Ayer éramos sombras
Decir no
Al principio rechacé la oferta de Michael; no quería ser una aprovechada.
—Pero no serías una aprovechada —me aseguró—. Podrías, a cambio, trabajar algunas horas como recepcionista en la escuela de baile.
—¿Necesitas una recepcionista? —Su escuela me parecía demasiado pequeña como para eso.
—No, pero me dará estatus. O podrías hacer pastelillos y yo los ofrecería al acabar la clase, como premio.
—Michael, te espantaré a los clientes. Seguro que quieren perder peso.
—Podrías hacerlos dietéticos. Sin azúcar, no sé. Algo energético. Se vendería bien.
Asentí, no le dije que nunca había probado a hacerlos así. Me senté. En esa habitación hacía demasiado calor y me mareaba.
—O también podrías dar clases de canto. Canto en inglés. Ya veo la publicidad: «Aprende idiomas mientras cantas». ¿Qué te parece?
Me pidió que me lo pensase y necesité cinco minutos para saber que cogería un vuelo a EEUU tan pronto pudiera. Pero cuando Hikari y Takeru me invitaron a su compromiso, me pareció que alargar algún tiempo mi estancia era lo más lógico. Mi cuenta corriente no estuvo de acuerdo. Mi jefa probablemente tampoco, pero no la tenía muy presente en mis decisiones. A mis padres les conté que ya había encontrado otro trabajo.
No me apetecía ser la de los pastelillos dietéticos. Tampoco la alternativa: volver a Nueva York y continuar con mi trabajo. No me apetecía porque esa vida era como un pozo o un imán que, una vez lo bastante cerca, te atrapaba y ya no se podía escapar. Como le estaba sucediendo a Taichi. Me quedaba muy poco para eso y no me gustaba. Prefería volver a los diecinueve años, porque entonces las posibilidades eran infinitas y quería fingir que seguía siendo así, que podría serlo siempre. Michael me lo ponía fácil. Hablar con él lo era, nunca sabía adónde nos llevarían nuestras conversaciones.
—No creo que pudiera acostarme con una mujer —afirmé, después de que Michael diese razones ridículas sobre por qué todos los heterosexuales éramos bisexuales reprimidos—. Sería… miraría sus pechos, luego los míos, le tocaría el culo y pensaría si lo tiene más trabajado que yo o si debería subir escaleras más a menudo. Así que eso no sería sexo, sería una competición. Y ni siquiera tengo imaginación para hacerlo. No estoy nada de acuerdo con tu teoría.
—El sexo se parece bastante a una competición
Aquello me extrañó. Nunca había escuchado nada parecido.
—Todo el sexo. Es poder. —afirmó. Me eché a reír—. Se compite por ver quién necesita más a quién.
Callé unos instantes mientras negaba con la cabeza.
—Como sea, no lo creo para nada —zanjé.
Michael solo sonrió, creyéndose ganador de la conversación. Le gustaba volver a casa y no estar solo. A mí me gustaba debatir con él, aunque se creyese ganador siempre. Entre los dos hasta lo más serio cogía un tono superficial o, incluso, absurdo.
En pocas semanas, ya habíamos discutido sobre las relaciones abiertas, la caza, la música electrónica, las madres de alquiler, la moda ochentera, Oriente Medio, la comercialización de las festividades y la superpoblación. Y, siempre, todas nuestras charlas llegaban a un punto en el que me imaginaba siendo alguien totalmente diferente y me preguntaba por qué no podía serlo.
Quizá había otra vida, quizá había algo más, algo que todavía no me imaginaba.
También me preguntaba, si una ilusión es irrealizable, ¿por qué vivir en una mentira? ¿No deberíamos alegrarnos una vez sabemos la realidad? ¿No debería ser feliz, ahora que sabía los grandes «no»?
Así pasaron semanas. Después, un par de meses. Sin apreciarlo, ya estaba en otra vida.
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Hikari me desconcertaba. Ella siempre me daba esa impresión inicial. Vestía muy sencillo, nunca interrumpía, actuaba conforme el lugar donde estaba… y aun así era alguien especial. A pesar de que yo me daba cuenta de eso, ponía los ojos en blanco cuando alguien más me lo hacía saber. Aunque quien lo dijese fuese su pareja, aunque se estuvieran casando y aunque ella llevara un vestido más atrevido de lo que imaginé y un anillo decepcionante, por lo clásico.
