Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del señor Himaruya.
Capítulo 11: Caminos separados
Mi madre se apartó hacia un lado permitiéndome entrar al interior de la casa. Hacía fresco allí dentro, o bien podía ser que la temperatura hubiese descendido por la gélida mirada que me estaba dedicando mi querida progenitora.
―¡Qué raro que hoy no te acompañe tu amiguito especial! ―dijo con cierto retintín―. ¿Lo has dejado mendigando por las calles como el otro día?
―No, hoy no toca. Con todo lo que sacamos en Nápoles tenemos para aguantar varios días sin salir.
―Dios santo ―cerró los ojos y se agarró el puente de la nariz con dos dedos―, espero que no estés hablando en serio.
―Claro que es en serio. Salimos a tocar a menudo, sobre todo en el paseo marítimo de nuestra ciudad. ¿Cómo crees que Antonio consiguió tan rápido el dinero para montar la guardería? No te imaginas las propinas que ganamos.
No era del todo cierto lo que estaba diciendo, aunque sí que Antonio y yo habíamos ido algunas veces a tocar al paseo marítimo, pero no tan asiduamente y sólo porque el muy bastardo me había obligado (me lo había suplicado hasta el aburrimiento). En realidad sólo pretendía fastidiar a mi madre, y estaba resultando tan divertido como satisfactorio.
―En España… en España da igual, bueno, no da igual, pero ¡¿en Nápoles?! ―exclamó enfadada―. Podría haberte visto algún conocido.
―¿Quién demonios me conoce en Nápoles?
―¡Te recuerdo que tenemos familiares allí!
―Familiares a los que llevo sin ver por lo menos veinte años, joder, ¿cómo demonios crees que me iban a reconocer?
―Porque yo sí los he visto y les he enseñado fotos tuyas, ¡te pueden reconocer perfectamente!
―¡Wow! No sé qué me sorprende más: que hayas hablado de mí mencionando que soy tu hijo o que tus familiares sean capaces de reconocerme en Nápoles entre tres millones de habitantes y miles de turistas, ¡menudo ojo deben tener!
―¡No seas impertinente! ¡Podría haber ocurrido perfectamente! ―y seguía en sus trece, erre que erre. Rodé los ojos, hastiado―. En fin, ¿a qué has venido?
―A que me des la receta de la pasta que preparaste para cenar el otro día, Antonio no para de pedirme que se la prepare desde entonces.
El gesto de incredulidad en la cara de mi madre no tenía precio. Me costó contener la risa.
―¿De verdad?
―No, joder ―corté la broma, no tenía mucho tiempo―, vengo a hablar con Feliciano, ¿dónde está?
―¿A esta hora? Acostado todavía ―cierto que aún era temprano―. El pobrecito mío está fatal: se encerró en su habitación desde que llegó, no quería salir, no quería hablar con nadie, no paraba de llorar y encima apenas si probó bocado en todo el día. ¡¿Por qué demonios has permitido que llegara a esta situación?!
―¿Qué culpa tengo yo de que Feliciano y el patatero hayan roto?
―¡Deberías haber cuidado de tu hermano para que no se relacionara con la gente equivocada! Pero claro, seguramente estarías demasiado ocupado con tu queridísimo novio como para impedir que Feliciano se metiera con quien no debía.
Cómo no, culpa mía todo lo malo que le pudiera haber pasado alguna vez a mi hermano.
―¡Como si yo hubiese podido hacer algo al respecto, joder! ―exclamé enfadado―. Mira, mamá, Feliciano siempre se ha relacionado con quien le ha dado la real gana, me gustara a mí o no. Además, que sepas que él empezó a salir con el patatero antes que yo con Antonio.
―En fin, ¡qué más da! Lo hecho, hecho está, ya no hay remedio ―zanjó el tema―. Lo único bueno que sale de todo esto es que Feliciano ha decidido quedarse aquí y no regresar a España.
―¡¿QUÉÉÉÉÉÉÉÉ?!
La noticia me cayó como un jarro de agua helada.
Dejé a mi madre y salí corriendo escaleras arriba como alma que lleva el diablo hacia la habitación de Feliciano. Ni siquiera toqué a la puerta, me colé dentro y cerré de un portazo. Mi hermano dormía tan profundamente que ni se inmutó por mi repentina entrada.
―Feliciano ―lo llamé―, ¡despierta!
Mi hermano apenas se revolvió un poco y balbuceó palabras sin sentido, pero siguió durmiendo como si nada.
Levanté la persiana hasta arriba, al más puro estilo de mi madre, y zarandeé el cuerpo de Feliciano, que se había protegido de la intensa luz que entraba por la ventana tapándose la cabeza con la almohada. Ganas no me faltaron de quitársela y golpearlo con ella para que se despertara, aunque mis zarandeos ya lo habían logrado.
―Vee… fratello? ―preguntó extrañado mientras se incorporaba sobre el respaldo de la cama frotándose los ojos, que estaban enrojecidos e hinchados―. ¿Qué estás haciendo aquí?
―¿Tú qué crees? ―dije sentándome en la cama―. He venido a hablar contigo.
―¿De qué?
―De varias cosas. Pero primero tenemos que terminar la conversación que dejamos a medias antes de anoche.
―¿Dejamos a medias una conversación?
―Sí, cuando me acusaste de cosas que NO SON y me echaste de tu habitación sin darme la oportunidad de aclarar nada, ¿recuerdas?
A Feliciano le tembló el labio inferior.
