Harry Potter: Una lectura distinta, vol. 7

Por edwinguerrave

Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008

El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.


Las Reliquias de la Muerte

CAPÍTULO 11 El soborno

Al terminar la cena, cada familia, en relativo silencio, se dirigió a sus habitaciones. En el caso de los Potter, se reunieron en la cocina, similar a la de Grimmauld Place, a instancias de Lilu.

—¿Qué quieres saber, Lilu? —preguntó Harry, mientras Ginny les servía sendos vasos de leche achocolatada a los niños y una cerveza de mantequilla a Harry—. ¿Y tú, Ginny?

—Creo que voy a acompañar a los niños —dijo sirviéndose un vaso de leche achocolatada.

—Estaba pensando si de alguna manera el profesor Dumbledore se había enterado de lo que había hecho Voldemort en la cueva —reflexionó Lilu—, lo del lago, el bote fantasma, la poción y los inferi.

—No, no creo —respondió Al, mientras Harry lo dejaba hacer—, recuerda que cuando se leyó la visita de papá y el profesor Dumbledore a la cueva, iban descubriendo poco a poco las distintas defensas que puso Voldemort.

—Exactamente —ratificó Harry—. Cuando el profesor Dumbledore me dijo para ir, recuerdo que él no tenía idea de qué podíamos encontrar.

—Verdad —concordó Lilu—. Aún me imagino lo que debió ver Kreacher y me da escalofríos.

—Sí —reflexionó JS—, no debió ser nada alegre. Y quizás eso también afectó a la señora Black.

—Sobre todo la afectó a ella —confirmó Al—, como dijo Kreacher en ese momento, la "ama" sufrió mucho por la ausencia de Regulus.

—Así es —dijo Harry.

—Bueno, jovencitos —intervino Ginny al ver que Al estaba a punto de hablar de nuevo—, vamos a terminar por acá para irnos a dormir. Sin protestar —complementó al oir a JS bufar.

Cada uno fue a su respectiva habitación, y Ginny y Harry se dirigieron a la suya, la que originalmente había sido de Sirius. Mientras se desnudaban para vestirse con ropa de dormir, Ginny comentó:

—Nunca me dejaste ver los afiches de tu padrino.

—¿Para qué?

—Para ver qué entretenía tu mirada en esos tiempos.

—Claro que sí los viste —dijo Harry sonriendo—, los días en que estuvieron viviendo acá mientras reconstruían La Madriguera.

—¡Verdad que sí! —reconoció Ginny, algo divertida.

—Pero ninguna de esas alcanzan tu nivel —comentó Harry, haciendo sonreir a Ginny y llevándole a darle un apasionado beso. Pero el cansancio los superó, haciendo que se durmieran rápidamente.

Harry tuvo un sueño muy agitado, en el cual se veía regresando a la cueva del horrocrux, viendo como Kreacher, Regulus y el profesor Dumbledore compartían la poción y los tres se convertían en inferi, lo que lo hizo despertarse en la madrugada, sudando y asustando a Ginny.

—Lo siento —le dijo cuando la sintió removerse en la cama.

—Creo que Lilu también tuvo una pesadilla —replicó Ginny, volteándose para apoyarse en el hombro de Harry.

Efectivamente, cuando se reunieron en la mañana, notaron que Lilu tenía ojeras y los ojos irritados.

—Pasé muy mala noche —comentó mientras se dejaba atender por Ginny—, soñé que entraba a esa cueva y me tomaba la poción, y me convertía en inferius.

—Yo te oí —dijo Al, antes de dar un poderoso bostezo—, porque no pude dormir muy bien.

—Yo tampoco pude dormir bien —reconoció JS—, cada ve que cerraba los ojos, veía la cueva, el lago y la poción esa de los mil demonios.

—Los entiendo —dijo Harry, antes de invitarlos a salir a reunirse con el resto, tomar el desayuno y prepararse para un nuevo día de lectura.

El desayuno estuvo tranquilo, relativamente silencioso, y cuando todos los asistentes se ubicaron en sus asientos, el atril con el nuevo pergamino se ubicó delante de Remus.

—Parece que hoy comenzaremos leyendo sobre El soborno —comentó Remus, algo confundido.

Si Kreacher había sido capaz de escapar de un lago lleno de inferi, Harry tenía la seguridad de que la captura de Mundungus le llevaría unas horas a lo sumo, pero aun así pasó toda la mañana rondando impaciente por la casa. Sin embargo, el elfo no volvió esa mañana, y tampoco por la tarde. Al anochecer, Harry estaba desanimado y nervioso, y la cena, que consistió en un pan mohoso al que Hermione intentó sin éxito hacer diversas transformaciones, no logró mejorar su estado de ánimo.

—La falta de comida pudo causarles problemas —comentó sombríamente Sirius.

—Especialmente en el ánimo —confirmó Dumbledore—, especialmente si no están acostumbrados a las dificultades.

Kreacher tampoco regresó al día siguiente, ni al otro. En cambio, dos hombres ataviados con capa aparecieron en la plaza frente al número 12, y allí se quedaron hasta el anochecer, sin apartar la mirada de la fachada que no veían.

Mortífagos, seguro —dictaminó Ron, mientras los tres amigos los espiaban desde las ventanas del salón—. ¿Creen que saben que estamos aquí?

Lo dudo —respondió Hermione, aunque parecía asustada—. Si lo supieran, habrían enviado a Snape a capturarnos, ¿no?

¿Creen que Snape entró en la casa y la maldición de Moody le ató la lengua? —preguntó Ron.

—Ojalá —dijo JS sin pensar.

—Jamie —replicó Ginny mientras Snape volteaba a ver al chico.

—No me digas que no crees que se lo merecía —dijo JS, haciendo que Ginny sólo levantara una ceja, sonaran algunas carcajadas y Remus retomara la lectura.

Me parece que sí —contestó Hermione—; de lo contrario, habría podido decirles a sus compinches cómo se entra, ¿no opinan lo mismo? Seguro que están vigilando por si aparecemos. Al fin y al cabo, saben que la casa es de Harry.

¿Cómo lo…? —se extrañó Harry.

El ministerio examina los testamentos de los magos, ¿recuerdas? Por tanto, deben de saber que Sirius te dejó esta casa en herencia.

—No veo fallas en su lógica —reconoció Freddie.

—Y conociendo que el Ministerio ya estaba controlado por los mortífagos —comentó Frank—, seguramente lo primero que hicieron fue averiguar sobre los bienes de Sirius Black.

—Una movida inteligente —gruñó Moody.

La presencia de aquellos mortífagos incrementó la atmósfera de amenaza en la casa. Además, los chicos no habían tenido noticias de nadie que estuviera fuera de Grimmauld Place desde que vieran el patronus del señor Weasley, y la tensión empezaba a notarse. Ron, inquieto e irritable, se dedicó al fastidioso ejercicio de jugar con el desiluminador que llevaba en el bolsillo; eso enfurecía sobre todo a Hermione, que mataba el tiempo estudiando Los Cuentos de Beedle el Bardo y a quien no le hacía ninguna gracia que las luces se apagaran y encendieran continuamente.

—No sé si era nervios, aburrimiento o angustia —dijo Hugo—, pero yo haría lo mismo.

