Hubo una vez, un escultor talentoso, pero pobre. Un hombre extraordinario cuya sencillez era la más grande de sus virtudes; quien lograba liberar a las más bellas figuras de su cárcel de mármol.
Vivía a las afueras de una tumultuosa ciudad, casi en los limites con un bosque luminoso y casi paradisiaco. La gran ciudad solo tenía ojos para los venidos desde afuera, sus propios talentos pasaban inadvertidos, como los tesoros ocultos a la vista de todos.
Un día, un hombre rico de otra ciudad se detuvo en su casita a descansar y pedir algo de beber, viendo cómo, a pesar de lo avejentada de la choza, estaba rodeada del polvo blanco que libera el mármol al trabajarse y, como creciendo de este, esculturas de ninfas, quimeras y otras tantas figuras legendarias.
̶ Tengo una hija – Dijo el hombre rico. – Una hija criada como el más feroz de los guerreros y, sin embargo, con la belleza de una rosa nacida al alba. He pedido a pintores, escultores, dibujantes, tejedores que estampen su belleza y ferocidad en una obra de arte, aunque siempre veo el mismo resultado, no hay fuego, no hay pasión, es como la imagen reflejada en un espejo, una pálida copia.
̶ Entiendo, señor. – Apenas murmuró el escultor, alcanzando una piedra que, con poco esfuerzo, sería una nueva obra.
̶ Veo vuestro talento, vuestras obras parecen vivas, casi puedo ver como mueven su pecho, pasando el aire. – Levantó la vista y miró directamente al escultor de cabello negro y brillantes ojos verdes. – Acompañadme y haced una escultura de mi hija, seréis famoso y os daré todo el dinero que puedas desear.
̶ No necesito dinero como pago, si vuestra hija es tan hermosa como decís, el solo crear una obra que la represente será pago suficiente para mí.
El hombre rico asintió y, después de poner en orden sus pendientes, partió acompañado por el escultor hasta su hogar.
Apenas llegaron a su destino, el escultor pudo observar a la mujer que tanto describía el hombre rico.
Cabalgando un caballo blanco, se acercó a su padre y, apenas viendo al artista, sonrió con educación, alejándose.
Y el escultor se enamoró sin conocer el corazón de su musa, se enamoró de su cabello rubio y su piel tan blanca como el más puro mármol de Carrara.
Su taller, oculto de la vista de los curiosos, fue levantado.
Y, de un enorme bloque blanco, comenzó a buscar la figura de la joven, quien, indiferente al principio, comenzó a interesarse en el trabajo del hombre, viendo como los dedos toscos acariciaban la piedra, como sus ojos brillaban con pasión enardecida, como su piel, toda por el sol, parecía fuego bajo el polvo de mármol.
Posaba delante de él, buscando la forma perfecta en la que él la retrataría, sorprendiéndose cuando la dura roca se convertía en una suave piel que parecía tan tibia como la propia.
Sin embargo, algo faltaba, el calor propio de la vida.
Una noche clara, ambos se quedaron levantados, la hija del hombre rico y el pobre escultor, él observando atentamente su escultura, parecida a las de Artemisa, hermosa, pero fría.
̶ Le falta vida. – Murmuró, mientras la joven lo observaba, maravillándose con las líneas que se marcaban en sus brazos, venas llenas de pasión, un corazón talentoso, palpitante, deseoso del toque suave de otra persona.
.. ̶ Le falta vida. – Repitió ella, poniéndose de pie para luego llevar sus finos dedos a los botones de su blusa, quitando lazos, cada trozo de tela que la cubría.
Sin que el hombre le tomase atención, ella se acercó, viendo como él estaba con el ceño fruncido, pensando, devanándose los sesos, queriendo saber que le faltaba.
̶ Quizá esto pueda ayudar. – La voz femenina salió como un susurro mientras ella tomaba una mano grande y callosa y la posaba sobre un inmaculado seno, suspirando cuando la piel dura tocó la suya.
El escultor salió violentamente de su estupor artístico, mirando con ojos abiertos a la mujer desnuda frente a él, la pureza, belleza, fragilidad y fuerza en un solo cuerpo. Su mente apagó las mil preguntas que quería hacer, posando su otra mano en el pecho libre, tocando, amasando.
Sus manos recorrieron el cuerpo, deleitándose con su calidez, su frescura y suavidad, una mano subiendo por su cuello y la otra bajando por su muslo, sintiendo los músculos contraerse, nerviosos.
Tiró de ella para que se sentase en sus piernas, mirando de cerca los brillantes ojos azules, oscurecidos, tormentosos; las mejillas encendidas, el cabello dorado, una nube de oro. Probó tembloroso los labios, regodeándose en el dulce sabor de su boca, suspirando.
También se despojó de su ropa, dejando que ella saciase su curiosidad, conociendo los pliegues de su piel, los contornos de sus músculos, el palpitar de su propio corazón.
Las sombras que bailaban sobre la estatua eran un escuálido reflejo de la pasión entre el escultor y su musa, la escultura como único espectador de los cantos ahogados de los dos amantes.
Ya al día siguiente sabría cómo darle vida, pensó el escultor, tomando entre sus brazos a la mujer para llevarla a su camastro, ya al día siguiente podría recordar la sensación de sus pieles juntas y mejoraría su obra.
Por el momento prefería poseer y dejarse poseer por su musa.
El mañana vendría después.
La historia de hoy no fue traída por una canción, sino que por una escultura, El rapto de Proserpina, la vi y me inspire bastante.
Cualquier comentario, ya se la saben, con respeto.
Espero tener inspiración para terminar las otras historias que tengo pendientes, pero siento para escribir una saga con todos los personajes de Saint Honoré.
Nos leemos pronto