―Me dolió bastante lo que me dijiste, ¿sabes? ―le recriminé sin mirarlo―. Es cierto que el patatero nunca ha sido santo de mi devoción, pero eso no significa que quisiera que rompierais. De hecho NO me alegro de vuestra ruptura, ¿cómo pudiste pensar lo contrario? ¿Tan mala imagen tienes de mí? ―volví la vista hacia Feliciano, que hacía pucheros y me miraba con los ojos cargados de lágrimas―. ¿Acaso crees que me gusta verte así de triste y mal como estás ahora o como estabas la otra noche?
―Vee… no… yo…yo… lo sientoooooo…
Feliciano se echó sobre mí llorando desconsolado mientras me pedía perdón.
―Te… Te juro que… que no pienso… así… de ti ―dijo separándose un poco de mí, pero sin parar la llantina―. E-Es sólo que… que… la otra noche estaba… estaba… enfadado y… y frustrado y… y… lo pagué con-contigo…
―No seré yo precisamente quien te recrimine por eso, pero entonces ¿por qué no me contaste que te iba mal con el patatero?
―P-Porque… estaba hecho un lío y… tenía miedo de… de que te enfadaras y fueras a encararte con Ludwig y… y reclamarle…
―Ganas de hacerlo no me faltaron, pero…
Me interrumpí porque la puerta se abrió de repente y mi madre apareció por ella con una bandeja con café y tostadas.
―Feli, cielo, te he traído el desayuno ―dijo mi madre sonriente antes de posar su mirada sobre mi hermano, que se separó de mí limpiándose las lágrimas de la cara. Mi madre cambió el gesto a uno de enfado y me miró a mí―. ¡Lovino! ¿Qué le estabas haciendo a tu hermano?
Resoplé molesto y rodé los ojos.
―Na-Nada, mamá ―respondió Feliciano―, estoy bien.
―Sólo estábamos hablando.
Dejó la bandeja sobre las piernas de Feliciano, que le dio las gracias y le sonrió. Ella le hizo una caricia en el pelo.
―Ya podrías haberme traído un café a mí también por lo menos ―dije cruzándome de brazos―, menuda forma de tratar a las visitas.
―Tú no eres una visita.
Se dio media vuelta encaminándose a la puerta. Me puse de pie de un salto.
―¡Lo soy desde que me echaste hace tres años!
Cerró la puerta tras de sí de un portazo sin molestarse en mirarme. Gruñendo, volví a sentarme sobre la cama.
―¿Quieres? ―dijo Feliciano acercándome la bandeja.
―No, gracias, ya he desayunado. Sólo trataba de molestarla con lo del café ―suspiré―. En fin, ella sí que se alegra de tu ruptura con el patatero, sobre todo teniendo en cuenta que dice que no piensas regresar a España, ¿es verdad?
Feliciano agachó la cabeza y asintió débilmente. De nuevo la sensación de que se me helaba el cuerpo.
―Y… ¿estás seguro de querer hacerlo?
―Sí. Necesito tomar distancia y creo que esto es lo mejor ―respondió todavía con la cabeza gacha―. Lo estuve meditando ayer durante todo el día hasta que tomé la decisión.
―Hay otras formas de tomar distancia, joder, no tienes por qué hacerlo literalmente.
Feliciano levantó la cabeza y esbozó una sonrisa triste.
―Ya lo intenté, pero fui incapaz de conseguirlo. Al final acababa irremediablemente buscando a Ludwig, a pesar de que lo nuestro no hacía más que empeorar. Soy muy débil en ese sentido.
―Pero eso era porque creías que vuestra relación tenía arreglo, de hecho ¿no crees que exista ni siquiera una remota posibilidad de poder arreglarlo con él?
―Si existe, no es en este momento.
―¡Pero si erais la maldita pareja perfecta!
―Vee… las parejas perfectas no existen, fratello, todo el mundo tiene sus más y sus menos ―joder, qué comentario tan realista y alejado de la actitud siempre soñadora y fantasiosa de mi hermano―. Ahora tengo que aprender a estar sin Ludwig, no podemos seguir haciéndonos daño, no me gustaría acabar perdiendo incluso su amistad. Por eso debo quedarme aquí.
―¿Lo… Lo sabe el abuelo?
―No. Sólo se lo he dicho a papá y mamá.
―Si lo sabe papá puedes estar seguro de que el abuelo ya está enterado. Ha ido a la oficina esta mañana.
―Vee… Oh, vaya… Bueno, ya se lo explicaré…
―¿Y piensas contárselo a Ludwig?
―¿Ludwig? ―preguntó Feliciano con sorpresa―. ¿Desde cuándo Ludwig ha dejado de ser "el patatero" o "macho patatas" para ti?
―¿Y qué más da cómo lo llame?
―Vee… Es que es la primera vez que utilizas su nombre, al menos que yo recuerde…
―Tuvimos una larga conversación anoche.
―¿Tú? ―se sorprendió, otra vez―. ¿Una conversación con Ludwig?
Asentí hastiado.
―¿Y de qué hablasteis?
―De si la Merkel se mudará a Mallorca cuando se jubile.
La expresión boquiabierta de mi hermano era muy cómica. El muy idiota era demasiado crédulo.
―En serio, Feliciano, te crees cualquier cosa. ¿De qué demonios íbamos a hablar? Pues de ti y de lo vuestro, joder.
―Vee… Ah, claro…
―¿Entonces? ¿Piensas contárselo o no?
