Para los embajadores Braun y Leonhart:

Mi hijo y yo somos los únicos supervivientes de nuestra familia a su ataque a la muralla María. Mi esposa y tres de mis hijos fueron asesinados por los titanes que ustedes trajeron hasta acá. Seguido despierto en la noche escuchando el crujido que produjo el cráneo de mi pequeña, Diana, cuando un titán lo rompió con la mandíbula. Por bastante tiempo me culpé a mí mismo, porque ese día me llevé a mi muchacho a ordeñar a las cabras y tardamos más de lo que esperaba, así que cuando llegué de vuelta la casa esta hecha pedazos, mi esposa y dos de mis pequeños muertos y Dianita entre las manos de un titán. Me hubiera gustado ser valiente y salvarla por lo menos a ella, pero me petrifiqué y solamente la idea de salvar a mi único hijo restante me sacó de mi transe.

Por mucho tiempo ni mi muchacho ni yo hablamos, me imagino que la culpa lo consumía como a mí. Fueron los peores tres años de mi vida y seguía vivo solo por él y trabajamos ambos en los campos hasta que sentimos que las espaldas se nos quebraron. Solamente sentí que volvía a vivir cuando me enteré de la existencia de ustedes, los titanes cambiantes se liberó el peso de mis hombros porque no fue mi culpa: fue de ustedes. Ustedes dejaron entrar a los titanes, ustedes arruinaron mi vida y se llevaron la de mi familia.

Luego escuché su discurso. El contexto de todo, sus motivos, su edad. Sentí que no era justo que toda mi ira estuviera dirigida a un par de muchachos que no eran mayores que mis dos hijos mayores. Diana, cuya muerte pesa más en mi conciencia que cualquier otra, probablemente porque fue a la única a la que vi morir, tendría veinticuatro años el día de hoy, pero buscar culpables ya no me trae paz. Quizá porque comencé a empatizar con ustedes porque no eran más que niños encargados de asesinar a otros niños. Quizá porque los verdaderos responsables tienen ya años muertos.

Sea como sea quiero darles las gracias por mostrar la cara, pues me parece que verlos y escucharlos es lo que me ha dado la oportunidad de sanar.

Siento mucho las pérdidas de sus compañeros Hoover y Galliard, ojalá ningún otro niño tuviera que morir por las causas de los adultos.

Harold Warner


El fuego comenzó en la primera planta, tal como se tenía planeado, ojalá tan lejos de Jean como estaba de ella. Ya se escuchaban los gritos de los guardias, quienes bajaban a toda velocidad al origen del problema. No los envidiaba, todos esos hombres tendrían que lidiar con un caos esta noche, eso si salían bien parados. Se preguntó si entre aquellos pirómanos aliados tendrían ya al desaparecido líder del ejército, o si a él lo traerían después.

Mikasa esperó la señal, girando la pistola que tenía en la mano. No era su arma favorita, ni de lejos. No es que le gustara en general tener que lastimar gente, pero a eso se agregaba que a diferencia de Jean o de Sasha, ella no estaba acostumbrada a disparar, sino a acercarse a su objetivo con una hoja afilada.

Estaba agradecida, aún así, por no tener que empuñar una espada el día de hoy. No se sentía con la estabilidad para acercarse al arma que había aniquilado a su ser más amado, aquella que no había sido más que una extensión del brazo de la pobre Mikasa, tenía desde entonces sin usar una. En cambio, tenía un cuchillo en la mano izquierda. No se sentía tan diestra con él para pelear, especialmente no en los últimos años, pero era mejor que nada en caso de que alguien se le acercara demasiado para dispararle.

El aire corrió frío por debajo de su capa, erizándole la piel del pecho y la espalda. No estaba ansiosa por lo que venía, pero deseaba terminar pronto con ello. Podía imaginar ya el té caliente y las sábanas ásperas pero cálidas de la posada en la que iban a pasar la noche, y trató de no opacar su fantasía con la preocupación de que algo fuera a impedir esa comodidad que sentía casi segura.

