Ayer éramos sombras

Escalofrío

Finalmente, Koushiro se comprometió y yo me enteré por Miyako, mientras paseábamos por la sección de hogar de un centro comercial. Lo cierto es que no quería saber muchos detalles sobre el enlace, no quería escuchar cómo de enamorados estaban, ni cuánto dinero se iban a gastar, ni qué empalagosas aventuras les esperaban en su viaje de novios, por lo que desvié la conversación hacia los motivos por los que los moldes de silicona para el horno eran superiores a los demás. Recordaba que su novia me había parecido guapa, pero la imaginaba demasiado fea como para que mi recuerdo me resultase verdadero. Además, recordaba haber estado borracha cuando la conocí. Cualquier cosa podía ser.

—¿No es genial? —preguntó mi amiga—. Siempre pensé que Koushiro sería uno de los últimos en comprometerse, el soltero de oro del grupo, pero ya ves que no.

Me pregunté si Miyako, alguna vez, volvería a ser la de antes.

—Sí, es algo así como genial —dije.

Me miró como si entendiese todo lo que me pasaba por la cabeza y habló con cierta solemnidad:

—Pronto conocerás a alguien con quien compartirlo todo, Mimi.

Sonreí. Acabé riendo.

—¿Todo? Ay, ¡amiga!, ni siquiera «todo» es suficiente para mí. ¿Quién va a estar a la altura de esa palabra? Ni yo puedo —resolví con naturalidad—. No pasa nada por no tener pareja, no es una enfermedad ni nada parecido.

—No, claro que no lo es.

—Eres feliz con alguien, muy bien. Eres feliz solo, mejor. Pues esa sí es una relación para toda la vida —añadí.

Dudó unos segundos mirándome de reojo y mordiéndose los labios; después, cambió de tema. Estaba de acuerdo en que los moldes de silicona eran insuperables.

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Esperaba con una taza caliente en mis manos a que Michael volviera y pensé que, si Koushiro había sido capaz de olvidar que me quería, yo también debería poder olvidar que pude haberlo querido. En ese momento me pareció algo muy sencillo y cierto. Tanto fue así que todo tiempo pasado se volvió tan insignificante como el calor que perdía mi bebida y se iba a quién sabe dónde. Sí, así ocurría con los sentimientos también. Me gustó entender eso.

Michael no parecía del todo feliz. No como solía parecerme durante las primeras semanas. Cada vez sonreía menos y decía más a menudo que se sentía cansado, pero seguíamos hablando de cosas de las que nunca antes habíamos hablado con la misma pasión con la que los amantes se besan en la oscuridad.

Aquella tarde él no tenía ganas de hablar y yo, con mi mirada y la telepatía como aliadas, trataba de llamar a su curiosidad. Me miró, alzando su mentón, y dije:

—He visto un local para alquilar que me gusta. Creo que va a ser este el definitivo.

Al momento, su rostro se iluminó y hasta ocupó más espacio con su cuerpo.

—Va a ser este —apoyó—. Y va a ser una aventura increíble.

—¡Sí! Seré una gran empresaria. O una pequeña empresaria. O una empresaria arruinada. Será algo mío. Y ya sé cómo quiero que sea todo. Los colores, el mostrador, la música, los sabores y todo. Lo tengo clarísimo. Y pensé que podría dar clases también y así… tener empleados algún día, adiestrados por mí. O instruidos, como se diga. Me da igual la forma correcta. —Callé de golpe , recuperando la respiración, y agaché la cabeza en señal de disculpa—. Te he hecho una tarta.

—¡No! —Michael se llevó las manos a la cabeza—. Me vas a matar. Lo digo en serio.

—Vamos, es pequeña. Una tartita, más bien.

—Es una bomba. ¿Tarta a estas horas? Ni hablar.

Me acaricié el cuello.

—Mañana seguirá estando buena. Pero, claro, no estará recién hecha.

Michael me lanzó una mirada de odio. Yo sonreí. Se preocupaba demasiado de sus cenas y poco de su sueño.

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Escribí a Taichi, no como todas las veces en las que olvidé hacerlo. Me hice una cuenta nueva de correo para ello, por ningún motivo en especial. Le conté mis planes de vida del momento. A los pocos minutos, me contestó. Opinaba que era muy ambiciosa. Lo hacía en pocas líneas, consecuente con su estilo directo. Entonces, escribí:

«Ambiciosa… ¿es algo malo eso? A veces parece que sí. Un plan ambicioso… eso parece algo bueno, pero una persona ambiciosa… no tanto, ¿es así?, ¿o tú lo ves diferente? Sea como sea, yo estoy contenta. Abandoné Nueva York sin ningún plan. Bueno, con los planes de alguien que se ha cansado de tenerlos, de alguien que no puede seguir porque el pasado empieza a pesar y cada día suma más pasado. Ahora, uf, si lo pienso, ¿qué ha cambiado? Absolutamente nada. Solo soy yo. Tengo más fuerza, tengo alas, sigo tocando el suelo, pero me levanto y llevo conmigo el peso que sea. Y sé que, en parte, es por ti. Porque tú nunca te has rendido y has seguido en Nueva York, aun cansado, y agotado de esa ciudad que es un pozo, un gran monstruo que se alimenta de la energía de los que se agarran a las barandillas del metro o de los que, una noche más, cierran los ojos solo para dejar de sentir. Das lo mejor de ti porque estás seguro de que valdrá la pena. No sé. He pensado tanto en ti, en las cosas que decías… en las que decías hace mucho tiempo. Sin quererlo, me has inspirado. Por ello, gracias. Me siento entera. No olvides esto, como tampoco deberías olvidar quién eres».

