Disclaimer: Los personajes de Naruto NO me pertenecen, sino al mangaka Masashi Kishimoto.

Advertencias: El "Rated M" es por varias situaciones, desde las malas palabras hasta las escenas más hirientes o explícitas. Leer bajo un alto criterio.

¡Hola! Una vez más, ¡muchísimas gracias por los comentarios, los favoritos y las alertas! Igual muchas gracias a los nuevos lectores y a todo aquel que sigue esta historia, ¡me hacen feliz! Tienen un pedacito de mi escricorazón. :3 Disculpen la tardanza nuevamente, pero alégrense porque este es el capítulo más largo de toda la historia y... No, no diré nada más, solo...

¡A leer!

Palabras: 11.438

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Capítulo 15: Cielo gris

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Imperio del Trueno.

Meses después de la caída de los Namikaze.

Jiraiya se sentía exhausto y sumamente pesado bajo el abrumador diluvio proveniente del cielo. La tierra del Dios Relampagueante le ofrecía un panorama rudo y áspero en contraposición a la nación en la que había crecido, ayudándole a definir de dónde había salido tanta hostilidad entre los dos territorios. Tal vez es el clima; se dijo con un tono cargado de sarcasmo justo antes de esquivar una daga que llevaba una dirección fija hacia el centro entre sus cejas.

La lluvia irrumpió furiosa y el joven Jiraiya saltó rápidamente a otra rama antes de que la patada del ninja enemigo le destrozara el costado izquierdo. Irónicamente, había decidido ir al Imperio del Trueno gracias a la pésima relación que este tenía con su nación natal, pero no había contado conque ellos tenían, incluso, peores problemas internos que el Viento.

En los meses transcurridos desde que había sacado al príncipe Minato de su futuro salón del trono, se había dedicado en cuerpo y alma a entrenarlo y cuidarlo de cualquier peligro exterior, incluso si aquello significaba que tenía que sacrificar la totalidad de su tiempo en ello, pues eso era lo que significaba ser un caballero del círculo superior de la guardia imperial. Por infortunio, Danzō Shimura ahora estaba dando órdenes para cazarlo mientras se sentaba cómodamente en el trono que había usurpado después de siete años de guerra sin tregua; y pasando las de Caín, sus secuaces habían sido capaces de seguirlo hasta allí como sí no tuviese suficientes preocupaciones.

Al menos los estaba alejando del príncipe, pero se estaba adentrando en un desconocido bosque lleno de una espesa aura de sangre y ambiente oscurecido en el cual reinaba un silencio casi espectral.

Cuadrando los hombros, Jiraiya se dijo que tenía que acabar con la actual lucha de una vez antes de pisar en la tierra equivocada, aunque no estaba demasiado convencido de que acabara la batalla contra los cinco soldados de una manera rápida. Después de todo, estaban entrenados bajo el puño acerado de Danzō y eso no era algo que podía tomarse fácilmente a la ligera.

Viéndose rodeado por los cinco, abrumado por la lluvia y un poco desorientado, Jiraiya se colocó en posición de combate dispuesto a demostrar por qué había sido escogido como guardián de la princesa Tsunade y, posteriormente, como el del príncipe Minato. No era un caballero al que se podía tomar a la ligera.

Sin embargo, antes de que cualquiera diese un paso más, un millar de cuchillas salieron despedidas hacia ellos de todos los lugares circundantes. Jiraiya hizo un par de piruetas antes de ocultarse junto a las raíces de un árbol seco y escuchó los gritos de sus adversarios antes de que cayeran al suelo como sacos de hortalizas.

Se quedó muy quieto durante interminables segundos mientras la lluvia amainaba paulatinamente. El silencio le trajo el susurro de los insectos y los pájaros reanudaron su despreocupado canto. El intento de diluvio se había detenido demasiado pronto como para ser natural, por lo que Jiraiya se colocó en posición de alerta para interceptar a quien fuese que la hubiera provocado. No se creía invencible, pero al menos podría hacerle frente a un soldado elemental de ese calibre.

Jiraiya se enderezó muy lentamente en su sitio y evaluó la situación superficialmente mediante una pequeña cantidad de chakra para el reconocimiento. Había al menos dos presencias a unos cincuenta metros de su posición y, presuntamente, ellos habían sido los autores de la lluvia de cuchillas que se había llevado todo a su paso. El joven rodeó el árbol con lentitud y contempló la extensión de la corteza con atención, llevándose una vertiginosa sorpresa en el camino.

¿Eso es... papel?

Frunció notablemente el entrecejo y sucumbió a la creciente curiosidad mientras se acercaba hacia las dos fuentes de chakra. Las cuchillas estaban hechas de papel, no cabía duda. Jamás, en los veintisiete años que llevaba de vida, había visto un fenómeno parecido a eso. ¿Cómo era posible que alguien pudiese convertir el papel en un arma mortal? ¿Estos eran los talentos escondidos que guardaba el Dios Relampagueante?

¡Yahiko!

Desde no muy lejos, una voz femenina gritó. Jiraiya tensó los músculos y se subió a una rama con la misma facilidad que tiene un sapo para saltar, procurando ocultar su chakra a toda costa para poder ver la escena que se estaba desarrollando.

Había un chico de no más de diecisiete años temblando en el suelo, víctima de una extraña convulsión que preocupaba a la joven de melena azul a su lado. El hombre de cabellos blancos enfocó los ojos en la marca que este llevaba tatuada en el cuello, sin embargo, fue incapaz de detallarla totalmente desde esa distancia. Al otro lado del cuerpo, un muchacho de pelo rojo peinaba la zona con la extraña mirada acerada que cubría toda la superficie de su glóbulo ocular.

El Trueno tiene demasiadas habilidades extrañas; pensó Jiraiya mientras se debatía entre irse antes de que se diesen cuenta o quedarse a pesar de las consecuencias que...

¡Salid de allí, quién quiera que seáis!

Jiraiya cortó sus pensamientos con sorpresa ante el asombro que le causó el aplomo en la voz del adolescente. Cortando por lo sano, él no intentó escurrirse ni fingir que en su lugar no había nadie; en su lugar, Jiraiya saltó hacia el suelo y cayó acuclillado muy cerca de Konan y Yahiko.

La muchacha de hebras azules chilló y se echó hacia un lado arrastrando al joven inconsciente con ella en posición de defensa. Jiraiya notó que estaban empapados de pies a cabeza a causa de la lluvia, y el primer pensamiento que tuvo, fue el de preguntar si alguno de ellos dos era el responsable de la lluvia torrencial que se había detenido de la nada o del ataque de las cuchillas de papel, sin embargo, descartó la hipótesis en seguida. Dos adolescentes no podían poseer tanto poder con aquella mínima cantidad de chakra, ¿verdad?

Nagato clavó los aros grises que tenía por ojos sobre el recién llegado y lo evaluó como se evalúa a un contrincante potencial; luego, suspiró y escondió su semblante detrás de un flequillo. Ya no les quedaba chakra, pero iba a hacer lo posible por proteger a Konan y salvaguardar el cuerpo enfermo de Yahiko.

Era lo único que les quedaba.

¿Qué es lo que tiene? —La pregunta del hombre de cabello blanco lo descolocó.

Nagato se movió muy lentamente para formar una posición de combate. Konan apretó la mano helada de Yahiko y apretujó su cabeza contra su pecho en un mudo intento de hacerlo despertar.

¡¿Qué es lo que queréis?! ¿También os ha mandado él? —interrogó la chica con la fiereza de una leona.

Jiraiya se preguntó de qué estaban hablando, no obstante, tuvo la delicadeza suficiente como para no preguntar nada referente al tema.

No estoy aquí para pelear con vosotros. —Agitó las manos delante de él mientras negaba—. Es más, no sé de qué habláis, ni siquiera soy de... estos territorios. —Ni de este imperio, quiso agregar, pero había llegado a conocer la animadversión que se tenía contra los extranjeros.

No, no lo es... mirad sus ropas —mencionó Konan un segundo después de darse cuenta—. Vos sois del Viento —aseguró sin riesgo a equivocarse.

Ella había vivido allí antes de ser raptada.

Conocía aquellas hombreras de púas y las mallas rojizas que unían la armadura cobriza entre cada articulación. Konan había visto infinidades de esas armaduras siete años atrás, cuando había empezado la guerra entre los Namikaze y los Shimura mientras ella corría hacia un destino incierto junto a sus padres. Ellos le habían ordenado que no mirara hacia atrás, y los obedeció hasta que no los sintió detrás nunca más.

¿Qué hace un soldado del Viento en territorio enemigo? —cuestionó Nagato con un matiz terrorífico que no parecía propio de él.

