Harry Potter: Una lectura distinta, vol. 7
Por edwinguerrave
Copyright © J.K. Rowling, 1999-2008
El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, para su adaptación cinematográfica, son propiedad de Warner Bros, 2000.
Las Reliquias de la Muerte
CAPÍTULO 30 La huida de Snape
—¡Para completar! —exclamó JS, rompiendo el silencio que había llegado con el final de la lectura de Neville.
—Sabían que Harry, si entraba al castillo, iba a entrar a la sala común de Ravenclaw —reflexionó James.
—Eso quiere decir que sabían que sospechaba que un horrocrux tenía que ver con Ravenclaw —supuso Remus.
—Yo diría más bien que Voldemort les dijo que Harry iba a entrar a la sala común de Ravenclaw —intervino Lily—, pero no les dijo para qué.
—Exactamente —aceptó Remus—, porque no debe haberle mencionado a nadie de los horrocruxes.
—Y lo peor es que no sabemos si Alecto lograría atrapar a papá —comentó Al con preocupación.
—Pues lo sabremos en un momento —dijo la profesora McGonagall, al ver el atril con el pergamino del nuevo capítulo delante de su butaca. Cuando detalló el título del capítulo, volteó a ver a los demás profesores y comentó—. Creo que la Sala quiere que sepamos las razones de La huida de Snape.
—¿Huiste, Snape? —enseguida atacó James, sonriendo maliciosamente—, ¿Cómo buena serpiente?
—Mis razones tenía —dijo cáusticamente el aludido—, que imagino que se leerán en su momento.
La directora McGonagall impidió que James o Sirius replicaran a Sanape, al comenzar a leer inmediatamente.
En cuanto Alecto se tocó la Marca Tenebrosa con el dedo, a Harry le ardió ferozmente la cicatriz, perdió de vista la estrellada habitación y se encontró a los pies de un acantilado, sobre unas rocas contra las que batía el mar. Lo invadía una sensación de triunfo: «¡Tienen al chico!»
En ese momento oyó un fuerte estallido y se halló de nuevo en la sala; desorientado, levantó la varita, pero la bruja que tenía enfrente ya estaba cayendo hacia delante; la mujer dio tan fuerte contra el suelo que el cristal de las librerías tintineó.
—Nunca le había lanzado un hechizo aturdidor a nadie, salvo en las clases del Ejército de Dumbledore —comentó Luna con leve interés—. Ha hecho más ruido del que suponía.
—¡Sí! —exclamó Lilu, aplaudiendo, mientras varios soltaban la carcajada.
—Así es Luna —reconoció Neville, a lo que Hannah, Ginny, Susan y Padma asintieron en silencio.
Y no sólo ruido, pues el techo había empezado a temblar. Detrás de la puerta que llevaba a los dormitorios se oyeron pasos y gente que corría: el hechizo de Luna había despertado a los alumnos de Ravenclaw que dormían en el piso de arriba.
—¿Dónde estás, Luna? ¡Tengo que meterme debajo de la capa!
Por fin Harry le vio los pies; corrió a su lado y la chica lo tapó con la capa invisible en el preciso instante en que se abría la puerta y un torrente de miembros de Ravenclaw, todos en pijama, irrumpía en la sala común.
Cuando vieron a Alecto tendida en el suelo, inconsciente, gritaron sorprendidos. Poco a poco la rodearon, como si se encontraran ante una bestia que podía despertar y atacarlos.
—Me los imagino —comentó Dom—, si habían sido tan maltratados por esa bruja, nunca mejor dicho.
Entonces un valiente alumno de primer año se le acercó con decisión y le dio un empujoncito en la espalda con la punta del pie.
—¡Creo que está muerta! —anunció con entusiasmo.
—¡Fíjate, están contentos! —susurró Luna, sonriente, mientras los chicos cerraban el corro alrededor de Alecto.
—Sí, qué bien…
Harry cerró los ojos e, impulsado por los latidos de la cicatriz, se sumergió otra vez en la mente de Voldemort. Andaba por el túnel que conducía a la primera cueva, porque había decidido asegurarse de que el guardapelo seguía en su sitio antes de ir a Hogwarts. Aunque no tardaría en descubrir que…
—¿Qué va a descubrir? —preguntó Kevin, algo despistado.
—Que ya no hay guardapelo —recordó Rose—, ni el original, que lo robó el señor Regulus —Sirius asintió con seriedad—, ni el falso, que se lo llevaron el tío Harry y el profesor Dumbledore antes de la escaramuza en la torre de Astronomía.
—Cierto, Rosie —aceptó Kevin, mientras Paula se reía con aspavientos.
Se oyeron unos golpes en la puerta de la sala, y los chicos que estaban dentro se quedaron paralizados. La débil y armoniosa voz que salía de la aldaba en forma de águila preguntó: «¿Adónde van a parar los objetos perdidos?»
—¿No es a la nada? —preguntó Naira con algo de confusión.
—Exactamente —dijeron a coro Padma, Rose y Al, recibiendo una aprobación silenciosa de parte del profesor Flitwick.
—¡Y yo qué sé! ¡Cállate! —gruñó una tosca voz que Harry atribuyó al hermano de Alecto, Amycus—. ¡Alecto! Alecto, ¿estás ahí? ¿Lo tienes ya? ¡Abre la puerta!
Los alumnos, aterrados, susurraron entre ellos. De pronto, sin previo aviso, sonaron unos golpes estruendosos, como si alguien estuviera disparando a la puerta con una pistola.
—¡Alecto! Si viene y no tenemos a Potter… ¿Quieres acabar como los Malfoy? ¡Contéstame! —bramó Amycus aporreando la puerta, que seguía sin abrirse.
—Y así no la va a abrir nunca —comentó Al—, cuando se aporrea la puerta así, pareciera que se bloqueara.
Los de Ravenclaw retrocedieron, y algunos —los más asustados— subieron por la escalera y regresaron a la cama. Entonces, mientras Harry se preguntaba si no sería mejor abrir la puerta y aturdir a Amycus antes de que a éste se le ocurriera hacer algo, oyó otra voz que le resultó muy familiar.
La directora McGonagall sonrió levemente antes de tomar aire, estirarse y leer.
—¿Le importaría decirme qué hace, profesor Carrow?
—¡Intento entrar… por esta… condenada puerta! —gritó Amycus—. ¡Vaya a buscar a Flitwick! ¡Que la abra ahora mismo!
—Pero ¿no está su hermana ahí dentro? —preguntó la profesora McGonagall—. Hace un rato el profesor Flitwick la ha dejado entrar, ante su insistencia, ¿no? ¿Por qué no le abre ella? Así no tendría que despertar usted a todo el castillo.
—¡No me contesta, escoba con patas! ¡Ábrala usted! ¡Maldita sea! ¡Ábrala ahora mismo!
—¡Qué grosero! —exclamaron a dúo Alisu y Amelia.
—¿Qué podían esperar de ese par? —gruñó Moody—, si eran de lo peorcito que se había conseguido Voldemort como secuaces.
—Como quiera —repuso la profesora McGonagall con una frialdad espeluznante. Se oyó un débil golpe de la aldaba, y la armoniosa voz volvió a preguntar:
—¿Adónde van a parar los objetos perdidos?
—Al no ser, es decir, al todo —contestó la profesora.
—Lo que dijiste, Naira —ratificó Zacharias, haciendo sonreir a su hija.
—Muy bien expresado —replicó la aldaba con forma de águila, y la puerta se abrió.
