Qué hacía allí? ¿Dónde estaban sus padres? Una de las últimas cosas que recordaba, era haberse casado con Sasuke Uchiha; posteriormente, Akatsuki había atacado, su madre había corrido junto a ella buscando un lugar seguro y... sus piernas habían flaqueado.
Hasta allí, llegaban sus recuerdos.
Si sus últimos momentos conscientes no estaban errados, entonces, ¿qué hacía en aquella lujosa habitación?
Ino trató de levantarse de nuevo, sintiendo que el dolor y la asfixia que la habían invadido, se encontraban bastante atenuadas dentro de su pecho. Disponiéndose a sentarse en el borde de la cama, la joven mujer recorrió con asombro la gran riqueza y elegancia de aquella habitación.
Los impecables tapices blancos, eran delicadamente surcados por rosas de colores cálidos, cuyos tallos y espinas, subían hasta el abovedado techo como una hipnótica enredadera, hasta que llegaban a la cúspide, la cual, estaba decorada con una gran (pero sencilla) lámpara de araña al más puro estilo occidental.
El tocador, los sillones y demás muebles, tenían un aspecto similar con las paredes en cuestión de colores, e Ino, como la buena fanática de las flores que había sido desde pequeña, no pudo dejar de recorrer los tapices bordados con maravilla.
Levantándose, la rubia se dirigió a una pequeña mesa que estaba a unos metros de la gran cama, teniendo la intención de tomar un poco de agua.
A mitad de camino, percibió que algo había cambiado dentro de ella, como si se hubiese despojado de algo que había llevado consigo toda la vida. Por un momento, rememoró la espada derritiéndose sobre el mesón de fuego, y a ella misma proclamando dejar sus costumbres para adoptar unas nuevas. Una presión en el pecho la obligó a colocar su pálida mano sobre él, tratando de calmar el dolor que todo aquello habría de acarrear en su nueva vida.
Tomó el vaso y vertió agua fresca antes de llevárselo a la boca, casi como si su vida dependiera de aquella preciada sustancia, aun más que la de una persona común; sin embargo, había vivido toda su vida hasta ahora levantándose sedienta, que de inmediato captó que su presente acción, era más por costumbre que por las antiguas ansias de beber agua.
¿Qué le estaba pasando?
Como la mujer inteligente que era, Ino apartó el caso de sus labios y los observó con los ojos entre rendijas. Los dos destellos de hermoso azul que proyectaban sus ojos, se reflejaban sobre el cristal de la botella con intrepidez. Así se quedó por incontables segundos, hasta que decidió humedecer el borde de la copa con su aliento. La joven rubia, siempre había gustado de plasmar su gélido aliento sobre las superficies de cristal y espejos, llevándose múltiples regaños por parte de Damas de la Corte y de su propia madre, alegando que no era de buen ver que una señorita, con tanto rango y tan distinguida, anduviese congelando los objetos por todo el Palacio Helado.
No obstante, ahora, no ocurrió nada. El vaho de su aliento había llegado a la copa, sin duda; sin embargo, ella no pudo observar la calidez convirtiéndose en hielo. La copa no templó ni se transformó en un pedazo de cristal congelado, se quedó igual, inmóvil a la altura de sus párpados, tan abiertos de lo conmocionados que estaban. La muchacha empezó a hiperventilar y a lanzar bajos gemidos de desesperanza. ¿Qué había ocurrido con el hielo dentro de ella? ¿Por qué no podía utilizar su chakra?
¿Por qué sentía que ya no lo tenía?
Calmaos, Ino. Debéis estar calmada; se serenó mientras trataba de pensar con la cabeza fría.
Contempló los finos grabados alrededor de la puerta de la habitación y pensó en su madre. ¿Dónde estaba? De hecho, ¿dónde estaban todos?
Ino corrió hasta la puerta de lisa madera inmaculada, pero cuando sería disponía a abrirla, se dio cuenta de que estaba cerrada. ¿Quién se atrevía a mantenerla encerrada allí? A ella, ¡a una Yamanaka hija de una princesa imperial! Agradecía el gesto de mantenerla en tan acogedora estancia, mas, de ninguna manera, iba a mantenerse al margen de lo que acontecía en su nuevo hogar.