Konan arrugó los párpados y Jiraiya pareció desestabilizarse ante el tono de su voz. Tal vez podía parecer poco más que un niño, pero él estaba cada vez más convencido de que ellos dos tenían algo que ver en todo lo que había pasado con anterioridad.

¡Nagato! —reclamó Konan—. Este no es el momento para preguntar esas cosas. ¡Debemos ayudar a Yahiko! —Su tono fiero dio la impresión de que podría hacer temblar las montañas.

Incluso Jiraiya se vio turbado por su expresión hermosamente encolerizada.

Nagato observó sus manos con impotencia y, tan agotado y falto de fuerza como estaba, era casi imposible que pudiese hacer algo por él. Intentar pelear con Orochimaru había sido un error muy grave, pero no se arrepentía de haber intentado protegerlo de los últimos experimentos; aun así, Yahiko ahora tenía esa marca horrible en su cuello y no dejaba de temblar.

¿Qué es lo que iban a hacer?

¡¿Pero qué hacéis?!

El joven de pelo rojo levantó la mirada al instante, sólo para encontrar que el hombre desconocido se había dispuesto a cargar a Yahiko sobre su espalda. Su cuerpo se movió por inercia hasta interceptarlo y Konan tuvo un segundo antes de que los dedos de Nagato se arrullaran como zarpas alrededor del cuello de Jiraiya.

Si puede hacer algo por nosotros, será lo mejor. Necesitamos su ayuda —susurró Konan con una templanza de hierro.

Era un extraño, sin embargo, ella era sensata. No había hecho nada para lastimarlos y necesitaban alejar a Yahiko de Orochimaru lo más pronto posible. Observó alternativamente entre Nagato y el hombre de melena lumínica para luego contener una sonrisa nerviosa en cuanto su amigo de años asintió mecánicamente.

Esperaba no arrepentirse de la confianza que estaba depositando en un completo desconocido.

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—¡Mirad allí! ¡Es la princesa Tenten!

Los alaridos de alabanza fueron música para los oídos de la joven castaña. Siendo sucedida por y capitanes de escuadrón, observó cómo la gente a su alrededor se aglomeraba gustosa de hacer su más profunda reverencia. A su lado, Neji Hyūga permanecía con un semblante tranquilo que no dejaba entrever nada más que desdén hacia todo lo que le rodeaba, pues, después de todo, no le reverenciaban a él.

—¡Princesa, princesa! Esto es para vos —dijo una pequeña mientras se cruzaba en el camino de la heredera.

Uno de los guardias estuvo a punto de apartar a la niña de un manotazo, no obstante, Tenten lo detuvo con un simple y firme ademán. La pequeña se dirigió unos metros más cerca de ella y estiró los brazos lo más que pudo para enseñar el ramo de las azucenas más hermosas que la muchacha había visto en su vida.

—Muchas gracias, pequeña. —Neji observó atentamente el intercambio con una curiosidad oculta a la perfección siguiendo cada detalle de la interacción entre ella y su pueblo.

Como un Hyūga, había aprendido a observar todo a su alrededor mientras pretendía no fijarse en nada con especial interés, y por ello, permaneció callado ante el escrutinio hacia él y las muestras de afecto por parte de la princesa hacia su pueblo. Había que ser realmente ciego como para no notar el aire de simpatía y la amena armonía que se respiraba en el próspero pueblo del sur, lejos de las fronteras y de las guerras más allá de las Islas Hostiles que dividían el Reino del Sur del resto del imperio.

Neji había vivido con el peso de la guerra sobre sus hombros desde que la luna blanca anunció su nacimiento. Fue prisionero de los Uchiha para posteriormente ser tratado como un esclavo de guerra disfrazado de regente en la frontera. Su dinástico orgullo se había visto aplastado al verse obligado a obedecer, pero más allá de aquel frustrante sentimiento, sabía que estaba protegiendo un legado mucho más precioso: las hijas del líder de su Clan, sus primas.

Independientemente del paradero de cada una, como el único sobreviviente masculino de una familia tan legendaria, era su deber mantenerlas a salvo aunque su propio cuello estuviese siendo desollado con una hoja ardiendo en fuego. Hinata y Hanabi era todo lo que le quedaba en el mundo en conjunto con la reconquista del trono, por lo que no podía darse el lujo de prescindir de ellas de ninguna manera.

En el fondo, muy en el fondo, Neji estaba consciente de que sus primas significaban algo más que un simple pase hacia la victoria.

Salió abruptamente de sus pensamientos en cuanto sintió un leve tirón en su manga izquierda. Activó el Byakugan por inercia y escuchó el coro de la sorpresa en torno a su figura. El niño que le tocó permaneció inmóvil en su sitio manteniendo los puños apretados contra sus impolutas vestimentas. El galeno siguió observándolo sin mostrar algún tipo de expresión a través de sus ojos blancos.

—So... ¿Sois un Hyūga? —tartamudeó el chiquillo como conteniendo el aliento.

Sin duda alguna, su traje ceremonial totalmente blanco, el cabello de ébano suelto con gracia hasta la cintura y las venas enmarcadas en sus sienes, debían dar un aspecto de monstruosa hermosura digna de un ser desconocido; pero, lo más importante, era que el pequeño lo reconoció como un Hyūga, por lo que su línea de sangre debía de ser reconocida hasta por los más jóvenes aun a los cuarenta y cinco años después de la separación del imperio en cuatro reinos y la aniquilación de la mayoría de su dinastía.

Un soplo de orgullo golpeteó su corazón y se dio una sonrisa interna ante el reconocimiento. La gente del sur parecía ser realmente despierta y culta en cuanto a la historia general de su imperio incluso después de la muerte del Gran Supremo Hyūga, cuyas cualidades habían encantado y mantenido contenta a toda la nación antes de que se dividiera tras su repentina muerte.

—Lo soy —respondió él con su casual matiz estoico.

Los capitanes detrás de él carraspearon sonoramente.

—¡Por los Dioses! —proclamó una señora soltando la faja de paja que llevaba entre sus manos. Subió las palmas hacia el cielo y pareció orar con agradecimiento—. ¡Un Hyūga junto a nuestra princesa! Esto puede profetizar el fin de la guerra.

Neji elevó un poco las cejas y sintió el peso de la mirada de Tenten sobre él un momento antes de girarse hacia ella; sin embargo, ella ladeó el rostro antes de que pudiese evaluar su expresión.

¿De qué profecía hablaba?

—Princesa heredera, su majestad os espera —murmuró uno de los capitanes y ella asintió en comprensión.

La castaña dio una pequeña reverencia general que fue correspondida por una mucho más ceremonial y profunda. Los escuadrones de batalla reanudaron su marcha hacia el castillo con Tenten y Neji a la cabeza, aun si este último tuviese que soportar ciertas miradas de desconfianza que algunos otros le clavaban en la espalda.

El desagradable escrutinio de duda le dejaba un mal sabor de boca, no obstante, un Hyūga sabía ser paciente y estaba dispuesto a esperar por la total confianza del Reino del Sur. No poseía más ejército que el que se había mantenido leal a su familia del otro lado de la frontera, y si quería lograr su cometido, también debía tener al ejército del sur a su lado.

El camino hacia el palacio era más largo de lo que esperaba, aunque ahora era presa de una sensación acogedora que no había sentido desde antes de ir a la guerra siendo aún muy pequeño. Había olvidado cómo se sentía caminar entre un pueblo sin sentirse vigilado o señalado con cada paso que daba; pero, por fortuna, todo eso pasaría si la situación se arreglaba de la manera que él estuvo planeando por demasiado tiempo ya.

Neji observó a Tenten de reojo, preguntándose si su plan inicial siempre había sido caer en sus manos y procurar mantenerlo a su lado bajo cualquier circunstancia, sólo con la intención de averiguar sus simpatías y si realmente estaba dispuesto a enfrentar a los exterminadores de su familia, y, quizás, también para asegurarse de que él necesitara al sur para hacer digno su reclamo al trono en favor de su Clan.

Tal vez se estaban asegurando de que él los tuviese muy en cuenta después de la reconquista, después de todo, ellos representarían la ayuda fundamental para el inminente enfrentamiento.

El joven pensó con profundidad sin apartar la mirada de la muchacha ni por un segundo, sopesando la opción de si ella había tenido la suficiente sangre fría como para lograr con eficacia un plan tan arriesgado sin ponerse en evidencia ni una sola vez. Incluso si era tan elocuente y receptiva, de ser ciertas sus suposiciones, Tenten podría ser más temeraria de lo que parecía en primera instancia, y no estaba del todo seguro de que esa cualidad se adecuara muy bien a lo que una princesa debía representar.

