Capítulo 38. El shinobi de luz y oscuridad.
Todos los que tenían nacionalidad Konohagakure han escuchado o tienen algún nivel de conocimiento sobre los activos valiosos de su Aldea, los shinobi más mortíferos y letales que han protegido a su enorme hogar, considerando desde las leyendas sobrehumanas como Senju Hashirama o el Destello Amarillo.
Es por ello por lo que todos los que contaban con un par de buenos oídos – e incluso aquellos que eran sordos – habían escuchado la historia sobre uno de sus ninjas más promisorios cuyo futuro estaba dedicado al éxito y la fama mundial, aunque pocos sabían que eso era lo último en su avanzada mente.
Itachi nació en cuna de oro dentro del Clan Uchiha, siendo el hijo mayor del inexpresivo patriarca del clan: Uchiha Fugaku, un hombre apodado el Kyōgan Fugaku, Fugaku Ojo Malvado, quien poseía el cabello hasta el cuello, color castaño y los ojos negros endurecidos por una mirada fría; y de su encantadora esposa Uchiha Mikoto, una otrora kunoichi altamente gentil, amable y compasiva, cuya belleza es incomparable tanto por fuera como por dentro.
El niño deseado y cuidadosamente planificado siempre fue considerado y elogiado como el mejor de su generación, un genio por encima de todos los demás. Prodigio fue la palabra que más escucho toda su vida, con un margen creciente sobre su propio nombre.
Incluso sobrepasaba las expectativas de un miembro experto del Clan Uchiha, convirtiéndolo en el objetivo representativo de la familia, expuesto como un símbolo o un estandarte para hacer temblar a más de uno, hacer respetar los privilegios del clan.
Sin embargo, lo que pocos saben, es que ni siquiera su familia, amigos o profesores lo podían entender. No podía ni sentía la confianza para expresar sus inquietudes sobre ciertos conceptos triviales de la vida sin sentir el temor o la represalia por su intimidante poder cuando se acercaba a ellos. Ni que hablar de cuando requería una perspectiva distinta sobre la vida y la muerte.
Lo admiraban como al sol. Necesario y, aun así, de lejos, mejor.
Y por ello, cada vez que percibía como los más débiles evadían su mirada o los arrogantes le desafiaban, Itachi se retraía más hacia si mismo, pensando que lo mejor y más sabio sería distanciarse para evitar conflictos innecesarios.
Cuando solo tenía cuatro años, el joven Uchiha fue obligado a participar en ciertas carnicerías que, – según palabras de su padre – era para acostumbrarlo a la vida shinobi. Rara vez se permitía a los menores de diez años participar en la guerra según la comunidad ninja actual; sin embargo, para el clan Uchiha, cuyo nacimiento y poderío se dio en una época donde las gargantas abiertas eran el precio por la tierra, no era una mala costumbre, al contrario. Desde los inicios de sus ancestros se consideraba un honor participar desde joven, una lección de por vida. Proteger al clan es esencial para la contribución educativa de un expósito.
Era su deber.
Cuando participo por primera vez contra un maltrecho shinobi, a petición – exigencia – de su honorable padre con la premisa de asesinato, creo un agujero insoldable en su alma que crecería proporcionalmente a su nivel de habilidad por el resto de su vida. Conceptos como negociación y pacifismo no eran aceptados en aquel momento. Ni en un tiempo cercano, se lamentaba.
A su memoria viene no sólo el color, o el cómo se desliza de la piel crocante y llena de pus hasta el suelo, sino también el olor metálico sucio. Curiosamente su primer recuerdo es sólo de la sangre, no del nauseabundo olor a carne humana quemada o de los rostros pálidos con miradas en diversos niveles que llevaban desde la desesperación al odio o de la resignación a la venganza. Años después se daría cuenta que no era una memoria de la sangre lo que le aterrorizaba cada noche - durante uno de sus ataques de pánico -, sino de su propia inocencia huyendo por sus pequeños dedos, sorprendido y asustado sobre cómo su regalo de cumpleaños llego a tal lugar en un momento inesperado.
El kunai que le dieron dos días antes como recuerdo de sus primeros 4 años… incrustado en la arteria carótida de su primera víctima.
Nunca intento recuperar el sangriento regalo.
Odio cada momento. Su carita llena de polvo y salpicaduras de sangre mostraban totalmente su tristeza y confusión. No entendía que lo acongojaba tanto, al ver a sus familiares pelear con una ferocidad propia de un depredador, aun en ese entonces con esas células mentales sin explotar neurológicamente, simplemente algo dentro de él se sintió romper y temió que fuera su propio corazón por el dolor tan atroz que arremetía contra su pecho.
Por otro lado, venía aquel sentimiento desolador de satisfacción ante la aprobación paternal que percibió en los ojos de su patriarca. Vanidad filial por convertirse en un asesino.
