Disclaimer:Las cosas aquí contenidas son pura inspiración mía… y me parece una falta de respeto que Himaruya-Sama no haga canon a mi ship (¿?)

Advertencia: Realismo mágico… pero esto tenía que ponerlo desde el inicio de la historia XDD

Notas de inicio:

¿Por qué esta historia y no otra de las que tengo pendiente? Pues, porque sí XDD

Ya tengo un calendario que está bastante pesadito y será un milagro si logró la mitad, pero al menos me permite mantener contempladas las ideas y llevar un orden en mi cabeza caótica~

Y siento decirles que este calendario también incluye a mi otra cuenta y ciertos proyectos personales que tengo en mente, así que por favor, pido paciencia~

De todas formas este año voy a cerrar ciertos fics que solo están a uno o dos capítulos~ ¡No teman, vamos a agarrar un ritmo!

Por último pero no menos importante, espero que este capítulo les guste, va con mucho cariño~

PD: Cambie el curso de los capítulos porque no note que el primer capítulo debía ser un prólogo, una disculpa~

One, Two, Three ¡Go!

~*~ El Rey de Piedra ~*~

El tiempo en la celda fue tan lento que le resultó una tortura total, pese a ello logró de algún modo que sus ojos se cerraran de cansancio, aunque injustamente lo sintió casi como un parpadeo cuando de pronto un guardia los estaba despertando a base de gritos y golpes en los barrotes metálicos que los mantenían cautivos.

Alfred no sabía en qué punto se había quedado dormido pero por lo adolorida de su espalda y su trasero sabía que ya había pasado por lo menos toda una noche.

—Tienen derecho a una llamada— Dijo el guardia que no se parecía en nada a los dos anteriores que había estado cuidándolos.

Arthur salió primero, lo vio pegarse a un aparato y gestular un poco, Alfred se imaginó que de alguna forma hablaba con alguien, tampoco es que fuera imposible, volvió luego de unos minutos con un claro semblante cansado, ni siquiera se molestó en dirigirle la mirada, Alfred se sintió un poco mal por él. Lo había metido en eso sin proponérselo.

—Tu turno…— Murmuró el guardia buscado la llave correcta para su celda, Alfred lo detuvo con un gesto ligero.

—No es necesario…— Dijo de pronto, el guardia lo miró con sorpresa. —No tengo a nadie a quien llamar de todas formas…—

Arthur escuchó aquello desde su propia celda, él había llamado a su profesor de excursión, extrañamente había creado una excusa creíble durante la noche, lo reprendieron por haberse ido sin avisar pero había logrado salir del problema sin que se supiera que estaba en prisión por haber intentado robar un museo y claramente todavía no se dispersaba la noticia de la desaparición de Alfred en la cima de la montaña.

Quizás la gente del museo estaba más ocupada en reparar los daños de la vitrina, que en comprobar una estatua que técnicamente no debería haberse movido en lo absoluto.

Igualmente era muy temprano para que alguien subiera al primer recorrido y notara la desaparición. Pero al medio día sabía que sería la noticia del siglo.

Con su llamada al profesor de excursión, por supuesto había agotado las posibilidades de que alguien lo ayudará a salir de ahí y se convenció de que quizás, cuando descubrieran que Alfred era la estatua desaparecida lo iban a sacar de ese lugar con las disculpas que sentía merecerse.

Pero igualmente no estaba seguro y al escuchar a Alfred rechazar su llamada se le ocurrió una buena idea.

—Yo haré su llamada— Pidió Arthur en voz alta, el guardia lo miró sorprendido y luego frunció el ceño antes de empezar a negar. —Él no sabe el número, yo marcare por él…— Explicó lo más creíble que pudo, el guardia miró a Alfred y después de un afirmación por parte de Alfred suspiro y dejó salir a Arthur de nuevo al teléfono.

Arthur llamó a alguien confiable, después de todo iba a salir de ahí y de paso ayudaría a Alfred, no es que el chico se lo mereciera pero de alguna forma ambos estaban metido en eso y ambos debían salir. Sin mencionar que Arthur de alguna forma sabía que debía mantener el secreto de la naturaleza de Alfred entre ellos, dado que la gente tenía tendencia a destruir todo lo que no entendían.

