Disclaimer:Los personajes de Naruto NO me pertenecen, sino al mangaka Masashi Kishimoto.

Advertencias: El "Rated M" es por varias situaciones, desde las malas palabras hasta las escenas más hirientes o explícitas. Leer bajo un alto criterio.

¡Hola! Gracias por los comentarios, los favoritos y las alertas. ¡Gracias a los nuevos lectores!, ¡me alegran el día! El mes, la vida... En fin. Saben que tienen un pedacito de mi escricorazón. :3 ¡Bienvenidos a los nuevos lectores! Me hacen muy feliz ver gente nueva comentando. *-*

Sé que tienen muchísimas preguntitas con respecto a los personajes, la trama, los misterios que rodean la historia... he leído sus grandiosos comentarios y me he percatado de muchas preguntas que afianzo que se responderán a su debido tiempo, y me estoy asegurando plenamente de que no quede pregunta sin respuesta. También leí por ahí comentarios respecto al lemon (¡Ejém!) pensaba colocarlos, pero debido a malas pasadas que me han comentado algunas escritoras de esta misma plataforma, varias de sus historias han sido borradas por este problema, y de verdad, no me quiero arriesgar a ello, así que debo censurar un poco esa parte; sin embargo, es bastante probable que encuentren el capítulo explícito próximamente en la página Fanfic Es, pues también lo publico allí, así que les estaré avisando.

Perdonen si encuentran dedazos, lo ojeé un par de veces, así que confío en que no los tiene.

En fin, sin nada más que decir…

¡A leer!

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Capítulo 13

Al final del camino

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Sakura frunció notablemente el ceño al observar su reciente creación de tierra. Había esperado hacerla mucho más bonita y artística, pero se había resignado a no tener la misma sensibilidad que Sasori para ese tipo de cosas, coincidiendo en que él podía fácilmente hacer una escultura perfecta con los ojos cerrados. Pero ella, simplemente no podía avanzar demasiado en sus propias creaciones, tal vez porque se estaba exigiendo demasiado para su capacidad o esperaba alcanzar al pelirrojo lo más pronto posible, pero el caso resultaba ser el mismo.

La muchacha lanzó un gran suspiro y apoyó la mejilla en una de sus manos llenas de tierra y suciedad, no percatándose de que Sasori la observaba con inusitada atención desde una rama alta, escuchando claramente sus quejidos.

Al pelirrojo le resultó un poco difícil evitar la media sonrisa que se quería extender a través de la comisura de su boca, pues mientras más la enviaba, más sentía el gancho invisible halando sus labios. Recuperó un poco la compostura y saltó de la rama hacia la húmeda tierra, sobresaltando a Sakura en cuanto cayó de sopetón a su lado.

¡Sasori...! —exclamó ella con el corazón palpitándole en la garganta.

Lo observó con los ojos muy abiertos y sintió la sequedad de su boca en conjunto con su vertiginosa presión. Hacía ya bastante tiempo que no tenía oportunidad de verle tan de cerca, pues desde que había entrado a los escuadrones de élite (cuyo entrenamiento no era para tomarse a la ligera), Sakura no había obtenido demasiadas ocasiones permisivas y oportunidades de encontrarse con él; no obstante, a pesar de las presuntas diez mil asuntos que tenía que resolver, él estaba allí, junto a ella.

Después de tres meses sin verlo, la joven pudo notar que su cabello había adquirido un despeinado natural muy leve y un casi imperceptible brillo cobrizo cuando los rayos del sol se reflejaban en sus hebras. Tuvo la sensación de que había crecido demasiado en tan poco tiempo, pero no tenía por qué extrañarse de ello, después de todo, Sasori acababa de cumplir quince años.

La muchacha se levantó de un enérgico salto y Sasori la acompañó en su acción, percibiendo la hermosa tonalidad de verde que contenía sus irises. Sin poder hacer mucho, Sakura se lanzó a sus brazos en medio de una turbulenta emoción que amenazaba con hacerlos caer a la tierra de tanto frenesí que tenía. La coronilla femenina rozó su barbilla mientras que los brazos se ceñían con fuerza a la cintura masculina; sin embargo, aunque Sasori sabía que quería hacer algo más que estar estático mientras Sakura lo estrujaba a su antojo, no fue capaz de descubrir qué era exactamente lo que deseaba.

Sakura apretujó los dedos contra los ropajes oscuros y derramó unas cuantas lágrimas, no cayendo en cuenta de murmuraba incoherencias a causa de su propia emoción.

Pensé que ya no os vería. La angustia carcomía cada pedazo de mis esperanzas —susurró con el rostro apretado contra su pecho.

Tentativamente, el pelirrojo colocó las manos sobre sus brazos y las deslizó hasta cerrarse en torno al pequeño cuerpo de Sakura. La joven, por su parte, sintió que su corazón bombeaba más fuerte con aquel simple gesto, como si él le estuviese diciendo algo mediante su repentina acción de afecto. Ella estuvo preparada en todo momento para asumir el peso de su cariño en soledad, pero entonces Sasori la había abrazado de esa manera, no dejándole ni la más remota posibilidad de controlar el revoloteo que le recorrió la mitad del cuerpo.

