El ambiente entre los embajadores al día siguiente era tan denso que podía cortarse fácilmente con un cuchillo de mantequilla.
Pieck estaba encerrada en su habitación, respetando la indicación del médico de comer y dormir mucho, como si eso se le dificultara en condiciones normales. Annie había acompañado a Reiner a fumar debajo del árbol central, pero, cuando Jean se acercó, terminó el cigarrillo de una calada y se retiró rápidamente, antes de que cualquiera de los dos hombres pudiera decirle nada.
Mikasa había entrado a la cocina en la mañana, todavía con la cabeza adolorida por el golpe de ayer y sin saber si tenía menos ganas de ver a Armin o a Jean. Cuando se vio en la misma habitación que el primero, con la pequeña Irina en brazos, tomó rápidamente una manzana y un pedazo de pan y regresó a su cuarto.
Armin comprendía, pero la soledad siempre le había dolido. No iba a hacerse la víctima, claro, pues él solo había usado sus malas decisiones para romper el corazón a las dos mujeres a las que más amaba. Tomó también una manzana y se dirigió a donde estaba el único de sus amigos que no podía escapar de él.
Sybille giró la cabeza cuando vio entrar al joven comandante de la legión. Tenía el cabello desordenado y círculos negros bajo sus ojos. Ambos se forzaron a intercambiar una sonrisa antes de que Armin dirigiera la mirada al hombre sobre la cama.
Connie estaba más pálido de lo que Armin lo había visto nunca. Tenía los ojos hundidos y el pelo desordenado y pegado a la frente. La boca y la nariz se encontraban ocultas detrás de un respirador que Sybille le sostenía cuidadosamente contra el rostro con una mano. La otra mano comprimía y soltaba rítmicamente una bomba que llevaba aire artificialmente a los pulmones de Connie. Del resto de su cuerpo solo se veía un hombro desnudo y el otro bien vendado, después una sábana blanca lo cubría, y la mano derecha se asomaba sobre esa sábana, pálida, y con una de las protuberantes venas atravesada por una aguja conectada a una bolsa de líquido colgada sobre su cabeza.
—¿Hay noticias? —graznó Armin, tenía la garganta increíblemente seca.
—Ya encontraron la bala, pero dicen que está atorada en el hueso de las costillas.
Armin hizo una mueca. Se le oprimía el corazón al ver a su amigo en ese estado, y sin tener ni idea, por una vez, de qué significaba la mayoría de lo que le decían. No era médico. Había elegido no serlo.
Tal vez esa decisión había salvado a sus compañeros, tal vez los había condenado. Tal vez habría podido hacer algo por Connie si supiera a qué se enfrentaba, pero no. Esta era una batalla que debía luchar su amigo por sí mismo, con la ayuda de profesionales capacitados para tratarlo. Tal vez solo estaba pensando demasiado. Le dolía la cabeza y estaba tan cansado, y eso que él no estaba bombeando vida a nadie.
—¿Necesitas ayuda con eso?
—No voy a durar mucho así, lo van a meter a cirugía en un rato, cuando terminen con Hiromu —dijo Sybille sin responder a la pregunta, pero cuando Armin se le acercó y extendió la mano hacia el pulmón artificial de Connie, ella se lo cedió.
El joven se hizo cargo si perder el tiempo, accionando el dispositivo como había visto hacer a Sybille y a la enfermera que había estado antes que ella: presionándolo lentamente para llenarle a su amigo los pulmones de aire, luego soltándolo para que se vaciaran.
La mujer, al verse liberada de su tarea, estiró el brazo y la mano, haciendo crujir a sus articulaciones de forma ruidosa. A Armin le dio un escalofrío, pero trató de que el ritmo de la respiración artificial no se viera afectado. Acto seguido, Sybille tomó a Irina de los brazos de Armin y también la manzana que le extendió el hombre, dejando que él sostuviera también la mascarilla. No había pasado mucho, pero Armin ya sentía el trabajo estirar los músculos de su brazo.
—¿Vas a quedarte mucho tiempo? —preguntó Armin.
—¿En este cuarto o en Shiganshina? —él se encogió de hombros—. No estoy segura. Había planeado quedarme una semana solamente, pero siento que Connie me necesita. Y si no es así, por lo menos yo necesito saber que está bien.