―No… No lo sé… se enterará igualmente.
―Joder ―suspiré―. ¿Y no crees que sería mejor que se lo dijeras tú? ¿No crees que al menos deberíais despediros en condiciones y sin malos rollos entre vosotros?
―¿Y de qué serviría?
―Quieres conservar tu amistad con el patatero, ¿no? Separaros de mal rollo puede acabar creando resentimientos y tú no quieres estar a malas con él, ¿verdad?
―Vee… ¡Claro que no!
―Él tampoco quiere estar a malas contigo.
―Pero entonces, ¿por qué no ha tratado de comunicarse conmigo para aclarar eso?
―Porque ha asumido que tú no quieres verlo ni hablar de nada al respecto con él, que por eso te marchaste de casa del abuelo y te refugiaste aquí. Y, por mucho que me joda, tengo que darle la razón.
―Vee… es cierto: soy yo el que tiene que dar el paso e ir a buscarlo.
―¡Genial! ―exclamé poniéndome de pie―. Pues date prisa, vístete y vamos.
―¿Ahora? Pero necesito meditar bien lo que le voy a decir. Mejor mañana o…
―Feliciano, no puede ser mañana ni otro día: el patatero se marcha para España en unas horas.
―¿Cómo? Pero si su vuelo de vuelta era para el domingo, igual que el mío.
―Obviamente lo ha cambiado.
―Pero ¿por qué?
―Porque vino a Roma para arreglar vuestra relación y habéis acabado rompiendo, ¿para qué demonios se iba a quedar?
Feliciano se quedó en silencio con la cabeza gacha, triste. Le di un par de minutos de reflexión mientras yo comprobaba si tenía notificaciones en el teléfono. Antonio me había llamado un par de veces (mi móvil estaba en silencio) y me había escrito un mensaje hacía apenas diez minutos informándome de que se marchaban hacia el aeropuerto de Fiumicino.
―¡Venga, Feliciano! ―le apremié―. ¡Vístete y vámonos!
Como activado por un resorte, Feliciano salió de su ensoñación. Corrió hacia el armario, sacó ropa y se fue al cuarto de baño a… ¡ducharse! (escuché el agua de la ducha correr). Joder, con el poco tiempo del que disponíamos y ¡se mete en la puta ducha! Le grité varias veces que teníamos prisa y que se apresurara o entraría a por él.
―¿Qué es lo que te corre tanta prisa?
Di un bote al escuchar a mi madre a mi espalda. Sin duda, había sido atraída por mis gritos.
―¡Joder, qué susto! ―dije llevándome una mano al pecho―. ¡No aparezcas por detrás sin avisar!
―¿Por qué le metes prisa a tu hermano?
―Por cosas nuestras.
―Espero que no estés tramando algo para que Feliciano regrese a España, porque de ser así te juro que te…
―¡Ya estoy! ―apareció Feliciano por la puerta del baño. Genial, sólo había tardado diez minutos, un auténtico récord para él (siempre tardaba más de media hora en ducharse y vestirse)―. ¡Vamos!
―¿A dónde vais? ―preguntó mi madre, que nos miraba inquisitiva.
―A…
―¡A dar un paseo! ―intervine antes de que Feliciano respondiera―. ¡Adiós!
Agarré a mi hermano de la muñeca y lo arrastré corriendo escaleras abajo hasta la calle. Mi madre nos gritó algo que no llegué a escuchar conforme bajábamos, pero no teníamos tiempo para entretenernos más con ella.
―¡Espera, fratello! ―Feliciano se detuvo en seco liberándose de mi agarre. Me giré hacia él―. Tengo que preguntarte algo.
―¿El qué?
―¿Por qué estás haciendo todo esto?
―Primero porque considero que debéis despediros en condiciones y segundo para demostrarte que nunca estuve en contra de tu relación con el patatero, aunque no me cayera bien.
Me giré para continuar caminando hacia la vespa. Feliciano se echó sobre mi espalda, abrazándome estrechamente.
―Muchas gracias, Lovino ―dijo en mi oreja―. Eres el mejor hermano del mundo.
Sonreí ligeramente y acaricié la mano que estaba sobre mi pecho. Joder, cómo iba a extrañar a ese idiota.
Pusimos rumbo al aeropuerto a toda velocidad sorteando el intenso tráfico. Creo que batimos algún récord porque tardamos como media hora en llegar, suerte que no nos topamos con la policía por el camino.
Aparqué la vespa lo más cerca posible de la entrada a la terminal y corrimos hacia el interior. Miramos los paneles de información y nos dirigimos al mostrador de facturación en el que tendría que estar el patatero, pero no lo encontramos. Joder, es un maldito rubio musculoso de metro ochenta, ¡debería ser fácil de ver a lo lejos! A los que sí vimos fueron al abuelo, Antonio, Heracles y Kiku, que estaban justo delante de la entrada al control policial. Llegamos a ellos casi sin aliento.
―¿Chicos? ―se sorprendió el abuelo―. ¿Qué…?
―¿Dónde… está…?
Mientras trataba de recuperar el aliento, levanté la cabeza y localicé al patatero, que hacía cola para pasar el control policial. Agarré la mano de Feliciano y de nuevo a correr.
―¡Luddy! ―gritó Feliciano haciéndole señas.
―¡Ludwig! ―grité yo―. ¡Patatero!
―¡LUDDY!