Neji estrechó aun más sus párpados y se vio en la disyuntiva de creer que el rapto de la princesa heredera había sido por espontánea suerte o si de verdad ella se había lanzado al mar desconocido, colocando en riesgo su propia vida para lograr un cometido que competía a una nación entera. Si ella lo hizo, entonces la había subestimado demasiado. Tenten le había demostrado que tenía un alma de guerrera en todas las batallas que habían librado juntos en la frontera, e incluso así, aquella era la primera vez que Neji se planteaba la opción de que todo hubiese sido un truco para llevarlo hasta el Reino del Sur como un aliado potencial.

Era muy probable, en realidad.

En un determinado momento, y a juzgar por su tensión casi imperceptible y sus arreboladas mejillas, Neji presintió que la castaña había notado su mirada puesta sobre ella por un rato muy largo, y midiendo la situación a través de su reacción, casi desechó todas sus teorías anteriores. Si era propensa a ser demasiado evidente, entonces era poco probable lo del plan... pero seguía siendo una opción, y su sonrojo podría ser sólo actuación.

—¡Inclinaos ante la casa real! —exclamó el anfitrión que precedía la entrada hacia el pasillo al aire libre, el cual llevaba hasta el gran salón del trono.

Neji se inclinó ante la construcción siguiéndole la corriente a los demás; sin embargo, no había dejado de evaluar todo lo que tenía al alcance de sus ojos blancos. Observó que los grandes batallones se dispersaban hacia otros puntos del palacio bajo las órdenes de los capitanes y, un momento después, estos entregaban su armamento a los guardias ubicados en los laterales de la entrada.

—No se debe entrar con armas al salón del trono, sería un ultraje a la familia real. El trono es un santuario gobernado por la paz. Una vez que se sale de allí con un arma recién forjada, jamás se puede volver a entrar con ella —explicó Tenten ante la mirada inexpresiva de Neji.

Neji inclinó levemente la cabeza en consentimiento antes de que la princesa tomara la delantera en su travesía, atravesara el gran portón y caminara a través del pasillo como si todo a su alrededor fuese suyo.

De hecho, lo es; se recordó el galeno siguiendo los parsimoniosos pasos de la castaña.

—¡Su alteza la princesa heredera! —anunció el anfitrión antes de que los guardias deslizaran las puertas y reverenciaran a las presencias.

Tenten pasó al salón con el mentón en alto y contempló ro gran dragón de bronce en la cabecera de la silla del trono, bajó lentamente sus ojos de chocolate y se percató de la dura mirada de su padre. Estaba más serio de lo que jamás lo había visto. El nerviosismo del encuentro casi la hizo transpirar, y la sensación aumentó cuando ella llegó casi hasta sus pies y su padre seguía sin decirle palabra alguna. No podía dirigirse ni inclinarse hacia el rey sin que este tomara la decisión de comenzar a hablar, pues, independientemente de que fuese su hija, seguía siendo de menor rango.

—Capitanes Li Ang, Xia Chang y Zhuen Xei —La voz de monarca sonó atronadora a los oídos del joven Hyūga. Los mencionados pasaron al frente hasta quedar un paso más adelante de él y Tenten, haciendo una reverencia profunda con sus antebrazos derechos casi pegados a sus frentes—. Habéis traído a salvo a la princesa. Se os recompensará como es debido —afirmó antes de asentir lentamente.

—Vuestra gracia es infinita, su majestad —agradecieron los tres mientras deshacían las reverencias con lentitud.

Se inclinaron ante los individuos restantes y salieron por una puerta lateral sin hacer ruido.

El salón del trono volvió a reposar bajo el efecto de un sepulcral silencio antes de que los ojos del rey se enfocaran en el único sobreviviente de la línea masculina de la dinastía Hyūga.

—Neji de los ojos blancos, bisnieto del Supremo del Fuego. Es un gusto teneros frente a mí. —El aludido se inclinó con las manos juntas pegadas a la espalda dando dos pasos por delante de Tenten.

Si alguno de los dos se hubiese percatado del semblante de la castaña, se habrían percatado de la vergüenza que estaba conteniendo en su interior. No era por menospreciar a sus maestros, y mucho menos al último Hyūga, pero siendo ella su hija, lo más lógico era que se dirigiese hacia ella primero, pero el rey parecía ignorarla completamente. Le resultaba desagradable y más doloroso de lo que debería.

—¡Princesa heredera! —llamó el gobernante. Tenten se irguió en su sitio y estuvo a punto de colocar los antebrazos en paralelo para la reverencia hacia su padre, sin embargo, él la hizo desistir de la postura con un simple ademán—. No es necesaria vuestra reverencia. Volved a vuestros aposentos.

Tenten enmudeció ante aquellas palabras. El sudor frío recorrió su nuca y sus pies se quedaron adheridos a la madera como si de allí hubiesen nacido. Neji no la miró ni una sola vez, pero podía estar seguro de la creciente indignación que estaba sintiendo aun sin haber lanzado resoplido alguno. La muchacha solamente bajó la mirada y apretó los puños para evitar verse consumida por la deliberada humillación. La princesa caminó sobre sus anteriores pasos y los portones se deslizaron tan silenciosos como la estancia que protegían de la luz exterior.

—Sois muy parecido a vuestro bisabuelo… es una lástima que sólo haya estado en este mundo hasta mis veinte años —dijo el rey Xiao con un leve carraspeo—, aun así, me es grato tener ante mí a otro Hyūga después de tanto tiempo.

—Para mí es un honor conocer a quien casi igualaba a mi bisabuelo, el Supremo Hyūga —devolvió Neji el cumplido con perfecta cortesía.

Xiao evaluó al joven de arriba abajo por algunos segundos, percatándose de que parecía tener nervios de acero. Poseía una postura regia y un aura tan serena como el bosque nocturno, tenía los rasgos comunes de todos los Hyūga, pero se parecía en demasía a quien fue su mentor en sus años mozos. No cabía duda de que sería un perfecto aliado para recuperar el control del imperio de las manos de los Uchiha, sin embargo, como el mayor ente actual de oposición, debía asegurar el futuro de su casa y prevenir otro ataque de imprudencia que su hija podría cometer.

No había esperado ni en mil años que Tenten le llevase al último hombre portador del Byakugan, pero ahora que estaban allí, pudo pensar el hecho con más profundidad, notando al instante lo que su hija había planeado incluso estando debajo de su nariz. Cuando recibió la noticia de que Tenten estaba secuestrada en la frontera, estuvo seguro de que algo en su pecho se resquebrajó; era una flor hermosa en medio de los vándalos más infames del imperio, y podían hacer lo que quisieran con ella si la habían raptado. Él se sintió impotente como rey y como padre al no haber tenido el temple suficiente como para pararle los pies a su única hija.

Pero ahora estaba de vuelta, y con una muy grata sorpresa. ¿Era Tenten una guerrera de ese calibre? ¿Estaba dispuesta a jugar todas sus cartas si así lograba su cometido? ¿Cómo pudo saber ella que caería precisamente en las manos de Neji Hyūga?

—Supongo que sabéis que todo el Reino del Sur es aliado de los Hyūga, quienes siempre serán la línea de sangre imperial, donde nacen los Supremos. —Neji asintió en concordancia, agradecido y orgulloso por sus palabras.

A través de la historia, era conocido que los emperadores, los hombres más fuertes del imperio, siempre habían nacido dentro del Clan Hyūga o llevaban su sangre, y así debía seguir siendo a pesar del bache que representaba el usurpador Uchiha sentado en el trono.

—Lo tengo en cuenta, su majestad —respondió, cuestionándose interiormente el lugar adonde quería llegar el rey Xiao.

—Habéis traído a la princesa Tenten a salvo. Hacéis un buen equipo, y esto será una buena alianza... —asintió el hombre con el enigmático tono típico de una maquinación. Neji estrechó los párpados con plena consciencia de lo que iba a proponer—. Para aseguraros lealtad por parte de todas mis tropas, es indispensable que acepteis a la princesa como vuestra futura emperatriz —determinó con una tonalidad que no daba derecho a réplica.

Desde el otro lado de las puertas, los ojos de Tenten casi se salieron de sus cuencas. Su padre no podía estarle haciendo eso... ¡No podía! ¿Cuál era la necesidad de aquella alianza tan arcaica? Ellos podrían luchar juntos en el campo de batalla, ¿por qué tenía que llegar a los extremos?

¿Por qué?, ¿por qué?

No. Hyūga no aceptará; se autoconvenció, rezándole a los dioses para que él rechazara tan absurda proposición.

Pero estos, no le escucharon.

—Acepto vuestra alianza, su majestad. —Le escuchó decir con una voz plana.

