MAD WORLD

-Locura-

¿Cómo jamás lo pensó?

Había prometido vivir, pero nunca prometió conservar sus ojos.

Si, así se acabaría.

Así dejaría de sentir.

Así dejaría ese infierno, esa asquerosa vida, ese martirio de existencia.

Solo tenía que enterrar la cuchilla en sus ojos y listo. Ya no tendría que temer. No mataría nunca más, no mataría a nadie que quisiera, y al final, su debilidad la llevaría a la muerte. No sentiría culpa por suicidarse y dejar sola a su hermana, simplemente moriría, nada más, ya sea por la infección o por casualidad.

Era un magnifico plan.

¿Como no se le ocurrió antes?

Era el plan perfecto, así, todos sus problemas se acabarían.

"Ruby."

La voz de Weiss resonó fuertemente en el eco de las frías paredes, e instintivamente la observó a los ojos, haciéndose esa especie de costumbre cada vez que veía a la reina.

Eran sus reflejos, sus instintos de supervivencia.

Mirarla, le garantizaría la vida, porque debía vivir, sobrevivir, siempre.

Oh.

Siempre que miraba a esos ojos vacíos se sentía en calma. Eran los únicos ojos a los que podía mirar sin sentirse arrastrada por el caos. Podía sentir la suficiente nada, para tener su propio todo en calma.

Controlado.

En su justa medida, tal y como debía ser.

Era una sensación incierta, pero luego de lo que había pasado, era un alivio.

La cuchilla cayo de sus manos al instante.

Sentía su mano arder, pero no importaba.

Todo estaba claro.

Su mente estaba finalmente en paz.

"Levantate, alguien revisará tu herida."

Vio a la mujer caminando hasta su trono en lo más profundo del gran salón, y ahí se sentó. Se removió, levantándose, y notó la marca que dejó en el suelo, una huella de su mano.

Se sentía impotente.

No pudo controlarse, no pudo evitar tomar el arma, no pudo evitar el querer asesinarla.

Por un momento sintió un genuino deseo de matarla, satisfacción absoluta. Ahora entendía como a su hermana le era tan complicado mantenerse quieta sin lastimar a alguien para darse placer a sí misma, como de imposible era el que no hiciese daño alguno. Era ese impulso, era fiereza, ese calor que era imposible de resistir. Sobre todo, a ella, a quien Yang, al final del día, odiaba.

Y ahora lo sentía en primera persona, aquel sentir.

Era agobiante.

Sintió las piernas débiles, temblorosas, y las sentía arder, como sentía ardiendo el resto de su cuerpo. Era el calor en sus venas, la ira bombeando con fuerza, los vestigios de aquel momento frescos en su memoria, tal y como aquella vez, cuando sintió el rencor ajeno en sus venas, palpitando, sin detenerse hasta que la muerte llegase.

Hasta sentir el placer de la muerte.

La hubiese matado, sí.

Hubiese matado a su hermana, la hubiese desmembrado, y quien sabe que otra barbaridad hubiese hecho. Yang era así, su ira llegaba a un punto completamente retorcido, y ella misma, de por si era retorcida, y ambas existencias en su cuerpo eran insoportables.

Su pecado habría sido aún mayor que el pecado de Yang.

Se quedó de pie, detenida, mirando hacia las puertas, notando el camino de sangre que quedó, el camino de sangre que Yang dejó. Pero ya estaba hecho. Al menos, no había llegado lejos. Era reversible el daño, no alcanzó a pasar el umbral de la muerte.

La reina no lo permitió.

La buscó con la mirada, esta aun en su trono, inerte, sus ojos atentos, fijos en ella, esperándola, y sabía que, si no se movía, la muerte llegaría, y sería para ella, la reina perdiendo la paciencia. Finalmente caminó hacia la mujer, logrando retomar su mueca usual mientras apretaba el puño, intentando que la acción evitase que más sangre saliese de la herida. Weiss le señaló uno de los pequeños asientos a los lados del trono, al parecer, para lo que era la familia del rey, familia que ya no existía.

La familia asesinada.

Se sentía extraño el sentarse ahí, donde los fantasmas debían de estar, se sentía como si estuviese profanando una tumba.

Un pecado más a su lista.

Se quejó de la reina, de cómo mató a su familia a sangre fría, y ella misma, hace solo segundos, estaba hirviendo en deseo de ver a su hermana malherida, muerta. Era incluso peor de lo que la reina hizo, aún más violento, sanguinario, desagradable. Solo placer animalesco, placentero, nada más.

Se sentó ahí, en silencio, sin saber que más decir en esa incomoda situación en la que se había metido, ni la reina decía nada más. No pasó mucho para que la servidumbre hiciese su entrada, de la forma más respetuosa y apresurada que eran capaces, y de inmediato empezaron a limpiar el desastre, con baldes de agua y mopas.

