Disclaimer: los personajes de Naruto NO me pertenecen, sino al mangaka Masashi Kishimoto.
Sobre la historia: esta historia contiene y/o contendrá temas que pueden herir la susceptibilidad de ciertos lectores; tales como lenguaje obsceno, tortura, violación, muerte de un personaje, entre otras cosas. Leer bajo su propio criterio. Gracias. Actualmente en edición desde el 23/06/2023. Número de palabras en este capítulo: 6132.
Advertencia del capítulo: violación (implícita). No leer los últimos tramos si eres sensible a esto.
Comentarios: después de un (muy) largo hiatus del escritor, puedo decir que me siento en condiciones de volver a publicar, esto después de recuperar las ideas, el tiempo y la motivación que perdí cuando se quemó mi antiguo PC y se perdió gran parte del trabajo que llevaba con esta historia. He logrado reestructurar la mayoría de la trama (incluido su final) la cronología y todo lo que tiene que ver con la lógica y misticismo interno de esta historia.
Sin mucha más dilación (porque justo dejé de escribir en la mejor parte), les digo que…
¡A leer!
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Capítulo 16: La ira del Emperador
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Imperio del Fuego, Reino del Norte. Dominio del Clan Uchiha.
Antes del genocidio del Clan Uchiha.
Los lamentos arremetían contra sus oídos sin recato alguno y se codeaban con el ambiente lúgubre del castillo a medida que aceleraba su parsimonioso andar. Las sirvientas paseaban de un lado a otro entre murmullos, callando cuando le veían pasar y reanudando cuando creían que no las escuchaba, haciéndole casi reír ante el patético intento por mantener la discreción con la que, podía decir sin temor a equivocarse, no habían sido bendecidas. Cada palabra pronunciada le enviaba un ramalazo de malicia y le empujaba querer ver a la afectada lo más pronto posible con la intención de presentar sus más sinceras condolencias. Casi quiso carcajearse ante el pensamiento.
La reina había perdido a su tercer hijo, y él, Madara Uchiha, nunca se había alegrado tanto como ese día.
Recibiendo miradas lastimeras acompañadas por desganadas reverencias, el consejero de la familia entró en los lujosos y silenciosos aposentos de Mikoto dispuesto a presentarle sus honorables respetos mientras intentaba contener su satisfacción ante la situación. Ya tenía suficiente con un mocoso perspicaz y otro malcriado como para que Mikoto tuviese otro chiquillo ruidoso detrás de sus faldas. El clan no se había enterado aún de la pérdida, sin embargo, los sirvientes personales de Fugaku y las doncellas de Mikoto transmitían al mundo su desasosiego, incapaces de fingir que no sucedía nada.
«Panda de inútiles»; se aquejó con falsedad mientras los guardianes de la emperatriz anunciaban su presencia.
La matriarca de los Uchiha tardó algunos segundos en responder al llamado antes de que la voz firme se escurriera entre los gruesos pliegos de la puerta. Los guardias se inclinaron un poco antes de abrir la puerta para dejarle pasar.
Madara resintió el silencio ensordecedor antes de notar a la morena sentada frente al ventanal mientras se acariciaba el adolorido vientre con distracción.
—Mikoto-sama, lamentó que...
Un siseo furioso cortó su mensaje de pésame de un tajo. Mikoto clavó su afilada mirada negra sobre el desagradable visitante y agitó la mano al aire causándole una gran impresión a Madara.
—Ahorrad vuestra sandeces para los ilusos. Yo sé que fuisteis vos. —La agrietada voz retumbó en las rocosas paredes.
Madara se esforzó por mantener su máscara y no ir a ahorcarla en ese mismo momento.
—Mi Reina, creo que no...
—¡Lo entendéis! Lo entendéis muy bien. A esta criatura en mi vientre, la asesinasteis para evitar otro pretendiente al trono. Pero no sabíais... —A este punto, su voz se quebró y las piernas le fallaron haciéndola caer al suelo.
Madara se irguió en toda su estatura sin intención de ayudarla, pues, después de todo, al parecer su máscara se había caído ante la chiquilla causante de que le arrebataran el control del Clan de las manos. Desde que la estrella esperanzadora de Mikoto surcó los cielos el mismo día en el que se anunció su presencia ante el Dios del Fuego, el Clan había decidido por unanimidad que el manejo recaería en la familia de Mikoto, despojándolo de cualquier pretensión al trono cuando todo estuviese bajo el dominio de los Uchiha.
«Mikoto traerá el fin de la guerra», habían susurrado muchas personas del Clan, ignorando completamente todo lo que Izuna y él mismo habían hecho por ellos. ¡Todo había hecho por esos ingratos! Y todos resultaron ser unos insensatos al creer en supersticiones de una estrella que podía significar cualquier cosa.