Tenía trece años y no encontraba explicación alguna para aquella extraña sensación.

No lo habéis visto en meses, es normal; se dijo no del todo convencida.

Cuando quedaron finalmente separados, uno de los dedos de Sasori se coló a través de su mejilla y limpió el borrón de tierra que ella misma se había aportado cuando la apoyó contra su palma.

El simple gesto la hizo trastabillar, de nuevo con aquella errática sensación desconocida entremezclada con un poco de desconcierto. Sasori había cambiado, y no sólo en el exterior; su aura poseía un nuevo tipo de emoción, como la de un cazador letal que oculta sus artilugios cuando no está en servicio, y tal vez era eso lo que la estaba empezando a asustar.

P-Pensé que no os vería en otra larga temporada... pero aquí estáis —soltó ella atropelladamente, como si temiese que las palabras se negaran a abandonar la punta de su lengua.

Sasori permaneció con el semblante tan sereno como la luz de la luna, pero notó un leve desliz en la voz de la exótica moza, como si le costase contenerse de muchas cosas.

¿Qué estabais haciendo? —inquirió desviando la atención.

Sakura pareció dar tan tamaño suspiro de alivio, que seguro había acabado escuchándose en la otra punta del mundo.

Estaba intentando imitar vuestro eterno arte. —Sakura lanzó una minúscula risilla y carraspeó un poco sonrojada.

Sasori observó la creación con ojo crítico y se abstuvo de hacer algún comentario que pudiese herir la tan apreciada susceptibilidad de la chiquilla rosa.

Está terrible, ¿no lo creéis? —dijo ella antes de explotar en dulces carcajadas.

El pelirrojo se descolocó un poco, descubriendo el nuevo matiz mayor que había adquirido Sakura en tan corto periodo de tiempo.

Sois mejor en otras áreas. Nadie es capaz de curar heridas mejor que vos —argumentó Sasori con sinceridad.

Lo decís porque soy la única que sabe cómo colocaros los vendajes a vuestra comodidad. —La muchacha se cruzó de brazos y compuso una perfecta mirada de suficiencia.

Mejor id quitando vuestra expresión, eso no impide que sigáis en nada con mi arte. —Volvió a intervenir Sasori empleando un tono tan neutral como le fue posible.

Sakura entrecerró los ojos hasta volverlos rendijas mientras sus mejillas resentían el rojo escarlata, cuya tonalidad precedía a la explosividad de su obstinado carácter.

Ella también había crecido, pero seguía siendo una niña en el fondo, y aquello se lo repitió Sasori en aquel momento y los dos años siguientes.

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Hanabi tomó una honda bocanada de aire antes de juguetear con sus dedos sobre el mesón de madera. Sus ojos perlados observaron las irregularidades del techo con ojo clínico antes de suspirar por cuarta vez en menos de dos minutos. Kisame la había llevado ante el líder de Akatsuki poco después de dejarla en una habitación previamente preparada para ella, como si desde el principio la organización hubiese preparado todo aquello con la intención de hacerla sentir cómoda para, presuntamente, hacerla sentir a gusto y no como una prisionera política o algo parecido.

Las quemaduras que había sufrido mejoraron como si los dioses le hubiesen concedido esa gracia en cuestión de horas, pues los extraños poderes de Kisame (aquel miembro de Akatsuki que le seguía resultando severamente extraño), parecía tener el total control de la curación. ¿En qué otro lugar sería capaz de ver tal despliegue de poder? Vale, había visto demasiadas cosas en su corta vida, pero jamás se imaginó ver a alguien manipulando agua y que esta aliviara y curara a su vez.

El agua curativa, como la fuente mágica de los cuentos que le leyeron alguna vez, era tan fantástica como los espectros andantes y hablantes de los relatos terroríficos. Inexistentes...

O así lo había creído ella antes de que Kisame envolviera su brazo con una misteriosa burbuja de agua. Nunca antes conoció a alguien con ese tipo de chakra, pero ahora estaba allí, en esa guarida, gracias a un portador del agua. Bastante irónico, considerando su dinastía de fuego.

Los pensamientos de Hanabi se vieron interrumpidos cuando el objeto de sus pensamientos y otro hombre (al que no fue capaz de identificar), entraron en la estancia y se sentaron frente a ella con poses despreocupadas.

—¿Cómo siguen vuestras quemaduras? —cuestionó el hombre de piel azul con una media mueca que simulaba una sonrisa.

Hanabi se echó el cabello de ébano hacia atrás.

—Mucho mejor. Os lo agradezco —aseguró con un tono de voz demasiado adulto para su edad.

—Es conveniente, ahora debemos hablar de negocios —auguró Kisame mientras Hidan hacía una mueca desdeñosa.

—Mirad niña, lo que Akatsuki os propone es una oferta indiscutible —habló Hidan con desparpajo.

Hanabi abrió mucho los párpados y sintió la necesidad de reprenderlo por su insolencia. ¿Cómo se atrevía a dirigirse a ella de una manera tan irrespetuosa? Ella no había crecido como una princesa, pero en su sangre lo seguía siendo, y no admitía que nadie le hablase de aquella forma tan poco cultivada.

