Mikasa terminó su relato con la muerte de Eren, cuando en una nube de vapor los titanes desaparecieron. No habló sobre lo que ella hizo, ni sobre el cuerpo, terminó con el relato de una batalla interrumpida.

Los guardias la miraban con el rostro ensombrecido, más aún que sus amigos (que ya habían escuchado esa versión de la historia) y la familia de Jean y Connie.

Dejó que las lágrimas corrieran por su rostro, dudaba que alguna vez pudiera mencionar a Eren en voz alta sin derramarlas, menos aún relatar su muerte, pero se cuidó de sollozar. Sabía que si se le escapaba un sollozo no pararía de llorar. No lo había hecho con gente a su alrededor, pero allá en casa las lágrimas no se le terminaron la primera vez que lloró por Eren hasta una semana después. Por lo pronto, ya tendría tiempo de llorar en serio por la noche.

Ina le puso un pañuelo en el muslo y Mikasa lo tomó, agradecida, para limpiarse el rostro. Sonrió ligeramente al darse cuenta de que el pequeño Harlan había gateado hasta ponerse encima de Armin, quien también sostenía a Irina, y reía tratando de alcanzar el cuello de la camisa del comandante. Era por ellos por quienes derramaba esas lágrimas. Si ese era el costo por las vidas y las sonrisas de su familia lo pagaría sin problema alguno, no era mucho pedir comparado con todas las veces que ya había llorado hasta entonces.

Y realmente no sollozó hasta más tarde ese día, mientras molía las hierbas secas que trajo de la pequeña botica del médico. Improvisó un metate con un par de piedras de río y mezclaba los polvos con savia de la única planta de la receta que pudo reconocer fresca en el bosque.

El despliegue de emociones de hacía rato la puso sensible, supuso, porque ahora la razón de sus lágrimas era que su madre la había enseñado a reconocer esas plantas y ya no lo recordaba. Había tenido que comprarlas y por eso el ungüento estaría listo días después de que había descubierto que alguien lo necesitaba. Tanto se esforzó por memorizar los nombres y los sitios en donde estaban, tanto le insistió su mamá en que debía aprender para poder reaccionar ante una emergencia y lo terminó olvidando. Sentía que estaba traicionando a su familia, que había desperdiciado los preciosos años que había tenido con sus padres.

Terminó su menjurje y le dio el frasco que lo contenía a Jean cuando se topó con él camino de vuelta al dormitorio con la indicación de colocarlo en sus manos resecas. Tenía sueño, quería dormir. Quería cerrar los ojos y despertar cuando esto terminara, cuando pudiera volver a su casa, al pie de la colina y volver a su rutina, sin nada que la hiciera pensar o sentir demasiado.


Por fin era hora de irse. O lo sería dentro de media hora, en fin.

Reiner estaba pasando sus últimos momentos ahí junto con Ina. La mujer despedía un olor a plantas que él hubiera considerado agradable de no percibirlo también todo el tiempo en las manos de Jean.

—¿Me vas a extrañar cuando me vaya? —fue la pregunta que hizo él, acercándose de un brinquito sobre la cama a ella para estar sentados lado a lado, provocando que el hijo de la joven, sentado en las piernas de Reiner, riera con el movimiento.

—Voy a extrañar quien lave mi ropa —respondió Ina con media sonrisa—. A veces me pongo de acuerdo con la señora Springer e intercambiamos tareas, pero no creas que mis tíos ayudan demasiado…

—¿Y no vas a extrañar platicar con alguien de tu edad? —insistió Reiner. A ella le encantaba irse por las ramas y él se sentía que la jalaba de los pies, como a un globo a punto de escapar. Le fascinaba.

—No tienes mi edad, me llevas un año. Creo que solo Annie tiene mi edad y no recuerdo que me haya dicho nada en estas dos semanas, pero… —Se le acercó a Reiner al rostro abruptamente—, si regresas no tengo por qué extrañarte, ¿o sí?

El hombre vaciló antes de sonreír. Por supuesto que volvería, desde un principio lo había planeado, pero no esperaba que ella se lo pidiera. Muy a su modo, pero era una petición. La realidad era que sí quería salir de pueblo-quieto a como diera lugar, pero por otro lado no veía la hora para pasar todo su tiempo libre hablando con Ina.

Ojalá cuando terminara la gira estuvieran todos a salvo y pudiera llevarla a conocer otros sitios además del aburrido Trost. Quizá incluso llevarla al continente para que viera el mundo.

