Nota: Este fanfic es un spin off de mi anterior historia "Sunny Starscout: La poni en busca de esperanza", pero de todas maneras puedes leer esta historia sin haber leído la primera.
I. Un día muy especial
Era apenas las diez de la mañana y una pequeña unicornio de nombre Izzy dormía pacíficamente en su cómoda hamaca, que se movía lentamente de un lado a otro.
Al sentir el suave aire que la rodeaba, abrió sus ojos con la misma tranquilidad de siempre, y se quedó mirando a su alrededor, pero al recordar el día que era, bajó cuanto antes de la hamaca; ya que hoy, llegaría un poni muy especial; que siempre venía a visitarla. Y claro que este día no era la excepción, pues se había comprometido a estar más tiempo con ella a la hora de la comida, y aunque no iba a verlo en el desayuno, eso no era impedimento para sentirse emocionada.
Izzy lo consideraba su tío; aunque él digiera que sólo era su amigo o simplemente el que se encargaba de vigilar que nada malo le pasara, aun así, la pequeña unicornio no podía evitar ignorar tal oposición, pues para ella era muy importante tener a un poni que estaba dispuesto a cuidarla.
Bajó del cuarto con mucha rapidez, ya que tenía muchos planes por cumplir, pero antes de eso, preparó unos ricos hotcakes, tal y como le había enseñado su amigo. Los decoró con chispas de diferentes colores, luego les puso un poco de chocolate líquido y para terminar, les colocó unas deliciosas fresas, no fue hasta que los hotcakes se vieran como una torre hecha de dulce, que logró disfrutarlos.
Cuando terminó su desayuno se dirigió a la parte principal de su casa, y observó detenidamente todas sus creaciones, que estaban esparcidas por todo el lugar.
—¡Ahora sí!, estoy lista para hacer de esta casa una obra de arte. — Después agarró cada una de sus pertenecías y las fue colocando en donde correspondieran, de tal manera de que cada una tuviera la mejor vista posible.
Así estuvo varias horas; como si en verdad tuviera la habilidad para cambiar todo.
Luego limpió todo de arriba abajo; pronto su linda casita parecía un mágico árbol lleno de brillo.
De repente se percató de que aún le quedaba mucho tiempo libre, no lo pensó más y lo aprovechó para terminar de hacer su juego de té hecho con arcilla. Salió afuera de su casa para ver si las tazas y la tetera estaban listas para pintarse. Al confirmar que sí, volvió a su refugio e hizo toda clase de maravillas con sus cascos.
Primero, captaba el diseño que quería en su mente, luego, tomaba el color indicado y se ponía trazar varias figuras con el pincel; así se fue con cada una de las tacitas. Terminando con la tetera, que igual como las demás, era admirable por su originalidad.
Guardó el juego de té y se fijó en la hora para ver si pronto llegaría su amigo; vio que sólo faltaban cinco minutos, así que no le quedó de otra más que esperar; sentándose enfrente de la puerta, lista para recibir al poni.
Pasaron los cinco minutos y el poni aún no llegaba, pero Izzy, como si tuviera toda la paciencia del mundo, seguía sentada en el mismo lugar. Para su sorpresa, no pasó mucho tiempo cuando la puerta se abrió, dejando ver a un poni gris, robusto, alto y de melena blanca.
—¡Alphabittle!, ¡por fin llegaste! —dijo la potrilla dándole un fuerte abrazo.
Él la correspondió, aunque no de la misma forma, debido a que no frecuentaba mucho los abrazos.
—Perdón por llegar un poco tarde, pero ya sabes que la cantina me mantiene muy ocupado. —Después miró a su alrededor y se percató de lo bien que lucía la casa—. ¿Qué pasó aquí?, ¿por qué todo se ve tan diferente? —le preguntó.
—Hoy pasaremos más tiempo juntos, creí que una ocasión especial, merecía algo igual de especial.
—No debiste preocuparte, ya estoy acostumbrado a ver tu casa toda desordenada.
—¿No te gusta? —dijo Izzy, mirándolo como si hubiera hecho algo malo.
—Claro que me gusta, está bien que una potrilla aprenda a ser organizada.
—¡Qué alegría!, ¡esperaba que lo dijeras! —exclamó Izzy con satisfacción—. Creo que trataré de que cada cosa tenga su lugar a partir de ahora, eso les dará mucha más identidad.
—Es verdad, tienes toda la razón, pero hay que ponernos en marcha, no tengo tanto tiempo como parece.