—¿Cómo os atrevéis a dirigiros a mí de tan osada manera? —reprendió ella entre dientes.

Las cejas albinas de Hidan se alzaron con descaro y pretendió decir algo más; sin embargo, el sonido de la risa a medias, socarrona y mortalmente controlada, dispersó tan austero momento y lo llevó a terrenos más desahogados.

—Tenéis agallas, justo como se espera de una princesa, aunque no hayáis crecido como una. —Aceptó Kisame mientras asentía en concordancia.

Los ojos perlados de Hanabi se entrecerraron hasta volverlos rendijas, tensó sus labios como una perfecta cuerda rosa pálida y bajó la guardia lo más que pudo. Hasta ella misma se sorprendía de su arranque de valentía y coraje. Debe ser por la ropa de hombre; se dijo mirando su vestidura blanca y la cota de malla cubriendo sus brazos.

—Al grano. ¿Qué es lo que queréis decir? —Apoyó los codos sobre el mesón y se acercó a la pareja.

Las sombras del ambiente le dieron a su rostro un matiz mayor.

—Desde que la dinastía Hyūga cayó, muchos se han guardado en espera del renacimiento. Ya habéis hablado algo parecido con el líder —recalcó Kisame bajo la mirada interrogativa de la joven.

Hanabi asintió, intuyendo a medias a lo que se refería. Se irguió con dignidad e instó a la pareja a que continuara con el tratado.

—Hace un día, el Reino del Norte sufrió un ataque frontal —avisó Hidan con un tenue matiz burlón.

Los ojos blancos de la muchacha Hyūga casi se salieron de sus cuencas. ¿Cómo es que ellos sabían eso si estaban encerrados en esa maldita fortaleza de rocas gigantes? Es obvio, Hanabi; se dijo antes de tragar grueso. Tendría que haber caído en cuenta mucho antes que aquellos dos no eran los únicos miembros de élite que Akatsuki poseía. Podía incluso a arriesgarse a pensar que más de la mitad de ellos había participado en aquel ataque; sin embargo, aquello no respondía al hecho de que ella estuviese allí como "huésped" de Akatsuki.

Era poco más que una rehén, y eso se lo había dejado muy en claro (aunque implícitamente) el líder.

—¿Y...? —La joven los animó a continuar mientras su tez adquiría un tono más pálido.

—Sabéis que solamente quedan tres miembros de vuestra familia: vuestra hermana Hinata, vuestro primo Neji y vos... pero Akatsuki os apoyará a vos, princesa. —Hanabi sintió que su tensión bajaba de golpe.

Las palabras de Kisame habían sido más que contundentes. Akatsuki, la banda criminal más temida de los cinco grandes imperios, la apoyaría a ella.

A la más pequeña de los Hyūga.

La muchacha castaña apoyo los tembloroso nudillos sobre el mesón y se levantó, incluso si sus rodillas parecían de gelatina. Si la apoyaban a ella, podrían apoyar a sus familiares también, ¿no?

—Por derecho de primogénita, la princesa heredera debe ser Hinata, así que si queréis... —El grito de Hidan la hizo callar con un sobresalto.

—¡No! —gritó el hombre de brillantes ojos violeta—. Vos no parecéis entenderlo. Vuestros subordinados no apoyarán a una Hyūga que es poco más que una puta de los Uchiha en aquel castillo —aseguró con una fría rotundidad mezclada con sadismo.

Hanabi replicó las palmas contra el mesón llena de cólera hacia Hidan. Kisame carraspeó y le lanzó una mirada de advertencia al otro hombre, sin embargo, este ni siquiera le prestó atención.

—¡¿Cómo os atrevéis a referiros a hime-san de esa manera?! —Hanabi adquirió un cariz rojizo a medida de que su tono de voz subía tras cada palabra.

—¡Yo no tengo la culpa de que la dinastía maldita la haya mancillado! —contraatacó él sin medir sus palabras, aunque para nadie era un secreto que esa desagradable cualidad estaba bastante arraigada a su sistema.

—No queremos problemas con El Líder, ¿verdad? —La piel azulada de Kisame se coloreó de un suave gris.

Hidan refunfuñó por lo bajo pero su temperamento se atenuó con suma rapidez; por su parte, Hanabi parecía tan indignada como lo había estado desde la ofensa lanzada por el albino. El hombre con aspecto de pez enfocó sus pupilas sobre la muchacha, tal vez esperando que se calmara o dijese algo más en medio de su ataque de cólera.

—Si no queréis apoyarla, entonces está nuestro primo, Neji. Tan Hyūga como las dos hijas de la cabeza del clan —mencionó Hanabi haciendo alusión a su hermana y a ella a través de la mención de su primo.

Se suponía que, si por alguna razón en particular Hinata no podía ejercer su cargo, Neji ostentaría el rango por ser el familiar más cercano en cuestión de edad y sangre a pesar de que Hanabi estuviese allí para reemplazarla, puesto que, quien nacía destinado para poseer la corona dentro de los Hyūga, no podía relegarse a sí mismo en favor de sus hermanos para que alguno de estos reinara por él, y por ello Hanabi no estaba en la casi desaparecida línea de sucesión.