Los pocos alumnos que se habían quedado en la sala común corrieron hacia la escalera al entrar Amycus blandiendo la varita. El mortífago, encorvado como su hermana, de tez pálida y cerúlea y ojos muy pequeños, vio enseguida a Alecto, despatarrada e inmóvil en el suelo. El hombre dio un grito en el que se mezclaban la cólera y el miedo.
—¿Qué han hecho esos mocosos? ¡Les voy a hacer la maldición cruciatus a todos hasta que confiesen quién ha sido! ¿Qué va a decir el Señor Tenebroso? —chilló, plantado junto a su hermana y golpeándose la frente con un puño—. ¡No lo hemos cogido! ¡Y esos desgraciados han matado a mi hermana!
—Sólo está aturdida —le informó la profesora McGonagall con impaciencia, después de agacharse para examinar a Alecto—. Se recuperará.
En la Sala, la directora McGonagall asentía mientras leía, mientras se oían algunas risitas.
—¡No se recuperará! —bramó Amycus—. ¡Nunca se recuperará de lo que le hará el Señor Tenebroso! ¡Lo ha llamado, he notado cómo me ardía la Marca, y él cree que tenemos a Potter!
—¿A Potter? —dijo la profesora McGonagall, sorprendida—. ¿Cómo que cree que tienen a Potter?
—¡Nos advirtió que quizá ese chico intentaría entrar en la torre de Ravenclaw, y nos ordenó llamarlo si lo atrapábamos!
—Lo que habíamos dicho —recordó James.
—¿Por qué querría Harry Potter entrar aquí? ¡Potter pertenece a mi casa!
Bajo la incredulidad y la ira contenidas, Harry detectó una pizca de orgullo en la voz de la profesora, y sintió una oleada de cariño hacia Minerva McGonagall.
—Gracias, Potter —se interrumpió la directora McGonagall—, aunque en ese momento no comprendía el porqué debías entrar a la sala de Ravenclaw.
—¡Sólo dijo que quizá intentaría entrar aquí! —repitió Carrow—. ¡Y no sé por qué!
La profesora se levantó y recorrió la habitación con la mirada, pasando dos veces por el sitio donde se hallaban Harry y Luna.
—Bien pensado… podemos culpar a los chicos —dijo Amycus, y su cara de cerdo adoptó un gesto de astucia—. Sí, eso es. Le diremos que los alumnos le tendieron una emboscada —miró el estrellado techo, hacia los dormitorios— y la obligaron a tocarse la Marca, y por eso él recibió una falsa alarma… Que los castigue a ellos. Un par de chicos más o menos… ¿qué importa?
—¡Qué miserable! —exclamó Vic sin poder contenerse.
—¿Qué podías esperar, Vic, de un mortífago? —preguntó Louis.
—Se nota que no pensaba en los niños, sino en salvar su pellejo y el de su hermana —intervino Remus con voz calmada, lo que fue aprobado por varios en la Sala.
—Importa porque marca la diferencia entre la verdad y la mentira, entre el valor y la cobardía —afirmó la profesora McGonagall, que había palidecido—. Una diferencia, en resumen, que usted y su hermana son incapaces de apreciar. Pero voy a dejarle clara una cosa: usted no va a culpar de su ineptitud a los alumnos de Hogwarts, porque yo no pienso permitirlo.
—¿Cómo dice?
Amycus se aproximó a la profesora McGonagall hasta situarse muy cerca de ella, tanto que sus rostros quedaron a escasos centímetros de distancia. A pesar de todo, ella no retrocedió, sino que miró al mortífago como si fuera algo asqueroso que hubiera encontrado pegado en el asiento del inodoro.
—Nunca mejor dicho, Potter —se volvió a interrumpir McGonagall, aprovechando la carcajada general de los más bromistas.
—No se trata de que usted lo permita o no, Minerva McGonagall. Usted ya no pinta nada aquí. Ahora somos nosotros los que mandamos, y si no me respalda pagará las consecuencias. —Y le escupió en la cara.
—¡Qué grosero! —exclamó Alisu—, ¡escupirle a una dama!
—¡Yo le hubiera partido la cara! —saltó JS, impresionando a Ginny, y haciendo sonreir a Harry. Al, igualmente indignado, apoyó a su hermano aplaudiendo y haciendo algunos aspavientos.
Entonces Harry se quitó la capa, levantó la varita y gritó:
—¡Hasta aquí podíamos llegar!
Amycus se dio la vuelta y Harry gritó:
—¡Crucio!
El mortífago se elevó del suelo, se debatió en el aire como si se ahogara, retorciéndose y chillando de dolor, y por fin, con gran estrépito de cristales rotos, se estrelló contra una librería y cayó inconsciente al suelo hecho una bola.
—Ahora entiendo lo que quería decir Bellatrix —exclamó Harry, que notaba latir la sangre en las sienes—: ¡Tienes que sentirla!
—¡Harry! —exclamó Lily, sorprendida—, ¿Por qué la usaste?
—Creo que es más que evidente, ¿no? —respondió Harry—, le escupió la cara a la profesora.
—Yo también lo hubiera hecho —dijo Al, adelantándose a JS, quien asintió en silencio.
—Está bien que lo aturdan —insistió Lily—, o le hagan escupir babosas; ¿pero torturarlo? ¿Aplicar lo mismo que ellos hacen, o hacían?
—Lo que es igual no es trampa —replicó JS.
—Fue lo mismo que le dije a Potter —reconoció la directora McGonagall antes de continuar leyendo.
—¡Potter! —susurró la profesora McGonagall llevándose las manos al pecho—. ¡Estás aquí, Potter! ¿Cómo es posible? —Trató de serenarse—. ¡Esto ha sido una locura, Potter!
—Le ha escupido en la cara, profesora —se justificó Harry.
—Potter, yo… Ha sido un gesto muy galante por tu parte, pero ¿no te das cuenta de…?
—Sí, lo sé —replicó Harry. Curiosamente, el pánico de ella lo tranquilizaba—. Pero Voldemort está en camino, profesora McGonagall.
—Ah, ¿ya podemos llamarlo por su nombre? —preguntó Luna con interés al mismo tiempo que se quitaba la capa invisible. La aparición de una segunda forajida abrumó a la profesora McGonagall, que se tambaleó y se derrumbó en una butaca, agarrándose con ambas manos el cuello de la vieja bata de tela escocesa.
—Realmente estaba impactada —reconoció McGonagall—, el ver a Potter, lo que hizo y después ver a la señorita Lovegood en ese momento.
—Me parece que ya no importa cómo lo llamemos —respondió Harry—. Él sabe dónde estoy.
Desde un recóndito recoveco del cerebro, esa parte que se conectaba con la inflamada cicatriz, Harry vio a Voldemort surcando el oscuro lago en la fantasmagórica barca verde… Estaba a punto de llegar a la isla donde se encontraba la vasija de piedra…
—Tienes que irte enseguida —susurró la profesora McGonagall—. ¡Rápido, Potter!
—No puedo. Tengo que hacer una cosa. ¿Usted sabe dónde está la diadema de Ravenclaw, profesora?
—¿Y se lo preguntaste a Minnie? —soltó Sirius, para luego de ver la mirada peligrosa de la directora McGonagall, aclarar—. No digo que no lo hicieras, pero ¿no salía mejor preguntarle a Flitwick?
—No sabía dónde estaba el profesor —reconoció Harry—, así que tuve que preguntarle primero a la profesora McGonagall.
