Ayer éramos sombras

Hábitos

Tai:

Ya ves, al final te he hecho caso con eso de escribirte. Supongo que ya no esperabas noticias mías. He estado ocupada con visitas, ya sabes. He pasado la mañana en cama. Todavía sigo aquí, bajo las sábanas. Todo es claro en la habitación; estoy muy pálida, casi no sale el sol. Perdona si me alargo mucho, es que me he acordado de algo hoy, mientras dormía despierta.

En el último cumpleaños que celebraste, ese en el que aún estuvimos los de siempre, ¿recuerdas lo que me contaste sobre Koushiro? Si no hubiese sido por ti, nunca me habría enterado de sus sentimientos, quizá ya me había acostumbrado a su forma de soportar mi presencia. ¿Qué hubiese cambiado de no saberlo? Por mi misma, ni en mil años me habría enterado. A pesar de que ya me superaba en altura, lo relacionaba demasiado con su imagen infantil… igual que todos me trataban como si fuera la misma niña que se escondía de los problemas. Por favor, no le cuentes a nadie que en parte sigue siendo así.

No sé qué quiero decir, pero, resumiendo, mi pregunta es: ¿te arrepientes de habérmelo contado? ¿te has arrepentido alguna vez?

¿Hay algo que lamentes… algo que no puedas cambiar?

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A pesar de que era una de las principales razones de mi viaje, no quería encontrarme con Yamato. No tenía ganas o no tenía valor, o no creía que eso fuera a cambiar cómo me sentía. Sí, había perdido toda la confianza en los demás, en que los necesitara para sobrevivir, en que me hiciesen algún bien.

Pero, muy en especial, no quería darle la razón cuando viera que había renunciado a mis sueños, a cantar, a la fama, a otro mundo, a qué sé yo. Confirmarle que no era tan fuerte como le dije.

Que viera que solo era una persona anodina, con una vida rutinaria algo mejor que la media, como podría esperarse, como todas esas niñas bien que nunca estaban desesperadas por algo importante ni nunca confiaban en sí mismas lo suficiente. Aunque sabía que nada de eso era cierto, lo había creído demasiado tiempo como para olvidarlo sin más.

Encontrarme con él y que se desvaneciese en ese mismo instante la imagen inalcanzable que me había formado, descubrir que era como todos… sí, también temía a eso, a haber buscado la aprobación de alguien que era mentira.

Algo en Yamato me atraía desde siempre, creo que algo en él atraía a todos y cuanto más distante era, más nos sentíamos atraíados a él. Incluso cuando parecía ser abierto, hasta en esos momentos algo en él decía que no nos dejaba ver todo lo especial que era, que no necesitaba esforzarse como todos los demás por serlo. Eso no podía ser solo humo.

No me extrañó cuando me soltó que la fama no era para mí, tampoco para él, que mejor haría en huir de eso. Le agarré las manos y le besé cerca de los labios, porque me pareció que hablaba de sí mismo, y yo sabía que ambas cosas sí eran para mí.

Ninguna lo fue.

Hoy no es más que una sombra de lo que fue, eso me expliqué mil veces antes de llamar a Koushiro: la otra razón de mi viaje. Se extrañó al oír mi voz, pero le gustó, o eso me inventé. Tenía un rato libre después de cenar. Se pidió un combinado con whisky y eso hizo fácil empezar una conversación, porque no lo hacía bebiendo.

—Yo no te hacía aquí. Es poca cantidad —explicó con algo de vergüenza cuando le sirvieron.

—No, si me parece bien, vamos, no lo decía como reproche, estoy para hablar yo… tuve una época mala con eso, me tuve que decir «hasta aquí». No digo que fuera alcohólica, no, es solo que gastaba demasiado por los clubs de moda, me gustaba la fiesta. Bueno, me gustaba lo normal. Solo lo normal, como a todos. Hice alguna tontería, nada serio.

Paré de hablar cuando asintió como comprendiendo los matices de mi discurso.

—Yo no he pasado por eso. Voy a lo tranquilo.

—Ya, me imaginaba. Pero es distinto en tu caso. Tú siempre has sabido qué hacer mañana y el resto de los días.