Pero después de salir de ahí se prometió alejarse y no volver a cruzarse en su camino de nuevo, porque era lo más sano y porque no estaba seguro de ser el indicado para guardar un secreto de esa magnitud.

Francis llegó unas 3 horas después, era un largo camino y aunque el francés conducía como el demonio, para alguien que estaba en prisión aquellas horas se volvían eternas.

Arthur no supo qué arreglos tuvo que hacer el francés y cuanto había costado, pero después de una visita breve y un par de papeleos, los dejaron salir a ambos con algunas advertencias de por medio.

Francis era de esos amigos que se burlaba antes de preguntar, así que mientras el francés se burlaba y Arthur gruñía, Alfred se mantenía a la distancia tan callado que parecía un niño regañado.

Arthur le pidió a Francis que esperara en el auto y se enfrentó a Alfred, no lucía menos cansado que él mismo y el golpe hinchado del rostro algo amoratado le hizo sentir un poco de culpa.

—¿Qué harás después de esto?— Preguntó Alfred de forma tan cortés que tomó a Arthur por sorpresa. Era bien sabido que después de ir a prisión juntos dos chicos se volvían más "cercanos" y no distanciados, pero acababa de conocer a Alfred el día anterior así que la distancia no debía sorprenderle. Eso haría más fácil que cada uno se fuera por su lado.

—Bueno, ir a casa, descansar y volver a la escuela… volver a mi vida— Y olvidar aquello, pero no lo dijo, después de todo había sido interesante. —¿Y tú?— Preguntó solo por educación. Y bueno sí, tal vez estaba preocupado, una parte de él todavía creía que Alfred de verdad era un Rey antiguo que se había vuelto piedra años atrás. Y eso era básicamente cierto, pero después de ver a Alfred tan desaliñado y cansado le costaba creer que no era un humano común y corriente.

—Tengo que encontrar a alguien… así que será mejor que empiece a buscar— Y ahí estaba, justo el momento en el que Arthur debía desearle suerte y separar sus caminos, pero no se podía sacar con tanta facilidad de la cabeza el momento en el que Alfred había pasado de la sólida piedra a la humanidad.

—Eso suena bien…— Fue lo único que se le ocurrió decir, Alfred le dio una sonrisa cargada de cariño.

—Gracias por todo Arthur, perdóname por hacerte pasar por todo esto… Aun así te lo agradezco y esperó poder compensártelo en el futuro, cuando encuentre mi palacio y tesoros perdidos— Arthur suspiró, dudaba seriamente que Alfred fuera capaz de encontrar algo por su cuenta, si es que de verdad existía, y de existir si es que no había sido descubierto y saqueado siglos atrás.

—No te preocupes… solo ya no te metas en problemas ¿sí? — Alfred apartó un poco su capa y le hizo una reverencia tan perfecta que realmente lucía como alguien de la realeza de siglos de antigüedad.

—Tú tampoco lo hagas… Hasta luego, Arthur Kirkland— Y con eso Alfred dio media vuelta y comenzó a alejarse, Arthur sintió un vacío extraño al ver la espalda de Alfred alejarse cada vez más.

¿Qué pasaría si Alfred de verdad fuera el antiguo Rey? ¿Qué pasaría si no encontraba lo que buscaba? ¿Y sí Alfred se lastimaba o enfermaba o pasaba hambre? Arthur era un amante de toda la historia que rodeaba a la estatua.

Siempre había deseado saber la historia de aquella estatua, de ese Rey en específico, no sabía sí dejarlo ir en ese momento le iba a dar más alivio o pesar a su consciencia y curiosidad.

¿Y sí Alfred no mentía? ¿Estaba realmente preparado para desentrañar y cargar con un secreto tan gigante como lo era Alfred?

Tal vez la vida al fin le estaba respondiendo a sus ruegos y él simplemente le estaba dando la espalda a la oportunidad por miedo.

—¡Alfred!— Gritó corriendo hacia el Rey, Alfred se detuvo y lo esperó. —Escucha… el día anterior fue horrible… Estoy seguro de que al igual que yo no dormiste ni un poco… Y si no tienes donde pasar la noche podrías quedarte en mi casa hoy y mañana iniciar tu búsqueda ¿Qué dices?— Ofreció con el corazón un poco acelerado y las mejillas calentándose poco a poco. Se sentía como un bobo después de todo.