A diferencia de la creencia popular, Uchiha Fugaku, de hecho, se preocupaba más por su hijo de lo que su propia madre dejaba entrever. Preguntaba frecuentemente por su estado de ánimo, la cantidad de amigos que tenía y sus avances en las relaciones interpersonales, angustiado por lo aislado que permanecía su pequeño y estoico bebé, interesado en que desenvolviera sus habilidades emocionales. Aunque no muchos lo creerían si lo vieran con sus propios ojos, el hombre era un padre primerizo que realmente amaba más allá de su propia vida a su mayor retoño. Fue hasta después de muchos años, tras los vaivenes políticos de un Konohagakure enredado en laberintos discriminatorios con ínfulas de manipulación mediática, que el hombre vería más como un arma que como a un niño a su propio hijo, y, aun así, mostraba renuencia cuando lo presionaban para hacerlo.
Es así como Itachi, bajo una conciencia madura, se juró a si mismo convertirse en el mejor de los shinobi de todos los tiempos, en pro de la búsqueda de una solución que evitara los conflictos en todo el mundo.
Esa inteligencia suya tanto emocional como psicológica, le atraería diversos problemas en sus años venideros, cuando trataba de aprender del porque la gente actuaba como lo hacía, porque era necesario hacer lo que un shinobi estaba destinado a hacer.
Desde que conoció su lugar en el mundo, supo que él no tendría elección a otra opción en la vida.
Su vida se dictaría directamente y sin escalas por el mundo shinobi sin queja ni reclamo.
Así aprendió regiamente que, al convertirse en ninja, uno debe acatarse con disciplina de acero a ciertas reglas específicas para poder asegurar su victoria en el campo de batalla. Los ninjas siguen este código con el fin de "matar sus emociones" que los impide correr apresuradamente y fracasar en la misión. Lo más importante para un shinobi es ser una herramienta para el logro de los objetivos de su pueblo y su país. Las emociones son consideradas cosas innecesarias.
Estas reglas se suelen enseñar en la Academia Ninja.
Las leyes shinobi le fueron inculcadas como un mantra religioso cada día, durante sus primeros seis años; sin embargo, él tenía tantas dudas sobre, así como las leyes fueron impuestas en tiempos de continua y parlamentaria necesidad, si tal vez sería necesario modificar algunas; incluso agregar o eliminar algunas más, porque los tiempos no eran los mismos que hace cien años.
Lejos habían quedado los periodos de los estados combatientes hace cerca de 80 años, y, aun así, las guerras continuaban no hace más de sus primeros días de vida en la tierra.
Pensaba muy seriamente, que, para distintos resultados, no se podía confiar en que se harían realidad, si se continuaban con las mismas prácticas – menos barbáricas – que hace casi un siglo. A él le parecía un instintivo pensamiento muy lógico.
A los adultos no tanto. Los concejales de su clan le consideraron todavía más estrafalario cuando planteo la teoría.
Le miraron con cierta inexpresión y calidad de juicio, con aquellos ojos prejuiciosos y llenos de rencores por sus guerreras vidas pasadas, y al saber que el heredero tenía pensamientos propios, consultas bastante modernas, llenas de progresismo consideradas vergonzosas ofensas ante sus inigualables tradiciones ancestrales, intentaron reprimir su alma y su mente con una educación estricta y con regla en mano, dispuesta a aplicar cualquier castigo ante preguntas insulsas.
Luego de conocer realmente a lo que quería dedicar su futuro, comenzó a planificar los pasos en silencio para llegar a alcanzar su tan anhelado sueño, de ser el shinobi más poderoso para traer la paz al mundo.
Considerándose sabiamente, en su infancia, así mismo como muy joven e inexperto para poder fomentar un nuevo pensamiento, o al menos hacer crecer esa semilla de concepción contemporánea, se encerró más en su propia alma, sintiéndose alejado de todos, marginándose de su familia, de sus propios primos. De cualquier manera, no es como si los viese con frecuencia. Lo mantienen bajo un militar entrenamiento cuyo rigor inicia en las madrugadas y finaliza al tiempo que el mismo canto de los búhos; su sonrisa infantil no volvió a ser vista al público, ya que un Uchiha no es sino un shinobi perfecto, y un shinobi nunca debe mostrar sus emociones.
Para fortuna de él, era de personalidad tranquila por naturaleza, por lo que el estoicismo arraigado y exigido dentro de los tatamis de reuniones familiares se le daba con un completo grado de naturalidad, incomodo e irritante pero fácil.
Si bien estaban parcialmente marginados, tras el ataque del Kyūbi del que se les marco como sospechosos, mucha gente de su familia se quedó sin hogar por la inminente destrucción del centro, y ahora, posicionados residencialmente en una de las orillas de la Aldea incluso se les brindo un terreno mayor y parte de un bosque para organizar perfectamente sus entrenamientos de fuego; pensaba que lo mejor era establecer lazos para hacer que el entorno Uchiha fuese más agradable, cosa que varios concejales no pensaban igual.