Su triunfo era haberse conocido y yo debería haberme alegrado más por ellos, si no fuera porque cada vez estaba más convencida de que moriría sin experimentar aquello.
Sentado al lado, Michael buscó mi sonrisa con comentarios sarcásticos acerca del matrimonio. Le sonreí sin muchas ganas, solo para que parase. En lugar de eso, mi gesto lo animó a seguir.
Durante la celebración evité mirar a Yamato. Taichi evitaba mirarme a mí. Yamato no tenía que esforzarse en eso. Estaban sentados en la misma mesa, junto a Sora, los novios, los padres de estos y una chica que nunca había visto pero que, suponía, acompañaba a Taichi. Cada vez que veía al maldito, parecía más seguro de sí mismo que la anterior. Yamato, por el contrario, parecía no estar allí.
A Michael y a mí nos sentaron con Miyako y Ken, Daisuke y su hermana, e Iori, solo. Koushiro y Jou estaban sentados en la mesa de al lado, a unos dos o tres metros, con sus parejas, los hermanos de Jou y los padres de Sora. Las mesas eran ovaladas.
Antes del postre, el que no me pidieron hacer ni yo me ofrecí, Yamato subió a un pequeño escenario.
—Hace bastante que no hago esto, pero mi hermano compuso una letra y fue muy insistente. Ya estoy pensando en cómo devolvérsela cuando me case.
Sora se sonrió. «Cuando me case». Di un trago algo más largo que los anteriores.
—Ay, qué bien que todos se casan —comentó Miyako. Di otro trago.
Yamato comenzó a cantar. Ahí no tuve otra opción que mirarlo; no hacerlo y pasarme tres minutos simulando que debía recolocarme el pelo quedaba ridículo.
Escuché con atención, pero no lograba retener las palabras que pronunciaba, solo captaba la forma de decirlas. Encontré que Yamato había perdido algo de práctica, o que le recordaba haciéndolo mejor.
«Podría estar cantando con él» pensé. Justo en ese momento nuestras miradas se cruzaron y permanecí muy seria, como si fuese una canción muy triste.
—Tú tienes mejor voz —me susurró Michael cuando terminó la actuación, mientras todos aplaudían.
—Yo ya no canto.
—En casa tarareas.
—Yo ya no canto en público.
Miyako y su oído atento de madre primeriza —que ella misma me había detallado minutos antes— gritó:
—¡Es verdad! Mimi canta estupendo. Venga, animémosla. ¡Qué cante, qué cante! —repitió como una grabación. No le hacía falta alcohol para ser escandalosa. Jun se unió a sus coros. A pocos metros, Koushiro me sonrió y levantó sus cejas, casi imperceptible. Yamato y Taichi también me miraban, no creí que pudiera pasar tal vergüenza, menos por algo que hacía mejor que la mayoría de la gente.
—No puedo hacerlo —dije llevando la mano a la garganta, fingiendo dolor. Miyako inclinó su cabeza—. Estoy muy delicada, ¿verdad? —pregunté mirando a Michael. Él asintió.
—Sí, sí. Es el aire del piso, es fatal.
—A mí me pasa lo mismo —apoyó Daisuke—. Debe ser un virus.
Iori se fue apartando poco a poco de su lado.
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Michael quería bailar y esperó a que estuviera lo suficientemente borracha para proponérmelo.
—Se supone que venías para desconectar del trabajo.
—¿Qué crees? No sé bailar todos los estilos. No lo hago mejor que tú.
—Qué mentiroso. Todos sois unos mentirosos. Todos. Solo bailaré si Iori se apunta.
Miyako me tocó el hombro y señaló hacia la derecha. Iori bailaba, y, para mi sorpresa, se defendía bastante bien.
—¿Por qué es todo tan raro? ¿Desde cuándo Daisuke se lleva bien con Jun? ¿Por qué lleva Sora pendientes? La novia de Koushiro es muy guapa, ¿verdad?
—¿Novia? ¿Es su novia? ¿Tú lo sabías? —preguntó Miyako a Ken. Él negó—. Me la presentó como una compañera. Maldito Koushiro. ¿Es que se avergüenza?
—Vamos, Mimi. Será divertido. Una canción. Solo una canción —siguió insistiendo Michael.
No sé cuántas canciones fueron. Entre una y otra daba un pequeño sorbo a mi vaso. Los camareros reponían las botellas siempre que se acababan. No llevaba la cuenta de lo que bebía. Solo sabía que era muy suave y que me estaba divirtiendo, aunque me temblaran las rodillas.