Por un segundo sintió culpa, como no era poco usual. Tenía grandes planes para Ina y para su hijo, Harlan, pero ¿se hubiera evitado la muerte del esposo de la mujer si él hubiera tomado acciones diferentes diez años atrás? ¿Siquiera lo hubiera conocido?

—Oye, no es de a fuerzas, pensé que preguntabas porque querías que nos siguiéramos viendo —le dijo Ina, interrumpiendo sus pensamientos.

Reiner apretó la mano que la mujer le puso en el muslo. A veces él también era un globo que había que alcanzar.

—No te preocupes, estaré aquí la tarde del día que me liberen Armin y su Majestad —le prometió a Ina, sonriendo de nuevo.

Le había expuesto a Armin y Connie sus dudas. El primero le dio la razón a estar preocupado y simpatizó con el sentimiento porque él también pudo haber tomado decisiones que cobraran menos vidas. Connie, en cambio, tenía otra respuesta:

«¿No hiciste lo mejor que pudiste? Yo tengo remordimientos también, claro, pero hice todo lo que se suponía que hiciera, tomé mis propias decisiones y el resultado que obtuvimos fue el resultado que tenemos. Eres un idiota, y muchos sufrimos por tus acciones, pero tratabas de que la menor cantidad de gente sufriera. Sigue haciendo lo mismo, redime tus errores ayudando a todos a quienes puedas ayudar».

A veces subestimaba demasiado a Connie. No era el mejor estratega ni actuaba bien bajo presión, pero al contrario de sus otros dos amigos no le molestaban sus emociones ni dejaba de ser sincero cuando se trataba de sentimientos.

—Me imagino que Jean no tarda en dejarte a su niña, creo que debería irme.

—Por favor, Reiner, no puedes vivir con miedo a mi primo.

—No es miedo —rió él—, es que tengo que pasar las próximas semanas con él. Dejaste de verlo cuando entró en la adolescencia, pero yo lo conozco desde entonces. Su carácter es…

—Una patada en las bolas, lo sé. Pero está bien, lo has visto a diario por tres años. No me voy a molestar contigo, siempre y cuando regreses.

Reiner se levantó, sonriendo y dejó al niño en las piernas de su madre, luego se dirigió a la puerta. Aparentemente había sido una buena decisión salir en ese momento, pues al doblar la esquina se topó casi de frente con Jean con su cría en brazos.

—No vienes de donde creo que vienes, ¿verdad? —le preguntó con los ojos entrecerrados. Sí se parecía un poco a Ina, si Ina fuera larguirucha y gestosa.

—Si crees que vengo de besarme con la señora Springer quizá estés en lo correcto.

—Sigue así y lo que te voy a dar no van a ser besos.

Sonaba como una amenaza, pero Jean estaba mucho más tranquilo desde la vez que encontró a Ina abrazando a Reiner por haber hecho que el niño tomara una siesta después de pasar una eternidad haciendo berrinche. Quizá su amigo ni siquiera se hubiera molestado tanto si no se le hubiera mojado la camisa al contacto con la blusa de ella, o si el idiota de Connie no hubiera empezado con sus chistesitos de leche humana y leche de animal.

—¿Y qué tendría que hacer para ganarme unos besos suyos, embajador Kirschein? —preguntó en juego.

—Eres una peste —resopló Jean, empujándolo suavemente y comenzó a alejarse en dirección al cuarto de su prima.

Reiner solamente se rió y se encaminó fuera, al dormitorio. Al salir pudo ver, casi escondidos, a Armin y Annie detrás de la casa. Estaban hablando a escasos centímetros uno del otro, seguramente haciéndose mimos. Haría como que no los había visto, la vez que tuvo la imprudencia de preguntarle a Armin que si ya lo habían estrenado Annie recurrió a la violencia y le dio un rodillazo en el riñón. Aprendió a nunca molestarlo como hacía con los otros dos (y hasta Pieck cuando ella estaba de buen humor), especialmente no con Annie cerca.

No tenía más que hacer que revisar por última vez sus pertenencias (un par de trajes, tres cambios de ropa casual y dos cambios para dormir, además de dos pares de zapatos, artículos de higiene como jabones y rastrillo, y la correspondencia de su madre y su prima) y descansar un rato en su cama.

Pieck, que era de cerca con Jean la que tenía más pertenencias corría de un lado a otro del dormitorio revisando que no le faltara nada. Armin les dijo que prepararan las maletas anoche. Era difícil atender a sus órdenes la mayoría del tiempo, pero esta vez Reiner había obedecido, a diferencia de la mujer.