Muy pocos sabían, que su adorada Hahaue-sama, era quien lo alentaba a no dejarse caer en las penumbras de las costumbres y tradiciones arcaicas. Cuando acudía a su habitación cada noche a contarle una pequeña historia para dormir, disfrazaba aquellos cuentos con metáforas de un mundo en donde la sangre no fuera la moneda de cambio; donde los osos peligrosos de sus historias no serían sino más que negociantes sin escrúpulos en algún momento, pero él tendría que enfrentarlos con una emoción verbal más empoderada y segura.
Fue ella quien le enseño concienzudamente sobre como envolver en amabilidad y gentileza veladas concepciones, que algunos podrían considerar nocivas en la mente infantil de un heredero prometedor; se percató que ella misma guardaba sus liberales pensamientos lejos de los oídos de aquellos dinosaurios políticos; sin embargo, sabía endulzar el oído de Chichiue-sama en pro de la equitatividad y la sana competencia. Fue así como Itachi se sintió protegido sus primeros años, descubriendo que no era el único que quería un cambio en el mundo shinobi.
Cuando él preguntaba a su adorada madre, porque los concejales e incluso su Chichihue-sama no optaban por optimizar recursos sabiamente ella respondía:
"Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no pensar. Por eso ellos luchan tanto Itachi-kun."
Por debajo de su carita llena de grasa de bebé, y con una mente que crecía a pasos agigantados, a se propuso a si mismo desde joven una meta, algo invaluable dentro de si que se planteó como una semilla de sinceridad y honestidad en este mundo lleno de masacre y muerte:
Si quieres llegar a donde la mayoría no lo logra, necesitas hacer algo que la mayoría de las personas no hace.
Lo decidió especialmente cuando un dedito rosado de un Sasuke bebé envolvió su propio índice por primera vez. La tierna masa de carne y cabello negro selló inmediatamente un pacto de proteccionismo, lealtad y amor eternos con su hermano mayor sin saberlo.
Itachi adoraba a Sasuke con toda el alma, nada más ver esos enormes ojos llenos de curiosidad cuando era él quien lo cargaba, amortiguando los sollozantes quejidos de su hermano menor.
Oh Kami… el mayor de Fugaku anhelaba esos tiempos, en los que Sasuke podía ser cargado en brazos en todo momento, sintiéndose arrullado y curioso cuando Itachi le hablaba quedamente sobre el funcionamiento de las alas de una mariposa.
Era el único que podía calmar el llanto de su otouto, cosa que agradecía internamente porque así podía estar tan cerca de su hermanito sin temor a las represalias de su sensei militar por faltar a un entrenamiento.
Y aunque dentro de su hogar, sentía que estaba seguro de las miradas envidiosas y ambiciosas por igual que le dedicaban sus compañeros genin, considerándolo aún un niño sin virtuosismo, llego una luz que ilumino aún más su vida.
Si bien tenía a Hahaue-sama y a Sasuke a su lado, Itachi no tenía más amigos. Tenía vigilantes asignados por su propio clan.
Siendo heredero, siendo un niño de ocho años, siendo un genin que era discriminado por su propio equipo ninja, el concejo decidió que sería necesario para protegerlo – y vigilarlo en el proceso – a un guardián mayor que pudiera enseñarle incluso mejor los protocolos Uchiha.
Sólo que su propio vigilante, aquel a quien designaron para que lo cuidara, con tan sólo unos pocos años mayor, tenía una vena llena de energía traviesa para descubrir al mundo por sí solo.
Itachi no era tonto, se sabía espiado, pero para cuando decidió dar media vuelta y enfrentar a su acosador para mostrar su lógica ante el ridículo pensamiento, el shinobi que lo rastreaba constantemente, salió de la oscuridad con una forma tan extraña de presentarse:
"Me he cansado de este trabajo, además sabes que lo hago, y es muy aburrido cuando te enteras. Debemos inyectarte más diversión en esas venas tuyas, así que… ¿qué dices a ir por un dango?"
Shisui con su cabello alborotado como recién levantado de la cama y su aura tan brillante era todo lo que Itachi jamás habría creído posible encontrar en la familia de Uchiha.
Era divertido, era fácil estar con él, era más curioso que Sasuke, tenía una mochila mágica invisible de donde sacaba toda clase de travesuras e ideas absurdas.
Su primo mayor era… un espíritu libre cual ave al vuelo. Gozoso de la vida y la alegría, cual hada traviesa.
Lo más importante: entendía completamente a Itachi.
Lo entendía al grado de que, poco después, descubrieron que para ellos no era necesario tener palabras para entenderse; un acto tan natural como respirar, era como podían comunicarse entre ellos en silencio utilizando únicamente la mirada.