—Digno hijo de su padre —replicó Rose, provocando risas.

¿Quieres estarte quieto? —gritó la tercera noche de aquella larga espera cuando, por enésima vez, se apagaron las luces del salón.

¡Perdón! ¡Perdón! —se disculpó Ron, y volvió a encenderlas—. ¡Lo hago sin darme cuenta!

¿Y no se te ocurre nada más útil con que entretenerte?

¿Como qué? ¿Acaso leer cuentos infantiles?

Dumbledore me legó este libro, Ron…

Y a mí me legó el desiluminador. ¡Le habría gustado que lo utilizara!

—Puede ser —comentó Dumbledore—, pero no exactamente de esa forma.

—Estoy de acuerdo con usted, profesor —dijo Hermione.

Harry, harto de sus constantes discusiones, salió de la habitación sin que ninguno de los dos se diera cuenta. Se dirigió a la escalera con intención de bajar a la cocina, adonde acudía de vez en cuando porque estaba convencido de que sería allí donde Kreacher se aparecería. Pero cuando llegó hacia la mitad de la escalera que daba al vestíbulo, oyó un golpecito en la puerta de la calle, y a continuación unos ruidos metálicos y el rechinar de la cadenilla.

Con los nervios de punta, sacó su varita mágica, se escondió entre las sombras (al lado de las cabezas de los elfos decapitados) y esperó. Por fin se abrió la puerta y, por la rendija, distinguió la plaza iluminada; entonces una persona provista de capa entró despacio y cerró la puerta. El intruso avanzó un paso y la voz de Moody preguntó: «¿Severus Snape?» De inmediato la figura de polvo se alzó desde el fondo del vestíbulo y se abalanzó sobre él levantando una mano cadavérica.

No fui yo quien te mató, Albus —dijo una voz serena.

Remus se detuvo apenas unos segundos, miró rápidamente a Harry y siguió la lectura, aunque Tonks notó un leve temblor en el brazo de su esposo.

El embrujo se rompió y, de nuevo, la figura de polvo se descompuso, lo que hizo imposible distinguir al recién llegado a través de la densa nube gris que se formó. Harry apuntó con su varita al centro de la nube y gritó:

¡No se mueva!

Pero no tuvo en cuenta la reacción del retrato de la señora Black, pues, al oír la orden, las cortinas que lo ocultaban se abrieron de golpe y la bruja se puso a chillar: «¡Sangre sucia y escoria que deshonran mi casa…!»

—¡Qué impertinente! —exclamó Louis sin pensarlo.

—Así era mi querida madre —reconoció Sirius con seriedad.

Ron y Hermione llegaron a todo correr hasta donde estaba Harry y también apuntaron con las varitas al desconocido, que permanecía plantado en la entrada con los brazos en alto.

¡No disparen! ¡Soy yo, Remus!

¡Ay, menos mal! —dijo Hermione con un hilo de voz al tiempo que desviaba la varita hacia la señora Black. Con un estallido, las cortinas volvieron a cerrarse y se produjo un silencio.

—¡Qué bueno! —exclamó Paula—, ¡gente amiga!

Ron también bajó su varita, pero Harry no.

Paula, que había sonreído, frunció el ceño y miró a Harry confundida.

¡Ponte donde podamos verte! —ordenó.

Lupin se acercó a la lámpara, todavía con las manos en alto.

Soy Remus John Lupin, hombre lobo, apodado Lunático, uno de los cuatro creadores del mapa del merodeador, casado con Nymphadora (también conocida como Tonks), y yo te enseñé a hacer un patronus que adopta la forma de ciervo.

Uf, bueno —masculló Harry, y bajó la varita—, pero tenía que comprobarlo, ¿no?

Como tu ex profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, estoy de acuerdo en que tenías que hacerlo. En cambio ustedes, Ron y Hermione, no deberían haber bajado la guardia tan deprisa.

Paula asintió en silencio, volviendo a sonreir.

Los chicos descendieron hasta el vestíbulo; Lupin, envuelto en una gruesa capa de viaje negra, parecía agotado pero contento de verlos.

Así pues, ¿no hay señales de Severus? —preguntó.

No, ninguna —contestó Harry—. ¿Qué ha sucedido? ¿Están todos bien?

Sí, sí —asintió Lupin—, pero nos vigilan. Ahí fuera, en la plaza, hay un par de mortífagos

Ya lo sabemos…

He tenido que aparecerme justo en el escalón de la puerta para que no me vieran. No deben saber que están aquí, ya que si lo supieran habrían venido más compinches. Mantienen vigilados todos los lugares que guardan alguna relación contigo, Harry. Vamos abajo. Tengo muchas cosas que contarles y quiero saber qué ocurrió cuando se marcharon de La Madriguera.

—Yo quiero saber también —dijo Violet, provocando algunas risas.

Bajaron, pues, a la cocina, y Hermione apuntó la varita hacia la chimenea. El fuego prendió al instante y su luz suavizó la austeridad de las paredes de piedra y se reflejó en la larga mesa de madera. Lupin sacó varias cervezas de mantequilla de su capa y todos se sentaron.

Habría llegado hace tres días, pero tuve que deshacerme del mortífago que me seguía la pista —explicó Lupin—. Bueno, díganme, ¿vinieron directamente aquí después de la boda?

No —respondió Harry—, primero nos tropezamos con un par de mortífagos en una cafetería de Tottenham Court Road.

A Lupin se le derramó casi toda la cerveza que estaba bebiendo.

—Me tomó por sorpresa esa información —reconoció Remus al escuchar las risas en la Sala—, juraba que habían huído directo a Grimmauld Place.

¿Qué has dicho?

Le contaron lo que había ocurrido y Lupin se quedó perplejo.

Pero ¿cómo los encontraron tan deprisa? ¡Es imposible seguirle el rastro a alguien que se traslada mediante Aparición, a menos que te agarres a él en el preciso instante en que se desaparece!

Pues no es muy probable que estuvieran paseando por Tottenham Court Road por casualidad, ¿verdad? —observó Harry.

Hemos pensado que quizá Harry todavía lleve activado el Detector —comentó Hermione.

Eso es imposible —dijo Lupin; Ron sonrió con suficiencia y Harry sintió un profundo alivio—. Dejando aparte otras cosas, si Harry aún llevara el Detector, ellos habrían sabido a ciencia cierta que estaba aquí. Pero no entiendo cómo consiguieron seguirlos hasta Tottenham Court Road. Eso sí es preocupante, muy preocupante.

Lupin parecía desolado, pero Harry opinaba que esa cuestión podía esperar, de modo que preguntó:

Dinos qué pasó cuando nos marchamos. No hemos sabido nada desde que el padre de Ron nos dijo que su familia estaba a salvo.

Bueno, Kingsley nos salvó —explicó Lupin—. Gracias a su aviso, la mayoría de los invitados de la boda pudieron desaparecerse antes de que llegaran ellos.

¿Eran mortífagos o gente del ministerio? —preguntó Hermione.

Un poco de todo, pero a efectos prácticos ahora son la misma cosa. Eran aproximadamente una docena, aunque no sabían que estabas allí, Harry. Arthur oyó el rumor de que habían torturado a Scrimgeour antes de matarlo para que les revelara tu paradero; si eso es cierto, el ministro no te delató.