Tenten sintió que sus piernas perdían la fuerza, por lo que tuvo que recargarse en el muro más cercano. Los soldados que estaban patrullando se detuvieron en seco e hicieron el ademán de ayudarla, no obstante, ella los rechazó con una leve agitación de su mano.

No podía creerlo. Había aceptado...

¡Había aceptado la absurda proposición!

Su padre era conocedor de distintas maneras de forjar lazos, y el matrimonio nunca había estado en sus planes antes. Tenten era consciente de que había sido imprudente al unirse a la flota y dejarse raptar, todo para tener la mínima posibilidad de traer al joven ante su padre.

Estaba segura, su padre se había dado cuenta. Seguramente pensaba que el matrimonio la detendría.

Su majestad, padre... estáis lapidando mi futuro. Estáis lapidando mis deseos; pensó al sentir que los ojos se le humedecían.

Si se casaba con Neji Hyūga, su vida en el campo de batalla estaría acabada en menos de lo que duraba un aplauso.

No pensaba permitirlo.

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Ino estaba hecha una furia.

Sus ojos azules habían adquirido un mortal tono grisáceo que amenazaba con asesinar al primer ser que se le acercara y por ello, al parecer, sus doncellas dudaban entre servirle de lejos o salir corriendo lo más rápido posible en cuanto su señora se descuidara. Nadie más que ella sabía exactamente lo que estaba pasando, y a causa de ello, le resultaba preciso desahogarse con algo.

¡¿Cómo se había atrevido Sasuke a prohibirle las visitas?!

Se había enterado gracias a los murmullos de dos favoritas que Temari había visitado el palacio junto a sus antiguas mozas, no obstante, el príncipe había dado una orden que consistía en mantener a la nueva princesa alejada de todo contacto exterior, sobre todo si este era extranjero. Prohibió la entrada de Temari y la trató como si ella fuese cualquier cosa... ¡Era la hermana mayor del emperador de la Arena! ¿Sasuke creía que tenía el mundo en sus manos? ¿Que los Uchiha eran infalibles? Al parecer, su querido esposo aún debía aprender unas cuantas cosas.

Sobre todo que Temari era una mujer de temer además de ser la más íntima amiga de su esposa.

Ino se detuvo en seco junto a la ventana y observó hacia el paisaje que se extendía con presurosa maravilla ante sus pupilas, sintiendo el peso de su cabello rubio atado a un elaborado peinado y la asfixia del obi alrededor de su talle. Odiaba la ropa del Imperio del Fuego, su clima, el sol inclemente, sus nuevas pertenencias, el castillo... incluso odiaba al hombre al que alguna vez le había profesado una atracción casi desmedida.

La joven se giró en redondo y casi corrió hasta su tocador para colocarse las dos horribles peinetas que la identificaban como la esposa del hermano menor (y futuro sucesor) del emperador. Se acomodó el obi lo más que pudo y simuló que estaba vestida con un muy apretado corsé con la falda más armada y pesada que había utilizado en toda su vida.

Aun así, no fue capaz de repeler la sensación de nostalgia que gobernaba sobre su corazón.

Ino se mantuvo muy erguida, casi con la nariz apuntando al techo mientras abría las puertas de su cámara personal seguida de unas muy sumisas doncellas. Al menos el diseño occidental de sus aposentos le ayudaban a llevar gran parte de la carga emocional, y debía agradecerle a Itachi por ello, pero por el momento, sólo tenía en mente colocar sus finos dedos alrededor del cuello de Sasuke y hacer que se asfixiara lentamente.

Hacerle una ofensa así a la embajadora entre el Hielo y la Arena, y además hermana del emperador, podría poner en riesgo el tratado que habían mantenido por muchos años; sin embargo, él parecía no entender el delicado estamento. No es como si Temari corriese a decir a viva voz que su solicitud para entrar al Castillo en Llamas fue rechazada, la conocía y sabía que no escatimaría en actitudes serenas, pero el rumor del rechazo se extendería rápidamente entre los enviados de la Arena, y luego entre los mismísimos allegados de Gaara.

Debí hacer que me casaran con Gaara; pensó la joven de melena platinada mientras cruzaba en una esquina, aquella que la llevaría directamente hasta las cámaras personales de Sasuke. Conocía al pelirrojo desde que era muy pequeña, y aunque en aquel momento no hablaron demasiado, cualquier cosa era mejor que lo que estaba viviendo ahora.

Lástima que ya no podía deshacer un antiguo precontrato que se había sellado recientemente.

Los guardias y las doncellas de la estancia se sorprendieron al verla, no obstante, se movieron de su sitio únicamente cuando ella no hizo el ademán de detenerse frente a la puerta para esperar que le anunciaran.

—Su alteza, vos no podéis irrumpir en las actividades del príncipe de esta mane... —La doncella principal enmudeció gracias a la mirada helada que la aludida le brindó.

Aquello fue suficiente para que Ino llegase hasta las puertas del despacho y las abriera de par en par sin importarle nada más.

Como todo lo que rodeaba a Sasuke y lo que le pertenecía, el lugar de sus quehaceres era oscuro y sombrío, con un aura tan pesada como las hombreras de combate que portaban los soldados de la nación del Hielo. Madara estaba de espaldas hacia la puerta y su cabello algo alborotado pareció crisparse ante su presencia. Su esposo no elevó sus impenetrables ónices de los papeles que revisaba con ávida concentración, y aunque los dos sabían que ella estaba allí, le tomaron tanta importancia como una mosca que pasaba al otro lado de la ventana.

¿Cómo se atreven…?

Antes de que alguien pudiese detenerla, la joven rubia estrelló la palma de su mano contra el escritorio a un lado del mayor de los Uchiha. El hombre detuvo en seco lo que estaba haciendo y recorrió con su muerta emoción visual las largas mangas blancas del kimono que Ino portaba.

Sasuke no se inmutó.

Querido esposo —pronunció la fémina mientras contenía la rabia—, ¿podríais explicarme qué fue lo que hicisteis hace algunas horas? —pidió ella con falsa amabilidad.

Una vez más, él no le prestó atención.

La muchacha se exasperó y levantó la mano para asestar otra palmada, pero sus dedos fueron interceptados por la mano enguantada de Madara, quien se levantó de su asiento y clavó su penetrante mirada sobre ella. Ino respingó ante su brusco toque, dándose cuenta de que él no la soltaba a pesar de que había empezado a forcejear con recato.

Recordaba las palabras de su madre, y debido a ello, no despegó la mirada del torso perteneciente a su captor.

—Me da la impresión de que su alteza no está al corriente de las políticas internacionales del imperio del fuego. —La voz profunda de Madara casi le hizo querer encogerse en su sitio, sin embargo, no le dio ese gusto.

—¿Sabéis lo que su alteza, el príncipe, hizo? —preguntó la joven sin ocultar su incredulidad ante sus palabras.

Madara liberó los dedos femeninos con lentitud y cuadró los hombros sin perder detalle de que Ino insistía en no mirar más allá de su mentón. Aquello casi le provocó una macabra sonrisa.

—Sobre todo, vos ya no sois la hija del Hielo; sois la esposa del Fuego, y el Fuego nada tiene que ver con la Arena. Eso debe quedaros claro, princesa, sobre todo cuando faltan tan pocos días para vuestra coronación como emperatriz —prosiguió el pelinegro con su autoritaria diatriba.

La rubia sintió un cosquilleo furioso rozándole la palma de la mano, y tuvo que contenerse para no estamparla contra el, anormalmente joven, rostro del consejero imperial.

—Ya que habéis hecho vuestro berrinche del día, os podéis ir —habló por primera vez Sasuke en la misma posición con la que lo había encontrado.

—Sabéis que esto puede traer consecuencias funestas para los tratados entre las naciones, ¿verdad? —reafirmó alejándose un poco de las dos presencias.

El menor de los Uchiha levantó por primera vez la mirada y la clavó sobre los azules ojos de Ino. Aunque daba la impresión de que ninguna emoción surcaba el borde exterior de sus ojos, Ino pudo percibir el tinte oscuro de sus intenciones.

—Ya habéis escuchado al consejero. Las relaciones entre el Hielo y la Arena ya no son de vuestra incumbencia —determinó con un matiz insondable.

Ino apretó los dientes mientras se obligaba a guardar silencio por el bien de su madre y de ella misma. Se enderezó con dignidad y mostró el mentón con orgullosa vanidad antes de dar media vuelta y dirigirse hacia la entrada; sin embargo, la voz de Sasuke le causó escalofríos una vez más,

—La princesa Heira partirá mañana en cuanto el sol salga. Ella y sus enviados ya no tienen que hacer nada aquí, se ha concluido la firma del tratado... Si tenéis que decirle algo más a vuestra parienta, decidselo antes de que la noche caiga. Despedidla adecuadamente —mandó antes de volver a sus asuntos.

