Levi pateó la silla en la que había estado sentado minutos antes mientras leía su correspondencia y lo lamentó de inmediato. El dolor agudo le engarrotaba desde la pantorrilla a la cadera, tan persistente desde su última batalla que para ahora lo hacía ya como un compañero de vida. De todas formas el dolor casi lo hace gritar y solo su escritorio lo salvó de desplomarse.
—¡¿Qué diablos haces?! —le gritó Onyankopon al entrar a la oficina a toda velocidad.
—Una araña enorme. Te pudo matar, de nada —se excusó Levi. Un gesto de dolor le cruzó el rostro y a su pesar se sintió sudar—. Pásame la silla.
Onyankopon entró con cara de pocos amigos y colocó la silla de nuevo en su sitio y Levi, con su mayor estoicidad, se sentó y estiró la pierna dolorida.
—¿Alguna vez has intentado comportarte como adulto? —le preguntó a Levi su compañero—. Sí sabes que tengo que salir mañana en la noche, ¿verdad?
—Tan ocupado nuestro piloto…
—Y no voy a estar aquí por tres días para arreglar tus destrozos.
—Algo me dice que puedo cuidarme solo —desestimó Levi.
—Si te cayeras…
—Gabi y Falco nunca dejan pasar más de dos días para venir a visitarnos, probablemente ellos se las arreglarían para ayudarme. Además, aunque de verdad quedara muy lastimado no sería la primera vez que quedo un par de días tumbado y sin comer.
—Eres imposible —lo regañó el otro hombre, pasándose una mano por el cabello—. Llevé las cartas que me diste a la embajada de Eldia y me dieron más papeleo para ti.
Levi soltó un ruido sonoro que quedaba a mitad de camino entre un suspiro y un gruñido.
—Te dije que no quería más papeleo.
—Déjalo ahí entonces, mañana lo llevo de regreso…
—No, dame un momento y lo reviso. Tráelo si puedes. Pero dile a Cindy que no voy a seguir haciendo su trabajo, ella recibe un salario.
Onyankopon rió por lo bajo y Levi fingió no darse cuenta. Sabía que eran tres veces que decía lo mismo, pero no le quitaba nada echarles un vistazo a los documentos. En realidad, ni siquiera le desagradaba la labor porque lo mantenía ocupado, pero era demasiado testarudo para aceptar el trabajo que Historia le ofreció meses atrás y demasiado orgulloso para entrar a esa oficina teniendo todavía los problemas surgían cuando usaba su máquina de escribir. Gabi era experta en destrabarla, pero era poco realista pensar que lo dejarían llevar a su propia secretaria.
Por el momento se contentaba con aportar algo del dinero de la pensión que la reina de Eldia y el gobierno de las naciones aliadas le otorgaron (y que tardó su tiempo en aceptar también) a la compra de víveres en el departamento de Onyankopon.
El piloto regresó luego de unos minutos al armario-oficina de Levi y dejó en una esquina las hojas que le había traído, a lo que Levi resopló. Carajo, de verdad se estaba convirtiendo en un viejo gruñón.
Cuando estuvo solo una vez más dirigió la vista a la carta que lo había hecho perder los estribos anteriormente. Con el sello real de Eldia en el sobre y el de los embajadores por la paz al interior, Jean Kirschtein le solicitaba saber el nombre de la cría que envió a Paradis un mes antes.
Era verdad que no recordaba escribirlo en ningún momento en la notificación que mandó a la reina, pero tampoco le parecía necesario, el nombre con el que la madre le había dejado a la criatura le parecía un chiste de mal gusto.
Ymir Karla. Eso fue lo que le dijo la mujer marliense cuando se la entregó a Levi. Parecía una broma el llamar así a la hija de un eldiano, pero lo decía en serio. Personas como esas había en una cantidad abrumadora. Lo usual siempre había sido que a los eldianos se les tratara con desdén, pero había gente, como está mujer, que los trataba como atracciones de circo. Ambos tipos de racistas eran de lo peor, y últimamente no había un tipo de persona que lo hiciera desear más estar bueno y sano para volver a tirar dientes con las botas.
Esta persona en cuestión había entrado al departamente embobada y mirando hacia todos lados, como una araña (¿por qué la comparación? Levi no lo sabía, solo estaba seguro de que la mujer le recordaba de sobremanera a una viuda negra). En realidad no era fea. Tenía la piel muy blanca y el cabello de un castaño rojizo muy oscuro. Era alta, delgada y sus ojos no transmitían más que locura. No era difícil imaginar por qué Jean se había enrollado con ella, considerando además la forma tan irresponsable que tenía de salir a beber con Connie y Reiner en ocasiones.