La joven de larga cabellera contempló la negativa en las dos presencias masculinas. ¿Ahora cuál sería la excusa?

—Vuestro primo sirvió a los Uchiha en las zonas fronterizas. ¿Estáis segura de querer saber el porqué de tanta reticencia hacia él? —recalcó Kisame con sus extraños e inquisitivos ojos muy abiertos.

Hanabi apretó los labios y sopesó las opciones que le quedaban con criticidad. Lamentablemente, no le quedaba demasiado que objetar. Era normal que los subordinados de los Hyūga rechazaran servir a Neji, pues este había servido a los Uchiha en vez de preferir morir. La joven podía entender por qué había hecho eso; sin embargo, los fieles hombres nunca entendieron sus razones. Para ellos hubiese sido mejor verlo morir como un Hyūga intachable e incorruptible que verlo luchar y doblegarse ante la dinastía maldita poseedora del Sharingan.

Neji había sacrificado su honor por Hinata y por ella, porque sabía que no podía dejarlas a merced del lobo, pero para todos los demás, había sido poco más que una vil cobardía al enfrentarse a la muerte. Su hermana también se había sacrificado por ella al aceptar el mandato sin rechistar, exponiéndose a ser el juguete sexual de la familia Uchiha para impedir que las mataran a las dos, y gracias a su sacrificio, el maldito Madara Uchiha la había lanzado a la calle dejándola a su suerte, seguramente con la certeza de que moriría; no obstante, ella seguía allí.

Viva.

Akatsuki parecía dispuesto a servir a Hanabi Hyūga, y ella no iba a defraudar a Hinata y a Neji. Les demostraría que sus respectivos sacrificios habían servido de mucho y colocaría a los Hyūga de vuelta al lugar de donde nunca debían haber salido.

La silla del emperador supremo volvería a su familia.

Costase lo que costase.

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—¿Su Alteza?

Como era común desde hace un rato, la nueva princesa imperial no respondió. Contemplaba con suma atención sus facciones a través del espejo mientras su doncella barría su cabello rubio con una peineta dorada. Sus azules ojos se notaban opacos y un poco muertos, siendo consciente de lo que pasaría aquella noche en contra de su voluntad.

Retorciendo el largo camisón morado entre sus dedos, Ino recordaba la infinidad de veces en las que su madre le había dicho lo que pasaba después de la boda, remarcando siempre que debía mantener su temple y no negarse a lo inevitable, pues, como ocurría la mayoría del tiempo, los matrimonios solían ser no deseados, un mero tratado político.

Tal y como lo era el suyo.

—Estáis lista, su Alteza —avisó la doncella poco después de agregar el accesorio final y único a su cabello.

La rubia ladeó levemente la cabeza y observó la peineta de plata decorada con rubíes que se adhería a su lacio cabello suelto. Aquella peineta era el símbolo de que estaba casada, y después de esa noche, cuando se hiciese los característicos peinados del Reino del Norte, llevaría dos.

La doncella la hizo levantarse y la condujo hacia la puerta con lentos pasos, casi como si estuviese pidiendo permiso para caminar. Ino deseaba que la tierra se abriera y se los tragara a todos; sin embargo, aquello no era más que un deseo fantasioso fruto de su terror al tener que mirar de nuevo a Sasuke Uchiha.

Si no era peor que los demonios, entonces él mismo los representaba. Había estado ciega el tiempo suficiente para llegar hasta el punto en el que se encontraba, pero al menos tuvo la posibilidad de intercambiar votos con la plena conciencia de lo que sería su vida en el futuro.

Fuera de sus aposentos la esperaba su gran corte para acompañarla hasta los aposentos del príncipe para asegurarse de que llegara con bien, algo que, honestamente, resultaba ridículo a los ojos de Ino. Sabía que era el protocolo de la primera noche en todo el imperio, no obstante, no veía la necesidad de todo aquello.

Las habitaciones que tenía en común con Sasuke quedaban originalmente en otra torre del castillo; sin embargo, esta había sido parcialmente destruida gracias al ataque de Akatsuki, por lo tanto debía dirigirse a otra cámara que habían dispuesto para la noche de consumación.

Esperaba desde el fondo de su alma que Sasuke se hubiese calmado un poco al menos, pues desde la tarde el palacio entero comentaba su creciente mal humor. Gracias a Sai, se había enterado de que el capitán general de los escuadrones había escapado junto a una de las favoritas, pero le importaba muy poco saber cuál de todas aquellas desvergonzadas era.

Los guardias personales y las damas que se encargaban de las habitaciones de su reciente esposo, se inclinaron ante ella cuando se acercó lo suficiente para que la divisaran. Abrieron la puerta de los aposentos después de anunciarla y se apartaron de su camino en cuanto cruzó la primera puerta.

El silencio ensordecedor de la estancia le golpeó con furia. Se sintió incluso más sola y perdida que un desvalido cachorro a la intemperie. Si pudiese temblar, lo haría con fervor, pero su sentido del deber era incluso más grande que sus sentimientos.

