Disclaimer:Los personajes de Naruto NO me pertenecen, sino al mangaka Masashi Kishimoto.

Advertencias: El "Rated M" es por varias situaciones, desde las malas palabras hasta las escenas más hirientes o explícitas. Leer bajo un alto criterio.

¡Hola! Una vez más, ¡muchísimas gracias por los comentarios, los favoritos y las alertas! Me alegra muchísimo que les guste esta historia (aun cuando no ha llegado a su punto especialmente fuerte) y esperen por cada capítulo, ¡les agradezco mucho eso, lectores! ¡Me alegran el día! El mes, la vida... En fin. Saben que tienen un pedacito de mi escricorazón. :3¡Bienvenidos a los nuevos lectores! Me hacen muy feliz ver gente nueva comentando. *-*

Aura117, Antotis, Gab, sasuki uchiha, Hiyoko-sama, Ashabi, Keep Saiyan, beautiful girl red ¡Gracias! (Algunos son del antepenúltimo capítulo, pero quería agradecerles. :3)

LEAN LA NOTA, puede contener información importante.

Después de terminar mi mes más difícil (agosto), ¡por fin vuelvo! Perdonen el mes de ausencia de actualizaciones, pero la buena noticia es que ya terminé mis intensivos de universidad, con muy buenas notas y de buen humor. ¡A escribir se ha dicho!

He leído algunas teorías, dudas y especulaciones que no me gustan responder por aquí porque confío en que se darán cuenta a medida que pase la historia (que será bastante larga, cabe aclarar, aunque no daré trama innecesaria, así que no se preocupen por algún tipo de relleno jajaja).

En este capítulo sabremos un poco más de Minato, Tsunade, Jiraiya… y otros personajes que puede que aclaren un poco todo lo que está pasando y la nebulosa del misterio sea más nítida. En cuanto a la actitud de los personajes, no den nada por sentado. No están del todo desarrollados en estos capítulos de persecución ya que aún faltan un montón de situaciones que darán el pie idóneo para sus personalidades posteriores. No crean que algún personaje está rezagado o se quedó dormido jaja, todo tiene su razón y su cauce.

Perdonen si encuentran dedazos, lo ojeé un par de veces, así que confío en que no los tiene.

En fin, sin nada más que decir…

¡A leer!

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Capítulo 14: Principio del fin

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Imperio del Hielo. Años atrás.

¡No lo hagáis, os lo suplico! ¡Por piedad! —La voz cansada y rasposa de una anciana mujer, se hizo sentir por encima del repicar de las espadas.

La pequeña Heira se escondió detrás de la pared más cercana y asomó la mitad de su rostro para poder divisar lo que ocurría sin que se percataran de su presencia. Todas las veces que se había escapado de sus doncellas para poder encontrar aquella mítica ala del Palacio Helado, habían resultado travesías infructuosas al llegar al final oscuro de un laberinto de elaboradas veredas; sin embargo, en ese momento, sin buscarlo siquiera, se encontró entre los pliegues sin fin de aquellas presuntuosas paredes que tanto ansió conocer.

Divisaba una cabellera de ensortijados mechones pelirrojos desparramándose por el pálido y reluciente suelo, y mientras tanto, su portadora, cuyo cuerpo se removía furioso sobre la fría superficie, había empezado a soltar frases en una lengua que la niña no era capaz de identificar, pues era la primera vez que la escuchaba, o al menos no la recordaba lo suficiente como para relacionarla con su vida.

¡Allí está de nuevo! Hablando en la lengua de la traición —Uno de los guardias presentes mostró una expresión de asco y escupió sobre el rostro de la mujer en el suelo.

¡Su Alteza! ¡Su Alteza! —La anciana se hincó a un lado de la mujer mientras derramaba profusas lágrimas de impotencia.

La pequeña rubia se encogió en su escondite ante el trato que los guardias reales le proporcionaban a la enigmática figura pelirroja, sin embargo, fue incapaz apartar la mirada y desechar su curiosidad.

Le resultaba realmente extraño que los guardias estuviesen en esa ala del castillo, pues, aunque era la primera vez que entraba en aquellas dependencias, estaba consciente de que tenía sus propias reglas, una de ellas era que ningún hombre, aparte del emperador, podía entrar, pues no podían ver el rostro de las mujeres allí hospedadas.

Los rostros de las concubinas del emperador eran de los secretos mejor guardados de todo el imperio. Solamente la emperatriz, las damas de la nobleza y el emperador poseían la plena potestad de entrar allí. Heira sabía que su padre solamente tenía una concubina (al menos en ese periodo de tiempo), y las pocas veces en las que la había visto paseando a través de los jardines, llevaba un velo cubriendo su, presuntamente, hermoso rostro.

Aunque Heira siempre había tenido la prohibición de preguntar sobre las concubinas (pues ser hijo de la emperatriz conllevaba una restricción a preguntar sobre las mujeres del soberano), su nodriza logró alguna vez decirle entre cuchicheos que traían el rostro cubierto porque la única representación femenina permitida dentro de la corte, debía ser únicamente el de su majestad, la emperatriz; solamente se podía violar esta regla cuando el emperador colocaba la autoridad de una de sus concubinas por sobre la madre de la nación, y era entonces cuando la concubina pasaba a ser una Consorte Imperial, a la par de la emperatriz y compartiendo sus habitaciones, despojándose por siempre del velo cubriendo su rostro (si no cometía algún crimen posteriormente, por supuesto).

La princesa no encontraba justificación para tal intromisión en las cámaras de la concubina, no obstante, en cuanto la mujer de cabellera rojiza se movió hasta quedar mirando hacia el techo, Heira no pudo hacer más que ahogar un grito.

Los guardias no estaban allí sin razón; los había mandado la emperatriz, todo por la tarea de hacerla desaparecer sin dejar rastro alguno antes de que su posición se viese amenazada ante la corte. La concubina representaba un temible peligro para la soberana.

Estaba embarazada.

Heira recordó todas las veces en las que su madre había despotricado en contra de las mujeres del emperador, contra ella por haber heredado los "demoniacos" ojos verdes y contra todo en general. Para nadie era un secreto que, si bien la emperatriz le había dado muchos hijos al emperador, desde que Heira había nacido, los más allegados a la dinastía del Palacio Helado habían declarado que a partir de allí, su línea de sangre femenina cargaría una especie de maldición que terminaría por destruir en su totalidad el Imperio del Hielo. El pueblo había estado alebrestado y la emperatriz estuvo decidida a matar a su propia hija para evitar el cumplimiento de aquel aviso tan atroz.

