Disclaimer: Las cosas aquí contenidas son pura inspiración mía… y me parece una falta de respeto que Himaruya-Sama no haga canon a mi ship (¿?)
Advertencia: Cambio de época, magia, vandalismo (?) ¡La Prisión!
Notas de inicio:
Y no había subido esto aquí por… por ¡Los ovnis! XDD
Ok no, es que es más complicado subir cosas aquí en FF que en Wattpad u.u
Pero en fin, ya esta aquí~
One, Two, Three ¡Go!
~*~ El Rey de Piedra ~*~
Estados unidos, actualidad…
—¿Están seguros que no han olvidado nada? El autobús saldrá en 5 minutos— Boceaba el profesor, Arthur se unió a las voces desganadas que se volvieron una sola respuesta, todos estaban listos y aunque no lo estuvieran seguro que no lo recordarían hasta descubrir en sus mochilas que habían olvidado algo, pero por supuesto, sería muy tarde para regresar.
Eran poco más de las seis de la mañana y ellos estaban abordando el autobús uno a uno con cierta pereza, Arthur había esperado ese día toda su vida, pero no le causaba ninguna emoción hacer esa excursión con el montón de sus compañeros que solo estaban ahí para perder clases y salir un rato de la tediosa rutina.
En cambio, Arthur iba a esa excursión con otros fines, la excursión se trataba de ir a conocer a su icono favorito de la historia, el famoso "Rey de Piedra".
Era un experto en cuanto a ese monumento histórico, sabía cuánto media exactamente, el año aproximado en el que se había esculpido y algunas de las leyendas que lo rodeaban.
Pero lo que más le interesaba saber era quién habría esculpido semejante obra maestra, no había firma en la obra y aunque muchos historiadores habían investigado una y otra vez jamás se había sabido el autor de esa escultura.
Seguro que había sido la primera y última obra del autor y por eso no se encontraba más evidencia de su talento.
Y es que no solo era una escultura cualquiera, se trataba de un Rey sentado en su trono, con una pose imponente y las facciones tan marcadas y detalladas que se contaba que podías sentir como si te observara cuando estabas frente a él.
Además, las proporciones de la escultura eran exactas a las de un humano, algo muy difícil de lograr si se tomaba en cuenta que aquella escultura tenía casi 300 años de antigüedad.
Y ahí estaba otro detalle interesante, la escultura estaba en la cima de una montaña a la que no se había podido acceder hasta hacía solo unas décadas atrás, un montañista había encontrado la escultura y el gobierno por supuesto lo había transformado en un atractivo turístico.
La escultura estaba tan intacta que fue difícil para todos creer que tenía casi trecientos años de existencia.
Lo que había facilitado el estudio en años de aquel monumento eran los varios restos, de lo que los historiadores asumieron como ofrendas a los pies de la escultura, había objetos de todo tipo y de muchas generaciones, el más antiguo databa de casi 300 años, era una espada de plata pura con relieves de picas grabadas en ella, la espada misma y todos los objetos valiosos se habían concentrado a un museo que construyeron al pie de la montaña.
Aquel Rey había sido venerado durante más de doscientos años y aún ahora se acostumbraba a llevarle ramos de flores y objetos que si bien, ya no podían ser tan valiosos como en la antigüedad debido a los robos, eran un símbolo de ofrenda.
Algunos otros dejaban mensajes y deseos escritos en papeles porque se contaba que aquellos deseos se cumplían si dejabas tu ofrenda al Rey.
El viaje se le hizo eterno mientras pensaba en todos los misterios que rodeaban esa escultura, Arthur era estudiante de historia, conocía quizás más que nadie sobre esa obra y una de sus metas era descubrir al autor de aquel monumento y por ello le emocionaba aquella visita.
Estarían en ese lugar tres días, en el primer día afortunadamente irían directo a visitar al Rey de Piedra y eso era un alivio para Arthur, no tendría que esperar más que unas horas para poder verlo por primera vez.
Y justo cuando entraron a la localidad sonrió al ver la montaña imponente, por supuesto que a aquella distancia sería imposible distinguir al Rey de Piedra, pero entre más se acercaban el corazón de Arthur latía con más y más anhelo, deseaba tanto verlo que casi se sentía extraño, como un loco enamorado de una estatua.
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La forma en la que se accedía a la estatua en lo alto de la montaña era mediante un teleférico en el que solo cabían un máximo de seis personas, la cosa se elevaba más allá de las nubes y tardaba por lo menos unos veinte minutos en subir hasta lo alto de la montaña.
