Disclaimer:Las cosas aquí contenidas son pura inspiración mía… y me parece una falta de respeto que Himaruya-Sama no haga canon a mi ship (¿?)

Advertencia: Posible capítulo aburrido u.u

Notas de inicio:

¡Hey! Me estoy olvidando de esta bella plataforma que me dio vida, me vio nacer ;_;

Pero ya estoy aquí para corregirlo~

One, Two, Three ¡Go!

~*~ El Rey de Piedra ~*~

No, nada de eso era una coincidencia. No podía serlo.

—¿E-Estás loco? No haré eso de ninguna manera…— Arthur apartó la mano de Alfred de un manotazo algo más brusco de lo que pretendía, se levantó del sofá con rapidez olvidando por completo el desayuno. —Se hace tarde… debo ir a hacer cosas fuera hoy— Mencionó ante la mirada curiosa de Alfred y desfiló a su habitación sin más explicaciones.

Alfred no se impresionó tanto con la actitud de Arthur, tampoco era como que sus sospechas fueran muy importantes, observó la carta de la Reina de Picas y decidió que la guardaría también con él.

Por su parte, en la habitación, Arthur se dejó llevar por el pánico, se sacó la camisa de la pijama frente al espejo del baño y tuvo que dar varios respiros profundos y lentos antes de atreverse a enfrentarse a su reflejo.

Nada.

No había nada en su pecho, dejó salir todo el aire contenido en un aliento de alivio. Solo había sido un sueño, se convenció de eso porque si se ponía a pensar en las coincidencias se volvería loco.

Se vistió para salir sintiéndose un poco mal por la forma en la que estaba actuando con respecto a Alfred, era verdad que el asunto lo tenía a la defensiva y estaba quizás desquitándose con el otro, pero le parecía lógico, la situación lo mantenía en una tensión constante con la que apenas podía lidiar.

—Oye, tengo que ir de compras…— Murmuró mientras salía de vuelta a la sala, Alfred seguía mirando las cartas y las movía de lugar de vez en cuando sobre la mesa. —Si vas a quedarte aquí definitivamente necesito rellenar mis reservas de la semana y pienso que… el supermercado es un buen lugar para buscar a alguien, suele ir mucha gente de aquí a allá...— Ofreció de pronto rogando por no arrepentirse de lo que estaba haciendo, Alfred al fin se enfocó en él y le dio una sonrisa dulce cuando sus ojos notaron que Arthur le ofrecía una muda de ropa para salir también.

—No sé si me impresiona más el hecho de que desees ayudarme con mi búsqueda o que estés planeando alojarme aquí por una semana...— Mencionó Alfred con el tono divertido levantándose del sofá y aceptando las prendas de ropa, Arthur solo entrecerró los ojos en un gesto de advertencia para que Alfred no dijera más y arruinará su plan de ser amable.

—Entre más rápido encuentres a esa persona que buscas más rápido te irías ¿No?— Se cruzó de brazos, Alfred le dio un asentimiento ligero sin borrar su sonrisa. —Y sobre quedarte aquí no tengo problemas… la mayor parte del día me la pasó en la escuela, mientras seas ordenado, decente y te comportes entonces estaremos bien— Arthur no mencionó sus razones porque en sí eran obvias, no todos los días te encontrabas con un Rey mágico de 300 años de antigüedad, sin mencionar que todavía tenía cierto pendiente de las noticias con respecto a la estatua.

—De acuerdo… Gracias Arthur, eres realmente muy amable— Opinó Alfred de pronto más animado entrando al baño para poder vestirse.

—Tendremos que conseguirte ropa también… me da escalofríos verte usar mi ropa— Alfred soltó algunas risas divertidas, desde donde se cambiaba y se le contagiaron un poco a Arthur, iba a ser interesante convivir con ese Rey tan singular.

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No se había equivocado, Alfred tenía un magnetismo que le resultaba un tanto extraño, sobre todo porque en esos momentos estaba hablando con un hombre al azar al que le había preguntado sobre su "Sota" usando la carta de póker como referencia. Lo raro del asunto es que el hombre lo había tomado en serio y ahí había iniciado la conversación sobre métodos de búsqueda de personas en internet que Alfred absorbía con una concentración envidiable.

Arthur por su parte estaba demasiado impresionado de lo absurdo e irreal que era aquello como para recordar que estaba haciendo las compras, así que se dedicaba a observar la plática desde una distancia prudente que le permitía fingir que seguía con sus compras.