Su padre lo había impedido, y eso era lo único que el soberano había hecho por su hija, al menos lo único que Heira recordaba, pues su nodriza vivía recalcándolo todo el tiempo; sin embargo, tal maldición no impidió que tuviese dos hermanos más, Haltak y Heriol, un año menor y con un mes de edad respectivamente, y al igual que los dos mayores (Hatair y Horak), todos eran varones con relucientes ojos azules con matices grises; los ojos que Heira no había heredado y, presuntamente, sus hijos tampoco lo harían.

Sin embargo, aunque la emperatriz había querido remover la mancha que significaba haber tenido a una niña con ojos de esmeralda pulida, la joven concubina se había convertido en la favorita del gobernante, y como resultado, esta había quedado embarazada. Si le daba un hijo varón, entonces quedaría por encima de la figura suprema y representativa de la emperatriz, y su rostro sería nacionalmente conocido de una vez por todas. Incluso siendo tan pequeña, crecer entre las intrigas y maquinaciones de su madre y algunas mujeres de la nobleza, le permitían llegar rápidamente a una conclusión simple y lógica.

Evitar que el niño naciera y que ella desapareciera eran las prioridades primordiales de la emperatriz, pues solamente así podría mantener su inamovible posición. ¿Qué otra manera podía resultar gratamente efectiva? Que fuese ella misma quien criara a la criatura de la concubina, por supuesto; pero debido al favoritismo del soberano, la madre del imperio no podía arriesgarse a dejar que la criatura naciera y el emperador confiara su crianza a su madre biológica (una vez que esta fuese nombrada Consorte Imperial) en vez de a la emperatriz.

Por favor, por favor. ¡Os lo imploro! Decidle a la emperatriz que nos iremos. No sabrá nada de nosotras —dijo la anciana con la voz entrecortada.

Uno de los guardias chasqueó la lengua e hizo una rápida señal con las manos. Los dos restantes que los acompañaban se acercaron a la mujer mayor y la levantaron del suelo de un tirón. Heira escuchó los gritos rasposos de su garganta y asomó su verde ojo mientras se resistía a temblar. Aquel que la lengua había chasqueado, tironeó a la mujer embarazada hasta colocarla precariamente de pie, dejando que Heira viese parcialmente su rostro. Los mechones de rojo cabello se arremolinaban como tentáculos furiosos, pero el matiz brilloso de sus ojos nunca se apartaría de las asustadas retinas de la niña.

Los ojos grises cambiaron a unos verdes que brillaban con una luz fluorescente, clavando su mirada sobre ella como transmitiéndole un perturbador mensaje de muerte.

Dentro de su cabeza, una voz pidió ayuda con desespero, pero antes de que Heira pudiese levantarse para salir en su ayuda, un extraño sueño la invadió.

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Heira aún permanecía con la consciencia adentrada en sus recuerdos cuando un grito de dolor la hizo espabilar. Manteniendo los ojos muy abiertos, observó con reluciente perplejidad la manera en la que uno de los guardias tomó a la mujer pelirroja de un mechón y la obligó a levantarse, ignorando sus quejas de disconformidad. Se contuvo de dar un paso revelador y tembloroso, sin embargo, el recuerdo que había guardado estaba demasiado tangible y vivo ante sus ojos. ¿Era ella realmente...?

—Os lo vuelvo a repetir. No tenéis derecho de sentados sobre el que aún es mi trono —Itachi colocó las manos juntas y hechas un puño tras su espalda.

Los samuráis que custodiaban frente a las representativas estatuas del salón del trono, se irguieron en su posición dando un punta pie al suelo. Las máscaras no dejaban ver sus intenciones, sin embargo, para Madara, estas eran más que obvias; Itachi seguía siendo el emperador por decreto, y hasta que no estuviese completada la ceremonia de coronación que colocaría a Sasuke en la cúspide del poder, todo ejército seguiría perteneciendo a Itachi.

Sasuke apretó los apoyaderos del trono hasta que sus nudillos palidecieron víctimas de la falta de circulación, no obstante, aunque Itachi no despegaba su intensa y astuta mirada de él, se abstuvo de cometer alguna locura. Si se atrevía siquiera a dar un solo paso que pudiese resultar amenazante para el que todavía era emperador, los samuráis se le lanzarían encima, y aunque estaba orgulloso de su gran poder y gustaba de sacarlo a relucir, no tenía ganas de entrar en batalla con un círculo de élite tan selectivo, cuyas habilidades no eran completamente conocidas para nadie, ni siquiera para Madara. El menor de los Uchiha desvió su muerta mirada y la posó sobre la mujer pelirroja, no notando que el consejero tenía sus profundas pupilas estudiándola con trabajada minuciosidad.

Este último, por su parte, trataba de mantener a raya una profunda mezcla entre rabia hacia Itachi y una extraña repulsión dirigida hacia la extranjera que tenía al frente. Nunca nadie había cuestionado su desaliento con respecto a los extranjeros, y ni él mismo se lo había planteado en mucho años hasta ese preciso momento. Esa larga melena roja que parecería sedosa al tacto, le traía parajes de una vida que había dejado hacía mucho tiempo atrás. Aunque se veía joven, con más intelecto y fuerza de lo que podría tener cualquier hombre que llevara demasiado tiempo sobre la tierra, Madara cargaba sobre sus hombros más años de lo que cualquiera podría imaginarse, y de cuando en vez, por su mente se paseaban unos tantos retazos de épocas pasadas que le empujaban a revivir otros recuerdos más oscuros.

De nuevo esa cabellera roja...

—Llevadla a nuestra zona favorita —ordenó Sasuke al soldado—. Necesitamos saber cuanto antes sobre el paradero de los desertores. —Observó de reojo la pose impasible de su hermano y se levantó del trono como si las articulaciones se le hubiesen vuelto piedra.

Tsunade remitió un amago de sonrisa felina y Madara se giró con naturalidad para largarse por donde habían entrado la Reina Babosa y el Supremo del imperio momentos antes.

Ino y Heira, las dos igual de conmocionadas (aunque por motivos muy distintos), observaron la escena como dos entes demasiado externos y alejados de toda aquella brutalidad. Ino aún no podía terminar de creer la clase de monstruo que era su esposo, incluso si se hallaba sentado en el trono del Supremo. Entendía las consecuencias y repercusiones de una traición de un miembro de élite, sin embargo, aquello no era motivo para secuestrar a una pobre madre preocupada por su hija. Ino no sabía cuál de las favoritas había huido, pues entre tanto alboroto y encierro posterior, no le había quedado el tiempo suficiente para informarse sobre el tema, pero quien quiera que fuese la afortunada de haber podido escapar de las pezuñas del cuervo, le deseaba lo mejor y que se fuese muy lejos de allí.