Por supuesto, al principio Itachi dudo de la veracidad de la personalidad de Shisui, era su espía. Tal vez lo hacía para ganarse su atención y confianza para después llevar todo su cotilleo ante el patriarca. No que fuera malo, pero Itachi se sentía irremediablemente confianzudo con su primo mayor.
"El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo"
Las palabras de su primo se quedaron grabadas en esa genialidad suya para jamás ser olvidadas.
No fue sino hasta que, considerando una petición especial, Shiruzen-sama, en aquel tiempo, el tercero, los envió a ambos en una misión en conjunto.
Validar tus conocimientos, Itachi-kun, decía el anciano hombre, pero el niño lo sabía mejor.
Lo iban a promover y Shisui era perfecto para confirmar sus habilidades en el campo; aunque nunca espero que fuera él quien le tocara ver el tormento en vivo de Shisui.
Sí, Shisui no le temía a Itachi, ni lo envidiaba ni ambicionaba su poder como tantos otros se acercaron antes bajo la falsa premisa de una duradera amistad.
No, Shisui no necesitaba de emociones tan negativas, porque antes de Itachi, Shisui había sido el prodigio Uchiha del que el clan tanto le gustaba alardear.
Su primo mayor era nato al mismo nivel que Itachi o mayor, al menos en su juventud. Cuando empataban sus tiempos, podían tener un mano a mano 35 veces seguidas y era Shisui el victorioso ganador con 24.
La primera vez que el pequeño cuervo miro a su afilado primo cometer homicidio fue tan rápido y lo hizo ver tan simple, que el shinobi enemigo ni siquiera había detectado el corte en su garganta sino hasta que la sangre rodeo sus pies. Shisui ni siquiera se había detenido en revisar la finalidad de su trabajo. Él continuo el mismo proceso con el siguiente, y con el siguiente a ese, y con el siguiente hasta terminarlos a todos.
Para cuando Shisui le dedico una mirada a Itachi, el pequeño tuvo ese vislumbre, esa señal de autenticidad dentro de la mirada perdida de Shisui, y la reconoció.
Lo hizo porque él sentía lo mismo después de quitar la vida de otro ser humano: Fracturado. Desahuciado. Desamparado.
Arrepentimiento no, pero casi. Sin embargo, el arrepentimiento solo está reservado para aquellos que rompen el código shinobi y regresan a su vida civil o se vuelven renegados emigrantes, escondiéndose el resto de su entristecida vida, lejos de cualquier protocolo ninja.
Aun así, eso fue lo que termino de ganar el corazón de Itachi y darle un poco a su primo mayor, porque sabía que en Shisui pesaba el mismo pensamiento moderno que en él.
Dejar de echarle la culpa a la gota que derramó el vaso y hacerse cargo uno mismo de la comodidad con la que nos sentamos a esperar que se llene.
Shisui fue su primer amigo verdadero, una amistad tan fuerte enraizada en la confianza y el aprecio genuino, que con el paso del tiempo lo empezó a considerar más allá de un primo, un preciado hermano mayor.
Junto a él, en aquellas tardes perezosas que rara vez se les daba, se quedaban sentados sobre las vertientes del río Nakano y hablaban sobre el agradecimiento que tenían con su amada Aldea, aun cuando los demás Uchiha expresaban un grado de rencor desagradable.
Así creció, enfocado, centrado, rara vez nervioso o intimidado; cada vez que se graduaba, cada vez que evolucionaba, era otro paso más cerca de su propósito auto impuesto. Quería, no, necesitaba ser el más fuerte para acabar con las guerras.
Con su familia central de su lado completamente, nunca espero que tuviera otro aliado tan joven.
Sólo que esta vez llego en la forma gradual de una cabeza sedosa de cabello castaño y unos ojos sorprendentemente inocentes.
Estaba regresando a su casa un día, otro aburrido en la Academia, cuando un grupo típico de adolescentes molestos intento fastidiarlo con la amenaza de una épica pelea.
Tan estoicamente los estaba ignorando, agravando más el síntoma de antagonismo que sentían los bravucones, que estuvieron a punto de arremeter contra él; suspirando internamente ante su patética cobardía, se preparó para tensar los músculos y girar para proporcionar repeticiones de patadas en los torsos montoneros, cuando de la nada, una niña enojada empezó a defenderlo.
"¡Métanse con alguien de su tamaño!", recuerda afectuosamente aquella tarde los gritos valientes de ella.
…Defendiendo a Uchiha Itachi… físicamente…
¿Cuándo se había visto eso? No había palabras en el mundo para describir lo que Itachi sintió ante esa jovencita tan molesta bajo su nombre.
Sin embargo, tan sorprendido como estaba de que una niña que medianamente conocía de sus días de la Academia lo defendiera, causo mayor asombro cuando la vio activar su chakra.
Un par de sharingan en los ojos de una mujer.
Su clan era misógino, estaba más que claro, y por ello, que una mujer, una niña, en todos los casos tenga activo el dōjutsu familiar, significa que ha visto más allá del infierno y de regreso, ni siquiera él mismo poseía uno en aquel momento.