La aludida asintió antes de seguir leyendo.
—¿La diadema de Ravenclaw? Claro que no. ¿No lleva siglos perdida? —Se incorporó un poco y añadió—: Has cometido una locura, Potter, has cometido una locura entrando en el castillo…
—Tenía que hacerlo. Profesora, aquí hay una cosa escondida y tengo que encontrarla, y podría ser la diadema. Si pudiera hablar con el profesor Flitwick…
Se oyeron unos tintineos de cristales: Amycus estaba volviendo en sí. Antes de que Harry o Luna pudieran actuar, la profesora McGonagall se puso en pie, apuntó con la varita al adormilado mortífago y exclamó:
—¡Imperio!
—¡Profesora! —exclamaron varios de los Gryffindor, sorprendidos por oir lo que había hecho la Jefa de Casa.
—Creo que acaban de decirlo —replicó McGonagall con una media sonrisa—, "situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas", y "momentos difíciles requieren voluntades firmes".
—Eso es correcto, Minerva —confirmó el profesor Dumbledore, sonriendo ampliamente.
Obediente, Amycus se levantó, se acercó a su hermana, le cogió la varita, arrastró los pies hasta la profesora y le entregó su varita y la de Alecto; luego se tumbó en el suelo al lado de ésta. McGonagall volvió a agitar la varita, y un trozo de reluciente cuerda plateada apareció de la nada y envolvió a los Carrow, atándolos fuertemente.
—Potter —dijo Minerva McGonagall, olvidándose de los Carrow—, si es verdad que El-que-no-debe-ser-nombrado sabe dónde estás…
Antes de que ella terminara la frase, una ira semejante a un dolor físico sacudió a Harry produciéndole un intenso dolor en la cicatriz, y por unos instantes miró rápidamente el fondo de una vasija cuya poción se había vuelto transparente, y vio que no había ningún guardapelo escondido bajo la superficie…
—El tiempo se les agota —comentó Dudley, quien abrazaba a Violet y a Samantha, que a su vez era abrazada por Daisy.
—¿Estás bien, Potter? —dijo una voz.
Harry volvió a la sala común y se agarró al hombro de Luna para no caerse.
—Se agota el tiempo; Voldemort está cada vez más cerca. Profesora, estoy cumpliendo órdenes de Dumbledore. Debo encontrar lo que él me pidió que buscara, pero mientras registro el castillo tenemos que sacar a todos los alumnos de aquí. Voldemort me quiere a mí, aunque no le importará matar a algunos más, ahora que… —«ahora que sabe que estoy destruyendo los Horrocruxes», pensó, pero no lo dijo en voz alta.
—Pensaste igual que el primo Harry, papá —comentó Violet.
—Sí, por eso somos familia —comentó Harry
—Exacto —confirmó Dudley—, aunque no estuviéramos tan unidos.
—¿Que estás cumpliendo órdenes de Dumbledore? —repitió McGonagall, asombrada. Entonces se irguió cuan alta era y añadió—: Protegeremos el colegio de El-que-no-debe-ser-nombrado mientras tú buscas ese… objeto.
—¿Podremos hacerlo?
—Creo que sí —repuso ella, cortante—. Los profesores somos buenos magos y brujas, por si no te habías dado cuenta. Conseguiremos detenerlo un rato si nos empleamos con ganas. Habrá que hacer algo con el profesor Snape, desde luego…
—Déjeme a mí…
Snape miró a Harry con interés, como con ganas de preguntarle si creía que tenía el talento para enfrentarlo. Harry, al verlo, le dijo:
—Sí, tenía la capacidad, el talento y las ganas de encontrármelo; y con todo lo que tenía acumulado…
—Lo más seguro es que hubieras fallado, como siempre —interrumpió Snape, con tono retador.
—Pero no lo sabremos —replicó Harry—, mientras no continúa la lectura no lo sabremos.
Snape levantó una ceja, pero no dijo nada más, lo que aprovechó la directora McGonagall para seguir leyendo.
—… y si Hogwarts se dispone a sufrir un estado de sitio, con el Señor Tenebroso ante sus puertas, sería muy aconsejable sacar de aquí a cuanta más gente inocente podamos. Pero ahora la Red Flu está vigilada y nadie puede desaparecerse en los terrenos del colegio…
—Hay una manera —saltó Harry, y le explicó la existencia del pasadizo que conducía al pub Cabeza de Puerco.
—Es que estamos hablando de cientos de alumnos, Potter…
—Ya lo sé, profesora, pero si Voldemort y los mortífagos se concentran en Hogwarts y sus jardines, no creo que les importe mucho que haya gente desapareciéndose desde el Cabeza de Puerco.
—No veo fallas en tu lógica, papá —dijo JS, haciendo sonreír a Harry.
—Tienes razón —concedió la profesora. Y a continuación apuntó con la varita a los Carrow, y una red de plata descendió sobre ellos, los envolvió y los levantó; de este modo ambos mortífagos quedaron suspendidos bajo el techo azul y dorado, como dos grandes y repugnantes criaturas marinas—. ¡Vamos, tenemos que alertar a los jefes de las otras casas! Será mejor que vuelvan a ponerse la capa.
Minerva McGonagall abrió la puerta de la sala y levantó la varita, de cuyo extremo salieron tres gatos plateados luciendo un círculo alrededor de cada ojo, como si llevaran gafas. Los patronus echaron a correr ágilmente hacia la escalera de caracol, inundándola de luz plateada, y la profesora, Harry y Luna descendieron a toda prisa. Recorrieron un pasillo tras otro y, uno a uno, los patronus fueron separándose de ellos; la bata de tela escocesa de la profesora susurraba al rozar el suelo, mientras Harry y Luna la seguían bajo la capa invisible.
Cuando hubieron bajado dos pisos más, otros pasos se unieron a los de ellos. Harry fue quien los oyó primero y se llevó una mano al monedero que le colgaba del cuello para coger el mapa del merodeador, pero, antes de que lo sacara, McGonagall también se percató de que tenían compañía. Se detuvo y levantó la varita, dispuesta a atacar.
—¿Atacar? —preguntó Lucy, extrañada.
—Atacar o defenderme —reconoció la directora McGonagall—, en ese momento, no habían muchas personas en quien confiar dentro del castillo.
—¿Quién anda ahí? —preguntó.
—Soy yo —respondió alguien en voz baja.
De detrás de una armadura salió Severus Snape.
—Vamos a ver que pensaba hacer —dijo James. Snape lo miró interesado, y preguntó:
—¿Quién? ¿Minerva, tu hijo o yo?
—Cualquiera de los tres —replicó James—, no tengo preferencias. A esta hora, quiero decir.
—Pues veamos —dijo la directora McGonagall antes de retomar la lectura.
Al verlo, Harry sintió brotar el odio en su interior. La magnitud de los crímenes de Snape le había hecho olvidar los detalles de su aspecto físico: el negro cabello, que caía como dos cortinas enmarcando el delgado rostro, y aquellos ojos negros, de mirada fría y apagada. No iba en pijama, sino con la capa negra que solía usar, y también él sostenía en alto la varita, preparado para atacar.
—¿Dónde están los Carrow? —preguntó Snape con temple.
—Supongo que donde tú les hayas ordenado ir, Severus —respondió McGonagall.
Snape se acercó más a ella y le echó una ojeada alrededor, como si supiera que Harry estaba escondido por allí. El chico levantó también su varita, listo para entrar en acción.