El ataque de Akatsuki no había tenido relevancia alguna en el tratado entre el Hielo y el Fuego, así que su madre estaba a salvo y el acuerdo de paz no tenía fisuras visibles, realmente esperaba que todo siguiese por ese camino de tranquilidad, pero siendo sabedora de que todo era demasiado incierto e intrínseco, tampoco podía dar por hechos sus deseos.

La joven rubia observó a su madre con un semblante inquisidor. Heira seguía con la vista fija en el lugar por donde se habia ido aquella mujer sin dejarse de preguntar si todo lo que había recordado era verdad. Después de que cayera dormida en aquella ala del palacio, había despertado sobre su cama como si nada hubiese pasado; no obstante, sus doncellas se habían congregado alrededor de su cama, sumamente preocupadas porque no había despertado en un día entero.

¡Un día!

¿Acaso no había llegado a la cámara de las concubinas? ¿Y todo lo que había visto? ¿Y el miedo que había sentido?

Los años se habían encargado de diluir el recuerdo de su memoria. Sueño o no, el ver aquel rostro borró cualquier resquicio de reciente olvido. ¿Y si ella era la hija de la concubina? ¿Y si era su hermana? Entonces los rumores de que había tenido una hermana serían ciertos, así como también de que la emperatriz se había encargado de desaparecerlas a las dos. Su propia madre se transformaría en un ser despreciable manejado por la ambición de la política. Nunca había deseado tanto que un recuerdo fuese un simple sueño como ahora, pero al observarla y reconocer sus facciones, no había podido evitar el recuento.

—Madre, deberíamos irnos. —La voz de su hija la sacó de su estupor y la hizo mirarla con atención.

Los ojos azules con matices grisáceos le devolvían una mirada preocupada. Se veía tan extraña y extranjera con aquellos ropajes que usaba por primera vez... Heira se sentía un poco aliviada de que ella ahora estuviese casada y lejos de su imperio natal. Tal vez era un presentimiento sin fundamentos, sin embargo, no podía evitar preocuparse por las ocasiones venideras que parecían estar mucho más cerca y que brindaban un futuro incierto.

—Vamos, hija —concedió ella al notar que Itachi había vuelto a sentarse sobre el trono con la reina Tsunade a su derecha.

Tenía una mirada calculadora y un semblante tan pacífico como la calma que avisa la tormenta.

Las dos se inclinaron en señal de respeto y salieron por uno de los portales que daban a las nuevas habitaciones de Ino. Heira sintió un escalofrío al cruzar el gran umbral, y aunque trató de ignorarlo, su interior no iba a calmarse hasta que pudiese hablar con la madre de aquella favorita del emperador.

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Después de tan arduo viaje, Jiraiya ingresó a la guarida de Akatsuki junto a un malogrado y aún débil Minato. Durante todo el camino, el antiguo maestro se había investido con la delicadeza necesaria para preguntar por todos los hechos ocurridos aquel día en el cual, por fuentes oficiales, se había dado por perdido al llamado "Relámpago Amarillo". Jiraiya estaba plenamente consciente de lo mucho que su antiguo estudiante había sufrido desde muy pequeño, pues él mismo había estado presente cuando los usurpadores habían asesinado a la familia imperial y tuvo que protegerlo hasta sacarlo de los territorios capitales junto a un pequeño grupo de súbditos y escoltas.

Irónicamente, años después sufrió un pasaje similar que lo había llevado a su estado actual.

En los años mozos de Jiraiya, aquellos en los que solía suspirar cuando veía a la joven princesa Tsunade pasear por el jardín en los meses previos a su coronación como la Emperatriz de los Vientos, los Namikaze conformaban una pequeña familia sujeta a la voluntad absoluta de los monarcas Senju. Con Hashirama casado en el exterior con la princesa heredera Mito Uzumaki, su hermano menor, Tobirama, se había convertido en el emperador con dieciocho años de edad; sin embargo, aunque sus adversarios políticos esperaban un gran desfalco y decepción por parte de los súbditos, Tobirama se comportó como si hubiese nacido para liderar y su gobierno fue elogiado, siendo preso de diversas imitaciones y felicitaciones por parte de las pequeñas islas no sometidas por el Gran Sistema Imperial de Naciones; no obstante, aunque su comandancia fue longeva y efectiva, nunca tuvo hijos ni tomó esposa a pesar de los insistentes pedidos de su corte.

Ante la crisis de incertidumbre que vivía el Imperio del Viento por falta de sucesor, Hashirama le encomendó al mayor de sus hijos la misión de gobernar siguiendo la forma tan pacífica y exitosa de su tío. Por suerte, el pueblo y la corte lo recibieron con los brazos abiertos como lo habían hecho anteriormente con casi todos los Senju. Pocos años después de asumir el rango, el emperador había recibido el precioso regalo de su primera hija, Tsunade, y años después, el deseado hijo varón, Nawaki, cuyo destino sería reinar con la eficacia de su padre y el temple de su tío abuelo, Tobirama. Para ese entonces, las relaciones entre el Imperio del Trueno y el del Viento no iban para nada bien encaminadas, y toda la guerra entre las dos naciones acabaría con un horrible desenlace: el emperador y el príncipe heredero muertos. Sintiéndose devastada, la emperatriz se quitó la vida sin que su hija, la (ahora) princesa heredera, Tsunade, pudiese hacer nada para evitar tan trágico final.

Con la inexperiencia de una adolescente de diecisiete años, Tsunade asumió su nuevo título a regañadientes (como la mitad de sus súbditos y familias allegadas al trono, escépticos de que una mujer pudiese gobernarlos) y con un miedo creciente que no le gustaba mostrar a nadie. Sintiéndose completamente sola y abandonada en su nueva posición, con las secuelas de una guerra acabada (gracias a la gran ayuda del Imperio de la Arena) con un terrible augurio; Jiraiya, que para ese entonces era el joven escudero de uno de los caballeros con más renombre en el reino, estuvo allí para ella todo el tiempo, creando así una fuerte amistad irrompible. Tsunade, sin duda alguna, había podido demostrar su valía como heredera en parte gracias al apoyo incondicional de Jiraiya, aunque su naturaleza pervertida y un poco desgarbada la hubiese sacado de quicio más de una vez.

Hasta que Tsunade cumpliera la mayoría de edad para ejercer sus funciones como emperatriz, la cabeza de la familia Namikaze se erigiría como regente debido al mandato de Hashirama e ignorando a una parte de la nobleza que estaba en desacuerdo con tal decreto; los Namikaze habían sido incluidos entre las familias nobles gracias al bisabuelo de Tobirama y Hashirama, pues su más fiel caballero había sido un Namikaze, y como recompensa por su lealtad les confirió títulos, tierras y propiedades. Ellos no tenían una larga dinastía aristocrática, pero eran los más allegados a la familia imperial desde que el mundo tenía memoria.