Por fin el macho patatas se percató de nuestra presencia, salió de la fila y dio encuentro a Feliciano. Me quedé alejado de ellos unos metros con los demás, que se nos unieron en la carrera.
―Feliciano, ¿qué…?
―¿Ibas a marcharte sin despedirte de mí?
―Pe-Pensé que no querías verme ni ―suspiró―… Lo siento, sólo pretendía no molestarte.
―Vee… Lo sé. He de decirte que yo también lo siento: siento que te tomaras la molestia de venir hasta aquí para arreglar nuestra relación y… y que al final… todo… todo… se haya ido al traste…
A Feliciano se le quebró la voz. Se mordió el labio y tembló. Era increíble contemplar cómo aguantaba las ganas de echarse a llorar, a pesar de que sus ojos se iban llenando de lágrimas. El patatero llevó una mano a su hombro, dándole un ligero apretón.
―No me arrepiento de haber venido ―dijo el alemán―. Valía la pena hacer un último esfuerzo por tratar de arreglar lo nuestro. Lástima que haya sido en vano.
―Te agradezco el esfuerzo…
―Aun así considero que nuestra decisión de separarnos es la correcta.
―Sí, yo también lo creo ―dijo Feliciano asintiendo repetidas veces―. Por eso he decidido que no voy a regresar a España.
Mientras que el abuelo no se coscó por la noticia, señal de que ya estaba enterado, Antonio, Heracles y Kiku gritaron sorprendidos:
―¡¿QUÉ?!
Les chisté para que no armaran escándalo, habían provocado que Feliciano y el patatero desviaran sus miradas hacia nosotros. Los tres trataron de disimular, pero lo hacían fatal.
―Entonces ―dijo el patatero retomando la conversación―… decías que no ibas a regresar a España
―Vee… así es. Me quedaré aquí en Roma con mis padres.
―¿Mucho tiempo?
―Indefinidamente. Creo que es lo mejor para mí… para nosotros… para que podamos seguir adelante. No quería que te fueras sin que lo supieras.
―Muchas gracias por tu consideración.
―¿Te… Te parece bien?
―Es tu decisión, Feliciano. Si piensas que eso es lo mejor o lo que necesitas, me parece correcto.
Mi hermano se mordió el labio, pero no pudo retener por más tiempo las lágrimas. El macho patatas le dedicó una pequeña sonrisa y llevó una mano a su cara, acariciándole la barbilla. Feliciano alzó los brazos y se colgó de su cuello, como solía hacer. El patatero rodeó su cintura estrechándolo entre sus brazos.
Se mantuvieron abrazados varios minutos durante los que se dijeron cosas al oído, de vez en cuando uno de los dos asentía. Al separarse, unieron sus labios en un beso y se dedicaron una triste sonrisa el uno al otro.
―Arrivederci, Ludwig.
―Auf wiedersehen, Feliciano.
El macho patatas dirigió la vista hacia nosotros y se despidió agitando el brazo. Agarró el asa de su maleta y se encaminó de nuevo al control policial. Feliciano se quedó observando cómo se alejaba hasta que desapareció entre la multitud que se agolpaba en las diferentes colas.
Esperamos a que Feliciano se diera la vuelta y se reuniera con nosotros. Vino cabizbajo y frotándose los ojos, luego levantó la cara mostrando una mueca triste que pretendía ser una sonrisa.
―Vee… Bueno, pues… se acabó.
Incapaz de mantener por más tiempo el falso gesto de su cara, Feliciano tembló y rompió a llorar. El abuelo, que estaba más cerca de él, lo atrajo rápidamente hacia sí envolviéndolo entre sus brazos. Los demás los rodearon, dándole palmaditas en la espalda y dedicándole palabras de ánimo.
Por mi parte, me quedé estático terminando de procesar lo sucedido: joder, si parecía que en ese último momento juntos el patatero y mi hermano se habían reconciliado, ¿cómo era posible que en realidad lo suyo hubiese acabado? Supongo que deseaba que se arreglaran y así Feliciano descartara la idea de quedarse en Roma, menudo ingenuo me he vuelto. Suspiré vencido y me acerqué al resto.
Feliciano ya estaba algo más calmado y se había despegado del torso del abuelo, pero todos seguían a su alrededor infundiéndole palabras de ánimo. Le sonreí ligeramente, inseguro de qué decirle, él me devolvió una sonrisa triste.
―Hey, Feli, hemos decidido que esta tarde después de almorzar visitaremos la Villa Borghese, ¿te apetece acompañarnos? ―le ofreció Antonio.
―Sí, ven con… nosotros ―añadió Heracles―. Te sentará… bien…
―Vee… Muchas gracias por la propuesta, chicos. Bernini siempre es inspirador, pero… no me siento con ánimos para la visita.
―Oh, qué pena, Feliciano-kun.
―Lovi, tú te vienes, ¿verdad? ―me preguntó Antonio.
―Sí. En cuanto deje a Feliciano en casa me uniré a vosotros. Vamos.
Feliciano y yo caminamos hacia la vespa en silencio. Era raro e incómodo, pero él no se mostraba con ganas de hablar y, sinceramente, tampoco estaba muy seguro de qué decirle. Aun así sentía que no podía quedarme callado, al fin y al cabo yo lo había conducido a esta situación.
Al llegar a casa de nuestros padres me decidí a hablar. Bajé de la vespa y caminé tras mi hermano hasta que estuvo frente a la puerta para entrar.
