La habitación de Pieck tenía una iluminación tenue, pues tenía solo una lámpara encendida en el escritorio, tal parecía que había estado leyendo. Al entrar, Jean se sentó en la cama y atrapó a Irina cuando Pieck le pasó su cuerpecito durmiente. La mujer fue después a prender otra lámpara al otro lado del escritorio, iluminando apenas un poco más la estancia. Era increíble que todavía no hubiera electricidad en la casa del gobernador a estas alturas, pero probablemente le dieran poco uso a estas habitaciones y por eso no se hubieran molestado en hacer mejoras.

—Y, ¿qué ibas a tomar?

—¿Nadie te ha dicho que no tienes que tomar lo que sea que te ofrezcan? Cielos, Jean, eres uno de los políticos más controversiales del mundo. Te podrían envenenar y tú feliz con el trago en la mano.

Pieck sacó de debajo del escritorio una botella con líquido ámbar.

—Si me vas a regañar paso de la bebida y mejor ya me voy a dormir. No pensé que tuvieras motivos para envenenarme.

—No, no, quédate, ya lo probé y parece que está bueno, y me lo dio Mikasa, así que veo difícil que tenga veneno, solo decía que no es muy juicioso aceptar bebidas así como así.

Jean solo suspiró y puso los ojos en blanco.

—Nada más quería perder unos minutos para darle tiempo a Mikasa de bajar del techo de mi cuarto —dijo encogiéndose de hombros y tomando la taza con licor que le ofrecía Pieck—. Ya le deseé buenas noches, y siempre me he sentido como tonto cuando me despido de alguien y luego me lo encuentro de nuevo minutos después.

—¿Qué hace ahí arriba? ¿En el techo dices? ¿Te subiste también? ¿Es que están todos locos en esta isla?

—Suele ser descuidada cuando está molesta, pero creo que ya está mejor —dijo Jean bebiendo un sorbo. El líquido le picó los labios, la lengua y la garganta y con eso se dio cuenta de que tenía frío en el rostro. Agradeció el calor que le trajo el licor a las mejillas—. Y sí a todo lo demás. Tenías tiempo sin tratarme con amabilidad.

—Me siento más segura actuando como que te odio cerca de otras personas, pero es cansado todo ese teatro. Lo siento —dijo con voz suave y se sentó en la silla del escritorio, mirándolo y con su propia taza de licor en las manos.

—Ni lo menciones, solo trata de no meterme en dificultades. Hasta Connie cree que te hice algo.

—Lo siento, siento que sí me paso de la raya a veces —se disculpó la mujer una vez más—. De hecho quería hacerte una pregunta algo personal.

—No otra vez —se gimoteó Jean y luego sacó un quejido gutural—. ¿Qué tanto quieren saber de mí esta noche?

—No hagas esos ruidos tan feos. Solo me preguntaba por qué te quité yo la virginidad. —Él la miró sin entender a qué era lo que quería llegar—. Si no quieres responder está bien, es solo que siempre tuve esa duda pero no terminamos muy pronto después de eso y nunca tuve la oportunidad de preguntar.

—No deberíamos hablar de eso, hay menores —dijo Jean apuntando a la pequeña. Pieck lo miró enarcando una ceja y Jean suspiró—. Me diste la tuya, así que consideré justo darte la mía. Luego descubrí que no es necesario dar tanto por la virtud de una doncella. —El hombre vació la mitad de su taza de un sorbo, arrepintiéndose de inmediato al sentir el calor entre el pecho y la espalda. Tenía que ser más cuidadoso si quería salir de aquí a pie y sosteniendo a su hija—. La verdad no me parece lo más propio de una dama preguntar eso a un hombre. Lo normal es que sea vergonzoso para ti más que para mí.

—Lo sé, pero estoy juzgando si contarte un secreto —Jean suspiró, pero no se movió. No era chismoso, pero la promesa de un secreto garantiza que casi cualquiera haga lo que se le pide—. Me preguntaba por qué un hombre tan guapo y galán como tú no diera su primer beso hasta los veinte años, o por qué no tocó a ninguna mujer hasta casi cumplir veintidós.

—No te conté mis cosas para que me sacaras los trapos al sol cuando se te quitara el enamoramiento —suspiró Jean, pero se contuvo de darle otro bajón a su vaso. Sabía que darle información a Pieck como lo estaba haciendo ahora era brindarle herramientas para el futuro, así que debía mantenerse lo suficientemente sobrio como para no hablar más de la cuenta—. De hecho Mikasa adivinó una parte al respecto. Me gustaba una chica (ella cree que fue una recluta) y por eso no me animaba a relacionarme de esa forma con nadie.