—Scrimgeour podía ser todo lo que haya sido —dijo Moody con voz firme—, pero ser íntegro seguro que estaba entre sus fortalezas. Primero muerto que delatar a alguien.

—Eso sería porque Voldie no lo agarró para hacerle legeremancia —aventuró JS, ganándose una mirada cáustica de parte de Snape.

—O quizás fue eso lo que lo llevó a la muerte —reflexionó Frank—, supo ocultarle a Voldemort dónde estaba Harry.

—Es probable —confirmó Moody—, Scrimgeour sabía muy bien cómo aplicar la oclumancia.

Harry miró a sus amigos y vio en sus rostros la mezcla de conmoción y gratitud que él mismo sintió. Scrimgeour nunca le había caído bien, pero, si ese rumor era verdad, en el último momento el ministro había intentado protegerlo.

Los mortífagos registraron La Madriguera de arriba abajo —prosiguió Lupin—. Encontraron al ghoul, pero no se atrevieron a acercársele mucho. Y luego interrogaron a los que quedábamos durante horas; trataban de obtener información sobre ti, Harry, pero naturalmente sólo los miembros de la Orden sabíamos que habías estado en la casa. Al mismo tiempo que arruinaban la boda, otros mortífagos allanaban todas las casas del país relacionadas con la Orden. No hubo víctimas mortales —se apresuró a precisar anticipándose a la pregunta—, pero emplearon métodos muy crueles: quemaron la casa de Dedalus Diggle, aunque, como ya saben, él no estaba allí, y utilizaron la maldición cruciatus contra la familia de Tonks. Querían saber adónde habías ido después de visitarlos. No obstante, están todos bien; muy impresionados, desde luego, pero, por lo demás, bien.

—A papá lo golpearon bastante —reconoció Tonks—, pero sólo fue eso. Con mamá quisieron jugar el juego de las conveniencias: "Te conviene decirnos y honrar a tu familia", y les respondió "Estoy honrando a mi familia, a mi esposo y a mi hija".

—La prima Andrómeda siempre fue la más cuerda de ese trío —comentó Sirius, ganándose una sonrisa de parte de Tonks y una mirada dura de parte de Draco.

¿Y los mortífagos lograron superar todos los encantamientos protectores? —preguntó Harry al recordar lo bien que habían funcionado la noche que se estrelló en el jardín de los padres de Tonks.

Considera, Harry, que ahora cuentan con toda la potencia del ministerio —aclaró Lupin—, y tienen permiso para realizar hechizos brutales sin temor a que los identifiquen ni los detengan. Así que lograron traspasar los hechizos defensivos que habíamos puesto para protegernos de ellos, y una vez dentro no ocultaron a qué habían ido.

¿Y al menos se han molestado en ofrecer una excusa por torturar a quienquiera que se haya acercado alguna vez a Harry? —preguntó Hermione, indignada.

—¡Mamá! —exclamó Hugo.

—Se nota que la cuñada seguía siendo una chica inocente —comentó Fred.

—Esos iban a entrar como perro por su casa, y así lo hicieron —complementó George.

Bueno… —repuso Lupin. Vaciló un momento y sacó un ejemplar de El Profeta que llevaba doblado—. Miren esto —Y empujó el periódico sobre la mesa hacia Harry—. Tarde o temprano te ibas a enterar. Ése es su pretexto para perseguirte.

Harry alisó el periódico, cuya primera plana incluía una gran fotografía de su cara, y leyó el titular:

SE BUSCA PARA INTERROGARLO SOBRE LA MUERTE DE ALBUS DUMBLEDORE

Ron y Hermione prorrumpieron en exclamaciones, ofendidos, pero Harry no dijo nada y apartó el periódico; no quería seguir leyendo, porque ya se imaginaba lo que diría. Sólo los que habían estado presentes en lo alto de la torre cuando murió Dumbledore sabían quién lo había matado, y, como Rita Skeeter ya le había explicado al mundo mágico, a Harry lo habían visto huir de allí momentos después de que el director de Hogwarts se precipitara al vacío.

—Cosa que ya leímos en su momento —comentó Rose, sintiendo la mirada de Snape sobre ella.

Lo siento, Harry —murmuró Lupin.

Entonces, ¿los mortífagos también se han apoderado de El Profeta? —preguntó Hermione, furiosa. Lupin asintió con la cabeza—. Pero seguro que la gente sabe lo que está pasando, ¿no?

El golpe ha sido discreto y prácticamente silencioso —repuso Lupin—. La versión oficial del asesinato de Scrimgeour es que ha dimitido; lo ha sustituido Pius Thicknesse, que está bajo la maldición imperius.

—Lo que se leyó ayer temprano —dijo Molls, haciendo que Rose asintiera.

¿Y por qué Voldemort no se ha proclamado ministro de Magia? —preguntó Ron.

Lupin se echó a reír antes de contestar:

Porque no lo necesita, Ron. De hecho, él es el ministro, pero ¿por qué iba a ocupar una mesa en el despacho del ministerio? Su títere, Thicknesse, se encarga de los asuntos cotidianos, y así él tiene libertad para extender su poder por donde le venga en gana.

—Como dijo el profesor Dumbledore en algún momento —comentó Naira—, "él prefiere sentarse en el asiento trasero, y dejar que otro maneje".

—Aunque lo dije sobre el profesor Slughorn —corrigió Dumbledore con una sonrisita—, es una analogía que perfectamente se aplica a Tom Riddle.

Como es lógico, la gente ha deducido lo que ha pasado, porque la política del ministerio ha experimentado un cambio drástico en los últimos días, y muchas personas sospechan que Voldemort debe de ser el responsable de tal cambio. Sin embargo, ésa es la clave: sólo lo sospechan. Pero no se atreven a confiar en nadie, porque no saben de quiénes pueden fiarse y les da miedo expresar sus opiniones, por si sus conjeturas son ciertas y el ministerio toma represalias contra sus familias. Sí, Voldemort juega a un juego muy inteligente. Si se hubiera proclamado ministro, habría podido provocar una rebelión; en cambio, permaneciendo enmascarado, ha logrado sembrar la confusión, la incertidumbre y el temor.

Y ese cambio drástico de la política del ministerio —terció Harry— ¿implica prevenir al mundo mágico contra mí en lugar de contra Voldemort?

Sí, desde luego —confirmó Lupin—, y es un golpe maestro. Ahora que Dumbledore está muerto, tú, el niño que sobrevivió, podrías convertirte en el símbolo y el aglutinante del movimiento antiVoldemort. Pero insinuando que participaste en la muerte del antiguo héroe, el Señor Tenebroso no sólo le ha puesto precio a tu cabeza, sino que además ha sembrado la duda y el miedo entre mucha gente que te habría defendido. Entretanto, el ministerio ha empezado a actuar contra los hijos de muggles. —Lupin señaló El Profeta y añadió—: Miren en la página dos.

—Lo que faltaba —comentó Violet con asco en la voz—, que persiguieran a los mestizos.

—Y lo triste del asunto —completó Daisy, con decepción—, es que quien lo promovía era también mestizo.