—Déjenme salir. Os lo ordeno —mandó ella a quienes fuese que estuviesen en aquel pasillo.
Nadie respondió. Ino sintió un gran deseo de autoridad poseyéndola y aporreó la puerta con la fiereza de sus pensamientos antes de volver a repetir las palabras. Esta vez, parecieron ser de más utilidad.
—Lo siento, su Alteza Imperial. No podemos dejarle salir. Son órdenes del príncipe Sasuke —replicó una determinada voz masculina del otro lado.
Ino tuvo muchísimas ganar de tomar aquella copa y quebrarla contra la puerta, sin embargo, se sentía tan aturdida por no poder usar su chakra, que reparó en que debía calmarse y tratar de encontrar una solución más factible. Recargó la frente en la puerta y suspiro mientras apretaba los puños. Se enderezó con el carácter recompuesto y giró en redondo hacia el ventanal. Ante la visión que obtuvo con aquella simple acción, su corazón casi salta desde su garganta hasta el suelo.
Un hombre completamente vestido de negro y con una bandana del imperio en su frente, se encontraba acuclillado en el ancho marco, observándola con profundos ojos negros. Ella levantó las cejas, preguntándose cuán petulante era para mirarla de aquella forma tan directa, siendo que ella tenía, obviamente, más rango; no obstante, no pudo evitar un leve sonrojo que no llegó a notarse a gran escala.
—¿Quién sois? ¿Dónde están mis padres? ¿Qué hago aquí? —Le llenó de preguntas mientras él seguía sin mostrar expresión alguna.
—Una pregunta a la vez, estaría mejor, su Alteza —replicó con voz neutra.
Ino quiso decirle que callara, pero aquella voz hueca que el hombre poseía, le causó un escalofrío terrible. Además, sentía que lo había visto, pero, ¿dónde?
—Os he hecho preguntas. Solicito respuestas —reafirmó mientras juntaba sus manos a la altura de sus caderas, dando la impresión de que ya era la emperatriz suprema de aquellas tierras.
Sai permaneció en el ventanal con aspecto meditabundo, como si estuviese sopesando qué palabras decir para atenuar su ansiedad.
—Vuestra madre está con los embajadores del Imperio del Hielo. Estáis aquí porque vuestro esposo lo ordenó. Y podéis llamarme Sai —respondió con tinte desprovisto de cualquier emoción.
Ino quiso preguntar algo más, sin embargo, la penetrante mirada de Sai hacia la puerta, la hizo desistir de sus deseos. Lo observó de arriba abajo, como quien evalúa la confianza que se debe tener en alguien, y sin más preámbulos, se acercó a la ventana bajo la atenta mirada de medianoche.
Una parte dentro de sí, revoloteó. Algo le advertía que debía, de alguna forma, esconder su falta de chakra. Al menos, el tiempo que fuese necesario.
…
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…
Sakura se sintió somnolienta después de tres horas de ir a galope. Tal y como había dicho Sasori, un caballo y dos ninjas enmascarados (cuya presencia desconocía), los habían esperado al salir del bosque, justo en el borde, como si no les preocupara ser descubiertos. Como si tuviesen la certeza de que nadie los perseguiría.
«Son expertos y confiables»; le había dicho Sasori antes de alzarla y colocar su cuerpo sobre la montura. Sakura le lanzó una mirada perspicaz en aquel momento, pero no era el lugar ni disponían del tiempo para hablar.
Sin mediar palabra, Sasori forzó las riendas y el caballo se preparó para ir más rápido, causando que Sakura se agarrara aún más fuerte de la cintura del pelirrojo. El viento empezó a embestir sus orejas, y los dos acompañantes, se perdieron entre las ramas de los árboles mientras se mezclaban con las sombras de la naciente noche.
Sasori no dijo palabra alguna mientras se enfocaba en el camino, no obstante, los ojos verdes de Sakura se adhirieron a su nuca como si, de esa manera, pudiera transmitirle sus pensamientos. Suspiró y apoyó el costado de su rostro sobre la espalda masculina, pensando frenéticamente en todas las posibilidades que se harían realidad ante su nueva libertad.