Los únicos a los que no vio en su camino de regreso fueron Connie, que seguro estaba en la habitación de su madre pasando tiempo con ella, y Mikasa, que… quién sabe qué haría esa mujer en su tiempo libre. Rebanar ardillas del bosque con sus espadas o algo. No pasaba mucho tiempo a su alrededor y por el contrario de Armin, a quien había tenido cerca los últimos años, no lograba imaginarla haciendo otra cosa que seguir como un perrito faldero a Eren y todas las estupideces que se le ocurrían. Tal vez debería tratar de conversar un poco con ella, parecía que incluso Annie tenía una relación (tan amistosa como podían ser las relaciones con la rubia). Y pensar que la última vez que las vio juntas se tiraban esas miradas de haber visto un bicho muerto y se tentaban una a la otra para agarrarse a golpes.

Antes de lo pensado llegó la hora de irse. Acababan los días de holgazanería.

Al final, a pesar de las dos semanas sin práctica estuvieron listos todos en tiempo y forma. Incluso Mikasa, que salía por primera vez como embajadora, así fuera temporal. Solo bajó a despedirlos la familia de Jean, a la señora Springer no se le veía en ningún lado. Reiner estuvo a punto de preguntarle el motivo a Connie hasta que lo vio con el rostro desencajado y los ojos vidriosos, ¿se habrían peleado?

—Por lo menos escríbenos, Jeanboy, tengo como cuatro cartas tuyas desde que te fuiste de la casa —reprendía la señora Kirschtein a su amigo.

—Sí les voy a escribir, no creo que vaya a estar tan ocupado esta vez.

—Y todavía podemos cuidarte a la niña si no quieres llevártela —añadió el señor Kirschtein.

—No pasa nada, Armin ya la contrató.

Reiner no veía tan mal que la pequeña se quedara alejada del movimiento y al cuidado del resto de su familia pero Jean le había contado dos días antes el motivo del rechazo a esta invitación: no confiaba en su madre para no untar a su beba de remedios caseros con los que se habían criado ellos y porque ya había tomado el compromiso con Armin, su Majestad e Irina misma para hacerse cargo. Por otra parte, desde lejos podían verse las verdaderas intenciones de los padres: sí, querían a su nieta, pero también querían un lazo que los atara al joven que una vez más se les iba.

—Entonces por lo menos no regreses con otro chiquillo —dijo la mujer en su constante tono de regaño a Jean.

—No, uno más no lo cuidaríamos —le dio la razón el señor, como siempre.

—Y si lo haces por lo menos que sea casado, amor. Chicas, no nos molestaría para nada que fuera una de ustedes, pero si no por lo menos traten de ayudarlo a conseguir una muchacha buena —esta vez habló con dirección a Pieck y Mikasa, que intercambiaron miradas apenadas ante un horrorizado Jean, pero no hablaron—. ¿Verdad que sería lindo tenerlas en la familia Egon?

—Sí, ambas son muy guapas.

—¡Santo cielo, cállense par de viejos! —gimió Jean cubriéndose el rostro.

Reiner no tuvo una despedida así, su madre no estaba angustiada al verlo partir. Puede ser quizá que lo vio luchando contra la amenaza más grande que iba a atravesársele en la vida, quizá porque lo había visto convertirse en un hombre y cargar con el peso del mundo sobre los hombros. En realidad él se había sentido aliviado cada vez que se despedía de su familia, pero a sus amigos los veía abatidos por la partida.

Para todos los demás las despedidas consistieron en «fue un gusto, fue un placer» y algunos abrazos y palmadas en la espalda. Armin y Pieck se habían ganado a los señores Kirschtein con sus buenas maneras. Connie se despidió sin mucha efusividad, con su actual humor taciturno incluso de Ina. Mikasa y Annie fueron las que se mantuvieron más al márgen, ambas igual de antipáticas.

Ina abrazó a Reiner, quizá un poco más de lo esperado y aferrándose a sus hombros le susurró algo en su oído.

Connie, por su parte, seguía pensando en la escena de hacía un rato con su madre. No había tenido problema alguno hasta la semana pasada. Probablemente entonces fue cuando ella vio cerca la partida de su hijo. Tal como los padres de Jean invitaban a su amigo a dejar ahí a la niña, Connie era invitado constantemente por su madre a permanecer en el claro del bosque, a que le ayudara con el huerto o a cazar. Si realmente hubiera querido ayuda con eso hubiera pedido quedarse con Mikasa, pero era obvio que le costaba soltar no a un ayudante, sino a su niño de nuevo.