Negó y junto las manos sobre la mesa.

—Qué va, ¿por qué lo piensas?

—Porque somos lo contrario. —Sonreí con seguridad.

—No estoy de acuerdo.

—¿Ves? Así solo me das la razón. —Bebí indicando con la mano libre que iba a explicarme de inmediato—. Yo nunca he sabido lo que voy a hacer. Aunque creas que tú tampoco, es imposible que te ocurra al mismo nivel que a mí. Me pasé soñando mucho tiempo con un presente que no fue y ahora pienso bastante en ese pasado que no va a cambiar. Mientras, he hecho cosas, claro, pero nunca porque supiera que iba a hacerlas. No sé si me explico. Es decir, si estuviera enferma, sabría que tengo que curarme, lo haría con todas mis fuerzas. Pero ahora que todo está bien no quiero nada en concreto. La última locura que quise fue venir aquí y pedirte perdón. Porque me torturaba lo que hice. Aunque lo hayas olvidado y aunque igual lo estoy haciendo peor con solo mencionarlo, pero soy egoísta y me torturaba saber que te había hecho daño y que lo pases mal otra vez para que me alivie la conciencia igual no es la solución madura, pero fue lo que quise hacer. Eso es.

—¿Perdón por qué?

Le dije lo que tantas veces había dicho a una persona ausente.

—Porque pude haberte querido y no lo hice. Me gustaba estar contigo pero no lo suficiente como para querer vivir para siempre. Me gustaba cuando me prestabas atención, pero no me consideraba la única en el mundo. Y eso que todo el rato pensaba que eras demasiado bueno para mí. Eso debería ser lo bastante tonto como para pedir perdón.

—Mimi. No llores, es algo estúpido. Éramos muy críos. Cada persona tiene unas expectativas diferentes de las cosas, eso es todo —dijo con bastante frialdad—. Tú y yo, es verdad, no hubiésemos durado. Lo quise, todos quisimos imposibles alguna vez. Estoy con alguien, estoy bien. Tenemos algo estable, tenemos mucho en común.

Me dio la sensación, o quizá la sensación se la dio a la parte de mí que seguía clamando su atención, de que no era feliz.

—Genial. Es fantástico eso.

Pero le hice caso a la otra parte, la que quería cerrar eso y seguir hablando con un amigo de las cosas de la vida.

—Por el momento no nos planteamos mudarnos juntos, aunque parece que todos lo están haciendo. El último, Yamato. Trabajo con él, ¿te conté?

—¿Con Yamato?

Koushiro alzó las cejas.

—Sí, eso dije. Se compró una casa a las afueras, muchos días trabaja desde allí.

—¿Y dejó la música?

—Lo desconozco. Supongo. No creo que tenga tiempo para eso. Profesionalmente lo dejó hace mucho, eso seguro.

Siguió hablando. Hablaba tranquilo. Mil preguntas esperaban en mi garganta, ninguna llegó a formularse.

—Ahora van en serio, Sora y él. No sé si ya estarán comprometidos.

—Ah, no lo sabía. Me alegro por ellos. Me alegro en general —contesté.

Me acordé de una canción triste de piano que había escuchado esa mañana, de un vídeo de danza que compartió una excompañera de trabajo y vi antes de levantarme de la cama y escribir a Taichi. Preferí no pensar en nada de lo que ocurría a mi alrededor y concentrarme en esa canción, en la precisión de los movimientos, igual que hice bajo las sábanas.

Y de verdad puedo decir que los colores se perdieron y hasta el pelo de Koushiro pareció negro.

Nos levantamos para pedir otra —la última— y me apoyé en su hombro, él me acarició el mío; eso me gustaba más de lo que estoy dispuesta a admitir.

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Mimi:

Yo no sé alargarme al escribir y prefiero no pensar en tu pregunta.

Quizás, lo que deberíamos hacer es dejar de pensar en cómo hemos llegado hasta aquí. Deberíamos pensar en qué vamos a hacer ahora mismo.

Es lo único que se me ocurre decirte, pero es tarde y estoy algo cansado; por ello, quién sabe.

Aquel fue un gran cumpleaños, en cualquier caso. Nunca lo olvidaré.