Acercándose a la habitación principal, Ino suspiró y trató de mentalizarse para lograr todo lo que se esperaba de ella, después de todo, sus acciones ayudarían o hundirían a su nación. Empujó la última puerta y se encontró con la visión de Sasuke de espaldas. Llevaba el haori puesto con el inconfundible símbolo de los Uchiha brillando en su espalda y unos pantalones ninja, como si acabara de llegar de un entrenamiento.

Ino tuvo que admitir su sorpresa al observar el evidente estilo occidental en la habitación. Le resultaba bastante curioso la combinación de estilos y culturas dentro del palacio, sobre todo cuando las dependencias de su padre estaban dominadas por el estilo tradicional del Imperio del Fuego.

—¿Os comió la lengua el gato? —La rubia se sobresaltó con aquel tono de voz.

Sasuke había dejado de mirar adonde fuese que sus pupilas estuvieron hasta ese momento y se había girado hacia ella. Ino tragó grueso y juró que sus ojos se tornaron mucho más oscuros de lo habitual; sin embargo, tal impresión podía muy fácilmente ser producto de su gran reticencia a estar allí. Aspirando una gran bocanada de aire, la joven de ojos azules cerró la puerta detrás de ella para luego acercarse a su esposo; este la miró de arriba abajo con una expresión indescifrable.

—¿Por qué lleváis la peineta cuando estáis vestida como una extranjera? —Sasuke pareció ofendido, no obstante, Ino estaba consciente de que eso era lo que menos le importaba.

—Quería ponerme el camisón nupcial de mi nación. ¿No es bonito? —Evadió ella mientras trataba de no notar el lúgubre ambiente lleno de velas.

Sasuke no contestó, en cambio, se acercó a ella con pasos de cazador, lentos y sumamente sigilosos. En cualquier otra situación (mucho antes de saber cómo era en realidad), la rubia se hubiese derretido bajo su mirada y sus movimientos seductores; sin embargo, ahora, no podía hacer nada más que compadecerse de sí misma. El tacto frío de su palma contra la transparencia de sus hombros casi la hizo titiritar, como si la mismísima muerte pasease los huesudos dedos a través de su clavícula.

—Desde que os casasteis conmigo, pertenecéis a este palacio. Después de esta noche llevaréis las dos peinetas y vestiréis como las favoritas —Ino apretó los dientes presa de la rabia.

¿Cómo podía compararla con aquellas mujeres? Ella era la princesa imperial, y pronto sería la emperatriz. No había punto de comparación. Sasuke parecía divertirse con su reacción, pero como todo era tan incierto en él, no podía estar segura de que realmente sintiera algo. El moreno la rodeó hasta que la espalda femenina entró en contacto con su torso.

El sobretodo de seda se deslizó por sus brazos y sintió un extraño frío invadiéndola; considerando que había vivido dentro de un palacio helado lo que llevaba de vida, aquella sensación tan espectral de fría corriente de aire, le resultaba bastante psicológica y surrealista.

Mientras Ino sentía el peso de Sasuke sobre su cuerpo y observaba sus ojos negros, tuvo la desagradable sensación de que su vida no sería para nada tranquila.

Y no quería saber hasta qué punto tenía razón.

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Después de viajar toda la mañana y parte de la tarde, Sasori y Sakura se detuvieron en un pequeño poblado dentro de las dependencias del Reino del Este, por lo tanto, fuera de las garras de la familia imperial. El pelirrojo, siempre precavido y metódico, le proporcionó a Sakura una peluca de larga melena negra para ocultar su exótica apariencia; él, por su parte, había optado por una sencilla peluca castaña muy oscura, argumentando que, si bien el reino no estaba dominado por los Uchiha, nunca se podía estar completamente seguro en un sitio.

Sakura se había sorprendido por la asombrosa rapidez con las que los habían dejado traspasar las murallas en referencia a los demás visitantes, era algo bastante extraño si se consideraba que ni Sasori ni ella, tenían demasiados rasgos del Imperio del Fuego. La joven no había querido atribuirle la hazaña al Akatsuki, pero no podía evitar recordarse que Sasori formaba parte de la organización y que, probablemente, tendrían una sede en todos los reinos e imperios que les proporcionaran estabilidad, y aunque debía aceptarlo, no encontraba estar del todo en paz.

Oculta entre su, recientemente adquirida, melena negra, Sakura observaba los distintos puestos del alegre mercado de artesanías, y cada vez que sus pupilas divisaban una peineta, no podía evitar pensar en la noche anterior entre sonrojos. Tal vez no había sido una ceremonia formal, pero estaba casada con Sasori y había sido suya como un pacto de aquella unión tan silenciosa e íntima. Ahora que eran un solo ser, ni los mismísimos dioses iban a poder separarlos. Sakura dejó mostrar una reluciente sonrisa mientras sus verdes ojos enfocaban una sencilla peineta de madera adornada con pequeñas imitaciones de esmeraldas. Aquellas pequeñas piedrecitas eran un poco más oscuras que el color de sus ojos, pero le parecían tan brillantes como ella se sentía en su interior.

No estaba segura de cómo explicarlo, pero percibía que algo dentro de sí quería gritar y expandirse a través de sus entrañas. Había una pequeña luz dentro de sí. Podía estar segura de ello.