Logrando asustar a los bravucones, Itachi se preocupó al ver a su salvadora caer desfallecida por el agotamiento de chakra en su cuerpo de siete años. Procurándola, la llevo en brazos hasta la enfermería y no se despegó de su lado el resto de su vida.
Su nombre se volvió un puerto seguro al cual regresar al termino de cada misión: Uchiha Izumi.
Su corazón tarareaba cada vez que se sentaba a su lado disfrutando de los dangos que les tocaba llevar a cada uno, agradeciéndole años después en que ella haya iniciado con esa maravillosa rutina.
Con un alma tan noble y unos ojos tan expresivamente abiertos, ella era un libro abierto para él y le gustaba cada poema que podía recitar en ella. Tendía a divagar cuando estaba nerviosa, lo que ocurría generalmente cuando estaba cerca de él, pero esa sonrisa llena de inocencia y pureza tenía a Itachi hipnotizado, y en ocasiones ruborizado, sin entender por qué.
Con el cabello más lacio y sedoso, que nada envidiaba al de él, tenía un flequillo que enmarcaba perfectamente su rostro en forma de corazón y con unos ojos oscuros, adornados con un coqueto lunar bajo el ojo derecho; Izumi era una niña tan dulce, tierna y constantemente preocupada por el esfuerzo de Itachi que cuando no tenían oportunidad de verse, o de comer juntos su postre favorito, ella le dedicaba afectuosas cartas – alegremente sin perfume – donde se podían leer lindas palabras:
"Tomé la pluma después de dudar muchas veces, temiendo que incluso estas palabras fueran una carga para ti, hoy le hiciste falta a mi día, no sabes lo terriblemente que puedo llegar a extrañarte.
Cada vez que el cielo nocturno es hermoso, el viento nevado sopla y el campo de lirios blancos sigue brotando sus botones sin fin, en donde escucho el aullido de un lobo solitario en la distancia…
Pienso en ti. Todos los días.
Te extraño. Los granos de arena del mar no podrían terminar de describirte el número de veces que ruego que vuelvas a casa sano y salvo."
Naturalmente, un sábado de abril, testigos de un atardecer lleno de naranjas y rosas, un casto y suave beso en los labios dio paso al romance juvenil cuando Itachi cumplió trece años.
Si Shisui era un cielo claro y puro libre de nubes lleno de complicidad y travesuras, Izumi era su noche iluminada en donde cada estrella era la promesa de un sueño juntos.
Cuando su sensei en su equipo genin, Minazuki Yukki, le había negado por segundo año consecutivo su petición de inscribir al equipo a los exámenes Chūnin, tanto Izumi como Shisui estaban molestos con dicho hombre, porque sabían del deseo innato de Itachi por avanzar con sus planes, y de todas las cosas, Itachi estaba siendo desperdiciado en misiones insignificantes y sin sentido, atrapado en la frustración de su sensei que lo aborrecía por ser mejor que él.
Cuando la muerte sangrienta de su compañero genin obligo a Itachi a activar su sharingan a la edad de ocho años, ambos amigos estuvieron ahí para consolarlo, cada uno a su peculiar manera, entre dangos y silencios amargos largos.
Cuando fue ascendido a Anbu, Shisui mostró su orgullo familiar con tan sólo dieciséis años entregándole su kunai favorito. Material único en su especie con una invitación a formar parte de la convocatoria del cuervo; fue cuando conoció a un amigo leal e inquebrantable que se quedaría con él el resto de sus días: Hōrai.
Cuando iniciaron las riñas entre la policía militar y el ANBU, era ver a Danzo combatir activamente contra su Chichihue-sama y viceversa. Ambos hombres utilizaron al Tercero como un intermediario para enviar mensajes nada discretos sobre inconformismo y odio.
Por meses, a sus doce años, Itachi temió lo peor, tenía sudores nocturnos y pesadillas donde repetía cada cosa que hizo en su misión anterior, y en la anterior a esa. No dormía a veces por el hecho de que los ojos de todos aquellos a quienes les arrebato la vida lo persiguen por las noches, cual fantasmas vengativos que han regresado a tomar su rota alma.
Él se las entregara con justa razón cuando llegue el momento, antes no. Antes tiene un propósito que conseguir.
Su pobre hermanito sufría la indiferencia de su Chichihue-sama, por mucho tiempo, tanto que Itachi comenzó a tener cierto resentimiento contra su progenitor por la cruel forma para tratar a Sasuke, cosa que se hizo notar en ese periodo.
Por décima vez en su vida, Itachi se sentía caminar tambaleante en un hielo muy delgado, cada vez más frágil, con cada paso, pero sin una dirección fija a la cual pedir ayuda esta vez. Incluso Shisui no lucía su habitual sonrisa sino una forzada indicando el grado de tensión que el adolescente de diecisiete años estaba sufriendo.