Y por eso, los Uchiha estaban destinados a morir pronto. Madara debía limpiar la mala sangre en su propio linaje. Era triste, pero necesario si quería lograr todo lo que se había propuesto durante años. Llevar el nombre de los Uchiha a la gloria no iba a ser impedido ni por Fugaku, ni Mikoto, ni sus dos críos inservibles o su hijo muerto.
Ya estaba. No tenía que preocuparse más.
Solamente quedaba que la desdichada emperatriz llenara el ambiente con acusaciones infundadas.
—Era una niña —murmuró por fin, armándose de fuerza para levantarse—. Era una princesa, y vos la asesinásteis —informó con voz estrangulada.
Madara se quedó lívido por un momento y luego recuperó su inescrutable expresión de estoicismo.
Así que era eso. Había asesinado a su pobre niña no nata y aquello la había enfurecido al punto de acusarlo abiertamente y perder los estribos. Casi quiso reírse ante la cómica situación. Aún cuando no había esperado ese pequeño dato, ahora se alegraba el doble al percatarse de que no tendría que soportar la presencia de otra inútil mujer dentro del castillo. Quería carcajearse y abandonarse al regocijo que la noticia le producía, pero aquello sería demasiado hasta para él.
Había sido muy fácil, demasiado fácil vaciar las pequeñas dosis de drogas desde poco después del anuncio de su embarazo. Con todo el júbilo circundante en el ambiente de la corte y el injustificado frenesí del Clan, Madara había tenido todo demasiado fácil para llevar a cabo sus cometidos. Seis meses después, con un prominente vientre de ocho meses, Mikoto había despertado gritando con todas las sábanas manchadas de sangre. Las doncellas del palacio habían corrido hasta los médicos reales en vano, pues a su llegada, el bebé no nacido había muerta sin que nadie pudiese evitarlo.
Medio día más tarde, Mikoto despotricaba sobre él palabras que podrían llevarlo a la ejecución. Pero, ¿quién iba a creerle a una desequilibrada emocional por más título de emperatriz que tuviese? Era una pena, realmente una pena...
Madara le brindó una falsa mirada de condolencia y se inclinó profundamente antes de darse la vuelta, una mueca de triunfo cruzaba sus antinaturalmente jóvenes facciones mientras se sabía un paso más cerca de la meta.
Sin embargo, su aura de seguridad bajó profusamente cuando Mikoto habló de nuevo a sus espaldas.
—Cuando la Luna Roja vuelva a alzarse sobre vuestra cabeza, el final de los males de esta nación estará cerca. No habrá nada que pueda evitarlo —proclamó antes de que el moreno reanudara su apresurado paso y marcara su ida de un portazo.
Mikoto contempló los grabados en la puerta de madera y suspiró antes de seguir derramando lágrimas. Todo lo que sucedía era culpa de Madara.
Todo.
Con el corazón en la boca, la hermosa mujer recayó en una terrible certeza. Sasuke estaba pequeño y expuesto a las manipulaciones de Madara, pero Itachi, que había nacido con la calma en el rostro y crecido con el análisis propio de un viejo sabio, no iba a dejarse manipular por él tan fácilmente. Le refutaría todo lo que creía que estaba incorrecto y tendría su propio criterio.
Y entonces, Madara intentaría asesinarlo.
«Tengo que proteger a Itachi»; pensó con alarme.
Solamente esperaba vivir lo suficiente para corregir a Sasuke y salvaguardar la integridad de su primogénito. Lamentablemente, el futuro era tan incierto como la próxima caída de la Luna Roja, que podía ser al día siguiente o en cien años más.
Nadie podría saberlo.
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…
Sai observaba. Observaba cómo las cortinas que protegían los ventanales ubicados en los aposentos de la princesa Ino, se movían de un lado a otro sin ton ni son golpeando con suavidad ocasional a la presencia reclinada contra el barandal.
Determinándose a ganar su confianza para poder protegerla abiertamente del príncipe Sasuke. A Sai nunca le había gustado Sasuke, parecía demasiado oscuro y falto de todo sentido de educación, no se parecía a Itachi, que siempre tenía una frase enrevesada que resultaba ser palabras de aliento, tomándose el tiempo pertinente para preocuparse por los demás.
Por supuesto que, todas esas cualidades que el emperador mostraba de vez en cuando, solamente eran evidentemente visibles para él, para todos los demás, Itachi llevaba una marca de amenaza impregnada en su tono de voz, movimientos e incluso en la ropa. Le parecía ridículo que los demás le tuviesen miedo sin tomarse el tiempo de ver más allá, pero aquello no era asunto suyo. Era mejor que todos siguieran pensando que él era tal cual lo pintaban sin dejar nada por fuera. El moreno de largo cabello tenía planes, y para lograrlos, parecía ser mejor aparentar lo que no quería ser.
Aunque el príncipe Sasuke era peor que cualquier persona que hubiese conocido, Itachi aún llevaba el mayor estigma en cuanto al miedo que le causaba a su gente, incluso si este había incurrido en menos acciones temerarias que su hermano pequeño.