Ella debía estar ahí, limpiando el caos que ocasionó.

Pero Weiss ya le había perdonado muchos impulsos para seguir tentando al destino.

Una de las mujeres traía un maletín, al parecer para tratar su herida. Esta se acercó, haciendo una reverencia, y luego se arrodilló frente a ella, mientras abría el maletín. Podía notar de reojo como la chica era bastante joven y le quitó el guante con más cuidado del que merecía. Era una asesina, no merecía tal trato. Solo bastaba una pizca más de locura y la asesinaría, asesinaría a cualquiera, si iba a matar a su hermana, mataría a todos, a absolutamente todos.

Se distrajo mirando su propia herida, como poco a poco la mujer iba enterrando una aguja en su carne, cerrando el corte, luego aplicó un líquido de un frasco, el no dolió, así que asumió que podía ser solo agua, o tal vez, algún tipo de receta casera propia del reino. Cada reino tenía sus secretos y sus remedios, lo sabía.

A sus quemaduras le aplicaron unas hojas de aspecto horrendo, pero eso ayudó, evitó que se infectase, evitó que las cicatrices quedaran peor de lo que eran, y estaba agradecida por el trato que recibió en ese entonces, más por lástima que por respeto. Ellos debieron matarla, debieron obligarla a mirarlos a los ojos, a destruir a ese fenómeno que yacía tirado en el suelo, con la carne derritiéndose, pero no, decidieron ayudarla. Al final, había matado a alguien que ocasionaba daño, así que había sido una heroína para aquel pequeño lugar, pero lo que había hecho y quien era, solo les hacía temer.

Le impresionaba siquiera que hubiesen tenido la valentía para acercarse a su cuerpo descompuesto.

La servidumbre se retiró cuando su herida fue vendada y el piso estaba reluciente.

Luego hubo silencio.

No supo que decir, no sabía si debía decir algo o no. ¿Pedir perdón? ¿Agradecer? No creía que hubiese palabras suficientes para expresar la gratitud que sentía.

A pesar de llegar ahí, temiendo, sintiéndose insegura de ver a aquella mujer, de enfrentarse a la reina, creyendo que la asesina a sangre fría la mataría de la manera más horrenda y vendería sus ojos por monedas, esta terminó tratándola con más respeto que muchos.

Su viaje no era extenso, por el contrario, a pesar de su edad, había evitado salir lo más posible de su isla, evitando encontrarse con Salem, o con cualquier otro que desease sus ojos, y no solo eso, si no que evitaba acercarse a cualquier persona, sabiendo lo que sus ojos eran capaces de hacer.

El universo le había demostrado que cada vez que salía, una desgracia ocurría.

Siempre que salía de su lugar seguro, terminaba con sangre en las manos.

Con una herida más en el cuerpo.

Ningún lugar era seguro, y el mundo era demasiado peligroso para cualquiera, sobre todo para alguien como ella, con esa maldición a cuestas.

"No me imaginé que los ojos plateados serían así."

La reina no la miraba cuando habló, sus ojos estaban analizando el suelo, como si buscase el más mínimo error en el trabajo, y luego, al no encontrar nada, se giró para mirarla a los ojos.

Una sola mancha, un solo error, significaba la muerte.

Asintió en respuesta, agotada, sintiendo su propia sonrisa vacilar ante el cansancio, sus venas aun sintiéndose cálidas, hinchadas alrededor de su cuerpo, y ya quería que aquello acabase.

Muchos sabían sobre sus ojos, pero no todos los habían visto en acción, al final, su tipo había sido empujado cerca de la extinción. La reina la conoció en la normalidad, como viajó a un reino peligroso para buscar a su hermana, arriesgando su vida, pero ahora, de un segundo a otro, quiso matar a dicha hermana, sin siquiera dudar.

Pasó del amor al odio en un parpadeo.

Y de verdad quería a su hermana, incluso ante la responsabilidad que su madre le puso en sus hombros, aunque sabía que ese amor no era correspondido.

Nadie querría a un ser como ella, a un engendro de la naturaleza.

"Hay muchos tipos de sentimientos como personas en el mundo. Algunos son inofensivos, y otros no. La ira de Yang es particularmente peligrosa, Yang en si es particularmente peligrosa. Ni siquiera tengo que mirarla directamente para sentirme sofocada e influenciada por esta."

Era agobiante, sin duda.

Tantos años con Yang, criándose juntas, viviendo juntas, debía hacer más fácil el canalizar los sentimientos ajenos, pero solo era una teoría más de muchas. O quizás, esta tenía ese poder, esa influencia, para lograr llegar a cualquiera. Tal vez, cualquiera que tuviese los ojos plateados, con solo estar cerca de Yang, explotaría.