También había una escalinata con barandales que te hacía subir la montaña en un zigzag que lucía casi infinito.
Todos los de su clase se decidieron por el teleférico, aunque era el doble de peligroso que la escalinata, y aquel zigzag ya era de por sí bastante riesgoso. Así que fueron subiendo de apoco y esperaban arriba a los demás del grupo.
Arthur subió en el segundo viaje, ni siquiera el vértigo que se le instalo en el estómago fue suficiente como para hacerlo retroceder, así que con respiraciones hondas se aferró a su asiento en el pequeño cubículo y subió.
Arriba estaba mucho más frío de lo que creyó, sin embargo la espectacular vista lo distrajo de lo helado del clima.
Sus ojos buscaron con un instinto casi hambriento a la escultura que solo había visto en imágenes e ilustraciones, se quedó sin aliento cuando sus ojos se conectaron con los del Rey. Parecían tener vida, los años no habían desgastado casi nada la piedra y verdaderamente se apreciaba cada una de las facciones del hombre esculpido.
—¿Entonces qué dices, Arthur… es tu tipo? — Le mencionó uno de sus compañeros con burla, todos en su clase sabían de su afición y dedicación a esa escultura.
Arthur solo ignoró la broma y se acercó hasta el monumento, descubriendo nuevos detalles, los relieves del rostro, la forma en que los nudillos de las manos se curvaban al aferrar las agarraderas del trono, los detalles en la ropa del Rey que parecían dale volumen y movimiento.
Arthur de verdad que quería tocar la estatua y entonces descubrir que era de piedra fría y firma, solo para salir de la impresión. Se veía tan real, tan humano. Incluso se olvido de su misión de estudio por ese momento en el que sus ojos se conectaron.
La mirada era la de un verdadero Rey, juzgó Arthur, un Rey que miraba de frente a su destino.
—Vengan aquí, empezaremos con la explicación— Llamó el maestro a cargo del grupo y Arthur al fin salió de su impresión, se dio cuenta de que estaba ya el grupo entero ahí arriba, se avergonzó un poco de haber estado mirando aquella estatua tan embobado.
La explicación fue breve, la misma que Arthur ya había construido entre textos de varios sitios web y libros, los detalles que había de aquella obra eran breves y confusos, solo se podía tener una idea vaga de su origen o propósito ahí arriba, la historia y el escultor eran un completo misterio así que el guía no tenía fuentes necesarias para explicar con exactitud lo que significaba aquella estatua.
Como final les relato algunas de las leyendas que habían surgido en torno a la escultura e invitó a todos a escribir un deseo y ponerlo en una urna que se había colocado a los pies de la estatua para almacenar los distintos deseos de los visitantes.
Todos los que habían perdido el interés en la historia incompleta de la estatua recobraron los ánimos para escribir sus deseos en papel y rogar porque el Rey los cumpliera.
El guía le ofreció un papel a Arthur así como una pluma, Arthur no sabía que escribir así que se conformó con un simple.
"Deseo descubrir tu misterio. Rey de Piedra"
Dobló el papel y se formó en la fila para meterlo en la urna, cuando deslizo el papel doblado en la hendidura de la urna semi congelada sus ojos se volvieron a encontrar con los de la estatua, le pareció imponente de una forma que erizaba la piel.
—Bajaremos con cuidado, esperen dentro del museo, hay muchas piezas que ver ahí— Arthur sintió que el tiempo era un poco injusto, se preguntaba si sería capaz de irse.
En lo que los grupos bajaban por el teleférico él aprovecho para observar la estatua en su totalidad, rodeándola algunas veces, comparando datos de medidas con sus notas en su libreta, deseando estar ahí observando para siempre, aun sabiendo que era imposible, queriendo descubrir algo que ningún otro investigador hubiese visto antes.
—Arthur, tenemos que bajar ya…— Su maestro le tocó el hombro y Arthur descubrió que estaban solos, el último grupo estaba ya abordando la cabina del teleférico.
—Sí, lo siento… solo un segundo— Sacó su teléfono celular y trato de seleccionar la cámara con torpeza, su maestro se rió un poco al verlo.
—¿Te interesa ir al acuario? — Preguntó su maestro de pronto, Arthur no entendía la pregunta, el acuario era la segunda parada de ese día. Todos por supuesto, habían estado más emocionados por visitar ese lugar en lugar de esa montaña.
—Para ser sincero no…— Respondió Arthur con un suspiro, una tristeza profunda lo invadió al ver la foto que había hecho con su teléfono, de nuevo su Rey de Piedra volvería ser solo una imagen en el fondo de su móvil.
