—Por fin, qué bueno que llegaron. Armin no deja de decir cosas extrañas.
—¡Jean! —lo reprendió el comandante con gesto de espanto.
Mikasa detuvo el caballo frente a los muchachos y esperó a que Pieck desmontara para bajar ella. Ambos hombres se levantaron de su asiento.
—¿Necesitas ayuda? —le preguntó Jean a la mujer más pequeña, extendiéndome una mano.
.La chica miró a su alrededor hasta que encontró al escolta que las acompañaba. El muchacho en vez de estar pegado a ellas se quedó con el par de guardias que se quedaron con Armin y Jean.
—Pieck, ya bájate. Yo también estoy cansada —gruñó Mikasa.
Pieck terminó por suspirar y aceptó el brazo de Jean para bajar entre un salto y un patético deslizamiento. Todo su peso lo recargó en el joven y cuando dieron un par de pasos lejos del caballo Jean notó que se le doblaban las piernas.
—Malditas bestias, no entiendo por qué no los dejan sueltos y usan carros de motor. Es más fácil —lloriqueó ella.
—Son más baratos y rápidos que los carros, y nadie te obligó a ir. Tú sola te ofreciste cuando Mikasa preguntó.
Mikasa bajó en ese momento del caballo, hizo una pausa y se recargó contra el costado del animal, palmeándole el cuello.
—Eh, Mikasa, ¿estás bien? —preguntó Jean, y luego agregó, fanfarrón—: Si necesitas te puedo ayudar también, puedo llevar a cada una en un brazo.
—Qué galante —se mofó Pieck.
—No, sí puedo caminar —dijo Mikasa dando un tembloroso paso hacia adelante.
La joven entregó las riendas al guardia hizuru que a penas las alcanzaba y avanzó hacia Jean, tomándole el hombro firmemente pero sin recargar demasiado peso en él. Así avanzaron hasta el carro de motor que ya los esperaba, como si estuviera cargando con anciana y media.
—Nunca me habían dolido tanto las piernas —se quejó de nuevo Pieck.
—¿En serio no? —preguntó Jean con media sonrisa, a lo que Pieck le respondió con un golpe en el estómago. No usó toda su fuerza y Jean se lo esperaba, así que no soltó más que un quejido suave—. Lo decía porque llevaste entrenamiento militar, es difícil de creer que no te dolieran tanto las piernas entonces.
—Sí, seguramente —refunfuñó ella, quitándole peso de encima a Jean—. ¡Santo cielo! ¿Es ella? —Chilló ahora a ver a la beba en los brazos de Armin—. Jean, tienes que prestármela.
—No se presta, pero si te sientas antes la puedes cargar.
—Yo también, por favor —dijo Mikasa.
Jean volteó a mirarla y fue entonces cuando se escuchó una ráfaga de disparos seguidos por un:
—¡Pelea, pelea! —Y más disparos.
El escolta de Pieck y Mikasa llegó a su lado en un abrir y cerrar de ojos, gritándoles:
—¡Suban al carro, rápido!
—Hiromu... —comenzó a decir Mikasa pero el hombre les indicó que se apuraran de nuevo, empujando la espalda de Jean y Mikasa al tiempo que tomaba a esta última del brazo y la jalaba al carro.
Jean tomó a Pieck de la cintura y avanzó a toda velocidad al carro, en donde otro soldado ya estaba empujando a Armin con todo y bebé al interior. El muchacho, Hiromu, cerró la puerta con fuerza una vez que los cinco estuvieron a bordo para luego ponerse la capucha y correr a subirse a su caballo.
Todos intentaron asomarse por las ventanas para ver qué ocurría: había gente corriendo, se escuchaban los gritos de los adultos y los llantos de los niños, ¿qué había pasado? Fue Armin quien vio los cuerpos: tendidos en la piedra de la calle. Dos niños y una mujer, y más lejos había otro grupo de muertos mientras el asesino se había perdido de la vista. Al ver su rostro los otros tres adultos miraron en la dirección que el comandante lo hacía para descubrir una vez más la escena. Una madre y sus dos hijos. Se veían tan normales como el resto de los transeúntes, si se obviaran los lazos que la madre y la hija pequeña llevaban en el cabello, marcándolas como inmigrantes.
—¿Qué pasó? —preguntó Jean con la voz ahogada, las manos a los lados de la cabeza.
No obtuvo respuesta, pero en realidad ya sabía lo que había pasado. Habían matado a una familia extranjera al grito de los jaegeristas: ¡pelea, pelea! ¿Qué amenaza pudieron haber puesto una mamá y sus hijos como para tener que luchar contra ella?
Dentro de sí sentía, como veía en los rostros de sus compañeros también, las ganas de pelear. De encontrar al culpable y defender a esa gente, pero se encontraban bajo la custodia de los guardias de Lady Kiyomi y de su Majestad, no contaban con armas, ni con equipo de maniobras, ni nada. Estaban sentados en un carro, huyendo y escudándose detrás de otros para que los defendieran como un grupo de nobles como los que se suponía que derrocaron tantos años atrás.
