Ayer éramos sombras

Ruido

«Creo que podría llegar a quererte». ¿Dije eso realmente o fue otra cosa? Lo único que recuerdo es que Koushiro nunca me miró como si hubiese dicho algo cruel, pero siento que debería haberlo hecho.

Ocurriese o no, lo cierto es que pienso que sí, podría haber llegado a quererlo. Me pasaba algo extraño con él, cuando lo miraba me invadía la sensación de que estaba junto a alguien sin maldad. No exageradamente bondadoso o generoso, pero sí sin sentimiento alguno de envidia, ira o codicia; eso me hacía sentir bien, segura a su lado. Más aún en aquella época, cuando todavía era fácil engañarme.

Y si no pude quererle… pues no sé, ¿o sí le quería? ¿Cómo saberlo? Estábamos en la misma línea, pero mirando en direcciones opuestas. Sí, así era. Él viendo lo práctico del mundo sensible y lo abstracto de todo lo demás, yo en un revoltijo de excepciones y en supersticiones y fantasías. Él disfrutando de pensar en silencio, yo de hablar sin pensar. Él siempre sereno, yo balanceándome entre reír y llorar.

¿De verdad alguien creyó que podría ser? Bueno, al parecer él sí. Y yo pensé, si no lo dije en alto, «creo que podría llegar a quererte». Si hubiese continuado la frase, podría decidir si valía la pena intentarlo, si no me apetecía siquiera, o verbalizar qué faltaba. Si solo se hubiese dado cuenta de lo que faltaba… Nada más que algo de juego, la certeza de que no lo tenía ganado del todo, pero ¿cómo explicarle? Si todo lo bueno que había en él le alejaba, precisamente, de eso.

Del mismo modo que no necesité mucho esfuerzo para caer rendida ante Yamato. Juego tras juego.

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Hacía tres años que no veía a Miyako y todavía la recordaba peinada de coletas.

Se presentó con una camiseta con mucho escote, de esas que se ponen las embarazadas que ya no temen a la ropa apretada. Cosas de la moda y los cambios del mundo. Se pidió un té helado. Poco después me mostró su teléfono y me enseñó las fotos de la boda. A la pobre le habían hecho un despropósito de maquillaje, pero callé mi opinión. Se había casado hacía menos de un año.

—Qué pena no haber estado allí —dije varias veces, sin sentirlo del todo. Las fotos no se iban a terminar nunca.

—Pero estuviste, en tantas cosas que me ayudaste. Todo salió perfecto. Sin ti, sería mucho peor, estoy segura.

Me encogí de hombros porque no lo creía así. Recordaba leer sus correos, llenos de fotos de flores, tarjetas y descripciones de tartas y tener claro al instante cuál era mejor. No me parecía muy complicado.

—Bueno, por algo estás tan solicitada. Debe de ser un trabajo muy estresante.

Volví a encogerme de hombros.

—No creas. Solo lo es en algunos momentos. Tengo bastante tiempo libre. Entre un encargo y otro… Como sea, la que tiene nombre es la empresa, no yo.

—Pero tú eres parte de ella —señaló riendo—. ¡Hasta diste una entrevista!

Negué y di un sorbo largo al café.

—Mamá me ayudó a entrar ahí, no es un gran logro… Por mi cuenta las cosas hubiesen sido diferentes.

—No digas eso. —Me sonrió. Yo la imité—. Si fueras mala, no querrían contratarte.

—Lo sé. Me refiero que, si fuera otra persona, me hubiese costado más, por eso ni lo valoro. Fui a una buena y cara escuela, destaqué en las prácticas, luego todo fue rápido. Tengo ideas originales. Nada más.

—Eres increíble, peor que yo. Me rindo.