—Eso sería realmente amable de tu parte Arthur… pero me temo que he abusado demasiado de tu confianza…— Las palabras lo hicieron mirar a los ojos azules, Alfred sonreía con elegancia y cariño. Arthur sintió un nudo preocupante en el estómago.

Alfred era atractivo, y aunque no estaba en su mejor forma el brillo de los ojos azules no te permitiría concentrar en nada más allá de ello.

—Está bien, fui yo él que te dio un feo golpe en la cara…— Arthur elevó la mano para rozar la parte amoratada en el pómulo ajeno. Alfred se mordió el labio pero aparte de eso no hizo otro gesto de dolor. —Solo será una noche de todas formas…— Aunque no estaba seguro de ello pero no iba a decirlo en alto.

—Entonces te lo agradecería aún más, Arthur— Alfred sonrió con más ánimos que antes y Arthur hizo lo propio.

—Sí, sí… cuando encuentres tu palacio y eso…— Murmuró Arthur antes de que el propio Rey lo hiciera, Alfred solo soltó algunas carcajadas y lo siguió al auto, dónde el francés los esperaba.

Por suerte durante el viaje Francis no hizo preguntas, pero Arthur le había mostrado las suficientes imágenes del Rey de Piedra a su amigo como para que este no notará el parecido.

Alfred se mantuvo callado, más interesado en observar a todo lo que pasaba detrás de la ventana trasera que en la conversación que sostenían los pasajeros de adelante.

Hablaron principalmente de los arreglos legales que el francés había hecho, sobre la escuela y la excursión.

Arthur prometió contarle en algún momento sobre el desastre y Francis se conformó con esa promesa rápidamente.

Cuando llegaron a casa Arthur no podía estar más aliviado, la pesadilla terminaría en el momento en que tocase su cama y pudiera descansar adecuadamente.

Aunque, después de un baño y una comida, paso la tarde entera buscando casi de forma compulsiva en las noticias de ese día. No había nada, era extraño y a la vez un poco decepciónate. Pero sobre todo, le causaba una incomodidad enorme, él sabía lo que vio ahí en la montaña, Alfred estaba ahí, paseándose por departamento como una prueba viviente de la magia existía o de que Arthur estaba alucinando fuertemente.

—Alfred… ¿Sabes que no hay noticias de tu desaparición? — Al fin Arthur se atrevió a abordar el tema, Alfred llevaba rato abriendo cajones y examinando cada cosa que encontraba a su paso con ojos llenos de curiosidad.

—¿Eso es raro? — Preguntó a su vez Alfred sin dejar de examinar la cafetera.

—¿Estas bromeando? Eres una estatua de 300 años de antigüedad que desapareció de la cima de una montaña y nadie está hablando de ello… Más que raro es preocupante— Alfred al fin volvió a reunirse con él en la sala y lo miró ceñudo.

—Deberías ser más delicado en la forma en la que dices las cosas, Arthur… Lo sé, sé que era un estatua hace poco, pero yo no pedí convertirme en una desde el inicio así como tampoco pedí dejar de serlo 300 años después— Arthur resopló un poco y siguió buscando noticias en su teléfono, mientras Alfred se dejó caer a su lado en el sofá de tres plazas. —En cuanto a lo que dirá la gente, me tiene sin cuidado… Así es el mundo, de pronto pasa algo mágico y sabes que ya paso, no se puede hacer algo al respecto…— Terminó Alfred con un suspiro cansino.

—Ese es el punto, las cosas "mágicas" no pasan y ya… la CIA o el FBI podrían intervenir ¿Te das cuenta de eso? — Alfred frunció el ceño antes de hacer un gesto confundido.

—No tengo idea de qué me hablas, Arthur… La magia en mi tiempo era tan cotidiana como el pan recién horneado… Picas funcionaba con magia— Arthur sintió una punzada en el historiador dedicado que era.

—¿Te refieres al antiguo Reino de Picas? Nadie sabe si de verdad fue real… es solo una leyenda perdida, como la Atlántida o la biblioteca de Alejandría… hay algunas leyendas que señalan que fue real, pero no hay suficientes pruebas tangibles de su existencia— Alfred lo miró con cierto asombro y un toque de tristeza se instaló en sus ojos.