—Profesor Snape —interrumpió Al, respetuosamente—, varias veces se ha leído que estuvo a punto de descubrir a papá bajo la capa invisible…
—Y había sido —dijo Snape—, porque sabía que la tenía. La conocía gracias a las correrías de su padre; así que varias veces sospeché que la usaba para algunos de sus actos.
—¿Cómo robarle de sus estantes privados en cuarto año, cuando lo había hecho el que se hacía pasar por Moody para poder preparar su poción multijugos?
La pregunta de Lilu dejó a varios sorprendidos, y más en la forma que la había hecho, levantándose y poniendo sus brazos en jarras, muy al estilo de las mujeres Weasley. Snape no contestó, sino que sólo encogió los hombros.
—Tenía entendido que Alecto había atrapado a un intruso —dijo Snape.
—¿Ah, sí? —se extrañó la profesora—. ¿Y qué te ha hecho pensar tal cosa?
Snape flexionó un poco el brazo izquierdo, donde tenía grabada con fuego la Marca Tenebrosa.
—¡Ah, claro! Olvidaba que los mortífagos tienen sus propios medios para comunicarse.
Snape fingió no haberla oído. Seguía escudriñando el entorno de la profesora, y poco a poco iba acercándose más, como si no lo hiciera intencionadamente.
—Y me estaba dando cuenta de eso —reconoció McGonagall. Snape asintió en silencio.
—No sabía que esta noche te tocaba vigilar los pasillos, Minerva.
—¿Tienes algún inconveniente?
—Me pregunto qué te habrá hecho levantarte de la cama a estas horas.
—Me pareció oír ruidos.
—¿En serio? Pues yo no he oído nada.
La miró a los ojos.
—¿Has visto a Harry Potter, Minerva? Porque si lo has visto, te ordeno que…
La profesora actuó mucho más deprisa de lo que Harry habría imaginado: su varita hendió el aire y por una fracción de segundo Harry creyó que Snape se derrumbaría, pero la rapidez del encantamiento escudo del profesor fue tal que McGonagall perdió el equilibrio.
—Por eso —dijo Harry—, es que no pude enfrentarme directamente con Snape, porque se enfrentaron entre ellos.
Entonces ella apuntó hacia una antorcha de la pared, y ésta se desprendió de su soporte. Harry estaba a punto de arrojarle una maldición a Snape, pero tuvo que tirar de Luna para que no la alcanzaran las llamas. El fuego formó un aro que ocupó todo el pasillo y voló como un lazo en dirección a Snape…
El lazo de fuego se convirtió en una gran serpiente negra que McGonagall redujo a humo; el humo volvió a cambiar de forma y, en pocos segundos, se solidificó y se transformó en un enjambre de dagas. Snape se protegió colocándose detrás de la armadura y las dagas se clavaron en el peto con gran estrépito.
Varios veían con ojos asombrados a los protagonistas del duelo, quienes adoptaron dos actitudes contrastantes: mientras la directora McGonagall leía con un brillo emocionado en los ojos, Snape veía con esa mirada cáustica característica a Harry.
—¡Minerva! —exclamó una voz temblorosa.
Harry, aún protegiendo a Luna de los hechizos, vio a los profesores Flitwick y Sprout, en pijama, corriendo por el pasillo hacia ellos. El corpulento profesor Slughorn iba detrás, rezagado y jadeante.
—Me imagino que habrá engordado más en esos meses refugiado en Hogwarts —comentó Sirius con malicia—, aprovechando los premios que le conseguían sus estudiantes favoritos.
—Quién sabe —replicó James—, imagino que la tensión de tratar de mantenerse de bajo perfil en el castillo le haya caído mal.
Se escucharon algunas risitas que enseguida fueron acalladas por la lectura de la profesora McGonagall
—¡No! —gritó Flitwick alzando la varita mágica—. ¡En Hogwarts no volverás a matar!
El hechizo de Flitwick dio también en la armadura, que cobró vida. Snape forcejeó para librarse de los brazos que intentaban aplastarlo, y les arrojó la armadura a sus agresores. Harry y Luna tuvieron que lanzarse a un lado para esquivarla, y la armadura se estrelló contra la pared y se hizo añicos. Cuando Harry volvió a mirar, vio a Snape corriendo, y a McGonagall, Flitwick y Sprout persiguiéndolo sin parar de gritar. Snape se coló por la puerta de un aula y, momentos después, Harry oyó a McGonagall gritar:
—¡Cobarde! ¡Cobarde!
—O sea —intervino James—, lo normal en Snivellius.
—¿Perdón? —preguntó Snape, pero antes que pudiera levantarse, Dumbledore dijo, con voz firme:
—Señores, por favor. Ya esto es pasado, ¿recuerdan? —miró alternativamente a James y a Snape, quienes asintieron—. Excelente. Minerva, si eres tan amable.
La directora McGonagall asintió y retomó la lectura.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado? —preguntó Luna.
Harry la ayudó a ponerse en pie y, arrastrando la capa invisible, echaron a correr por el pasillo. Entraron en el aula, donde encontraron a los profesores McGonagall, Flitwick y Sprout de pie junto a una ventana rota.
—Ha saltado —les dijo la profesora.
—¿Está muerto? —Harry corrió hacia la ventana, ignorando las exclamaciones de asombro de Flitwick y Sprout ante su repentina aparición.
—Me tomó por sorpresa verte en el castillo —reconoció la profesora Sprout.
—A mí me sorprendió que estuvieran los dos —replicó el profesor Flitwick—, la señorita Lovegood y usted, señor Potter.
—No me extraña —intervino Snape, mirando a Harry—, conociendo tu forma de pensar.
—Una vana esperanza —reconoció Harry, asintiendo lentamente.
—No, no lo está —dijo McGonagall con amargura—. A diferencia de Dumbledore, él llevaba su varita… Y por lo visto ha aprendido algunos trucos nuevos de su amo.
Harry sintió un estremecimiento al distinguir, a lo lejos, una gran figura que parecía un murciélago volando por el oscuro cielo hacia el muro de los jardines.
—No lo aprendí del Señor Tenebroso —admitió Snape—, sino de dos personas dentro de esta Sala —ante la mirada extrañada de muchos, explicó—. Después de los acontecimientos de la caída del Señor Tenebroso, me dediqué a investigar cómo hicieron Potter y Black para convertirse en animagos, además de todo el conocimiento que había podido acumular hasta que, luego de regresar el Señor Tenebroso, pude consultarle algunos aspectos que necesitaba aclarar respecto al arte de la animagia.
—Qué bueno que te parezca un arte —comentó Sirius con sorna, pero enseguida la directora McGonagall retomó la lectura, impidiendo algún reclamo.
Entonces oyeron pasos y unos fuertes resoplidos. Slughorn, vestido con un pijama de seda verde esmeralda, acababa de alcanzarlos.
—¡Harry! —exclamó, jadeando y masajeándose el enorme pecho—. Hijo mío… qué sorpresa… Minerva, explícame, por favor… Severus… ¿Qué ha sucedido?
—Nuestro director se ha tomado unas breves vacaciones —explicó McGonagall señalando el agujero que Snape había dejado en la ventana.
Explotaron las risas en la Rala, haciendo bufar a Snape, que sin embargo había adquirido un leve color sonrojado en su rostro cetrino.