—Bueno… hagamos esto, eres un adulto Arthur, dejaré que te quedes aquí a investigar si prometes no meterte en problemas y contactarme al final del día ¿De acuerdo? Eso claro, asumiendo que quieras quedarte aquí— Arthur sintió que podría amar a ese maestro solo con aquellas palabras.
—Sí, quiero quedarme… prometo no meterme en problemas— Declaró de inmediato con un sentimiento de alegría, su maestro lo conocía bien, sabía lo que Arthur había dedicado a la investigación de aquella estatua.
—Entonces arreglaré todo… pero por favor, ten cuidado— Arthur asintió energético y feliz como nunca.
Así pues, el maestro le dio indicaciones del lugar en el que se encontrarían más tarde, le dijo que alguien volvería a recogerlo a una hora específica y que se asegurara de estar listo. Arthur acepto las condiciones gustoso.
Cuando se quedó solo en lo alto de la montaña se sumergió en la observación e investigación. Observo los alrededores, tratando de imaginarse el por qué la gente había decidido que ese era un lugar adecuado para una estatua.
Había muchas estatuas que no necesariamente habían sido trasladadas, sino que estaban justo donde debían estar, pero el entorno había cambiado a su alrededor con los años.
Arthur trató de imaginarse la forma en que todo el ambiente había cambiado, quizás en ese tiempo solo había sido una colina, debido a que su estatua era un Rey en su trono pensó en un palacio, en lo alto de la colina.
Se sorprendió la nitidez con la que podía imaginar el escenario, las casas blancas y azules a lo lejos, con banderas azules esparcidas y ondeando por toda el área. Los campos de sembradíos dorados y verdes, todo tan cerca y lleno de vida.
Al volver la mirada atrás vio al Rey de Piedra dentro de una habitación de mármol, con las paredes decoradas de patrones de damasco, todo elegante y fino, el Rey lo observaba desde el fondo, eternamente sentado en el trono que le había pertenecido. Tan imponente que te hacía sentir que debías arrodillarte ante él.
Arthur tuvo que sacudir la cabeza para borrar la imagen que se le había instalado en la cabeza, la habitación que había visto con toda claridad antes de empezó a desvanecer como la falla en una imagen, volviendo la visión cada vez más borrosa hasta desaparecer por completo, dejando solo la realidad.
No supo si su visión había sido real o solo imaginación suya, aunque lo detalles que había visto ante él eran extraños, decidió sentarse en algún lugar y dibujar un pequeño mapa en sus apuntes, detallando el alrededor de la montaña según lo que había imaginado.
Su alarma sonó en algún punto de sus apuntes y dibujos. La había colocado para tener tiempo de bajar al museo y esperar el transporte prometido por su profesor.
Pese a las horas que había pasado ahí no le parecía ser suficiente, sin embargo, estaba más feliz de haber podido tener una idea de lo que había rodeado a aquella estatua antes, aunque fuese su imaginación, considero que cualquier cosa podría ser una pista útil.
Se acercó por última vez al Rey para despedirse, observando cada detalle del rostro, le dio cierta gracia aceptar que quizás sí, estaba un poco enamorado de aquella estatua. Pero ahí, frente a ella no le costó nada reconocerlo, el rostro era bien parecido, perfectamente esculpido y con un efecto que era capaz de hipnotizar.
Como una pequeña broma Arthur se acercó y presionó sus labios contra los de la fría piedra, al fin no había nadie ahí para verlo y burlarse de él.
Cuando se alejó escuchó un fuerte sonido, como cuando las piedras se rompían al golpearse una con otras, observó con cierto pánico a su alrededor, tratando de descubrir de donde había salido el sonido, la estatua entera se cuarteo justo cuando él volvió a mirarla.
El pánico lo invadió, no se explicaba lo que había pasado, claramente la estatua no tenía ni un solo letrero de "no tocar", la gente siempre la tocaba para "tener buena suerte", Arthur no había hecho nada en contra de las reglas y no era como que la sólida piedra pudiera romperse al mínimo toque. Pero ahí estaba, desmoronándose poco a poco frente a sus ojos.
Una luz azul lo obligó a apartar la mirada de lo que sucedía con la estatua, cuando el brillo terminó y él pudo volver a mirar, se quedó sin aliento. Era el Rey, de carne y hueso, con su traje azul índigo todo desgarrado y polvoriento. Su trono seguía cubierto de piedra, cuando el Rey empezó a moverse despacio Arthur quiso salir corriendo, pero no podía, el miedo lo tenía paralizado.