―¡Feliciano! ―se dio la vuelta―. Oye, yo… lo… lo siento ―suspiré―. Siento que al final las cosas con el macho patatas no hayan ido bien.
―Vee… ¿Qué dices, fratello? Todo ha ido como debía.
―Pero estás mal, ¡peor incluso que esta mañana! No era para nada lo que pretendía al llevarte al aeropuerto.
De repente, Feliciano se echó sobre mí atrapándome en uno de sus típicos y asfixiantes abrazos. Me quedé estático ante esa repentina muestra de afecto.
―Te lo agradezco, fratello.
―¿Eh? ―estaba completamente descolocado―. ¿Po-Por qué me das las gracias?
―Porque tenías razón cuando dijiste que Ludwig y yo debíamos despedirnos en condiciones. De no ser por ti no habría podido hacerlo y, sinceramente, no puedes imaginarte cuánto lo necesitaba en realidad.
Por fin correspondí a su abrazo, apretándolo bien fuerte contra mí.
―E-Entonces… ¿te he ayudado?
―Vee… Mucho.
―Pero en el aeropuerto estabas… y por el camino… estabas… ¡estás mal!
Feliciano se separó un poco de mí, lo justo para mirarnos cara a cara, y me dijo serio:
―Fratello, acabo de dejarlo con mi novio, ¿cómo quieres que esté?
El muy cabrón me dejó sin palabras. Opté por volver a abrazarlo.
―Vee… fratello, ¿nos veremos antes de que os vayáis?
―Más te vale que así sea, porque depende de ti, bastardo ―dije separándome de él y señalándolo con el dedo―. Hoy te escapas, pero vendré a buscarte para que nos acompañes a donde quiera que vayamos y no aceptaré ninguna excusa, ¿te enteras?
―Vee…
Asintió y sonrió.
―Avisado quedas.
―Gracias, fratello ―caminó hacia la puerta de entrada―. Te veo mañana entonces.
―Que no se te olvide.
Me reuní con Antonio y el matrimonio greco-japonés en el restaurante al que habían ido mientras yo llevaba a Feliciano a casa. Antonio me envió el nombre del sitio y la ubicación a mi teléfono, aunque esto último no era realmente necesario, pues conocía el lugar: era otro de los malditos restaurantes en los que trabajé. Menudo tino.
Llegué a la mesa sin que me viera mi ex jefe ni mis antiguos compañeros. Les habría pedido a Antonio y los otros que nos largásemos de allí, pero ya les habían servido una botella de vino y un plato de bruschette al pomodoro, así que tocaba aguantarme.
―Decidme, con la de restaurantes que hay en Roma, ¿por qué precisamente habéis acabado viniendo a éste?
―Nos lo ha… recomendado… tu abuelo.
―No me digas que también trabajaste aquí, Lovi.
―Por desgracia.
―¿Y por qué te echaron de éste? ―inquirió Antonio.
―Porque mis compañeros eran unos cabrones redomados que me hicieron la puñeta hasta que consiguieron que el idiota del jefe me despidiera.
―Lovino-kun, quizás prefieras que vayamos a almorzar a otro restaurante.
―Nah, da igual. La comida de aquí merece la pena.
Afortunadamente nos atendió una camarera nueva, es decir, que no fue mi compañera cuando trabajé allí, así que el servicio resultó mejor de lo esperado. De todas formas, aunque nos hubiese atendido alguno de mis conocidos, tampoco me sentía con ánimos para llevar a cabo una jugarreta como la de la noche con el abuelo.
La conversación durante el almuerzo trató principalmente sobre lo de Feliciano y el macho patatas, como era de esperar. Antonio y el matrimonio intercambiaron impresiones sobre lo ocurrido mientras yo los escuchaba distraído, sin prestar realmente mucha atención a lo que hablaban hasta que el griego me sacó de mi ensimismamiento.
―Sinceramente, no esperaba que Feliciano tomara… una decisión tan drástica… como quedarse en Roma ―comentaba―. Cómo son las cosas, él se queda… y nosotros nos vamos… a España en su lugar.
―Espera, ¿qué?
―Oh, cierto, no os lo habíamos contado todavía.
―Supuestamente iba a ser una sorpresa, anata, ¿recuerdas?
Heracles se encogió de hombros.
―Ya ha dejado de serlo. El caso es que… Kiku y yo nos mudamos… a España.
―¡Es genial! ―exclamó Antonio, feliz―. Pero, ¿por qué?
―He conseguido… un trabajo en la uni… y como Kiku puede trabajar… desde cualquier sitio, a no ser que sea requerida… su presencia, pues a España que… nos vamos.
―¡Cuánto me alegro! ¡Enhorabuena!
―¿Y dónde vais a vivir? ―pregunté, aunque sospechaba cuál sería la respuesta.
―En principio, hasta que encontremos una vivienda, en casa de Rómulo-san.
Lo sabía.
―Lo que viene siendo… tu casa ―puntualizó el griego como si fuera necesaria tal aclaración.
―¡Qué bien! ―exclamó Antonio―. ¡Seremos vecinos de nuevo!
―Sólo temporalmente, Antonio-san ―le recordó Kiku―. Iniciaremos la búsqueda de vivienda en cuanto lleguemos a España.
―Lo habríamos hecho… durante este mes, porque íbamos a mudarnos… a mediados, coincidiendo con que Kiku… debía trabajar con Romu.
―Pero el señor Vargas nos llamó un par de semanas antes del viaje para informarnos de que debíamos venir primero a Roma y que después nos marcharíamos todos juntos a España.