Hermione pasó las páginas con la misma expresión de desagrado que había adoptado cuando tenía en las manos Los secretos de las artes más oscuras, y leyó en voz alta:

Registro de «hijos de muggles»: el Ministerio de Magia está llevando a cabo un estudio sobre los que atienden a esa denominación para entender mejor cómo llegaron a poseer secretos mágicos.

Una investigación reciente realizada por el Departamento de Misterios revela que la magia sólo puede transmitirse entre magos mediante la reproducción. Por lo tanto, si no existen antepasados mágicos comprobados, es posible que los llamados «hijos de muggles» hayan obtenido sus poderes mágicos por medios ilícitos, como el robo o el empleo de la fuerza.

El ministerio está decidido, pues, a acabar con esos usurpadores de los poderes mágicos, y a tal fin ha invitado a todos ellos a presentarse para ser interrogados por la Comisión de Registro de Hijos de Muggles, de reciente creación.

—No tiene lógica —reflexionó Vic—; porque si una persona no tiene como comprobar su linaje mágico, se creería que se "robó" la capacidad mágica.

—Me recordó algo de lo que se habla mucho en la península —comentó Christina—, de la herencia de la "Magia Antigua", por ser descendiente de alguna de las familias firmantes del "Manifiesto de 1212", en la cual esas familias de magos hispanii juraban defender a sus hijas de la agresión de los hombres, esposos e incluso padres, a la vez que decidían de alguna manera dejar de ayudar a los reinos existentes en la península española; para que alguien pueda declararse "de magia antigua" debe demostrar que su línea genealógica hasta alguno de los firmantes no está interrumpida.

—Como "los sagrados veintiocho" acá en Inglaterra —recordó Astoria—, las 28 familias de las cuales se tuvo constancia que eran solamente "de sangre pura".

—Algo así leí —comentó Rose—, en el llamado "Directorio de Sangre Pura", un librito feo y viejo que encontré en la biblioteca de la casa del tío Harry, allí mencionan las veintiocho familias británicas que eran "verdaderamente de sangre pura" en la década de 1930…

—Y en todo caso —intervino Kevin, interrumpiendo a Rose, quien bufó molesta—, ¿cómo se hace para robarle a alguien el poder mágico? Especialmente alguien que no tiene la más mínima idea de cómo hacerlo.

—Eso es imposible —dijo Vic—, porque hay estudios modernos, tanto en el área de la medimagia como de los Inefables, que demuestran que la magia es una condición genética, como el color de ojos o la propensión a cierta capacidad como ser metamorfomago —dijo esto último tomando la mano de Teddy—. Y como tal, puede desaparecer en algún individuo o aparecer de golpe en otro cuya familia nunca tuvo que ver con la magia.

Algunos hicieron gestos de comprensión, otros de desconcierto, pero al darse cuenta que nadie más iba a comentar algo, Remus retomó la lectura.

La gente no permitirá que esto pase —opinó Ron.

Ya está pasando —lo desengañó Lupin—. Mientras nosotros estamos aquí hablando, ya están deteniendo a hijos de muggles.

Pero ¿cómo van a tener magia «robada»? —se extrañó Ron—. La magia es mental; si pudiera robarse, no habría squibs, ¿verdad?

—Lo que decíamos —insistió Kevin.

Así es —repuso Lupin—. Pero a menos que demuestres que tienes, como mínimo, un pariente cercano mágico, se considera que has obtenido tus poderes mágicos de forma ilegal y debes ser castigado.

Ron echó un vistazo a Hermione y planteó:

¿Y qué pasaría si los sangre limpia o los sangre mestiza juran que un hijo de muggles forma parte de su familia? Porque pienso decirle a todo el mundo que Hermione es prima mía…

Gracias, Ron, pero yo no te permitiría… —musitó ella dándole un apretón de manos.

No tienes alternativa —replicó él con fiereza, asiéndole también la mano—. Te enseñaré mi árbol genealógico para que puedas contestar a cualquier pregunta que te hagan.

—¡Pero qué galán! —exclamó Fred, provocando algunas risas.

—¿Hay algo que este joven no haga bien? —completó George, provocando más risas.

—Hay cosas que aún no hace bien —dijo Hermione, alborotando aún más la Sala—, pero siempre se las termino perdonando.

Ron se giró a verla sorprendido, pero sonrió al recibir un rápido beso de parte de su esposa.

No creo que eso importe mucho —repuso ella soltando una risita nerviosa—, mientras estemos huyendo con Harry Potter, la persona más buscada del país, Ron. Si tuviera que volver al colegio, sería diferente. Por cierto, ¿qué piensa hacer Voldemort con Hogwarts? —le preguntó a Lupin.

Ahora la asistencia es obligatoria para todos los magos y las brujas en edad escolar. Lo anunciaron ayer, y eso también representa un cambio, porque hasta ahora nunca había sido obligatorio estudiar en Hogwarts. Casi todos los magos y las brujas de Gran Bretaña se han educado allí, por supuesto, pero sus padres tenían la posibilidad de enseñarles en casa o enviarlos al extranjero si lo preferían. De este modo, Voldemort tendrá a toda la población mágica controlada desde edad muy temprana. Y, asimismo, es otra manera de evitar que asistan los hijos de muggles, porque, para matricularse, los alumnos deben presentar un Estatus de Sangre, un documento que certifica que le han demostrado al ministerio que son descendientes de magos.

Harry estaba asqueado y furioso. Le daba rabia pensar que en ese mismo momento unos emocionados niños de once años estarían estudiando minuciosamente montañas de libros de hechizos recién comprados, sin saber que nunca llegarían a ver Hogwarts, y quizá tampoco volvieran a ver a sus familias.

—Una perspectiva terrible —comentó Alisu, estremeciéndose levemente.

—Gracias a Merlín eso no volvió a implementarse —dijo Dylan, quien seguía con detenimiento la lectura.

Es… es… —masculló, buscando las palabras para expresar el horror de sus pensamientos, pero Lupin dijo en voz baja:

Lo sé, muchacho, lo sé. —Vaciló un momento y agregó—: Si no puedes confirmármelo, Harry, lo entenderé, pero la Orden tiene la impresión de que Dumbledore te encomendó una misión.

Es verdad, y Ron y Hermione también están implicados y me acompañarán.

¿Puedes decirme en qué consiste esa misión?

James miró extrañado a Remus, mientras Tonks acariciaba el brazo de su esposo. El cambio de ritmo en la lectura se había notado, y varios miraban con interés a Remus.

Harry le escrutó el rostro, plagado de arrugas prematuras y enmarcado por una mata de pelo tupido pero canoso, y lamentó no poder dar otra respuesta:

No, Remus, lo siento. Si no te lo contó Dumbledore, creo que yo tampoco debo hacerlo.

Ya me esperaba esa respuesta —dijo Lupin, decepcionado—. Pero yo podría serte útil. Ya sabes qué soy y lo que puedo hacer, de manera que sería un ventaja que los acompañara y les proporcionara protección, aunque no haría falta que me contaras exactamente qué se traen entre manos.

Harry titubeó. Era una oferta muy tentadora, aunque no veía claro cómo iban a mantener en secreto su misión si Lupin estaba siempre con ellos. En cambio, Hermione se extrañó y dijo:

Pero ¿y Tonks?

