Un fuerte estruendo metálico resonó en los oídos de Arthur, haciendo que se encogiera en su lugar. Se quedó petrificado cuando al abrir los ojos, observó una figura enfrente a él de espaldas, enfrentando espada con espada a quién intentó herirlo. Lo miró con cautela, tratando de descifrar sus características desde su posición en el césped. Su cabeza estaba protegida por un casco metálico con una extraña cresta en la parte superior que parecían ser pinchos; su espalda estaba cubierta por una larga capa verde oscuro que caía por encima de sus tobillos; y sus hombros y antebrazos estaban protegidos por placas de metal, dando a la figura una apariencia intimidante.
La tensión en el cuerpo de Arthur se intensificó mientras se preparaba para lo que pudiera suceder. Desesperado por alejarse del repentino enfrentamiento, instintivamente comenzó a retroceder con ayuda de sus brazos, empujándose hasta que chocó con el tronco de un árbol. De repente, la figura se lanzó hacia adelante para pelear con su atacante.
Aún en estado de shock, Arthur observaba a los dos hombres moverse fluidamente, esquivando los golpes de sus espadas y encestando choques entre ellas. A pesar de su confusión, recordó su canasta con los frutos de su huerto, por lo que descartó la idea de huir. Con la mirada lo buscó, y pudo localizarlo a unos metros lejos del arroyo, cerca de la pelea. La sensación de alivio al ver su preciado tesoro a salvo le duro muy poco. Rápidamente, su atención volvió a los dos hombres que se batían. Sus movimientos descuidados y sin control estaban acercándose al último regalo que su madre le dejó, y la preocupación acompañada de una desesperación lo invadieron al verse incapaz de recuperar su canasto sin involucrarse en la pelea.
Algo dentro de Arthur reaccionó. Ese sentir de la naturaleza lo volvió a envolver con delicadeza, retomando su presencia en el césped que lo llamaba. No pensó mucho en eso, solo tomó y jaló del hilo que susurraba en su oído. Un arranque de energía brotó de su cuerpo y se direccionó en un oleaje a la hierba, que en respuesta empezó a crecer y a enredarse alrededor de los tobillos de los dos hombres aun luchando.
Ambos perdieron el equilibrio, y fue entonces cuando él que tenía una cota de mallas aprovechó para lastimar al que tenía el casco extraño justo dónde no estaba cubierto de armadura, en el costado de su brazo derecho y un gruñido gutural de dolor escapó de él.
El corazón de Arthur parecía latir con fuerza en sus oídos mientras observaba la escena. Sentía un torbellino de remordimiento al desencadenar la visible desventaja en el hombre que lo había salvado, aunque un alivio culposo al ver su canasto a salvo. No tuvo más tiempo para reflexionar cuando un resplandor celeste llamó abruptamente su atención, proveniente de la espada del caballero quién, en un movimiento golpeó la armadura que cubría su antebrazo que, resonó con un fuerte sonido metálico, y el viento generado por el impacto hizo que la capa del caballero se agitara violentamente detrás de él. Una ola de fuerza se propagó a su contrincante, empujándolo hacia atrás, permitiéndole tiempo suficiente para recuperar su postura y contratacar, hiriéndolo en su costado
Él hombre soltó un gemido de dolor mientras retrocedía, tropezando y cayendo al suelo, aun sosteniendo su herida. La luz que envolvía la espada del caballero se desvaneció lentamente.
El ambiente estaba cargado de tensión y expectación mientras un silencio se hacía presente. Era un silencio pesado que, vestía a Arthur y a aquel hombre como un manto opresivo. Cada respiración estaba medida, y parecía que cobraba una conciencia, como si el aire mismo temiera romper aquella inquietante paz.
En medio de ese silencio, un ruido se infiltraba sutilmente. Un jadeo entrecortado, rítmico y desordenado rompía ligeramente la turbia calma presente. Cada inhalación parecía ser arrancada con dificultad de sus pulmones, resonaba como un eco lejano, casi inaudible, pero imposible de ignorar.
—¿Estas bien? — Una voz masculina se deslizó por el viento en un timbre ronco y áspero en un susurro desde el fondo de su garganta.