Ino no se molestó en darle una mirada airada y no se giró siquiera un poco hacia él. Percibía un leve ambiente de burla por parte de Madara, y no estaba segura de que pudiese contener sus emociones el tiempo prudencial. Mandó todo al infierno y volvió a abrir las puertas llevándose mudas quejas de los guardias y las doncellas.

No podía creerlo, no le bastaba con haber echado a Temari como si fuese menos que un perro, sino que también quería apartarla de su madre.

Era inaudito.

Dio un último portazo y se encerró en su recámara con los puños apretados. Entre Sasuke, su matrimonio infeliz, Madara y todo lo que estaba ocurriendo, iba a enloquecer o a explotar.

Explotar...

Ino abrió mucho los párpados y levantó sus puños con lentitud, contemplándolos con una creciente sorpresa. Tenía los dedos azules y tan fríos como témpanos de hielo. Su chakra estaba volviendo. Contuvo la excesiva alegría y observó hacia la ventana con un sentimiento parecido al recelo.

El ninja que la había salvado estaba allí de nuevo, acuclillado en su ventana como si no tuviese algo mejor que hacer. La rubia trató de esconder sus dedos detrás de la espalda, pero sabía que la acción sería en vano. Él había visto todo.

—No os preocupéis, su alteza —habló él con un tono alegre que a ella le pareció fuera de lugar.

Ella no dijo palabra alguna, sólo se dedicó a escanearlo con la confianza de poder ver más allá de los gestos sobreactuados.

No encontró nada.

.

La corriente sanadora se deslizó a través de los vasos y los nervios maltratados con una rapidez casi vertiginosa, reparando todo aquello que había resultado severamente dañado durante el bombeo continuo de chakra. La sanadora arrugó severamente el entrecejo mientras evaluaba con evidente incredulidad, si él realmente había resultado ser tan terco como había creído la primera vez que lo vio hace ya tanto tiempo atrás, y tal como su diagnóstico le indicaba, su primera impresión parecía haber calzado completamente en su intrincada personalidad.

—¿Queréis morir, no es cierto? —Tsunade resopló mientras apartaba las manos con presurosa cortesía.

Itachi permaneció reclinado en el asiento con los ojos cerrados, como si nada pudiese interrumpir su paz interior; sin embargo, de vez en cuando, una mueca de molestia surcaba sus labios cuando no podía contener la incomodidad y la pesadumbre que rodeaba sus glóbulos oculares.

—¿Moriré pronto? —cuestionó él sin ningún tipo de emoción.

La (aparente) joven rubia le lanzó una mirada envenenada mientras mostraba su escaso sentido del humor. ¿Acaso el chiquillo Uchiha creía que estaba jugando a quedarse ciego y ya estaba? No era solamente cuestión de ver borroso, marearse, sentir la fatiga después de no haber hecho demasiado durante el día… ¡Era algo muchísimo más grave, con un demonio!

Tsunade Senju, reina del Este, clavó un puñetazo en el escritorio del emperador, y aunque no lo cargó de chakra, las grietas empezaron a extenderse por el borde hasta casi alcanzar el centro lleno de papeles inentendibles para quien no estuviese relacionado o mínimamente interesado en la política y la economía.

—Vuestra madre estaría bastante preocupada por vuestra situación. ¿Queréis llegar a cumplir su sueño o no?

Itachi sintió un dolor en el corazón. Había dado justo en el clavo.

Tsunade tuvo la oportunidad de sentirse satisfecha en cuanto él abrió los ojos, pero ese fue todo el indicio que demostró que había tocado una fibra sensible para que reaccionara. Por suerte, no había rastros de que tuviesen un espía justo en el techo o en cualquier otro sitio allegado hasta al cual sus voces se escuchasen, así que podía colocar las cartas sobre la mesa sin tener que fingir que Itachi y ella eran poco menos que adversarios políticos dispuestos a llegar a un mutuo acuerdo. Lo observó enderezarse en su silla y colocar los codos contra la mesa sin inmutarse por el ataque de emociones que la reina babosa había tenido segundos atrás.

—¿La habéis visto? —dijo él de repente, y Tsunade no supo si estaba preguntando porque le interesaba o porque quería desviar el tema.

—La he visto —respondió escuetamente—; sin embargo, su chakra no me ha convencido…

—La he sellado —contradijo con rapidez—. Estaría en peligro de no haberlo hecho con Madara rondando. —Frunció el ceño y clavó sus ojos de azabache sobre los ojos miel de la rubia.

—¿Estáis seguro de que es una Uzumaki? —interrogó la fémina con voz de plomo, aunque sus dedos temblaban con un apremio inusitado.

—Según vuestros escritos e investigaciones, realmente lo es —concedió en medio de un suspiro. Tsunade apretó los labios y sopesó la situación. Karin sería la primera Uzumaki que encontrara en mucho tiempo—; aunque… —interrumpió el pelinegro de coleta con una nueva incógnita.

—¿Aunque…? —Lo animó a continuar.

Itachi se sintió extrañamente incómodo, y eso no pasó desapercibido para Tsunade gracias a su muy reciente rastro de chakra médico.

—En realidad, os escribía por otra joven… Sakura —terminó por decir con total inexpresividad.

Tsunade se cruzó de brazos con notoria expectación, esperando saber algo más de la aludida. Itachi le había escrito un par de veces hablándole de sus sospechas con respecto a la jovencita y sus distintas maneras empleadas para poner el extraño poder en evidencia. La rubia siempre había sido partidaria de que las emociones fuertes eran desencadenantes fundamentales para liberar habilidades escondidas, y eso era lo que él había estado haciendo con todas sus "concubinas".

—Oh… ¿qué hay de especial en ella? —Tsunade tomó asiento frente a Itachi sin despegar su mirada del cambio de sus expresiones.

El pelinegro luchaba interiormente por mantener sus dudas en las profundidades de su mente, negándose a darle demasiada importancia a la chiquilla que se había escapado junto a Sasori… o al menos eso intentaba hacer. Sakura no poseía utilidad alguna para sus planes a simple vista, pero cada vez que la hubo expuesto a emociones contundentes, descubrió cualidades de su personalidad que probablemente no estarían presentes en una situación común, y por ello había adquirido una prominente relevancia en su escala de estimación. Sakura le había llamado la atención por su extravagante color de cabello y los ojos semejantes a dos grandes joyas de jade. La había visto caminando por ciertos lugares del pueblo mientras hacía sus viajes de encubierto.

Itachi se había dedicado a reclutar jóvenes con apariencia extraña, extranjeras que tenían un poder potencial sin explorar en su interior. Por la extraña apariencia de la muchacha, pensó que tal vez ella podría ser la definitiva.

La mujer que necesitaba para sus planes.

—Hay algo en su interior que no termina de emerger... como si se estuviese escondiendo. —Aceptó con el dejo de una mueca curiosa.

Tsunade observó su rostro ausente.

—¿Estuvo expuesta a vuestro Sharingan? ¿Hubo algo inusual? —Quiso saber con precisión.

—Como me recomendasteis, ha estado expuesta a cualquier tipo de sentimientos fuertes, como todas... aunque se resistió.

Contuvo su sobresalto al escuchar la risotada de la reina e hizo malabares para mantener su expresión facial a raya. ¿Ahora qué le ocurría?

Itachi se mostró impasible mientras esperaba que la rubia se recuperara de su extraño ataque de carcajadas, y cuando por fin lo hizo, le oyó murmurar que necesitaba una gran botella de sake.

—Allí está el problema, su majestad —soltó ella con hilaridad—. El odio, el miedo y la frustración no siempre dan los mejores resultados —terminó por decir como quien no quiere la cosa.

Los ojos de ónix la escanearon con atención para descifrar la intención entre líneas, con la esperanza de que ella no estuviese proponiendo eso que creía. Nunca había considerado emplear esas tácticas a sus investigaciones, y definitivamente no iba a empezar a practicarlas con Sakura, suponiendo que pudiese llegar hasta ella antes de que Sasori partiese hacia su destino, por supuesto.

—¿Estáis insinuando que mis métodos actuales no son efectivos? —murmuró con seriedad.

—En tal caso, no los más adecuados —habló la mujer mientras agitaba las manos—. No os abstengáis. Ninguna de vuestras favoritas ha pasado por vuestra cama, al menos no de la forma tradicional. —Carraspeó sonoramente, haciendo alusión a las falsas situaciones a las que Itachi las sometía a través de su habilidad ocular.