—¿La chica era Mikasa? —Él asintió, llevándose la taza a la boca—. Aún así me sorprende que nunca hubieran visitado un burdel o algo, porque ni Connie ni Armin suelen hacerlo tampoco. No es que Armin sea tan desordenado en esos aspectos, pero aún así. De hecho según lo que he visto te tomas el tiempo de conquistar a las chicas con las que has dormido. ¿No gastas más de lo que harías si simplemente fueras a un lugar, pagaras y listo?

—Bueno, esa es una historia interesante —respondió Jean, aún incómodo por el interrogatorio pero con una ligera sonrisa—. ¿Recuerdas la forma en la que el capitán Levi atacó a Zeke Jaeger? —Pieck asintió—. Bueno, una vez, cuando teníamos quizá dieciséis o diecisiete años, estábamos descansando de nuestros deberes Connie, Armin y yo. Estábamos con lo de conocer el resto del mundo, atormentando a los marlienses que llegaban por mar y eso. Connie sugirió que cuando estuviéramos de regreso en la ciudad podíamos visitar algún burdel, para "estrenarnos" como le dijo Reiner a Armin la otra vez.

Pieck soltó una carcajada.

—¿Se llevaron un manazo como el que le dio Annie a Reiner?

—Espera, no me interrumpas, para allá voy —la calmó él—. La cosa es que yo me reí y le dije que sí, pero no nos dimos cuenta de que el capitán nos estaba escuchando y si algo te puedo decir es que no esperábamos esa reaccion. Le dio un rodillazo bueno a Connie en la panza. A mí me pegó en la cara con el brazo y Armin levantó las manos y salió corriendo para buscar a la comandante Hange. Creo que Levi decidió dejarlo ir porque estoy seguro de que hubiera podido con los tres sin problema de haber querido. Nos dio una paliza de lo lindo en lo que llegaron Armin y Hange a detenerlo.

—¿Por qué? ¿Qué le picó?

—Hange fue a visitarnos a la enfermería después de calmar al capitán (porque claro, acabamos en la enfermería). Nos pidió que nunca volviéramos a decir algo así, mucho menos frente a Levi. Dijo que su escuadrón jamás iba nunca a prostíbulos, ni el de ella ni el del capitán. Ella no nos podía prohibir ir si lo deseábamos realmente, pero que lo que sí era una orden era que nos quitáramos todo lo que pudiera sugerir que éramos militares o pertenecíamos a la legión de reconocimiento —Jean suspiró, se veía avergonzado—. Nos contó que Levi vivió hasta los veinti-pocos en la ciudad subterránea, antes de que la legión lo reclutara, así que probablemente conociera de cerca los horrores de la prostitución.

—Te ves muy sonriente para contar algo así —se mofó la mujer.

—No muchos pueden decir que Levi Ackerman les dio una paliza y sobrevivieron. Mientras fui parte de su escuadrón me golpeó varias veces, esta solo fue la peor. —Se tocó distraídamente una fina línea blanca que formaba una cicatriz sobre su ceja—. Pero al final supongo que me sirvió para no andar con esas cosas, y creo que con Connie pasó algo similar. Nunca he pagado por sexo y terminó por gustarme el dormir con mujeres que quieren estar ahí conmigo.

Pieck se ruborizó con eso último y Jean fingió no verla.

—Vale, pasas la prueba —concedió la mujer—. ¿Quieres saber el secreto?

—Por favor, no quiero saber que otra vez te estuve contando mi vida de a gratis.

—Los Azumabito están planeando casar a Mikasa.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Con quién? ¿No crees que…?

—Según las costumbres de Hizuru, las mujeres son herederas de las propiedades y títulos de su familia hasta su matrimonio. En ese momento pasan a ser de la familia del esposo. Lo que buscan los Azumabito es sacarla de en medio para que no compita contra sus herederos —explicó Pieck—. Y el con quién es parte de una familia importante allá. Hiromu Kamiya.

—Ka-kamiya… ¿Hiromu? —preguntó Jean, de repente fuera de balance—. ¿Estás hablando de nuestro Hiromu? ¿Es un Kamiya? —Pieck asintió—. ¿Es hermano de Makoto y tu amiga Setsuko?

—Exacto, es uno de los más jóvenes. No parece, ¿verdad? —preguntó Pieck, divertida.

—Pieck, ¿cómo van a casar a Mikasa con Hiromu? El tipo… —Jean miró hacia la puerta y luego se acercó para terminar en uno de esos susurros que bien podrían ser gritos—. El tipo apenas y parece vivo. ¿De quién fue la idea? Dime que no fue Armin, a él no se le ocurren este tipo de estupideces la mayoría del tiempo.