―Según él… no hace falta que nos demos prisa… en buscar nada…
―Pero no queremos abusar de su hospitalidad.
Tras el almuerzo, caminamos hacia la plaza del Popolo, que estaba apenas a dos calles, y desde allí subimos al parque de la colina Pincio. Antonio y yo pasamos una tarde allí durante nuestros primeros días en la ciudad (qué lejano parecía), pero no llegamos a entrar en el recinto de la Villa Borghese.
Paseamos tranquilamente bajo las sombra de los árboles por el Pincio y después por el gigantesco parque de la villa mientras observábamos la multitud de estatuas, fuentes, templetes, el lago… hasta que por fin estuvimos en la galería. Fue un largo paseo.
En el museo Antonio y el matrimonio disfrutaban contemplando con admiración las obras de arte. A mí, en cambio, los cuadros y esculturas me hacían pensar en Feliciano y su maldita decisión de quedarse en Roma. Abrumado por esos pensamientos, decidí marcharme en mitad del recorrido.
―Si aún nos faltan varias salas por ver, ¿cómo te vas a ir, Lovi? ―me dijo Antonio.
―Ya las he visto, estuve aquí con el colegio varias veces. Tomaos el tiempo que queráis, os espero fuera.
Me recosté en el primer banco que encontré a la salida de la galería y me eché un brazo sobre los ojos.
Sin duda, la decisión de mi hermano me había afectado más de la cuenta. ¿Por qué? Supongo que porque nunca nos habíamos separado durante tanto tiempo, pues era más que obvio que "indefinido" no sería precisamente un periodo corto. Y eso contando con que volviera a España alguna vez. Sería raro cuando regresara no encontrarlo dibujando y pintando por la casa, o topármelo por las escaleras del bloque, o metiéndose en mi cama por la noche porque se ha asustado de cualquier tontería, o ir juntos de compras o a trabajar al restaurante, o simplemente saber que no respondería al llamarlo con sólo darle una voz…
Unos pasos cercanos y la sensación de que alguien tapaba el sol me distrajeron de mis pensamientos. Retiré el brazo y esperé que mis ojos volvieran a acostumbrarse a la luz para descubrir sobre mí dos altas figuras sonrientes de ojos claros con gafas.
―I told you! It's him!
Alfred dio saltitos elevando los puños como gesto de victoria mientras Matthew ponía los ojos en blanco.
―¿Qué…? ¿Qué demonios…? ¡¿Qué demonios hacéis vosotros aquí?!
―We told you we'd come to Rome! ―respondió el escandaloso.
―En cristiano, joder, que no hablo puto inglés.
―¿No recuerdas? ―habló Matthew―. El otro día dijimos que vendríamos a Roma para finalizar nuestro viaje. Llegamos anoche.
―Ah, sí ―con tantos acontecimientos ocurridos desde la vuelta de Nápoles se me había olvidado por completo―. ¿Y cómo demonios me habéis encontrado?
―¡Casualidad! ―respondió Alfred―. Or maybe… ¡destino!
―Quedamos aquí con nuestro amigo, que terminará de trabajar en un rato, y te hemos visto salir del museo. Al principio no estábamos seguros de que fueses tú, por eso nos hemos acercado.
―Ya nos confundimos antes dos veces.
―¿Acaso estás insinuando que todos los italianos somos iguales?
Matthew se percató de mi tono amenazante y rápidamente cambió de tema.
―¿Y dónde está Antonio?
―Yeah, es raro que no esté contigo.
―Somos perfectamente capaces de pasar tiempo separados, ¿sabes? Y está ahí dentro visitando la galería con un par de amigos.
―Sabía que no podía estar muy lejos.
Gruñí molesto ante el comentario de Alfred.
―By the way, tengo un poco de hambre ―comentó el rubio escandaloso―, ¿qué tal si vamos a comprar unos helados?
―Antonio y los otros dos saldrán de un momento a otro, no pienso moverme de aquí.
―Además nuestro amigo estará a punto de llegar, Alfred.
―Come on, guys! ―suplicó en tono infantil mientras daba tironcitos de la camiseta de su hermano―. Hace calor y tengo mucha hambre. Seguro que hay alguna heladería por aquí cerca, come on!
―No me voy a mover ―respondí.
―But I'm soooooo hungry!
―¿Por qué no te acercas a ese quiosco que hemos pasado hace rato? ―le propuso Matthew―. Parecía que tenían comida…
―That's true!
Alfred se alejó corriendo y riendo escandalosamente, pero se detuvo en seco a los pocos metros y regresó hacia donde estábamos su hermano y yo.
―¿Os apetece algo?
―¿Invitas tú? ―pregunté.
―Sure!
―Entonces una granita al limone.
―Otra para mí, por favor ―añadió Matthew mientras se sentaba a mi lado.
Y de nuevo Alfred se alejó corriendo y riendo escandalosamente, completamente feliz de la vida. En cierto modo me recordaba a Feliciano.
―Te ruego que disculpes a mi hermano, se pone muy intenso y pesado cuando le entra hambre y no tiene comida a mano.
―Da igual, vivo rodeado de personas pesadas que se ponen más o menos igual que tu hermano cuando quieren algo. Estoy acostumbrado.
Matthew se rio de manera suave. Era agradable pasar el rato con alguien tan tranquilo, se parecía bastante a Lilly.