Observando el buen trabajo en conjunto del regente y la princesa, los ánimos fueron liberándose poco a poco hasta que los súbditos aceptaron de buena gana a su joven princesa y futura emperatriz.

Nada podía salir mal bajo la nueva resolución.

Pero entonces, el inminente cambio llegó desde unas tierras lejanas. Su abuela, la Emperatriz Mito Uzumaki, la llamó a su lado cuando presintió que le quedaban pocos días en el mundo terrenal. No era demasiado confiable que la heredera viajara faltando tan poco tiempo para su coronación, pero el llamado de una emperatriz abuela no podía ser ignorado; así que, partiendo una fresca mañana a pocas semanas de cumplir los dieciocho años, Tsunade aseguró que volvería y gobernaría.

Lamentablemente estas palabras fueron arrastradas por el feroz viento de la época más fría reinante en el Imperio del Viento. Las semanas abrieron su paso a los meses, y la princesa jamás volvió.

Residía ahora en el Imperio del Fuego, dentro de la corte del recién creado Reino del Este por órdenes de su fallecida abuela.

Con más problemas políticos que nunca, una sucesión indeterminada y la desaparición de la dinastía Senju en el Imperio del Viento, los altos cargos se reunieron para escoger a su nuevo Supremo de entre las familias más poderosas e influyentes. Algunos clanes (siguiendo los pasos de los Senju), escogieron como el nuevo supremo al patriarca de los Namikaze; sin embargo, quienes decidieron que los Senju los habían dejado a su suerte, optaron por la disponibilidad de colocar al segundo hombre más fuerte del imperio después del fallecido emperador, el líder del aristocrático y trascendental clan Shimura: Danzō.

Aunque muchos estuvieron de acuerdo con el conveniente panorama, la palabra de la dinastía Senju seguía aún muy vívida en las almas de sus simpatizantes, y por ser mayoría, la familia Namikaze tomó el control total del imperio incluso por encima de los Shimura, cuyos miembros resentían con prontitud el ser desplazados tan descaradamente, por lo que urdieron las tramas más infames para restaurar el nombre y la larga fila dinástica sobre los hombros de la nación. Una familia plebeya gobernando era algo inaudito para los Shimura y algunos de sus pares, así que tenían que hacer volver al trono hacia la nobleza como acto de una restauración natural.

Minato contaba con apenas algunos meses de nacido cuando la guerra civil estalló, sólo un año después de que los Namikaze tomaran el mando. Jiraiya, que siempre había sido fiel a los Senju, hizo todo lo posible para proteger a la familia, y se tomó la tarea de sacar al niño de El Gran Molino (palacio donde residía el Supremo emperador y su familia) cuando se hubo cumplido siete años de turbulento reinado.

Oficialmente, los Namikaze habían sido vencidos y el pueblo especulaba que, quizás, los Shimura los mantenían prisioneros para darle fin a sus vidas cuando fuese preciso. Jiraiya y un montón de escoltas del pequeño príncipe, se habían visto rodeados y totalmente en desventaja contra los numerosos soldados de élite que servían a los usurpadores en cuanto estuvieron a punto de cruzar la frontera con el Imperio de la Arena.

Aun viéndose superados en número, Jiraiya y los escoltas pelearon con todas sus fuerzas con la consciencia de que la vida de la verdadera familia imperial estaba en sus manos; incluso Minato (que ya contaba con casi ocho años de edad y era un niño bastante precoz), utilizó las técnicas de viento aprendidas de su padre para ayudar a sus cuidadores, antagonizando con los deseos de Jiraiya y siendo tan rápido en sus ataques como sus mayores.

Su creciente rapidez, tan "cegadora y deslumbrante como un relámpago", justo como lo describieron quienes salieron vivos de aquella batalla, le concedió a Minato su primer título a tan corta edad. Sería conocido como el "Relámpago Amarillo" desde entonces.

Jiraiya pidió asilo político al Supremo de la Arena, teniendo muy en cuenta que su imperio de origen no haría una intervención para evitar otros contratiempos debido a la precaria situación acarreada por la guerra civil. Meses más tarde, el príncipe exiliado y sus súbditos partieron hacia las tierras lejanas al otro lado del mar de la familia Uzumaki y de Hashirama Senju. Jiraiya permaneció con él allí hasta que escuchó el llamado del deber; debía restaurar el orden natural de las cosas, pero tomaría mucho más tiempo de lo que quería creer.

Un Minato de quince años lo liberó de su mortal juramento; aun cuando sus padres habían muerto a manos de los Shimura, la venganza a través de otra guerra no los traería de vuelta. Minato era feliz en la nueva tierra, y sobre todo, junto a una testaruda y enojona pelirroja que contrastaba totalmente con su carácter amable y pacífico.

Jiraiya se castigó constantemente los años posteriores al descenso del reino de los Uzumaki, pues, si hubiese convencido a Minato para que volviera a su imperio, él no tendría que haber sufrido el doble trago amargo de haber perdido por completo a su familia por segunda vez.

Y ahora estaba allí, con el rostro más demacrado y triste visto jamás en el semblante de un hombre de su envergadura.

Cruzando en uno de los rocosos túneles, Jiraiya y Minato desaparecieron dejando un gran silencio detrás. Deidara, que recién llegaba de su misión de encontrarse con Sasori y obtener las noticias pertinentes, observó el lugar por donde habían desaparecido mientras mantenía el ceño fruncido. Suspiró por lo bajo y se dirigió al lado contrario para adentrarse en los túneles laberinticos que lo llevarían hacia su nuevo destino. Debía avisarle al líder en primera instancia, no obstante, su creciente curiosidad lo empujaba a visitar a la abuela Chiyo como prioridad.

Palpando el lado derecho de su túnica y comprobando que el pedazo de pergamino seguía allí, el rubio de coleta apuró su andar llevando una breve estela de enigmática presunción detrás. Las inquietantes puertas de acero permanecían en total silencio y tan quietas como estaban la mayoría de las veces. Aminoró un poco el paso para observar por la ventanilla de su propia habitación y observó de reojo la recámara de Sasori que se ubicaba justo frente a la suya.

La ventanilla le ofrecía un breve vistazo de una anciana encorvada sobre una mesa de trabajo. Por lo poco que podía observar, Deidara asumió que trabajaba en una de las tantas marionetas a las que su nieto era tan aficionado. Una extremidad de un material que no podía identificar desde allí, sobresalía de la mesa mientras Chiyo tallaba algo en el borde superior con suma concentración. La mano masculina se movió hasta el bolsillo de la capa con nubes rojas y sacó el pedazo de pergamino para detallarlo con atención. El retazo seguía igual de maltratado, sucio y marcado por el indeterminado tiempo que llevaba de un lado a otro, quizás, pasando de mano en mano.