La locura embargándolos con solo respirar el mismo aire, sentir aquel calor.

No lo sabía, ni creía algún día saberlo.

Notó curiosidad en la mirada de la reina, casi imperceptible, pero ella, teniendo esa habilidad, lo sabía, lo sentía.

"Sé que sientes los sentimientos ajenos, que se meten en tu cuerpo, que los haces tuyos, pero ¿Puedes distinguir cada uno de estos al mirar a alguien?"

Eran cosas diferentes; Sentirlo y reconocerlo.

Al principio, no. Era difícil, pero con el tiempo, comenzó a clasificarlos sin problema, su madre enseñándole durante sus primeros años, dándole información suficiente. Usualmente, los sentimientos pequeños, inofensivos, podía tomarse el tiempo para descifrarlos, como la misma curiosidad de la reina a quien ahora miraba.

Asintió, pero el rostro curioso de la reina no cambió.

Aún tenía una pregunta.

"Blake Belladonna, sé que te enfrentaste a ella, ¿Lograste descubrir alguno de estos?"

Oh, esa era una pregunta interesante.

No tenía idea si la mujer preguntaba por curiosidad personal o estaba ayudándola a despejar su mente de su hermana, como sea, funcionó.

Para cegar a la gata, tuvo que mirarla, y por supuesto que lo hizo porque sabía que se trataba de un animal, y era difícil correr peligro con su raza, ya lo había puesto a prueba antes, en otro reino animal, un reino conquistado como en el que estaba ahora. Los conocía bastante bien considerando el poco tiempo que estuvo ahí.

Le pasó igual que antes, por supuesto. Los animales eran parecidos, sobre todo los colonizados por la humanidad, que tuvieron que lidiar con sus reglas, con la esclavitud, con el egoísmo humano, convirtiéndose en juguetes, y en ese mundo, siempre le sorprendía como las cosas avanzaban. La gata no fue diferente, así que lo notó, ese placer, no de matar como el que reconocía tan bien en su hermana, viviéndolo en su propia carne, si no que se trataba del placer de morir.

El placer de sentir.

Aquel sentir no le perturbaba tanto como otros sentimientos, porque se trataba de querer sentir dolor en el cuerpo, era más un deseo que otra cosa, pero no se podía hacer nada para satisfacerlo por uno mismo, no era lo mismo, no ayudaba, no lo fomentaba.

Lo único que querían era que alguien más los lastimase, como los animales que eran, estando en su genética años de esclavitud.

Cuando sufres daño físico, y sientes dolor, te sientes vivo, sabes que estás vivo, y la sobrevivencia no es nada más que seguir vivo ante un sufrimiento permanente.

"¿Quiere que le de mi teoría?"

Weiss asintió, interesada.

Probablemente la reina no lo supiese, al ser esta la que tenía el privilegio sobre quienes eran esclavizados, el privilegio sobre los seres inferiores que eran los animales, pero por su parte, podía ver dentro de sus cabezas, sentirlos dentro de sus venas. Entendía la curiosidad de la reina, sobre todo al tener a un animal leal a la corona como lo era la gata, algo anti natural, y estando ahí, sobre su trono, en su reino, tampoco tenía la oportunidad de ver los comportamientos de otros animales.

"No puedo comprender del todo aquel sentimiento, pero sé que tiene sus raíces, una de ellas es la misma genética, heredado ante los años de esclavitud, obligándolos a seguir el mismo patrón del pasado, incluso aunque no lo quieran, y luego está la misma sobrevivencia; He visto y sabido de animales que han sido atacados desde cachorros, pero no un ataque físico directo, más bien, un ataque de indiferencia. Sus dueños y captores los hacen sentir insignificantes como meros insectos."

¿Siquiera la misma gata podía comprender su propio sentir? ¿La causa de este? ¿Estaba ahí, trabajando bajo la mano dura de la reina por honesta lealtad o por su misma genética, por su propio placer? Le gustaría entender eso, o más bien, a sus ojos le gustaría, el poder llevar a la gata al extremo, y poder distinguir cada extremo de su personalidad, pero no tenía la capacidad para hacerlo, para lastimar a alguien, nunca haría algo semejante.

No por su propio mérito.

Y preguntarle, eso haría que la gata se enojase con ella, pero no podía perderla como aliada, aunque alianza no era nada más que una moneda de cambio, sin lealtad alguna. Y necesitaba al menos neutralidad, así la gata mantendría a su hermana contenta, libre de problemas, pagando su condena en silencio.

Así que solo podía teorizar.