Para incredulidad de muchos y sorpresa de todos, curiosamente, de un día al otro, el Tercero no sólo levanto las restricciones sobre la casa Uchiha, sino que también dignifico su puesto renunciando voluntariamente, solicitando a un escuadrón que fueran a buscar a sus aprendices para tomar el puesto de Hokage.
Por supuesto que Itachi sabía porque Hiruzen-sama cambio de pensamiento tan radicalmente de la noche a la mañana, y las maneras directas de su Hahaue-sama para tratar las cosas.
Tras tambaleantes y escépticos pasos de su Chichihue-sama al lado de Hahaue-sama, mostrando total apoyo al público, el clan estaba cambiando de aguas. Todo el pueblo estaba cambiando para bien.
Aun así, Itachi no olvidaría jamás aquel hombre que espiaba al clan tras los muros fronterizos de Konoha. El mismo hombre que tomo la vida de Tenma, su compañero gennin. El que le hizo activar su sharingan.
Se sentía como si fuera un rompecabezas y poco a poco, las personas que se aferraban a su vida eran aquellos pilares en las que estaba forjando su destino.
Años más tarde, comprendería que si no hubiera tenido el amor, las amistades, los consuelos que le brindaron estas preciosas personas en su vida, su voluntad de Fuego habría sido arruinada o tal vez quebrada en lo irreparable en sus siguientes pruebas. A medida que el tamaño de sus huesos crecía conforme a su edad, lo hacían también aquellos que le proferían envidia, temor, rencor, miedo, ambición, obsesión, codicia; pero Itachi no era sino dedicado.
Él tenía un objetivo: Ser el mejor. Un Shinobi perfecto.
Él sabía cómo lograrlo. Él lo hizo. Cada día.
Su enfoque era tan centrado que imposiblemente se podía vencer; tanto era así, que se decía que el joven pelinegro había recibido la bendición del Cuarto Hokage, para volverse algún día: un Hokage por derecho propio.
Y ese era el deseo real de Itachi. Volverse un líder reconocido de su Aldea; de esa manera, podría cambiar las políticas, podría generar un destino más dichoso para que ningún niño tenga que pasar por lo mismo que él mismo atravesó a sus tiernos cuatro años. Ninguna mano de infante tendría la necesidad de cometer asesinato porque no habría más guerras que luchar. Era un sueño ambicioso, sí, y haría lo que fuera para lograrlo.
Lo que nadie sabe es que la situación actual ha cambiado a los ojos de Itachi. A pesar de que su deseo es latente, se sentía de cierta manera aburrido de sus rutinas. De únicamente aquellas misiones en las que el homicidio y la invasión a la privacidad eran el pan de cada día y rara vez compartía con su familia, su alma sufría por la impaciencia, aunque rezaba a Inazagi-sama para brindarle una mayor virtud, su mente se abrumada con planes y estrategias que pocos entendían completamente, a saber, sólo Shisui.
Su idea de paz aun no podía ser aplicada, no mientras no fuera el Hokage, y a pesar de que sabía de qué lo quería más que nada en el mundo, él mismo no conocía que era la paz. Jamás la había disfrutado.
El concepto mismo siempre fue la antítesis para lo que él fue entrenado, para lo que fue educado.
Tal vez por eso la ansiaba. Porque a veces, se decía a si mismo, queremos lo que no podemos tener.
Y ese tipo de pensamientos lo abrumaban, lo hastiaban porque en muchas ocasiones observo cómo el ser humano tenía esa vena maliciosa, tras los ataques de un marido celoso y violento, o aquel borracho que no podía dejar el vicio, o aquellos shinobi que traicionaban a sus hogares.
Y tras varios episodios donde su salud menguaba, se dejaba caer un poco más.
Itachi no era un hombre débil. Tenía una voluntad de hierro, su mayor motivación era el amor a su hermano y su inevitable sobreprotección, pelearía por su familia con uñas y dientes y más allá si era necesario.
Pero tampoco podía mantenerse regio cuando los ataques de tos destrozaban su herido cuerpo, no podía sentir ni pensar lo mismo cuando notaba que por cada buena acción había cien malas detrás persiguiéndolo.
Era su sacrificio y lo sabía, pero le pasaba una costosa factura en ocasiones.
Para cuando cumplió los veinte años, Shisui era un hombre joven que lo apoyaba incondicionalmente, aun cuando podía ver ese destello de miedo tras sus ojos oscuros cuando lo nombraron futuro patriarca del clan.
Sabiendo que no podía recargar todo su bagaje emocional en su primo, busco refugio en el amor de Izumi; su compañera se sentaba por horas al lado de él y esperaba en un cómodo silencio hasta que él decidiera desahogarse su mente. No le contaba nada secreto por supuesto, nada confidencial que se contrapusiera con la privacidad de sus misiones, pero le relataba metáforas sobre sus días. Ella entendía su alma rota, y en lugar de cualquier otra mujer, ella le brindaba sus manos para apretarlas juntos en lugar de solo soltar palabras al azar esperando que funcionará para apaciguarlo.