Cuando estuvo a punto de saltar hacia una rama más cercana al ventanal, el ruido de unos caballos llamó su atención, haciendo que se enfocara en la entrada del castillo cubierta por sinuosos árboles de gran tamaño. Sai pudo distinguir cinco caballos agitados a todo galope a pesar de ser ya entrada la noche y que no hubiera ninguna llamada especial hacia los escuadrones.
Aquello solamente podía significar una cosa. Habían encontrado a Sasori.
Con los sentidos muy alertas a cualquier eventualidad, Sai se deslizó de rama en rama, burlando a unos pocos guardias y alcanzando llegar hasta las torres destinadas al emperador, tal y como le había ordenado que hiciera si notaba algo fuera de lo normal a deshoras, y definitivamente, la situación estaba más allá de algo normal. El pálido pelinegro se acuclilló en el marco de la ventana y vio de entrada los ojos color carmesí de Itachi, quien le miraba atentamente sin dar vestigios de que se había sorprendido con su presencia allí. Como pocas veces en la vida, Sai permitió que el terror le recorriese la espina dorsal y sus piernas vacilaran en su estática posición. Itachi llevaba el pelo suelto y le seguía mirando como tratando de descifrar lo que había visto minutos antes.
—Así que era eso... —La voz profunda le hizo asentir inmediatamente, sabiendo que se había metido en su mente para averiguar qué era lo que estaba haciendo allí y no cuidando a la princesa como se le había ordenado.
—Mi señor, acaban de salir. —Se limitó a decir mientras el galeno asentía con los dedos puestos sobre la barbilla.
—De esto era de lo que os estaba hablando. Mandad a los cuervos hacia el sur. Siguiendo la esencia de los dos cazadores que he mandado de guardia, los cuervos podrán llegar antes que Sasuke y Madara. —Sai asintió con rapidez y se dispuso a cumplir con sus tareas antes de que Itachi tuviese tiempo de cerrar la puerta tras su partida.
Él también tenía cosas que hacer.
Bajando las escaleras a toda prisa, Itachi se dirigió hacia las habitaciones de Tsunade para informarle sobre las recientes noticias. Para su suerte, la mujer de apariencia juvenil se encontraba despierta y leyendo un libro en una lengua antigua que no tardó en dejar olvidado para escuchar las novedades.
—Así que ya es hora, Itachi. —Ella le miró y el moreno frunció el ceño ante su escueto tono—. Sabéis lo que pasará cuando les encuentren, ¿verdad? Vuestro hermano torturará a Sasori hasta hacerle hablar de todo lo que sabe. En cuanto a Sakura...
Itachi le impidió terminar su resolución.
—He enviado a los cuervos con el aviso. Resguardarán la vida de Sakura, aun por encima de la de Sasori. —La rubia movió la cabeza en consentimiento, sintiendo que un extraño ambiente espeso llenaba la habitación.
¿Estaba Itachi preocupado por aquella niña? Tsunade estaba segura de que a Mikoto le hubiese encantado estar presente en aquel momento.
Aunque le hubiese fascinado que la situación en cuestión no fuese tan precaria.
—La madre de esa muchacha... va a desfallecer cuando se entere. —Los ojos de miel repararon en la cuestión.
Sería terrible para la madre saber que su hija había sido atrapada por el mismo príncipe Sasuke y probablemente maltratada de la manera más ruin. Itachi no iba a poder hacer nada en ese caso sin ponerse el filo de la espada en el cuello bajo la atenta mirada de Madara. Tenían que avanzar con aplomo y rigurosidad para evitar lo más posible los daños sin que el maldito consejero oliese lo que se cocía lentamente en el fuego. No por nada decían que el diablo sabía más por viejo que por diablo, y Tsunade no colocaba esa frase en duda ni por un momento cuando se trataba de Madara, cuyo rostro varonil de un hombre a mediados de los treinta, no impedía que la rubia supiese que llevaba los años del mundo encima. Ella misma se mantenía joven, y llevaba el diamante como prueba en la frente, pero no podía saber cómo él había detenido el tiempo sobre su cuerpo.
Las distintas respuestas a sus preguntas le causaban un estremecimiento.
Y tal era su preocupación por todo lo que sucedía, que no notó que Itachi se había ido en silencio, procurando no espantar sus analíticos pensamientos. Fue así, como Tsunade pudo volver a sentirse tranquila hasta cierto punto. Itachi sabría qué hacer y cómo, no por nada, era el primogénito de Mikoto.
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Desde que habían salido de la pequeña ciudad cuyos habitantes adoraban a la Madre Luna, Sakura había intentado no pensar en la misteriosa frase que vaticinaba su supuesto futuro, y aunque le gustaba usar más la lógica que la superstición, no podía dejar de pensar en el significado textual de palabras tan extrañas. «¿Seguirás hacia adelante o serás como el cangrejo que siempre irá hacia atrás?»; no podía entenderlo por más que le buscara las posibles interpretaciones; y, aunque estar en la ignorancia le proporcionaba cierta tranquilidad, el escalofrío que le producía la profecía a veces la empujaba a pensar que podría ocurrirles algo realmente catastrófico.