Cuando Alfred se despidió del extraño y volvió a Arthur lucía una sonrisa radiante y satisfecha.

—Todos son tan amables aquí…— Comentó siguiendo a Arthur por los pasillos del supermercado.

—No estoy seguro de eso… "Todos" es demasiado, más bien diría que "algunos" suelen ser amables…— Corrigió Arthur con suavidad mientras lanzaba algunos productos a su canasta.

—Me recuerda un poco a Picas… podías confiar en cualquier persona y todos se daban los buenos días en las calles— Siguió Alfred con la voz llena de entusiasmo.

—Eso significa que eras un buen Rey ¿No? Un pueblo feliz suele compartir esa felicidad con la gente a su alrededor…— Alfred agachó la mirada y su ánimo pareció decaer de pronto, Arthur quiso retirar sus palabras.

—Si hubiese sido un buen Rey no habría terminado como una roca tantos años…— Declaró Alfred con una sonrisa pequeña y forzada, Arthur solo soltó un suspiro.

— ¿Cómo sabes que tu Sota está en este país? Dijiste que podría estar en cualquier lugar y ser cualquier persona ahora…— Decidió cambiar de tema para no abrumar más a Alfred con el tema de su maldición.

—Eso es cierto… pero Yao y yo tenemos un lazo en común, apuesto a que él sabe que lo estoy buscando y comenzará a buscarme también…—

—Eso suena mejor que ir a ciegas… ¿Y qué se supone que hace una Sota?— Alfred sonrió de inmediato con el nuevo hilo de la conversación.

—Es el sirviente más devoto y fiel entre los sirvientes del Rey… el que lo defenderá y guiará en su reinado, se supone que nunca está lejos de los Reyes…— Empezó a explicar Alfred observando a la gente cuando se cruzaban con algún extraño, a veces recibía una mirada de vuelta y otras no.

—Suena bien, en serio debes encontrarlo entonces— Arthur había dejado de ponerse nervioso con Alfred observando o señalando a la gente porque de alguna extraña manera las personas que lo notaban no lo tomaban a mal, solo demostraban curiosidad, pero nada más.

—Yao se me asignó a los trece años… hubo un intento de secuestro y el consejo real decidió que era tiempo de buscarme un protector permanente, hubo muchos candidatos pero Yao fue marcado por el reloj...— Arthur sintió una punzada extraña con la palabra "marcado", el sueño aún estaba fresco en su mente y decidió que esa palabra lo pondría inevitablemente nervioso desde que Alfred demostró saberlo.

— ¿Intento de secuestro? Eso suena peligroso…— Alfred de encogió de hombros.

—No era muy raro en esos días… si te soy honesto fue patético… los detuve antes de que pudieran acercarse, un heredero al trono sin la protección adecuada era blanco fácil para muchos, pero me entrenaron desde joven para ser un verdadero caballero así que no fue difícil vencerlos usando solo una espada— Arthur deseaba no sentirse impresionado pero lo estaba, vaya que lo estaba, no se imaginaba la escena ni un poco pero de alguna manera ilógica lo creía, creía en Alfred y en sus palabras.

Fue entonces que se dio una idea de porque la gente parecía querer ayudar a Alfred en su búsqueda en lugar de creer que estaba completamente loco por buscar a alguien con una carta de póker como referencia.

Lo dejo pasar porque todo con Alfred era extraño en sí, no tenía caso mencionar detalles y quedar como un total incrédulo. Tenía que abrir los ojos y quizás aceptarlo, Alfred era un ser mágico, un Rey que por una maldición había terminado como una estatua los últimos 300 años. Alfred era fuera de lo común y por tanto estaba rodeado de situaciones fuera de lo común, quizás sí aceptaba eso dejaría de pensar en cada detalle extraño que rodeaba al otro, quizás sí se acostumbraba a ello sería más fácil aceptar lo demás que viniera, porque con Alfred no se acabarían las sorpresas, eso era seguro.

Y así fue, cuando volvieron a casa, Alfred no se mostró decepcionado por no obtener ni una sola pista de su Sota, muy por el contrario demostró más interés en ayudar a Arthur con las compras, en poner cada cosa en su lugar y observar de cerca como Arthur hacía la cena.

— ¿A qué te dedicas Arthur?— Le preguntó de pronto observándolo fijo, una mirada tan profunda que estuvo a punto de distraerlo más que la pregunta en sí.