Hizo su mano un puño y golpeó los nudillos contra la puerta hasta que la mujer mayor se percató de su presencia. Deirara observó las estalactitas pendientes del techo y volvió la vista en cuanto la fémina movió el mecanismo de la puerta con sus hilos de chakra. Chiyo lo observó por un momento y le ofreció una venerable sonrisa que él tardó en corresponder.

—Debo admitir que me parece extraño veros por aquí —dijo la anciana de lentos pasos—. Pensé que os veríais con El Líder en primer lugar. —Se inclinó sobre el mesón y siguió en su trabajo con un semblante imperturbable.

Deidara observó la cantidad de herramientas suspendidas en el aire desde el techo con lo que parecían hijos invisibles, los estantes llenos de sustancias indescriptibles para él y un montón de objetos y bocetos que no correspondían al tipo de quehacer del rubio.

—De hecho, debería estar informando al líder en este momento, um —mencionó Deidara como quien no quiere la cosa.

Chiyo lanzó una baja risa mientras se tomaba el pecho y volvía a girarse hasta su interlocutor con los diminutos ojos llenos de humor.

—Comprendo que El Líder pueda causar este tipo de reticencia dentro de su organización —aseguró con un tono cómico—, pero al menos os aconsejo que no lo hagáis esperar...

—He llegado antes de la hora esperada. —Interrumpió él con rapidez—. Venía a preguntaros sobre algo, um.

Inmediatamente después de lo dicho, la abuela Chiyo empleó una mirada inquisitiva y Deidara extendió la palma abierta hacia ella. La anciana hizo una mueca de sorpresa que avivó la intriga de la situación y del objeto en cuestión. ¿Qué se suponía que era ese pedazo de pergamino?

—¿Por qué os ha dado el pergamino de Komushi? —La mujer tomó el retazo de papel y lo examinó con ojos crítico durante interminables segundos.

Deidara bufó internamente y se desesperó por la falta de respuesta. Tanto a la abuela como al nieto se les podía aplicar fácilmente el refrán "de tal palo, tal astilla", pues el rubio no podía negar la aparente herencia de votos de silencio que le había dejado Chiyo a Sasori. ¿Por qué tenían que ser tan reservados alrededor de sus compañeros de organización? El Líder tenía secretos, él los tenía (aunque no eran de aquellos que ameritaban contarlos por protección y seguridad); ¡incluso el maestro Jiraiya tenía todo un aura de misticismo últimamente! Sin duda, el hombre que había rescatado tenía que ver mucho con su juventud, tal vez, pero para Deidara era insoportable no tener información sobre nada.

¡Era un sentimiento pésimo!

—¿Komushi? —repitió vacilante, tratando de que la abuela le dijese algo más.

Ella agitó levemente la mano y Deidara tuvo que echarse un poco hacia atrás para que no le abofeteara.

—Un antiguo amigo de Sasori —respondió ella sin más preámbulo.

Amigo...

Deidara no pudo contener un semblante lívido de incredulidad. ¿Que Sasori había tenido un amigo? Habría esperado cualquier cosa, incluso que el pergamino lo había robado de un noble o ninja llamado Komushi, pero nadie lo había preparado para escuchar la palabra "amigo" y "Sasori" en la misma oración.

Suponía entonces que su antiguo compañero de equipo guardaba muchas más anécdotas que cualquiera, incluso más que El Líder.

—¿Y qué hace? —Se arriesgó a preguntar él a la vez que fingía poco interés en el asunto.

Chiyo contempló el pergamino un poco más y frunció el ceño, preguntándose la razón exacta por la que le había dado el pedazo de pergamino a Deidara a esas alturas precisamente.

—Transporta —anunció ella por lo bajo.

—Va hacia la guarida con alguien más —confesó él inmediatamente después.

Chiyo se llevó una mano al corazón y la creciente angustia se hizo presente a través de sus nervios. La mano e tembló y devolvió el pergamino a Sasori para ir a sentarse.

El único ojo visible de Deidara brillaba con una intensidad azul de duda; sin embargo, la anciana no le devolvió la mirada.

¿Qué es lo que planeaste hacer, Sasori?; se preguntó su abuela con un leve sofoque.

¿Quién era su acompañante?

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Madara contempló el paisaje del otro lado del ventanal con el ceño profundamente fruncido. Dos cuervos danzaban a poca altura del borde exterior de la ventana y se boicotean las plumas de vez en cuando, como tratando de ganar una batalla no coordinada.

Tan concentrado como estaba, cualquiera que le viese podría pensar que estaba preparando su siguiente paso para obtener el trono de una vez por todas, no obstante, sus pensamientos actuales estaban mucho más orientados a maquinar las posibles maneras en las que su ex-prisionero podría serle útil a Akatsuki. Había estado secuestrado por más tiempo del que podía contar con los dedos, pero estaba consciente de que había sido una reverenda y descuidada estupidez asumir que el mundo lo había olvidado. Minato era uno de esos ninjas precoces, prodigios que se hicieron un nombre con escasos años de edad en medio de una batalla de fuerzas catalogadas como "élite". Un príncipe desterrado con su trono usurpado, posteriormente esposo de una princesa de un territorio remoto cuyo destino había sido morir en el olvido.

Tenía infinidades de técnicas a su alcance, y todo se había ido junto con la voluntad de vivir. Madara lo había capturado en persona cuando el joven Minato naufragó en las costas más cercanas al Imperio de la Arena, y aunque había dado mucha pelea y resistió hasta la ínfima gota derramada de su alma, el escuadrón de cinco hombres (liderados por él mismo) acabaron por derrotarlo después de una larga lucha de estrategia, habilidad y velocidad. Aun cuando estaba consciente de que el muchacho estuvo cansado de tan caótica travesía, Madara no podía desmerecer sus propias cualidades ante la posibilidad de haberlas medido con igual rotundidad y condiciones similares.

El hecho de que nunca pudo ponerle las manos encima a aquel niño que el Relámpago Amarillo cargó en sus brazos momentos antes de la lucha, era un recordatorio perturbador de que nada había sido arrancado de raíz. Agotados como estaban él y sus dos hombres restantes, una fuerza especial de soldados de la Arena fue capaz de llevarse al niño antes de que pudiese hacer algo más que pelear con las últimas fuerzas que poseía el cuerpo de Minato.

El deseo de acabar con la sangre inmunda y sellar de una vez por todas aquella dinastía maldita que tanto había deseado aplastar, se vio sofocado por el ondear de las capas marrones bajo la profusa neblina de tierra que los ninjas habían creado. El pequeño de meses lloró con un deje de impotencia, inocente de todo lo que ocurría a su alrededor. Ignorante de que él, Madara Uchiha, había capturado a su padre y lo encerraría para siempre en un calabozo bajo la seguridad de mil hombres y sin chakra.