«No, estoy con Sasori. Nada puede pasarme»; se convenció con una calmada sonrisa.
—A veces he pensado que vuestro rostro observando la luna quedaría perfectamente tallado en una marioneta. Sería un registro anecdótico de tamaña hermosura —dijo Sasori con las comisuras levemente elevadas.
La joven de cabellos rosados respingó ante la intromisión de sus pensamientos y luego le devolvió una sonrisa mucho más grande, y antes de darse cuenta, lo estaba abrazando con una fuerza pronunciada que los desestabilizó a ambos.
—Sasori...—Le susurró ella al oído, cerrando los ojos para dejarse inundar por las sensaciones venideras.
—¿Tanto me extrañasteis? ¿Pudisteis notar mi ausencia aun cuando vuestros párpados no temblaban como síntoma del fin del sueño? —Sasori acarició su espalda y la alejó lentamente para escudriñar sus expresiones.
Ella se veía especialmente brillante aquella noche, en especial cuando el delicioso sonrojo cubría sus mejillas y sus ojos relampagueaban sólo para él.
—¿Fuisteis a vigilar las adyacencias aun con el paso de la noche? Siempre me impresioné de las variables cualidades que tenéis —aseguró ella, arrepintiéndose inmediatamente al notar el doble sentido de lo que había dicho.
Sasori rio un poco y le acarició los dedos que ella había colocado sobre su rostro, como tratando de ocultar su vergüenza.
—Recordad que ya no debéis sentir vergüenza —murmuró él antes de abrazarla—. Ahora somos uno, y eso no va a cambiar —siguió antes de depositar un beso sobre su coronilla.
Sakura sonrió ante tan reconfortante gesto, sin embargo, el escalofrío que recorrió su cuerpo fue tan intenso como preocupante. Tenía la sensación de que algo se le estaba escapando de las manos, pero no tenía ni idea del qué.
Esperaba, desde el fondo de su alma, que el repentino desasosiego no se hiciese aún más grande.
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No había nada que pudiera hacer para remediar la culpa. Sus ojos recorrían una y otra vez la figura maltrecha de su antiguo protegido, el príncipe del Imperio del Viento, Minato Namikaze, aquel muchacho que se había enamorado de la princesa Kushina Uzumaki y se había casado con ella dejando atrás su venganza personal contra el usurpador Danzō Shimura.
Ese mismo muchacho que él había sido incapaz de proteger.
Aquel maldito Uchiha lo había tenido encerrado, secuestrado por quién sabía cuánto tiempo. Todos habían creído, incluso él, que el ataque a la Nación del Agua y su posterior ocupación y desaparición de los mares había acabado completamente con la población del lugar, pero Minato estaba vivo en un estado precario y apenas consciente.
Su rostro demacrado y tan delgado envió punzadas de dolor directo a su pecho. Aunque hace unos pocos días que lo habían rescatado, todavía no se podía creer que lo tenía frente a él. ¿Cuán decepcionado se hubiese sentido el gran Tobirama Senju de su ineficiencia como el más capacitado guardia imperial? No había podido proteger a la familia Namikaze y el único superviviente había estado, hasta el momento previo a su extracción, prisionero de ese maldito Madara.
—Jiraiya-sensei... no tenéis que culparos —resonó su voz rasposa en cada rincón de la cueva.
El hombre mayor, quien seguía mirándolo como el más miserable de los hombres, apretó la mandíbula y frunció el ceño, contemplativo sobre la situación. Maldito fuera el Imperio del Fuego, la tierra de la cual había surgido el mal del mundo y tragado la luz de la tierra más de una vez.
—No pude protegeros.
Apretando la mandíbula y los puños, apenas podía hacer oír la razón por sobre sus sentimientos de culpabilidad. Incluso aunque Minato intentara quitarle el peso sobre los hombros, sabía que él no había hecho su trabajo como era debido. La culpa lo carcomía incluso si Minato decía que no tenía nada que ver con él.
Cuando recibió la orden de cuidar a quien la organización Akatsuki había rescatado de su cautiverio en el Reino del Norte, nunca se imaginó que fuese el príncipe Minato, el verdadero heredero del Imperio del Viento, quien se encontraba en tan terribles condiciones. Debía tener allí al menos diecinueve años, si es que ese maldito Uchiha no lo había tenido en otro lugar antes.
—Ya no tiene caso, en serio... —habló y el matiz de su voz denotaba cansancio.
Eso solo causó que Jiraiya se sintiera más culpable, pero evitó mencionar más palabras. Estaban en una de las cuevas de Akatsuki y este grupo seguía siendo terrorista por más que estuvieran intentando derrocar a los Uchiha y a su dominación. El hecho de que Tsunade estuviese trabajando parcialmente con ellos ya era suficiente.