Se escuchó la explosión planeada, tan fuerte que la viga del edificio sobre la que Mikasa se encontraba en cuclillas se sintió vibrar. Por fin, ahí estaba la señal.

Con cuidado, la mujer se movió lentamente, oculta entre las sombras de la noche por su capa negra y se acercó a su puesto, contando. En el segundo cincuenta y siete se lanzó al vacío para asirse inmediatamente con el equipo de maniobras (otra vez, del tipo que usaban los ladrones) a la viga en donde estuvo agazapada antes y entró a la habitación pactada, rompiendo el cristal de la ventana con las botas al mismo tiempo que el sonido de una segunda explosión llenó el aire.

Sintió un rasguño leve en la rodilla, pero ya tendría tiempo para revisarlo más adelante. Ojalá.

Tuvo la suerte suficiente para que hubiera solo un guardia en aquella sala, al que le apuntó inmediatamente con el arma. Un tiro a la cabeza sería sencillo, incluso para ella y su falta de práctica, pero los ojos del hombre se encontraron con los de Mikasa y se dio cuenta de que era muy joven, tal vez incluso unos cinco años menor que ella, y la miraba con una expresión de terror. La bala terminó por entrar por el hombro del tipo, silenciada la detonación por el aparato que tenía el cañón de la pistola. El joven perdió el equilibrio y se desplomó, quedando su mandíbula a la altura de la rodilla de Mikasa cuando la mujer se acercó a él a toda velocidad. Ella no le retiró los ojos de encima ni un momento, oculta bajo su capucha, así que pudo ver cómo los ojos del joven se pusieron en blanco gracias al rodillazo.

Mikasa sonrió a su pesar. Había tenido suerte al arriesgarse a no matar al chico y el noquearlo de un solo golpe había sido espectacular, considerando que lo había hecho por última vez a los quince años. Le quitó al guardia su arma y la lanzó por la ventana, pues en nada beneficiaba a la causa si este amigo despertaba adolorido, enojado y armado. Ojalá la contusión y la herida fueran suficientes para mantenerlo a raya el tiempo que iba a durar todo esto.

El corredor adyacente al cuarto en el que se ubicaba estaba vacío, afortunadamente. Al menos por el tiempo que les tomaría a los militares subir de nuevo.

Cruzó ese pasillo y el siguiente para encontrarse con el sitio acordado para encontrarse con Jean. Su amigo llegó al mismo tiempo que ella, caminando rápidamente.

—¿Estás bien? —preguntó Mikasa cuando estuvo lo suficientemente cerca para ver la expresión dura del hombre y el rostro salpicado de sangre.

—Yo sí —respondió él con amargura—. Vamos.

Y se dio la vuelta, guiando el camino.

La puerta principal que debían abrir no estaba muy lejos, pero estaba custodiada por dos guardias, quizá de la edad de Jean y Mikasa. Ambos cayeron al mismo tiempo: el primero con un tiro en la cabeza y el segundo en el corazón.

Cierta vez, tiempo después de que recuperaron la muralla María, Hange les contó, a Mikasa, Eren y los demás, que Levi había logrado escudar su corazón de la muerte de sus compañeros, de los sentimientos que estas le despertaban. Le dolían, claro, pero cada uno de los miembros de la legión había tenido que aprender a lidiar con ese dolor de manera diferente. Levi no lloraba, no reaccionaba, solo miraba a sus camaradas muertos con expresión vacía y les juraba que sus muertes serían vengadas. Estudiarlo a él es casi tan interesante como estudiar a los titanes, les había dicho la nueva comandante en broma en ese entonces..

Mikasa sintió al capitán más humano que ella en esa ocasión. Había emoción cuando veía a alguien morir, cuando mataba. Para Mikasa la compasión que había sentido por el muchacho al que dejó vivo anteriormente, o la que podía sentir por cualquiera al que ella diera muerte, desaparecía en el momento en el que el corazón, el cerebro o el cuello eran atravesados. Casi siempre. Quizá había algún sentimiento al respecto, pero se encontraba protegido dentro de su corazón, encallecido después de más de una década juntando muertes.