Ella lo entendía, al nivel espiritual, aunque no comprendía porque Itachi quería paz. "Ya vivimos en una genuina pacificación y tranquilidad, Tachi-kun", decía ella tan inocente, pensando que aquellas misiones rango A, S y aquellas indescriptibles, eran obligatorias en tiempos de paz.
Aun así, cuando no se sentía de ánimos de penar, Itachi le gustaba escucharla, que ella fuera la que le contara todo sobre sus días, sus problemas, lo mal que se peleó con la vecina por dejar de nuevo un kunai enterrado en su jardín trasero. Problemas tan triviales, nada que ver con los de él.
Terminaban viendo el atardecer en su departamento, con un palillo de dango para él, té para ella, y su beso de despedida era tan dulce y puro con labios suaves para dar por finalizado el día.
Cuando pasaba tanto tiempo lejos encubierto, a días de distancia de Konoha, a su llegada él le dedicaba dulces poemas en forma de susurros al oído, para recordar de nuevo su hogar:
"Escribo para tratar de explicar lo que me haces sentir, pero fracaso y me alegro.
Espero que nunca nadie sepa qué es lo que siento, qué terrible sería que mis palabras lograran igualar lo que tus labios han construido"
Aunque dejaba cierto desazón cuando ella insistía en ciertos hábitos insanos, como, por ejemplo, dejarse influenciar negativamente de vez en cuando por ciertas lenguas viperinas de sus contemporáneas, a saber, el estúpido hábito de mantenerse delgada a costa de su cuerpo y salud, menguando en su entrenamiento y no explotándolo en su mayor expresión.
Nekobaa-sama alguna vez le comento a Itachi que necesitaba entender la diferencia entre compañera y carga cuando llevo a Izumi a uno de sus encargos; la anciana destrozo con sus palabras a su joven novia.
Jamás percibió a Izumi como un obstáculo, o un peso, siempre la animo a ser su mejor versión; sin embargo, ella presentaba… una actitud conformista, en ocasiones, sabiéndose que uniría su vida a Itachi en algún momento y se le exigiría, según la costumbre del clan, dejar su carrera shinobi a favor de criar a sus hijos en común. Los futuros herederos si Shisui no tuviera hijos.
Bajo ese concepto, gracias a su juventud casadera, a veces ella actuaba demasiado emparejada a él y olvidaba sus propias metas y sueños, cosa que le molestaba enormemente a Itachi porque quería que ella fuera su propia persona, no una versión ensombrecida de lo que pudo ser, independiente de contrajeran nupcias en algún momento. No quería que en el futuro terminará recriminándose a si misma al saberse incompleta, no la mitad de alguien, sino alguien que por si misma tuvo éxitos inigualables para su propia vida.
La amaba, conocía cada lunar de su rostro y cada manía suya. La conocía como la palma de su mano, y, aunque sonara maldito, le entristecía saber que ella no entendería por completo su convicción ante la vida, porque ella misma no tenía impuesta una meta con vigor. No ambicionaba un poco más allá para si misma, sino que todo el enfoque se posicionaba en él a pesar de que él intentaba animarla para forjarse algo propio, de comer sanamente, de no dejarse influenciar por alguien autodestructivo y de volverse la mejor kunoichi que una vez le dijo que quería ser.
De cualquier manera, él se sentía tan bien, al pasar las tardes encerrados en su nido de amor, comentando las novedades dentro de Konoha; la escuchaba con la dulzura de un compañero leal porque ella necesitaba ser escuchada y sentirse mimada para saber que es importante para él y si eso la satisfacía, eso haría él por ella.
Sasuke, por otro lado, era demasiado joven para entender sus necesidades. Se amaban evidentemente, pero una cosa es amar y otra comprender. Su otouto tenía esta sensación de continua persecución por parte del maldito Orochimaru, causándole traumas que, hasta el día de hoy, le cuestan a su hermanito.
Tanto como quiere asesinar al morboso Sennin quiere hacer que Sasuke se sienta cómodo y tranquilo en cualquier parte del mundo. Es uno de los motores de su motivación para volverse Hokage: un mundo de armonía para que Sasuke encuentre esa paz que tanto necesita.
Ha crecido grande y fuerte, no cabe duda, se ha esforzado soportando las alternas indiferencias de Chichihue-sama y amando los onigiris de Hahaue-sama, y es uno de los genios por derecho propio de su generación, dejando atrás incluso al invaluable prodigio de Hyūga.
Esclavizado en entrenamientos y conocimientos de jutsu, Sasuke es un digno Uchiha, frecuentemente, infravalorado por los concejales que, en vísperas de un cambio de turno, están ansiosos cuales hienas hambrientas, esperando a que Itachi porte finalmente la capa blanca de kage.