―Oye, Lovino, ¿te ocurre algo? ―me preguntó―. Sé que no es de mi incumbencia y puede que me equivoque, pero me da la impresión de que estás triste y desanimado… o al menos no tan animado como el otro día que nos conocimos.
También era perspicaz como Lilly.
―No es sólo impresión tuya: estoy disgustado por mi hermano porque ha decidido quedarse en Roma en lugar de regresar a España. Acaba de romper con su novio y piensa que es lo mejor. Pero me jode, maldita sea. Aunque fuera un pesado que no me dejaba en paz, hemos estado siempre juntos. Me cuesta aceptar que no lo tendré cerca.
―Te entiendo. Me ocurrió lo mismo cuando Alfred se marchó a la universidad ―me consoló Matthew―. Durante mucho tiempo pensé que la gente no se fijaba en mí por culpa de Alfred, por llamar tanto la atención: era popular, tenía montones de amigos, lo invitaban a todos los eventos y fiestas… mientras que yo parecía invisible, o al menos me sentía así. Aun así lo tenía a él, que siempre trataba de hacerme partícipe de todo lo que hacía y estaba ahí para mí. Cuando se fue me di cuenta de que la gente seguía sin percatarse de mi presencia, pero Alfred ya no estaba conmigo en el instituto para darme su apoyo, ni tampoco en casa.
―Joder, la gente es idiota. No puedo creer que alguien como tú no tuviese amigos.
Matthew sonrió agradecido.
―Bueno, algunos sí que tenía: mis compañeros del equipo de hockey, pero vivían lejos y no iban a mi instituto; y mis amigos de internet, que tampoco vivían cerca o ni siquiera los conocía en persona.
―Bueno, algo es algo. Yo no tuve amigos hasta que estuve en España. De hecho, Antonio fue mi primer amigo, aunque acabó convirtiéndose en algo más.
―Por suerte le sigues teniendo a él.
―Menos mal, sin Antonio estaría perdido ―confesé―, ¡pero no se lo menciones jamás! Cualquiera lo aguantaría después si se enterara.
Matthew se rio mientras asentía.
―Aun así Feli…
―Que tu hermano esté lejos no significa que se vaya a distanciar de ti.
―¿Alfred y tú no os distanciasteis en ningún momento?
―Sí, al principio. Él estaba conociendo gente nueva y yo me sentí un poco apartado… tanto que acabé apartándome de verdad, pero con el tiempo conseguimos reconectar. Este viaje es prueba de ello.
―Gracias, Matthew. Hablar contigo ha sido de gran ayuda.
Sonreí agradecido. Lo decía en serio, me sentía mucho mejor después de la conversación con Matthew.
―I'm baaaack!
Alfred apareció corriendo con tres granizadas y una tarrina grande de helado en las manos, no me explico cómo no se le cayó nada por el camino. Nos entregó una granizada a su hermano y otra a mí. Luego le dio un largo sorbo a la suya y cerró los ojos con fuerza, dolorido por el frío repentino por beber rápido, aunque cuando se le pasó se llevó a la boca una cucharada de helado y los fue intercalando. Increíble.
―¿De qué hablabais, chicos? ―se interesó Alfred.
―De ti ―respondí―. De que parece increíble que tú seas el mayor de los dos.
―Why?! I'm a great older brother! Tell him, Mattie!
―Sigo sin hablar tu horrible idioma, lo único que he entendido ha sido la palabra "brother".
―¡Soy un hermano mayor genial! ―protestó Alfred agitando los brazos como un niño pequeño, no sé cómo no se echó por encima el helado y la granizada, pero era divertido de ver―. ¡Mattie, díselo!
―Lo eres, sí ―lo apaciguó Matthew, que le dedicó una sonrisa tranquilizadora a su hermano y a mí un disimulado guiño―. He was just joking.
―It wasn't funny ―dijo Alfred hinchando los cachetes―. ¡No es divertido!
―Y tanto que lo es.
Me reí y le saqué la lengua con burla a Alfred, que me miró con odio entrecerrando los ojos y terminó de comerse su helado y beberse su granizada mientras refunfuñaba por lo bajo.
―Nuestro amigo ya está aquí ―anunció Matthew, levantándose del banco y agitando el brazo para llamar la atención de su amigo.
―¡Hola, muchachos! ¿Cómo han estado?
A punto estuve de atragantarme con la granizada al ver delante de nosotros ni más ni menos que al corpulento cubano amigo de Antonio.
―¡Venga ya! ―exclamé―. ¿Este es el tipo al que estabais esperando?
―¡Anda! Si es mi amigo el italiano vero ―dijo el cubano al verme―. ¿Cómo tú por aquí con estos dos?
―Nos hemos encontrado de casualidad ―dijo Matthew―. Lovino es uno de los chicos que conocimos en Nápoles.
―Imagino entonces que el otro será mi amigo Antonio ―miró alrededor―. ¿Dónde está, por cierto?
―Visitando la galería con el griego y el japonés.
―Imaginaba que no andaría muy lejos. ¿Y tu hermanito?
―En casa con mis padres.
―Hoy no le apetecía salir, ¿eh?
No quería ser brusco, pero prefería no seguir hablando de Feliciano ahora que me sentía algo mejor al respecto, así que cambié de tema.
―¿Y de qué demonios os conocéis vosotros?
―De cuando trabajaba en España como animador en la playa cerca de la base militar ―respondió Carlos―. Sus padres solían dejarlos a mi cargo para que pasaran el rato.
―Como éramos los mayores, le ayudábamos con los niños pequeños ―intervino Alfred.
