III. El maravilloso castillo de la diversión
La pequeña unicornio buscaba en su gran baúl unas brillantes y diminutas piedras que les servirían para hacer sus brazaletes, pero le faltaba algo, ¿cómo iba a sostener aquellas piedras preciosas para que juntas tuvieran la forma de un lindo accesorio? Entonces lo pensó detenidamente, y agarró un pedazo hilo que a veces utilizaba para hacer cualquier adorno, enseguida hizo lo que sabía hacer y cuando terminó, colocó su juego de té en una pequeña mesa en forma de flor, hecha antes por ella misma.
—¡Listo!, esto será sorprendente, ¡por fin querrán ser mis amigos! —dijo con mucha seguridad—. ¿Tú qué dices? —le preguntó a Toby. Luego trató de contestar ella misma, haciendo una voz como si su amigo de madera estuviera realmente hablando:
— Por supuesto que funcionará, eres una poni muy increíble, Izzy. Tus papás estarían muy orgullosos de ti.
—Ay, ¡sabía que ibas a decir eso! —exclamó abrazándolo fuertemente —. Quédate aquí, en un rato regresaré con mis nuevos amigos.
Y con espíritu determinante salió de su casa, en busca de potrillos que quisieran algo de entretenimiento, sin embargo, no lograba ver a nadie, ni siquiera en la sección de juegos. Le pareció extraño, pues siempre encontraba pequeños ponis en aquel lugar, aunque no estuvieran del todo animados.
«Tal vez lloverá», pensó, pero no había ninguna señal de eso, pues el cielo se veía normal. Sin más demora siguió buscando. No pasó mucho tiempo cuando vio a tres potrillos arrumbados en el césped. A Izzy se le iluminaron los ojos al verlos y dispuesta a alegrarles el día los saludó muy energéticamente:
—¡Hola! ¡Holita! ¿Qué hacen?, ¿algo interesante? ¿o me equivoco?
Los pequeños potros sólo la miraron por unos pocos segundos, luego siguieron entretenidos en su propio mundo. Uno, siguió moviendo su pelota lentamente de un lado a otro, mientras que los otros dos, volvieron su vista hacia el bosque sin ningún interés alguno.
—Creo que necesitan algo de diversión, ¡y yo se las daré!, si vienen a mi casa, claro.
Los potrillos parecían no reaccionar, tal vez era porque ya conocían a Izzy y sabían que no tenía caso juntarse con ella, pues siempre era tan molesta que les era difícil lidiar con eso.
—Vamos, anímense, hice todo lo que pude para que se sintieran cómodos en mi casa.
—¡Eres tú otra vez! ¿¡Qué no te cansas de molestarnos!? —exclamó el potrillo de la pelota, levantándose por fin del césped.
Izzy no se lo esperó, sin embargo, iba a seguir insistiendo y demostró una vez más su energía tan grande.
—¡Vamos!, sólo quiero ser amable, no causaré ningún problema.
Los unicornios se miraron unos a otros, creyendo que no tenían nada mejor que hacer. Y sin más remedio, accedieron a la invitación de Izzy. La pequeña poni no podía estar más que feliz, se sentía muy realizada.
Todos iban detrás de ella y después de unas breves caminatas, cruzaron por debajo de dos árboles que tapaban su casa, y cuando la vieron por fuera, se percataron que era más colorida y grande, a diferencia de las otras casas. Todos echaron una cara de disimulada sorpresa, pero eso no impidió que tras una breve mirada de Izzy, la perspicaz unicornio se diera cuenta de lo sucedido.
—¡Bienvenidos!, ¡aquí es donde nace la diversión! —dijo una vez que llegaron a la casa —, ¡podremos hacer millones de cosas, como jugar, pintar, hacer figuras de papel o lo mejor de todo: "¡uniciclar!"
—¿Qué es uniciclar? —preguntó una potrilla confundida por la expresión tan extravagante de Izzy.
—Es una palabra que inventé yo, prácticamente es aprovechar todo lo que pareciera ya no tener utilidad para crear algo nuevo.
—¿Es como reutilizar? —volvió a preguntar.
—Sí, algo así —se pausó por un momento y luego continuó:
—Bueno, pero antes de que pasemos el tiempo juntos, quiero que conozcan a Toby, él es mi mejor amigo desde que tengo memoria.
—Cómo puede ser tu amigo, si es un juguete de madera —dijo uno de los unicornios.
—Simplemente porque fue muy importante para mi mamá, creo que eso le da vida, aunque parezca ser sólo un juguete.
Después de eso, los potrillos se quedaron callados, no supieron que decir ante tal contestación.
—Los he traído aquí para enseñarles todo lo que hago, pero, sobre todo, para enseñarles esto. —Después arrastró la pequeña mesa, e hizo que la flor se desprendiera para saliera a relucir el juego de té—. Supuse que a ustedes les gustaría probar algo tranquilo, y la verdad, es que a mí no me molestaría tener una fiesta de té, ¿qué dicen?
Los ponis no dijeron nada, lo único que hacían era mirar la creación de Izzy, pensando en su sospechosa imaginación,
—No tienen que contestarme ahora, después de todo, no nos conocemos tan bien. —Luego hizo que cada uno se acercara más a la mesa. —Pero eso no es todo, hay algo más, como ustedes son los primeros que vienen a mi casa, me gustaría regalarles estos brazaletes de la amistad, como muestra de mi agradecimiento, creo que eso los convierte automáticamente en mis amigos. —Y con mucha alegría les colocó los brazaletes en su casco, terminando con ella misma, quien también se colocó uno. — ¡Perfecto!, y ahora díganme: ¿qué tipo de té les gusta? Hay de manzanilla, hierbabuena...