—¿Y...? —Jiraiya lo pensó un poco más antes de continuar— ¿Y el niño? —cuestionó un poco reticente por ser un tema delicado, pero debía saberlo.
Durante todo el viaje no se había arriesgado a formular aquella pregunta, pero para él era obvio lo que había sucedido si Minato había sido capturado por Madara Uchiha. Ese monstruo era uno de los personajes más recurrentes y nombrados en la historia de las Naciones Elementales y sus Imperios. De solo pensar que alguna vez había compartido una fuerte amistad con el Gran Hashirama Senju, el emperador más grande que alguna vez tuvo el Imperio del Viento, le daba escalofríos.
Vio los efectos de su pregunta casi de inmediato. Los ojos vacíos de Minato le devolvieron la mirada. Aquel cielo azulado y en perpetua alegría que alguna vez había visto, ya no existía más.
—Kushina me dijo que lo protegiera, que lo cuidara... —Remordimiento, tristeza y frustración fue lo que embargó el semblante del desgastado príncipe, y aquel que alguna vez había sido el comandante de su guardia, sintió ese particular retorcijón en su corazón—, y yo... Yo no pude cumplir mi promesa... Fui incapaz de proteger a mi único hijo sensei. Mi Naruto... —Su voz se quebró hacia el final de la oración y las lágrimas surcaron las demacradas mejillas del hombre.
El anciano apretó la mandíbula, impotente. Si tan solo hubiera estado allí, si lo hubiese protegido lo suficiente...
Si no lo hubiese dejado solo.
—¿Dónde os atrapó? —interrogó una vez que se acercó con respeto y parsimonia. Sus dedos se apretaron alrededor de su hombro como símbolo de apoyo.
Una pausa extensa y luego su entrecortada respuesta.
—En la costa Sur del Imperio de la Arena.
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—Shukaku me ha traído un extraño sueño.
En el Salón Dorado del Imperio de la Arena, lugar de audiencias del Supremo, solo se oyó el sonido resquebrajado de la pluma de Kankurō deteniéndose en un instante. Su rostro tintado, tal cual la costumbre de los guerreros de la Arena, se viró hacia su emperador sentado en el trono que alguna vez había estado destinado para él, pero que él mismo había declinado en favor de su poderoso hermano menor, mucho más calculador, perceptivo y estratégico que él.
—¿Cómo? —inquirió con bastante curiosidad.
Aquellos sueños no eran nuevos ni raros, tenía que ver con la bestia con cola que había renacido en él y que las Antiguas Areniscas habían presagiado para su nacimiento. Los sueños premonitorios le daban a su hermano el don de la previsión. Por su parte, Gaara se limitó a fruncir un poco el ceño antes de decidirse a contestar algunos momentos después.
—Ojos azules y cabello rubio. Traje de ninja. Es Naruto pero no es Naruto. Es confuso —respondió en tono monótono, preguntándose por qué tenía ese tipo de premoniciones con alguien que se parecía demasiado a su mejor amigo. ¿O es que era él?
—Extraño, aunque Temari ya sabe dónde está Naruto. Trabaja actualmente en el Imperio del Fuego según su carta. ¿No os parece una ingratitud? Se crio con nosotros pero va a trabajar para otros y eso le ha traído tener que enfrentarse a Akatsuki, pero al menos sabemos que nuestra hermana y él están bien después de ese ataque —refunfuñó, mas Gaara no le prestó demasiada atención, así que chasqueó la lengua—. Ay, vamos. Es demasiado hábil y alegre como para que vuestros sueños os estén avisando de su muerte o algo así. Primero me moriría yo de viejo que él...
—Lo extraño de todo esto es que en mi sueño no lo percibí como el Naruto que siempre estuvo con nosotros. Era otro. —¿Esta vez su sueño no era literal? ¿Era alguna metáfora de cómo su trabajo en el Imperio del Fuego le estaba cambiando o era algo más profundo? Shukaku no le estaba poniendo las cosas fáciles últimamente.
Gaara se levantó de su asiento dorado y su arena formó los escalones necesarios para que bajase de la plataforma de su trono. Su mirada de aguamarina se centró en la alfombra marrón que relucía desde sus pies hasta los grandes portones cerrados que daban paso al salón principal de su palacio. Incluso las antorchas en las alturas crepitaron con más fuerza. Algo no estaba bien.
—¿Gaara…?
Kankurō también se levantó con lentitud y caminó en su dirección. Mantenía un porte solemne pues, pese a ser su hermano, era el Supremo de la Arena, el hombre más poderoso del imperio y seguía siendo su emperador; no obstante, eso no impedía que su preocupación escalara. Shukaku podía ser muy insistente en la mente de su hermano y desde pequeño le costaba conciliar el sueño con su voz susurrándole profecías y sueños premonitorios.
