Ayer éramos sombras

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—Sí, claro que podrías tener un hijo —le dije tras pensar—. No veo por qué no.

Al principio calló, después se le escapó la risa.

—¿Yo solo?

—Sí, o con alguien, no sé. Es pronto para saber ese tipo de cosas.

Michael volvió a callar. Cuando estaba en silencio ordenaba sus papeles con mayor rapidez.

—Prefiero pensar que no será así.

Me extrañó su repentina seriedad: el nuevo Michael era mucho más práctico y se reía de todo. Por ello, no insistí en el tema, aunque pensé en sus palabras más de una vez a lo largo del día. No iba a intentarlo siquiera. Se manipulaba a sí mismo, para convencerse de que eso era lo mejor.

—Como sea, no va a pasar —zanjó.

Cuando terminé de barrer, recordé algo:

—Mi padre una vez me preguntó: ¿qué es lo que quieres de la vida? Y yo le dije: Lo quiero todo, papá, lo quiero TODO. Y ambos se rieron, pero de verdad pensaba tenerlo…

Michael me sonrió.

—Tú sí puedes conseguirlo todo.

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Taichi contactó conmigo una semana después de la boda. Como acostumbrábamos, él actuaba y yo esperaba. Todo él era decisión y acción. Así se había propuesto ser. Yo me inquieté al ver su nombre en la pantalla del teléfono. «Apenas nos vimos en la boda… ¿tienes un rato libre mañana?» Tenía ese rato libre, los tenía todos, y no me salió decirle otra cosa que «sí». Llegó algo tarde, no me importó. Las vistas desde la cafetería eran demasiado entretenidas como para que me importase. Me fijaba en la ropa de la gente, en aquellas personas de las que creía saber algo por los detalles que los distinguían, como unos labios anaranjados, una falda arrugada, unos cordones desparejados… Fijarme en el exterior de los demás me hacía ignorar mi interior.

Taichi vestía más informal que en Nueva York, ropa simple y desgastada. Yo me había puesto mi chaqueta más gruesa, bajo la que llevaba un top muy fino. Nos saludamos como si no nos hubiésemos ignorado en la boda, fingiendo que nada había cambiado entre nosotros en años.

Apoyó los brazos en la mesa, colocando sus manos casi en el centro. Pronto me abroché la chaqueta y volví a mirar por la ventana.

—Este sitio es algo raro —observó.

—¿Por qué lo dices?

—Por el diseño. Es raro.

—¡Ah! Ahora hay muchos así. Es una invasión.

Taichi llevó la vista al techo y a los lados.

—Me sigue pareciendo raro.

—Yo ya me he acostumbrado. —Volví a mirar por la ventana.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó elevando un poco la voz.

—No lo sé. Poco, veinte minutos o treinta.

Se rio al momento.

—Me refería a cuánto llevas viviendo aquí. —No esperó mi respuesta—. Yo estoy pensando en volver también.

—¿Por qué?

Apoyó la espalda en el asiento, se encogió de hombros. No contestó.

—A veces tenía la impresión de que estaba en el centro del mundo. Otras, solo parecía un alcantarillado —confesé y alcé una ceja.

—No es demasiado diferente a todo lo demás.

Bajé la mirada y di unos toques en la mesa con mis uñas.

—Quizá tengas razón.

Pasó un rato hablándome de su trabajo. Le esperaban unos meses muy ajetreados. Le dije que pasarían rápido, estuvo de acuerdo. Al principio parecía emocionado con su relato, se esforzaba por estarlo; acabó confesándome que no estaba haciendo algo útil, eso sentía.

—Hay días que parecen un desperdicio. Demasiados días.

Yo presté atención a sus palabras pero no di mi opinión. No sabía qué decirle. Le había costado llegar hasta allí, ambos lo sabíamos.

—Es una sensación habitual —dije—. Es por ser humanos y ser conscientes de la mortalidad. Seguramente la mayor parte de animales no se sienten nunca así.