Su mirada corría por todo el cuerpo del otro, observando como poco a poco el Rey se levantaba de su lugar y caminaba hasta él, retrocedió a cada paso que el Rey daba, temblando por completo.
Después de varios pasos se dio cuenta de que había llegado al borde cuando su pie no encontró donde apoyarse y su cuerpo se precipitó hacia atrás. Hubiese caído de no ser porque el Rey lo jaló a tiempo desde las muñecas y lo alejó del precipicio.
—¿Q-quién eres? — Exclamó Arthur tratando de recomponerse del miedo, no sabía que era más aterrador, la figura frente a él o casi haberse matado de una montaña. El Rey era sólido, lo tenía bien sujeto de las muñecas todavía.
—Eso es lo que yo debería preguntar… ¿Quién eres tú y donde se supone que estoy? — Arthur paso saliva, miro a su alrededor en busca de ayuda, pero no había nadie. —Hey, no pretendas ignorarme… Requiero una explicación ahora mismo— El Rey lo agitó un poco, Arthur volvió a mirarlo, tratando de enfocar sus pensamientos.
¿Todo aquello estaba pasando de verdad o solo era un sueño?
Pensó que tal vez todavía iba en el autobús y se había quedado dormido o quizás se había quedado dormido ahí en la cima de la montaña.
—E-eras una estatua hace un momento— Susurró sin comprender lo que estaba viviendo. Tenía que ser un sueño, solo eso.
—Ya sé que era una estatua hace un momento… Te estoy preguntando en dónde estamos— Murmuró el Rey con tono impaciente.
—En la cima de una montaña— Respondió Arthur sin poder pensar en algo coherente.
—Wow… eso me dice mucho— Gruñó el otro con sarcasmo, sin embargo, pareció rendirse con él porque lo soltó y miró a su alrededor buscando una explicación por sí mismo.
Arthur no salía de la impresión, había visto una piedra cobrar vida frente a sus ojos, eso era algo que no se borraría ni con años de terapia. Sus ojos siguieron al Rey mientras este inspeccionaba su trono, como si buscase algo ahí.
Y pesé al comportamiento claramente extraño del Rey, Arthur seguía pensando que aquello era un sueño, un sueño muy loco.
—Ahh~ esto sería más fácil si tuviera mi reloj conmigo— Musitó el Rey con voz cansina, recordándole a Arthur que no solo estaba alucinando.
—¿Reloj? — Preguntó inseguro, si Alfred quería saber la hora había celulares, pero muy seguramente el Rey no lo9 sabría. Tomando en cuenta que llevaba casi 300 años como una sólida piedra.
—Sí, mi reloj… uno dorado, en forma de pica, con iris azules tallado en los bordes— Describió Alfred como si fuera lo más obvio del mundo. Arthur lo recordó, sacó su móvil del bolsillo y tecleó con las manos aun temblando.
—¿Este reloj? — Arthur le mostró la imagen del teléfono, al Rey se le iluminaron los ojos.
—¡Sí! Exactamente ese… ¿Como demonios lo sacó de ahí? — Preguntó Alfred tomando el teléfono y agitando la cosa como su fuese una caja y el reloj estuviese atascado dentro, Arthur lo detuvo en el instante, no quería que su teléfono terminase estrellado contra el piso.
—Ven conmigo… te mostraré dónde está— Ofreció Arthur de pronto. Lo más lógico de aquella situación era llevar al Rey abajo y buscar ayuda de quien fuera, aunque dudaba que alguien le fuese a creer.
Lo guio por la escalinata de la montaña hasta el teleférico, se montaron en la cosa en total silencio, Arthur seguía nervioso, ansioso y lo que le seguía.
El tiempo que tardó la cosa en bajar entre el silencio tensó y el chirrido de la nave deslizándose por los cables de acero fue sofocante y eterno.
El tipo de situación que te hace ser muy consciente de la pintura roída del cubículo y observarla como si aquellas manchas de óxido que se asomaban fueran lo más interesante del mundo.
Al llegar abajo, Arthur lo guio al museo, no había nadie más que un guardia solitario en un rincón del museo, Arthur estaba un poco más calmado, pretendía llevarlo hasta el guardia y de alguna forma explicar lo que había pasado arriba, sin embargo, de alguna forma el Rey encontró la vitrina donde se exhibía el reloj, prácticamente se pegó al cristal como un niño pequeño mal controlado por sus padres, dejando en el proceso las marcas de sus manos sudorosas en el limpio cristal.