—¡Profesora! —llamó Harry mientras se llevaba ambas manos a la frente. Se deslizaba por el lago lleno de inferí… La fantasmagórica barca verde alcanzó la orilla, y Voldemort saltó de la barca, sediento de sangre—. ¡Tenemos que fortificar el colegio, profesora! ¡Llegará en cualquier momento!
—Está bien, está bien. El-que-no-debe-ser-nombrado está a punto de llegar —explicó a los otros profesores. Sprout y Flitwick dieron gritos de asombro; Slughorn emitió un débil gemido—. Potter tiene que realizar una misión en el castillo para cumplir las órdenes de Dumbledore; por tanto, hemos de proteger el colegio con todos los medios de que dispongamos mientras Potter hace su trabajo.
—Supongo que eres consciente de que nada que hagamos impedirá indefinidamente que Quien-tú-sabes entre en el colegio, ¿no? —comentó Flitwick con voz aguda.
El profesor Flitwick miró a Harry con suspicacia, entre las risitas de algunos en la Sala.
—Pero podemos retrasarlo —observó la profesora Sprout.
—Gracias, Pomona —dijo McGonagall, y las dos brujas se lanzaron una mirada de complicidad (en la Sala, la profesora Sprout se sonrojó ligeramente cuando se escucharon nuevos silbidos y risas. La profesora McGonagall miró amenazadoramente a los bromistas, quienes callaron rápidamente, aunque algunos seguían riendo tapándose la boca)—. Propongo que establezcamos una protección básica alrededor del castillo, y luego reunamos a nuestros alumnos y nos encontremos todos en el Gran Comedor. Habrá que evacuar a la mayoría, aunque si alguno de los que son mayores de edad quiere quedarse y luchar a nuestro lado, creo que deberíamos permitírselo.
—Estoy de acuerdo —dijo Sprout, que ya se dirigía hacia la puerta—. Me reuniré con ustedes en el Gran Comedor dentro de veinte minutos, con los alumnos de mi casa.
Echó a correr y se perdió de vista, pero los demás alcanzaron a oírla murmurar:
—Tentácula, lazo del diablo y vainas de snargaluff… Sí, ya me gustará ver cómo combaten eso los mortífagos…
Varios soltaron la carcajada, haciendo ruborizar nuevamente a la profesora Sprout, aunque Freddie comentó:
—Esas plantas no son para nada amistosas, y más cuando se les molesta.
—Por eso iba pensando en ellas, señor Longbottom —replicó la profesora, sonriendo ampliamente aunque aún sonrojada.
—Yo puedo actuar desde aquí —intervino Flitwick, y apuntó con la varita a través de la ventana rota, aunque apenas veía por ella, y se puso a murmurar conjuros muy complejos. Harry oyó un extraño susurro, como si Flitwick hubiera desatado la fuerza del viento en los jardines del castillo.
—Algo así —aclaró el profesor Flitwick.
—Profesor —dijo acercándose al bajito profesor de Encantamientos—, perdone que lo interrumpa, pero esto es importante. ¿Tiene idea de dónde está la diadema de Ravenclaw?
— … Protego horribilis… ¿Has dicho la diadema de Ravenclaw? —se asombró Flitwick—. El conocimiento nunca está de más, Potter, pero no creo que eso sirva de mucho en la actual situación.
—Sólo le preguntaba si… ¿Sabe usted dónde está? ¿La ha visto alguna vez?
—¿Si la he visto? ¡Nadie que viva todavía la ha visto! ¡Esa diadema se perdió hace mucho tiempo, muchacho!
Harry sintió una terrible mezcla de pánico y decepción. Entonces ¿qué podría ser el otro Horrocrux?
—Tiene que ser la diadema —dijo esperanzado JS—, porque es verdad, ¿qué otra cosa que haya pertenecido a Ravenclaw podía haber sido tomado por Voldemort para convertirlo en horrocrux?
—Normalmente —reflexionó Remus—, por lo que hemos conocido y se ha leído acá, sólo se conoce una reliquia por cada fundador: la espada de Gryffindor, el guardapelo de Slytherin, la copa de Hufflepuff, y esa diadema perdida de Ravenclaw.
—Sabemos que el guardapelo y la copa fueron usados como horrocruxes —intervino Rose—, y que la espada sirvió para destruir uno antes de que desapareciera en Gringotts. Faltaría saber si se usó la diadema como horrocrux.
—Pero si es verdad lo que dice el profesor Flitwick —habló Naira—, y no tengo por qué dudar en su palabra, ¿cómo hizo Voldemort para encontrar la diadema? Porque cómo hizo para convertirla en horrocrux, eso creo que ya se dijo —Rose asintió a lo dicho por su compañera de casa.
—Imagino que lo descubriremos en su momento —dijo Molls, haciendo asentir a Harry y bufar a los más jóvenes.
—¡Nos encontraremos contigo y tus alumnos de Ravenclaw en el Gran Comedor, Filius! —acordó McGonagall, y les indicó a Harry y Luna que la siguieran.
Cuando ya estaban en la puerta, Slughorn arrancó a hablar.
—¡Caramba! —dijo resoplando, pálido y sudoroso, al tiempo que su bigote de morsa oscilaba—. ¡Menudo jaleo! No estoy seguro de que todo esto sea prudente, Minerva. Sabes que hallará la manera de entrar, y quienes hayan intentado impedírselo correrán un grave peligro…
—A ti y a los miembros de Slytherin también los espero en el Gran Comedor dentro de veinte minutos —lo interrumpió McGonagall—. Si quieres marcharte con tus alumnos, no te lo impediremos. Pero si alguno de ustedes intenta sabotear nuestra resistencia, o alzarse en armas contra nosotros dentro del castillo, entonces, Horace, te retaré a muerte.
—¡Profesora! —exclamaron varios a coro, haciendo sonreir a la directora McGonagall.
—Como acabo de decir —explicó levantando la mirada del pergamino y paseándola por la Sala—, "las decisiones difíciles requieren voluntades fuertes".
—¡Minerva! —exclamó Slughorn, perplejo.
—Ha llegado la hora de que la casa de Slytherin decida a quién quiere ser leal —añadió la profesora—. Ve y despierta a tus alumnos, Horace.
Harry no se quedó para ver cómo farfullaba Slughorn, sino que Luna y él corrieron tras la profesora, que se había colocado en medio del pasillo con la varita alzada.
—Piertotum… ¡Cielos, Filch! ¡Ahora no!
—¿Filch? —preguntó Fred, intrigado.
—¿Todavía estaba por allí? —complementó George la pregunta de su hermano.
—Debía estar emocionado por el mandato de los Carrow —comentó JS.
—Usando hasta el cansancio las cadenas que tenía guardadas —reflexionó Frankie.
—Exactamente —ratificó Freddie.
El anciano conserje acababa de llegar, renqueando y gritando:
—¡Hay alumnos fuera de los dormitorios! ¡Hay alumnos por los pasillos!
—¡Es donde tienen que estar, imbécil! —le espetó McGonagall—. ¡Haga algo positivo! ¡Busque a Peeves!
—¿A Pe… Peeves? —tartamudeó Filch, como si jamás hubiera oído ese nombre.
—¡Sí, a Peeves, idiota, a Peeves! ¿No lleva usted un cuarto de siglo despotricando contra él? ¡Vaya a buscarlo ahora mismo!
Era evidente que Filch creía que la profesora había perdido el juicio, pero se marchó cojeando y murmurando por lo bajo.
Explotaron las risas, mientras la directora McGonagall, sonriendo levemente, se estiraba en su butaca para leer la siguiente línea.