Pero aún, estaba Akatsuki. Si Sasori estaba con ellos, ¿qué haría con ella? Por lo que había escuchado, Akatsuki siempre viajaba en pequeños grupos, de aquí para allá buscando sacar beneficios de cualquier situación desafortunada. Si Sasori volvía con ellos, ¿no tendría que hacer eso también? ¿Dónde iba a quedar ella en todo el asunto?
—¿Vais a decirme algo? —La voz del pelirrojo le causó un sobresalto.
Sakura apretó los labios, pero tomó el valor suficiente para poner en evidencia algunos cuestionamientos que no dejaban de rondar por su cabeza. Después de todo, Sasori le debía ciertas explicaciones, y a causa de lo rápido que sus pasos se alejaban del Reino del Norte, no veía inconveniente alguno.
—Si estáis con Akatsuki, ¿qué haréis conmigo? —preguntó.
El aliento de Sakura le rozó levemente el cuello; mas, aquella resolución de ella, era un pequeño temor que hasta a él mismo le acongojaba. ¿Qué iba a hacer en realidad? Todas sus acciones siempre habían sido sistemáticas, planeadas con meses, incluso años, de antelación; pero esta vez, todo era completamente distinto. Se había enamorado de Sakura antes de siquiera darse cuenta, y la estaba llevando con él, a vivir una vida de quién sabe cuántas desdichas.
No hay un porqué para que así sea; se dijo inmediatamente.
Akatsuki no tenía ni idea de que llevaba a alguien más con él, y aunque Deidara había colocado una rara expresión en cuanto le informó sobre su parte del plan, no creía que sospechara ni un vestigio de lo que realmente pasaba. Todo era cuestión de ser discreto en sus mensajes y descansos para que ningún miembro, descubriera sus planes antes de que él mismo lo quisiera.
—Cuando lleguemos a nuestro lugar seguro, os hablaré de ello —respondió con simpleza.
Sakura sintió un leve escalofrío que la hizo temblar un poco. Paulatinamente, podría ir percibiendo las acciones de Sasori y sacando sus propias conclusiones, pero por lo pronto, sólo podía confiar en él ciegamente, justo como lo había hecho siempre.
Bastante más lejos del punto donde los dos ninjas los habían esperado, se encontraba una acogedora cabaña que tenía toda la pinta de haber sido cuidada durante un largo tiempo. Sakura, quien no había dejado de darle vueltas al asunto, se dijo que, tal vez, algunos miembros de Akatsuki se habían quedado allí antes del ataque que sufrió el castillo del Norte.
Sasori la ayudó a bajar del caballo y acarició sus mejillas únicamente por un momento, pero sólo eso bastó para que su corazón temblara dentro de su pecho y quisiese estrecharse entre sus brazos. El pelirrojo le susurró que podía entrar a la cabaña, hacía un poco de frío y dentro estaba bastante cuidada. Sakura se guardó otra pregunta para cuando él, entrará definitivamente a la cabaña. Lo observó rodear la casa hasta que desapareció de su punto de visión, por lo que se giró y subió las pequeñas escaleras de madera y empujó la puerta con especial delicadeza.
Esperaba que Sasori, volvieron más pronto de lo esperado, pues tenía demasiadas preguntas que hacerle. ¿Dónde había quedado su madre? ¿Cómo se había unido a Akatsuki? ¿Desde cuándo? Con seguridad, el ataque al palacio no había sido planeado en dos días, un plan como aquel, debía haber tenido al menos tres meses cociéndose a fuego lento, cubriendo los ojos y oídos de todo. Sasori, que era, o fue; se dijo la joven, el capitán general de todos los escuadrones, había tenido sobre sus hombros la confianza absoluta del emperador, y aun así, lo había traicionado.