Al día siguiente, recibí su respuesta.

«Lo hago, Mimi. Cada día tengo que recordarlo.

Te irá genial en tu proyecto, no necesitas ni suerte».

Pensé que lo mejor que podía hacer por él era ayudarle a no olvidar.

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Sora dejó a Yamato un día de abril, poco antes de un viaje que tenían programado. Yamato rompió un vaso de agua contra el suelo aquel día y fumó lo que no había fumado en años. Sora me lo dijo y apenas fue capaz de decir nada más. Temblaba cuando intentaba hablar. Yo no sabía cómo consolarla y le ofrecí una bebida caliente.

—Has hecho bien —dije—. Mañana verás más claro que hiciste lo mejor.

—Fue un arrebato. Ni pensé lo que dije.

—Ahora ya está. Ya se arreglará.

Apoyé mi brazo sobre sus hombros con suavidad. Para ella no tenía más que consejos de segunda mano, así que permanecimos en silencio. Por suerte, comenzó a llover y escuchar el chapoteo discontinuo llenaba de sentido la ausencia de palabras.

Tuve la sensación de que llovería para siempre. Eso me provocó un escalofrío.

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Con excepción de Sora y Yamato, todos mis amigos, al menos los que seguía considerando como tales, acudieron a la inauguración de mi local. Invitaron a personas que no conocía y, aunque reconozco que no me apetecía conocer a gente nueva y, por tanto, apenas recuerdo detalles sobre ellos, quise sonreírles mucho y gustarles, que probasen los dulces, se fueran a sus casas felices de haberme conocido y hablasen de mí, no como se habla de las celebridades, sino como se hace cuando eres testigo de un talento, un pedazo de arte que te remueve y, sorprendentemente, nadie más conoce. La fama también estaba ahí y me gustaba.

Koushiro llegó cuando ya todos se habían ido. Me encontró recogiendo, con la ayuda de Michael.

—Perdona —dijo—. Traté de venir antes, pero no pude.

Lo miré a los ojos. Yo conocía bien la sensación de llegar tarde a todo.

—No pasa nada, no es tan tarde. Cerramos porque nos divertimos tanto que ya estábamos cansados. Michael iba a buscar la cena. ¿Quieres probar alguna cosa? Quedan dulces de canela, de chocolate y de limón.

—Lo cierto es que no debería tomar…

—¡Oh! ¡Qué tontos sois todos! Son raciones muy pequeñas.

—De limón, dame de limón.

—Toma.

—Gracias.

—¿Cojo cena para ti también? —preguntó Michael. Koushiro dudó.

—Tengo que avisar a mi esposa —dijo, como antes decía que debía avisar a su madre.

Hubo un pequeño silencio. De pronto, nos dimos cuenta de la barrera que había entre él y nosotros.

—¿Eso es un sí? —preguntó Michael.

—Sí.

Michael nos dejó solos. Me pareció que tardó milenios en vover. No sabía de qué hablar con Koushiro. Pensaba en él, casándose, y me acordaba de Sora, separándose. Luego pensaba en mí, siempre sola, pero siempre pensando en los demás, y no en un sentido solidario.

—Sora y Yamato rompieron, ¿sabías? Por eso no vino ni uno ni otro a la inauguración. Se deben estar evitando.

—No lo sabía. Es una pena.

—Es muy normal. De verdad, casi todas las parejas rompen, a pesar de que casi todas estuvieron muy enamoradas, algunas tanto como para casarse. Eso dá que pensar. No sabemos estar solos pero tampoco convivir. Yo creo que es la sociedad así hoy. Michael piensa que el amor romántico es mentira y que, cuanto antes lo sepamos, mejor. Le hicieron bastante daño, aunque haga como que no le importe.

—No lo sabía. Es una pena.

Alcé la ceja preguntándome si él era consciente de que me había dado la misma respuesta que antes a algo bastante diferente.

—Lo siento. No debería hablar de esas cosas a alguien que se acaba de casar. Hay excepciones, siempre las hay. Es cosa de intentarlo.

—Como tus padres. Ellos siempre se muestran muy cariñosos.

—Sí, como mis padres.

Michael volvió con la cena. Koushiro, aquel día, se olvidó de avisar a su esposa.

Michael era capaz de llevar solo la conversación. Koushiro y yo reíamos y nos alternábamos para mirarnos.