La cría sacó a Jean de sus pensamientos cuando emitió un quejido suave y luego otro más que sugería que empezaría a llorar.
—A ver, dámela —le dijo Pieck a Armin. Más que levantarla, dejó que el joven se la pusiera en el regazo—. Pero si eres una ternurita, ¿verdad Mikasa?
—Es igual a Jean.
Jean levantó la mirada para ver una ligera sonrisa en el rostro de Mikasa, que pasaba una mano por el cabello rojizo de la pequeña y sintió que el corazón le dio un saltito.
—¿Eso es bueno o malo? —preguntó él.
—De hecho, Jean, ¿cómo hiciste para que fuera tan igual a ti? —Dijo Pieck, no dejando que Mikasa respondiera.
—De verdad, en serio. Te juro que no fue a propósito —Armin soltó un intento de carcajada—. En serio, ¿qué tiene que es tan similar a mí?
—Tiene algo tuyo en los ojos —dijo Mikasa, pensativa.
—Y buenos pulmones, chilla con la fuerza que tú gritas —añadió Armin.
Al escucharlo Mikasa arrugó la nariz, pero se le veía menos incómoda con él que anoche. El hecho de que aceptara presentarse con los cadetes indicaba que hizo bien al entregarle la bufanda a Armin. Ojalá hubiese podido dársela él mismo, pero al menos vio cómo la recibía. Se palpó el bolsillo para revisar que lo que había hecho en el camino de ese día, con los hilos que aún no había devuelto, siguiera ahí.
—No grito tan fuerte.
Mikasa solo volteó los ojos y devolvió la mirada a la bebé para luego preguntar:
—¿Cómo se llama?
Jean volteó a Armin, como si este último guardara la respuesta. Armin solo se encogió de hombros.
—No vi su nombre en el papeleo, ¿lo viste tú? —se excusó el rubio.
—No, ni en la carta de Levi, la leí un centenar de veces al menos —respondió Jean sacando un par de hojas de su maleta para escanearlas.
—Es increíble que no hubieran pensado en eso antes, ¿no llevan como dos horas con ella ya? —Jean solo suspiró y se encogió de hombros. De verdad había sido una estupidez no cuestionarse el nombre de la cría hasta entonces, pero odiaba cuando Pieck lo regañaba—. Reiner y Connie, ¿no les interesó tampoco?
—Aquí está —la interrumpió Jean—, pero solo viene el apellido, no el nombre.
—¿La madre se apellida Bonfils? —preguntó el otro hombre al asomarse.
—Mi madre, es su apellido de soltera y ese es el nombre que está usando mi familia actualmente. Los Kirschtein dejamos de existir el día que detuvimos a Eren —respondió con una amarga sonrisa—. Creo que voy a tener que enviarle una carta al capitán Levi para preguntarle si se la entregaron con nombre.
—¿No tardó como dos semanas en llegar la última que te envió? No puedes tenerla un mes sin nombre —le reclamó Pieck con ese tonito de madre regañona que le salía a veces.
—Ni siquiera puede venir cuando le hablo-
—Jean.
—Ya sé, Pieck. Es que no se me ocurre ninguno, no pensé que además de todo tuviera que pensar en eso.
—¿Qué tal Jeanette? —lo cucó Armin—. Últimamente se ha vuelto popular en algunos sitios al sur del continente.
—Estás loco, y tampoco se va a llamar Armeen.
—¿Qué tal Odile? —sugirió de nuevo el otro hombre.
—No, Armin, no va a llamarse como mi madre. De hecho, podría ponerle como a la tuya.
—¿Kari?
—No, mejor no.
—Mi padre me leía un cuento en donde había una niña llamada Irinia—comentó Pieck.
—Ese me gusta, ¿entonces mi suegro escoge el nombre?
Fue ahí cuando sintió el puntapié y se le escapó una risa. Pieck le dio en la pantorrilla, que seguía adolorida por el triste intento de entrenamiento de dos días atrás, pero el golpe llegó sin fuerza, sin duda porque ella estaba mucho más cansada que él por el entrenamiento sumado a la cabalgata de hoy.
—Auch —dijo Jean con media sonrisa.
—Y luego te enojas porque no quiero viajar contigo —le escupió la mujer.
—Auch —volvió a decir él, ahora más bajo y sin la sonrisa.
Armin soltó aire ruidosamente, acostumbrado a intercambios de ese tipo, y Jean bajó la mirada, así que no alcanzó a ver que la expresión de Pieck se ablandó al verlo así. De todas formas, la chica no tuvo la fuerza para disculparse.