"Cuando estos animales que viven sintiéndose insignificantes, sin vida, están en una situación de peligro, sintiendo dolor o penurias, cuando están en riesgo, se sienten vivos. Tienen a flor de piel el instinto más básico de sobrevivencia y eso les permite sentirse como jamás se han sentido. Si la gata está bajo las órdenes de una reina como usted, si acepta ser su mascota, claramente es para satisfacer aquella necesidad. Hacerla sentir en el filo del peligro debe darle un propósito, pero de nuevo, solo es una teoría."

Realmente pensó que era una masoquista, y probablemente lo era, a un nivel más que instintivo.

Le parecía impresionante lo retorcidas que eran las personas en ese mundo, cada día encontraba a alguien más retorcido que el anterior. Sentimientos tan extraños, tan dañinos, estaban a flor de piel, y era difícil huir de malas situaciones si se encontraba con cada loco que la volvía a ella aún más loca.

Al menos la retorcida de la reina, carecía de sentir, o su cabeza estaría empalada en medio de la plaza pública por cometer quien sabe qué barbaridad, y se merecería aquel castigo.

Soltó un suspiro, aliviada.

Se volvió a poner el guante sobre su mano vendada. Era la derecha, era su mano buena, la que no estaba quemada, y ahora le pasaba el tener una enorme cicatriz en la palma. ¿Cuántas heridas más tendría de ahora en adelante? Cada día estando ahí afuera, era un peligro, para los demás y para sí misma.

Se vio moviendo los dedos, asegurándose que aun tuviese movilidad.

Al menos ya se sentía más en calma, esos ojos llenos de nada la hacían preservar su conciencia de un modo u otro, y usar su cabeza, la hacía concentrarse, dejar la locura y permanecer en el lado más lógico de su cabeza, que normalmente yacía nublada.

Los pocos días que llevaba ahí, se había sentido más lucida que durante todos esos años, y debía de agradecérselo a la reina.

La reina parecía pensativa, sus ojos sin mirarla del todo. Su mente en otro lado. Notó como esta movió una mano, pasándola por la enorme cicatriz sobre su ojo. Parecía intentar recordar aquel día en el que consiguió esa herida, y se vio conteniendo el impulso de llevar sus dedos a la herida, palparla, intentar descubrir algo tras esta, los vestigios del pasado, de los sentimientos que lo causaron, no le importaba de quien fuesen esas emociones, pero quería sentir más, lo que fuese.

Cerró los ojos un momento, volviendo a centrarse.

"Ni siquiera en ese momento sentí algo."

Le sorprendió la declaración, pero no le sorprendió al mismo tiempo.

Si, se sintió un poco decepcionante.

Probablemente no sentiría mucho si la tocaba.

Ya había deducido que esta mató a su familia, sin ser guiada por ningún sentimiento, solo por lo lógico que era el hacerlo, el quedarse con el reino, sabiendo que ella haría un mejor trabajo que el resto de su familia, así que debían desaparecer por ser unos inoperantes. Tal vez Weiss buscaba una conexión, algo en común con Blake, pero al no sentir nada ante el dolor, ante el miedo, entonces significaba que no era el mismo caso. Lo que sea que le ocurrió durante su vida, no tenía nada que ver con lo que los animales sufrieron, al menos no de la misma forma.

¿Pero qué?

Se moría por saberlo.

Se vio riendo, y lamentó el haberlo hecho, pero la mujer no pareció enojada con su desplante, parecía ya acostumbrada a su locura, a tener esos momentos donde perdía la claridad, y así vivía cada día, perdiendo la claridad.

Estaba ardiendo por dentro, el deseo, el caos consumiéndola.

Como deseaba viajar en el tiempo, ver a esa reina, a esa niña que fue alguna vez, y poder consumir cada uno de sus sentimientos, los más puros, los más inocentes, antes de que lo que sea que le ocurriese la hiciese cambiar drásticamente.

Como quería romperla desde su más pura infancia.

Lo deseaba.

Quería descubrirlo, y tal vez tendría tiempo para hacerlo. De todas formas, ahora estaba ligada a ese reino, quisiera o no. Debía pagar por los pecados ajenos, y ser la guerrera que la reina quería que fuese. Ser su peón, su juguete, y era lo que debía hacer, estaría segura ahí de otras personas, la reina protegiendo a un soldado valioso, y a la vez garantizando la seguridad de su hermana.

Iba a ganar y a perder por igual.

Pero por ahora, la idea le causaba emoción.

Quizás podría ver algo en esta, el verla llegar al límite, el estar tan cerca que en cualquier momento podría ver su máscara romperse y la niña aquella saldría, su pasado y con este todas las emociones que reprimió.

Por más mínimo que sea.

Quería ver su locura.