Arthur apretó la mandíbula conteniendo todo el odio que sintió ¿Acaso nadie respetaba el arte? ¿O siquiera el trabajo del personal de limpieza que se esmeraba en borrar esas manchas todas las mañanas?
Pero eso no era lo importante, lo importante es que el Rey ya estaba buscando una forma de abrir la vitrina y hacerse con el reloj.
—¿Cómo lo sacamos de ahí? — Preguntó el Rey tanteando ansioso los bordes de la vitrina.
—¡Te volviste loco! Es una reliquia de hace años… no se puede sacar de ahí— Arthur se sentía estar reprendiendo a algún niño pequeño. De alguna forma se encontró aceptando que el Ray estaba ahí, vivo.
—Oye, eso me pertenece y para encontrar mi camino debo tenerlo en mis manos…— Sí. En definitiva, Arthur estaba loco. Y ese Rey parecía ser sincero.
—¿Y qué piensas hacer? ¿Romper la vitrina como un delincuente? — El brillo en los ojos azules preocupo seriamente a Arthur. —Escucha, ¿vez a ese guardia de ahí, ese de uniforme azul? Bueno, sí intentas siquiera golpear la vitrina te sacara a patadas de aquí…— El Rey dio un vistazo y pareció replantearse el plan.
—Entonces ve a distraerlo— La seriedad del Rey era la de un delincuente en forma, Arthur frunció el ceño. No, él no era un delincuente y mucho menos cuando aquel hombre ni se había molestado en pedirlo como un favor. Muy por el contrario, le había sonado a una orden.
—Estás loco, vámonos ya… Buscaremos ayuda y una explicación para todo esto…— Arthur lo jaló un poco del brazo para llevarlo fuera y pensar en un plan, el Rey por supuesto se resistió.
—Vamos… Te diré algo, ese reloj canaliza mi magia, en el momento en el que el guardia venga aquí yo tendré el reloj en mis manos, puedo volver el tiempo para él y ni se dará cuenta de lo que ha pasado, ambos saldremos caminando como si nada de aquí… tú seguirás por tu camino y yo iré por el mío ¿De acuerdo? Es más, cuando encuentre mi palacio te enviaré oro y algunas gemas en compensación por tu ayuda el día de hoy… ¿Qué dices? — El Rey sonaba tan serio y desesperado. La explicación era tan extraña que Arthur ni siquiera se molestó en comprenderla.
Y maldición, Arthur lo había visto pasar de una roca a un hombre. Era justo estarse planteando la posibilidad de que la magia existiera, de que Alfred tuviese razón y ellos pudieran hacerse con el reloj y salir del lugar tranquilamente. Arthur odiaba los alborotos y ya se veía siendo interrogado y vigilado por el resto de su vida, mientras que al Rey lo llevaban a un tipo de centro de estudio de la NASA en donde seguramente sería disecado o algo peor.
El oro y las gemas, eso estaba de más, Arthur quería presenciar otro momento de magia como el que había presenciado arriba de esa montaña. Quizás eso lo haría aceptar lo que estaba pasando.
"¿Y qué si era solo un sueño?"
Se preguntó para sus adentros, meditando las opciones. No era posible, él lo había visto con sus propios ojos, sabía que estaba despierto.
—Por favor, solo necesitó un minuto— Arthur debía estar enloqueciendo, primero la estatua que ya no era una estatua, y ahora estarse planteando las posibilidades de robar una pieza del museo solo para saber o no si la magia era real.
—Tienes un minuto… no más— Siseo entre dientes y con paso decidido fue hasta donde estaba el guardia, por suerte era delgado y viejo. Tan acorde como todo dentro del museo.
Tenía más o menos veinte pasos para armar un plan que hiciera que el guardia lo acompañara fuera. Miró atrás, nervioso viendo como el Rey le hacía una señal de "Hazlo".
—Disculpe…— Murmuró más alto de lo normal, con los nervios a flor de piel. —¿Podría… emmm mostrarme donde están los baños aquí? — Casi diez años de escuelas y no podía creer que su excusa fuera la de un niño de preescolar.
Extrañamente funcionó, el viejo dio un ligero vistazo alrededor como para asegurarse de que todo estuviera en orden y soltó un seco "sígueme". No se creía que el viejo guardia no hubiese prestado atención al chico en el museo vestido con las ropas antiguas.
Arthur lo siguió fuera de la sala dándole un último vistazo al Rey, cada paso soltaba un eco más sonoro de lo normal por lo amplió y silencioso del lugar, eso lo puso nervioso de nuevo.