—Y ahora… ¡Piertotum locomotor! —gritó Minerva McGonagall. Y a lo largo de todo el pasillo, las estatuas y armaduras saltaron de sus pedestales. Y a juzgar por el estruendo proveniente de los pisos superiores e inferiores, Harry comprendió que las que se hallaban distribuidas por todo el castillo habían hecho lo mismo—. ¡Hogwarts está amenazado! —les advirtió la profesora—. ¡Cubran las lindes, protéjannos, cumplan con su deber para con el colegio!
Traqueteando y gritando, la horda de estatuas animadas de diferentes tamaños, entre las que también había animales, pasó en estampida junto a Harry; las ruidosas armaduras enarbolaban espadas y cadenas de las que pendían bolas de hierro con pinchos.
—Les juro —se interrumpió la directora McGonagall, para comentar en forma soñadora—, que en mis tantos años impartiendo clases en Hogwarts, pensé que nunca sería necesario invocar ese hechizo para defender el castillo. Y recuerdo haber sentido una satisfacción tan grande al invocarlo, fue catárquico.
—Y ahora, Potter —indicó McGonagall—, será mejor que la señorita Lovegood y tú vayan a buscar a sus amigos y los conduzcan al Gran Comedor. Yo iré a despertar a los otros miembros de Gryffindor.
Se separaron al final del siguiente tramo de escalera. Harry y Luna regresaron corriendo a la entrada oculta de la Sala de los Menesteres. Por el camino se cruzaron con nutridos grupos de alumnos (la mayoría con una capa de viaje encima del pijama), que profesores y prefectos acompañaban al Gran Comedor.
—¡Ése era Potter!
—¡Harry Potter!
—¡Era él, te lo juro! ¡Acabo de verlo!
Pero Harry no les prestaba atención y ambos no se detuvieron hasta la entrada de la Sala de los Menesteres. Él se apoyó contra la pared encantada, que se abrió para dejarlos entrar, y descendieron a toda prisa la empinada escalera.
—¿Qué es esto…? —exclamó Harry.
—¿Qué pasó? —preguntó Lilu extrañada.
—¡No me digas que se infiltraron los mortífagos! —exclamó Daisy angustiada.
—Nada de eso —dijo Harry, calmando a los nerviosos—, pero dejemos que la profesora McGonagall lo lea.
La sala estaba mucho más abarrotada que antes y, al verla, el chico se llevó tal susto que tropezó y bajó varios peldaños resbalando. Kingsley y Lupin lo miraban desde abajo, y también Oliver Wood, Katie Bell, Angelina Johnson y Alicia Spinnet, Bill y Fleur, y los señores Weasley.
—¿Qué ha pasado, Harry? —preguntó Lupin recibiéndolo al pie de la escalera.
—Voldemort está en camino, y aquí están fortificando el colegio. Snape ha huido. Pero… ¿qué hacen ustedes aquí? ¿Cómo lo han sabido?
—Enviamos mensajes a los restantes componentes del Ejército de Dumbledore —explicó Fred—. No habría estado bien privarlos del espectáculo, Harry. Y el Ejército de Dumbledore lo comunicó a la Orden del Fénix, y la reacción ha sido imparable.
—Creo que fue una excelente decisión —comentó Dumbledore—, no podían dejar al colegio sin apoyo.
Harry hizo un gesto de duda, pero no interrumpió la lectura.
—¿Por dónde empezamos, Harry? —preguntó George—. ¿Qué está pasando?
—Están evacuando a los alumnos más jóvenes, y van a reunirse todos en el Gran Comedor para organizarse. ¡Vamos a presentar batalla!
Hubo un gran clamor y todo el mundo se precipitó hacia el pie de la escalera. Harry tuvo que pegarse a la pared para dejarlos pasar. Era una mezcla de miembros de la Orden del Fénix, del Ejército de Dumbledore y del antiguo equipo de quidditch de Harry, todos varita en mano, dirigiéndose hacia la parte central del castillo.
—Vamos, Luna —dijo Dean al pasar, y le tendió la mano; ella se la cogió y subieron juntos por la escalera.
—Verdad que ellos se dieron mucho apoyo cuando estuvieron en Shell Cottage —reconoció Fleur, mientras Lilu asentía interesada.
El tropel de gente fue reduciéndose, y en la Sala de los Menesteres sólo quedó un pequeño grupo. Harry se acercó a ellos. La señora Weasley estaba forcejeando con Ginny, rodeadas por Lupin, Fred, George, Bill y Fleur.
—¡Eres menor de edad! —le gritaba la señora Weasley a su hija—. ¡No lo permitiré! ¡Los chicos sí, pero tú tienes que irte a casa!
—¡No quiero!
Ginny logró soltarse de su madre, que la tenía sujeta por un brazo, y la sacudida que dio le agitó la melena.
—Hago constar que eso me dolió —dijo Ginny con tono divertido.
—Lo siento, hija —replicó Molly—, sólo trataba de protegerte.
—Lo sé, mamá —reconoció Ginny—, sólo que en ese momento no nos entendíamos —cuando Lilu volteó a ver a Ginny, ésta dijo—. Ya verás a qué me refiero. Profesora McGonagall, por favor.
—¡Soy del Ejército de Dumbledore y…!
—¡Una panda de adolescentes!
—¡Una panda de adolescentes que se dispone a plantarle cara a Quien-tú-sabes, cosa que hasta ahora nadie se ha atrevido a hacer! —intervino Fred.
—¡Sólo tiene dieciséis años! —gritó la señora Weasley—. ¡Todavía es una niña! ¿Cómo se les ha ocurrido traerla con ustedes? —Fred y George parecían un poco arrepentidos de lo que habían hecho.
—Mamá tiene razón, Ginny —intervino Bill con ternura—. No puedes participar en esta lucha. Todos los menores de edad tendrán que marcharse. Es justo que así sea.
—¡No puedo irme! —gritó Ginny, anegada en lágrimas de rabia—. ¡Toda mi familia está aquí, no soporto quedarme esperando en casa, sola, sin enterarme de lo que pasa…!
—Debo reconocer que Ginny tenía razón —mencionó Charlie—. No era lógico que se quedara sola en la casa cuando todos, menos yo, por supuesto, estaban a punto de enfrentarse a la muerte.
—¿Y por qué tú no, tío? —preguntó Louis, extrañado.
—Porque el refugio de dragones había entrado en estado de alerta —dijo Charlie—. Nos habían llegado rumores que intentarían atacarlo para liberar los dragones y causar destrozos en los pueblos cercanos.
Varios de los Weasley, incluyendo los mayores, asintieron en silencio.
Su mirada se cruzó con la de Harry por primera vez. Ginny lo miró suplicante, pero él negó con la cabeza, y ella se dio la vuelta, disgustada.
—Vale —dijo con la vista clavada en la entrada del túnel que conducía al pub—. Está bien, me despediré de ustedes ahora y…
En ese momento se oyeron pasos y luego un fuerte golpazo: alguien más acababa de salir por el túnel, pero había perdido el equilibrio y se había caído.
En la Sala, se oyó un suspiro mal contenido, que no interrumpió a la directora McGonagall más allá de levantar ligeramente la mirada.
El recién llegado se levantó agarrándose a la primera butaca que encontró, miró alrededor a través de unas torcidas gafas de montura de concha y farfulló:
—¿Llego tarde? ¿Ha empezado ya? Acabo de enterarme y… y…
Percy se quedó callado. Era evidente que no esperaba encontrarse a casi toda su familia allí reunida.