No era algo que hubiese pensado por mí misma, puse en mi boca palabras que antes había dicho Michael. Taichi se frotó la nuca.

—Estoy bien, ¿eh? Es solo que quiero estar mejor.

—Claro —sonreí—. ¿Y tu novia?

Sin inmutarse me dijo que no tenía pareja.

—¿Cómo que no? ¿Y la de la boda?

—Lo dejamos.

—Qué típico. —Puse los ojos en blanco—. Te acordarás de ella cada vez que alguien mencione algo sobre la boda.

Taichi se sonrió. Me arrepentí de mi actitud.

—Como dije, quiero estar mejor.

—Me alegro, entonces. Estar solo puede ser muy bueno.

—Si no estuviera enamorado de alguien, sí, sería lo mejor.

Ladeé la cabeza.

—¿A ti se te resisten? —pregunté con sorna.

—Me huye, más bien.

Dejé de sonreír.

—Vaya. Es feo eso. Pero piensa que tal vez no sea la adecuada o no sea el momento. Las personas son complicadas. Los animales tampoco deben tener esos problemas. —Sonrió de nuevo—. Encontrarás a otra, ya verás.

—Eso pensaba. —Vio la hora en su teléfono. Nos miramos durante unos segundos sin decir nada.

—Yo no estoy interesada en nadie en particular. Creo que… —callé. Ni sabía qué creía—. No sé qué iba a decir.

—No te preocupes. —Apoyó su mano junto a la mía. Yo me aparté. Al rato, volvió a mirar la hora y dijo que debía irse.

—Me apena que nos separemos de nuevo. Tenemos que intentar hablar más… haré el esfuerzo. Es que pasan los días, pasan cosas y… me olvido —expliqué.

Dijo que lo entendía, que todo estaba bien, y nos levantamos a la vez, sin dejar de mirarnos, ambos con media sonrisa.

Tras hablar con Taichi tuve claro que no quería marcharme otra vez. Pensar en ello me hacía sentir que realmente vivía en una esquina del alcantarillado. Así se lo hice saber a mi jefa, no se sorprendió por mi renuncia. Me aseguró que su puerta siempre estaba abierta, que no lo dejara y que llegaría tan lejos como me propusiera. La pregunta era, ¿quería proponérmelo? Me sentía inmadura por no querer asumir responsabilidades ni retos, pero era una decisión, libre como otra cualquiera. Algo respetable.

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—Sigo pensando que lo del canto en inglés funcionaría —recordé las palabras de Michael. Me lo había dicho antes de dar una clase. Yo estaba sentada en un taburete, detrás de un improvisado mostrador en su academia. Me distraía leyendo una revista. No era un trabajo muy serio, acorde con la remuneración, no me suponía esfuerzo alguno y, si por cualquier motivo tenía que ausentarme, simplemente avisaba. La gente era muy amable, aunque nunca traían el dinero justo para pagar y me quedaba sin cambio, por lo que hacía varios viajes al banco. Michael me había llegado a decir «no sé cómo me las apañaba antes sin ti» y le creía. Se escuchaba música todo el tiempo. Me parecía antigua, toda igual, pero Michael decía que muchas eran modernas, que había un poco de todo. La música se repetía, pero no se oía directamente, traspasaba la pared y parecía que la escuchaba mientras dormía.

Él me animó a empezar a bailar. Lo había hecho en la boda de Hikari por primera vez y yo solo me reí. Pero insistió.

—No tienes que bailar bien para disfrutarlo. Cuando uno baila, pasa algo curioso. No te ves, no te escuchas, solo te sientes. Te puedes sentir todo lo grandiosa que quieras. Nadie va a saber si es cierto o no, tú no necesitas que lo sepan. En especial, el tango… es puro sentimiento.

—Son sentimientos tristes.

—Pero se afrontan.