No les llevo ni 20 segundos encontrar el baño, Arthur por supuesto que ya sabía en donde estaban, pero fingió sorpresa y agradecimiento sincero, cuando vio que el guardia iba a volver a su lugar de vigilancia entró en pánico.
—¡Esperé! — Gritó frenético y entonces sus palabras se cortaron al escuchar el golpe seco y el inconfundible sonido de cristal roto.
El guardia pareció despertar de su monótono letargo, Arthur solo acertó a empujar al pobre hombre dentro del baño y jalar la puerta para retrasar por lo menos un segundo el escape del guardia.
La adrenalina lo hizo sentir más ligero y rápido cuando corrió a encontrarse con Alfred. El rubio de ojos azules veía casi hipnotizado el reloj en sus manos.
—Tenemos que correr— Urgió Arthur dando una mirada atrás, el guardia por supuesto venía detrás de él, con el rostro contraído de furia.
—Ponte detrás de mí— El Rey se enfrentó al guardia y mostró una firmeza digna de un monarca, miró al guardia con detalle y llevó su dedo al único botón del reloj.
Y entonces, sí, el botón estaba atascado por los años y el polvo.
Alfred entró en pánico, desvío su mirada al reloj y notó que estaba tan viejo que con el movimiento brusco una de las manecillas incluso se había desprendido de su lugar, eso era un desastre.
—No, no, no… Esto no esa pasando… no está pasando— Murmuró Arthur a sus espaldas.
Y sí, cuatro horas y media después Arthur seguía diciendo exactamente lo mismo.
Ambos estaban en "prisión", en realidad era una pequeña correccional del pueblo, tenía tres celdas pequeñas y vacías, ellos dos estaban metidos en una.
Les habían tomado nombres y huellas, y estaban ahí esperando a que se les tomara una declaración, aunque según uno de los policías no iba a ser tan grave, solo un día ahí encerrados para que meditarán los hechos y saldrían bajo fianza, además de tener que pagar por los daños causados al museo.
Para su buena suerte el guardia no había resultado lesionado y los habían atrapado antes de que se llevaran algo importante así que por esa vez se habían escapado.
Por supuesto que Arthur había tratado de explicar una y otra vez lo que había pasado en la cima de la montaña, pero como era de esperarse nadie le había creído. Los tomaron como un par de locos, Arthur alucinaba y Alfred (Arthur supo que ese era el nombre del Rey) tenía un posible trastorno de personalidad y por ello aseguraba ser una Rey antiguo.
Arthur caminaba de un lado al otro de la celda, que en realidad no era mucho porque de cinco o seis pasos la cubría entera. Por supuesto, seguía negando como si aquello fuera un hechizo de salvación.
Alfred estaba sentado en la fría banca metálica colocada al fondo de la celda, con el ceño fruncido y las mejillas ligeramente abultadas, ni siquiera le habían dado oportunidad de explicarse, le habían arrebatado su reloj y lo habían tratado como delincuente ¡Él era un Rey, por amor al reloj!
De ser tratado así en su Reino su Sota habría mandado a ejecutar a los responsables.
Soltó un suspiró, Yao no estaba ahí, de haberlo estado Alfred no estaría metido en esa situación.
—¡No sé en qué demonios estaba pensando para meterme en esto! — Soltó Arthur llenó de frustración sentándose al fin a su lado en la banca metálica, lo peor de todo es que su grupo de escuela salía al día siguiente concluyendo la excursión y Arthur no podría reunirse con ellos porque por supuesto estaba ahí encerrado.
No quería ni pensar en lo que pasaría cuando su maestro se enterara, probablemente iba a expulsarlo de la escuela.
—Lo siento Arthur… Mi reloj jamás había estado en tan malas condiciones…— Aunque eso era una mentira.
Alfred recordó entonces las grietas en el reloj, la visita de los jokers a su habitación. Quizás su reloj había dejado de funcionar desde ese entonces.
—Cállate, ya tuve suficiente de eso… debí saber que eras solo un loco que se leyó muchas historias de fantasía medieval— Alfred ni se ofendió por eso, estaba más concentrado en sus recuerdos.
¡Claro! Eso era, los Jokers, si podía contactarlos de alguna manera entonces ellos le ayudarían, le dirían qué hacer justo como en el pasado. Eran seres de magia por lo que, aunque el mundo fuera distinto ellos debían estar en algún lado, apareciendo y desapareciendo como solían hacerlo.
Entonces Alfred volvió de sus pensamientos y enfocó la mirada cuando uno de los guardias dijo "el as de Picas" los vio sosteniendo cartas.
Recordó a los Jokers extendiendo cartas frente a él.