—No, en realidad fue un acuerdo entre las familias. Los azumabito describieron a Mikasa y los Kamiya enviaron a Hiromu por ser el que tenía una personalidad más acorde, según ellos…

—¡Eso no es cierto! —respondió Jean quizá con más volumen de lo que planeaba—. Mikasa es inteligente y capaz, y aunque no se note siempre tiene un montón de emoción y pasión como…

—Como hace rato, entiendo —suspiró la mujer—. Mira, Jean, no creo que a Hiromu le falten las cualidades que ves en Mikasa, pero también me preocupa esta unión. Si los Azumabito, quizás además de lady Kiyomi, se hubieran molestado en conocer a MIkasa por un par de segundos se darían cuenta de que ella necesita personas más animadas, si puede decirse así, no alguien tan absorto en sus pensamientos como ella misma, ¿estoy en lo correcto? No conocí a Eren ni creo que hagamos ningún bien si tratamos de reemplazarlo, pero, era una persona llena de pasión, ¿verdad?

—Sí, supongo que si quisiera describirlo con una palabra sería esa. ¿Mikasa lo sabe? ¿Por eso estuvo preguntándome cosas? No pensé que pudiera ser capaz de aceptar algo así.

—No, Armin ha insistido en no decirle hasta el último momento. Sinceramente tampoco creo que vaya a aceptar, y por eso el plan B es Armin.

—¿Armin? ¿Y qué hay de Annie?

Qué dolor de cabeza, pensó Jean. Esto le pasaba por metiche, pero le parecía increíble que la familia de Mikasa pudiera ser tan mezquina con alguien a quien no conocían ni les había hecho nada malo. Aunque, pensándolo bien, las personas a las que no conoces y que no te han hecho nada malo son las más fáciles de lastimar como efecto colateral de los planes.

—Ese es justamente el problema, que tenemos dos pretendientes para una mujer y al parecer ninguno quiere casarse con ella. Y la prometida es ignorante de todo lo que pasa.

—¿Y por qué yo no sabía nada?

—Porque Armin quiere que Mikasa le tenga cariño a Hiromu antes de decirle lo del compromiso —explicó Pieck—. Y según él decirles a ustedes provocaría o que ella se enterara o que ustedes la defendieran sin importarles nada más que su amiga en una situación que es política. Sabemos solamente Annie y yo. Ella porque está involucrada por lo de Armin y yo porque se supone que ayudaría a juntarlos o empujarlos a hablar o lo que sea.

Jean gruñó, molesto. Tal vez sí hubiera sido el caso si hubiera sabido desde antes, pero ¿y qué? Le quedaban solo un par de tragos todavía, así que se empinó la taza para vaciarla de una sola vez.

—No me parece lo más sensato ocultarle las cosas a Mikasa hasta que le explote todo en las manos.

—Probablemente sea el resultado de lidiar con gente cercana a él —convino Pieck—. Armin tampoco está contento con obligarla a hacer algo, ni con obligarse a sí mismo a casarse, pero está fuera de nuestras manos.

—¿Y por qué decides decirme esto a mí ahora? ¿Esperas que haga algo?

—Pienso que si quieres podrías tomar el lugar de Armin —le explicó, los ojos gris oscuro fijos en los de Jean—. Lo quieren porque es el salvador de la humanidad, pero tú no hiciste mucho menos que él y quizás si lo negociamos adecuadamente los Azumabito te acepten como opción. ¿Qué dices?

El hombre se la quedó viendo fijo unos segundos, procesando lo que le acababan de decir, ¿él, prometido suplente? Todo esto no era más que un circo y se sentía perder la paciencia. Su respuesta vino tal vez después de demasiado tiempo.

—No.

—¿Cómo que no?

—No. No quiero participar en un complot contra Mikasa.

—No es contra ella. Si te acepta la estarías salvando, a ella y a Armin.

El rostro de Jean se ensombreció y, sin poder sostenerle la mirada a Pieck volteó a ver a su pequeña. El cabello lo tenía ahora más claro, rojo y largo que cuando la conoció. La veía crecer entre sus brazos y sabía que cualquier decisión que tomara los involucraría a ambos.

—Pieck, sabes que moriría por ustedes, por todos ustedes, una y mil veces —la voz del hombre se escuchaba apagada, como había sonado más de un año atrás, cuando Pieck lo dejó. Era quizá el timbre que dan a las palabras las lágrimas contenidas—. Incluso mataría por ustedes, por ellos lo he hecho más de una vez, incluso estuve a punto de matarte a ti. Son las personas a las que más amo, pero no puedo vivir por ellos. No puedo obligarme a ser plato de segunda mesa y no pienso sacrificar mi propia felicidad por la de alguien más, ni siquiera la de Armin.

—Pero ella podría aceptarte, ¿no crees? Creí que Mikasa te gustaba.

—Estoy seguro de que aceptaría, no tengo duda —respondió él con una sonrisa de amargura—. No me cuesta imaginar de que si se le presentaran las opciones me elegiría a mí con tal de no hacer infeliz a Armin y de no estar con un hombre extraño. Por ahora lo único que hace no sepamos la decisión final es que lo más seguro es que no quiera estar con alguien a quien no conoce y tampoco quiere lastimar a Armin.