—Probablemente sí te necesitemos. De todos nosotros creo que solamente Reiner podría dedicarle suficiente tiempo a Connie, pero necesita pausas para fumar y para ayudar a Pieck. —Armin miró su propio brazo. Cansado por la actividad, pero sano, contrario al de Pieck—. Yo tengo un montón de reuniones a las cuales acudir y…
—Y Jean está ocupado con esta criatura —lo interrumpió Sybille con una suave sonrisa—. Y tus chicas parecen muy ocupadas peleando entre ellas. —La forma en la que se ruborizó de forma violenta al escuchar eso, pero no dijo nada. No era bueno que todos supieran sobre eso, y no eran sus chicas—. No te preocupes, he estado entre los médicos desde ayer y uno de ellos me contó que atendió el golpe de Mikasa en un descanso.
Sybille suspiró y se quedaron callados, con los balbuceos de la bebé y el sonido del aire como ruidos únicos entre ellos. Armin disfrutó esa pausa, y la labor de hacer algo para mantener a su amigo con vida.
Cuando el brazo de Armin ardía y se sentía como que se desprendería, entró una de las enfermeras que Historia había traído con una bolsa de suero y se acercó a Connie para cambiar la bolsa con un cuarto de contenido colgada de un soporte metálico.
—En menos de una hora van a venir los doctores, vamos a prepararlo para que lleguen directo a trabajar.
—¿Hiromu está bien? —se apresuró a preguntar Armin.
—Está estable —respondió la enfermera con voz cauta—. Sigue muy delicado y perdió buena parte del intestino. Se hizo todo lo posible por limpiarlo por dentro, ahora solo queda esperar que no exista una infección y pueda recuperarse por su cuenta.
Las palabras de la mujer tal vez habrían traído esperanza, de no ser por el tono seco con el que las dijo. Armin se maldijo una vez más por no comprender la gravedad del asunto.
Tal vez, si no hubiera sido un necio uniéndome a la legión podría salvarlos… Tal vez ni siquiera habría a quién salvar.
Lo sacó de sus pensamientos la enfermera, que con un simple movimiento despojó a Connie de su sábana, exhibiéndolo desnudo a los presentes en el cuarto. Armin dio un respingo. No era que nunca hubiera visto esto (o que Sybille fuera a sorprenderse), al contrario, había visto a todos los chicos del escuadrón sin ropa de una forma a otra y Connie era el más dado a correr como llegó al mundo en las duchas e incluso en el tiempo en el que se quedaron en la base en la playa. No, el impacto venía de ver el moretón de oscuros tonos de azul, verde, violeta y negro que le recorría desde la cintura hasta mitad de muslo, además de que a pesar de la inflamación, la cadera se le veía desinflada, de cierto modo.
Por primera vez, agradeció por la fuerte sedación que le administraron a Connie, pues no tenía que enfrentarse a no poder respirar ni a tener destrozada la cadera.
—Fisgón, sigue bombeando esa cosa, tu amigo todavía necesita ayuda —lo reprendió la enfermera.
Armin se dio cuenta de su error, avergonzado y colorado, y se dispuso a continuar el ritmo de la respiración, sacando de la garganta de Connie un sonido parecido a un eructo. Armin deseó con todas sus fuerzas que eso no significara nada malo cuando escuchó el silbido proveniente del tórax del hombre inconsciente. Ahí, Connie tenía adherido un pedazo de caucho que sacaba parte del aire que le metían con la bomba. Mortificado, Armin buscó los ojos de Sybille y ella se encogió de hombros.
—Tuvieron que hacerle un agujero porque se le estaba llenando el pecho de aire.
—Y en unas dos horas lo va a tener cerrado de nuevo, en cuanto le arreglen ese pulmón —les dijo la enfermera con la voz aguda al tiempo que con una bola de algodón llenaba la cadera a Connie de un líquido espeso y color óxido con una fuerza tal que Armin temió que terminara de desacomodarle los huesos rotos. La vista del químico en la piel de su amigo le recordó a sangre vieja.
—¿Le van a arreglar la cadera de una vez? —preguntó el hombre.
—Queremos que vuelva a caminar, así que sí. Se nota que es un chico fuerte.
No bien acabó la mujer de limpiarlo cuando entraron corriendo más personas del equipo médico de Historia, recién cambiados a batas blancas e impecables a pesar de la carnicería que acababan de realizar con Hiromu.
Otra enfermera, recién llegada tomó el control de la respiración de Connie y los sacó a él, Sybille e Irina al pasillo, fuera del cuarto.
