FENRIR II
La biblioteca nunca le había parecido tan amplia, ni todas las luces que emitían los candelabros del recinto podían disipar la niebla que se cernía sobre sus pensamientos. Si verdaderamente ese hombre era un espíritu como Alberich decía, y además se trataba de alguien de su linaje. ¿Qué demonios estaría haciendo en este tiempo? ¿Por qué ahora? ¿Por qué justo después de su derrota ante Dragón? ¿Por qué justo cuando creía que podía reconstruirse tras la ruina?
-Escucha Fenrir. – La voz suave con tono amable de Alberich le interrumpió tras unos minutos. - Sé que no puedo entender con exactitud lo que sientes pero, si eso te hace sentir mejor, puedo ayudarte a investigar más cosas sobre esto.
Fenrir sólo le dirigió su mirada dorada.
-Además, - continuó Megrez, - con todo, creo que es importante tratar de indagar qué haría un Einherjer en estos tiempos, puede que no sea una buena señal. Algo alarmante debe estar por venir, tenemos que estar al tanto y ser precavidos con ello.
Fenrir retomó la postura - ¿Y qué estaría haciendo en las ruinas de mi casa?
-No lo sé con seguridad Fenrir, quizás haya venido a buscar algún objeto en particular en tu casa, quizás ese terreno ha pertenecido a tu familia desde hace centurias, tal vez ha escuchado tus deseos y vino ayudarte a recuperar el honor de su casta familiar.
El lobo del norte no mostró expresión alguna ante esa posibilidad. Era inquietante, sí, pero con sólo suponer no podía hacer gran cosa. En dado caso, quizás nunca volvería a ver una aparición así. Y sí sólo fue una casualidad ¿qué ganaría él con eso, o cómo cambiaría su situación precaria y salvaje en la que había caído desde hace años?
Alberich observaba atentamente sus expresiones corporales, sabía que Alioth estaba sufriendo de alguna manera. Hasta que se giró y lo vio completamente de frente en posición erguida:
-Fenrir, sé que todos estos años han sido difíciles para ti. No me imagino siquiera la clase de dificultades por las que has tenido que pasar. Sé que casi nunca hablas de eso, pero en mi puedes encontrar un oído para escucharte si lo requieres. – Hizo una pausa como para acomodar mejor las palabras y prosiguió:
– Yo quería proponerte, si es que no encuentras problema en ello, hacer un pacto familiar si eso te complace. Mi familia ha sido desde hace mucho tiempo una casta de renombre al igual que lo fue en su momento la tuya. Si tu quisieras, podrías formar una alianza con mi casa y eso podría volver a impulsar la gloria de tu apellido. Puedes verlo como una alianza económica, política o cómo gustes. Tú y yo sabemos que se trata más bien de un lazo de amistad y confianza, si es que me la quieres brindar.
Fenrir sólo lo vio con recelo.
-Conozco lo que piensas sobre la amistad y el compañerismo, también sé que yo no soy la persona más confiable en Asgard, mi fama habla por mí. Pero también es cierto que esa misma fama y mis riquezas pueden ayudarte a reconstruirte y volver a dar notoriedad a tu nombre. Incluso mostrar a aquellas viejas amistades, las de tus padres, que aquí sigues y eres un gran dios guerrero. Se arrepentirán de haberte abandonado a tu suerte, lamentarán haber olvidado a tus padres y no darles auxilio cuando lo requerían.
El dios guerrero de Epsilon hizo una expresión algo molesta. Alberich por su parte creyó que tal vez se había excedido, no diría más. Alioth lo vio directamente, hizo algunos movimientos muy sutiles, propios de un lobo cuando está al acecho de una presa, la expresión salvaje de su cara con la mirada fija y penetrante.
Megrez Delta se quedó helado, aunque trató de disimular su sentir, de alguna manera se sintió intimidado, aunque se mantuvo firme en su corporalidad. Seguramente ese sentimiento fue generado por el instinto de sentirse presa de un lobo hambriento y salvaje, en este caso Fenrir.
El lobo del norte recompuso su postura y cambió su expresión, quizás se trató de una prueba. ¿Cómo saberlo?
-Necesito pensar Alberich, - dijo secamente- Gracias por atenderme tan tarde.- terminó por darse la vuelta e impulsar su camino para abandonar la biblioteca.
Alberich le contestó con un gesto y siguió los pasos de Fenrir con la vista hasta que éste terminó de salir de aquel recinto.