—Justo te iba a preguntar eso —interrumpió Lily—. ¿No fue en esos días que habías anunciado que se habían casado?

—Sí —dijo Remus, con algo de tristeza.

—No entiendo entonces —insistió Lily—, ¿por qué querías irte con ellos y no quedarte con tu esposa?

—Algo así le pregunté, mamá —respondió Harry en lugar de Remus, quien había bajado la mirada y suspirado en silencio—, seguramente se va a leer. Por favor, Remus.

El aludido asintió, miró a Tonks y a Teddy y les dijo:

—De verdad, discúlpenme.

Muchos de los asistentes estaban atentos a Remus, quien retomó la lectura con algo de temblor en la voz.

¿Qué quieres decir? —preguntó Lupin.

Bueno… ¡están casados! ¿Qué opina ella de que colabores con nosotros?

Tonks no correrá ningún peligro; se quedará en casa de sus padres.

Había algo raro en la frialdad de Lupin, así como en la idea de que Tonks se escondiera en la casa paterna, porque ella, al fin y al cabo, era miembro de la Orden. Harry creía conocer a la bruja y le sorprendía que no optara por estar en primera línea.

—Claro que lo hubiera querido —dijo Tonks con emoción en la voz—, pero en ese momento me lo impedía algo.

¿Va todo bien, Remus? —preguntó Hermione con vacilación—. Ya me entiendes, entre tú y…

Va todo muy bien, gracias —repuso Lupin, cortante. Hermione se ruborizó. Hubo otra pausa, que los hizo sentirse incómodos a los cuatro, y entonces Lupin, como si se viese obligado a reconocer algo desagradable, dijo:

Tonks va a tener un hijo.

Teddy miró a Remus, quien leía en forma automática, tratando de no subir la mirada. Otros que estaban extrañados por la forma en que se leía que Remus le había dado la noticia al trío eran los propios hijos de Harry, además de Rose, Violet, Alisu y Dom.

¡Oh! ¡Qué bien! —exclamó Hermione.

¡Sí, qué alegría! —corroboró Ron con entusiasmo.

Enhorabuena —dijo Harry.

Lupin compuso una sonrisa forzada que más bien parecía una mueca, y añadió:

Entonces… ¿aceptan mi oferta? ¿Iremos los cuatro juntos? Estoy seguro de que Dumbledore lo habría aprobado; a fin de cuentas, me nombró su profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Y les advierto que creo que nos enfrentamos a una magia con la que muchos de nosotros jamás nos hemos topado ni llegado a imaginar.

Los tres amigos cruzaron miradas.

En la Sala, muchos se miraban confundidos, mientras Vic abrazaba en silencio a Teddy, quien miraba aún a su padre.

A ver si lo he entendido bien —recapituló Harry—: ¿quieres dejar a Tonks con sus padres y venir con nosotros?

Allí no corre ningún peligro; sus padres cuidarán de ella —afirmó Lupin con una determinación rayana en la indiferencia—. Estoy seguro de que a James le habría gustado que me quedara contigo, Harry.

Pues yo no —replicó el muchacho—. Yo estoy seguro de que a mi padre le habría gustado saber por qué no te quedas con tu hijo.

—Exactamente, Lunático —ratificó James—. Porque recuerdo que cuando nos reunimos de este lado del velo, lo que nos dijiste es que estabas enamorado de Tonks y que le agradecías por tu hijo.

—Permítanme terminar de leer y al final les doy todas las aclaratorias que quieran, ¿les parece?

La sugerencia de Remus llevaba implícita una profunda súplica, la cual hizo que varios asintieran en silencio.

Lupin palideció, y la temperatura de la cocina pareció descender unos diez grados. Ron se dedicó a observar la estancia como si tratara de memorizar todos los detalles, mientras que Hermione miraba alternativamente a Harry y Remus.

Veo que no lo entiendes —dijo Lupin por fin.

Pues explícamelo.

Lupin tragó saliva y alegó:

Cometí un grave error al casarme con Tonks. Lo hice contra lo que me aconsejaba mi instinto, y desde entonces me he arrepentido mucho.

Ya —dijo Harry—. Y por eso vas a dejarlos colgados a ella y al niño y vas a acompañarnos a nosotros, ¿no?

—Por eso es que no tiene lógica —insistió James.

—Espera que termine de leer —dijo Lily, tratando de salvar al viejo amigo, quien leía con una mezcla de calma y atonalidad.

Lupin se levantó de un brinco, derribando la silla en que estaba sentado, y miró a los tres jóvenes con tanta fiereza que Harry vio, por primera vez, la sombra del lobo que se ocultaba tras aquel rostro humano.

¿No entiendes lo que les he hecho a mi esposa y a ese futuro hijo? ¡Nunca debí casarme con ella! ¡La he convertido en una marginada! —Y le dio una patada a la silla que había derribado—. ¡Tú sólo me has visto rodeado de miembros de la Orden, o en Hogwarts, bajo la protección de Dumbledore! ¡Pero no sabes qué piensa la mayoría del mundo mágico de las criaturas como yo! ¡Los que conocen mi condición apenas me dirigen la palabra! ¿No te das cuenta de lo que he hecho? Hasta la familia de Tonks está molesta por nuestra boda. ¿A qué padres les gustaría que su única hija se casara con un hombre lobo? Y el niño… el niño…

Lupin se mesó unos mechones de cabello con ambas manos; estaba trastornado.

En la Sala, sin embargo, Remus leía con monotonía, como si lo que hubiera dicho en ese momento lo hubiera dicho otra persona.

¡Los de mi clase no suelen reproducirse! Ese niño será como yo, estoy seguro. ¿Cómo puedo perdonarme si me arriesgué a transmitirle mi condición a un niño inocente, a sabiendas de lo que hacía? ¡Y si, por obra de algún milagro, el niño no es como yo, estará muchísimo mejor sin un padre del que se avergonzará toda la vida!

—Eso jamás, papá —dijo Teddy con seriedad y orgullo—. Harry, los Weasley, hasta la abuela Meda me han hablado de lo importante y valioso que fuiste como persona y como integrante de la Orden. Aunque no te conocí en persona sino hasta estos días, te tengo en muy alta consideración.

—Como debe ser —confirmó Molly con orgullo.

Remus miró a su hijo, quien había cambiado su rostro para parecer una versión de Remus muy parecida a la de la foto de la cual se había leído en el capítulo anterior. Al verlo, sonrió, suspiró y dijo:

—Lo dije porque no había entendido en ese momento lo que Harry me había dicho respecto a James.

¡Remus! —susurró Hermione con lágrimas en los ojos—. No digas eso. ¿Cómo iba a avergonzarse tu hijo de ti?

No creas, Hermione —intervino Harry—. Yo me avergonzaría —No sabía de dónde le salía la ira, pero lo había obligado a levantarse también. Lupin encajó sus palabras como un bofetón—. Si el nuevo régimen piensa que los hijos de muggles son inferiores —continuó—, ¿qué le harán a un semihombre lobo cuyo padre pertenece a la Orden? Mi padre murió intentando protegernos a mi madre y a mí, de modo que ¿tú crees que él aprobaría que abandonaras a tu propio hijo para emprender una aventura con nosotros?