—¿Y cuál es la diferencia? Es triste igual. —Me cogió de la mano sin decir nada más. La otra la colocó en mi espalda. Me corrigió la barbilla. No había puesto ninguna pista, solo se escuchaba el taconeo flamenco del piso superior. Bailaba tan serio que no parecía el mismo. Yo me aguantaba la risa. Por momentos recordé bailar con él de adolescentes, cuando su contacto lo era todo para mí—. Bailar en pareja no es lo mío.

—¡Eh! —Michael se detuvo a escuchar—. Están bailando una versión de un tango—. Primero movió los labios sin decir nada—.Vivir, con el alma aferrada a un dulce recuerdo… nanana… miedo del encuentro con el pasado… Recuérdame que la busque al llegar a casa.

Según Michael, si algo era importante, ya se había compuesto un tango sobre eso. Pero era otra de tantas teorías con las que no estaba de acuerdo y ponía los ojos en blanco al oírlo.

Bailamos algunas veces más, pero nunca me lo tomé en serio. No pude «sentir», como él decía. ¿Acaso quería?

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Me encontré con Sora, por afrontar mis tormentos. Quedamos en una cafetería céntrica y llegamos casi a la vez. No es que estuviera interesada en retomar el contacto, la verdad. Sora había cambiado tanto que, para mí, la Sora amiga era otra persona, alguien de otro tiempo.

En mi cabeza iba a ver a la Sora de la que se había enamorado Yamato, la única razón que me había separado de él, aunque solo fuese en la historia que me contaba a mí misma.

Pero cuando por fin hablamos, no fue ni una cosa ni la otra. Solo vi a Sora, la empresaria que conversaba sobre su trabajo como si la estuviese entrevistando para el periódico. Me habló de datos de ventas, de exportaciones, de porcentajes, de empleados… Yo solo asentía con los ojos como platos, pero ¿qué le había pasado a todo el mundo? ¿No había nadie capaz de llevar una vida balanceada?

—¿Y tú? Cuéntame, Mimi, ¿volverás a tu antiguo empleo? Sé que te iba muy bien.

—No. Quiero decir… sí, me iba bien. Pero no volveré. Me cansé de ese mundo. Todo eso de las bodas… todo es tan estúpido. —Tragué saliva recordando que ella, probablemente, quería casarse—. Me refiero a que todos buscan hacer lo mismo, llega a ser algo aburrido… sí, es eso. Se agradece cuando los novios quieren hacer algo diferente.

—Entiendo. Yo podría ayudarte a encontrar algo aquí, tengo bastantes contactos en ese mundo. —Lo suponía sin necesidad de que lo dijese. Sabía que aceptaba encargos para bodas.

—Tal vez te lo pida. En algún momento tendré que independizarme de Michael y eso es todo lo que sé hacer. Aunque es genial vivir con él. Eso sí, apenas tengo espacio para mis cosas. La parte positiva es que he dejado de comparme ropa. Desde que estoy aquí, ni una prenda. ¿Te lo puedes creer? Y cuanto más repito la ropa, más mía la siento y menos ganas tengo de deshacerme de ella. Ahora me parece estresante y hasta estúpido eso de estar renovando el armario continuamente por la moda. —Tragué saliva de nuevo, recordando que ella se dedicaba a la moda—. No digo que tu trabajo sea estúpido… ya me entiendes.

No se me ocurrió una disculpa mejor. Sora sonrió.

—No te preocupes, he escuchado cosas peores al respecto. Entiendo que es un negocio con un lado turbio.

—¿Ah sí?

—Sí —dijo con traquilidad. No le pregunté cómo se sentía respecto a eso—. Pero… no creo que tenga más culpa que cualquier otra persona.

—No, para nada. —Cambié de tema—. Michael opina que debería abrir un negocio. Podría ser mi futuro, pero no me apetece que ocurra ahora mismo.

—Claro. Es duro, pero gratificante a la vez.

Asentí, aun sin comprenderlo del todo. Sora lo notó.