La propuesta de Alberich era inquietante. Después de todo era casi la misma que le había hecho Hilda tiempo atrás para que él se uniera a sus huestes. Hilda por su parte, tenía el prestigio de ser la gobernante, además que ella era su diosa, la alfa a quien había decidido seguir. Sin embargo, Alberich también pertenecía a una familia acaudalada, con apellido y abolengo, quizás no era tan mala la oferta después de todo. El pelirrojo simplemente le planteaba ser su apoyo en momentos de crisis, ambas casas harían una alianza para tiempos venideros.
Aunque en el fondo sabía que con Megrez debía tener cuidado, sentía que quería, de alguna forma, retribuirle sus esfuerzos de todo este tiempo, devolver la confianza entregada de alguna forma.
De todas formas, la pregunta que ya le rondaba desde hacía varios días no se disipaba, al contrario, se fortaleció, si algo sucedía, ¿Alberich o Hilda huirían también o serían dignos de su confianza? ¿Se irían al igual que sucedió con aquellas entrañables amistades que solían tener sus padres?
Esos cuestionamientos trajeron a su memoria los hechos que acaecieron tras la muerte de sus padres. No era que de la noche a la mañana su casa y su honor se hubieran ido a la ruina. El proceso fue paulatino y doloroso también. Aquella mañana en la que ese oso gris atacó a sus padres, cuando Ging y su manada de lobos acudieron a su rescate fue un parteaguas, sin duda.
Recordó cómo llegó a al sitio que llamaba hogar esa misma tarde, acompañado de algunos lobos. Vio como la gente entraba y salía. Lo acaecido con el oso se había disipado rápidamente, seguramente aquellas amistades se habían encargado de difundir la mala noticia. Los sirvientes menos allegados comenzaron a saquear sus pertenencias. Él, siendo aun pequeño, poco pudo hacer para detenerlos.
Por otro lado, la niñera y la mucama que diariamente hacía su habitación fueron las que más tiempo duraron en casa, con él, para tratar de protegerlo, tal vez. Para evitar quizás que la rapiña que estaba viviendo su hogar llegara a causarle daños físicos a aquella criatura recién huérfana. Así fue hasta que unas semanas después ellas tuvieron que "abandonar el barco" pues, sin remuneración económica, les iba a ser difícil mantenerse sirviéndole.
Todo ello sucedió sin contar aquellos que fueron atacados por los lobos, lo que aumentó el miedo y la gente que habitó dentro de esos muros se fue por completo. Sin muchas pertenencias ya, más que uno que otro trasto, tuvo que arreglárselas para vivir sólo y proveerse de comida. Por fortuna, esos lobos que tanto temor causaban, nunca lo dejaron, contrario a las personas que por años les sirvieron o los que se jactaban de ser muy buenos amigos. Para el lobo del norte ese episodio había sido una catarsis, confiar o no confiar. Esa pregunta volvía a caer sobre él.
Se encontró a Mime en los pasillos del palacio, la verdad, aunque apreciaba los esfuerzos de Benetnasch, esta ocasión no estaba de humor para acompañarlo con ninguno de sus planes, mucho menos para escuchar nada de música.
El arpista por su parte vio la fuerza que imprimía el lobo del Norte en su andar. Cada uno de sus pasos parecía hacer un fuerte estruendo, aún si en realidad no se percibiera el sonido de sus pies en las baldosas. Algo no andaba bien, Mime lo intuía, pero no era momento de indagar, además él debía poner en orden otros asuntos personales, antes de continuar con los problemas de otros.
Fenrir sólo lo volteó a ver y siguió su camino. Abrió rápidamente la puerta de su alcoba en Valhalla. Vio las cobijas dobladas sobre la cama. algún sirviente ya había entrado a hacer la limpieza regular del lugar. Ging, que estaba descansando sobre la cama inmediatamente lo sintió, corrió hacia él para buscarle. Fenrir se agachó par acariciar el suave pelaje gris azulado de su amigo. Le dirigió su mirada triste, sin decir nada y le abrazó, recargando su cabeza sobre la melena del lomo del viejo lobo.
Tomó después entre sus manos una de las cobijas, la extendió y tras recostarse en el piso donde normalmente dormía, se la echó completamente encima. Estaba ahí, cubierto totalmente por aquel pedazo de tela.
-Maldita sea. - Dijo en un hilo de voz que apenas se le escapó de la boca. Los ojos se le humedecieron por unos momentos. Se sentía como aquella vez, como cuando era un niño, como cuando se quedó completamente solo.