—Lo que dije hace rato —insistió James.

¿Cómo… cómo te atreves? —replicó Lupin—. Esto no lo hago movido por ansias de… de peligro ni de gloria personal. ¿Cómo te atreves a insinuar que…?

Me parece que lo que quieres es demostrar tu coraje —repuso Harry—. Y opino que te encanta la idea de pasar a ocupar el puesto de Sirius.

¡Calla, Harry! —suplicó Hermione, pero él siguió mirando con desprecio el pálido rostro de Lupin.

Nunca lo habría dicho de ti —le soltó—. El hombre que me enseñó a combatir a los dementores… ¡convertido en un cobarde!

Lupin sacudió su varita tan deprisa que Harry apenas tuvo tiempo de sacar la suya. Se oyó un fuerte estallido y el chico, como si hubiera recibido un puñetazo, salió despedido hacia atrás y chocó contra la pared de la cocina. Mientras resbalaba hasta el suelo, vio los faldones de la capa de Lupin desaparecer por la puerta.

—¡Cielos! —exclamó Alisu, sorprendida.

—Creo que lo merecí —reconoció Remus—, fue una sacudida para mí, dentro de todo lo que estaba viviendo en ese momento.

¡Remus! ¡Vuelve, Remus! —gritó Hermione, pero Lupin no contestó. Un instante después oyeron cerrarse la puerta de la calle—. ¡Harry! —gimoteó—. ¿Cómo has podido…?

Ha sido fácil —Se levantó y notó que estaba saliéndole un chichón en la cabeza, donde se había golpeado contra la pared. Todavía temblaba de rabia—. ¡No me mires así! —le espetó.

¡No te metas con ella! —gruñó Ron.

¡No, no, cállense! ¡No tenemos que pelearnos! —exigió Hermione interponiéndose entre ambos.

No debiste hablarle así a Lupin —reprochó Ron a Harry.

Él se lo ha buscado. —Por la mente le pasaban imágenes rápidas e inconexas: Sirius cayendo a través del velo; Dumbledore herido de muerte, suspendido en el aire; un destello de luz verde y la voz de su madre suplicando piedad…—. Los padres —sentenció— no deben abandonar a sus hijos a menos… a menos que no tengan más remedio.

—Eso fue lo que comprendí apenas salí de esa cocina y de la casa —admitió Remus—, comprendí de golpe lo que me quisiste decir de James.

Harry —musitó Hermione, y le tendió una mano para consolarlo, pero él la rechazó y, apartándose, se quedó mirando el fuego que ella había hecho aparecer en la chimenea.

Una vez había hablado con Lupin por aquella chimenea; en esa ocasión se sentía muy confuso respecto a su padre, y las tranquilizadoras palabras de Lupin lo habían consolado. Pero en este momento, el pálido y torturado rostro de Lupin parecía flotar ante él, y experimentó una repulsiva oleada de remordimiento. Ni Ron ni Hermione dijeron nada, pero él estaba seguro de que se miraban, a sus espaldas, comunicándose en silencio. Se dio la vuelta y los sorprendió apartándose precipitadamente uno de otro.

Ya sé que no debí llamarlo cobarde.

No, no debiste hacerlo —refunfuñó Ron.

Pero se comporta como tal.

Aunque así fuera… —intervino Hermione.

Ya lo sé. Pero si eso hace que vuelva junto a Tonks, habrá valido la pena, ¿no? —Harry no pudo evitar el deje de súplica de su voz. Hermione lo miró con indulgencia y Ron, vacilante. Harry se miró los pies; pensaba en su padre. ¿Habría defendido James la postura de su hijo, o se habría enfadado por cómo había tratado a su amigo?

—Pues —dijo James, para darse unos segundos y generar algo de tensión en la Sala—, estoy totalmente de acuerdo con Harry. Por mucho que Lunático es un hermano merodeador y lo tengo en muy alta estima, esa decisión de abandonar a Tonks y a un hijo no nacido por aventurarse con los tres, por muy hijo de James que fuera Harry, es algo con lo que no estoy de acuerdo.

La cocina estaba en silencio, pero casi se oía el zumbido de la reciente conmoción y el de los reproches no expresados de Ron y Hermione. El Profeta que Lupin les había llevado seguía encima de la mesa, y la cara de Harry contemplaba el techo desde la primera plana. El chico se aproximó a la mesa y se sentó. Levantó el periódico, lo abrió al azar y fingió leer. Pero no lograba concentrarse, porque sólo pensaba en su encontronazo con Lupin. Sin duda sus dos amigos, tapados por el periódico, habían retomado sus silenciosas comunicaciones. Pasó una página, haciendo mucho ruido, y entonces descubrió el nombre de Dumbledore. Tardó unos instantes en comprender el significado de la fotografía, en la que aparecía un retrato de familia. El pie de foto rezaba: «La familia Dumbledore. De izquierda a derecha, Albus, Percival, con la recién nacida Ariana en brazos, Kendra y Aberforth.»

Intrigado, examinó la imagen con detenimiento.

Lilu y Alisu se movieron con la intención de comentar lo interesadas en ver esa fotografía, pero no interrumpieron a Remus, porque la Sala hizo aparecer un par de copias de la misma foto, por lo que mientras se describía en la lectura, ellas la detallaron, para luego pasarla a otros de los presentes.

Percival, el padre de Dumbledore, era un hombre atractivo y sus ojos parecían brillar incluso en aquella fotografía vieja y deslucida. La pequeña Ariana era un indefinido bulto no más largo que una barra de pan. Kendra, la madre, de cabello negro azabache recogido en un moño alto, tenía un rostro esculpido con cincel y, pese a su vestido de seda de cuello alto, a Harry le recordó a los indios americanos: ojos oscuros, pómulos prominentes y nariz recta. Albus y Aberforth lucían sendas chaquetas con cuello de encaje e idénticas melenas cortas; Albus aparentaba ser unos años mayor que su hermano, pero, por lo demás, los dos niños se parecían bastante, porque la fotografía se había tomado antes de que a Albus le rompieran la nariz y usara gafas. Ofrecían el aspecto de una familia feliz y normal que sonreía con serenidad en el periódico. La pequeña Ariana tenía un brazo fuera del chal que la envolvía, y de vez en cuando lo agitaba.

Harry leyó el titular del artículo ilustrado con esa fotografía:

EXTRACTO DE LA BIOGRAFÍA DE ALBUS DUMBLEDORE, DE PRÓXIMA APARICIÓN

Rita Skeeter

Harry se dijo que aquel texto no empeoraría mucho más su estado de ánimo, así que inició la lectura:

—No sé si fue buena idea, Harry —comentó Lily.

—Sinceramente —respondió Harry—, con el ánimo como lo tenía, me dije que no tendría nada que perder leyéndolo.

La orgullosa y altanera Kendra Dumbledore no soportó seguir viviendo en Mould-on-the-Wold después del arresto y el confinamiento en Azkaban de su esposo Percival. Por eso decidió llevarse a su familia de allí y trasladarse al Valle de Godric, el pueblo que más tarde se haría famoso por ser el escenario donde Harry Potter se libró —de forma muy extraña— de Quien-ustedes-saben.