—Algo no está bien. Naruto está en peligro, lo siento. —Se giró con premura hacia su hermano y frunció el ceño—. ¿No está el Imperio del Fuego dividido en cuatro Reinos porque el Clan Uchiha se autoproclamó como la familia imperial luego del asesinato del Supremo Hyūga? Está en un imperio de ruinas y destrucción. La división crea caos —aseguró con un matiz trémulo en su voz.
Su preocupación estaba justificada, vio Kankurō, aunque también estaba seguro que el hecho de haberse criado juntos desde muy pequeños tenía una gran influencia sobre su percepción. Gaara y Naruto eran como la uña y la carne, quizás porque Naruto había sido un pobre niño huérfano demasiado entusiasta como para sucumbir a una vida miserable, después de todo, su padre lo había acogido en el palacio para que fuese el copero de los tres príncipes, Temari, Gaara y él mismo, pero ninguno sabía su procedencia más allá de su chillón cabello amarillo típico de los del Viento y el Rayo además de su nombre y un apellido extinto bordado en la manta que lo había protegido de los vientos de la Arena hasta que fue encontrado por la guardia personal del palacio.
—Si tanto os preocupa, puedo pedirle a Temari que lo traiga ante vos de las orejas, desmayado si es preciso —bromeó un poco entre dientes, pero Gaara permaneció taciturno, demasiado apesadumbrado—. Vamos, Naruto es un ninja poderoso, entrenó con vos, visteis su potencial y sabéis el poder que tiene actualmente. Lo conocéis, no se deja derrumbar por nada ni por nadie —alentó para que él dejara de preocuparse en vano.
Como uno de los miembros de su Consejo, no podía dejar que se distrajera con asuntos fuera de su alcance, incluso si ese asunto era su atolondrado amigo inseparable.
—Escribid a Temari… Cuando tengáis la carta, avisadme. Enviaré en su sobre otra para Naruto —ordenó con amabilidad antes de darle una palmada sobre el brazo a su hermano mayor y volver al trono. Pronto empezarían las audiencias y la guardia entraría en breves.
Debía ser precavido al comunicarse con Naruto ahora que sabía dónde estaba. Era consciente de que el rubio no le había escrito porque también estaba al tanto del riesgo que significaba hacerlo. Podrían acusarlo de espía al mantener correspondencia directa con el Supremo de otro imperio que nada tenía que ver con el Fuego.
—Lo haré —respondió Kankurō con rapidez antes de volver a su lugar junto al trono.
Era hora de concentrarse.
…
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Despierta.
Despierta.
¡Despierta!
Sus ojos se abrieron con el sonido atronador de aquella voz en su interior. Arqueó su talle porque le faltó el aire y su frente estaba perlada en sudor.
Pedía a borbotones bocanadas de aire y por poco no se ensombreció su consciencia. Algo en ella comenzó a gritar con pánico, como si el peligro estuviese demasiado cerca, al despuntar el atardecer que ya estaba cerca.
Sasori detuvo la cabalgata al darse cuenta de lo que le sucedía a Sakura, colocándose de inmediato en alerta e intentando descifrar si había algún tipo de amenaza cerca, y aunque era extremadamente hábil, no era un ninja sensor y tampoco había podido dejar sus hilos para saber si los seguían debido a que aquello solo habría facilitado el proceso de búsqueda y captura que el Clan Uchiha ya debía tener sobre ellos.
—¿Qué te está pasando, Sakura? —inquirió preocupado mientras la tomaba de la cintura para enderezar su postura y proporcionarle estabilidad.
La bajó de la montura y miró con ojo crítico su condición. Parecía que no podía respirar y hacía muchos esfuerzos por inhalar el oxígeno. Estaba en una especie de trance, pues aunque la llamaba, agitaba y miraba, ella observaba hacia algún punto en el cielo con insistencia.
Cuando quiso reparar en su entorno, ya era demasiado tarde. Conocía aquellos puntos inconfundibles de chakra, y no de los soldados del Reino del Norte, sino de los propios miembros del Clan Uchiha.
Madara y Sasuke estaban cerca.
Se impacientó y volvió a montar a Sakura sobre el caballo para luego hacerlo él, esta vez la acomodó entre sus brazos para que no se cayera. ¿Qué le estaba sucediendo? Aprisionó los labios y apuró nuevamente al cuadrúpedo, pero tuvo que detenerse cuando las llamas negras, típicas de los Uchiha, rodearon el perímetro de la carretera. No lo pensó dos veces para protegerse con sus hilos, provisto de precisión y una gran agilidad. Tenía que proteger a Sakura, quien al parecer ya estaba volviendo en sí después de su extraño ataque.
—Excelente, el traidor muestra su verdadero potencial.
