Las faldas revoloteaban de un lado para el otro, las alegres risas resonaban en los muros ricamente decorados mientras una orquesta no paraba de hacer sonar sus instrumentos.

En sitial de honor, la reina y el rey sonreían como muñecas de aparador, luciendo los trajes más bellos vistos por cualquier invitado a la fiesta. El vino, los licores finos, los manjares crudos y cocinados que recorrían l gran estancia en manos de sirvientes que parecían invisibles, deleitaban a los comensales, acostumbrados a la vida hedonista, llena de placeres que solo el oro en el que se retorcían podía pagar.

Oro... El metal mágico, el sol que decoraba cuellos y manos en forma de gruesas cadenas y anillos ostentosos acompañados de sendas piedras de colores... Todo para aparentar, para ser más, para ganar admiración, para llenar el ego vacío con la envidia de los demás.

La reina danzó al centro del salón como una mariposa, alegre, ingenua, carente de preocupaciones y el rey se deleitó con su esposa, olvidando todo lo demás, evitando recordar las malas decisiones de la mañana o las protestas cada vez más frecuentes en las calles ¿No valía más la sonrisa de su mujer que cualquier lamento perdido entre los campos secos del país?

Porque si, fuera de la estancia hermosamente iluminada, lejos del fastuoso banquete y del lujoso baile, un enemigo cruel se paseaba a sus anchas por entre los campos de aldeanos y burgueses, se colaba entre los callejones sucios de las ciudades e infectaba el agua podrida que circulaba por los canales.

Silencioso se llevaba al ganado y, como un ladrón, entraba en las casas, por más tapeadas que estuviesen. Bajo su sombra todo canto cesaba y la felicidad se convertía en llanto.

El enemigo tomaba forma en la rabia ciega que sentían los ciudadanos, en la ira y el congojo que se cernía sobre sus corazones y, cruel como nadie, se hacía presente, carcomiendo el aguante de los pobres, aguijoneando las ansías de libertad y de igualdad.

El fastuoso salón de pronto quedó en silencio, gritos fuera alertaban de problemas, de que el fin de una era se acercaba.

Un susurro heló los huesos de todos los presentes.

El enemigo se había alzado y clamaba sangre de los presentes.

El enemigo silencioso sin duda era... la muerte.

Holi, después de tanto tiempo, volví con esta pequeña historia inspirada en el cuento "La máscara de la muerte roja" de Edgar Allan Poe y el disco homónimo de la banda Corvus Corax.

Espero volver por estos lares para terminar mis otras historia.