—Insisto —comentó Dumbledore—, quien no sabe como ocurrieron los hechos, tienden a darles un manto de misterio o de incertidumbre.

En el Valle de Godric, igual que en Mould-on-the-Wold, residían muchas familias de magos, pero como Kendra no conocía a nadie allí, no sería objeto de la curiosidad que despertaba el delito de su esposo, como le había ocurrido en su anterior lugar de residencia. Sin embargo, rechazó repetidamente las muestras de simpatía de sus nuevos vecinos magos, y de ese modo pronto se aseguró de que dejarían en paz a su familia.

«Me cerró la puerta en las narices cuando fui a darle la bienvenida llevándole una hornada de pasteles, con forma de caldero, hechos por mí —recuerda Bathilda Bagshot—. El primer año que vivieron ahí sólo vi a los dos chicos, y no habría sabido que también existía una niña si, en una ocasión (el invierno después de su llegada), no hubiera estado yo recogiendo plangentinasa la luz de la luna y la hubiera visto salir con Ariana al jardín trasero. Kendra le hizo dar a la niña una vuelta al jardín, sujetándola con fuerza por el brazo, y luego se la llevó dentro. No supe qué pensar.»

Al parecer, Kendra creyó que el traslado al Valle de Godric era una oportunidad perfecta para esconder a Ariana de una vez por todas, algo que probablemente llevaba años planeando. Era el momento más oportuno. La niña sólo tenía siete años cuando se la perdió de vista, y, según la mayoría de los expertos, a esa edad es cuando se habría revelado su magia, si la hubiera tenido.

Nadie que todavía viva recuerda que Ariana mostrara jamás la más leve señal de poseer aptitudes mágicas. Por tanto, parece evidente que Kendra decidió ocultar la existencia de su hija para no sufrir la vergüenza de reconocer que había alumbrado a una squib. Alejarse de los amigos y los vecinos que conocían a Ariana facilitaría mucho su confinamiento, por supuesto. Y podía confiar en que las pocas personas que a partir de entonces conocieran la existencia de la niña guardarían el secreto, incluidos sus dos hermanos; ellos desviaban las preguntas inoportunas con la respuesta que les había enseñado su madre: «Mi hermana está demasiado débil para ir al colegio.»

La próxima semana: «Albus Dumbledore en Hogwarts: los premios y las falsedades.»

Harry se había equivocado: el extracto de la obra de Rita Skeeter que acababa de leer le hizo sentirse peor. Volvió a mirar la fotografía de la familia aparentemente feliz. ¿Era verdad lo que había leído? ¿Cómo lo averiguaría? Quería ir al Valle de Godric, aunque Bathilda no estuviera en condiciones de explicarle nada, y quería visitar el lugar donde Dumbledore y él habían perdido a sus seres queridos.

—Lo dicho —comentó Alice, entristecida—, hasta a mí me cayó mal ese extracto.

—Cualquier cosa que escribe Rita cae mal —se apresuró a comentar Bill—, si pasa con los artículos, mucho más con este tipo de libros.

Cuando estaba a punto de bajar el periódico para pedirles su opinión a Ron y Hermione, un «¡crac!» ensordecedor resonó en la cocina.

Por primera vez en tres días, Harry se había olvidado por completo de Kreacher. Al principio pensó que Lupin había vuelto a irrumpir en la habitación, pero no entendía qué era la maraña de agitadas extremidades que había aparecido de la nada justo al lado de su silla. Se puso rápidamente en pie al mismo tiempo que Kreacher se desenredaba y, haciendo una reverencia a Harry anunciaba con su ronca voz:

Kreacher ha vuelto con el ladrón Mundungus Fletcher, mi amo.

Mundungus se levantó con dificultad y sacó su varita; pero Hermione fue más rápida que él y gritó:

¡Expelliarmus!

La varita mágica de Mundungus saltó por los aires y ella la atrapó.

Mundungus, despavorido, echó a correr hacia la escalera; sin embargo, Ron le hizo un placaje y lo derribó sobre el suelo de piedra con un amortiguado crujido.

—Par de buenas movidas —comentó Harry—, el hechizo de Hermione impecable, y el tackle de Ron, como lo recetan en el rugby.

Varios miraron a Harry confundidos, pero Lily aclaró, sonriendo:

—El rugby es un deporte muggle, se juega entre equipos de siete o quince jugadores, donde muchas de las jugadas se basan en bloquear al contrincante para permitir al compañero que lleva el balón (que parece una sandía) a avanzar hacia el campo contrario. Y a los bloqueos también los llaman tackles.

A pesar de la explicación, algunos seguían confundidos, por lo que Remus siguió leyendo, ya un poco más animado.

Pero ¿qué pasa aquí? —bramó retorciéndose para soltarse de los brazos de Ron—. ¿Qué he hecho? ¿Por qué envian a un maldito elfo doméstico a buscarme? ¿A qué juegan? ¿Qué he hecho? ¡Suéltame! ¡Suéltame o…!

No estás en posición de amenazarnos —dijo Harry. Apartó el periódico, cruzó la cocina en pocas zancadas y se arrodilló al lado de Mundungus, que dejó de forcejear y lo miró aterrado. Ron se levantó jadeando y observó cómo Harry apuntaba su varita a la nariz de Mundungus. Éste apestaba a sudor y humo de tabaco; tenía el pelo enmarañado y la túnica manchada.

Kreacher pide disculpas por el retraso en traer al ladrón, mi amo. Fletcher sabe cómo evitar que lo capturen, tiene muchos escondrijos y muchos cómplices. Sin embargo, al fin Kreacher consiguió acorralar al ladrón.

Lo has hecho muy bien —lo felicitó Harry, y el elfo hizo una reverencia (—Bien hecho, Harry —reconoció Lily)—. Bien, tenemos varias preguntas que hacerte —le dijo a Mundungus, que se apresuró a farfullar:

Me entró pánico, ¿vale? Yo no quería ir, lo dije desde el principio; no te ofendas, chico, pero nunca me ofrecí como voluntario para morir por ti, y el maldito Quien-tú-sabes venía volando hacia mí… cualquiera se habría largado. Ya advertí que no quería hacerlo…

Para que te enteres, nadie más se desapareció —le informó Hermione.

—Y yo perdí una oreja —interrumpió George—, pero no me fui.

—Exactamente —confirmó Fred—, nos mantuvimos firmes.

Bueno, pues son una pandilla de malditos héroes, ¿vale?, pero yo nunca dije que estuviera dispuesto a dar la vida por…

No nos interesa saber por qué dejaste plantado a Ojoloco —lo interrumpió Harry, y le acercó un poco más la varita a los ojos, con bolsas e inyectados en sangre—. Ya sabíamos que eras un canalla y que no se podía confiar en ti.

—Así es —reconoció el propio Moody—, ya esos detalles no tienen importancia.

Entonces, ¿por qué demonios me ha traído aquí ese elfo doméstico? ¿Es otra vez por lo de las copas ésas? No me queda ni una; si las tuviera se las daría…

No, no se trata de las copas, pero te estás acercando —dijo Harry—. Y ahora calla y escucha.