—Bueno —el propio Percy, con el sonrojo típico de los Weasley, reconoció—, ya Charlie dijo por qué no había podido llegar.
—Sí —confirmó Charlie—, recuerdo que me enviaste un patronus avisándome, pero me era imposible abandonar el refugio en ese momento.
Hubo un largo silencio de perplejidad, que, en un claro intento de reducir la tensión, Fleur interrumpió preguntándole a Lupin:
—Bueno, ¿cómo está el pequeño Teddy?
—Bien —respondió Tonks en la Sala, provocando risas que aligeraron levemente la tensión—, aquí está, grandote y bello —y de forma impulsiva, lo abrazó y le estampó un beso en la mejilla, con la mala suerte de golpear a Vic en la frente—. ¡Ah! ¡Lo siento!
—Tranquila —dijo Vic, sobándose la frente, entre una cascada de risas.
Lupin la miró parpadeando, atónito. Los miembros de la familia Weasley cruzaban miradas en silencio, un silencio compacto como el hielo.
—¡Ah! ¡Muy bien, gracias! —respondió Lupin en voz demasiado alta— . Sí, Tonks está con él, en casa de su madre.
Percy y los restantes Weasley seguían mirándose unos a otros, petrificados.
—¡Aquí tengo una fotografía! —exclamó Lupin. Y tras sacarla del bolsillo de la chaqueta se la enseñó a Fleur y Harry; en ella, un diminuto bebé con un mechón de pelo azul turquesa intenso miraba a la cámara agitando unos puños regordetes.
—Ya me gustaría ver cómo se veía Teddy de pequeño —comentó Vic, sonriendo, aunque tenía enrojecida la frente sobre el ojo derecho.
—Tú has visto esa foto —dijo Teddy apenado—, está en casa de la abuela Meda.
Sin embargo, la Sala dejó caer un trozo de pergamino en el regazo de Vic, que al detallarlo, notó que era la foto descrita en la lectura. El alboroto por ver la imagen del pequeño Teddy interrumpió la lectura por unos diez minutos, puesto que la consabida foto corrió por todas las manos interesadas, provocando que Teddy cambiara el color de cabello con cada gesto de ternura que se dejaba escuchar en la Sala.
Cuando el alboroto terminó, la directora McGonagall preguntó:
—Percy, ¿le gustaría leer? Al menos su intervención.
Percy miró confundido a su familia, pero al ver que todos le apoyaban, dijo:
—Me parece bien.
—Adelante entonces —concordó el profesor Dumbledore, y un pequeño pergamino apareció delante de Percy y de Fred, quien sonrió maliciosamente.
—¿Listos? —preguntó McGonagall. Cuando ambos asintieron, comentó—: Justo se había descrito la fotografía del señor Lupin, cuando… —y haciendo una señal a Percy, le dio entrada.
—¡Me comporté como un imbécil! —gritó Percy (quien se había sonrojado a más no poder, pero se había detenido para que la profesora McGonagall leyera la parte del narrador), tan fuerte que a Lupin casi se le cayó la fotografía de las manos—. ¡Me comporté como un idiota, como un pedante, como un…!
—Como un pelota del ministerio, como un desagradecido y como un tarado ansioso de poder —sentenció Fred.
En la Sala, Percy y Fred se habían levantado, ubicándose frente a frente, leyendo cada quien lo que había dicho en ese momento.
—¡Tienes razón! —aceptó Percy.
—Bueno, no está del todo mal —dijo Fred tendiéndole la mano a su hermano.
Luego que la profesora McGonagall leyera eso, Percy soltó el pergamino y abrazó a Fred, quien asentía en silencio.
—Te extraño, hermano —le dijo Percy con voz congestionada.
La señora Weasley rompió a llorar. Apartó a Fred de un empujón, se abalanzó sobre Percy y le dio un fuerte abrazo, mientras él le daba palmaditas en la espalda mirando a su padre.
En la Sala ocurrió exactamente lo mismo, sólo que en este caso, Molly no apartó a Fred, sino que abrazó a sus dos hijos.
—Perdóname, papá —dijo Percy. El señor Weasley parpadeó varias veces, y entonces también fue a abrazar a su hijo.
—¿Qué fue lo que te hizo entrar en razón, Perce? —preguntó George.
—Llevaba tiempo pensándolo —repuso Percy mientras, levantándose un poco las gafas, se enjugaba las lágrimas con una punta de su capa de viaje—. Pero tenía que encontrar una forma de salir del ministerio, y no era fácil porque ahora encarcelan a los traidores. Conseguí ponerme en contacto con Aberforth y hace sólo diez minutos me dijo que en Hogwarts se estaba preparando la batalla, así que… aquí me tienen.
—Así me gusta. Nuestros prefectos tienen que guiarnos en momentos difíciles —dijo George imitando el tono pomposo de Percy—. Y ahora subamos a pelear, o nos quitarán a los mejores mortífagos.
—Entonces, ahora somos cuñados, ¿no? —dijo Percy estrechándole la mano a Fleur mientras corrían hacia la escalera con Bill, Fred y George.
—Creo que fue la mejor presentación que nos hicieron —comentó Fleur entre risas—, porque durante el Torneo estuviste muy concentrado en cubrir la ausencia del señor Crouch.
—Exactamente —reconoció Percy, recibiendo el abrazo de sus mellizas.
—¡Ginny! —gritó la señora Weasley. Ginny, aprovechando la escena de la reconciliación, había intentado colarse también por la escalera.
—A ver qué te parece mi propuesta, Molly —dijo Lupin—: opino que Ginny debería quedarse aquí. Así, al menos estará cerca de la acción y sabrá qué sucede, pero no se meterá en medio de la batalla.
—Yo…
—Me parece buena idea —decidió el señor Weasley—. Quédate en esta habitación, Ginny. ¿Me has entendido?
A Ginny no le gustó mucho la idea, pero al ver la inusual severidad de la mirada de su padre, asintió con la cabeza. Los señores Weasley y Lupin se dirigieron a la escalera.
—Fue la primera vez que vi a papá con esa mirada determinada —reconoció Ginny—, una mirada que no dejaba lugar a dudas, no estaba para bromas o ruegos.
—Ya papá estaba preparado para la batalla —comentó Bill.
—Quizás —aceptó Arthur—, quizás no. Uno nunca estará preparado para luchar a vida o muerte.
Los Weasley que estuvieron ese día en Hogwarts asintieron seriamente.
—¿Dónde está Ron? —preguntó Harry—. ¿Y Hermione?
—Deben de haber subido ya al Gran Comedor —respondió el señor Weasley mirando hacia atrás.
—Yo no los he visto pasar —se extrañó Harry.
—Han dicho algo de unos lavabos —intervino Ginny—. Poco después de marcharte tú.
—¿Lavabos?
Harry cruzó la sala a grandes zancadas y abrió una puerta que daba a un cuarto de baño. Estaba vacío.
—¿Seguro que han dicho lava…?
—¿Y qué iban a hacer a los lavabos? —preguntó Hugo.
—Sobre todo —intervino Lucy—, ¿cuáles lavabos?, si no eran los de la Sala de los Menesteres, ¿donde estaban?
—Buena pregunta —admitió Rose, para luego comentar—, porque el otro lavabo destacado del cual se ha hablado es el de niñas del segundo piso, que lleva a la Cámara Secreta, o el de prefectos del quinto piso.