—Supongo que me he perdido más cosas de las que imagine…— Murmuró con una tranquilidad claramente fingida, Arthur sintió el impulso de decir que todo iría bien, que encontraría un rastro seguro pero no sabía si alentar las ilusiones de Alfred era lo correcto. —La última vez que vi mi Reino fue la noche en que recibí la maldición, me preguntaba qué le pasaría si yo no estuviera ahí para defenderlo— Alfred no quería pensar lo peor, pero de todas formas lo hizo.

—¿Por qué ahora? Es decir, por qué crees que la maldición se rompió ahora— Arthur se sentía incómodo admitiendo la maldición de Alfred porque era una forma de aceptar que Alfred no era real o al menos no debería serlo.

—No lo sé… pero las maldiciones no suelen ser muy benevolentes, tal vez el destino creyó que era justo dejarme ahí todo ese tiempo— Respondió Alfred tratando de recordar lo que los Jokers le habían dicho antes de recibir la maldición, lo que más recordaba era la carta de la muerte frente a él porque de alguna forma nada se comparaba a la impresión que esa carta le había ocasionado.

—La magia no existe, no ahora— Murmuró Arthur con cierto pesar, sentía el deber de decírselo a Alfred, para que de alguna forma entendiera que su situación era más difícil de lo que ambos podían imaginar.

—La magia existe Arthur… que la gente deje de creer en ella es diferente…— Respondió Alfred de forma solemne, Arthur vio por primera vez a un Rey de verdad en el chico que yacía junto a él, envuelto en una pijama prestada que le iba bastante pequeña.

De alguna forma Arthur quiso creer en aquella afirmación, quiso aceptar que lo que estaba viviendo era real y que Alfred tendría más secretos que él iba a presenciar en algún momento.

—¿Y entonces, qué haremos cuando las noticias se inunden de tu rostro? — Preguntó Arthur contagiándose de la tranquilidad que tenía Alfred a su lado, incluso dejó por la paz la búsqueda de noticias en su teléfono.

—Nada, si te soy sincero dudo que lo noten— Alfred le dio una mínima sonrisa que parecía conciliadora y la vez enigmática, Arthur sabía que ahí habría algún secreto pero por primera vez no sintió la necesidad de presionar al Rey para saberlo.

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Esa noche Arthur se soñó de nuevo entrando al salón del trono en la cima de la montaña, pero en el trono no estaba Alfred sentado, dos figuras con cuernos y colas se asomaron detrás del trono real y Arthur sintió un poco de miedo.

Ambos sonreían y lo observaban abiertamente.

—¡Salve la Reina de Picas! — Exclamó el menor de los seres, Arthur sintió una opresión en su hombro izquierdo, justo sobre el corazón.

—La marca ha aparecido, el reloj ha elegido— Mencionó el otro ser dando un chasquido y desapareciendo junto al otro, Arthur se quedó en la habitación solo en silencio y siendo vencido por un peso que crecía en lo profundo de su ser, una vibración que comenzó en la boca del estómago y se expandió haciendo que se doblará de dolor. Al tiempo que una tinta negra lo marcaba sobre el latido de su corazón.

Fue justo cuando estaba arrodillado de dolor frente al trono que un susurro se coló en su oído, "¿Sigues sin creer en la magia?" las palabras se derramaron en su oído con una voz decadente y hasta cierto punto espeluznante, tan terrible y real que lo despertó de golpe, sudoroso y jadeante.

La vibración se detuvo de a poco, pero el peso no se alivió tan rápido, Arthur llevó su mano a su corazón y lo sintió acelerado, esperó hasta que su pulso se calmó para decir que solo había sido una pesadilla. No se atrevió a ver su piel por miedo a descubrir la marca que en sueños le había enraizado en el pecho y se había extendido por su hombro.

Simplemente decidió tratar de calmarse y descansar lo que restaba de la noche.

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Alfred no se había quejado de dormir en el sofá, al día siguiente Arthur lo encontró despierto, mirando una carta de póker sobre la mesa con gesto concentrado. No se atrevió a hablar del sueño, de alguna forma se había convencido de que era un sueño y nada más.

—Buenos días...—Murmuró Arthur aclarándose la voz para llamar la atención del otro, Alfred le sonrió de inmediato.