"La luz de vuestro amor, eso es lo que os ronda"; dijo una vocecilla entre suspiros.

Sakura reconoció a su voz interior.

¿No creéis que todo es demasiado perfecto?; preguntó Sakura antes de que un agradable escalofrío la recorriese desde la punta de los pies.

"Tanto que hasta da miedo"; aceptó después de un largo silencio.

Sakura sintió una desagradable sensación que le revolvía el pecho; sin embargo, no me prestó la más mínima atención. No había pensamiento que mereciera tanto la pena como para preocuparse. Estaba con Sasori, un hombre que, aparte de ser su amado, también era un miembro de Akatsuki experimentado, la muchacha podía jurar incluso que era uno de los miembros de élite.

—Ésta definitivamente os quedaría muy bien. —La voz de Sasori la hizo volver a la realidad.

Observó su mano enguantada agarrar la peineta y se giró hacia él para detallarlo mejor. Llevaba la peluca castaña despeinada y un extraño brillo en sus ojos de arena revuelta. Sakura sonrió ante su habitual seriedad y sintió que la peineta se deslizaba entre los falsos mechones negros.

—¿Qué tal se ve? —cuestionó ella con un tono sumamente alegre.

Sasori le brindó una media sonrisa.

—Creo que es más idóneo que llevéis dos —aseguró mientras tomaba otra pieza idéntica.

Sakura no pudo evitar sonrojarse hasta la raíz del cabello al recordar la noche anterior; no obstante, fue capaz de sostenerle la mirada. El simple hecho de recordarlo le aceleraba el corazón.

El pelirrojo depósito la segunda peineta sobre otro mechón de su cabello y pagó a la mercader, cuya sonrisa encantada no pasó desapercibida por ninguno de los dos.

«Es realmente agradable compartir la felicidad de recién casados»; dijo la mujer antes de que se alejaran.

Después de pasear un poco más entre la vivacidad del mercado, Sasori llevó a Sakura hacia la pequeña cabaña que había alquilado para esa noche, argumentando que tenía algunos asuntos que resolver dentro del Reino del Este; y aunque Sasori no se lo había dicho, ella estaba segura de que tenía que ver con Akatsuki. Tal vez les revelaría que la había traído consigo, y a riesgo de que se negaran a que pudiese mantenerla a su lado, ya estaban casados.

Nadie podía remediar eso.

Sasori depósito un beso sobre la frente de Sakura antes de partir a un rumbo que ella desconocía, no obstante, volvería antes de que ella tuviese la oportunidad de preocuparse.

Si había algo altamente notable en el Reino del Este, eso eran sus grandes tierras, híbridas entre bosque y selva, perfectas para contactar con cualquier persona lejos de ojos indeseados; y precisamente, eso es lo que planeó hacer Sasori en cuanto dejó a Sakura en la pequeña cabaña.

—Sasori-sama. —El susurró le llegó desde algún punto sobre su cabeza.

El aludido dirigió su neutral mirada hacia arriba y divisó a Deidara acuclillado sobre una rama gruesa. El rubio de coleta saltó hacia el suelo y cayó limpiamente a un lado del pelirrojo. El sombrero característico de la organización cubría por completo sus facciones; no obstante, su voz y sus movimientos eran inconfundibles para los ojos de Sasori.

—Llegáis puntual —pronunció con obviedad, levemente satisfecho de aquello.

—Sé que no os gusta esperar —recalcó Deidara con una media sonrisa—. El envío llegó sano y salvo a su destino, Jiraiya-sama sé está encargando. Um.

Sasori asintió en concordancia con sus palabras.

—¿Sabéis quién es? —inquirió el rubio con un claro matiz de curiosidad explícita.

El pelirrojo no le miró ni le contestó inmediatamente, pero no porque debía resguardar algún tipo de secreto, sino porque no tenía ni la más remota idea de quién era aquel hombre que Madara había mantenido encerrado por quién sabe cuánto tiempo. Le resultaba un poco inconveniente no tener la suficiente información sobre el tema.

—Estamos en la ignominia sobre el sujeto —informó luego de algunos minutos de reflexión.

Deidara mostró un semblante decepcionado, pero Sasori no lo notó gracias al sombrero. No cabía duda de que era una persona sumamente importante, ya que Madara lo había mantenido cautivo y el líder había arriesgado los planes de Akatsuki para rescatarlo de su cautiverio; no obstante, mientras no interfiriera con sus planes personales, Sasori no tenía de qué preocuparse.

—Deidara. — El aludido observó a Sasori con interrogación.

Lo observó sacar un pedazo de pergamino bastante desgastado que él no dudó en recibir cuando Sasori hizo el ademán de entregárselo.
El papel no tenía nada escrito.

El rubio levantó las cejas, incapaz de entender qué se suponía que era aquel retazo de pergamino en blanco.

—Lo sabréis en su debido momento. —Fue lo único que respondió antes de colocarse de espaldas a él—. Decidle al líder que no iré solo.

Antes de que Deidara pudiese decir algo, Sasori ya había desaparecido. Observó el pedazo de papel y luego reparó en lo que había dicho. ¿Qué significaba eso de "no iré solo"?