—Soy estudiante de historia del arte…— Respondió un poco incómodo, marcado por todas esas personas que despreciaban su carrera por considerarla aburrida e inútil para una vida laboral.

—Suena interesante…— Declaró Alfred sin dejar de mirarlo, incluso mientras Arthur se movía de un sitio a otro dentro de la cocina Alfred insistía en seguirlo con la mirada.

— ¿Sí? B-Bueno, no es una carrera muy solicitada en realidad… y muchos la consideran aburrida— Explicó con una timidez extraña en él, no quería admitir que la mirada fija y el interés repentino que tenía Alfred por él lo estaba poniendo más que nervioso.

—El arte es importante en nuestras vidas ¿Por qué sería aburrido estudiarlo?— Arthur sintió una calidez invadirlo con la indignación en la voz del otro y el ceño fruncido demostrando su punto.

—No lo sé… solo es algo que la gente piensa, pero no me importa tanto, me gusta mi carrera— Alfred volvió a sonreír con sus palabras y Arthur se encontró sonriendo también, al fin encontraba a alguien que no insultaba su carrera a la primera y eso le pareció agradable.

—Entonces es maravilloso… cuéntame qué obra de la historia es tu favorita hasta ahora y si la has estudiado de cerca…— Arthur sí que enrojeció con la petición, se enfrentó a Alfred y sintió más pánico con la mirada interesada sobre él.

— ¿Por qué me miras así?— Preguntó en lugar de responder, totalmente abrumado decidiendo que no le diría más a Alfred sobre el tema para no quedar en evidencia. No podía decirle que la obra a la que más estudios le había dedicado era al mismo Alfred, o al menos a la estatua que había sido.

—Estoy tratando de conocerte… Lo siento, solo tengo mucha curiosidad por ti, no entiendo por qué tú fuiste quien rompió el hechizo…— Explicó Alfred con suavidad, Arthur sintió sus mejillas más y más calientes con la explicación del interés tan repentino e insistente que Alfred demostraba de pronto tan abiertamente.

—Oh…— Fue lo único que pudo decir al respecto y decidió volver a sus labores en la cocina tratando de pensar en sí aquello era real o no.

—No me has contado sobre la obra que te gusta...— Insistió Alfred después de un rato.

—Tal vez fue eso… mi interés en ti me llevó a...— Arthur recordó de pronto el deseo que escribió en el papel como tradición, en ese deseo había pedido conocer la historia de ese Rey. —Antes dime algo ¿Es cierta la leyenda sobre ti? Lo de que puedes cumplir deseos a cambio de alguna ofrenda— Preguntó de pronto dejando de lado todo para observar de nuevo a Alfred y sus reacciones, el otro mostraba una tranquilidad casi somnolienta que apenas se alteró con la pregunta repentina.

—Mmm... No lo sé, me coronaron antes de la maldición, en teoría tengo bajo mi control la magia de Picas así que puede ser...— Alfred se encogió de hombros con su respuesta, casi como si hablara del clima y no de magia volviéndose realidad.

—Te pedí poder conocer tu historia ese día…— Murmuró Arthur con cierta timidez, él quería, por sobre todo lo que había pasado seguía queriendo saber más de Alfred. —Tal vez... Por eso despertaste, tal vez cuando yo sepa tu historia volverás, quizás no rompí la maldición, solo estás cumpliendo mi deseo…— Sonaba raro e ilógico pero Arthur había leído algunos libros fantásticos sobre eso, de personas reviviendo a iconos de la historia para hablar con ellos o incluso viajando en el tiempo y encontrando a personajes importantes para tener una conversación y saber más sobre su vida.

— ¿Deseas conocer mi historia?— Alfred pareció genuinamente impresionado por eso y no por la posibilidad de una respuesta a la ruptura de su hechizo.

—Estudio para ser historiador, querer conocer tu vida no debería ser algo impresionante— Arthur rodó los ojos y al fin se sintió tranquilo para seguir terminando la cena, si seguía distrayéndose no acabaría nunca, pero Alfred era algo inevitable de observar y aunque llevaba años de su vida dedicándole atención el efecto no parecía pasar y menos en ese momento que tenía la oportunidad de verlo en carne y hueso.

—De acuerdo… Si tú me cuentas sobre ti yo te contaré sobre mí…— Declaró Alfred ganándose una mirada brillante por parte de Arthur.