—Buen día Arthur… Espero que durmieras bien— Arthur se sonrojó un poco, sin tener idea de porque, quizás porque Alfred se había dado un baño y lucía un cabello tan dorado que parecía irreal. Algo que solo tendría un modelo de revistas. O quizás fue porque todavía podía sentir el peso de su pesadilla rondarle.

—¿Entonces qué es lo que tienes que a buscar?— Preguntó con curiosidad, mientras comprobaba lo que habría de desayuno.

—A mi Sota… aunque no estoy seguro de cómo encontrarlo, es decir, han pasado cientos de años, podría ser cualquier persona ahora y podría estar en cualquier parte…— Arthur le ofreció un vaso de jugo que encontró en el refrigerador y dio una mirada disimulada a la carta que Alfred miraba.

Era la Sota de Picas, Arthur tuvo un mal presentimiento.

—Dime que no usarás esa carta como referencia…—

—Por supuesto… esta carta es la clave, incluso luce igual a Yao— Arthur en serio que no entendía el razonamiento de Alfred.

—Es solo una carta de póker, todas son iguales… al menos la mayoría… te lo mostraré — Arthur volvió a su cuarto y de un cajón atascado de viejos juegos de mesa sacó una caja con sus cartas de póker.

Se las tendió a Alfred, el chico abrió la caja y extendió las cartas frente a él con gesto aún más concentrado.

Vio que la duda empañó los ojos azules, quizás Alfred se estaba dando cuenta de que en realidad la magia solo estaba en su cabeza.

Y entonces Alfred frunció el ceño e hizo una mueca casi de horror.

—¿Cómo pueden representarme así? — Preguntó señalando la carta del Rey de Picas, era por supuesto la imagen de un viejo barbudo con una corona ostentosa. —Es decir, mírame… no me parezco en nada a esta imagen… Es casi un crimen— Argumentó Alfred genuinamente ofendido, Arthur casi se echó a reír hasta que sus ojos se toparon con los ojos de la Reina de Picas.

Si era honesto la imagen era tan fea como la del Rey, pero algo en sus rasgos se le hizo familiar, paso saliva y paso sus dedos por las cartas y algo como el magnetismo de un imán hizo que la carta de la Reina de Picas se pegara a sus dedos cuando pasaron sobre ella.

Alfred lo miró con curiosidad y le quitó la carta de las manos para observarla con detalle.

—Se parece un poco a ti…— Declaró Alfred de pronto poniendo la carta junto al rostro de Arthur, comparando el dibujo con sus rasgos.

—N-No digas tonterías— Arthur apartó la carta de un manotazo, el nerviosismo lo invadió pronto y algo en su pecho cosquilleo, justo donde se había soñado que crecía la marca, otra ola de nervios lo invadió.

—Arthur… puedo preguntar qué fue lo que hiciste antes de que la maldición se rompiera— Preguntó Alfred mirándolo con una intensidad cargada de reconocimiento, Arthur sintió el hilo de los pensamientos de Alfred como si este los hubiese dicho en voz alta.

—Solo fue una coincidencia… nada más Alfred, no hice nada— Respondió a la defensiva y con cierto temor de ser descubierto, lo cierto es que era muy malo para mentir cuando estaba nervioso.

—Las coincidencias no existen en Picas, Arthur… Pero estoy dispuesto a creer en tu palabra si me muestras esta parte de tu piel— Alfred señaló justo sobre su corazón, Arthur sintió un miedo total invadirlo de pies a cabeza, sus ojos se conectaron con los de Alfred en un instante y se vio a sí mismo besando a la estatua en la cima de la montaña.

No, nada de eso era una coincidencia. No podía serlo.

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Continuara…

Ya se puso serio el asunto XDDD

Realmente no saben cómo disfruto de escribir esta historia cada vez, es fascinante y gusto lo que siempre desee escribir~

Por cierto, intentaré no retrasar más De Fama, quiero que sepan que ya lo estoy escribiendo, y voy un buen avance, pero no hay comparación con el largo de los capítulos de ese fic con este u otros que tengo por ahí…

En fin, espero que estén valiendo la pena mis actualizaciones, tardías pero seguras, ya lo saben~

De aquí le daré amor a mi otra cuenta que también tengo algo abandonada y volveré a prepararme para la llegada de la "Primavera" si es que saben de qué fic les hablo 7u7

¡See you mundo!