Deidara realmente esperaba que no fuese algo que le trajera problemas a Akatsuki, y por supuesto, esperaba que aquello no tuviese que ver con alguna mujer.

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Cuando Naruto divisó la melena de Hinata al cruzar una esquina, su corazón no pudo contenerse más. Sin importarle que fuese de día y estuviesen expuestos a cualquier par de ojos, el rubio se arriesgó a abrazarla en cuanto llegó a ella.

Hinata jadeó y se giró hacia su captor casi al mismo tiempo, maravillándose de ver de nuevo el rostro sonriente de su amado. Inmediatamente después de que había llegado de la misión en las zonas fronterizas, Itachi le había encomendado otro encargo altamente confidencial del cual Hinata no tenía ni idea, pero agradecía infinitamente que el emperador lo hubiese mandado a otro lado. El hecho de pensar que a Naruto le pudo haber pasado alguna cosa durante el ataque, colocaba en turbulencia los nervios de la joven.

—¡Habéis vuelto! —exclamó ella con tono eufórico, algo que resultaba realmente raro en ella.

—Os extrañe. —Naruto no se quedó atrás con su evidente frenesí, y siendo tan imprudente como siempre, plantó un posesivo beso sobre los labios de la joven pelinegra.

La muchacha casi pudo sentir una explosión extraña dentro de su pecho al sentir el contacto. La sangre se le subió a las mejillas y no pudo despegar la mirada del suelo de tanta vergüenza cuando por fin se separaron.

—N-Naruto-kun... es de día, podrían vernos. —Hinata le reprendió con su suave voz.

Naruto lanzó una risilla nerviosa y se rascó la nuca con evidente pena. Tenían un ventanal de un lado y detrás estaba la salida hacia los jardines interiores, por lo tanto, la preocupación de la joven tenía bastante validez. Estaban conscientes de que jugaban con fuego cada vez que se veían. El rubio tomó la mano de la heredera de los Hyūga y la trasladó a un lugar mucho más escondido y privado, cuya ubicación se encontraba entre ciertos pasadizos que llevaban años sin cruzarse.

La habitación era bastante oscura, por lo que Hinata utilizó su fuego blanco para encender algunas velas. Era un alivio poder utilizar su chakra para algo, por más pequeño que fuera, pues de esa manera sentía que no se había secado del todo por dentro. Hanabi y Neji siempre habían tenido mucho más potencial que ella, así que siempre había sido vista como menos por cualquier miembro principal del clan.

Podía decir que era un alivio no tener miradas de superioridad sobre ella, pero definitivamente era inaceptable el hecho de no estar con lo poco que quedaba de su familia.

La estancia era pequeña pero acogedora, toralmente ordenada al estilo tradicional del imperio. Naruto se sentó sobre el suelo de tatami y frente a la pequeña mesilla ceremonial. Hinata lo imitó con su innata elegancia y suavidad.

—Sé de buenas fuentes que vuestro primo se ha reunido con el ejército del Sur —habló él con rapidez.

Hinata se asombró y colocó una mano sobre su pecho. Si aquello era así, todo indicaba que Madara había tenido razón contra respecto a Neji.

—Eso quiere decir que... por los dioses. —La pelinegra se descompensó por un breve lapso de tiempo y su rostro adquirió un tono bastante pálido.

Naruto maldijo su estupidez y se movió hacia ella para reconfortarla.

—Vuestro primo es astuto, yo lo sé. Estará a salvo en el Reino del Sur —aseguró el joven de ojos azules, todo con la intención de que Hinata se calmara un poco.

Sin embargo, estaba seguro de que lo que decía tenía mucha verdad. La muchacha giró sus perladas irises hacia él y suspiró con mucho pesar.

—¿Sabéis qué le harán si el Reino del Sur llega a caer? Madara-sama lo matará personalmente por traidor. —Su voz se escuchó agitada, y no pasaron ni cinco segundos antes de que Hinata empezara a sollozar presa de un intenso temor.

Naruto intentó calmarla mientras apretaba sus hombros con delicadeza. Se sentía bastante culpable de haberle dado esa noticia en aquel instante, y más si tomaba en cuenta lo susceptible que debía estar tras el reciente ataque de Akatsuki. Como solía hacerlo una gran cantidad de veces, sintió que había metido la pata, pero como le resultaba imposible volver en el tiempo, no le quedaba más que tratar de consolar a su amada.

—Madara-sama está más preocupado por el capitán que huyó que por un Hyūga —dijo él en medio de un murmullo.

Hinata siguió sollozando; no obstante, el rostro de Sakura apareció en su memoria con apariencia fantasmagórica.

—Sakura... estoy segura de que Sakura huyó con él. —Hinata se sobresaltó y colocó las manos sobre las de Naruto—. ¿Tenéis idea de lo que ocurrirá si los atrapan? —La pelinegra tragó grueso y negó con la cabeza sin atreverse a pensar en las consecuencias.

—No los atraparán. El capitán Sasori es un estratega experimentado, podéis estar tranquila por vuestra amiga —aseguró Naruto con un tono animoso.