Se levantó de golpe y fue hasta los barrotes, no alcanzaba a distinguir los dibujos de las cartas, pero miraba como los hombres de pronto bajaban cartas a la mesa.
Sí tan solo pudiera alcanzarlas, Arthur seguía detrás de él, lamentándose de su suerte en la banca fría y rígida.
Alfred necesitaba salir de ahí un momento, tomar tres cartas y pedirle a los Jokers que lo escucharan y guiarán, donde quiera que ellos estuvieran. Ese era el medio por el que los Jokers se comunicaban comúnmente, enviaban sus cartas como señales.
De funcionar, Alfred tendría una idea más clara de lo que hacer en ese extraño mundo nuevo.
—Arthur debo salir un momento de aquí…— Regresó y murmuró bajito al otro. —¿Ves esas cartas? Debo tener tres de ellas y entonces podré comunicarme con los Jokers, ellos me dirán como solucionar esta situación— Arthur le dio una mirada entre sorprendida y escéptica, eso se le hacía familiar, muy familiar en realidad.
—No gracias… Yo paso, la última vez que dijiste algo similar nos trajo aquí…— Arthur se cruzó de brazos y apartó la mirada. —Además no veo cómo unas cartas nos van a ayudar a salir de aquí…—
—Ya dije, los Jokers se comunican a través de ellas, si logro contactarlos vendrán a nuestro rescate— Arthur lo observó y parpadeó ligeramente, sus pestañas claras revoloteando ligeramente, llamando la atención a sus brillantes ojos esmeralda en lugar de sus cejar claramente más grandes de lo normal.
—En serio estás demente ¿no? — Alfred se ofendió un poco, recordó que Arthur había gritado como una niña asustada al verlo volver, seguro que no creía en la magia y por ello se resistía a sus palabras.
—Solo debo conseguir las cartas— Murmuró Alfred más para sí mismo que para su compañero.
—Usa la excusa del baño… funciona— Comentó Arthur desinteresado desde su lugar.
Alfred lo meditó, pero no, necesitaba algo que distrajera a los guardias lo suficiente para que el pudiese llegar a la mesa y tomar las cartas del mazo que descansaba ahí.
De pronto la idea floreció en su mente.
—Arthur golpéame…— Pidió de pronto regresando al fondo y poniéndose frente al otro, el de ojos verdes frunció el ceño. Sí, su compañero estaba demente, ya no le cabían dudas. Quizás los años que paso como piedra en la cima de la montaña le habían congelado el cerebro.
—No— Respondió Arthur casi asustado, ya no pensaba seguirle los juegos a aquel sujeto que cada vez le demostraba estar más y más loco.
—Anda, solo será un segundo…— Urgió Alfred poniendo su rostro más cerca, casi indicándole donde debía golpearlo.
Era cierto que Arthur estaba metido en ese lío por culpa de Alfred, por haberse dejado llevar y ayudarle en algo tan absurdo como robar una reliquia, que al final su intento de robo había sido más que fallido. Pero ni eso lo hacía querer desquitar su frustración con el chico. Él no iba por ahí golpeando a la gente solo por un mal día.
—Ahh~ ya veo, temes que tus brazos delgados se vayan a doblar si lo haces ¿no? No te preocupes, yo también pensé lo mismo que tú— Arthur sintió su sangre hervir, Alfred le dio una sonrisa ladeada que quiso borrarle de un puñetazo. Incluso sentía el rostro al fuego vivo de su creciente furia.
—Mira Alfred…— Empezó con un siseo desdeñoso, dispuesto a usar todo el vocabulario altisonante que sabía.
—No, no te molestes, apuesto a que el guardia viejo del museo hubiese tenido el triple de fuerza que tú…— Arthur ni lo pensó solo estrelló su puño en la cara de Alfred, el impactó llamó la atención de los guardias que de inmediato soltaron una exclamación para que ellos pararan y Arthur estaba dispuesto a hacerlo si no fuera porque Alfred volvió a abrir su boca.
—¿Eso es todo? Ahhh~ seguro tus nudillos se rompieron o algo ¿verdad? — El tono de burla era tal que Arthur se levantó y de un saltó casi felino se lanzó contra Alfred dando puños a diestra y siniestra. Y tal vez gritando con furia ciega.
Alfred tuvo el sentido común de taparse la cara para evitar los peores golpes, ya tenía suficiente con el primero que le seguía punzando en casi toda la cara.
Fue medio consciente del momento en que los guardias entraron a la celda a quitarle a Arthur de encima.