Recordaba que había reído después del trago amargo de no haber matado al niño, pero regocijándose ante el notable ideal de poder y victoria que acarreaban todos sus actos.

El gran imperio del maldito de Hashirama Senju y Mito Uzumaki había caído junto con toda su familia, y él había aprovechado aquello para su propio beneficio a largo plazo.

Podría decirse que había matado dos pájaros de un tiro, valiéndose de una grandiosa naturaleza de chakra y disfrutando de la satisfacción producida por el temblor incesante de las columnas que ya no sostenían un glorioso reino.

Los astutos ojos de Madara se oscurecieron ante el excitante recuerdo y contemplaron la danza de los cuervos con una renovada atención. Sasuke pronto sería coronado junto a su insípida y extranjera esposa, y mientras tanto, él debía mantener todo bajo su control. Itachi estaba mucho más calmado y llevadero de lo normal, y aunque eso no debía más que traerle buenos augurios, no hacía otra cosa que ponerle de los nervios y pensar un montón de veces si no se estaba preparando para una guerra interna.

Es demasiado pacifista, no va a matar a su propio hermano; razonó el pelinegro ante la idea.

Itachi podría acabar con Sasuke en cuestión de segundos, y él lo sabía muy bien, así que debía mantener todo bajo su ala e impedir otros contratiempos como el ataque de Akatsuki o la huida del capitán general de todos los escuadrones que, sin mucho más que agregar, obviamente pertenecía a aquella organización. ¡Había tenido a un espía debajo de su nariz y no lo advirtió a tiempo! Era realmente inconcebible tal descuido, estaba consciente de ello; sin embargo, las sospechas sobre el mocoso siempre habían estado presentes rondando por su cabeza a todas horas, no obstante, estuvo tentado a rechazarlas muchas veces debido a que Sasori había formado parte de los escuadrones ninjas desde que era un crío.

¿Qué probabilidades había de que Akatsuki reclutara un puñado de niños? Muy a su pesar, lo había descubierto de la peor manera posible. Akatsuki había destruido construcciones muy importantes del Castillo en Llamas, y todo porque él había descuidado al espía de pelo rojo.

Lo vais a pagar; juró él con una mueca de queda frustración en los labios.

Con porte digno se levantó de su recinto y estiró los dedos hacia los cuervos danzantes. En cuestión de segundos, las pequeñas criaturas se enderezaron en su sitio y un fulgor llameante cruzó por sus pequeños ojos negros. El Sharingan de Madara se mostró en todo su esplendor y contempló a las dos aves con tranquilidad, transmitiéndoles todo aquello que necesitaba para completar su plan.

Después de algunos minutos, los cuervos arrebolaron sus pequeños cuerpos y se agitaron antes de emprender el vuelo hacia diferentes direcciones. Aquellas aves ahora eran una parte de él y podrían buscar con suma libertad mucho más allá de lo que él tenía permitido ir. A través de ellos, encontraría al traidor y lo traería de vuelta ante el emperador, y entonces Sasuke afianzaría su poderío por sobre todos los demás.

Encontraría a Sasori y le haría pensar a Sasuke que no podía confiar en otra persona que no fuese él, y conociendo la naturaleza manipulable del joven, estaba bastante seguro de cumplirá con su cometido incluso sin hacer demasiados méritos a ello.

Sasori debía morir, y Sasuke rendirse ingenuamente ante sus consejos pensando que él tenía el poder absoluto sobre todas las decisiones tomadas en el imperio. La nación sería suya, y nada iba a poder impedirlo.

Costara lo que costase.

.

La punta del tacón resonó contra el rústico piso de la fosa justo un segundo antes de que la mujer en la celda levantara la cabeza con aturdimiento. Las escaleras a escasos metros de su visión, sostenían unas impecables zapatillas ornamentadas con fina seda y lazos de tul, los cuales quedaron cubiertos por la falda del vestido marrón que la mujer vestía. Los ojos verdes de la madre de Sakura viajaron entonces a través del talle perfectamente estilizado por el corsé y las joyas de ámbar hasta llegar al encuentro con los inquisitivos ojos de esmeraldas. La pelirroja quiso apartar la mirada entonces; sin embargo, Heira se movió tan rápido que fue capaz de tomarle de la barbilla antes de que pudiese hacer algún otro movimiento o pensar algo más.

Haruka trató de desviar la mirada al comprender el parecido entre sus brillosos pares de ojos, pero la rubia, más que dispuesta a obtener respuestas, utilizó toda su fuerza para impedirle bajar la cabeza. Verde contra verde se enfrentaron y la madre de Ino presintió unos irrefrenables deseos de llorar sin razón alguna.

—Vos... No sois de este reino, ni siquiera de este imperio. —Heira ladeó un poco la cabeza con aprehensiva curiosidad—. ¿De dónde sois?
Haruka permaneció con los labios apretados y los dedos sellados entre sí, como buscando la mejor manera de evadir aquellas extrañas observaciones provenientes de una mujer que nunca había visto.

—No comprendo lo que Su Alteza quiere trasmitir —se excusó la mujer con un toque tembloroso.

Si el emperador o su consejero la habían mandado con la esperanza de lograr que ella informara sobre el paradero de su hija, estaban en una situación más que difícil. Ella ni siquiera se había enterado de que su pequeña escapó el día del ataque terrorista, y aun si supiera a qué lugar se dirigió, no soltaría prenda alguna. Para Haruka quedaba la remota esperanza de que su hija fuese feliz, y aunque estaría lejos de ella, también lo estaría de la triste rutina del Palacio Imperial y todo lo significaba ser una de las favoritas del Supremo.

Era mejor eso que seguir una vida similar a la suya. Siempre a la deriva, huyendo.

Huyendo...

—Creo que sabéis muy bien de lo que os hablo. —Heira frunció el ceño y trató de indagar sin parecer demasiado desesperada—. No estoy aquí para sacaros información sobre vuestra hija y el capitán con el que huyó —aseguró ella ofreciéndole una mirada consecuente llena de entendimiento.

Haruka dudó un poco ante tan grande afabilidad; sin embargo, permaneció a la defensiva y muy consciente de que todo podía ser una simple trampa, pues cualquier cosa que pudiese decir sobre su hija, seguramente sería utilizado como un arma en su contra o un mecanismo de búsqueda infalible con el que no estaba dispuesta a colaborar para nada.

La pelirroja admiró una vez más la elaborada vestimenta de la rubia, preguntándose qué podría haber traído a una mujer de tan alto rango a visitar la fosa y a ella en particular si no tenía intención de preguntar sobre los hechos recientes que habían puesto en peligro hasta la vida del emperador. Debía ser una princesa al menos para que la hubiesen dejado entrar sin la misión de obtener información.