El joven hubiera dicho que actuó como loca en otro contexto, pero no, loca no era la palabra que buscaba porque de cierto modo entendía la reacción. Tal vez "poco razonable" se acercaba más.

Más temprano subió a pasar un rato con ella. No era poco común para él subir y hablar un poco con ella sobre libros, viajes, para dejar que lo conociera de nuevo.

—No quiero que te vayas —le había dicho.

Diez años separados. No era que el joven se hubiera desacostumbrado a seguir órdenes. Las había seguido siempre, o siempre que pareciera lo correcto. Ahora parecía que además de un pésimo soldado era también un pésimo hijo, pero no podía hacer caso.

—No puedo hacer eso, es una decisión que tomé hace años.

—¿Qué decisión es esa? —le preguntó ella, molesta.

—Salvar el mundo, hacer lo necesario para lograr la paz.

—Te van a hacer pedazos, Connie. Si la situación es tan mala como para que tengan que tenernos aquí encerrados aquí a mí y a los Kirschtein, para que tengan que venir ustedes acompañados de tantos militares no es seguro que tú estés allá afuera haciendo de las tuyas.

Connie se le acercó y la tomó de las manos, sosteniéndolas contra su pecho. Entendía que era difícil para ella, y por un momento se alegró de escucharla diciéndole todo lo que pensaba.

—Ma, esto es para que puedas salir y ser libre —le sonrió—. Todo el trabajo que he hecho por tres años ha sido pensando en ti, en volverte a ver y poder tenerte en mi vida.

—Por eso, no te separes de mí…

—Lo que más quiero para ti es una vida tranquila, libre de todo peligro y de ir a donde quieras. —Ella retiró las manos y el hombre suspiró, odiando romper el corazón de su madre. A Jean le salía tan fácil decirle cosas a la suya o a su prima, pero a Connie se le dificultaba simplemente llevarle la contraria—. Quiero que conozcas el mundo y todo lo que he conocido de él. Quiero que pruebes el ferrocarril, llevarte al mar, mostrarte todos los avances que hay. Te quiero dar el mundo, por eso tengo que seguir trabajando.

—¡Qué trabajen ellos! Yo solo te tengo a ti. De tus amigos solo Jean tiene famila y Odile tiene a Egon, Ina tiene a su bodoquito. Se tienen entre ellos, pero lo único que me queda a mí eres tú. —Su madre lloraba, restregándose el rostro con las muñecas, como una niña. Connie quedó paralizado, no sabía qué hacer. Nunca había visto a su madre en ese estado—. Perdí a toda la gente a la que conocía, las personas con las que crecí. Perdí a Sunny y Martin. Perdí a tu padre y estos tres años he pensado que podría perderte antes de verte de nuevo. No quiero pasar por eso de nuevo. —Connie salió de su sorpresa e intentó tomarle el brazo a la mujer, pero ella se alejó bruscamente—. ¡No quiero! ¡No quiero que te vayas! ¡No quiero quedarme sola!

—Te juro que voy a volver —le dijo, pero ella hizo caso omiso. Se quedó simplemente mirando hacia adelante, sin prestarle atención a su hijo—. Es en serio, voy a regresar sano y salvo y en adelante te llevaré a donde vaya, nunca más vas a estar sola.

Una vez más trató de ponerle una mano encima para consolarla, pero ella se alejó de nuevo y Connie desistió. No se molestaba siquiera en limpiarse las lágrimas que le corrían por el rostro.

—Te voy a dejar sola, si quieres —dijo levantándose despacio del colchón—. Regresaré más al rato para despedirme. De verdad te juro que voy a volver.

Se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta suavemente y dándole un último vistazo a la mujer sentada en la cama, cabizbaja y con los hombros hundidos. Cuando la puerta cerró completamente Connie se sobresaltó al escuchar un objeto golpeando fuertemente la madera de una de las paredes de la habitación. Estuvo a punto de entrar de nuevo, pero decidió mejor regresar cuando las cosas se hubieran calmado.

La señora Springer no abrió la puerta cuando dos horas después Connie volvió a decir adiós. No importaron los veinte minutos que estuvo sentado fuera, hablándole. Se sentía como hablar con el titán una vez más. Cuando se hubo cansado se puso de pie, murmuró una última despedida y se dirigió a la habitación de Ina para pedirle que no dejara sola a su madre en su ausencia. Después decidió bajar a fumar al bosque el tiempo que quedaba.