Sybille no duró mucho haciéndole compañía antes de despedirse, alegando que tenía cosas que hacer en la ciudad. Armin también hubiera preferido no estar en un lugar en donde Connie no tuviera el pecho abierto y los huesos de la pierna siendo acomodados, pero él no tenía opción.
Caminó a su habitación y los fumadores ya no estaban ahí. Pudo ver solamente a Annie, del lado contrario del jardín central, mirándolo. Armin ni siquiera hizo el intento por dirigirse a ella, pues tenía todavía fresco el recuerdo de la forma en la que lo esquivó por completo a la hora del desayuno.
En vez de eso se dirigió a la habitación de Hiromu, a quien encontró como a Connie, con una mujer acompañándolo. Lady Azumabito levantó el rostro cuando vio entrar a Armin.
—¿Cómo está?
La pregunta de Armin venía a desafiar lo que sus propios ojos podían ver: el rostro del joven soldado se veía mucho peor que el de Connie, a pesar de que siempre se había visto un poco más joven. Los ojos más hundidos y la piel de un desagradable color gris que ya había visto demasiadas veces entre los moribundos luego de una batalla, a pesar de que por sus venas corría la sangre donada de Mikasa y Reiner. A Armin le había tocado darle la suya a Connie.
La respuesta de la mujer confirmó lo que no quería escuchar.
—Ya llamé a su familia para que vengan a despedirse, los médicos me dijeron que solo un milagro lo salvaría. —La voz de la mujer era pura amargura, habiendo conocido al herido desde pequeño—. No sé por qué lo martirizan con todo esto, su deber era morir en batalla.
Armin bajó la mirada y miró una bolsa de caucho opaco que iba llenándose de un líquido espeso y oscuro proveniente de debajo de la sábana de Hiromu, a la altura del abdomen. Se le revolvió el estómago al recordar que la enfermera le dijo que había perdido parte del intestino, ¿que le habían hecho?
El hombre tomó asiento junto a Azumabito y se pegó a Irina (completamente dormida) al pecho.
—Hubiera sido cruel dejarlo para morir —fue todo lo que él pudo decir.
—Sí, tienes razón —concedió ella—. Por lo menos puedo tomarle la mano un tiempo. Tal vez el milagro sea que no llegue a despertar y vea lo que le hicieron, ¿qué vida le esperaría?
Armin guardó silencio. Había conocido tanta gente herida por el retumbar. Muchos molestos con la vida por sus discapacidades, muchos otros agradecidos de poder vivir un día más, o de seguir teniendo un hijo o una hija, sin importar que tuvieran que empujar una silla de por vida o cambiar pañales de nuevo. La posibilidad de que Hiromu viviera una larga vida, con la peculiaridad de tener que defecar en una bolsa, no le hubiera parecido tan irreal de no ser por el pobre aspecto del hombre.
—Deberíamos anunciar su compromiso con Mikasa —dijo Armin después de un momento—. Recordarles que ella es un ser humano que está sufriendo las consecuencias de su fanatismo.
—Y darte tiempo en caso de que el joven Kamiya muera. —Armin asintió, sin dejar notar la vergüenza que sintió—. Puedo buscar otro noble hizuruano en caso de que eso pase. Y en caso de que no, la boda tendría que celebrarse en cuando Hiromu esté con fuerzas suficientes—. Ambos miraron al hombre y lady Kiyomi le puso una mano delicadamente al hombro. Heridas como la de él siempre habían sido una condena de muerte en la legión. No le complacía perderlo—. Ni los soldados marlienses sobrevivían heridas así, más de un par de días, Armin. Y el plan debe seguir porque es a lo que te comprometiste hace año y medio.
Sonaba como un trato injusto ahora. ¿Qué derecho había tenido a vender la decisión de Mikasa a cambio del favor de los Azumabito de recibir un millón más de personas en lo que quedaba de Hizuru? Pero en ese momento, viendo las caras de la gente muerta de hambre, no parecía que existiera otra opción.
—Lo voy a consultar con ella, quiero que ella tome la decisión de qué prefiere. Si prefiere otro noble que nos ayude a escoger a alguien que le caería bien. O si prefiere casarse conmigo —decir esto se sentía como dejar escapar la vida con palabras.
—Voy a confiar en ti una vez más, pero te voy a dar tres días para que ella venga a mí y tome su decisión. Desperdiciaron meses, Hiromu y tú, y no es justo para Mikasa. Y el clan no va a aceptar que elijan a un Don Nadie cómo dejaron hacer a la reina Historia. Necesitamos una relación con un político capaz, o con la familia de políticos capaces que pueda traer esta unión.