—Realmente no sé lo que queréis... —reafirmó frunciendo el ceño.

Heira hurgó un poco en el interior de su corsé hasta sacar un broche circular de preciosas joyas blancas y grises. En el centro nevaba sin cesar, y Haruka se sintió un tanto maravillada antes de colocarse de nuevo a la defensiva.

—¿Reconocéis este broche? —cuestionó la rubia con el corazón a toda marcha.

La pelirroja la observó atentamente por largo tiempo, tal vez midiendo las palabras que debía decirle para evitar más preguntas incómodas e innecesarias. ¿Qué quería exactamente?

—No. —Fue lo único que respondió antes de desviar la mirada.

Heira permaneció petrificada en su sitio y apretó los labios con demasiada fuerza. Estaba segura de que le estaba ocultando algo, pero también estaba consciente de que la presión no era el mejor método para obtener respuestas vista la situación en la que se encontraba.

Heira quiso preguntar algo más, sin embargo, uno de los guardias anunció que el príncipe Sasuke había ordenado su presencia y debía llevársela. La rubia suspiró y se levantó con rigidez, colocando una expresión en blanco y una postura sumamente estilizada.

Haruka la observó partir con tensión y suspiró antes de que el soldado abriera la celda. De haber pasado más tiempo preguntando, probablemente su semblante la hubiese delatado. Conocía ese broche muy bien, incluso había sido la dueña de uno muy parecido.

Ahora, su antiguo broche pertenecía a Sakura, y ella esperaba sobre todas las cosas que se lo hubiese llevado en su travesía.

Era primordial.

.

—¿Podemos ir? ¡Anda! Dime que podemos ir.

Sasori resopló con el rictus de una divertida sonrisa surcando sus labios. Los ojos de Sakura brillaban ante la invitación de otras doncellas del pueblo a que bailara con ellas alrededor de la fogata por la noche de luna nueva. El pelirrojo asintió con resignada tranquilidad y Sakura chilló de emoción antes de ser arrastrada por las alegres mujeres.

Sasori caminó detrás con escueto silencio y rodeado de otros caballeros que compartían anécdotas llenas de algunas obscenidades entre sí.

Observando la falsa melena negra de su amada, el joven se sentó en una de las sillas dispuestas alrededor de la fogata de ofrenda, un poco lejos de los demás pero lo suficientemente cerca como para no ser considerado como un individuo asocial.

Habían salido del Reino del Este hacía ya algunos días y cabalgaron sin descanso hasta que llegaron a aquella pequeña ciudadela de tan enigmáticas estructuras. Veneraban a la luna y todos actuaban según los preceptos de la Gran Diosa Nocturna antes que cualquier cosa. La mayoría llevaba una vida consagrada a la noche, y los que no lo hacían, solían ser forasteros de paso como él y Sakura. Llevaban allí casi un día, y de ser por Sasori sé hubiesen marchado antes de que la noche rociara sus cabellos; sin embargo, estaba muy consciente de que Sakura no aguantaría el ritmo agotador de un ninja de élite, incluso él, que estaba acostumbrado a una rutina forzada, debía renovar sus fuerzas y chakra para estar preparado contra cualquier eventualidad.

Sakura reía mientras ondeaba su sencillo vestido azul y cruzaba miradas con Sasori de vez en cuando. Al pelirrojo le daba la impresión de que sus orbes se encendían con la escasa luz nocturna cuando fijaba su vista sobre él, pero aquello no debía ser más que una ilusión óptica producida por la fluorescencia natural de sus irises.

Danzando alrededor de la fogata, la muchacha se preguntó si tendría otra ocasión similar que disfrutar cuando estuviese encerrada en la guarida de Akatsuki. Había hecho muy buenas migas con las personas del pueblo y se maravilló con cada línea leída de los antiguos escritos de la civilización; sobre todo porque había reconocido las mismas letras de las escrituras originales como las que estaban grabadas en el broche de remitente anónimo que había dejado atrás.

Mientras estuvo sumamente concentrada en aprender los caracteres que las jóvenes le enseñaban, como deseosas de que alguien más comprendiera su adoración a la Gran Luna, apeló a su memoria fotográfica para recordar las letras exactas plasmadas en el broche, sin embargo, había estado tan dispuesta a olvidar todo lo dejado atrás que la escritura casi se había diluido de su memoria. Con una pluma y un pequeño pedazo de pergamino, Sakura recolectó las letras y significados de todas las palabras que encontró, todo con la corazonada de que lo necesitaría más adelante.

Suspirando, Sakura miró hacia el despejado cielo sin luna a través del humo inmaculado que despedía la fogata. Debido a que aquella fase lunar ocurría cuando estaba en perfecta sintonía entre el Sol y la Tierra, era bastante improbable que ella pudiese notar algo más que el oscuro panorama; no obstante, mientras más se enfocaba en mirar hacia el firmamento, un halo profundamente iluminado comenzó a aparecer. La joven detuvo paulatinamente su danza y se enfrascó en la enigmática vista que la nueva luna le ofrecía.

Se sintió extrañamente consternada, hechizada y hasta un poco angustiada sin razón alguna. La sangre corrió más rápido a través de sus venas y el corazón galopó apremiante por algo que no estaba a su alcance. El halo seguía incluso más brillante en el cielo y el nudo en la garganta casi la asfixió cuando no pudo contener más el raro frenesí.

Era tan... tan hermoso...

—¡Lady Sakura!

La aludida respingó aturdida a la vez que se giraba hacia la mujeres que la rodeaban. Miró una vez más hacia el cielo para poder encontrar de nuevo aquel aro iluminado, sin embargo, no pudo ver más allá que el limpio manto negro abrazando al cielo.

—¿No queréis que os lean la suerte? La luna nueva es idónea para ello —dijo una de las mujeres mientras la tomaba de un brazo.

—Siempre le ofrecemos esto a nuestros invitados de luna nueva. Los visitantes de este día nos traen suerte —mencionó otra con tono alegre.

Sakura sonrió con reticencia, más por cortesía que por otra cosa. No creía que hubiera algún dios que pudiera trazar su suerte, y mucho menos que existiera un mortal capaz de leerla. Toda su situación era tan indeterminada como peligrosa, pero mientras estuviese junto a Sasori, no tendría nada que temer.

Las jóvenes la condujeron hasta una pequeña tienda de campaña bastante colorida y que daba la impresión de ser muy significativa, quiso cruzar una última mirada con su amado antes de entrar, pero aunque lo buscó con una disimulada desesperación, no encontró rastros de él en los sitios hacia donde había observado, así que tuvo que desistir de su cometido con una agridulce sensación de incertidumbre.