Sasori ladeó la cabeza y sintió un escalofrío al ver el Sharingan rotatorio de Madara Uchiha. Justo a su lado estaba el príncipe Sasuke, quien lo observaba con una iracunda frialdad. Sabía que estaba dispuesto a matarlo y él no iba a poder con los dos al mismo tiempo. Lo sabía. Vio por un breve instante a Sakura parpadear, así que bajó de un saltó y con una palmada obligó al caballo a irse con Sakura en su montura.
—¿Con qué derecho os tomáis atribuciones que no os corresponden? ¿Acaso no fuisteis vos mismo su guardián mientras ella se convertía en una de las Favoritas del emperador? Los modales no son vuestro fuerte, capitán Sasori. —El tono bajo y burlesco le hizo pensar que aquellos dos ya tenían todo aquello a su favor, como si Sakura no fuese capaz de ir lejos.
Apenas tuvo tiempo de reaccionar. La velocidad de Sasuke fue infernal al saltar hacia un árbol y burlar la disposición de sus hilos, aunque su dedo meñique se movió por instinto, y de no ser por la espada desenvainada del príncipe, Sasori hubiese podido rebanarle el cuello.
Rápidamente tuvo que reparar en Madara, quien se acercó corriendo empuñando su pesada arma contra él. Afianzó sus pies sobre la tierra y saltó con fuerza mientras se sostenía con sus hilos. Madara levantó el polvo al clavar la empuñadura en el lugar donde Sasori había estado segundos atrás.
—Sabéis lo que os pasa a los traidores al Imperio. Vuestro Supremo está muy molesto —recalcó Madara con una media sonrisa fútil.
El cuerpo del ninja giró hábilmente y detuvo el ataque de espada proporcionado por Sasuke, quien se había subido al árbol con una conveniente velocidad. Sasori no le había visto venir, pero tuvo el suficiente arco reflejo para impactar su codo en la muñeca dominante del príncipe. Al notar su semblante, pudo ver que su Sharingan también estaba girando. Tuvo que bajar la mirada con rapidez.
Estaba muy cerca y mirarlo directamente significaba perder. No había persona en el mundo, que él supiera, que pudiera salvarse de una ilusión creada por esos ojos malditos de los Uchiha.
—¿Qué Supremo? El Supremo Hyūga murió hace años. Todos saben que vos y vuestros adeptos estuvieron implicados en su muerte —recordó oportuno previo a volver a saltar hacia el suelo, esquivando las llamas negras de Sasuke.
Madara solo dejó escapar un soplo de risa antes de virar el rostro para dirigirse hacia sus enmascarados subordinados. Sasuke y Sasori empezaron a pelear cuerpo a cuerpo. El pelirrojo quería darle tiempo a Sakura para que huyera, pero Madara parecía muy interesado en obtener a la muchacha.
—Traigan a la puta. No puede quedarse sin ser castigada luego de huir de sus deberes reales —ordenó.
Sasori invocó a su marioneta más débil para distraer por unos momentos a Sasuke, el tiempo suficiente como para matar a los ninjas de Madara, pero fue él mismo quien se interpuso en su camino, lanzando fuego negro por la boca e impactando en su dirección.
Él tuvo que dar un gran salto en reversa para cubrirse, pero eso causó que tuviera que dejar escapar al par de lacayos. Contuvo el chasqueo de su lengua porque no tuvo respiro. Haló los hilos y tuvo que invocar a otras tres marionetas para cubrirse de los ataques consecutivos. Sus dedos expertos manejaron sus propios puntos ciegos y pudo resistir el embate de las dos bestias que lo atacaban.
Un poco más allá de la batalla, Sakura intentaba agarrarse con estabilidad a las riendas del caballo. Había perdido el conocimiento por unos momentos, pero cuando volvió en sí, estaba sola y casi cayéndose entre la veloz carrera del animal, pero... ¿Dónde estaba Sasori?
Asustada, intentó no entrar en pánico, pero dos figuras aterrizaron frente a ella y el caballo relinchó, agitándose con la repentina aparición. Ella se soltó de las riendas y sabía que iba a caer, pero pronto otro hombre enmascarado impidió que tocara suelo y la enderezó.
—Por órdenes del emperador, Su Majestad Itachi Uchiha, nosotros escoltaremos a la favorita Sakura Haruno hasta el Castillo en Llamas. —La muchacha solo podía ver la espalda de quién hablaba y las borrosas sombras del par de ninjas que se le habían aparecido, así que no sabía lo que estaba sucediendo exactamente, solo que debía escaparse porque esto era malo. Muy malo—. Volved con su Excelencia Madara y ayudad en su batalla.
—Pero, ¿qué decís? Madara-sama nos ha encargado llevar a esta puta de vuelta —reclamó uno de los enmascarados frente a ellos.
—Tened cuidado con cómo os referís a una de las mujeres del emperador. Vuestras palabras podrían ser tomadas como afrentas personales —reprendió.
Sakura intentó zafarse, pero el fuerte agarre del ninja a su lado era implacable. Ella lo observó con molestia.