—Es un trato…— Accedió Arthur de inmediato lleno de satisfacción, olvidando por un momento que Alfred era más bien un problema en su vida.

Pero no todos los días tendría a un ícono histórico contándole su vida y desde que estaba tratando de aceptar que la magia podría ser real sus expectativas en torno a la historia de Alfred no habían hecho más que elevarse. Además quizás era aquello, quizás cuando su deseo se viera cumplido entonces Alfred volvería y nadie recordaría ese incidente.

Era solo una suposición, pero le resultó más fácil a Arthur lidiar con todo el tema si pensaba que Alfred volvería en cuanto Arthur conociera la historia del Rey de Piedra.

—¿Entonces qué deseas saber sobre mí?— Preguntó Alfred después de la cena, ambos estaban en el sofá de tres plazas, cada uno a un lado, Arthur subió sus piernas y se movió de modo que enfrentaba a Alfred y su espalda quedó contra el reposabrazos, se encogió un poco abrazando sus rodillas mientras pensaba en qué preguntar de inicio.

—No lo sé… desde el inicio de todo ¿Quizás?— Alfred le sonrió antes de asentir y cruzar sus brazos, dándole leves miradas para saber si Arthur le ponía atención.

—Bueno… nací un 4 de Julio, mis padres, el Rey y la Reina de Picas fueron obviamente marcados por el reloj cuando se unieron…— Arthur se removió incómodo de nuevo por la palabra.

— ¿A qué te refieres con ser marcados?— Preguntó despacio tratando de sonar desinteresado, Alfred no mostró muchas reacciones a su duda tampoco.

—Es más fácil si te lo muestro…— Y dicho eso, Alfred bajo con un poco de dificultad el hombro izquierdo de su camisa, Arthur se estremeció al ver el complejo y elaborado diseño en tinta azul sobre la piel bronceada de Alfred. —Esta es la marca del Rey… cuando el reloj decide que los elegidos son dignos de llevar una marca entonces aparece en el Rey, Reina y la Sota Real… Todas las marcas son diferentes pero aparecen en el mismo lugar— Arthur asintió, recordaba con una claridad impresionante la marca en su sueño, era diferente a la de Alfred en solo algunos detalles.

—Yo recibí la marca en la coronación, aunque llevaba ejerciendo mi cargo desde los 12 años…— Siguió contando Alfred con una mueca preocupada y triste.

— ¿Desde los doce?— Pregunto Arthur de nuevo con ese interés genuino en la historia de ese Rey.

Y esa fue la pregunta que desató todo, Alfred le habló sobre sus padres, sus muertes y la herencia de un reino entero. Le habló de su compleja educación como monarca y sobre el esfuerzo que hizo para mantener el orden en Picas siendo apenas poco más que un niño.

La historia de Alfred le pareció no solo fascinante sino tan real como muchas de esas historias de héroes en el mundo demostrando su valía. Decir que admiraba a Alfred era poco, siempre había fantaseado con el tipo de historia que ocultaba ese Rey.

¿Por qué un artista de ese tiempo se tomaría la molestia de esculpirlo de esa manera? Siempre había pensado que era porque Alfred había sido un Rey importante de alguna manera, saber que no se había equivocado era fascinante de muchas maneras.

—Y bueno… ya lo sabes, a los 21 años me coronaron como Rey de Picas, recibí la marca y el poder del reloj… pero, necesitaba una Reina y me negué a tomarla a tiempo, el reloj no perdona y fue entonces cuando terminé como una roca…— Alfred lo mencionó como si no fuera nada, no sabía si era intencional o porque eran cerca de las 3 de la mañana para ese momento en el que Alfred había terminado de relatar a grandes rasgos su vida.

Arthur en algún punto de la historia se había hecho con una libreta y pluma para documentar un poco de lo que Alfred le relataba y no olvidarse de los puntos importantes si resultaba que Alfred volvería después de eso.

— ¿Así nada más? No me parece justa la razón de tu maldición…— Murmuró Arthur dando un bostezo y tallando sus ojos, estaba cansado pero la historia del Rey le parecía tan fascinante que no la quiso interrumpir ni siquiera con el paso de las horas y la incomodidad que ya sentía de tanto estar sentado en el sofá.

—Es complicado… explicarte las reglas sobre la magia de Picas me llevaría muchas horas más que el relato de mi historia… la magia de Picas no se trata de un individuo sino de unas mil generaciones atrás… pero podemos dejarlo para después, tienes que ir a descansar, Arthur…— Arthur tuvo que fruncir el ceño un poco en desacuerdo.