Tsunade debía admitir que Itachi era demasiado honorable y apacible muy en el fondo de su ser, tal y como su madre lo había sido a pesar de haber nacido en un clan proveniente del odio.

Aunque, por supuesto, en esa habitación sólo Tsunade sabía cuánta importancia había tenido ese sentimiento en el surgimiento de los Uchiha, y aquello era lo que más atormentó a Mikoto mientras aún vivía.

Sasuke había heredado el odio. Itachi había heredado la mesura y la compasión que aparecía una vez cada cien años, si es que se hacía presente, claro.

Cuando Tsunade lo escuchó suspirar, supo que ya la decisión estaba tomada.

—Están llegando al puerto —Fue lo único que pronunció.

—¿Tomasteis las provisiones pertinentes?

El moreno asintió a la vez que afilaba la mirada. Para evitar una conmoción mayor, había enviado a Naruto a encontrarse con sus ninjas personales más allá de la entrada al Reino del Este para que les entregara un pergamino secreto, cuyo contenido no había sido revelado para ellos siquiera, pero que cuando llegara el momento, sus ninjas recibirían las órdenes necesarias a través de él. El movimiento de la organización Akatsuki lo alertó con respecto a la actitud parcialmente extraña de Sasori, y por ello, tomó previsiones ante una posible fuga que, evidentemente, había ocurrido.

Ahora era el momento de devolver todo a su sitio, si es que Madara no llegaba primero a él.

Itachi apretó la mandíbula y los puños bajo la atenta y comprensiva mirada de Tsunade. De nuevo iba a arruinar vidas para lograr su cometido, pero no había otro camino que pudiese ser tomado sin correr riesgos.

¿Estaba haciendo lo que era correcto? Eso no lo sabía, pero quien no estaba dispuesto a colocar su propio cuello debajo de la alabarda, corría el riesgo de deshacer todo lo que había trazado durante años.

E Itachi no era uno de esos imprudentes.

.

Cuando Naruto se detuvo frente a la mansión de estilo tradicional donde se hospedaban los enviados del Hielo, pudo sentir el peso de una misión mucho más delicada que cualquier otra. El emperador le había encomendado la tarea de hablar civilizadamente con la embajadora de la Arena en el Imperio del Hielo, pues el príncipe Sasuke había dicho (en nombre de su esposa) que ella no tenía acceso al castillo ni audiencia con la princesa, y por lo tanto, no podía aceptar reunirse con ella.

A juzgar por la expresión severa que se había escurrido a través del semblante del emperador Itachi, Naruto dedujo que el comportamiento del príncipe Sasuke no era propio para tratar con la invitada especial de la familia de su esposa, y mucho menos si esta era de un imperio lejano con el que no tenían tratados; y aunque nadie lo sabía, ahora que estaba trabajando para el Imperio del Fuego, a él tampoco le convenía que tuviera malas relaciones con la nación que le había visto crecer. Después de todo, Gaara era su mejor amigo y se había hecho con el trono hacia poco tiempo luego de que su padre, Rasa, hubiese muerto.

Naruto solamente había podido mandarle una carta muy breve expresándole su sentir con respecto al hecho, y aun estando en sus misiones, el dolor de haber perdido a alguien importante (porque Rasa lo había criado casi como a un hijo), le seguía a todas partes. Deseaba acompañar a Gaara, pero su instinto le decía que todavía no debía irse, y menos cuando el gobernante parecía estarle confiando asuntos de vital importancia que daban la impresión de guardar relación con la invasión de Akatsuki.

Sólo esperaba que la embajadora no fuese una persona intransigente o demasiado difícil de tratar.

El rubio respingó y casi cayó de espaldas cuando escuchó el portón abrirse nuevamente. Una mujer con una melena casi plateada y los ojos tan gises que parecían dos faros nocturnos, lo recibió con una pálida ceja alzada. Naruto estaba consciente de que su traspié no había sido propio de un ninja, no obstante, solamente pudo reírse y rascarse la nuca antes de seguirla hacia el interior de la casona.

Pudo notar que la estancia era una combinación perfecta entre el estilo occidental del Hielo y el tradicional del Fuego, aunque con mucho más similitudes orientales que el propio palacio imperial. Naruto y su guía llegaron hasta una amplia sala llena de muebles y estanterías donde se exponían diversas piezas artísticas de varios territorios lejanos, pero lo más resaltante, era la rubia que estaba de espaldas a ellos.

—Señorita, el enviado del emperador está aquí —dijo la mujer antes de hacer una pequeña reverencia con la espalda recta para luego retirarse.

Los ojos azules observaron sin mucho recato el escote de marrón traslúcido en la espalda de la embajadora. El vestido ceñido poseía cadenas bordadas en oro que abrazaban su figura y caían en cascadas hacia el suelo con una muy corta cola. Naruto se vio invadido de una nostalgia al verlo, ya que le recordaba su infancia y parte de su adolescencia en el Imperio de la Arena. Era realmente impresionante las diferencias entre una nación y otra, sobre todo porque el vestido de la embajadora podría ser tomado como inmoral por el Hielo y el Fuego en diferentes escalas de estimación, pero por su parte, extrañaba hasta la muerte la cultura que había dejado atrás.

Y la extrañó aún más cuando el objeto de su atención sé dignó a girarse.

Naruto se vio impresionado por sus orbes verde musgo y la expresión severamente crispada. Incluso el cabello de un rubio opaco parecía más apagado, pero aunque habían pasado poco más de cuatro años, era imposible que se le olvidara ese rostro.

—¡¿Naruto?! —preguntó ella con el tono lleno de incredulidad.

El aludido sintió un ataque de risa venir antes de volver a rascarse la nuca como de costumbre. Era realmente un alivio que fuese Temari con quien tenía que hablar, al menos ya no sentía pánico ante un nerviosismo incontrolable.

—Temari... —respondió con tentativa al verla caminar hacia él con un gesto furioso.

—¡¿Se puede saber qué hacéis trabajando para el Fuego?! ¡Sois terrible! —Naruto apenas pudo esquivar la colleja propiciada por la rubia antes de caer sentado sobre el respaldo de un incómodo sofá.

—Le dije a Gaara que viajaría... duré un buen tiempo en ello, pero necesitaba dinero, ya me entendéis —argumentó con sinuosa persuasión.

Temari se cruzó de brazos y elevó una ceja de incredulidad.

—¡Podríais haber vuelto! Seríais la mano derecha de mi hermano y no un lacayo de ese emperador miserable. —Naruto contuvo el deseo de callarle con las manos debido a lo peligrosa que resultaría ser la situación si alguien la escuchase.

Pero era Temari, no escuchaba más que a su intelecto y a su abanico.

—Pero el emperador no es tan malo... —Su réplica sonó como un quejido lastimero.

Dejando de lado que Hinata había estado en la obligación de compartir la cama con él, Itachi parecía más sabio, prudente y abnegado que muchas personas que conocía, y definitivamente, muy diferente al príncipe y al consejero, cuyas miradas parecían contener al mismísimo demonio. Por alguna extraña razón, el emperador mantenía una severa fachada de maldad ante el resto del mundo.

—¿No es tan malo? ¡Me prohibió entrar al palacio para ver a mi mejor amiga! ¿Le iba eso a afectar en algo? —refunfuño la joven con una mueca interrogativa.

El rubio estuvo a punto de responder, sin embargo, algo en las palabras de Temari, desvió su atención.

—Espera... ¿estáis diciendo que el emperador ordenó que no os dejasen entrar al palacio? —repitió parafraseando.

Temari frunció el ceño.

—Sí, eso dije. Sabéis que no me gusta repetir lo ya dicho —contestó con una pizca de soberbia.

Soberbia que, por supuesto, rebotó sobre Naruto y cayó en otro lado desconocido de la habitación mientras él pensaba.

Así que el príncipe Sasuke había dicho dicho esas palabras bajo el nombre del emperador... Itachi debía estar al tanto de ello y por eso lo había enviado personalmente a disculparse, teniendo la seguridad de que a él se le escaparía que había sido el príncipe y no él quien proclamó aquellas viles palabras. Si Sasuke hubiese dado la orden bajo el título de príncipe, entonces algún enviado del Hielo hubiese requerido una audiencia con el emperador para exponerle la situación tan delicada que significaba maltratar a la embajadora de la Arena como invitada especial del Hielo, y a partir de allí, el asunto no pasaba a mayores.

—En realidad, quien dio la orden fue el príncipe Sasuke —aclaró Naruto bajo la mirada inquisitiva de la rubia—. Ya sabéis, se casó con la princesa Ino y heredará el control del Impe...