Aquello le hacía mucho ruido, tal vez porque estaba acostumbrada a verlo como un hombre sumamente leal y preparado para todo, y por ello, su participación en Akatsuki, no hacía más que preocuparla. ¡Era Akatsuki! Una organización criminal a la que no le temblaba la mano a la hora de mandar a matar, desestabilizar y destruir todo a su paso. Hombres sin honor, renegados, traidores que habían sido relegados a vivir la vida como lo haría un paria. ¿Cómo es que Sasori estaba allí? Confiaba en él con absoluta nitidez, pero no podía confiar en aquella organización.
No podía.
—¿Ya os colocaste en comodidad? —La voz de su amado la trajo de nuevo a la realidad.
Sakura había extendido un futón a un lado de la modesta chimenea y se encontraba sentada allí. Se había desprendido de la capa de fina seda y hermosos bordados del kimono, quedándose solamente con las tres capas que tenía debajo, que si bien, eran menos pesadas, seguían siendo igual de calurosas. Ni siquiera sabía cómo se había desatado el obi.
Sasori hizo lo mismo a un lado de ella, y la mujer lo observó extender con metódica atención el futón. Sakura apretujaba los labios, sintiéndose extrañamente cohibida y llena de preguntas. Era la primera vez, en un largo tiempo, que podía estar cerca de Sasori sin tener que ser breve y esconderse por los rincones oscuros del Palacio de Fuego, y ello, incitaba más a su impaciente boca para preguntar a viva voz.
—¿Dónde está mi madre, Sasori? —cuestionó con el ceño fruncido.
Sasori se sentó frente a ella con un semblante sordo, ese que no dejaba traslucir matices de sentimiento alguno. Incluso, con la luz de la luna bañando sus atractivas facciones, el pelirrojo parecía la viva personificación de una marioneta. No habían encendido la chimenea ni lámpara alguna, pues solamente se habían detenido a dormir, sin embargo, la luna estaba tan alta y clara, que podían fácilmente verse sin necesidad del fuego.
Creyó verlo suspirar antes de acercarse a ella y apoyar las manos a los costados de sus piernas. Sakura se encogió un poco ante la mirada de arena, tan analítica e indescriptible como siempre había sido.
—Akatsuki se encargará pronto de vuestra madre —aseguró él en medio de un murmullo.
La muchacha sintió un vuelco en el corazón y se reclinó hacia atrás antes de apretar las palmas contra los hombros masculinos. Habría jurado, miles de veces, que él ya se había encargado de ese asunto, pero con aquellas palabras que recién salían de su boca, Sakura tuvo la impresión de que todo no podría ir peor.
—¿Cómo sacarán a mi madre de allí? Ahora el reino debe estar en completo caos. Habrá redoble de vigilancia, seguramente —Sasori notó el temblor en su voz y trató de reconfortarla.
—Hay ciertas cosas que son impredecibles, pero tienen salida —dijo mientras la tomaba de las manos y las apartaba de sus hombros.
La joven de melena rosada, atribuyó aquella frase a su situación en general, empezando por lo que iba a suceder con ella a continuación.
—¿También se aplica esa frase a todo lo demás? —inquirió ella un tanto insegura, sin embargo, el matiz de su voz fue claro y fuerte.
Sakura jugueteó con los dedos de Sasori y lo contempló atentamente. Él se separó un poco y tomó uno de los pergaminos que había colocado a un lado en cuanto se sentó. Los ojos verdes de la joven siguieron sus acciones con extrañeza. Sasori estiró el pergamino a un costado y estrechó la palma abierta contra este.
En breves instantes, un pequeño objeto se hizo presente en medio de la pequeña voluta de humo, encendiendo la curiosidad de Sakura inmediatamente.
La marioneta que se hizo presente en ese instante, le trajo un millar de recuerdos de cuando era pequeña, sobretodo, de su primer encuentro con Sasori. Salamandra seguía tan real y bien cuidada como cuando él había pretendido asustarla; sin embargo, Sakura no entendía del todo por qué había invocado a una de sus marionetas ahora.
—Recordáis a Salamandra, ¿no es cierto? —cuestionó.
La moza creyó ver un pequeño destello cruzar las dilatadas pupilas de Sasori.
—¿Cómo podría olvidarla? —Sakura sonrió mientras él tomaba la marioneta entre sus manos.