Hinata le miró con una sonrisa de agradecimiento. Realmente quería creer que todo les saldría bien y que a estas alturas ya estaban lejos de las garras de los Uchiha. Naruto y ella se encontraban en una situación similar, y nada les daría más apoyo moral que saberlos sanos y salvos muy lejos de tanta injusticia.

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—¿Esa es vuestra única razón para permanecer aquí? — La voz profunda de Itachi retumbó dentro de las paredes del despacho.

Tsunade asintió con actitud solemne, digna de una gran reina como ella. El pelinegro estrechó los párpados mientras barajeaba los pros y los contras que podría acarrear la estancia de la reina babosa en el reino. Sin duda, Madara estaría en contra completamente, y debido a que Sasuke sería el nuevo emperador, no estaba seguro de que podría mantenerse allí por demasiado tiempo.

—Pensadlo, su majestad. Vuestro hermano será el nuevo gobernante, pero yo os apoyaré a vos —habló a ella con su peculiar tono fuerte.

—Tanto Sasuke como yo poseemos la misma sangre. Él es tan Uchiha como yo. — Itachi entrelazó los dedos debajo de su mentón.

—Pero vos sois el más sensato. —Fue lo único que argumentó la rubia obviando el resto de la frase—. Mi mano derecha, la sobrina del rey, gobernará en apariencia mientras yo ordeno desde aquí. No hay más prueba de fidelidad que esta, emperador.

El moreno de coleta suspiró profundamente. Ahora más que nunca, debía admitir que necesitaba a Tsunade allí como parte de un aparente apoyo. Madara estaría completamente del lado de Sasuke, desafiando abiertamente las decisiones de Itachi y relegando su posición a un lado como si no valiera nada; sin embargo, aquello no sería más que una mala pasada si la gran Reina del Este permanecía a su lado apoyando sus decisiones.

El emperador asintió con la cabeza con confirmación, pero cuando estuvo a punto de responder, uno de los ninjas, miembro del escuadrón personal de Sasuke, le informó que se solicitaba su presencia en el salón del trono. Itachi se levantó de inmediato y se dirigió rápidamente junto con Tsunade hacia el lugar mencionado.

En cuanto llegaron, el mayor de los hermanos Uchiha no pudo creer lo que veía. Sasuke se encontraba sentado en el trono con Madara a su derecha, lugar que obviamente le pertenecería a Itachi una vez que se completara la ceremonia de coronación. Tsunade profirió un jadeo ofendido, no creyéndose que el príncipe se hubiese atrevido a sentarse en el trono del emperador antes de ser coronado como tal.

Del otro lado del salón, Heira del Hielo y la nueva princesa imperial, Ino, apretaban los dientes como si se sintieran terriblemente presionadas. Ino llevaba un kimono y las dos peinetas características de las mujeres casadas, sin embargo, parecía sentirse tan fuera de lugar como siempre. Itachi tuvo la impresión de que ella había madurado de un fortuito golpe.

—¡¿Qué es lo que estáis haciendo, Sasuke?! —preguntó su hermano con suma autoridad.

El menor pareció encogerse un poco, pero aquello debió ser una simple impresión. Madara apretó el hombro de Sasuke y desafío al moreno de coleta con la mirada.

—Más respeto al nuevo emperador —habló en consejero con un falso tono de diplomacia.

—Aún no se ha cumplido la sucesión ni ha habido coronación; por lo tanto, yo sigo siendo el emperador. ¡Levantaos del trono, Sasuke! —demandó el mayor con su aplastante actitud dominante.

Sasuke tensó la mandíbula por un momento, luego, le ofreció una sonrisa socarrona de medio lado.

—He consumado. Es bastante obvio quién heredará este trono. —Ino notó su propia incomodidad extenderse a límites inimaginables.

Que se expresaran de aquella manera sobre su primera noche, le resultaba... asqueroso, irrespetuoso y caótico. Su madre a templó suavemente del brazo para darle fuerzas.

Itachi estuvo a punto de hablar nuevamente, sin embargo, los gritos del otro lado de la pared causaron que se girara alarmado. Tomada de ambos brazos, la madre de Sakura forcejeaba con los guardias que la jaloneaban de un lado a otro como un animal.

Heira del Hielo contuvo un grito en cuanto la detalló.

Con un hermoso cabello pelirrojo y largo, la madre de Sakura cayó estrepitosamente sobre la alfombra, justo frente a Sasuke. Levantó la mirada y recorrió la sala hasta que se enfrentó con los impresionados ojos de Heira.

Los pares de irises tenían exactamente el mismo tono de verde, y para Heira, aquello solamente podía significar una cosa. No sabía quién era ni por qué estaba allí; no obstante no cabía duda de que aquella pelirroja tenía algo que ver con ella.

Esa combinación de melena roja y ojos verdes los reconocería en cualquier lugar del mundo, pues, después de todo, al final del camino siempre estaba la respuesta a muchas de sus preguntas.

...

¡Gracias por leer!

¿Opiniones, dudas, tomatazos?

En el próximo capítulo tendremos una historia interesante... ¿Se arriesgan a decirme qué creen que sea? ¡Los espero con sus comentarios!

Saludos y besos.