—Esperad un momento. —Lo interrumpió —¿De qué estáis hablando? ¿De que fui timada por el esposo abusivo de Lady Ino? —interrogó con los párpados muy abiertos.

Entonces, Naruto recordó que ella seguramente no estaba al tanto de las políticas interiores de la nación, por lo que informarle un poco no estaba de más, ¿verdad?

—Bueno, Temari... estáis al tanto de que este imperio se dividía en cuatro reinos, ahora solamente son tres, pero el Reino del Sur es como si fuese una nación aparte debido a la guerra... —Naruto hizo algunas muecas extrañas con la boca a la vez que volvía a rascarse la nuca. Temari lo observó impaciente—. Veréis; el anterior emperador dejó en sus condiciones de sucesión que el primero de sus hijos que se casara tomaría el trono, mientras eso ocurriese, su primogénito gobernaría.

—Ahora que el príncipe se ha casado con Ino, entonces ya está acariciando el título del emperador —terminó Temari con un gesto desagradable.

—Pero no es tan fácil —Naruto agitó las manos—. Primero debe ser coronado junto a su alteza Ino para validar; sin embargo, si Itachi-sama tiene un hijo antes que su hermano, el trono volverá a él... o eso creo. —Dudó mientras miraba al techo.

La rubia se vio superada por aquella información tan enrevesada.

—¿Qué tipo de sucesión tan anormal es esa? —cuestionó Temari con cierta dejadez.

La sucesión siempre recaía sobre el primogénito del Supremo al menos que este se negara al trono (como había ocurrido con Kankuro y Gaara); y en caso de que el emperador no tuviese ningún tipo de sucesión directa, entonces los miembros más prometedores de cada dinastía se enfrentaban a él con la esperanza de igualarlo en poder o hasta de superarlo, y cuanto lograban alguna de las dos cosas, entonces una nueva familia llegaba al trono.

Nunca había escuchado sobre una sucesión tan complicada como la de los Uchiha, pero su padre siempre repetía una frase que aseguraba haber sido dicha por el mismísimo Supremo Tobirama Senju: "Los Uchiha están locos."

No cabía duda de que Temari cada vez lo creía más.

Naruto observó a la joven de orbes verdes con atención y esta entrecerró los párpados tratando de descifrar los planes del horroroso príncipe Sasuke.

Pero entonces, el rubio abrió la boca.

—Y bueno... ¿cómo está Gaara?

Temari le brindó una ladina sonrisa. Naruto era la llave a la información que necesitaba.

.

Cuando Sasori salió de la posada con pasos parsimoniosos, Sakura supo que tendría otra noche para dormir al aire libre.

Habían llegado al puerto hace pocas horas atrás, pero debido a que la partida de la embarcación se había pospuesto un día y medio, ella y Sasori se vieron obligados a esperar por más tiempo que el estipulado, así que él se había dedicado a explorar las posadas cercanas y evaluar el tipo de personas que se hospedaban en ellas; no obstante, al parecer la suerte no estaba de su lado. Sakura lo vio regresar hasta el caballo negando lentamente con la cabeza, como había estado haciendo desde hace algunas horas atrás.

Sus ojos verdes se elevaron hasta el cielo con cansancio.

Cielo gris… Va a llover; pensó mientras retenía un bostezo.

Sasori se plantó frente a ella con un leve suspiro, se echó los falsos mechones negros hacia atrás y se quedó en silencio por algunos segundos. La joven de cabello exótico tuvo que elevar el mentón lo suficiente como para poder mirarle algo más que los pies, pues, aunque Sasori no poseía una altura demasiado destacable, el satgat (sombrero de paja con forma cónica) que tenía puesto, le impedía ver algo más que el suelo si mantenía su postura natural. El pelirrojo le había asegurado que, con el fin de que nadie pudiese reconocerlos, debía llevar ese incómodo sombrero, el cabello totalmente recogido e ir vestida como él; todo por el afán de protegerla.

Sakura observó su traje completamente negro y la cinta ceñida a la cintura antes de dirigir sus pupilas hasta los irises de arena. Sasori mantenía serio su semblante tenuemente bronceado, y aunque quisiera aparentar que no estaba cansado de tanto viajar, Sakura podía leer hasta la más profunda de las inflexiones en el brillo de sus ojos. Sabía que estaba haciendo un esfuerzo enorme al llevarla con él y al desvelarse haciendo guardia gracias a sus pésimas aptitudes de ninja. Hubo varios momentos en los que deseó verlo dormir mientras ella vigilaba sus sueños, pero también estuvo al tanto de que si corrían algún peligro, ella sería totalmente inútil tanto en ataque como en defensiva, así que había desechado (al menos por el momento) sus ilusiones teñidas de romanticismo.

—Todas estas posadas están repletas de ninjas, guardias, y personas de procedencia discutible. —Le informó tomándola de los brazos—. Será mucho más seguro si buscamos un refugio. Nunca faltará un árbol hueco.

Las pupilas de Sakura juraron captar el destello de una pequeña sonrisa, pero tan rápido como lo divisó, este ya se había ido. Asintió con decisión y siguió a su amado hasta el interior del vasto bosque en medio de un silencio total. Hacía apenas unas horas había tenido uno de sus ataques temperamentales debido a la ausencia de respuesta con respecto al paradero de su madre, por lo que había terminado discutiendo con Sasori (o más bien ella gritando en soledad) en pro de exigir tener noticias sobre ella.

Él le había terminado por confesar que no sabía nada con un tono tan lúgubre que ella optó por callar en súbito.

Los gestos de Sasori poseían esa enrevesada dificultad de descifrarlos con facilidad, por lo que no pudo descubrir si estaba molesto o cansado después de lidiar con ella y sus subidas de carácter; ni siquiera su voz interna se hizo presente durante la discusión, y desde hace algunos días, tenía la fuerte necesidad de escucharla parlotear en su cabeza.

Últimamente había muchas cosas que no entendía de si misma. El sonido de las olas antes de salir del castillo, el efecto de la luna, la profecía hecha por el ser fantasmagórico... tenía la sensación de que se estaba olvidando de algo importante, sin embargo, mientras estuviese con Sasori, todas sus interrogantes podían esperar un poco más.

No existía otro lugar en el mundo en el que quisiese estar más que junto a Sasori, y no creía haber deseado jamás algo con tanta intensidad como ahora. Debía estar realmente loca por él como para ir contra las órdenes del palacio imperial y haberse escapado junto a él después de descubrir su membresía especial dentro de una organización criminal internacional.

El simple pensamiento de todo lo que había (habían) hecho luego de verse parcialmente libres, causaba que le subiese la sangre a la cabeza y tiñera sus mejillas de un furioso tono escarlata. Aún no creía que hubiese podido entregarse a él de aquella manera, incluso si habían compartido un matrimonio improvisado y precipitado para lograr estar juntos; pero con todo lo que eso implicaba, Sakura no podía dejar de sentirse feliz a pesar de la persecución y su estado de fugitivos.

La persecución acabaría muy pronto...

No pudo evitar que una risilla se le escurriera de la garganta.

—¿Os reís por algo en especial? —cuestionó el pelirrojo con una ceja alzada antes de señalarle un gran árbol hueco.

Sakura tuvo deseos de enterrar su cabeza en la tierra. Debía dejar de alucinar tan vívidamente si quería ser una esposa ejemplar para Sasori, porque imaginaba que si llegaba a ser parte de Akatsuki, debía mostrar tanto temple como él.

—No, no —contestó ella con tono presuroso mientras intentaba mantener su dignidad.

Lo cual se hizo difícil cuando Sasori le rozó la mejilla y sonrió antes de tomar las pocas pertenencias del caballo y darle una palmada para que se perdiera en el interior del bosque.

Sakura bajó la cabeza hasta que sus pechos casi se fundieron con el satgat, con la intención de que su semblante alterado no se notase y Sasori no pudiese leer la turbulencia que su toque causaba en ella a través de las páginas de su rostro. Seguramente esa era otra de las cosas que tenía que mejorar, no ser un libro abierto y dejar su temperamento a un lado... bueno, tal vez no todo.

Sakura se sobresaltó cuando un trueno retumbó sobre el ambiente húmedo del bosque y se reclinó sobre la corteza del árbol superada por el golpeteo combinado de su corazón. Si Sasori se dio cuenta de sus inquietos movimientos, no lo demostró; por el contrario, evaluó el pequeño escondrijo y situó el pequeño equipaje en un espacio reducido.

Y entonces, la primera gota cayó sobre el cónico sombrero.

El pelirrojo asomó el rostro y la contempló por un momento mientras ella miraba hacia el cielo, y en cuanto se sintió mínimamente satisfecho de admirar su belleza escondida, llamó su atención.