—Salamandra fue la primera marioneta que hice —empezó a decir —. No es la más excepcional, pero coloqué cada uno de mis tempranos conocimientos en ella. No es mucho lo que podría ofreceros, pero estaréis bajo mi protección de ahora en adelante. —El pelirrojo deslizó a Salamandra a través de las manos de Sakura.
La muchacha abrió la boca con el corazón golpeteando a toda velocidad. Acunó a Salamandra entre sus manos y la detalló con una enigmática sonrisa. Sabía lo que Sasori le estaba queriendo decir, pero, debido a que ella no tenía nada que pudiese intercambiar que fuese tan importante para ella como Salamandra lo era para Sasori, no podía completar ese extraño ritual de matrimonio improvisado.
—Yo no tengo nada que ofreceros... sólo todos nuestros recuerdos en común y yo —respondió Sakura, un tanto arrepentida de haber dejado atrás el extraño broche.
Sasori negó lentamente con la cabeza, mientras que su enigmática sonrisa, hacía acto de presencia ante la brillosa mirada de Sakura. Levantó su mano derecha y extendió la palma en posición vertical a la vez que la contemplaba con suma atención. La muchacha se sintió completamente hipnotizada bajo el escrutinio de su intensa mirada de arena revuelta. Le había notado esa forma de observar en otras ocasiones, pero nunca había sido tan intensa.
Sus manos estaban sudando a causa del frenético golpeteo de su corazón, y podía sentir que la temperatura de su cuerpo aumentaba con cada segundo que pasaba. Sakura observó con atención la mano masculina en alto, ésta brillaba tenuemente con una clara luz rojiza que la hizo sentir curiosidad; así pues, llevada por el deseo de entrar en contacto con su amado, la joven levantó la suya con la respiración extrañamente entrecortada. Al entrar en contacto, la luz la envolvió; rodeó su mano, la maravilló y se adentró en sus venas con una facilidad etérea, como si su destino siempre hubiese sido aceptar tan agradable intromisión.
—Mi chakra nunca os hizo daño. Se doblegaba ante vuestra presencia y os dejaba entrar aunque no quisiera. Supongo que es por esto, porque vos estáis hecha para mí sin importar qué —susurró el pelirrojo mientras contemplaba sus palmas unidas, aún con el resplandor rojizo.
Sakura contuvo un jadeo nervioso, pero una pequeña risita, tan emocional como temblorosa, escapó de los pétalos de su boca.
Ambos, tan juntos como se sentían, a pesar de que el día de mañana tendrían que huir lo más rápido posible, incluso luchar contra la dirección del viento, ellos entrelazaron sus dedos en un acto íntimo de entendimiento y amor.
Sasori utilizó su mano libre para acariciar su rostro, Sakura se sintió desfallecer y dejó a Salamandra a un lado mientras lo sentía acercarse. Antes de que tocara finalmente sus labios, ella ya había cerrado los ojos dispuesta a recibirlo. Su beso era incluso más suave que cualquier otro, como si temiera lastimarla de alguna forma. Aún con las manos entrelazadas, Sakura trazó un recorrido desde el hombro masculino hasta llegar a la nuca llena de vellos rojizos, crispó los dedos contra la zona y Sasori respondió profundizando el beso.
Con lentitud, el joven fue recostándola sobre el futón sin apuros, pretendiendo hacerla sentir sumamente cómoda entre sus brazos, su mano libre se había adentrado entre los mechones rosados con elaborado peinado, deshaciendo la mayor parte ser este. Sakura sintió el futón contra su cabeza y el cabello un poco desparramado, mientras que, dentro de su cuerpo, una opresión sofocante amenazaba con hacerla morir allí mismo; sin embargo, aunque muriese, lo haría feliz y con gusto mientras Sasori la siguiese besando de aquella manera tan dulce y maravillosa.
Sus labios se despegaron por un mísero centímetro y Sasori pudo observar el tinte oscurecido dentro de los orbes especialmente verdes de Sakura. Sabía lo que estaba esperando.
Esta vez, fue ella quien buscó sus labios, y por supuesto, él la aceptó con vehemencia.