—¿Sabes qué odio? —le dije parándome—. Odio que solo seas mi amigo.
Michael no me contestó. Alzó su mano, haciéndome dar una vuelta.
—Y odio tus teorías homosexuales.
—Las odias porque son ciertas.
Le tiré una copa llena de aire a la cara y nos reímos. Di otra vuelta. Ya no sabía dónde estaba Yamato, no sabía dónde no podía mirar.
Perseguir un imposible. Los vacíos perennes. El aburrimiento como equipaje. El propio tiempo, jugando en contra. La inocencia perdida. Las oportunidades que no eran. Todo eso ignoré mientras bailaba con mi amigo.
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Desde la barra, Koushiro me miraba y eso me dio mucha lástima, porque en sus ojos me sentí un pasado imposible. Lo supe, porque a menudo recordaba que estaba malgastando mi vida.
Era fácil decirse «no pienses en esas cosas, no pienses…» como si la mente no fuese más compleja que un sistema informático cualquiera y, además, supiésemos programarlo siendo la propia máquina.
Me puse a su lado, sin rozarle. Me pedí el primer cóctel que conocía y alcancé a leer: tequila sunrise. Al recibirlo, le miré a los ojos, llevé la copa a mis labios, me di la vuelta y salí al jardín. Me siguió a los pocos minutos.
Estábamos solos, porque anochecía y hacía demasiado frío como para estar en el exterior.
—Me revienta la música —me dijo con hastío.
—¿No te gusta?
—No en exceso.
Di un sorbo, el sunrise quedó por la mitad.
—Creo que tienes razón. En exceso es molesta. Tu novia es muy guapa, pero le dejaron mal el flequillo.
Se metió las manos en los bolsillos.
—Michael parece muy divertido.
Me reí.
—Quiere saberlo siempre todo. Como tú, pero hablando sin saber nada porque habla… por hobby. Imagínatelo. A veces nos acostamos tardísimo solo por estar hablando.
—¿Vivís juntos?
—¿Eh? Sí, claro —reí—. Cuando se sabe lo que quiere, ¿para qué esperar? ¿Tú no te atreves a comprometerte? ¿Por qué no?, es algo maravilloso —Recordé a Miyako y la imité.
Koushiro llevó la mirada hacia un lado y no contestó.
—Era broma. Michael sigue siendo mi amigo y sigue pensando que acostarse conmigo sería asqueroso. No estoy con nadie, solo pensarlo me mareo. —De verdad me mareaba y me apoyé en un banco de madera. Koushiro se sentó también. Lejos, otra vez—. Asqueroso, así lo definió el muy… —paré en seco. Tiritaba—. No soy asquerosa.
—No lo eres.
—¿Tú te acostarías conmigo, verdad? Yo podría quererte. Yo podría… sí, podría. Lo hago. Lo hacía. No lo sabía, estaba escondido, pero lo hacía. ¿Entiendes? No me daba cuenta pero eso existía. No en mi conciencia… en otra conciencia. Eso mismo. Y lo supe tarde, creo.
Koushiro solo seguía serio.
—Ahora no lo haría —contestó.
—Claro. Ahora no. En general, quiero decir —expliqué ayudándome de las manos—. En general es diferente. Dime.
—No.
—¿«No» de no?, ¿o «no» de no me lo vas a decir?
—No.
Me giré hacia él, pensando en cómo hacer que cambiase de opinión. Pero mi mente no ayudaba, estaba en blanco, ni sabía lo que iba a decir antes de mover los labios.
—No me gusta cuando bebes —dije—. Antes no bebías y yo te gustaba.
—Apenas bebo.
Esperaba que dijera algo más, porque seguía mirándome, pero no lo hizo, no dijo nada que pueda recordar. Recogí la copa del suelo y volvimos juntos a la sala. Una sola palabra me había arruinado el día, la semana y serviría, cuando fuese consciente, para avergonzarme hasta querer borrar ese día sobre todas las cosas.
Busqué a Michael, quería pedirle que nos fuéramos. Pero no a casa necesariamente, solo que nos fuéramos de allí. De donde Hikari y Takeru seguían con las fotos. De donde reían Sora y Yamato. De donde Taichi evitaba mirarme. De donde todos mentían, también yo. Del sitio que echar de menos, ¡no quería volver allí! Prefería algo distinto que nunca antes soñara nadie.
Algo que fuese verdad, oculto en sombras, como todo lo que solo se descubría cuando el tiempo pasaba.