—Quedaos quieta —susurró a modo de sugerencia—. Qué problemático es esto... —Su tono sonó aburrido, incluso con el eco de la máscara.
Un par de miradas más y su compañero pudo girarse, así que ya podían retirarse sin mayor contratiempo. Al menos los subordinados de Madara no eran obtusos y él debía agradecer que el emperador le diese una de las tareas que nadie quería hacer, o sea, vigilar constantemente los caminos sin hacer nada... oh, Shikamaru realmente amaba no hacer nada y en cambio le fastidiaba bastante este tipo de sucesos. ¿Es que acaso Su Majestad no tenía suficientes mujeres ya?
—Subiros a mi espalda, es por vuestra seguridad —recomendó mientras se acuclillaba. Sakura quiso forcejear, pero escuchó al ninja del emperador chasquear la lengua mientras hacia un signo con los dedos de sus manos. Ella se asustó de inmediato, pues había perdido completamente la movilidad—. ¿Qué os acabo de decir? No creo que haya sido una oración tan complicada. Qué problemático... —Escuchó que decía antes de que se decidiera a acatar su orden de una vez.
—Listo. Mandad de vuelta a los cuervos y avisad al emperador que su mujer vuelve en breves —ordenó hacia el ninja que le acompañaba y se dispuso a correr con Sakura a cuestas.
Sin embargo, no llegó demasiado lejos antes de que tuviera que detenerse, pues la encarnecida batalla que se libraba en el camino había quemado ese perímetro del bosque. Sangre, cenizas y marionetas estaban esparcidas por el suelo y Sasori yacía en el suelo en un charco de sangre.
Sakura emitió un alarido y en un descuido de Shikamaru, ella le hizo tambalear hasta que la hizo caer. La joven no lo pensó dos veces antes de quitarle un kunai del cinto colgante en la cintura y levantarse con él, corriendo hacia una silueta.
Madara solo parecía levemente agitado, pero Sasuke tenía sangre en la cabeza y el pecho además de parecer un poco desenfocado. Estaba junto al cuerpo de Sasori que no se movía.
—¡Sasori! —gritó alarmada y con voz llorosa.
Cuando Sasuke se interpuso en su camino, no lo pensó dos veces antes de alzar el kunai e incurrir en alta traición. No le importó nada más que tener la posibilidad de comprobar que Sasori seguía viviendo. Con eso bastaba, aún si tenía que irse con ellos y no volverle a ver jamás, pero él seguiría con vida.
¿Verdad?
Sus lágrimas incipientes le nublaron la vista.
—¿Creísteis que podíais hacer lo que quisierais? —Sus dedos firmes se cerraron en torno a la muñeca de Sakura, apretando hasta que ella perdió la fuerza en el agarre del kunai—. No habrá salvador para vos en este mundo. No hay ser que ahora pueda libraros de mí, Sakura. De haber sabido que érais de cualquiera, podría haberos hecho mía mucho antes —habló con un tono enloquecido antes de propiciarle un golpe que la dejó en el suelo.
Shikamaru estuvo a punto de volver a nombrar la orden del emperador al notar las intenciones del príncipe, pero él no era nadie y Madara se encargó de hacérselo saber en breves.
—¿Qué veis? Avisad a vuestro emperador y recoged el cuerpo del traidor —exigió agregando una leve seña con su cabeza.
Los gritos desesperados de aquella joven le martillaban en los oídos y de refilón observó con asco cómo Sasuke Uchiha, tan malnacido como era, rasgaba el vestido de Sakura y se colocaba sobre ella. ¿De verdad estaba viviendo esa escena tan macabra? Él... Él planeaba forzarla junto al cuerpo y la sangre del capitán Sasori...
«No lo planea, ya lo ha decidido.»; se dijo ya con ganas de vomitar.
Teniendo que hacer de oídos sordos a los, cada vez más fuertes y desesperados, gritos de Sakura, recogió junto a su compañero el cuerpo del ninja y se guardó para sí que aún respiraba.
Un cuervo sobrevoló las cabezas de los presentes mientras su ojo rojo les observaba.
En el Castillo en Llamas, Itachi golpeó con fiereza su escritorio mientras desactivaba el Sharingan, mostrando un signo de impotencia por primera vez en varios días. ¿Cómo es que Madara había sido capaz de llegar tan rápido? Incluso más rápido que sus cuervos...
¿Qué clase de técnica había desarrollado en el último tiempo y cómo no había sido capaz de adelantarse a eso? Una profunda ira entremezclada con impotencia lo invadió.
«Madre...»
Le estaba fallando, incluso con Sasuke, que se estaba convirtiendo cada vez más en un monstruo, capaz de profanar el cuerpo de una joven que acababa de perder a alguien importante. No había sido capaz de proteger a Sakura de sus intenciones y no había previsto que Madara permitiera tal afrenta.
Su hermano estaba perdido.
...
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Próximo capítulo: Sin identidad.