—Es increíble que los eldianos vivan tan similar a nosotros, nunca había entrado en la casa de alguien de los tuyos. Siempre quise entrar en el gueto de mi ciudad, pero nunca me dejaron, ¿no te parece injusto? A puesto que es un gran cambio para ustedes tener acceso a la civilización por fin —decía la tipa. No recordaba siquiera su nombre, le parecía una de esas personas que merecen perecer de olvido, cuando después de su muerte se dejara de pronunciar su nombre—. Escuché que vives con un negro, es increíble ver las amistades de los eldianos con otras razas, nunca se me hubiera ocurrido.
No hubo momento en toda la visita en la que Levi no rechinara los dientes. La mujer le hablaba sin respeto, como si se dirigiera a un niño o un amante en ocasiones. Lo había intentado tocar y logró manosear el cabello del pobre Falco en un par de ocasiones, llevándose en una de ellas un golpe leve en el brazo por parte de la muleta del capitán.
Con ese tipo de fascinación irrespetuosa por los eldianos no le extrañaba tampoco que se dejara preñar antes del matrimonio, ni que a la menor oportunidad abandonara a su engendrito: la niña mestiza, manchada con la sangre sucia que tanto excitaba a la madre. Lo que le dejaba pensando, en realidad, era en qué tipo de estado mental debía estar Jean para involucrarse con alguien así.
El nombre. ¿Que se supone que escribiera de vuelta? Se le antojaba insultar al joven embajador de nuevo por meterse en una situación tan horrible, pero eso ya lo había hecho, y por lo menos ahora parecía que la niña se criaría con los mocosos idiotas que antes pertenecieron a su escuadrón. No habían cuidado bien de Jean en por lo menos una ocasión, pero ya tendrían tiempo de crecer y madurar.
Levi arrancó de su máquina de escribir el inicio de la respuesta que había planeado. Haría como que no recibió la carta preguntando por el nombre. Irina, como la estaban llamando ahora, era suficientemente bueno. En fin, esperaba no tener más noticias de ese asunto hasta que a la pequeña se le quitara lo nefasta lo suficiente como para no chillar todo el tiempo.
Miró su reloj antes de tomar una de las hojas que Onyankopon le trajo. Los chicos venían tarde.
En el margen del papel estaba la caligrafía fina y alargada de Cindy: una nota para él.
Capitán Levi.
Espero que tenga el tiempo de revisar estos documentos. Una vez más le recuerdo que su Majestad lo ha invitado a formar parte del equipo permanente de la oficina, pues ella y yo creemos que usted sería un elemento importante en nuestra misión.
Cómo jodían.
La secretaría para la protección de la infancia sí sonaba como algo a lo que le hubiera gustado pertenecer en otras condiciones. Si no no hubiera estado ocupado luchando o soportando los dolores que sus heridas le dejaron. Si aceptara el puesto que le ofrecían podría realizar trabajos más interesantes como investigaciones o tomar decisiones importantes, considerando que ahora solamente revisaba y clasificaba datos y llenaba formas de migración para niños eldianos que viajarían a Paradis. Por el momento eso era lo suficientemente importante para él, más adelante vería si tomar el empleo. Incluso podría negociar la contratación de Gabi como su secretaria.
—¡Tío Levi! Traje tus tintas nuevas —canturreó la muchacha que se asomaba por la puerta de su oficina.
—Llegan tarde.
—Es difícil llegar temprano si vengo con ella —se disculpó Falco desde atrás.
—Cállate —fue la respuesta de Gabi—. ¿Necesitas algo, Levi?
—De hecho sí, si pudieran limpiar las ventanas por fuera se los agradecería, tienen tanto polvo que casi no me entra luz.
—¡No! Yo las lavo más tarde, solo quédense a platicar con él, muchachos —les ordenó Onyankopon desde fuera.
Levi volteó los ojos. Le parecía ridículo que el hombre protegiera tanto a los mocosos todavía. Sí, a penas tenían quince años, pero eran soldados veteranos y sus chicos del 104 nunca habían tenido problemas para limpiar ventanas, así fuera el tercer piso como aquí. Solo necesitaban el equipo adecuado.
Falco suspiró y se recargó contra la pared del pequeño cuarto y Gabi se sentó en una esquina limpia del escritorio y colocó al frente las tintas que traía. Levi se encargaba siempre de decirle que odiaba que hiciera eso y ella lo sabía, probablemente por eso lo hiciera tan seguido.
Decidió levantarse a abrir la ventana y de una vez calar si el dolor en la pierna había disminuído. Cojeando, se apoyó en el hombro de Gabi a lo que ella le dio una palmadita en la mano.
—¡Acaba de sonreír! ¿Lo viste? —estalló Falco.
—Claro que lo vi, entonces te voy ganando por cuatro.
—Mentirosa, la última vez lo hicimos sonreír los dos.
—¿De qué hablan, par de tontos? —les preguntó Levi entre dientes, un poco cansado por el esfuerzo de empujar el marco de madera que siempre se atoraba y con la pierna aún punzando, adolorida, pero volvió a su asiento con el menor alboroto posible.
—Nada, tío, unos puntajes que llevamos Gabi y yo solamente —se excusó Falco con cara de inocencia.