Arthur estaba hecho un sol rojo de furia, lo miraba con odio puro en las esmeraldas verdes, como si de verdad fuera a asesinarlo si lo alcanzaba.
Uno de los guardias lo sacó de la celda mientras el otro detenía a Arthur dentro.
Alfred empezó su mejor actuación retrocediendo como si estuviera en pánico, cuando sus piernas chocaron con la mesa, empezó a suplicarle al guardia que no lo volviera a meter ahí con Arthur, mientras tanto su mano se estiro tanteando la mesa.
El guardia claramente no sabía cómo controlarlo y él pudo hacerse con algunas cartas y deslizarlas en la manga de su vestuario, las cartas suficientes para salir de ahí.
Notó que los guardias habían dejado caer sus cartas por todos lados en las prisas de separarlos así que no había problemas, seguro que no iban a notar las cartas faltantes.
Al final decidieron meterlo en la celda contigua, así cada uno tenía su propia celda y no habría más peleas.
Alfred jamás iba a admitirlo, pero ser golpeado por un chico cualquiera era algo desagradable, sentía la zona debajo del ojo en carne viva y la mejilla algo hinchada, se tocó con suavidad, pero hasta los dedos le parecieron demasiado, los retiró al instante.
Soltó un suspiro y miró a los guardias hablar cansinos mirando el desastre que habían dejado por ir a detener a sus dos reos y evitar que se mataran uno al otro.
Al final uno de los guardias se ofreció a ir por café mientras el otro juntaba las cartas esparcidas por suelo para una nueva partida que les hiciera olvidar el estrés recién vivido.
Alfred se sentó en el piso sucio sin ninguna elegancia, sacó las cartas ocultas en la manga de su sacó azul índigo y trató de no mirarlas todavía.
Eran tres y aún estaban volteadas por suerte, se las llevó a la frente primero tratando de concentrarse, llamando a los Jokers mentalmente para que acudieran a él y le brindaran respuestas, extendió las tres cartas en el piso, con el color solido por delante.
No tenía preguntas concisas, así que se decidió por un simple "Díganme lo que debo hacer ahora"
Volteó la primera carta, iniciando por la derecha, cuando vio el dibujo sintió un alivio inundarle el pecho, era un dibujo tan familiar, dos picas, únicas y sencillas, un mensaje muy claro para él.
El dos de picas representaba al Rey y la Reina como una unidad.
Eso ya lo sabía, él había tenido que buscar una Reina en el pasado, no era necesario que los Jokers se lo volvieran a recalcar.
"Eso ya lo sé"
Murmuró en su mente, algo enfadado por la respuesta tan simple y poco útil.
"Aquí encerrado no voy a encontrar a una Reina, eso es muy seguro"
Volteó la carta del medio, se sorprendió un poco al mirarla, era la Sota de Picas.
"Pero claro…"
Se dijo con más ánimos, Yao, debía encontrar a su Sota, aquel puesto estaba designado para eso, para ayudar al Rey en esos casos.
No sabía cómo encontrarlo, pero los Jokers jamás le dirían algo tan específico, al menos no sin un pago de por medio.
Se guardó la carta de la Sota en la bolsa de su sacó por si debía usarla más adelante y como un recordatorio de lo que debía hacer.
Miró la última carta, preguntándose si era realmente necesario verla, al final la volteó.
Era el siete, nuevamente de picas, ese número representaba el final de un ciclo, derivado quizás del número de días antes de que acabara la semana, las picas por supuesto representaban el tiempo.
Alfred odio que los Jokers no fueran específicos ¿siete qué? ¿Horas? ¿Días? ¿Semana? ¿Meses? ¿Años?
Con los Jokers todo era posible.
Suspiró, el mensaje básicamente se reducía a otras dos advertencias y una pizca de ayuda.
"Consigue una Reina, busca a la Sota, se te acaba el tiempo. Tienes 7 algo"
Lanzó las dos cartas sobrantes afuera de su celda, para que los guardias las encontraran si las necesitaban, recostó su cabeza contra el muro y empezó a pensar en cómo encontrar a su Sota.
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Continuara…
Bien, debo decir que disfrute y me reí un montón cuando este capítulo me llego a la cabeza. En serio, no estaba entre mis planes escribir algo así, pero no pude resistirme XDD
Y bueno, espero que les haya gustado y se hayan reído, aunque sea un rato… Mi pago acá será haberles dado un rato de alegría~
Ya saben que trataré de seguir trabajando en cosas~
De momento me centraré en "Sol y Luna" y en la revisión de Compositor y De Fama para tenerlos listos en Febrero ¡Nos estamos leyendo!