—Es como una relación de pareja. No puedes descuidarla ni un solo día. Y no siempre apetece estar ahí, pero hay que estar. Así es como funciona, comprometiéndote de verdad.

Volví a asentir, con algo de apatía. No sabía si merecía la pena. Nunca pude comprobarlo.

—Supongo que nada es perfecto.

Sora me miró con atención. Forcé una sonrisa y mi frente se frunció.

—Yamato lo es —dijo—. Para mí, lo es.

No entendía nada.

—Tiene sus defectos —siguió diciendo—. Como todos. Que surjan roces… es lo normal. Eso no quiere decir que sea mejor estar solo.

Cada vez entendía menos.

—Yo estoy sola.

—No quise decir que eso sea algo malo, perdona. Debí decir que sea mejor que estar separados. Las dificultades no tienen por qué ser un impedimento a la hora de quererse.

—Sí, sí, lo sé. Tampoco me había ofendido.

—Deberíamos quedar más a menudo. Has estado fuera tanto tiempo…

De verdad lo dijo con ganas. Supuse que no tenía muchas amistades, o tal vez que no las tenía fuera de su círculo laboral. No eran esa clase de personas con la que hablar de sentimientos. Tal vez por ello tardó tanto en mostrar esa parte conmigo, por grande que fuera.

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Sora y yo compartimos más que palabras aquella vez.

—Ya no tenemos diecinueve años, Sora.

Me sonrió como si mi información no le importase y pagó a la camarera. A mí me pareció bien. Juntamos nuestros vasos y dimos un trago largo. No era un sabor que me agradase, pero dejaba un regusto dulce.

A pesar de que sabía que un sorbo más me dejaría muerta al día siguiente, lo di. Ella tenía mucho más aguante que yo.

Al terminar, nos metimos en un local viejo, que poco tenía que ver con la estética del lugar donde me había visto con Taichi. Salimos de allí, espantadas por el olor y la música y decidimos que ya era muy tarde para nosotras. Sobre todo para ella. Compramos una botella de agua en un supermercado nocturno, el primero que vimos abierto. La empleada nos atendió entre bostezos, por un momento tuve ganas de recomendarle mi acondicionador para el cabello.

—Te he echado de menos —me dijo cuando estábamos a punto de llegar a la parada que nos separaría—. Aunque no lo creas.

—Ya solo dices tonterías.

—Ay, Mimi, gracias por hoy. A veces estoy demasiado cansada de todo. De verdad necesitaba esto.

Nos sonreímos al tiempo que las puertas se abrieron. Dejé de sonreír en cuanto desapareció su silueta.

Pensé que Michael no podría creer lo que acababa de pasarme. Había quedado con Sora, pensando en que fuese la última vez, una especie de cierre, y había acabado reforzando nuestra amistad. No solo eso: ella me necesitaba a mí, por algo que no comprendía del todo.

Las luces del apartamento estaban apagadas. El silencio lo era todo. Pensé que el color del silencio debía ser el negro y caminé despacio hasta la habitación de Michael. Me tumbé a su lado y me quité las medias, sin incorporarme.

—Fue todo tan raro. Todos están locos, Michael. Tú eres el único que no. Pero Sora es graciosa, ¿sabes? Se contiene, pero graciosa.

Michael abrió un ojo y levantó los dedos de la mano que tenía más cerca de mí.

—¿Y sabes qué más? Creo que no son felices. No lo son más que yo. ¿Soy mala por alegrarme? Sí, ¿no? Pero me alegro, ¡no sé por qué! ¡debo ser mala de verdad! —Callé y me giré hacia él. Tenía los ojos cerrados otra vez. Le di un beso en la cara—. Me gusta lo que tenemos. Me gusta así, tal como está. Me encanta.

—Y a mí.

Sonreí, casi hasta reírme. Esa fue la primera noche que dormí bien, sintiéndome en casa. La resaca no fue tan terrible como imaginé, ni siquiera ocurrió.

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