Ayer éramos sombras
Lo que nunca hice
Seguía teniendo la misma cara de niño, pero el sol o sonreír demasiado le habían arrugado los ojos de más. En conjunto le hacía una expresión extraña a ratos. Yo le seguía viendo atractivo. Por un momento creí que me abrazaría, pero solo me sostuvo los brazos mientras me saludaba.
—Qué bueno verte. Estás genial. Ven, pasa, te enseñaré la escuela.
Michael había estudiado doce años de tango y hacía tres que había abierto una escuela. No es que un estadounidense enseñando tango en Japón sea algo muy corriente, pero en Estados Unidos no hubiese podido hacerlo. No era un gran bailarín, no como para tener un nombre, eso decía. Se le daba muy bien la gente, desde que lo conocía era así, sus alumnos disfrutaban mucho en las clases y no buscaban más de él. Michael hacía que cualquiera a su lado se sintiera importante.
Lo notaba más grande, con más músculo, o era yo que encogía. Cada vez me sentía más baja. La escuela apenas tenía tres salas, un vestuario, un despacho y un cuarto de baño, pero me resultó más amplia de lo que imaginaba. En el piso de arriba enseñaban flamenco y retumbaba en el techo.
—Es un poco molesto a veces —me explicó feliz, como se siente cuando muestras a alguien un trozo de ti y no te importa si lo rechaza o lo acepta—. Y ya está, esto es todo. Rápido, ¿eh?
Asentí despacio. Cogió sus cosas y nos fuimos de allí. Apenas me había movido en todo el día, pero no me apetecía caminar.
—Estoy agotado.
Aproveché para decirle que no me importaba si parábamos en algún lado.
—Mejor demos una vuelta. Casi nunca salgo y este barrio cambia mucho.
—Ahora sí, ahora todos lo hacen.
Consentí caminar y paseamos por las calles más comerciales, sin entrar en tiendas. Estuvo hablándome de su día a día. Yo le hablé de mis nuevas responsabilidades.
—Pero, a pesar de lo que puede parecer, tengo mucho tiempo libre —expliqué—. No me imagino trabajando a todas horas.
—Yo tampoco te imagino —rio—. ¿Y cómo es que te dio por venir?
Ladeé mi cabeza, pensando qué decir.
—Me siguen gustando los rubios de ojos azules. Y aquí están los mejores. —Se rio otra vez, con más fuerza—. No, es que…
—¿Qué?
—No sé explicarlo. Tenía todo lo que viví aquí congelado. Pensé que venir era una forma de que se descongelase y ver que todo continúa moviéndose. La última vez que nos vimos teníamos solo diecinueve años y, para mí, tú te quedaste ahí. Y terminé mal con algunas personas. A veces, cuando tengo tiempo libre, me arrepiento de eso, de muchas cosas. Creéme, es demasiado tiempo libre.
Michael no pareció entenderme.
—¿No estás molesta conmigo, no?
Negué con rápidez.
—No. Pero a veces me gustaría pegarte.
Le sonreí. Si él no me hubiese animado a volver a Japón en el pasado, tampoco estaría allí en ese momento, odiando todo un poco, y sobre todo a Yamato, y sobre todo a mí misma.
Me hubiese gustado dormir con él aquella noche, como algunas pocas había imaginado, pero Michael nunca fue para mí. No iba a caer en intentarlo de nuevo, luego de diez años. Tenía eso más que aceptado.
Pero cómo me hubiese gustado pasar con alguien la noche… La cama era demasiado grande y, si me ponía de lado, sentía que le estaba dando la espalda a alguien invisible. Me giraba todo el tiempo, para un lado y para otro. A eso de las tres de la madrugada, me puse unos vaqueros y salí del hostal. Cerca de allí había un restaurante de comida rápida, de esos que no cierran en toda la noche, corrí hasta allí y me senté cerca de la puerta. Jugué con el móvil, hundí la cabeza en los brazos, me bebí un refresco de los que nunca me permitía. Dormir no suele ser un problema, el problema es conseguirlo cuando me lo propongo.
Años atrás eso era algo diferente. Cerraba los ojos sonriendo porque quería que la noche pasara rápido y viniese otro día, otra oportunidad para cumplir mis sueños. Sabía que para antes de los veintiuno iba a conseguir tres cosas: viajar, vivir una historia de amor increíble y ser cantante profesional. Pero cada día era una oportunidad perdida y, solo tres años después, los sueños y los veintiuno quedaron muy atrás.
Michael fue el único que me animo a ello. «Tú tienes buena voz. Eres mucho mejor como cantante que yo como bailarín. Si de verdad te lo propones, nadie podrá detenerte». Mientras volvía, casi al amanecer, al hostal para ducharme, me acordé de eso, me comparé con él y me pregunté si yo sería feliz dando clases de canto. La respuesta fue no. El canto no me atrae, no del mismo modo que la danza a Michael. No era mi vida, ni siquiera cantaba ya. En su día, lo que de verdad me atraía era la idea de la fama y ser maravillosa. Un montón de gente sabiendo mi nombre y gritándolo, dar conciertos que otros recordasen durante toda su vida. Dedicarme a viajar y dormir en los mejores hoteles. Cosas de esas, de estrellas. Qué importa ahora. Todo eso eran ya los sueños de otra persona. Los sueños siempre se van. ¿Y el amor? Bueno, el amor todavía no me ha demostrado nada. ¿Existe siquiera?
.
.
.
Me imaginaba a Yamato. Lo imaginaba preguntándome acerca de la vida sin hablar, mirándome como si ni le importase lo que fuera a decir y por eso tuviera que soltar algo impactante, que le hiciese cambiar todos sus esquemas sobre mí. Decirle, «¡lo conseguí! ¡conseguí todo lo que quise y más! ¡jamás me acordé de ninguno de vosotros, en nadie pensé arrepentida! ¡no me sentí sola! Vaya, ¡es que ni sé qué es sentirse solo! He hecho tantas cosas, he visto tanto, no ha pasado un día en mi vida sin dedicar unos minutos a reírme. Todo es demasiado maravilloso como para lamentar lo demás… lo de hace tiempo, lo lejano… nada importa hoy».
Sin concretar, sin dar detalles. Así no decirle:
—He viajado menos de lo que quería. La provenza sigue pendiente, sí. Todavía no terminé el libro que me regalaste, acumula polvo en mi mesilla. No tengo novio, no me he casado y, además, todos piensan que hacerlo en Las Vegas es muy hortera, pero sería divertido, ¿no crees? No me he enamorado hasta el punto de querer dejarlo todo. Es más, no me he enamorado. No he conocido a nadie con quien quisiera involucrarme más allá de dos meses. No colaboro en ningún voluntariado, no… no hay nada que me importe lo suficiente como para eso. A veces hago donaciones. A ver, ¿qué hice? Estudié, sí, me preparé para trabajar y pagar un piso decente. Me fue muy bien. Tengo un piso precioso, de revista es. Pero sigue sin ser fácil, sigue sin parecérmelo. Trabajo más que ninguna otra cosa y, aun así, tengo tanto tiempo libre… Me arrastro por el tiempo, sin más, la horas me aturden y me mecen hasta dormirme. Eso es lo que hago.
Y quizá si encontrase la voz para decírselo y sus orejas abiertas él lo entendería, seguro que más que Koushiro, que Michael, que Miyako, que mis padres o que Taichi. Seguro que lo entiende más que nadie.
Pero eso no significa que tenga las respuestas para mí.
.
.