—Oigan, sobre lo de hace rato —habló Mikasa con voz queda después de que el silencio se extendió por demasiado tiempo—, había escuchado que pasaban cosas así en las ciudades, pero nunca lo había visto.
Pieck había desviado el tema hacia su bebé para evitar la tensión del asesinato. Ahora que se pusieron tensas las cosas entre Pieck y él, Mikasa estaba regresandolos a discutir lo incómodo.
—¿No pasa mucho en Shiganshina, Mikasa? —se aventuró a preguntar Jean. Sabía que pasaba, estaba pasando en todos lados, Historia les escribió algo al respecto antes.
—No, pero no estoy segura de que nos lo hagan saber cuando pasa—reflexionó la mujer—. Pero para eso estamos haciendo esto, ¿no? Para que haya paz.
—Deberíamos hacerlos limpiar a ellos —dijo Pieck, su mirada más cargada de veneno que cuando le respondió a Jean.
—¿A la gente? —preguntó Armin, como si de verdad estuviera contemplando la posibilidad.
—Sí, les parece fácil ignorarlo cuando es el ejército el que se deshace de las víctimas y limpia las calles —confirmó ella—. Cuando tengan que levantar los cuerpos y limpiar la sangre no va a ser así de fácil. Que se den cuenta de que así como mueren los animales extranjeros mueren los locales.
—Suena inhumano —dijo Jean. La misma mirada dura y calculadora de Armin la tenía Pieck
—Suena a que dividimos a la gente —respondió Armin—. Es más fácil que delaten a los terroristas si por su culpa le toca a los demás hacer el trabajo sucio.
—Puede ser, no creo que el ejército tenga inconvenientes en librarse de la tarea —comentó Jean metiéndose los dedos entre el cabello, por encima de la oreja—. Entiendo su punto, pero me parece injusto y desagradable. Y aunque los delaten, los imbéciles soldados son como Floch, no sienten empatía por nadie que no sea la gente de la isla.
—Mientras el pueblo lo siga permitiendo los crímenes van a ocurrir, independientemente de que el gobierno ponga mano dura. Si hay quien facilite y quien encubra no se va a atrapar a nadie —argumentó el comandante—. De esta forma el ejército tendrá que ponerse firme si quiere evitar linchamientos.
¿Linchamientos? No podía hablar en serio. Jean miró sus manos y estiró los nudillos, adoloridos. Había estado tronándose los huesos sin prestar atención. Miró frente a él y se encontró con Mikasa que escuchaba la conversación atentamente, como siempre, sin participar mucho y torciéndose el cabello que llevaba recogido en una coleta baja.
—En cuanto lleguemos le mandaré una carta a Historia sugiriéndole esto. Seguro que dirá que sí —aseguró Armin.
—Si me disculpan —se excusó entonces Pieck, pasándole a Jean su beba—. Desde hace años no me siento tan cansada.
Se dejó caer en los muslos de Mikasa, dispuesta a usarla como una improvisada almohada sin notar la mirada alarmada que la otra muchacha le dedicó. La bebé comenzó a quejarse, como lo había hecho cada que la cargaba su padre y soltó un berrido, sin llegar al llanto.
—Tienes razón, Armin, tiene los pulmones de su padre. ¿No puedes cargarla y que al mismo tiempo no llore? —dijo Pieck con los ojos entrecerrados.
Jean la ignoró y trató de imitar la forma en la que sus amigos la habían cargado. Era increíble que Pieck, siendo tan pequeña, encontrara una posición en la que la bebé estuviera cómoda, así que él no tenía excusa. La apretó contra su propio cuerpo como había visto a hacer a Connie y la pequeña se calmó, aunque sin serenarse del todo.
—Irina, Irina, no causes problemas. No te queremos llorando todo el camino hasta el norte —canturreó el joven con el mejor intento de voz suave que tenía—. No fue el suegro el que eligió el nombre, fui yo. Irina en vez de Irinia. Creo que le diremos así hasta que reciba la respuesta de Levi.
Miró hacia el frente con dirección a las chicas y vio a la ya dormida Pieck sobre una Mikasa que apenas recuperaba la comodidad. Sintió celos. Ese sentimiento era inconfundible después de haber pasado tantos años sintiéndolo sin parar. ¿Serían celos de Mikasa, deseando tener a Pieck en sus piernas? Probablemente no, era la sensación de la textura suave de los muslos en la cara lo que casi podía sentir. Pero no era correcto, volteó por la ventana intentando distraerse.
No pasó mucho tiempo cuando alcanzaron al otro carro y continuaron el viaje, quién sabe por cuánto más.
Hola amiwas, ya ni me voy a disculpar :b
Voy a estar actualizando cuando pueda estas dos semanas, pero no puedo prometer nada, ya que terminen mis clases volvemos a la normalidad :(
Les agradezco mucho por su apoyo, sus votos y comentarios, me hacen latir mi corazoncito