Armin respingó, pero no discutió. En su cabeza no paraban de repetirse las palabras cobarde, cobarde, cobarde.
Jean se encontraba en la sala común con Reiner leyendo el periódico cuando vio su rostro impreso en las páginas que sostenía.
Qué galán, fue su primer pensamiento, hasta que escaneó rápidamente el texto y se dio cuenta de que trataba del atentado de ayer. Temblando, levantó los ojos al título, que recitaba: «"Todavía tenía sangre en las manos cuando volví a sostener a mi hija", dice Jean Kirschtein». ¿Armin hizo eso? Era lo que había dicho a los médicos ayer mientras le revisaban los brazos en busca de heridas.
—¿Qué te pasa? —preguntó Reiner, alzando la mirada de un documento que estaba llenando para la Asociación de Refugiados de Marley.
Jean levantó la mirada, desubicado, justo cuando el locutor de radio decía:
—Ni mencionar a su pobre madre, tenemos en exclusiva el momento en el que la madre del embajador Connie Springer se entera sobre la herida de su hijo, simplemente desgarrador.
Y luego vino la voz grave de un hombre, contándole a la señora Springer que Connie tenía una bala en el pecho, que no estaban seguros de si respiraría o caminaría con normalidad alguna vez. Esperaban que sobreviviera, si resistía las cirugías.
Jean esperaba lo que venía, como lo había escuchado en tantas ocasiones en sus viajes por zonas destrozadas. Aún así, el corazón no dejó de hacérsele pedazos cuando escuchó el grito de dolor de una madre que lo había perdido todo y solo le quedaba perder a su último y moribundo hijo. Si lo escuchara mil veces, mil veces dolería igual.
Se levantó de un salto y se dirigió a la puerta, corriendo, con Reiner frente a él, en un estado de desesperación igual al de Jean. Fue cuando dio dos pasos que se preguntó, ¿qué iba a hacer exactamente? ¿Correr al otro lado del país y abrazar a esa mujer? ¿Quitarle los micrófonos del rostro? ¿Salvar a Connie de repente?
Reiner pareció llegar a la misma conclusión cuando se giró para buscarle la mirada a Jean. Ambos compartían los mismos ojos desorbitados y la mirada de pánico.
Salieron al patio, despacio y asimilando lo que acababan de escuchar. Reprimieron el instinto de animal desesperado de salir corriendo y respiraron aire fresco en bocanadas primero rápidas y luego largas.
Armin se les acercó con Irina en brazos y Jean supo, por la mirada de horror que compartía con ellos, que no estaba detrás de esto.
Jean extendió los brazos a su hija y esta se dejó pasar de un agarre a otro. La abrazó con fuerza contra su pecho y le besó esa cabecita de bucles rojizos. Luego volvió a mirar a Armin, quien se frotaba los ojos con fuerza.
—Fue lady Kiyomi —les dijo, apenado—. No quiso decirnos porque sabía que no lo consentiríamos. Lo siento. Lo siento mucho.
Pasada la hora de cenar, Mikasa contemplaba los dibujos que tenía que devolver.
No quería hacerlo, pero era lo correcto y ya la habían descubierto. Probablemente Jean podría hacerle copias, pero no sentía el valor para pedirlas después de haber robado los dibujos en primer lugar.
Los trazos de carboncillo estaban difuminados por el movimiento y el mal manejo. Donde antes estaba la mandíbula de Eren —preciosa y bien definida— ahora había una nube gris sobre una gruesa línea negra.
Aún así, las facciones eran apreciables, y seguía viendo a Eren en esas imágenes. Aunque no completamente.
Hacía muchas semanas que Mikasa no se había parado a mirar con detenimiento este dibujo. No lo había sentido necesario desde entonces, y probablemente esta noche se hubiera quedado entre sus cosas sin Jean no lo hubiera pedido de regreso. Tal vez por eso notó la diferencia en los ojos. La mirada era similar, pero la forma no era exactamente la que recordaba.
Intentó decirse a sí misma que solo era un dibujo hecho por su amigo, que ni siquiera se suponía que nadie a parte de él lo viera, que lo hizo de memoria. Y aún así los ojos del retrato le resultaban conocidos.
Ojos cálidos. Mikasa se puso de pie de un salto, tomó las hojas y se las pegó al pecho para salir apresuradamente. Tenía que devolver los dibujos ya, necesitaba saber si el calor de esos ojos sería capaz de consumirla o no.