Era maravilloso tener algo que hacer, alguien a quien poder extraerle una pequeña parte de la verdad. La varita de Harry estaba tan cerca de la nariz de Mundungus que éste se había puesto bizco intentando no perderla de vista.

Cuando te llevaste de esta casa todos los objetos de valor… —empezó Harry, pero Mundungus volvió a interrumpirlo:

Sirius nunca le dio ningún valor a la chatarra que…

—Apuesto doble o nada a que Kreacher le va a dar un golpe a Mundungus por decir eso —dijo JS.

—¿Tú crees, primo? —se aventuró a preguntar Lucy.

—Absolutamente —confirmó JS.

—Acepto —dijo Frankie—, yo no creo que le dé uno solo. Le va a sacar varios chichones.

—Estoy contigo, Jamie —declaró Freddie.

Remus dejó que se dieran las manos y continuó leyendo.

Hubo un correteo, un destello de cobre, un resonante golpazo y un chillido de dolor: Kreacher se había abalanzado sobre Mundungus para golpearle la cabeza con una sartén.

¡Sáquenmelo de encima! ¡Sáquenmelo! ¡Este bicho tendría que estar encerrado! —vociferó Mundungus cubriéndose la cabeza con ambos brazos al ver que el elfo volvía a levantar la enorme sartén.

¡Kreacher, no lo hagas! —ordenó Harry.

Los delgados brazos de Kreacher temblaban bajo el peso de la sartén que sostenía en alto.

Una vez más, amo Harry, por si acaso.

Ron se echó a reír.

Nos interesa que esté consciente, Kreacher, pero si necesita que se le persuada un poco, podrás hacer los honores —prometió Harry.

Gracias, amo —replicó el elfo inclinando la cabeza; se retiró un poco y se quedó a escasa distancia vigilando a Mundungus con sus enormes y pálidos ojos, cargados de odio.

—Creo que por fin gané una —dijo JS con orgullo, mientras Lucy rebuscaba en sus bolsillos, al igual que Frankie.

Cuando te llevaste de esta casa todos los objetos de valor que encontraste —volvió a decir Harry—, cogiste unas cosas que estaban en el armario de la cocina. Entre ellas había un guardapelo… —De pronto se le secó la boca y también notó la tensión y la emoción de Ron y Hermione—. ¿Qué hiciste con él?

¿Por qué lo preguntas? ¿Tiene algún valor?

¡Todavía lo tienes! —acusó Hermione.

—No creo —dijo Nadia, tapándose la boca con los dedos—, no creo que todavía lo tuviera.

—Yo tampoco —comentó Dom con firmeza—, si era tan valioso, seguramente fue una de las primeras cosas que vendería.

No, ya no lo tiene —dijo Ron con astucia—. Se está preguntando si habría podido pedir más dinero por él.

¿Más dinero? —se extrañó Mundungus—. Eso no habría sido difícil, porque puede decirse que lo regalé. No tuve alternativa.

¿Qué quieres decir?

Estaba vendiendo en el callejón Diagon cuando una tipa se me acercó y me preguntó si tenía permiso para comerciar con artilugios mágicos. Una fisgona asquerosa. Quería multarme, pero le gustó el guardapelo y me dijo que se lo quedaba y que por esa vez me perdonaba, y… y que podía considerarme afortunado.

¿Quién era? —preguntó Harry.

No lo sé, una arpía del ministerio —Caviló un momento, frunciendo el entrecejo, y añadió—. Era bajita y llevaba un lazo en la cabeza. Ah, y tenía cara de sapo.

—¡Por un demonio! ¡Lo que faltaba!

—Hugo —se oyó la voz tensa de Hermione.

—La que faltaba por dejarse leer —concordó Al, quien había seguido con atención la lectura—, Dolores Umbridge.

Harry bajó la varita y, sin querer, golpeó a Mundungus en la nariz. Saltaron unas chispas rojas que le prendieron fuego a las cejas.

¡Aguamenti! —gritó Hermione, y un chorro de agua salió del extremo de su varita y roció a Mundungus, que, atragantándose, se puso a farfullar como un enloquecido.

Harry alzó la vista y percibió su propia sorpresa reflejada en las caras de sus amigos, al tiempo que notaba un hormigueo en las cicatrices del dorso de la mano derecha.

—Exactamente lo que pensó Al —reconoció Harry—, tendríamos que encontrarnos de nuevo con Umbridge.

Mientras Remus colocaba el pergamino en el atril, Amelia preguntó:

—Señora Tonks, ¿usted tenía idea de que lo que el señor Remus pensaba hacer?

—¿Sinceramente? —repreguntó Tonks, para luego responder—. No, no tenía la más remota idea. Por eso me sorprendió cuando llegó ese día, me abrazó, lloró en mi hombro y me dijo que lucharía por nosotros hasta la muerte.

—Es lo mínimo que podías hacer —comentó Frank—, te lo digo por experiencia.

—Es que todos estamos de acuerdo —reconoció Arthur—, la familia ante todo, no importa lo que ocurra.

—Sí —reconoció Remus—, a eso se refirió Harry. Eso fue lo que comprendí cuando me senté a pensar en lo que habíamos hablado, recordando todo lo que hicieron James y Lily por proteger a Harry, y que yo, por resentimiento o por orgullo, no lo quisiera hacer por Tonks y el niño. Eso me terminó pareciendo egoísta. Aunque seguía creyendo que Harry, Hermione y Ron necesitaban mi ayuda, comprendí que más la necesitaba Tonks, y que más allá de lo que sintiera por mi condición y por lo que hubiera podido provocarle, había entendido que lo que sentía y siento por ella es mucho mayor —concluyó tomando la mano de Tonks y besándola, ocultando las lágrimas que surgían libremente por sus ojos.

Sonaron algunos aplausos, hasta que Arthur suspiró, dando a entender que era el próximo lector seleccionado por la Sala.


Buenas noches desde San Diego, Venezuela! Un capítulo cargado de tensión y de sensaciones, nos invita a vivir tres actos llenos de información: la llegada de Remus a Grimmauld Place, con noticias y una oferta que Harry rápidamente despreció; la lectura de un nuevo extracto del libro de Rita Skeeter, con lo que implica, y la llegada de Kreacher con Mundungus Fletcher y la revelación de qué pasó con el guardapelo de Slytherin y cómo cayó en manos de quien menos esperaban los muchachos. Y esa tensión se percibe en la Sala de los Menesteres, especialmente después de lo leído la "noche anterior" respecto a Regulus y el guardapelo, ese horrocrux que está comenzando a darle dolores de cabeza al trío. Pero en nuestro caso lo único que hay es un profundo reconocimiento a todos y cada uno de ustedes por estar semana a semana, con sus visitas, sus marcas de favoritos, sus alertas activadas y sus comentarios, como dejaron esta semana JohanDC240598 (Gracias por tu saludo! Pues sí, esa es la idea, completar "una aventura astral de tres generaciones y ocho libros", y espero que nos sigas acompañando!) y creativo (Por eso es que el Alohomora le sale tan bien a Hermione, y no sólo eso, sino a cualquier madre; y respecto a los gemelos, uno nunca sabe con que sorprende ese par)... Como siempre, gracias por estar, gracias por seguir y por acompañarme en esta locura! Salud y saludos! Éxitos!