La puerta fue abierta luego de no mucho esfuerzo y la gente de la reina entró a saquear, romper y quemar. Cuando una buena cantidad de gente entró, y los confundidos soldados regresaron, Jean asintió en dirección a Mikasa y ambos corrieron en dirección al archivo.

Una vez en el sitio Mikasa apuntó a la cerradura, pero Jean le puso una mano en el hombro antes de que jalara el gatillo. No fue necesario más que el hombre rompiera la puerta de una patada para dar espacio a Mikasa de pasar. Era divertido, él y sus métodos pacíficos de actuar.

El lugar era un pequeño cuarto, oscuro, polvoriento y con olor a rata. De hecho era demasiado pequeño para guardar todos los registros del reino de Paradis, seguro no sería más que de los años de dictadura militar.

Se hizo la luz con el encendedor de Jean, quien prendió también un pedazo de cartón grueso que le pasó a Mikasa a manera de una rústica —e inestable— antorcha.

—Tengo que conseguirte uno —murmuró él y se enfocó en el trabajo de buscar entre los cajones y archiveros las dichosas medallas.

Al decirlo así sonaba algo extremo tener que mancharse las manos de sangre para cumplir con las maromas políticas de Historia y Armin, pero así era esto, y si en algo era buena era en tomar acciones de este tipo, no en la política.

Todas las cerraduras que pudieran ocultar algo fueron forzadas a disparos, todos los cajones fueron volteados sobre el suelo. Cuando el cartón de Mikasa terminó de arder, Jean le pasó otro para continuar la búsqueda. En cierto momento el hombre jadeó sorprendido. Mikasa lo vio meterse una mano en el bolsillo rápidamente y se dirigió a él:

—¿Las encontraste?

—No, disculpa, solo era basura —respondió él no muy convencido.

Parecía que buscaban una mosca entre un costal de frijol, pero fue Mikasa quien las encontró después de lo que se sintió como una eternidad. Estaban ocultas bajo un trapo en un cajón y dentro de una bolsita de manta. Se veían opacas ante la pobre luz del fuego y no pudo contarlas, su compañero no le dejó tiempo.

—Ya podrás contemplarlas en unos días, no te preocupes —le aseguró Jean tomando la bolsita y saliendo del cuartucho.

Mikasa dejó caer su improvisada antorcha al suelo lleno de papel, que no tardó en arder. Se dirigieron ahora a entregar las medallas y los equipos de maniobras cerca de la que había sido la entrada designada de Jean. Entregaron todo al hombre con el que habían tenido trato desde su llegada a la ciudad, Otman Hofer, un tipo que mostraba reverencia hacia ellos y no paraba de llamarlos "héroes de Shiganshina". Mikasa lo repudiaba y estaba contenta de culminar el último trato que tendría con él.

En pocos minutos llegaron al último corredor antes de la salida, camuflados entre la muchedumbre. Corrían a toda velocidad cuando Jean empujó a Mikasa hacia un lado haciéndola tropezar al tiempo que se escuchó el estruendo de un disparo. Sacudió la cabeza, molesta, pues de tener sus reflejos intactos, como hacía tres años, ni siquiera hubiera tocado el piso, quizá incluso hubiera tenido chance de torcerle la mano al joven por el repentino toque.

Se fijó en que había un soldado en el sitio en el que ella y Jean habían estado escondidos para asesinar a los hombres de la entrada para dejar entrar al caos. Ya la gente se dirigía a él con palos en las manos, sedientos de sacar sus frustraciones sobre un militar, ¿había disparado hacia acá?

Mikasa volteó a ver a su compañero dispuesta a agradecerle con un simple gesto, pero no lo encontró de pie, sino de rodillas, apretando los dientes con fuerza y presionándose el costado con las manos ensangrentadas.