Mocosos. Hange estaría divertidísima de ver cómo lo rondaban estos dos todo el tiempo, seguro comentaría en cómo siempre se conseguía una nueva banda de chicos. No era algo que admitiría fácilmente, pero le alegraba tenerlos alrededor.
Mikasa estaba revisando una de sus últimas cartas. Elogios que no le interesaba leer, aún considerando la infantil letra de la que sostenía en las manos. No los merecía y no los quería. Ésta la felicitaba por sus hazañas en Yalkell, pues aparentemente no era solo el guarura de Historia quien sabía lo de la niña: era conocimiento popular y no era la primera vez que abría una sobre cuyo contenido lo mencionaba.
—Solo digo que tenemos derecho a saber lo que quieren decirnos, ¿no te parece? —reñía, como siempre, Jean.
—No es cosa mía, es disposición de la reina —le respondió Armin sin retirar la vista del periódico que estaba leyendo.
Se veía curioso con esos lentes redondos, pero su pose de intelectual en definitiva combinaba con la elegante decoración de la casa de gobierno de Nedlay, al norte de la zona Rose. Tenía a Irina dormida en el abdomen y Annie le había puesto los pies en el muslo mientras ella leía un libro.
—Armin, ni siquiera es la primera vez que recibimos mensajes de odio. Allá afuera puede que seamos los héroes de la humanidad, pero también somos parte de la raza maldita y no falta quién nos odie por eso.
—Es por seguridad, controlan mejor las amenazas si antes filtran la correspondencia.
—No la filtran muy bien, pocas veces había visto que insultaran así a mi mamá —se quejó Connie desde el sofá en el que estaba sentado.
—No creo que haya sido la intención de Hiromu hacerte pasar un mal rato, ¿o sí? —dijo Reiner que leía su propia copia del periódico.
El guardia se ruborizó ligeramente.
—Es que si directamente desechamos el correo malo es más fácil deshacerse de posibles amenazas, y en caso de haber problemas se puede rastrear a los responsables —prosiguió Armin en su discusión con Jean.
—¡Si lo que temes es que nos envenenen entonces la que está en mayor riesgo ahora mismo es Mikasa!
Riesgo. Trataba de no pensar en él, pero el pensamiento la invadía. Mañana, Mikasa partiría al distrito de Stohess junto con Connie, cuando se suponía que partieran a Terinar, la antes amurallada ciudad del límite este. Intentaba no pensar que iban a cometer un crímen.
Hubiera preferido no participar, pero Jean mencionó que probablemente no fuera lo mejor que él y Reiner se metieran en eso porque su estatura superior al promedio los delataría. El de estatura más normal entre ellos era Connie, entonces, y Mikasa. Armin pudo haber ido, pero según los entrenamientos con el equipo de maniobras Mikasa era la mejor opción.
Estaba preocupada, era cierto lo que había dicho Jean: su especialidad siempre había sido ser los que rescataban al privado de la libertad, no los que entraban en territorio extraño para abducir figuras políticas.
Pieck le dijo algo que no escuchó bien.
—¿Perdón?
—Que si sueles tomar licores destilados —repitió la otra mujer señalando con el mentón la botella a los pies de Mikasa que contenía un líquido ámbar, un regalo que recibió junto con la correspondencia.
—No mucho, ¿la quieres?
—Es tuya, no te molestes…
—Quédatela, a mí se me iba a echar a perder por tenerla guardada. —Luego se inclinó un poco hacia Pieck para que su voz se ocultara bajo la discusión de los chicos—. Iba a dársela a Jean de todas formas, pero no me parece muy dado a evitar el exceso.
—Anotado —sonrió Pieck—. Hiromu, ¿sí revisaron que esto no tuviera nada extraño?
—¿Agua de titán o similar? —preguntó Mikasa con voz suave, lo que le arrancó a Pieck otra sonrisa.
—Lo revisamos bien, señoritas. La botella está sellada —dijo Hiromu, solemne, antes de dirigirle a Mikasa una de esas muecas ahora más comunes en él que estaban a medio camino entre una sonrisa y la cara que uno pone cuando está constipado.
—Vamos, a que es lindo —rió Pieck, haciendo ruborizar no por vez primera al pobre guardia.
Mikasa no pudo hacer más que encogerse de hombros y revisar la nota de la botella. La enviaba un hombre, conmovido por su acción de salvar a los Azumabito aún en contra de lo que era correcto, decía haberse conmovido por su dedicación a la familia y le invitaba un trago en su licorería.
Bueno, esa era la última, así que las guardó todas en el sobre en el que se las entregaron y lo puso a sus pies en el sillón. Esperaba no olvidarlas, porque deshacerse de ellas no era precisamente lo que planeaba hacer: le apetecía más quemarlas, pues le parecía mejor destruir esas alabanzas que le recordaban hechos inventados o maquillados. Si no existía la Mikasa de los mitos que contaba el populacho no debía existir correspondencia ni regalos para ella.