La luna iluminó la estancia a través de la ventada, brindándole su luz a los dos seres con una inusual brillantez. Esta desaparecería entre las nubes en algún tiempo, pero ellos seguirían amándose hasta que no les quedara aliento alguno.
Antes de que la realidad aplastante tuviera la oportunidad de destruir cualquier posibilidad, Sakura se dijo que se merecía un momento para ser feliz, y también para hacerle feliz a él.
Al amor de toda su corta vida.
…
.
…
—¡¿Cómo que no está?!
El soldado se encogió un poco ante el tono de voz tan fuerte que lo arremetió. Sasuke dio un puñetazo contra el apoyadero de la silla y se levantó maldiciendo entre dientes. ¿Cómo era posible que nadie se hubiese percatado de su ausencia? Siendo el capitán general de todos los escuadrones, era ilógico que no estuviese en ningún sitio y nadie lo hubiese notado antes.
—¿Lo veis? Le informé a vuestro hermano sobre aquel ingrato, pero nunca escucha —Madara refunfuñó y cruzó los brazos con una expresión furiosa.
Sasuke chasqueó la lengua y se levantó con pose airada. Despachó a la tercera persona con una mirada colérica y se giró hacia el consejero con las irises más oscuras que nunca.
—¡Llamad a Hinata! —gritó hacia la puerta, sabiendo que había un ninja afuera dispuesto a cumplir las órdenes del futuro emperador.
Madara esperó hasta que el chakra del individuo desapareció.
—Al día siguiente de vuestra noche nupcial, se hará la ceremonia de coronación. Tratad de dejarla embarazada lo antes posible, o correréis el riesgo de que Itachi lo haga con una de las concubinas —advirtió con un tono lúgubre.
El Uchiha menor afiló su mirar y se fastidió ante el pedido. Tomar a Ino era lo último que quería hacer, ya ni siquiera por el poder que provenía de ella, pues a estas alturas, al ingerir la bebida de fuego, había condenado a su chakra a atarse sin posibilidad de salir. Tener a Ino ahora, era como tener a una simple aldeana sin chakra y sin dinastía; sin embargo, Madara tenía razón. No podía arriesgarse a que Itachi, preso de la norma que había impuesto su padre, decidiera dejar embarazada a una de las favoritas para recuperar el poder.
No quería ni imaginarse cómo estaría la corte si Itachi llegara a tener un hijo con Hinata, la cual, a pesar de ser la primogénita del antiguo líder de una dinastía casi extinta, en su interior aguardaba un poder milenario, capaz de causar estragos ante cualquier circunstancia. La sangre de una Hyūga y un Uchiha mezclada en un primogénito, sería la muerte para el gobierno de Sasuke.
—¿M-Me ha llamado, m-mi señor? —interrumpió la morena, ajena a que era objeto de los pensamientos del pelinegro.
Madara la observó de arriba abajo con una expresión despectiva.
—¿Dónde está Sakura? —preguntó sin mucho preámbulo.
Los ojos perlados de la muchacha se abrieron en sobremanera. Con tanta agitación a causa del ataque de Akatsuki, ni siquiera se había percatado de que no había avisado sobre la desaparición de Sakura. Todas las favoritas estaban en los aposentos.
Todas menos ella.
—No lo sé, Sasuke-sama... —murmulló mientras juntaba sus dedos con inseguridad.
—¡Maldición! ¿Dónde puede estar esa extranjera? Seguro se escapó con ese capitán. Los ninjas de élite deben seguirle el paso al desertor —soltó con lentitud, como tratando de contener la cólera.
Madara sonrió de medio lado y despidió a la pobre chica con un escueto ademán antes de girarse hacia el moreno.
—Mis hombres están tras su rastro —Madara arreboló sus pasos enfundados en botas y se colocó frente a Sasuke—. No llegará muy lejos antes de que lo atrapemos.
El menor de los Uchiha, mostró una oscura y elaborada sonrisa. Afincó los puños sobre el escritorio y la afilada mirada se profundizó.
Cuando tuviera a Sasori en sus manos, él no volvería a ver la luz del día.
…
.