Arthur se sobresaltó por el repentino quiebre en la monotonía del silencio. Volteó a verlo con desconfianza, sus ojos aun reflejando un remolino de emociones que lo invadían. Lo observó detenidamente unos segundos antes de que retirara su casco con el brazo que no estaba herido.
Los rayos de luz anaranjados del atardecer que se filtraban entre las ramas de los árboles iluminaron su rostro, casi otorgándole un aspecto majestuoso. Casi. Sus cabellos dorados caían en suaves mechones sobre su semblante por lo que le daban una apariencia joven y, sus ojos azules, profundos como un cielo a punto de anochecer, se encontraron con los verdes esmeralda de Arthur.
Por un instante parecía que los ojos de aquel rubio brillaron, sin embargo, la herida en su brazo le arrancó una mueca de dolor eclipsando y torciendo sus fracciones, sus labios se contrajeron y un quejido escapó de ellos, cargado de tormento. En un acto reflejo soltó su casco, dejándolo caer en un golpe seco mientras sostuvo su lesión en el brazo, un intento de aliviar el dolor y contener la sangre que brotaba de la herida. Su mano temblaba ligeramente, revelando la lucha interna que libraba entre la necesidad de mantenerse firme y el dolor punzante que lo asaltaba.
Se arrodilló con cautela, sintiendo cómo el agudo dolor lo aturdía con cada movimiento. Su rostro reflejaba una voluntad férrea, aunque el dolor era innegable. Arthur, impulsado por una determinación repentina y, aún con el corazón acelerado se levantó del suelo y se apresuró hacia el caballero rubio herido. Cada paso que daba era ágil, cuidando no hacer ruido al caminar. Su figura destacaba entre el césped que se retorcía y enredaba a su paso, como si respondiera a él.
—Eres tú quien no está bien — Arthur se colocó junto al caballero, y extendió su mano con delicadeza hacia la herida sangrante en su brazo. Un olor metálico invadió su nariz y, al ver el corte, limpio y preciso, sintió un torbellino inquietante en el estómago, una incomodidad que parecía retorcerse en lo más profundo. Ignoró el sabor amargo que se instalaba en su boca.
Los recuerdos de su madre, quien le había impartido valiosos conocimientos en herbolaria y medicina, se agolparon en su mente. Arrancó un trozo de tela del extremo de su capa y, con manos temblorosas, comenzó a presionarlo suavemente sobre la herida, buscando frenar la hemorragia. —… tan imprudente— murmuró en voz baja, esperando que sus palabras no alcanzaran los oídos del otro. Un gruñido de sufrimiento se hizo presente al momento que Arthur apretó el retazo de tela con firmeza, asegurando el extremo en un nudo firme.
Los ojos de Arthur se encontraron con los profundos ojos azules del caballero en un instante fugaz, desencadenando una atmósfera intensa y cargada. Entre ellos, se entrelazaban el dolor y la curiosidad, una mezcla intrigante que surgía de ser desconocidos. Sin embargo, antes de que las palabras pudieran tomar forma, Arthur interrumpió el silencio con una voz apresurada.
—Debemos llegar a mi hogar —, resonó su voz en el aire, impregnada de urgencia e incomodidad. —Allí podré brindarte los cuidados necesarios para tratar tu herida —.
El caballero asintió, sorprendido por la visible preocupación reflejada en los ojos verdes de aquel joven. A pesar de ser extraños, algo en su interior le impulsaba a confiar en la sinceridad que emanaba de Arthur. Era como si una fuerza invisible le instara a dejar de lado cualquier duda que pudiera surgir debido a su desconocimiento mutuo.
Con esfuerzo, el caballero se incorporó lentamente, apoyándose en su espada para mantener el equilibrio. Una vez de pie, se apoyó en Arthur, tratando de no cargar todo su peso sobre el delgado chico.
Arthur lo examinó con una sola mirada, y luego sus ojos se posaron en su canasto olvidado cerca del arroyo. Le dolía dejarlo allí, pero su instinto le dictaba prioridades claras: ayudar primero a quien le había salvado de una muerte segura. Recordó al hombre que casi lo había matado, pero este ya no se encontraba en el lugar.
—Vamos —, resonó nuevamente la voz áspera en sus oídos. Reorganizando sus pensamientos, Arthur ayudó al caballero a caminar por el bosque al no haber un camino definido.