—Habrá que leer después de qué lavabos hablan —dijo Molls, derrotada al ver que ni Hermione ni Ron dirían algo.
Pero entonces notó una terrible punzada en la cicatriz y la Sala de los Menesteres desapareció. Miraba a través de las altas verjas de hierro forjado, flanqueadas por pilares coronados con sendos cerdos alados, y observaba el castillo que, con todas las luces encendidas, se alzaba al fondo de los oscuros jardines. Llevaba a Nagini colgada sobre los hombros, y estaba poseído por esa fría y cruel determinación que lo invadía antes de matar.
—¡Ay, por Merlín! —exclamó Alisu, angustiada—. ¡Ya llegó a Hogwarts!
—Tranquila —dijo Paula, llamando la atención de su hermana mayor—, aquí estamos a salvo.
—Aparte de que eso ya pasó —mencionó Frankie, con tono decepcionado.
—No te metas con tus hermanas —le pidió Hannah, mientas la profesora McGonagall dejaba el pergamino en el atril y éste desaparecía. Al notarlo, JS comentó:
—¡No me digan eso! ¡No podré dormir por la noche, pensando en que Voldie está a las puertas del colegio!
—Lamentablemente, señor Potter —indicó Dumbledore—, el alma necesita alimentarse y descansar en este viaje astral, por lo que me parece correcto y conveniente que la lectura se detenga a esta hora para disfrutar de una merecida cena y un descanso reparador.
Efectivamente, ya Kreacher, desde la puerta de la cocina esperaba para invitar a los asistentes a disfrutar de la cena, la cual transcurrió de forma tensa, con muchas conversaciones sobre qué pasó en los momentos posteriores a lo que se había leído. Estas discusiones siguieron hasta que cada familia se dirigió a sus habitaciones.
En el caso de los Potter, apenas Harry cerró la puerta del espacio que emulaba la casa de Grimmauld Place, JS dijo:
—De verdad, no voy a poder dormir.
—No exageres, Jamie —replicó Al—. Si le hubiera ido mal a papá o a mamá, ¿crees que estuviéramos aquí?
—Acuérdate de algo, Al —argumentó JS, intentando moderar la voz—. Siempre hablan del tío Fred, que murió como un valiente, pero nunca nos dijeron qué pasó. Hemos visto al tío Ron abrazarlo y pedirle disculpas, al tío Percy abrazarlo, al tío George siempre estar pendiente de él.
—Eso es verdad —reconoció Al.
—Está también lo que pasó con la señora Lavender —insistió JS—, que nunca supimos qué le pasó para que use todo el tiempo una bufanda; o al señor Smith, el papá de Naira, que siempre hace comentarios respecto a su vista.
—Claro, claro —aceptó Al—, pero ¿todo eso pasó por Voldemort?
—Es lo más seguro —reflexionó JS.
—Pues mañana descubriremos qué pasó —interrumpió Harry, abrazando a JS—. Por lo pronto, vamos a descansar, ¿sí? Trata de no pensar en esas cosas, para que no te desveles.
—Lo intentaré —dijo JS sin mucho convencimiento. Mientras tanto, Lilu tenía una conversación similar con Ginny.
—No quiero que te preocupes —le dijo Ginny, acariciándole el rostro a Lilu—, mañana sabremos que pasó, y verás que todo tuvo una razón de ser. Vamos a dormir —exclamó a todos en el recibidor—, para que descansemos. Todos —dijo esto mirando a Harry, quien asintió en silencio.
Cada uno se dirigió a su habitación con la mirada gacha, en silencio. Cuando Harry y Ginny cerraron la puerta de su alcoba, se oyeron un par de fuertes suspiros. Cada uno estaba encerrado en sus pensamientos, por lo que no conversaron hasta que ambos se metieron en la cama:
—Estás preocupado, ¿verdad? —preguntó Ginny en el momento en que Harry apagaba la lámpara con un golpe de varita y la dejaba junto a los lentes en la mesita.
—Por los niños más que por mí —reconoció Harry—, pero tú también estás preocupada.
—Sí —aceptó Ginny mientras se acomodaba al lado de Harry—. Creo que vienen los momentos más duros, como la muerte de Fred, las lesiones de Lavender y Parvati, las muertes de Remus y Tonks y de tantos otros.
—Claro —confirmó Harry—, pero también se va a leer de la confirmación del amor entre Ron y Hermione —Ginny soltó una risita—, y tantas cosas buenas que pasaron dentro de lo triste del día.
—Esperemos que todos comprendan que lo que hiciste fue por una razón valedera —comentó Ginny, dándole un beso en la mejilla a Harry.
El sueño fue bastante incómodo para muchos, incluyendo al propio Harry, quien se despertó al otro día notando que Ginny ya se había levantado:
—No pude dormir bien —reconoció Ginny mientras peinaba su cabellera pelirroja—, y tú tampoco.
—Sí —admitió Harry—, y por lo que oigo, parece que los niños tampoco pudieron dormir bien.
Luego de vestirse, salieron al pasillo y encontraron a JS sentado viendo el álbum que Hagrid le había regalado a Harry, a Al viendo el álbum que James había encontrado en la versión de la casa de Godric´s Hollow, y Lilu mirando la foto de la primera Orden del Fénix.
—¿Todo bien, chicos? —preguntó Harry, convencido en que los tres habían tenido mala noche. No lo sorprendió que los tres lo miraran con sonrisas tristes mientras respondían afirmativamente. Los llamó, los abrazó uno por uno, y luego los atrajo, junto a Ginny, a un abrazo grupal, que rompió cuando dijo—: Vamos, familia, vamos a escuchar qué pasó cuando llegó Voldemort.
Salieron a la Sala, donde muchos mostraban rostros de haber pasado una noche similar a los Potter, desayunaron en relativo silencio, y luego se ubicaron en sus asientos, a la expectativa, hasta que el atril con el nuevo capítulo se ubicó delante de Fred.
Buenas noches desde San Diego, Venezuela! Feliz día de los Padres a quienes lo celebran de este lado del mundo! Hoy, en este capítulo, se prepara todo para la lucha, como siempre en tres actos claramente diferenciados: la escaramuza entre Harry, Luna y la profesora McGonagall y los hermanos Carrow dentro de la sala común de Ravenclaw, la rápida refriega entre McGonagall y Snape, lo que llevó a la huida de este último al verse rodeado por los Jefes de Casa, y los preparativos para la defensa del castillo mientras Harry busca "lo que tiene que buscar", con la entrada triunfal de los Weasley, incluyendo a Percy y su arrepentimiento, al cual le dediqué un poco de atención en el reto "Citas célebres v.2" del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black", con el relato "La Locura del Momento", el cual invito a visitar y leer. A lo que me invita el momento, como siempre, es a agradecerles por acompañarme en esta "aventura astral de tres generaciones y ocho libros", con sus visitas, sus marcas de favorito, sus alertas activadas y sus comentarios, como estas dos semanas dejaron KariPM (Me alegra que te esté gustando, y que te haya parecido bueno el capítulo), y creativo (Sí, me imagino la voz del locutor tipo Laura "Que pase el desgraciado!". Y sí, en algún momento haremos mención a la sala común de Hufflepuff, lo tengo pendiente)... Gracias por seguir conmigo en esta locura que poco a poco se acerca al final, porque estas próximas semanas se viene lo duro, y espero que me sigan acompañando! Saludos y bendiciones!