…
Heira del Hielo, contemplaba el panorama del Reino del Norte a través del ventanal de sus aposentos. El embajador y los dos enviados del Hielo se encontraban detrás de ella con una clara expresión de pocos amigos. La rubia de ojos verdes se giró hacia el mayor de los hombres y lo observó atentamente, como si pretendiera iniciar una batalla de miradas con él. El embajador, en vista del claro reto que la princesa incitaba, despachó a los individuos restantes con un escueto gesto de su mano.
En cuanto estos abandonaron la estancia, en medio de reverencias, el señor de arrugadas facciones y barba perfectamente cortada al estilo del medievo occidental, se dispuso a refunfuñar por lo bajo con mucho fastidio. Heira solamente atinó a apretar los labios con una impotencia demasiado viva en su interior. El emperador, Itachi, había sido realmente amable al dejarlos hospedarse dentro de su palacio mientras la visita de diplomacia se completaba, con el fin de afianzar los alzos que unían a las dos naciones vecinas.
Heira ni siquiera podía decir que estaba allí por Ino, pues esta, al abandonar el estandarte de su familia, dejaba de ser su hija para ser la princesa imperial de una nación extranjera; sin embargo, no por eso podía dejar de quererla, después de todo, era su única hija.
Sí, única…
—¿Lo veis, su alteza? —inquirió el hombre malintencionadamente—. La unión de vuestra hija, solamente podría haber traído desgracias.
Heira dio un paso hacia delante con las manos en puños.
—¿Cómo osáis a hablar así de vuestra princesa imperial? —pronunció la rubia entre dientes.
El embajador pareció lavarse las manos.
—Vuestra hija, su alteza, no es mi princesa imperial. La única princesa imperial que reconozco, es la esposa de vuestro hermano mayor, la princesa Aleanna —recalcó él con un tono que no daba derecho a réplica.
La rubia mujer clavó su afilada mirada sobre él, todo con la intención de advertirle lo que podría suceder si seguía hablando así de su única hija. El hombre ladeó un poco su rostro y lanzó un carraspeó incómodo. Los ojos verdes de Heira, eran capaces de dar la impresión de que lo veían todo.
—Deberíais tener más cuidado de cómo habláis la próxima vez. Os lo recomiendo —advirtió con un tono dulce para luego sonreír.
El sujeto estuvo a punto de estallar ante sus escondidas amenazas; sin embargo, no pudo evitar resaltarle la verdad universal que sostenía el Imperio del Hielo. Ino había heredado los ojos de la familia, pero seguía siendo hija de Heira.
De una mujer de ojos verdes.
—No quería recordaros que, aunque nació con los ojos azules de nuestro emperador, sigue siendo vuestra hija. ¡Hija de una mujer con ojos verdes! —El embajador se notó alterado—. Vos nunca debisteis traer hijos al mundo. Sois la única que nació con esos ojos malditos.
La fémina no tuvo cómo refutar su aplastante sinceridad. Era verdad todo lo que decía. En su nación, los ojos verdes eran considerados una maldición milenaria, incluso desde los tiempos de la Emperatriz Helada. Heira, siendo la única mujer de la familia, era la única que tenía ese color de ojos, y por lo tanto, era la relegada.
Nadie fuera del palacio imperial lo sabía, pero desde pequeña, siempre tuvo que cargar con la maldición que sus ojos poseían. Por eso se había casado con Inoichi, y por la misma razón, daba gracias a los dioses de que Ino, hubiese heredado los ojos azules (con aquel extraño matiz de gris) de la familia imperial del Hielo.
Nacer con ojos verdes, era la maldición de las mujeres en su nación, y por ello, muchas inocentes pagaron un precio muy alto.
Incluso, la ciudadela rumoreaba, en medio de abanicos, que ella tuvo una hermana menor que había nacido con ojos verdes, y debido a ello, su padre la había mandado a matar. Nunca había creído esa historia, pero el simple hecho de pensarlo, le causaba escalofríos.
¿Qué sería de ella sin su hija y con Inoichi lejos? ¿Qué iba a ser de su destino en general?
Sus ojos verdes habían marcado un camino, pero Heira, no estaba dispuesta a tomarlo con facilidad.