Por fin, Jean respiró profundo. Se inclinó con cuidado para dejar en el suelo su taza y se pasó una mano por el cabello.

—Y sí me gustó ella por mucho tiempo. De hecho antes de saber de Irina tenía el plan de tratar de conquistarla porque quería intentar algo con ella, pero ya ni siquiera soy un buen partido, como dijo Connie.

—Pero puede que consigas gustarle, creo que le gusta tu barba —insistió la mujer.

—A ti te encanta mi barba y de todas formas no quieres nada conmigo. De hecho te creí el amor de mi vida en un punto y no por eso me casaría nunca contigo.

Pieck puso los ojos en blanco ante este último comentario, luego miró a su amigo una vez más:

—¿Entonces es un «no» definitivo?

—No, supongo que podrían convencerme —respondió Jean de mala gana—. Si Mikasa me lo pidiera por sí misma, sin que tú o nadie más le meta la idea en la cabeza, consideraría salvarle el trasero a Armin. Pero no quiero que me pongan como uno de tres para elegir lo menos malo.

—Entiendo. Pero si es en serio que quieres que elija de corazón podrías pretenderla. —el hombre tomó aire y Pieck lo interrumpió antes de que pudiera hablar—: Te he visto, no eres malo. De hecho Annie sugirió que le des consejos a Hiromu para que sea más encantador, claro, si no quieres robarle a la chica.

—¿Ah? —fue lo que se le escapó a Jean de la garganta al escuchar esto mientras sintió enrojecérsele las mejillas algo más de lo que ya estaban por culpa del alcohol—. No quiero… Mira que ni él ni yo la tendríamos complicada si no anduvieras por ahí diciéndole a Mikasa que tenemos un defecto en común.

—¿T-te lo mencionó? —tartamudeó la muchacha. Jean sonrió con satisfacción al notar que la había puesto nerviosa a ella por fin—. Yo solo… quería darle a entender que Hiromu no es mi tipo, no pensé que fuera a decirte.

—No me lo dijo como chisme, solo quería saber qué nos habías visto similar. Le dije que probablemente es que meamos parecido.

—¡Jean! Qué cerdo —lo regañó, ruborizándose ahora ella. Él soltó una carcajada—. Deberías irte a dormir, ya es tarde.

—Cielos, ni siquiera es mentira —dijo al levantarse, riendo todavía. Luego se dirigió a la puerta—. ¿Por cierto, sales con alguien?

Pieck suspiró, más calmada. No se la podía poner de nervios por mucho tiempo.

—He estado en contacto por correspondencia con una persona, sí…

—¿Una persona como yo?

—Por favor, mete la nariz en tus asuntos —le respondió acercándose ella también a la puerta para invitarlo a salir una vez más—. Y... no es como tú, es como yo, ¿para qué quieres saber?

—Porque quería estar seguro de que no me hubieras roto el corazón en vano, qué bueno que no es así —le respondió con una sonrisa. Abrió la puerta y salió de la habitación—. Descansa, Pieck, gracias por contarme.

Ella empujó la puerta y Jean e Irina quedaron afuera, ella todavía dormía plácidamente. Mikasa ya no estaba sobre el techo y el joven entró a su cuarto sin ningún problema, la información nueva todavía dándole vueltas en la cabeza.


Mikasa estaba en su habitación, sentada frente a su escritorio a la luz de una lámpara. Observaba con cuidado los dibujos de grafito de Jean. Antes se había concentrado en los ojos de la imagen de Eren, viéndolos con fijeza, pero ahora contemplaba todos los retratos al mismo tiempo, sintiendo al mismo tiempo que eran un tesoro y culpa por haberlos tomado sin permiso.

No tenía cara para devolverlos a estas alturas, pues las hojas estaban maltratadas y el carboncillo comenzaba a volver manchadas y difuminadas las orillas de las figuras, delatando la manipulación.

Mientras miraba los rostros dibujados se tocaba distraídamente la sien, en donde sentía todavía la presión de los labios helados de Jean. Deseaba en ese momento que los besos pudieran ser despegados de la piel y guardados, tal y como guardaba estos dibujos. Los recuerdos de otros besos que había recibido (de sus padres, de la madre de Eren, de Eren en sueños) se sentían menos reales a mayor tiempo había pasado desde que los recibió. Ojalá los pudiera haber guardado para recordarlos más adelante, había recibido pocos, así que probablemente hubiera podido hacerlos entrar en su bolsita de hilos, telas y dibujos.

Por un tiempo había olvidado la sensación de labios ajenos en la piel, y deseaba no volver a hacerlo en el futuro.