—Quizás podrías resumir...— Pidió de pronto tratando de estirarse para alejar un poco el sueño que ya tenía encima.

—No iré a ningún lado Arthur…— Aseguró Alfred con una pequeña risa ante la sugerencia de seguir. —Ve a dormir… mañana podemos seguir o quizás podrías cumplir tu parte y hablarme de ti…—

—No sé por qué quieres saber sobre mí... Soy la persona más aburrida del planeta, y créeme, nada de lo que te pueda contar se compara a tus historias de magia antigua... Podría resumir mi vida en 20 minutos— Alfred rio de inmediato con las palabras y negó despacio.

—Quiero escuchar tu historia también... Aunque sean solo 20 minutos quiero escucharlo… quiero conocerte— Arthur de alguna forma se sintió abrumado, pero le debía eso a Alfred así que se prometió cumplirlo en algún momento.

—Fue un trato, cumpliré con mi parte, lo prometo— Aseguró de forma tímida dejando la libreta y pluma en la mesa de la sala como muestra de que habían terminado por esa noche.

—Entonces seguiremos mañana…— Accedió Alfred con tranquilidad. —Tenemos toda la semana que planeas alojarme contigo ¿No?— Agregó Alfred sonriendo con la última broma, aunque no era una broma y ambos lo sabían.

—Sí, la tenemos— Asintió Arthur de pronto observando con más detalle a Alfred, era realmente impresionante que fuera tan parecido a la estatua o que la estatua fuera similar a Alfred.

Sobre todo en ese momento en el que Alfred se quedó quieto, tan solo mirando de vuelta a Arthur, iniciando un algo que parecía ser capaz de convertirse en un hábito entre ellos, mirarse sin más motivos que ese. Quizás con la intensión de descubrir algo en los ojos del otro.

—No voy a desaparecer, Arthur…— Susurró Alfred sin romper la pequeña burbuja de miradas en la que ambos se habían metido por voluntad propia. —Tampoco soy un sueño del que vas a despertar, lo prometo, soy real— Arthur soltó un suspiro y al fin sintió que podía apartar su mirada. Asintió despacio y se levantó del sofá.

—Entonces buenas noche… te veré mañana— Pronunció solo para hacerse a la idea, Alfred era real, estaba ahí y él tenía el lujo de mirarlo de cerca, de escucharlo hablar, de conocer sus misterios.

—Buenas noches…— Se despidió Alfred empezando a acomodar el sofá para su propio descanso.

—Alfred…— Lo llamó desde el marco de la puerta de su habitación, Alfred de inmediato lo miró curioso. —Soñé con tu palacio…con el salón del trono— No supo exactamente lo que le llevo a admitirlo tan de pronto, Alfred pareció quedarse sin respiración por un segundo.

— ¿Y yo estaba ahí contigo?— Preguntó de vuelta con una cautela evidente, Arthur negó con la cabeza. — ¿Mañana me hablarías de ese sueño?— Pidió Alfred al notar que Arthur no diría más al respecto.

—Fue una pesadilla…— Mencionó Arthur de pronto arrepentido de decir algo del sueño en primer lugar.

— ¿Por qué?— Insistió Alfred con una mirada más sería que bajo por el rostro de Arthur hasta su mano que dé en algún punto se había elevado hasta cubrir la zona de su pecho, justo sobre su corazón.

—Olvídalo, solo fue un sueño…— Decidió Arthur bajando su mano y dándose la vuelta para que Alfred no pudiera notar lo nervioso que estaba por el tema.

—Buenas noches, Arthur…—Fue lo último que escuchó por parte de Alfred mientras huía a la seguridad de su habitación.

Mientras se preparaba para dormir seguía pensando en la historia de Alfred, en su marca de Rey, en el sueño y su significado.

En la magia.

Esa magia antigua e inevitable que Alfred aseguraba que existía.

Por suerte para él esa noche el cansancio no lo dejo soñar, solo se deslizó en un descanso tranquilo y pesado. Las palabras de Alfred resonando en su mente.

"Soy real"

Solo dos palabras que le dieron una tranquilidad inmensa e inesperada, pero bienvenida.

Alfred era real, estaba ahí, en esa época, en ese país, bajo el techo de Arthur, estaba ahí por algún motivo que descubrirían juntos en algún momento, fuera bueno o malo, estaba ahí, era real.

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Continuara…