Alphabittle se dirigió inmediatamente a la cocina y como ya era costumbre, Izzy lo ayudó un poco; ya que después de haber insistido varias veces sin parar, la unicornio logró ganarse el puesto como ayudante de cocina. Alphabittle se dio cuenta que no era una mala idea; pues no contaba con lo necesario para cuidar de Izzy todo el día. Eso la ayudaría a hacerse autosuficiente más pronto y a medida que fuera creciendo ya no ocuparía más de él, pero estaba consciente de que aún necesitaba la ayuda de un poni mayor.
Cuando terminaron de disfrutar la comida, los dos por fin pasaron la tarde juntos. Izzy hablaba sin parar, contándole a Alphabittle sobre su día a día y de cómo había logrado hacer sus últimas creaciones; mientras que también, no desaprovechaba la ocasión para enseñarle como habían quedado. El unicornio sin decir casi nada, sólo la escuchaba, con la misma calma de siempre. En su interior, disfrutaba oír las aventuras de Izzy, que eran las más entretenidas y curiosas que podía escuchar. De alguna manera eso lo tranquilizaba, porque demostraba que no había nada de qué preocuparse.
Desafortunadamente para la pequeña unicornio, el día con su amigo no iba a durar para siempre. Así que después de haber charlado un buen rato, Alphabittle se paró, sin antes decirle adiós a su amiga. Luego se acercó a la puerta para dirigirse a su trabajo, pero de repente fue interrumpido por la pequeña poni.
—¡No te puedes ir! —Lo miró seriamente, poniéndose en frente de él y dispuesta a no dejar pasar su gran día—. Hay algo que todavía no hemos hecho.
—Izzy, sabes que me gusta ser puntual —le recalcó.
—Faltan diez minutos.
—Sí, pero ya sabes que el Salón de Té está muy retirado de aquí —le dijo Alphabittle, sin esperar un poco más para abrir la puerta.
Sin embargo la obstinada unicornio detuvo el casco de su amigo.
—Por favor, sólo será esta vez. No te pido mucho, no le pasará nada a la cantina si llegas un poco tarde.
—Izzy... —estaba por negarle su petición una vez más, pensando que debía ser duro con ella, pero enseguida expresó lo mucho que le importaba su compañía; algo que lo hizo estremecerse un poco.
—Te lo suplico, estoy sola casi todo el tiempo y ahora que tienes más oportunidad de convivir conmigo, quisiera aprovecharlo.
La mirada y la expresión súplicante de la tierna poni, hicieron que Alphabittle se preguntara si en verdad hacía lo posible para que Izzy no se sintiera sola. Quiso aceptar de inmediato su súplica, a pesar de los límites que le ponía su mente. Quizás no hacia daño ofrecerle más de su tiempo, al fin y al cabo, dejaría tranquilo el espíritu generoso de Izzy: la causa de que le gustara tanto compartir todo lo que tenía, ya sea una de sus creaciones o simplemente su gran corazón. Él sabía que no tenía a casi nadie, o al menos alguien de su edad para ofrecérselo, puesto que los demás ponis la rechazaban por tener una personalidad tan extravagante. Y era díficil para Izzy no contar con tal bendición.
—Está bien, te quedan ocho minutos —dijo finalmente, lo que causó que Izzy dejara salir una gran sonrisa en su rostro.
Fue inmediatamente hacia su habitación y de ella sacó un cuaderno muy hermoso, decorado con diferentes dibujos y con diamantina a su alrededor.
—Me gustaría que me leyeras el diario de mamá.
Aphabittle agarró el diario y lo empezó a inspeccionar por dentro.
—¿Qué parte quieres que te lea ahora?
—¡Cuando conoció a su mejor amiga! —respondió la potrilla con gran emoción.
—¿Otra vez?, ¿pero la...?
—¡Es mi favorita! —mencionó—. No creo que sea un inconveniente, ya sabes que la historia es muy corta y no tardarás mucho en leerla.
El unicornio sin decir otra palabra, se dirigió al sillón más cercano, se sentó y se puso listo para leer la historia, pero cuando estaba a punto de empezar, fue interrumpido por Izzy:
—Espera, me olvidé de alguien.
La pequeña unicornio no podía escuchar o leer las experiencias de su madre sin antes traer a su amiguito más tierno: una golondrina tallada en madera, con unos colores tan llamativos, que hacían que su cuerno resaltara de lo demás. Izzy lo adoraba con todo su corazón, porque le recordaba la ilusión que debía seguir manteniendo y que la ayudaba a creer en ella misma, pues fue la creación más importante de su madre; y aunque aún conservaba mucha de sus creaciones, esa era la que tenía el origen más inspirador.
—¿Lista? —le preguntó Alphabittle, después de ver a la unicornio con el pajarito en uno de sus brazos.
—¡Sí!, ¡siempre estaré lista para escuchar de esta historia!
Alphabittle aclaró su garganta y enseguida empezó a leer...