La entrada de la tienda estaba llena de pequeños móviles que mostraban las fases lunares, pequeñas figuras de la Gran Diosa Nocturna luciéndose en varias poses y las velas suspendidas por ornamentados candelabros de bronce. El camino de piedras brillantes la deslumbró por un momento antes de que la pequeña mesa redonda llamara su atención gracias al mantel de un azul imposiblemente hermoso.

No había señales de que otra persona estuviese en algún otro sitio de la tienda.

—Aquí os dejamos. ¡Mucha suerte en vuestra lectura! —Se emocionaron las mujeres y partieron antes de que ella pudiese decir algo más.

Alzó la mano para intentar llamar, no obstante, le parecía bastante inútil si notaba con consciencia el ruido exterior. La mesa redonda permaneció vacía por un minuto más antes de que Sakura sacara su carácter a relucir. Había estado a gusto por completo mientras danzaba alrededor de la fogata en honor a la luna, y ahora estaba allí haciendo... nada.

Ella odiaba hacer nada.

Con un último resoplido en dirección a la mesa, la muchacha de falsa melena negra se giró hacia la entrada y empezó a caminar como una pequeña niña malcriada recién castigada.

"Deberíais ser más paciente"; canturreó una voz en su cabeza.

¿Creéis que poseo la virtud de la paciencia?; preguntó ella como quien no quiere la cosa.

—Deberíais hacerle caso.

Sakura saltó en su posición y hubiese estado a punto de caer hacia el exterior de no ser porque se sostuvo de un candelabro. El fuego prontamente extinto de la vela le rozó la mano y ella profirió un alarido lastimero.

—¿C-Cómo? —preguntó ella con incredulidad antes de mirar el pequeño rosetón en la palma de su mano.

Era imposible que alguien hubiese entrado a la tienda en medio de su berrinche. ¡No le había quitado los ojos de encima a la entrada! ¿Por dónde había entrado?

—Una pregunta a la vez bastará —aseguró la voz empleando un leve tono de afabilidad—. Si sois tan gentil, me gustaría que os sentarais frente a mí —prosiguió con voz tranquila y conciliadora.

A Sakura le aterraba pensar que aquella presencia pudiese leer los pensamientos, y por si fuese poco, aún estaba en... shock. Sí, en shock total ante un evento que no podía explicar.

Detalló la capa de capucha hecha en terciopelo violeta, y los ojos brillantes de un raro matiz casi blanco en medio de la oscuridad propiciada por la sombra de su vestimenta. La fémina tragó grueso y se sentó en la silla del otro lado de la mesa con suma suavidad. El ser de andrógina voz metió sus manos debajo de la mesa y sacó en instantes un pequeño recipiente de cerámica blanca, cuya agua contenida parecía estar bañada de la luz de la luna debido a su iluminación natural que no venía de ninguna parte.

—¿Podríais soplar sobre el agua? —cuestionó.

Sakura se vio sumamente tentada a hacerlo, pero más que saciar una curiosidad propia, sentía la necesidad de soplar. ¿Era algún artilugio de la tienda?

Sin mucho más tiempo que perder, Sakura sopló sobre la superficie del agua y observó las pequeñas ondulaciones de esta con intriga. El individuo encapuchado se inclinó sobre el recipiente y lo contempló por interminables segundos, o al menos los suficientes como para quebrantar los nervios y el temperamento de la chica de hebras rosadas.

—Huyendo ahora estás —empezó a decir con un extraño tono de voz. El estómago de Sakura se revolvió y contuvo el deseo de salir corriendo—, ya no por mucho tiempo. Pasado y futuro se cruzarán, uno viejas glorias prometerá mientras que otro un nuevo comienzo te jurará. ¿Seréis como el fénix que renacerá o como el cangrejo que siempre irá hacia atrás?

Sakura se levantó de un salto y tiró la silla a mitad de camino. El ser encapuchado se inclinó un poco y volvió a su asiento mientras observaba el semblante perplejo y confuso de ella mediante sus aterradores orbes casi blancos.

—N-No lo entiendo —confesó ella antes de apretar los dientes y fruncir el ceño.

La figura le regaló una enigmática contemplación.

—La suerte no se entiende. Se da y se cumple —informó.

Sakura dio dos pasos más hacia atrás antes de salir corriendo hacia el exterior. Se sentía terriblemente asfixiada y temerosa.

¿De qué? ¿A qué le temía? ¿A su destino? ¿A itachi y a Sasuke? ¿A Sasori?

En medio de sus turbulentos pensamientos, la joven chocó contra una persona que la sostuvo firmemente para impedir que se cayera. Era Sasori, quien la miraba como si acabara de leer las peores noticias del mundo escritas en su rostro.

—¿Qué os sucede? —inquirió él tomándola por los hombros.

Los ojos verdes le devolvieron una mirada turbulenta, e incapaz de hablar o de pensar algo coherente, su impulsividad y el carácter temperamental que la gobernaba en ciertas ocasiones, provocaron que se lanzara a los labios de su amado como si no hubiese mañana alguno. Sasori quedó un momento en vilo antes de sostener su cintura con fuerza y disfrutar del raramente apasionado beso de Sakura, siendo que era bastante reticente a dar ese tipo de escenas en público; le resultaba, en cierta manera, cómico.

Al menos hasta que sintió que ella lloraba.

Disminuyó la intensidad del beso y recorrió su rostro húmedo con los dedos con palpable preocupación ante su voluble temperamento. ¿No había estado feliz y con ganas de bailar hacía sólo unos momentos?

Estuvo tentado a preguntar algo más, sin embargo, la mirada suplicante de Sakura y el fuerte abrazo posterior, causaron que desistiera de la cuestión por unos momentos más.

Sakura enrolló al pelirrojo entre sus brazos lo más fuerte que pudo mientras miraba hacia el cielo. La posición de la luna había variado un poco y ésta ya se mostraba levemente ante los seres que la contemplaban. Deseó por un momento estar muy lejos de allí, tan lejos como podía.

¿Renacer como el fénix o caminar como el cangrejo?

Aunque conscientemente no lo entendiera, sus lágrimas le anunciaban que su alma estaba al tanto del significado simbólico entre las comparaciones; y encontrándose al tanto de lo difícil que había sido toda su suerte, Sakura pidió a todos los dioses que dejasen de ponerle tantas trabas,

Pero por supuesto, los dioses no escuchaban a simples mortales, ¿no era eso cierto?

...

¡Gracias por leer!

¿Opiniones, dudas, tomatazos?

Tendremos más de Neji y Tenten, Itachi, Akatsuki, Sasuke y una que otra cosa en los próximos capítulos… Jojojó. ¿Adónde irá a parar esto?

Saludos y besos.