Por todo lo anterior, Itachi se sentía ahogado con frecuencia. Todos expectantes de un movimiento suyo, una palabra y cambiaría todo el código shinobi, una orden suya y los Anbu se congelaban ante el sonido de su voz, un parpadeo y sus enemigos temblaban. Todo eran expectativas, todo era sobre él y no sobre la paz que tanto ansiaba.
Todo… hasta que los encontraron a ellos.
No era presuntuoso ni vanidoso como para creer que él tenía un conocimiento amplio sobre cualquier tema, de hecho, apreciaba mucho cuando alguien se tomaba la atención y tiempo de explicarle algo.
A saber, un rubio latoso y de estruendosos modales, que yacía apartado de todo camino shinobi y, sin embargo, era un alma tan noble. Era como ver al sol jugar y correr a través del bosque fingiendo ser un gnomo o un hada con ese cuerpo tan ridículamente voluminoso.
Y fue el primer joven, que, en años, tal vez en una década, se había sentado con él y mostrando una maestría inaudita, le había ilustrado como la combinación entre los sellos de perro invertido con dos pájaros marcados a la izquierda sobre un tronco podía hacer abrir ríos de oro en una cascada.
Naruto jamás sabría lo agradecido que estaba Itachi con él. Muchos en su propia aldea no lo veían a los ojos porque temían su poder, al tiempo que lo admiraban, y lo trataban con la máxima de las jerarquías, prácticamente el propio señor Daimyo, pero he aquí a un muchacho que lejos de temerle, incluso lo hacía sentir apreciado, estimado. Comprendido.
Lo miraba directamente a los ojos y le explicaba el funcionamiento propio de su chakra, por base de ese ombligo lleno de sellos y no parecía preocuparle en absoluto que conociera sus secretos, porque parecía que no tenía ninguno.
Itachi no recuerda haber conocido a nadie así antes. Alguien que, sin preguntarle, contaba cualquier cosa, por el simple hecho de hablar alegremente con su interlocutor, como amor por el arte. Pensó que lo hacía con todas las personas, y en efecto lo hacía, pero sólo cuando se ganaban su confianza. Inaudito.
Era alguien leal, noble, puro. Y se alegraba de ser parte de ese círculo en el que el rubio lo tenía considerado.
Seguramente su - fallecido - padre estaría orgulloso del hombre en el que se está convirtiendo.
En contraparte, la hermana era una antagónica, era como ver los dos lados de un espejo.
Aunque uno se daba a querer desde el minuto uno; la otra parecía que de hecho buscaba tomar distancia de todos.
Sin embargo, todas sus sarcásticas respuestas no eran impedimento para descubrir su verdadera naturaleza.
Nadie que tuviera un chakra tan precioso podría ser realmente malvado jamás.
Sakura era una guardiana en efecto. No sólo resguardaba a Naruto, cuidaba el uso de su preciado Ninshū, lo cual lo mostraba a muy pocas personas, como si no le gustara ser exhibida.
Lo sintió hace un tiempo, cuando ella tomo sus manos y llenándolas de calidez, hizo cerrar sus ojos y le mostro una forma de vida distinta.
Le mostro por primera vez un mundo donde pudo respirar con la totalidad de su alma en el pacifismo. Completa e incomparable paz.
La misma paz que desea compartir con todos. La paz que tanto ha anhelado. Su Heiwa.
Tiene mucho que investigar de ellos ciertamente, ahora que sabe quién es su famoso Otousan, ha encendido y levantado toda señal detectivesca que tiene – le causa horror que no se siente amenazado sino intrigado con esta nueva entrega y, que, de hecho, el hombre es agradable misteriosamente – como porque no se mudaron con él desde un inicio, y sabe que todo tiene que ver con Sakura. No sabe cómo, pero es su instinto el que le grita que fue por causa de ella. El hecho de que el propio B-san la interrogue constantemente sobre que esta pensando, le dice a Itachi que nada en el último año ha sido casualidad.
Tiene una entrevista con el señor feudal de Yugakure la siguiente semana justamente para indagar un poco más.
De cualquier manera, es una investigación que no afectara su estrategia.
Y así, viendo como ambos hermanos disfrutan jugar y bailar bajo el ritmo de una música pagana junto a un mítico bakeneko salpicado de leche en sus largos bigotes, y dos shinobi de Kumogakure maquillados como salvajes, ha decidido integrarlos a sus planes.
Ellos han experimentado lo que es vivir en calma y en total sosiego, conviviendo con agraciada tranquilidad con otros a su alrededor a pesar de sus enormes habilidades, y si ellos pueden, podrán mostrarle cómo a los demás como hacerlo.
Su búsqueda por la amada Heiwa – paz – estaba cada vez más cerca.
Irónico, se dice a si mismo, que quienes les ayuden en su ambicioso plan a demostrar que es la paz sean un demonio y una bruja.