Quiso que le contase más cosas. Le dije que no había mucho que contar. Se interesó por mi familia, seguían viajando mucho. La suya también seguía con el comercio. A partir de hablarme de sus padres, enlazó un tema con otro, como un esquema, con cosas como «luego te explico sobre por qué se refirió a mí de ese modo, todo viene de mucho atrás…» o «pero si no me doliera tanto la espalda, porque déjame hacer un paréntisis para explicarte cómo de doloroso es…». Así hasta que me dio vergüenza llevar tanto tiempo sentadas allí sin cosumir nada más. Y, mientras la miraba hablar, la escuchaba, pero no entendía muy bien lo que decía, qué sentido tenía todo eso.

—A veces el tiempo libre es lo peor —dije cuando por fin calló—, ¿sabes? Antes me gustaba, no sé, simplemente ir a tomar un café con alguien. Llegué a tomar tres cafés en una misma tarde con personas diferentes, cada una en una parte de la ciudad, pero todo llega a cansar. Ahora ya no me apetece salir tanto, quedaba con gente y ni les escuchaba, así que, ¿para qué hacerlo?

No tenía relación alguna con lo que ella hablaba, pero parecía no saberlo.

Aunque en ese momento ni era consciente, el gesto extraño en mi boca debía estar provocado por la envidia. Envidiaba que Miyako se hubiese casado ya, siendo más joven que yo, que estuviese esperando a su primer hijo, cosa que ni me planteaba, que le brillaran todos los poros y que pareciera enamorada hasta de respirar. Pero lo que más me molestaba del asunto era su insistencia en que debía estar orgullosa de mí misma por algo que ni me planteé seriamente, solo surgió poco a poco. Lo que de verdad llevaba toda la vida ansiando, y varios años negando su existencia, era una historia de amor incondicional, como esas que acaban con un «y fueron felices». Hasta me agobiaba saber que la mitad de las parejas a las que les hacía tartas de boda se divorciaban al poco tiempo. Aunque, por un momento, pensé que Miyako no me juzgaría por eso.

—¿Y no has conocido a nadie interesante?

Solo por un momento.

—La mayor parte de los que conozco están a punto de casarse —solté, por hacer un chiste. No tuvo mucha gracia.

Evité mirarla directamente a los ojos y sonreí mucho, todo lo que pude. Mi capacidad para enamorarme estaba en huelga.

Así que me despedí de Miyako, dejándole caer que tal vez no podría estar para la baby shower, a la que tanto su madre como su suegra se oponían por considerarlo una excentricidad. Fue muy pesada con eso.

Aquella noche, cuando estaba a punto de meterme en cama, supe que no iba a ser capaz de dormir. A menudo me excuso en el aburrimiento, en que era el único número que me sabía de memoria, qué importa, ¿necesito excusas? Me gusta ser sincera: llamé a Taichi desde el teléfono de la habitación porque me seguía causando curiosidad y cuando cerraba los ojos no hacía más que imaginarlo con la maldita camisa desabrochada.

—¿Y cuándo vuelves?

—No lo sé —expliqué—. Tal vez no vuelva o tal vez sí. Puede que aquí no encuentre trabajo de lo mío. Sería tonto ponerme ahora de otra cosa, cuando allá me va bien…

—Sí. —Hablaba sin muchas ganas—. Algo tonto.

—Miyako y Ken están esperando un hijo, ¿lo sabías? Tiene una barriga enorme. Vendrán gemelos, ¡por lo menos!

No se rio.

—Es una niña, me lo dijo Hikari.

—Ah… ya lo sabe, yo no quise preguntar. Tiene que ser un poco cansado estar siempre aclarando que es una niña, no gemelos. —Esperé dos segundos en silencio—. Taichi, ¿podrás perdonarme? Por irme así, igual estuvo feo. Igual ni debí venir.

—Perdona, Mimi, estoy con interferencias, escríbeme, mejor, ¿sí?

Le dije que sí, pero escribir no va conmigo. No tiene la espontaneidad de una conversación, se piensa demasiado, se reescribe y se borran cosas. Además, nunca se puede saber con qué tono lo leerá otra persona, eso puede ser peligroso. Sin mi tono no soy nadie, tendría que buscar entre decenas de emoticonos el que se correspondiese con mi ánimo y a veces ni existe el correcto. Y todo el asunto me da pereza.

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