―Sobre todo Matthew ―añadió el cubano en voz más baja señalando con el pulgar al calmado rubio―. Alfred se dedicaba a jugar con ellos como uno más y había que estar al pendiente para que no ocurriera nada.
No me extrañaba del rubio escandaloso.
―También nos cuidabas en casa ―dijo Matthew.
―Cierto. Como ya me conocían de la playa, sus papás me contrataron en más de una ocasión para que hiciera de canguro de estos dos. No se fiaban de dejarlos solos ―el cubano se acercó a mí y me confesó en voz baja―: A Alfred en realidad.
―Fue a partir de entonces que entablamos amistad y mantuvimos el contacto durante los años.
―Éste era uno de esos amigos que tenías por internet, ¿no? ―le pregunté a Matthew, él asintió―. Pues sí, estaba bastante lejos.
―Oye, muchacho, mira a quién tenemos ahí.
Miré hacia donde señalaba el cubano: Antonio, el griego durmiente y el japonés silencioso habían salido de la galería. Agité el brazo para llamar su atención y no paré hasta que mi novio me devolvió el gesto como señal de que me habían visto.
Cuando llegaron a donde estaba se sorprendieron al ver que no me encontraba solo, especialmente Antonio, que no esperaba al cubano ni mucho menos la presencia de los hermanos americanos, pero igualmente los saludó a todos con entusiasmo.
Carlos recibió a Kiku y Heracles con un apretón de manos y unas palmaditas en la espalda, y se los presentó a Alfred y Matthew como "el rey del karaoke y su esposo", aunque luego les dijo sus auténticos nombres. Alfred se mostró extremadamente interesado por el oriental y lo asoló a preguntas sobre su cultura a las que el japonés fue respondiendo tranquilamente una a una.
Por su parte, Antonio se interesó por saber cómo era posible que el cubano conociera a Alfred y Matthew. Carlos contó de nuevo la historia de su trabajo en la playa y como niñero particular de los hermanos americanos, por supuesto con intervenciones del rubio escandaloso, que no podía dejar de añadir sus propios detalles al relato.
―Bueno, ¿qué les parece si nos vamos todos juntos a tomar algo y cenar? ―propuso el corpulento moreno tras la explicación―. Quizás después les apetezca una nueva sesión de karaoke, ¿qué me dicen?
―Great! ―exclamó Alfred―. I love karaoke! Come on, guys, ¡decid que sí!
―Sí, ¡acompañadnos, por favor! ―pidió Matthew.
―Michelle también se nos unirá cuando salga de trabajar.
Heracles y Kiku intercambiaron una mirada y movieron la cabeza ligeramente de arriba abajo.
―Por nosotros… está bien… ¿Y vosotros, Antonio?
―¿Tú qué dices, Lovi? ―me preguntó mi novio al oído con un ligero deje de preocupación en la voz―. ¿Te apetece?
Sonreí ligeramente y asentí. Antonio me devolvió la sonrisa con gesto aliviado.
―¡Genial! Nosotros nos apuntamos también.
Matthew y Alfred saltaron de alegría y chocaron los cinco en el proceso.
Pasamos el resto del día todos juntos. Por supuesto, acabamos la jornada en el karaoke hasta altas horas de la madrugada para deleite del japonés silencioso y el rubio escandaloso, que hicieron muy buenas migas (debido principalmente a la insistencia del americano). A Heracles no pareció molestarle el interés de Alfred por su marido, de hecho decía comprenderlo pues Kiku despertaba la curiosidad de quien lo conocía… se la despertaría a él.
Al terminar la noche, nos despedimos definitivamente del cubano y Michelle, con los que no sabíamos si volveríamos a coincidir en los días que nos quedaban en la ciudad, y de los hermanos, que finalizaban su viaje al día siguiente por la tarde.
Alfred nos dio a cada uno de nosotros uno de sus típicos abrazos rompe-costillas que te levantaban del suelo, al menos a mí me levantó. Matthew fue algo más comedido y nos dio un abrazo normal. Le agradecí nuevamente nuestra conversación y, por supuesto, quedamos en seguir en contacto, lo cual lo alegró muchísimo.
Volvimos a casa del abuelo en un taxi (de nuevo dejaba abandonada mi pobre vespa). Antonio estaba sentado en medio, entre el griego y yo. Acomodó la cabeza sobre mi hombro y me dijo cerca de la oreja en voz baja:
―¿Te encuentras mejor? ―lo miré extrañado―. Parecías muy decaído en el museo, pero luego el resto del día te he visto algo más animado.
―Sí, estoy mejor.
Le dediqué una tímida sonrisa y lo besé con suavidad en la frente. A Antonio se le iluminaron los ojos de felicidad y me estrechó contra él pasando un brazo por mi torso. Nos quedamos así el resto del trayecto.
Sin embargo, aunque realmente estuviera mejor, todavía seguía algo decaído por la decisión de Feliciano de quedarse en Roma. Sabía que nuestra relación de hermanos no tenía por qué verse afectada y que acabáramos distanciados, pero sin duda lo extrañaría muchísimo.
En fin, aún quedaban varios días hasta nuestro regreso a España, cabía la posibilidad de que mi hermano se retractara de su decisión... ¡Ojalá! Iba a ser mejor que aprovechara para pasar algo de tiempo con Feliciano antes de que nuestros caminos se separaran, ya lo echaría de menos cuando estuviera de vuelta en casa.