—Creo que el que sea está bien —contestó uno de los potrillos.
—Pues mejor para mí, ya me acordé que sólo tengo un tipo de té —dijo, mientras se reía levemente de ella misma.
Todo estaba funcionando muy bien para Izzy, aunque todos estuvieran muy temerosos, pero a la unicornio no le importaba eso en absoluto, pues sabía que tarde o temprano ganaría su confianza.
Entonces fue hacia la cocina y agarró la tetera con mucho cuidado; y cuando volvió a donde estaban sus amigos vertió el té en cada una de las tazas y se las sirvió a los unicornios amablemente.
—Ahora sí, podremos disfrutar de este momento —dijo Izzy a punto de probar el té, pero se interrumpió a sí misma cuando se acordó que no trajo el azúcar —, ¡esperen!, me olvidé de algo.
Así que fue por ella; e igual como la vez anterior, lo vertió en cada una de las tazas, pero cuando llegó al último poni, Izzy no se percató de que el recipiente del azúcar estaba demasiado inclinando, provocando que se cayera encima del potro.
—¡Perdón!, lo arreglaré de inmediato.
El poni sólo la miró confundido, acordándose de la torpeza de Izzy, pero creyendo en que pudo ser peor.
La pequeña unicornio agarró la escoba y se puso a barrer los granos de azúcar regados por el suelo. Después regresó a su lugar y queriendo olvidar lo que pasó, dijo:
—Todo está bien, amigos, ya no habrá más interrupciones. ¡Brindemos por la amistad!
Y segura de que todo saldría bien, agarró su taza. Los demás ponis aún no estaban convencidos si seguir pasando el tiempo con ella, a pesar de eso, le siguieron la corriente. Y cuando todos las tuvieron en su casco, bebieron del té, menos Izzy, quien no pudo seguir, porque de inmediato escuchó los quejidos de los ponis, que tenían la lengua quemada y otro, quien ya había sufrido el accidente anterior, estaba llorando porque se le había resbalado la taza del caso.
—Lo siento tanto, no tenía idea de que el té estaba muy caliente —dijo sintiéndose más avergonzada
Y preocupada por que la situación se volviera peor, fue por agua tibia y una toalla para ayudar al poni, pero no sabía que su mala suerte le haría pasar otra mala pasada, pues no contaba con que sus cascos se iban a tropezar entre sí, y que, para el colmo, el agua iba a caer sobre los pequeños ponis, dejándolos demasiado empapados.
Los potrillos ya no aguantaron más, y molestos por lo que había sucedido, se quitaron bruscamente las pulseras que les había regalado Izzy, dejándolas tiradas en el piso; luego abrieron la puerta, dispuestos a no regresar nunca más. Izzy sabía lo desastrosos que había resultado todo, sin embargo, aún no quería rendirse, y lo único que hizo fue alcanzar a la poni que le preguntó por su uniciclaje:
—Por favor, no se vayan, prometo que seré una mejor amiga —le dijo, sosteniéndola del brazo.
La unicornio retiró su brazo de Izzy y muy decepcionada le dijo:
—¿¡Ser tu amiga?! ¡Quisiste burlarte de nosotros! ¿¡y todavía quieres que te demos una oportunidad!?
—Fue un accidente, yo nunca haría nada como eso.
—Entonces eres torpe; creí que eras interesante —le contestó con un tono verdaderamente desagradable; y dando un paso hacia delante, Izzy la sostuvo del brazo nuevamente.
—Aún podemos ser amigas, yo puedo enseñarte todo lo que sé.
—¡Ya no quiero nada de ti! Dices que ya no causarás más problemas, pero lo que acaba de pasar demuestra que tienes un cerebro muy pequeño. Mejor deberías buscar amigos en otra parte.
La potrilla sin darse cuenta en el corazón que acababa de romper se fue corriendo junto a sus amigos. Izzy ya no hizo nada, y sólo observó como se retiraban de la entrada de su casa, como si por fin se hubieran librado de un momento incomodo.
La pequeña unicornio cerró la puerta, no quería lastimar más su corazón. Recogió los brazaletes del suelo y se les quedó mirando con mucha tristeza, ya que después de haber intentado encajar, no faltaba la parte en la que los ponis se hartaban de ella y la abandonaban. Pero esta vez había sido mucho peor, sino hubiera planeado todo con tanto entusiasmo, no se hubiera sentido tan mal y sólo hubiera sido un rechazo como los de siempre.
Dejó que su gran aflicción saliera a flote y lloró como una niña desconsolada. La soledad que estaba dentro de ella se sintió más cercana y las esperanzas que había abrazado esa misma tarde parecían un sentimiento imaginario. Entre más caían sus lágrimas de sus mejillas, las palabras de aquella potrilla se impregnaban más en su mente, y al aceptar que eran ciertas, lastimó más su fragilidad. Luego retiró los cascos de su cara y se percató de que los colores vivos de su casa, confirmaban la personalidad rara que todos veían en ella.
No fue hasta entonces, cuando realmente vio a su casa con los mismos ojos con los que la miraban los demás ponis. Y sin querer estar más allí, salió de ella. En ese momento ya no le pareció un divertido palacio; que curiosamente tenía la forma de un árbol: "un castillo del sueño", donde nada era imposible y donde podías hacer realidad todo lo que tu mente albergaba.