—Arropaos junto al árbol, Sakura, o la llovizna caerá sobre vos —recomendó en un disfrazado tono neutro.

Tenía un leve presentimiento de que la lluvia que caería no era producto de la naturaleza sino obra de El Líder, con la intención de ubicarlo donde quiera que estuviese, ya que se suponía que debía haber tomado el barco una día atrás; sin embargo, debido a que llevaba a Sakura y ella había resistido mucho más que cualquier otra mujer, realmente se había arriesgado a retrasarse un poco más.

Akatsuki le había prestado una ayuda magnífica, no podía negarlo. Mediante sus recursos había desarrollado sus habilidades y mantenían a su abuela a salvo y lejos del peligro; no obstante, antes que Akatsuki y todo lo que significaba ser parte de su elitismo con respecto al poder, se encontraban los hermosos ojos verdes de Sakura y todo lo que despedía de ella. Sasori no podía explicarlo, pero podría jurar que algo en ella había cambiado desde que la tuvo entre sus brazos, tal vez era producto de su imaginación debido a su íntima unión reciente, aun así, no podía ignorar la nueva energía que expedía de ella y se lo llevaba todo a su paso.

Observó a Sakura parpadear y sonreír al cielo antes de dirigirse hacia el con pasos apresurados. Sasori se hizo a un lado y la dejó entrar en el diminuto espacio que debían compartir hasta que la lluvia huyera, o hasta que El Líder se cansara de rastrearlo, en dado caso.

El pelirrojo se acomodó un poco en lo más profundo del refugio a la vez que flexionaba las rodillas y contemplaba el perfil de Sakura frente a la diminuta entrada. La punta de sus botas tocaban levemente la pierna de Sakura, pero tan ensimismada como estaba observando el paisaje y liberando su exótica melena del satgat, ni siquiera se inmutó.

En ese momento, las nubes terminaron por derramar sus lamentos.

Sakura abrazó sus rodillas a la vez que se envolvía el largo cabello alrededor del cuello a modo de bufanda. Justo frente a la entrada, el gélido viento le calaba en los huesos, pero ella no se atrevía a moverse ni un milímetro. Sentía la punta de la bota tocando su pierna, pero por más estúpido que pareciera, no era capaz de mirarle a la cara siquiera.

Incluso con tanto frío, sentía que se quemaría si se apegaba más a él.

El sonido de la lluvia y el aire se hicieron más violentos conforme transcurría el tiempo, y en menos de lo que Sakura pudo contar, estaba temblando de frío. Sasori, que hasta ese momento se había dedicado a escuchar el golpeteo del agua contra la corteza y admirar su semblante, se enderezó en su sitio diciéndose que había sido un poco insensible aludiendo a su obvia incomodidad. Era la primera vez que estaban tan cerca con la soledad como la única compañera en varios días, y sabía muy bien lo nerviosa que solía ponerse Sakura aun después ser ido lo ocurrido entre ellos.

—Tenéis frío —remarcó él haciéndola sobresaltarse—. Deberíais venir aquí... —sugirió con un tono más bajo de lo habitual.

Los ojos verdes se dirigieron hacia la figura cubierta parcialmente por la sombra. Sasori señalaba el lugar vacío entre sus piernas flexionadas para que se sintiera medianamente cómoda mientras la lluvia torrencial pasaba. Sakura inspiró hondo más de una vez, pero debido a su deseo de proximidad, gateó hasta él y se hizo un pequeño lugar entre sus piernas sin llegarse a apoyar en él ni una sola vez.

Sasori contuvo la queda sonrisa que se quiso dispersar por sus labios, en cambio, abrazó el cuerpo rígido de Sakura con uno de sus brazos y lo atrajo hacia sí, sintiendo el galope desbocado de su corazón contra el antebrazo.

Ella todavía temblaba, pero el pelirrojo dudaba que fuese por el frío.

Sakura sintió los brazos masculinos rodeándola sin poder evitar sonrojarse en el acto, y contuvo brevemente la respiración cuando él hizo a un lado su cabello y apoyó el mentón sobre su hombro.

"Eso era justo lo que estabais esperando"; habló la vocecilla en su cabeza, pero estaba tan tensa que ni siquiera prestó atención.

—Saso... —susurró entrecerrando los ojos en cuanto él deslizó los labios sobre su mejilla.

—Sois una parte de mí, Sakura... no tenéis por qué avergonzaros —siguió murmullando en su oído antes de depositar un cálido beso.

El aliento caliente la hizo sonreír mientras su estómago alternaba entre bajar y subir. Tenía la sensación de que un panal de abejas molestas se estaban aglomerando en la boca de su estómago e impactaban furiosas contra la carne, pero aunque la descripción podría parecer desagradable, la joven se sintió dichosa de sentir aquello solamente con escuchar las palabras de su amado.

Rió nerviosamente y se acurrucó contra él con absoluta confianza, como si no hubiese estado completamente rígida segundos atrás. Suspiró mientras Sasori besaba con gentileza la tenue curva entre la mandíbula y el cuello a la vez que la estrechaba aún más. Lo sintió aspirar el aroma de su cabello y deseó quedarse así para siempre, acompañados sólo por el sonido de la lluvia.

Pero tenían un destino al cual partir, y era uno que los uniría para siempre.

Esperaba...

—Ha dejado de llover. —La voz de Sasori la sacó de sus ensoñaciones luego de un largo letargo.

Permanecía apretujada contra él, se sentía glorioso estar de nuevo entre sus brazos y su cuerpo lo percibía como lo más natural del mundo.

—¿No podemos permanecer juntos un poco más? —Se quejó ella acariciando el cuello masculino con la nariz.

El joven tomó su quijada y depositó un beso fugaz que le causó un escalofrío placentero.

—Ni un segundo más —dijo él con un semblante serio, aunque Sakura pudo escuchar la leve nota graciosa en las variaciones de su voz.

Se quejó como niña pequeña y gateó hasta salir hacia la hierba mojada y observar el ardiente sol sobre sus cabezas. Sasori salió inmediatamente después, viendo confirmadas sus suposiciones en cuanto observó el manto azul despejado de nubes, como si no hubiese estado lloviendo hasta hace unos pocos minutos, incluso podía deducir que hasta Sakura había notado aquello debido a la extrañeza expuesta en sus distraídas muecas.

—¿Dejaríais que explore para ver si hay un río en algún lugar? —interrogó la muchacha con el dedo presionado contra su barbilla mientras evaluaba el entorno con más calma.

Sasori lo dudó un poco.

—¿No os perderéis ni iréis demasiado lejos? —inquirió él con falso tono incrédulo.

Sakura se sintió fingidamente ofendida.

—¿Por quién me tomáis? Tengo buen sentido de la orientación y buen juicio. Volveré antes del anochecer. —Prometió con una sonrisa.

El pelirrojo asintió con una mirada intensa. Ella dio la media vuelta y él procedió a arreglar algunas cosas que tenía pendientes junto al árbol hueco. No harían fuego esa noche, tanto por la incapacidad de hacerlo con la madera mojada como por seguridad, así que si ella no volvía a tiempo, él saldría a buscarla. Era probable que no tuviese esa necesidad, debido a que Sakura era sensata cuando debía serlo y poseía una mente ágil, así que no creía que debía preocuparse demasiado.

Cuando embarcaran, podría estar libre de muchos de sus tormentosos pensamientos.

Cuando embarcaran, estaría para siempre junto a Sakura.

Unos metros más lejos, la muchacha de cabello rosa se quejó bajamente. Un pájaro se había estrellado contra ella y rasguñado el rostro en el proceso. Por alguna extraña razón, sus alas negras le causaron un escalofrío espectral al que no quiso prestar atención.

Nada podía contra ella. Nada empañaría su felicidad actual.

Lo que Sakura no sabía, era que las aves y el resto de la fauna era capaz de percibir lo que el resto de los seres humanos no, y más cuando estaban cerca del objeto que estaban buscando.

Lo que ella no sabía, era que en el Castillo en Llamas, Madara Uchiha se reía, regocijado al haber encontrado por fin a su presa.

Y sin duda, la traería de vuelta a casa.

...

¡Gracias por leer!

¿Opiniones, dudas, tomatazos?

¡El cuervo de Madara Encontró a Sakura! ¡Por los dioses! ¿Ahora qué pasará? ¿Qué planea Temari? ¿Cuál es exactamente el plan de Itachi? ¿Qué sucede con Ino y Sai? ¿Se casará Neji con Tenten? ¿Qué pasará cuando Sasuke tenga a Sasori y a Sakura en su poder? (Si es que lo logra...)

Próximo capítulo: La ira del Emperador.

Saludos y besos.